¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

martes, 23 de marzo de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca XXII: Calle Isabeles

Se hace la noche y la calle de las Isabeles, la calle de esas monjas que un día llenaron mi alma, abre sus brazos para recibir al que nunca debiera haber abandonado sus muros. Las santas mujeres que oran por Él día tras día, dejan que su emoción alcance las puertas de su capilla hasta abrirlas de par en par y engalanan sus almas para recibir, para encontrarse, como todos los años, con su Cristo, con el de la Agonía Redentora. Salen para decirle que jamás le olvidan y que aún tiene su hueco entre ellas. Y algo extraño, como todos los años, invade sus adentros sin más explicación que la del encuentro.
El silencio se adueña de la noche y la oración se eleva hasta encontrarse en lo más alto con notas salidas de gargantas entumecidas y versos que se hicieron para alivio del crucificado a sabiendas de que el único alivio está en nosotros. Tres actos, que no trilogía, para hacer de la pasión, de esta pasión, culto humano a lo divino. Alabanzas a Él desde la humildad de los cofrades.
Los muros franciscanos se iluminan para dejarse ver entre la penumbra. Se estremecen cuando el crucificado se encara con ellos y muestra su rostro cadavérico, de hombre atormentado hasta morir,  mientras la brisa mueve sus cabellos de los que nacen tenebrosas sombras. Y las clarisas, benditas mujeres, con el tierno espíritu de quienes abandonaron el siglo asomándose en sus sonrisas, miran embelesadas a ese hombre que se les muestra en desnudez. Arrobadas por este encuentro, cantan y oran para hacernos saber que ellas también son cofradía y que la calle, su calle, se dejará querer cada madrugada de Jueves por el pueblo fiel que se reúne bajo sus balconadas para escuchar emocionado, canto, oración y poesía.
Suenan roncas campanas. Todo termina y una lágrima surca un rostro. Él, que nunca debió salir, marcha de nuevo para seguir su camino. Para alcanzar su destino. Para cumplir su misión. Para dar testimonio desde su crucero al escuchar los ruegos de quienes buscan en Él alivio y respuesta. Y la calle se vacía de gentes y nazarenos. Pero el silencio quedará. Quedará presente aguardando hasta el próximo año. Hasta la próxima visita.
Mientras, el que yace, en su misericordia, observa discretamente atento. Callado. Tímidamente invisible, sabe que no es su momento. Que él nunca conocerá un hueco entre los muros isabelinos. Que nunca será parte protagonista de esta oración. Y a sus nazarenos, sobrios y pacientes, como cada año, una vez más, se les abre una pequeña grieta en el alma. Y bajo  el caperuz, una solitaria lágrima recorre oculta la mejilla del cofrade hasta fundirse con Su sereno rostro en el frío metal de una medalla.

2 comentarios:

sentimientos y locuras dijo...

Una pena que las Madres no recen al Yacente una oración o poesía. Ellas complacen su alma y sin saberlo quiebran la de los hermanos que sienten al Yacente como Parte de ellos.

Félix dijo...

Sí, Jose, pero es lo que hay.
Cordialmente,
Félix