¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

jueves, 31 de diciembre de 2009

31 de diciembre


Fiel a esa tradición que me embarca todos los años en este día, he acudido a rendir mi homenaje a don Miguel.
He sentido su hálito entremezclado con las gotas de lluvia.
He revivido aquellos momentos que sólo conozco por la lectura.
He intentado imaginar cómo sería con él presente.
He acompañado a cada una de las hojas de laurel de esa corona de lazo rojo, sin más color, para aposentar mi recuerdo a los pies de su figura.
Y ahora, cuando son las horas en que el tufo del brasero cumplía con el cruel destino, acabando con la vida del reo, acabando con la reclusión de su cuerpo y de su alma, en la penumbra de un cuarto silencioso, mi cana se entretiene en la lectura de un poemita mientras en mis oídos aún retumban las palabras del rector, de mi rector, poniéndole voz a cada uno de sus versos.
Pero yo, como él, quiero vivir, vivir... y ser yo, yo, yo... aunque el duro bregar me deshaga.



domingo, 27 de diciembre de 2009

Inocentes


No es historia, pero la tradición le ha dado cuerpo y lo demás queda para la historia.
Nos cuenta Mateo en su Evangelio que Herodes el Grande, en un arranque soberbio, quiso proteger su corona frente al Rey de los judíos recién nacido. Herodes no podía saber con certeza contra quién actuar, a quién eliminar, por lo que pasando a cuchillo a todos los menores de dos años se aseguraba el éxito de su empresa. Y aun así, falló.
Cientos, miles quizá, de inocentes criaturas arrancadas de los brazos maternos. Cruel destino el de quienes no podían defenderse. Horror. Llanto. Lamento.
Se defiende el derecho de la mujer y lo entiendo. Se defiende el derecho de los animales y lo entiendo. Se defiende el derecho de los que optan por una sexualidad diferente y lo acepto. Se defiende el derecho de los artistas y lo acepto. Se defiende el derecho de los que no creen y lo acepto. Se defiende el derecho de... y lo acepto.
Cruel destino de de quienes, inocentes criaturas, no pueden defenderse, pues por nonatos carecen de derecho. Y no lo acepto.
Herodes, el necio, salvó su reinado pero no logró su objetivo. Porque quien venía a ser Rey de los judíos jamás mostró interés por ese reino. ¿Salvaremos nosotros nuestro reino? ¿Lograremos nuestro objetivo? O fracasaremos como Herodes y perderemos nuestro objetivo.
Lo único cierto es que no se trata de una broma.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Deseo


Desde la inocencia de quien nos va a nacer...

Con la ternura que se despierta en los corazones...

Cuando el camino sigue ofreciéndonos altibajos...

Pensando en todos a los que quiero porque los conozco...

Imaginando a los desconocidos a los que sé que puedo querer...

Porque la amistad dura más que unos días...

Porque el perdón es agradecido...

Sintiendo el infinito en una estrella...

Creyendo en la paz, que siempre es posible...

Con todo el cariño de esta Cana que un día se plantó en mi alma, deseo para todos cuantos pasáis por este diario, a los que tengo el orgullo de considerar amigos, una Feliz Navidad.

sábado, 12 de diciembre de 2009

El siguiente al primero

¡Otro año más!
Normalmente, uno no se da cuenta de que ha pasado el tiempo hasta que no llega una fecha significada. Pero no es mi caso, pues creo que no hay día en que no recuerde la fecha que hoy conmemoro.
Ha pasado ya un año desde que pasó el primero; desde que publiqué mi primer recuerdo para, vuelvo a decirlo, el mejor de los amigos que llegué a tener. Porque me dejó ser su amigo y yo aproveché su generosidad.

Hace ya dos años que me dejó (no sé si decir nos dejó) Luis Santos de Dios y aunque su memoria siga viva en mi recuerdo cada día, siento como si fuese una eternidad la que ha pasado. La que he pasado sin su compañía. Y me siento mal. Hay algo que me atenaza por dentro y que, aunque mi cana esté ligada (seguro que de por vida) a su bitácora, hace que la desilusión se apodere de este interior. Porque creo que le he fallado. No, no lo creo: ¡estoy seguro! Sé que he dejado de cumplir esa obligación que adquirí el mismo día de su desaparición. Un compromiso laxo pero compromiso al fin, a pesar de saber que no podría ser capaz. Fueron mis palabras: "me veo en la obligación de, al menos como agradecimiento, rendido homenaje, mantener el espíritu. Aunque sé que no voy a ser capaz. Pero voy a intentarlo y, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, recordaré a mi hospedero y comentaré algo de su Pasión. Pasión compartida pero que no es la mía, pues hace tiempo que perdí esa ilusión. Muchos lo saben. Pero, en su memoria, ya digo, intentaré, aunque esporádicamente, sostener firme ese estandarte." Y ahora, cuando el recuerdo es más nítido, veo que he renunciado a mis palabras. Que desde hace un tiempo y, lo que es peor, de forma voluntaria, me negué a defender el ideal dejándome ir por otros derroteros, menos atractivos seguramente para quienes me visitan pero mucho más cómodos para el devenir de este diario. He olvidado mis propias palabras para que mis propias aguas siguieran un cauce tranquilo y remansado, de estuario, sin remolinos que pudieran engullir a aquéllas y, con ello, atrapar a quien se quiso hacer estandarte de las mismas.
Veo que no soy el único que mantiene viva su memoria. Que su bitácora sigue abierta para que algunos despistados se pasen por ella de vez en cuando y así, al menos, compartir su sentir por unos momentos. Reconozco que yo lo hago a menudo y que, en más ocasiones de las que pudiera parecer, la nostalgia por sus palabras me sirve para mantener ese recuerdo que él siempre quiso.
Son más, muchas más, las canas que ahora acompañan a aquella que descubrí en mi alma hace ya casi dos años. Son más, muchos más, los avatares que han provocado su aparición. Son más, muchos más, los días en que, sabiendo de mi compromiso, me arrepiento de haberme vuelto atrás cobardemente. Tan atrás que casi no veo el futuro en el que anduve, prefiriendo pisar románicos a patear romanos, sorber el plateresco a soplar la plata, admirar cruceros a ver cruces. Pero el hachón sigue encendido, aunque sólo él lo vea y lo sepa. 
Porque siento que le echo de menos, con mi recuerdo, el mejor dadas las circunstancias: ¡Va por ti, Luis Santos!


P.S.
No me resisto, en esta señalada fecha, a recordar a Luis como se merece. Por eso y haciendo mezcla de lo suyo (la Semana Santa) y lo mío (las antigüedades de Salamanca), traigo aquí este documento (al que llegué desde las palabras de don Manuel Villar y Macías en su "Historia de Salamanca"), extraído de la obra "El Colegio Mayor del Arzobispo Fonseca en Salamanca" de la que es autor Manuel Sendín Calabuig. Trata éste de cómo tenía este Colegio, el del Arzobispo, de Fonseca o de Nobles Irlandeses, el privilegio de que las procesiones de Semana Santa, Pascua de Resurrección y de la Santa Cruz de mayo, se acercaran hasta sus muros y de cómo se organizaba toda la parafernalia colegial en los actos de los diferentes días.
Todas las procesiones entraban en la capilla del colegio y pasaban por delante de los bancos de terciopelo en los que estaba sentada la comunidad colegial. Incluso las que no podían entrar a la capilla, subían al atrio por un lado de sus escaleras y bajaban por el otro, a la vista de todo el Colegio. Allí, dentro o fuera, se practicaban ceremoniales semejantes a los celebrados en las audiencias del reino.
Así, descubro que no sólo fue mi querida rana de la fachada  principal de la Universidad salmantina la que tuvo el privilegio de ver el paso de las procesiones penitenciales desde la primera fila, sino que también Santiago Matamoros, desde su medallón de la fachada del Colegio, fue espectador de lujo del paso de cruces, hachas y nazarenos. Es éste un dato que desconocía (como muchísimos otros en la historia de esta ciudad que me atrapa) y que dejo aquí para memoria de quien vivió por y para la Semana Santa.





lunes, 7 de diciembre de 2009

De conceptione Beatae Virginis Mariae

Creo que no es la primera vez que lo digo, aunque últimamente tengo el yo tan disperso que acabo por no saber si he dicho, he escuchado o he leído las cosas que se me vienen a esta cana. La edad no perdona y se evidencia, aparte de por los apretones prostáticos cada día más persistentes, en la pérdida de una capacidad neuronal evidente en mi evidentemente menguado cerebro.
¡Pues eso! Que hoy recuerdo que mañana celebramos la festividad de la Concepción Inmaculada de la Virgen María (de la que desconozco su alternativa en los calendarios paganos, aunque siempre se puede poner un roto para el descosido).
Es una fiesta religiosa, está claro, aunque, por ahora, sea asumida por el estado sin aspavientos. Es una fiesta en la que, obviando este aspecto rotundamente cristiano, la tradición viene de antiguo. De muy antiguo, diría yo, aunque no es cuestión de embrearse en erudiciones en un día en el que lo único que pretendo es dar descanso al cuerpo y, de paso, a la cana de mi alma, arrumbando mis huesos en el hoyo del sofá y dejando volar la vista sobre cualquier cosa impresa que pueda retener su atención. Hojear, ojear y dejar que se asienten las palabras para ser olvidadas sin remisión.

Aun así, quisiera justificar y justificarme. Justificar una tradición que en España viene de largo, como digo. Tanto como que mucho antes ya de que Pío IX proclamase el dogma (que fue en 1849), esta Salamanca que me absorbe juró defenderlo, incluso con la sangre de los que la habitaban. Y no sólo serían aquellos doctores del Alma Mater, magistralmente plasmados por Cacciániga en el lienzo que preside la capilla de la Universidad, los que adquirían este compromiso jurado de enseñar y defender esta doctrina desde el mismo momento en que recibían su grado, sino que el propio ayuntamiento salmantino, en nombre y representación de sus administrados, se comprometería por aquellos mismos tiempos en la firme defensa de la Concepción Inmaculada de María, ¡que no iban a ser ellos menos que los doctores!
No soy consciente de haber realizado dicho juramento en mi investidura como doctor pero, aunque sólo fuera por tradición, lo asumo como si yo fuese uno de aquellos primeros que lo hicieran en 1618.
Tampoco es momento ahora de recordar las luchas, enconadas las más de las veces, entre Predicadores y Franciscanos o Agustinos, en las que el argumento del dogma servía, posiblemente, para enmascarar otras más humanas rencillas. No es momento, insisto, para recordar datos que acumulan polvo secular en los libros de viejos estantes mientras la vida se dedica a cuestiones más llanas. Pero sí es momento de justificarme, autojustificarme o, quizá mejor, asentar mis recuerdos más íntimos mientras dejo que afloren. Porque, aparte de su tradición festiva y de su importancia cristiana, esta fecha supone mucho más para este alma que me guía. Porque fue un día como éste cuando mi vida dio uno de sus últimos vuelcos, se ató para los restos y sigue fiel esperando la vejez en la mejor de las compañías. Por eso, sólo por eso... ¿¡¡Cómo no había de ser fiesta!!?

martes, 1 de diciembre de 2009

Todos culpables

Hoy me siento culpable. Mejor dicho: Soy culpable, mientras no se demuestre lo contrario. Eso es lo que se me supone como parte integrante de esta sociedad que nos vive. Y mi cana se revuelve, porque siempre se sintió "russoniana", creyendo a pies juntillas en la bondad natural de los hombres. Pero, ¿por qué había de tener razón el filósofo galo?
Es mucho más sencillo acusar que defender y, además de actuar "sobre seguro", algunas conciencias sienten un relajo agradecido cuando existe un chivo en el que expiar sus culpas. Por eso, nos parece normal que primero se dispare y después se pregunte. Nos parece correcto, incluso conveniente, transformar en terroristas a todos los árabes, en agresivo ladrón a cualquiera que haya nacido al este de la riqueza o en maltratador de género a cualquier hombre por el simple hecho de que sus genitales sean externos.
Tengo conocidos musulmanes y rumanos que, aun siendo personas que rayan la excelencia, se sienten corridos al ser centro de miradas acusadoras de algo que no sólo nunca cometieron, sino que jamás existió; y doy por supuesto que la inmensa mayoría de los hombres no necesitan de la agresión para manifestar no se sabe qué a los demás, siendo plenamente capaces de vivir entre semejantes para formar sociedad.
Pero los hombres de bien (categoría que nos arrogamos sin saberse bien si tenemos categoría para ello), fieles vigías tras las cortinas de cualquier ventana al acecho de lo que hagan los demás, cumplimos con nuestro deber cuando acusamos a los culpables. Ciertos o falsos culpables, que eso es lo de menos. A todos esos Diegos que no sospechan siquiera lo que se les viene encima, cuando salimos en tropel acusador y, amparados en la masa iracunda, calumniamos y lapidamos verbalmente a quien ya se da sin más remedio por asesino confeso y, lo que es más, sin derecho a defensa. Salimos a las calles a proclamar su culpabilidad al tiempo que escondemos la nuestra. Y el enrojecimiento de los ojos, provocado por la congestión sanguínea de quien se cree en el derecho de acusar, nubla todos los sentidos haciéndonos insensibles a las palabras de Diego, que no son sino disculpas engañosas del que se ve acorralado. Y los comunicadores alientan la ira vecinal al tiempo que engordan sus cuentas de resultados. Todo vale para alcanzar más nivel que los demás.

Y Diego permanecerá para siempre en nuestros recuerdos como esa alimaña asesina que fue capaz de maltratar, violar y acabar con la vida de la pequeña Aitana a sus tres añitos. Porque ya ha sido juzgado y, como prueba palpable de su culpabilidad, guardaremos el recorte de la fotografía que vimos en los diarios (la fiera esposada, con barba de tres días y semblante sombríamente sospechoso). Quedará estigmatizado por la duda para el resto de sus días, porque el que tuvo retuvo y si ya fue sospechoso y acusado (lo de que sea inocente desde el principio es lo de menos), ¿por qué no va a repetir? ¡Asesino!
Ahora, cuando Diego está hundido y posiblemente sin recuperación, las manos que lanzaban esas piedras acusadoras permanecen ocultas en lo más hondo de nuestros bolsillos y una falsa mirada de tierna inocencia, de excusa imposible, se asienta en nuestros ojos culpables en los que ahora brillan lágrimas de cocodrilo en lugar de las rojeces de la ira. Porque somos como míseras avestruces incapaces de enfrentarse a sus propios miedos.
Y mientras, la pequeña Aitana, con la que estoy seguro que Diego jugaba como si de su propia hija se tratase, yace a la espera de un entierro al que Diego no podrá asistir. Porque le hemos sacado del calabozo para ingresarlo en la cárcel del alma. ¡Pobre Aitana! ¡Pobre Diego!
Y yo, creyente fiel en Emilio, me siento culpable porque sin acusar no he defendido. Y tiemblo, porque sé que yo también puedo pasar por ese calvario. Porque nadie está libre de sospecha.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Elecciones: la vuelta final


No sé si en estas elecciones en las que está inmersa la Universidad de Salamanca existe una "jornada de reflexión", pero, si no existiera, debería existir.
Deberíamos tener una jornada, sobre todo ahora, en esta segunda oportunidad, para meditar lo que hicimos y lo que vamos a volver a hacer.
Los estudiantes tendrían que tomar conciencia de su importancia; de que no sólo están de paso por unas aulas en las que recibirán mejores o peores lecciones, consejos o formación. Se saben partícipes pero desprecian la oportunidad con disculpas manidas, repetidas y, posiblemente, falsas. ¿Nunca oyeron lo de que "un grano no hace granero"? Pues su grano es importante y, sin embargo, se abandonan en manos de aquellos pocos que se acercan hasta las urnas para depositar su voto. Un voto que les corresponde igual que a mí me corresponde el mío. Un momento que es personal e intransferible, a pesar de ponderaciones mal interpretadas.
Seguramente, el próximo martes, me vendrá a esta cana que todo lo retiene y lo olvida a su conveniencia, ese "paseo del Rector" que hace años, quizá muchos años ya, tenía lugar por las calles salmantinas cuando el recién elegido Rector del Estudio caminaba por las principales calles de la ciudad rodeado de una masa enfervorecida de alumnos que le vitoreaban y ensalzaban en su camino. Cierto es que, al final, había convite y los estudiantes aprovechaban para comer, beber y celebrar. Cierto es también que, como ocurre tantas veces, los desmanes sin medida por parte de los exaltados estudiantes y el celo del resto de ciudadanos, llevaron muchas veces a finales en los que los desórdenes, las peleas e incluso alguna que otra muerte obligaron a las instituciones ciudadanas a intervenir para solicitar del Claustro universitario la suspensión del famoso "paseo". Porque "botellón", con este u otro nombre, se ha hecho siempre (en distintos grados, bien es cierto) y las fiestas estudiantiles han sido, son y seguirán siendo momentos que perdurarán indelebles en los recuerdos de todos los que hemos pasado por las aulas del Alma Mater. Pero, volviendo al "paseo", estoy seguro de que el martes, tras conocerse los resultados de las votaciones, no serán precisamente los alumnos en tropel quienes acompañen al Rector electo, sino sus amigos y compañeros correligionarios entre los que habrá, eso sí, algún alumno inmerso. Y lo siento, porque los alumnos se saben parte imprescindible aunque prefieran otras actividades menos académicas.

Por otro lado, -que no opuesto- los docentes, así, sin distingos de clase, al igual que el personal administrativo, somos conscientes de la importancia del proceso. Sabemos que del derecho que ejercemos depende el futuro inmediato de la institución. Sabemos que, a pesar de ponderaciones, nuestro voto va al mismo granero que el voto de cada uno los estudiantes.
Estamos seguros de que participar es necesario y estoy convencido de que hemos reflexionado suficientemente. Reflexión en la que el peso de amistades, presiones, filias o fobias, hacen que el interés general pierda el peso que se merece en favor de estos intereses particulares que nos maniatan. Guerra de guerrillas. Clanes y familias. Grados y categorías. Todos estamos inmersos en algún grupo que puede velar (por lo poner un velo) la objetividad de nuestro voto.
Deberíamos intentar abstraernos de todo esto, estudiar conscientemente propuestas y objetivos de los programas electorales de cada candidato, evaluarlos, sopesarlos, estudiar su viabilidad y al final, con todo ello en mente, ir a votar. Propuestas realistas frente a fantasías irrealizables; ladrillos en lugar de humo; miradas al futuro o retorno al pasado... todo está en los programas.
¡Ah! y, sobre todo, limpieza. Una limpieza que se nos debe suponer y que en algunos casos, muchos diría yo tratándose de universitarios, ha brillado por su ausencia. Ataques sin sentido, trapos sucios, infamias y bulos no deberían tener cabida en este proceso.

Yo he intentado reflexionar. De verdad. He leído los programas y he asistido a actos con los candidatos. He escuchado propuestas de futuro y de pasado. He meditado y he decidido. Sé a quién votaré porque es el que presenta propuestas más realistas, pragmáticas y viables (al menos para mí).
Quisiera que todos lo tuviéramos claro. Ahora que el resultado es definitivo, olvidar votos de castigo y de defensa de falsos intereses; dejar a un lado el pasado (este pasado inmediato con el que se juega inconscientemente y sin criterio o es utilizado de forma espuria) y volver la cara al futuro desde este presente del que aquél depende. Un futuro que, como siempre, se prevé duro y difícil. Economía débil, planes de estudio recién nacidos (quizá prematuros, pero viables como si de parto a término se tratase), plantillas insuficientes (o eso e lo que se cree)...

Miremos al futuro sin perder la perspectiva de la realidad y elijamos a quien creamos que será el mejor para estos próximos años.
Yo sé a quién voté y sé a quién votaré. Tras releer propuestas y promesas... ¡Está decidido!

lunes, 23 de noviembre de 2009

Elecciones



Hoy, después de cuatro semanas de intensa campaña electoral, los miembros de la comunidad universitaria podremos decidir quién será aquél que rija los destinos del Alma Mater durante los próximos... ¿cuatro años? (no me atrevo a afirmar el periodo pues visto lo visto y sabiendo que, como humanos, somos los mejores en enganchar nuestro pie siempre bajo la misma piedra...).
Hoy será un día en el que muchos nos acercaremos al "centro" y coincidiremos con otros que, como nosotros, se acercan para coincidir. Sí. Es la oportunidad de ver a quienes no ves en largos periodos (aunque parezca mentira, que la "casa" no es tan grande), de sentir el momento de la responsabilidad electora y de volver a la actividad del diario, a los papeles y las clases. Porque hoy, precisamente hoy, todo está hecho. Los candidatos se han dejado sus horas y las de sus familias en intentar convencernos de que cada uno de ellos es el idóneo para ocupar el cargo. Los electores, la mayoría de los cuales no han podido ser convencidos por los candidatos pues están ocupados por la apatía, han realizado ya comicios varios en pasillos y cafeterías; charlas de barra en las que, en función de intereses y "conocimientos", se decidió sin necesidad de urnas quién saldrá electo. Porque todos sabemos a quién no vamos a votar, tenemos claro a quién votaremos y, sea como sea, muchos dirán que su voto fue para el vencedor, incluso anticipándose a los resultados. Oportunistas de urna que, sin dejarse ver, siempre están al lado de los vencedores para recoger migas o migajas en función del peso de su voto.
Yo tengo claro que votaré y sé a quién votaré, y no por las prebendas precisamente, pues como la inmensa mayoría silenciosa lo hago sin intereses. Simplemente porque, en este caso, creo que la participación es necesaria, imprescindible incluso. Votaré a este candidato simplemente porque es el que más me convence o, si se quiere, el único que me inspira algo de confianza. Y la confianza es algo importante en este "negocio".
Hoy, habrá votación. Rector tendremos siempre.

martes, 10 de noviembre de 2009

Blogs solitarios

Es un sinsentido, lo sé, pero es así.
Resulta que un blog, que no deja de ser más que un diario en el que reflejamos nuestro íntimo día a día o algo así, que requiere de soledad y poco ruido, es mejor cuantos más fans tiene, cuantos más comentarios hay por entrada o cuantas más veces aparece registrado en los buscadores más peregrinos.
He encontrado reflexiones magníficas en blogs que apenas si tienen algún que otro comentario en sus entradas y, por supuesto, apenas seguidores fieles ni cosa que se les parezca. Formas de ver la vida que dejan por los suelos cualquiera de las cosillas que yo haya podido hacer o decir en esta cana virtual que aglutina mis intervenciones cibernéticas. Magníficos ejemplos a seguir que nadie seguirá porque no hay seguidores.
¿Y no es esto la esencia de un diario? ¿No es ese pequeño candado que cierra las páginas lo que le da la categoría de diario? ¿No es esa la solitaria magia que todos quisiéramos? Compartir nuestra intimidad con nosotros mismos, al amparo de las sábanas y una tenue luz, haciendo de la ilusión, esperanza para el día siguiente. Esos son los verdaderos diarios.
Cada día me gusta más rebuscar en los fondos de los cajones. Siempre aparecen las cosas más sorprendentes.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Un paseo con amigos (final)

¿Por qué será que nunca llueve a gusto de todos?
Eso es lo que ha pasado estos días. La pertinaz lluvia ha anegado las calles de Salamanca, embarrándolas para impedir que fuésemos fieles a la cita. Pues desde que el príncipe Juan mandase empedrar la de San Martín, pocos han sido los progresos habidos en estas calles. Han sido días de mirar tras los cristales cómo las pobres gentes se empapaban en su tránsito mientras el calor de la hoguera me retenía, en un abrazo invisible, impidiéndome salir siquiera al zaguán de casa.
Hoy, aun con un frío cortante, el sol apareció brillando sobre los cielos salmantinos, reflejándose en la dorada piedra franca, que dicen fregadera, de casas y palacios. Un día en el que ya desde las primeras horas, el ambiente invitaba a salir a la calle para deambular sin motivo. Inmediatamente, he mandado recado a mis compañeros de salidas para retomar lo pendiente.
Todos han aceptado la proposición y, casi de inmediato, nos hemos puesto en marcha.
Así, aunque bien entrada la mañana, comenzó la reunión en la Puerta del Sol, tal como quedó propuesto, junto a los portones de la Casa de los Maldonado y frente a la Iglesia de la Compañía de Jesús, la del Espíritu Santo. El doctor Zúñiga algo quejoso por unas fiebres que le entumecen, aunque los demás sospechemos, casi con certeza, que se trata más de mal de soledad, pues desde que murió su amada Pilar, hace más de veinte años ya, es la única enfermedad que le recurre periódicamente. Los demás, Carlos el Papón, Pelayo, ese hijo que le apareció a Zúñiga casi sin sospecharlo, y este servidor, mostramos el mejor de los ánimos y así se lo intentamos transmitir al Vizconde.
En esta mañana de sol, la riada de gentes nos empujó hacia el viejo Azogue. A pesar de que la actividad se trasladaba poco a poco al entorno de la gran plaza de San Martín, aún había mercado y el ambiente era espectacular. Las gentes del alfoz voceando sus productos. Niños y ancianos curiosos por entre los vendedores. Charlatanes y embaucadores haciendo gala de sus artes. Damas y criadas atentas a lo que se les ofrecía desde el otro lado de los tableros. Mendigos exprimiendo sus males en favor de mover a la cristiana caridad de los transeúntes. Olores mezclados embargando los sentidos. Vivos colores de exóticas hortalizas que, tras su novedosa venida de las Indias, comienzan a hacérsenos familiares. Gentes y más gentes que nos envuelven y distraen nuestra conversación mientras dirigimos nuestros pasos a la fábrica de la Catedral Nueva.
Las obras se muestran avanzadas a pesar de que desde hace años la escasez de capitales haya provocado la casi paralización de la actividad en las mismas. Las naves están prácticamente finalizadas y, desde que el cabildo dispusiese su traslado a ésta en 1560, tras ser completada por el maestro Gil de Hontañón hasta el crucero, el trasiego de gentes por su interior es constante. Iniciamos el recorrido por el interior atravesando la puerta de la torre y comenzamos a admirarnos con cada una de las capillas que vamos recorriendo. La capilla de San Lorenzo, la de San Pedro, a la que las gentes han dado en llamar "Dorada", la de la Madre de Dios, también llamada del Presidente Liévana. Al paso por la capilla ahora llamada de la Virgen del Desagravio, Zúñiga se detiene a observar el pequeño cuadro que preside su altar. -¡Magnífica obra pese a su tamaño!- dice acercándose para observarlo en detalle. -Pero... fíjense vuestras mercedes. ¡Su tela está remendada! Una lástima pues desmerece el resultado- vuelve a comentar dirigiéndose a quienes le acompañamos.
-¿¡Lástima!?- Exclamo interrogante. -¿No conocen ustedes la historia?- vuelvo a preguntar.
-¡Pues no!- me dice Pelayo quien, por su juventud, está menos al tanto.
-¡Ah! Excelente disculpa para recordar un hecho, leyenda para unos y real para el resto, que acaeció hace años.
Cuenta la tradición que en la calle de la Nevería había uno de estos cuadros de Cristos, Vírgenes y Santos que ponen los vecinos en hornacinas y portales para la devoción popular. El dicho cuadro era la imagen de la Inmaculada Virgen María, Nuestra Señora y, por tratarse de lugar concurrido en paso de San Martín a los barrios nobles, gran cantidad de devotos era la que oraba ante la imagen, depositaba velas y lamparillas de aceite y alguna que otra flor aparecía en sus búcaros colocada por anónimas manos; que bien conocida es la devota defensa que los salmantinos hacen del dogma de la Concepción Inmaculada. Una mañana, la imagen amaneció destrozada. Algún desalmado, de propio o por encargo (que en estos tiempos se puede pensar cualquier cosa), amparado en la espesa oscuridad de la noche, rasgó con saña el lienzo, acuchillando el rostro de la Santísima Virgen y raspando la sagrada leyenda que la orlaba. Acto sacrílego que movió el sentir de devotos y vecinos en cuanto fue descubierta la fechoría. Inmediatamente, los consternados salmantinos comenzaron a pedir actos de desagravio hacia la sagrada imagen. Fueron muchos los que pidieron la inmediata construcción de una capilla en ese mismo lugar para poder seguir orando ante la desfigurada imagen. Los ánimos, encendidos, exigían la reparación del malicioso acto. Tal fue el clamor popular que al cabo, aprovechándose la construcción de la nueva Catedral, se decidió su traslado solemne hasta una de las nuevas capillas de ésta, en la que se construiría un retablo adecuado para albergar el lienzo y darle el debido culto. Esto se hizo ya va para veinte los años y aquí sigue, presidiendo la capilla que ahora admiramos.
-Curiosa historia- comentó el leonés. Y siguió, preguntándonos, -¿y conocen ustedes la historia de la Virgen de la Verdad?- Los demás nos miramos interrogándonos con las miradas. -Cuéntala, amigo, pues de seguro que alguno la desconocemos- le dije.
-Bien. Fíjense en la capilla frontera a la que ahora contemplamos. ¡Vayamos hacia ella!- nos dijo el papón mientras comenzamos a desandar nuestros pasos para pasar a la nave norte de la fábrica.
Llegados a la capilla, pudimos observar cómo su interior era presidido por una imagen de la Virgen con el Santo Niño en su regazo y nuestro amigo Carlos comenzó su narración.
-¿Conocen la leyenda del toledano Cristo de la Vega, que juró los amores de una dama para decir verdad? Pues aquí, en esta ciudad de la recia meseta, fue su Santa Madre la que hubo de intervenir en causa mundana-.
Cuenta la leyenda, o la historia que yo no lo sé, que un cristiano viejo, honrado y pobre cual asa de espuerta, se vió en la obligación de andarse a casa de un judío para solicitar un préstamo que aliviase sus deudas. Como bien sabéis, la usura es del carácter de los hebreos y aquél no había de ser distinto. El pobre cristiano asumió en su deuda los elevados intereses que el judío le pidió. Al cabo del tiempo juntó los dineros y, en cuanto pudo hacerle frente, saldó el préstamo llevando la bolsa con la cantidad de monedas acordada a la casa del judío. Pero al hebreo le pareció poca la cantidad que le traía el pobre hombre y exigió del cristiano más dineros de los pactados. El humilde hombre, que con infinito esfuerzo había sido capaz de reunir lo acordado, no tenía más con qué pagar. El judío acudió con su falsedad a la justicia, reclamando el pago de la deuda. El ladino prestamista convenció a los jueces de que decía verdad. ¿Qué podía hacer el pobre cristiano? Estaba perdido pues la razón se le daba al delincuente. Sin más alternativa, recurrió a la Santísima Virgen implorando su intercesión. Juró a la justicia decir verdad y pidió ser acompañado ante la imagen de Nuestra Señora para confirmarlo. Cedieron justicia y hebreo, acompañándole ante esta sagrada imagen. Allí, el cristiano viejo, en alta voz, preguntó a la Virgen: «¿Señora diríais vos que soy inocente?». Para asombro de todos, la figura movió la cabeza asintiendo firmemente con ella. Ante tan singular hecho, milagroso para quien esto narra, los magistrados libraron al cristiano de las falsas deudas y condenaron al prestamista por su delito.
-Esta es la leyenda, cierta para algunos, de la imagen de Nuestra Señora de la Verdad- finalizó el leonés.
Tras el relato, que nos tuvo en absorto silencio durante unos minutos, comenzamos a escuchar los rugidos de nuestras tripas. Se nos había llegado la hora de volver a casa y dar gusto al estómago. Así, en recatado silencio, pues era más fuerte el pensamiento en la olla que la gana de conversar, decidimos que era hora de despedir la compañía y volver cada cual a su hogar donde seguro había alguien esperando con los platos sobre el mantel y la comida dispuesta. Ya habría otros tiempos para visitar las traseras de esta obra, recorrer el Seminario de Carvajal y, por estar junto a él, entrar en la vieja iglesia de San Cipriano hasta alcanzar su cripta en busca de la sombra del Marqués de Villena.
Pero eso será en tiempos mejores. Estoy seguro de ello.


Post Scriptum.
Seguro que habrá quien se interese por esto cuando el XXI cumpla sus primeros años. Para ellos, sólo dejar constancia de que ambas imágenes de la Virgen siguen pudiendo ser admiradas en sus correspondientes capillas de la Catedral Nueva. Es más, por los documentos se sabe que el retablo de la Capilla de la Virgen del Desagravio fue construido en 1665 por Francisco García, siendo el tallista Juan de Mondravilla.
También decir que aunque sus nombres hayan cambiado, siguen estando en los mismos lugares la Puerta del Sol (entre la Clerecía, casa de las Conchas y antiguas cocheras de San Isidro), el Azogue Viejo (junto a los muros traseros de la Catedral Vieja), la calle de Sordolodo (ahora de Meléndez Valdés), el callejón de las Velas (con el mismo nombre entre Meléndez y San Benito) y la calle de la Nevería (ahora de Sánchez Barbero).
Finalmente, pero no por ello menos importante, mi más sincera gratitud a don Félix González Modroño, escritor que me ha subyugado con su obra, creador de los personajes de Fernando de Zúñiga y Pelayo, con los que, por admiración a ellos y a su autor, he querido compartir este paseo por la Salamanca del XVII. Sin la cariñosa aquiescencia del padre de estos personajes, este paseo nunca hubiera sido el mismo.

martes, 3 de noviembre de 2009

Tres de noviembre

Hoy es tres de noviembre.
Seguramente para la mayoría de los mortales no es sino una fecha más en el calendario, sin que deba ser recordada por ningún motivo particular. Para otros, pues somos tantos y han ocurrido tantas cosas, este día puede ser recordado por motivos diversos y variados, alegres o luctuosos.
Para mí, esta fecha es especial, por lo que entro en el segundo de los grupos anteriores. Una fecha siempre recordada aunque tenga la cana cada día que pasa más huera y a mi alma le cueste retener detalles que la memoria fijó en ella alguna vez.
Un día tres de noviembre de 1256 tuvo lugar en Salamanca una de esas avenidas del Tormes que se mantienen en el recuerdo a través de los siglos. Una riada que provocó que el puente romano perdiera más de la mitad de sus ojos, dejando incomunicados el sur y el norte de la península... Al menos por lo que a este paso se refiere. Una riada que dejó a los frailes dominicos (recién asentados en la ciudad de Salamanca) sin un techo bajo el que cobijarse, pues su convento quedó arrasado por las aguas. Pero, providencia divina, esto dio lugar a su traslado a la pequeña iglesia de San Esteban... y hasta hoy.
Un día tres de noviembre de 1639 fallecía en Lima, en la Ciudad de los Reyes, el primero de los santos negros de América, el santo moreno al que profeso toda mi devoción: San Martín de Porres, quien para mí será siempre "El Santito". Porque yo, persona poco dada a devociones imagineras, siento una debilidad, posiblemente heredada, por este hombre que fue capaz de reunir en una sola persona tanta bondad, comprensión, caridad y fe, que me hace sentir algo especial por él.

Un día tres de noviembre de 1961 venía al mundo en tierras de Don Quijote, un niño. Un chaval que disfrutó su infancia de llanuras manchegas y que al cabo del tiempo vino a madurar a esta Salamanca que le enamoró haciendo que se atase a ella y a sus gentes de forma permanente. Alguien a quien el color de la piedra, el olor de las casas, el sonido de las calles le retienen con un nudo invisible, indivisible y para toda la vida. Alguien a quien lo charro le caló hondo. Tan hondo que presume de charrería allá por donde vaya. Alguien que jamás negará su raíz pero que nunca renegará de ser salmantino hasta lo más escondido de su alma.
Hoy, día tres de noviembre de 2009, volveré a charlar con mi Santito como hago todos los años. Estaré con él celebrando su fiesta y nos contaremos nuestras cosillas. Hablaremos de cómo nos van las cosas y de nuestros proyectos. De familia y de amigos. Será sólo un rato, pero servirá para mantener consolidada esta devoción que le profeso. ¡Qué digo devoción! Admiración sería la palabra. Porque siempre será ejemplo vital para mí.
Seguramente para la mayoría de los mortales, el día de hoy sea uno más en el calendario, pero para mí, es especial. Hoy, en San Esteban, el Santito y yo, nos pondremos el traje charro para, en la mejor de las comuniones, celebrar y celebrarlo.

sábado, 31 de octubre de 2009

Difuntos anónimos

Vuelvo a visitar el camposanto. A pesar de laicidades y disfraces, mientras los más jóvenes se desperezan tras una noche de muertos vivientes, de trucos y tratos, de bailes y calabazas. A pesar de todo, prefiero el olor a churro y anis, el colorido de claveles y crisantemos, el trasiego lúgubremente festivo por los estrechos caminos que, entre nichos y tumbas, recorren hombres y mujeres fieles a una tradición y a una liturgia. Porque yo seré uno de ellos. Porque allí están mis difuntos. Porque creo en la liturgia. Porque mantengo la tradición.
Va a hacer un año ya que, en la única visita obligada que hago a este lugar, descubrí que las flores que depositamos en su lápida, ésas que horas antes le fueron regaladas por quienes más le quieren, habían sido sustraídas.
Ayer, escucho en un noticiario local que las fotografías que mantienen el recuerdo de quienes allí moran, hasta un total de más de doscientas, habían sido arrancadas por lo que se supone serían gamberros.
¿Será resultado de la secularización popular o habrá sido así toda la vida? ¿Será esto el laicismo con el que nos amenazan?
Pues yo, igual que hace un año, igual que siempre, volveré con los míos a depositar mi ramo de flores sobre la lápida, consciente de que sólo serán para unas horas; de que los "profesionales" de la gratuidad del propio exorno funerario a costa de los otros, caerán inmediatamente sobre ellas para su traslado a donde ellos, con toda su seguridad, creen que son más necesarias: sus propios muertos.
Pues aquellos a quienes les han robado los rostros de los suyos, volverán, como cada año, para, aun sin verles la cara, charlar con ellos como si nada hubiera ocurrido; para decirles que no hace falta una fotografía cuando el recuerdo está indeleble en el alma.
¿Y los que nunca tienen flores y jamás tuvieron una fotografía? Pobres, aquellos a quienes nadie va a recordarles y permanecen con sus nombres borrados por el paso del tiempo. Lápidas anónimas que observan el trasiego sabiendo que nadie se detendrá junto a ellas, siquiera en estos días de los que se saben protagonistas. Porque muchos de ellos son santos al tiempo que difuntos. Pues para ellos es mi recuerdo. Para ellos mi oración de estos días. Para ellos mi curiosidad por saber que fueron, imaginando a buenas gentes, dedicadas a lo suyo y a los suyos, felices mientras vivieron. Para ellos, anónimos residentes, mis paseos entre cipreses y mausoleos. Para ellos las flores que dejo sobre la tumba de mi padre. Porque sé que a mi padre nunca le hubiera importado compartirlas. Para ellos los cientos de fotografías robadas que podrían ponerles rostro. Para ellos el mejor de mis recuerdos en mi oración.

jueves, 29 de octubre de 2009

El sargento Mayoral

Regreso en estos momentos de presentar un libro. Una actividad que en mi, posiblemente dilatada, experiencia (o eso creo tras más de veinte años de profesión) no había hecho jamás. Al menos, soy incapaz de encontrar nada parecido cuando rebusco en este almacén de recuerdos que es mi cana.
Podríamos decir que se trató de algo íntimo, por lo que no es que haya sido algo digno de ser reseñado por los medios de comunicación, más centrados ahora en la campaña electoral en la que está inmersa esta institución centenaria para la que trabajo, pero para mí ha sido un acto agradable, cargado de responsabilidad y, sobre todo, como ya he dicho, novedoso. Además, dada mi pasión por cualquier papel escrito y encuadernado, me he encontrado encantado al disfrutar con un nuevo libro entre mis manos.
Y, seguramente por asociación de ideas, he recordado (parece mentira los recovecos que puede tener la mente humana) que hace unos días me sorprendió gratamente una noticia que seguramente para la mayoría de los lectores de prensa diaria pasó desapercibida o, con más seguridad, quedó enmascarada por titulares de altísima trascendencia. Pues tramas y contubernios de políticos de uno y otro signo, de mayor o menor rango institucional, cubren como nubarrones de azufre las portadas de los diarios y las cabeceras de las noticias, radiadas o televisadas. Pero yo me detuve en esta pequeña y escueta noticia:

"Rescatan la historia del sargento español que se hizo pasar por cardenal".


¡Córcholis! (a veces me admiro de mi educación). ¡Eso me suena!, me dije, recordando que no muchos días antes había estado ojeando las páginas de esta obra. Unas páginas electrónicas (que ya quisiera yo tener en mi estantería el librito en papel) pero no por ello menos interesantes, pues se trata de la edición original de la obra. Pues bien, ahora, una editorial sevillana (Ediciones Espuela de Plata), en la que se han editado magníficas obras de Semana Santa, ha reeditado la obra titulada "Historia verdadera del sargento Francisco Mayoral natural de Salamanca fingido cardenal de Borbón en Francia escrita por él mismo y dada a luz por D.J.V.".
¿Y qué tiene de interesante este libro? Pues nada más que la curiosidad de que se trata de la biografía de un caradura salmantino. La historia de un sargento que, tras ser hecho prisionero por las tropas napoleónicas, se hizo pasar por distintas categorías eclesiásticas que le alzaron hasta el Cardenalato, consiguiendo engañar al pueblo francés. Un suceso que se tuvo por increíble durante muchísimos años, pero que corresponde a la fiel realidad de este personaje. Un suceso histórico a pesar de lo novelesco de todo aquello que podemos encontrar en sus páginas y cuya lectura recomiendo a los interesados en la historia curiosa de Salamanca y de lo salmantino.
Simplemente, como reseña biográfica de este personaje, citar la que he encontrado en una de las notas de prensa por las que he pasado, la cual dice que Mayoral nació en Ávila el 12 de septiembre de 1781, aunque su familia se trasladó a Salamanca por lo que en los documentos se le considera salmantino, se casó en 1800 y en 1807 tuvo un hijo.
Fue sargento primero en el regimiento de Ciudad Rodrigo y cayó prisionero de los franceses tras el terrible asedio de esa ciudad, en 1810, tras lo cual, al pasar a Francia en una cuerda de presos concibió la argucia de hacerse pasar por fraile. En 1814, al acabar la guerra y descubierta su impostura se le mandó a España, donde en 1815 la Auditoría General de Guerra de Cataluña lo procesó por la jurisdicción militar. En 1816 fechó el manuscrito autobiográfico de su historia, tras lo cual el Santo Oficio lo procesó y condenó en 1818 a cuatro años de destierro en Ceuta.


Curiosidades de la historia que tienen que venir a recordarnos desde la mismísima Sevilla.
¡Ojú!

martes, 27 de octubre de 2009

Un paseo con amigos

Hacía tiempo que tenía pendiente un paseo por calles y callejas. Un recorrido entre dorados muros en la mejor de las compañías. Un repaso a la historia vivida desde dentro, inmerso en la luz diáfana de los siglos, junto a quienes, como yo, se enorgullecen de ver cómo esta Salamanca que nos enamora tiene tanto que contar y que contarnos como para dejar volar la cana hacia atrás y dejarse llevar por una realidad que sólo puede ser imaginada.
Pues, ¿por qué no ahora? ¿Por qué no aprovechar esta tarde en la que la lluvia nos muestra que el otoño ha entrado de repente? Y decido buscar a mis amigos. Aquellos con los que tenía comprometido este paseo, para dejar que nuestros pasos nos lleven hacia donde quieran.


En la caída de la tarde, con el sol oculto por negros nubarrones y dispuesto a esconderse tras los tesos que guardan El Zurguén, el Vizconde del Castañar, don Fernando de Zúñiga, quien aún no ha vuelto a actuar en su papel de investigador desde que en 1683, va ya para seis años, se viese involucrado en extrañas muertes relacionadas con ese nuevo juego de naipes que se ha dado en llamar "mus"Pelayo, su más fiel acompañante, un papón leonés cuyo nombre no viene al caso y un servidor, admirador declarado de todos ellos, coincidimos en el Corrillo de la Yerba, en terreno de nadie. No sé si nos buscábamos o la casualidad ha querido que sea hoy, este día del mes de octubre del año de Nuestro Señor de 1689, cuando hemos alcanzado a reunirnos y, con ello, aprovechar para hacer uno de esos recorridos por esta ciudad que de seguro a todos nos deleitan y que, como dije más arriba, estaba pendiente desde hacía tiempo.

Esta húmeda tarde, tras las intensas lluvias de la mañana, acumula en su aire infinidad de olores que, entremezclados, nos llegan desde la cercana plaza de San Martín. Los comerciantes comienzan a recoger su mercancía antes de que la noche se eche encima. Los deliciosos aromas de la tierra recién mojada se entremezclan con los menos agradables de los pescados, verduras, curtidos y carnes que resistieron toda la jornada sobre los entablados en los que se exponían para su venta. Las gentes comienzan a recogerse y nosotros, el grupo de paseantes, dudamos si enfilar la Rúa de los Francos o la calle de Sordolodo, pues es nuestra intención visitar los edificios, aún inconclusos, del Colegio del Espíritu Santo y de la nueva Catedral, que, afortunadamente, se alza junto a aquella vieja Fortis Salmantina que vio durante siglos lo que nosotros ahora sólo podemos conocer por los libros. Como en sus cercanías se halla también la vivienda de nuestro doctor Zúñiga, finalmente, optamos por dejar la visita a la Catedral para la parte última de nuestro recorrido y, así, dejar al vizconde en casa; propuesta que parte de él mismo, argumentando un cansancio debido a la edad, falso a todas luces.

No hemos hecho sino comenzar el camino y caemos en la cuenta de que casi se nos acaba la calle de Sordolodo, pues la conversación es amena y todos los santos se nos van al cielo sin apenas caer en la cuenta. Aun así, mientras pasamos junto a la Iglesia de San Benito, entrevista por el angosto callejón de las Velas, nos detenemos para recordar a los Manzano, de este bando, y a los Enríquez, del de Santo Tomé. Imaginamos la justiciera venganza de doña María, la brava madre de estos últimos y vemos, en el recuerdo, cabezas cortadas sobre tumbas vengadas. Casi sin ruptura, hablamos también de  los Maldonados y su lucha por las comunidades, de la curiosidad de su escudo, plagado de francesas flores de lis, de idas y venidas, y de afrentas. Sobre todo de afrentas... y nos topamos, al acabársenos la calle, con el imponente edificio con el que Felipe III y, sobre todo, su esposa Margarita, quisieron, al tiempo que competir con las obras de la Nueva Catedral, agasajar a la Compañía de Jesús. El impresionante Real Colegio del Espíritu Santo.

-¿Sabían ustedes que allá por el primer cuarto del pasado siglo dieciséis anduvo por Salamanca el fundador de la Orden?- Pregunta de improviso uno de nosotros al resto como si lanzase su pregunta al viento.

-¿Conocían vuestras mercedes que sufrió prisión en la mismísima catedral; en la Fortis Salmantina?- Continúa con sus cuestiones.
-¡Por supuesto!- contestamos el resto al unísono. Y comenzamos a rememorar, entre todos, cómo el mismísimo San Ignacio, el de Loyola, padeció presidio durante veintidós días en esta ciudad. La cosa es que, resumida porque se nos echa la noche encima, el santo, en su visita a Salamanca, predicaba cosas de Dios a pesar de carecer de estudios que le avalasen. «Hablamos, dice Ignacio, quándo de una virtud, quándo de otra, y esto alabando; quándo de un vicio, quándo de otro, y reprehendiendo».

Esta forma de actuar, una vez se corrió entre las gentes, ocasionó gran disgusto entre los predicadores frailes del Convento de San Esteban. Así, tras citarlo en las dependencias del convento, intentaron reconducirle en su actitud, y viendo que esto era imposible, le dejaron encerrado durante tres días.
«Al cabo de los 3 días vino un notario y llevóles a la cárcel. Y no los pusieron con los malhechores en bajo, mas en un aposento alto, adonde, por ser cosa vieja y deshabitada, había mucha suciedad.
...
Y algunos días después fue llamado delante de cuatro jueces y aquí le preguntaron muchas cosas, no sólo de los Ejercicios, mas de teología, verbi gratia, de la Trinidad y del Sacramento, cómo entendía estos artículos. Y él hizo su prefación primero. Y todavía, mandado por los jueces, dijo de tal manera, que no tuvieron qué reprehendelle. 
Entre muchos que venían hablalle a la cárcel vino una vez D. Francisco de Mendoza, que agora se dice cardenal de Burgos. Preguntándole familiarmente cómo se hallaba en la prisión y si le pesaba de estar preso, le respondió: «yo responderé lo que respondí hoy a una señora, que decía palabras de compasión por verme preso». Yo le dije: «en esto mostráis que no deseáis de estar presa por amor de Dios. ¿pues tanto mal os paresce que es la prisión? pues yo os digo que no hay tantos grillos ni cadenas en Salamanca, que yo no deseo más por amor de Dios».
...
A los 22 días que estaban presos les llamaron a oír la sentencia, la cual era que no se hallaba ningún error ni en vida ni en doctrina; y que así podrían hacer como antes hacían, enseñando la doctrina y hablando de cosas de Dios, con tanto que nunca difiniesen: esto es pecado mortal, o esto es pecado venial, si no fuese pasados 4 años, que huviesen más estudiado».

Admirable comportamiento el del Santo, curiosos los hechos y un correctivo para los de Santo Domingo. Desde entonces, jesuitas y dominicos recorren caminos en los que procuran evitar los cruces.

Pero... tan absortos estamos en la charla que apenas caemos en la cuenta de que la noche se ha echado sobre nosotros.

-¡Qué poco dura lo bueno!- digo a los demás mientras intento adivinar sus caras medio ocultas por los embozos de sus capas y medio desfiguradas por las sombras de la noche.
-¡Andemos vivos que a estas horas lo único que queda en las calles es la ronda de la Santa Hermandad!- nos dice el vizconde. -Es hora de que cada cual acuda presto a su casa.- remata Zúñiga.
-¡Mangas verdes!- exclamo, mientras hacemos votos para reunirnos mañana, o pasado mañana a más tardar y completar un paseo que no ha hecho sino comenzar.
-Será mañana, aquí mesmo y al comienzo de la tarde.- propone el leonés, mientras Pelayo asiente en silencio cómplice.
-¡Así será!- responde Zúñiga con cierto apremio, pues está deseando volver a su sala y admirar, a través de su ventana, esa nueva Catedral que será el objeto de nuestra visita del día siguiente.
-¡Quedad con Dios!- digo, mientras comienzo mi retirada. -Esperad, que voy con vos- dice Carlos, el de León, mientras comienza a seguir mis pasos intentando darme alcance.
-¡Que sea hasta mañana!- resuenan cuatro voces en el silencio de la Puerta del Sol, vacía y oscura, al tiempo que se oyen a lo lejos los pasos de los de la ronda y la llama de una vela se aleja discretamente tras una de las ventanas de la casa de los Maldonado, esa que llaman "de las Conchas".

sábado, 24 de octubre de 2009

El Quiosco del Ochavo


Era una de esas cosas que nos rodean sin que reparemos en ella... hasta que, por no se sabe bien qué instinto, un día notamos su ausencia y nos damos cuenta de que llegamos a echarla de menos.
¡Me han quitado el quiosco de las escaleras del Ochavo! ¡Ya no está el quiosco de Ángel!
No sé bien cuándo ha sido, pero ahora, desde que soy consciente de su ausencia, no hay día que pase por allí, que no mire con nostalgia hacia lo que no es ya sino el hueco dejado por ese templete. O quizá lo que veo sea la ausencia en mi propia cana, que no quiere desprenderse de su habitualidad, como el niño que amarra ese peluche, ajado y sucio, que le ancla a lo cotidiano, a la seguridad de lo conocido, incapaz de cambiarlo por algo nuevo y limpio por más que le aseguren que el efecto anímico será el mismo. ¡Qué va a ser el mismo!


Pues así es mi último recuerdo. La imagen de un ajado y sucio quiosco, cerrado pero aún baluarte de lo tradicional. Garita abandonada sin vigilante que vele. ¿Será por eso que la ciudad cedió y lo que fue Gran Hotel son ahora pequeños apartamentos? Quizá. Pues también, en el mismo enclave, fue la desaparición del quiosco-panadería del bajo-escalera la que pudo coincidir con que el vetusto edificio de la Audiencia se transformase en hotel. ¿Es que ahí las cosas van por pares? O será que cuando desaparece el vigía, el entorno aprovecha para cambiar.
Pero esa caseta de chapa y madera era algo más. Era el lugar en el que, desde que fue puesto allí, la prensa llegaba puntual a su cita con la tertulia. Porque siempre había tertulia a su puerta, o esa es la imagen que mantengo. Charlas de taurinos y futboleros, con Ángel, el quiosquero, siempre en el quicio de una puerta que daba paso a su mundo. Y el carrito. Un carrito de mano. Siempre ese carrito que sirvió para recorrer Salamanca en uno de los primeros servicios a domicilio que recuerdo. Su padre, Ángel Castilla, fundador del negocio (eso creo), manejaba el carrito con soltura esquivando obstáculos en su recorrido mientras distribuía la prensa por casas y locales.

Jamás compré nada en él o quizá algún periódico que no recuerdo. Nunca hablé con Ángel, pero le conozco mejor que a muchos otros. No me conoce, pero sé quién es. Y sé que, como los otros, custodiando cada una de las entradas al ágora, siempre fue el responsable de un auténtico fielato del día a día, controlando el pulso ciudadano desde las primeras horas de cada jornada.
Desapareció la máquina de tren que asaba patatas y tenía pipas calientes. Se actualizó el quiosco de Fidela en el arco de la calle de Zamora. Desapareció el quiosco de "La Barazuela" de las escaleras de Pinto. Nos quitaron los urinarios-caseta de turismo de las escaleras del arco del Toro. El del Corrillo... ¿cómo está? Obras y andamios.
Sólo queda el de Fermín, aunque sea in memoriam, para guardar el interior del Templo. No sé qué será de nuestra Plaza cuando su viuda decida que se acabó el negocio. No sé que será de la Plaza sin vigilantes.


miércoles, 30 de septiembre de 2009

Estudiar para saber

Tradicionalmente, los españoles nos hemos caracterizado por un palurdo chovinismo lingüístico merced al cual jamás hemos tenido la sensación de necesitar conocer otras lenguas y mucho menos de practicarlas. Seguramente por el aislamiento al que nos hemos visto sometidos en distintos periodos históricos, unido a la supremacía que las Españas ejercieron sobre el orbe, imponiendo sus leyes, religión y lengua, han sido muchas las épocas en las que con el español, antes llamado castellano, se podía recorrer el mundo sin más necesidad. Pero ese mundo, que generalmente se nos quedaba más pequeño de lo que nuestros antepasados presumían, se escapó de nuestras manos hace ya mucho tiempo. Desde el hundimiento del Maine y el posterior conflicto con los Estados Unidos, tras el cual todos regresaron cantando, o quizá desde mucho antes, aunque no quisiera remontarme al desastre de la Armada Invencible, otros idiomas relevaron al castellano en importancia. Francés, inglés y alemán, en distinta medida y por diferentes motivos, fueron relegando a un plano cada vez más irrelevante al castellano en las conversaciones y escritos internacionales.

España, imagino que a la vista de los acontecimientos, hubo de dar su brazo a torcer y, seguramente muy a pesar de los gobernantes del momento, implantar en sus planes académicos el estudio de un segundo idioma. Éste fue, en un principio, el francés, más fino y diplomático, dejando el basto lenguaje propio de los bucaneros de la pérfida Albión para quienes quisieran o pudieran ampliar sus conocimientos de forma no reglada. Esto fue lo que mi generación, muchas de las anteriores y alguna posterior, conocieron mientras cursábamos el bachillerato e incluso la primaria (EGB la llamaron). Pero el peso del idioma que los norteamericanos (casi todos) heredaron de los piratas y corsarios o de estrictos inmigrantes que fueron a ocupar aquellas tierras allende la mar océana, era tan grande que dejó como algo anecdótico el estudio del refinado idioma galo. El inglés pasó a ser obligatorio como segunda lengua para todos los estudiantes españoles (o casi todos). Y esto desde la más tierna infancia. Por eso, como siempre he confiado en el sistema, yo pensaba que el nivel en el conocimiento del idioma inglés había ido en progresivo aumento entre la población joven. Iluso de mí.

En los últimos tiempos, cada vez más dilatados pues no en vano soy cada día más viejo, consciente de que el conocimiento del idioma inglés es casi imprescindible para quienes se forman en las aulas universitarias españolas, realizo la propuesta, casi voluntaria, a mis alumnos de practicar la lectura de diferentes trabajos científicos, generalmente sencillos, publicados en esa lengua. Algo que nunca me pareció pudiese representar dificultad para quienes no sólo han cursado estudios en dicho idioma desde sus principios escolares, sino que se pasan el día solicitándome la elaboración de escritos con los que justificar sus ausencias a la Escuela Oficial de Idiomas, en la que se oficializa el conocimiento en las diferentes lenguas.

Pues bien. Al final, siempre acabo comprobando que la dificultad, única, diría yo, que encuentran estos jóvenes, nunca está en el contenido de los textos que les propongo, generalmente sencillos, sino en el desconocimiento del idioma en que se hallan escritos. ¡No saben inglés! Nada digo de otras lenguas, como francés, alemán o hasta checo, que se quedan en su inopia más profunda. Y, cuando esto ocurre, cuando se quejan de lo arduo de la tarea, suele venirme a la memoria, a esta memoria que cada día anda más pendiente del pasado que del presente, un pequeño poema de Nicolás Fernández de Moratín, quien fuera padre del más conocido Leandro. Y me viene porque, mientras pienso en que el conocimiento de algún idioma ajeno al materno es algo que muchos de nuestros estudiantes, universitarios ellos, debieran fomentar con más ahínco, sé que por ahí fuera, por donde siempre ataron a los perros con longanizas, hasta los más pequeños dominan, con admiración por mi parte, dos o más lenguas extranjeras. Dice el epigrama, de nombre "Saber sin Estudiar":
Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
¡Arte diabólica es!,
dijo, torciendo el mostacho,
que para hablar en gabacho
un fidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal;
¡y aquí lo parla un muchacho!

¿Será que debíamos haber nacido en Francia? ¡No! Directamente debiéramos ser hijos de la Gran Bretaña.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Salamanca en el recuerdo


Ha sido relajantemente provechoso este periodo que me ha tenido fuera de casa mientras esperaba la llegada del otoño.

Después de vivir la intensidad de unas jornadas en los confines de la Tierra, volví mis pasos hasta tierra de morería. A la vista de la Sierra Nevada, he rehecho los caminos de Hernando el Nazareno y he pisado por aquellos lugares que él siempre amó. Esas Alpujarras que le vieron nacer y esa Granada que perdió el Rey Chico. El monte Valparaiso, renombrado después como Sacromonte, los cármenes del Albaicín, la Carrera del Darro y su encuentro con el Xenil, la Alhambra, la Catedral y la Capilla Real.

Con todo ello en la mente se hace más cercana la lectura de esa novela que comencé en tierras de Cádiz y a la que aún no he sido capaz de poner término. Se me van los días y, entre unas cosas y otras, son pocas las páginas que puedo compartir con Hernando. Pero, a pesar de todo, me imagino recorriendo esas calles junto a él o junto a cualquiera que me quiera acompañar, echando de menos a veces al doctor Zúñiga al que ya considero como un compañero más de aventuras, admirado compañero, en esas tierras de la recién formada España.

Recorro Granada pero mi mente pasea por otras calles. Calles andadas una y otra vez para exprimir cada una de sus losas, cada una de sus piedras, cada una de sus sombras. Son las calles de Salamanca las que me envuelven en todo momento. Las que me traen esos recuerdos que se hilvanaron a mi cana por algo que oí, que leí o que vi. Solo débilmente atados a mi memoria. Tan débilmente que tengo que mantenerlos vivos para no olvidarlos.

Historias de tablaje y de mancebía en las que en cualquier momento se cruzan los aceros por la defensa de una dama o del honor. Leyendas de nobles que en nada tienen que envidiar a Gonzalo de Córdoba en su defensa de la plaza tarifeña o de repobladores en tierras recién conquistadas. Vírgenes que son testigo de acuerdos prometidos como si del mismísimo Cristo de la Vega en su ermita toledana se tratase. Santos cristianizando a toda una judería o encarcelados por un quítame allá esas pajas. Cuevas cuya fama dio la vuelta al orbe o pasadizos cuyo secreto es conocido por todos. Zapateros y corregidores disputándose una anguila. Hospitales que no son sino albergue de desahuciados. Historias de conventos, reales o imaginadas. Y personas, Latinas, Tostados, Ciruelos, Maldonados, Monroyes, Manzanos, Albas o Anayas, que hicieron de Salamanca un lugar en el que la Historia no tuvo más remedio que detenerse para ellos.
Tengo que hacérmelo mirar. No sé si es bueno o no, pero me atraen más los hechos remotos que la actualidad que me rodea. Prefiero el XVII a la modernidad.
¿Será malo, doctor?

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Rías Altas

Hemos vuelto al fin de la Tierra.

Improvisadamente, sin anuncio previo, volvimos a recorrer parajes idílicos para recordar que algún día estuvimos allí. Para descubrir que la naturaleza es capaz de sobreponerse a la irresponsabilidad del hombre.

Playas de Carnota, Ézaro, Muros... que un día de no hace mucho vieron cómo el chapapote cubría su esplendor, inundando de negra marea hasta el más pequeño hueco entre sus imponentes rocas, ahora lucen arenas radiantes en las que muchos de quienes en aquellos días mancharon sus blancos monos del aceitoso alquitrán, ahora remojan sus cuerpos como si nada hubiera pasado. Sólo como si nada hubiera pasado.

Playas en las que sólo quedan limpias aguas bañando arenas inmaculadas para que quienes las visitamos dejemos escondida en el fondo del almacén de los recuerdos la desolación que las cubrió.

No sé si la vida ha sido capaz de recuperarse. No sé si en las rocas que ahora se muestran completamente desnudas, hubo tiempos en que anémonas y lapas compartían su espacio con pulpos y cangrejos; si las lechugas de mar, desplazadas cada día más por los sargazos, albergaban pequeños cangrejos en su ahora desnuda superficie; si las navajas y berberechos de sus arenas han emigrado a la bondad de las otras rías o es que nunca llegaron a ocupar estas playas de aguas bravías. No lo sé y quisiera creer que la ausencia de vida en estas costas de la muerte es algo que no viene de aquellos lodos sino que siempre fue así. Quisiera creer que la vida bajo las aguas, allí donde para mí es inaccesible, sigue bullendo como si nada hubiera pasado. Compartiéndose ignorante con los que no alcanzamos sino a remojar los pies en las moribundas olas que alcanzan la arena.

Porque el fin de la Tierra, esa Fisterra que atrae con sus cantos de sirena tanto a peregrinos agotados tras un esfuerzo casi inhumano como a visitantes descansados, no es el fin de la vida. Porque ahora sabemos que no es ahí donde se acaba el Mundo y que hay un más allá que nos permite cerrar el círculo para volver al punto de partida. Porque esta Finis Terrae nos hace empequeñecer ante la inmensa magnitud de lo que nos rodea, obligándonos a recogernos en nosotros mismos a pesar de estar inmersos en un marasmo de gentes. Punta del Mundo que nos empuja a disfrutar de nuestro interior, de esa cana que todos llevamos prendida al alma.

Pero la Tierra no acaba aquí, sino que comienza. Comienza desde el mismo punto en que somos conscientes de que hemos de retomar nuestros pasos para volver sobre ellos, aceptando el final como punto de partida. Origen desde el que todo será visto con otros ojos. Nuevos paisajes que recorrimos ayer; nuevos amigos que nos trajeron hasta aquí para compartir sorprendidos el camino de vuelta; nuevas esperanzas que surgen con el humo de lo que trajimos y prendimos en su hoguera. Así, después de pasar por él, por ese Finisterre que no es sino el extremo de lo que cada uno quiera, comienza una vida nueva. Comienza el principio de lo que se recupera tras quedar anegado por los petróleos de la vida sin que apenas se puedan apreciar sus restos.

Nuevas playas y nuevos espíritus fundiéndose al calor de un inusual sol septembrino. Verde puro y verde esmeralda mezclados para nuestro deleite. Sol Mediterráneo en ese Atlántico que nos ofrece lo mejor de sí mismo, de sus gentes y de sus tierras, para dejarnos compartir el tiempo y permitir que se escape por entre nuestros dedos sin que nuestra conciencia nos recuerde que ha comenzado el periodo en el que será la luz blanca de un tubo fluorescente la única luz que veremos durante los próximos meses.
Sin rastro de negro chapapote.