¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


miércoles, 31 de diciembre de 2008

Argonauta

Recorro la calle, mi calle, en soledad.
Hoy, último día de este año que, como todos los que le precedieron, ha merecido la pena a pesar de todo, transito por la Compañía en soledad. Es media mañana y la calle más salmantina y cofrade se muestra esplendorosamente solitaria bajo amenazantes nubarrones. La paseo y la disfruto. Pero, ¿no es extraño? ¿dónde se ocultan quienes a diario la recorren?
Así, en el inverso del recorrido tradicional, alcanzo a ver su final, o su principio pues es calle que se anuda en sí misma. Plaza de Monterrey. Calle de Bordadores. Mi mejor recuerdo para el más admirado. Pienso en sus diarios paseos, mirando lo mismo que él admiró, queriendo sentir como él sintió, y don Miguel recibe la oración callada que quiere llegar hasta ese misterioso hogar en el que reposa desde que, un día como hoy, durmiese el descanso del bregar más duro.
Oigo música. Veo gente. Todos los que vaciaban la Calle se encuentran reunidos a la espera de que Jasón les muestre el Vellocino de oro. Atentos a las súplicas de éste hacia Medea encaramada espectralmente en la fachada de su vivienda. Me acerco y me uno a ellos. Seguro de que me aceptarán aunque no me echasen de menos. Me siento como un argonauta más y disfruto. Disfruto de la compañía de Jasón, de los odios de Medea, de las bravuconadas de los argonautas y, sobre todo, de la presencia del Rector Unamuno. Atento él, seguro, a la fiel interpretación de los textos. ¡Yo no dimito de la vida aunque me duela España!
Aguardo en silencio, respetuoso, a que el tumulto desaparezca poco a poco. Y, cuando se queda solo, cuando nos quedamos solos, me acerco a él y le saludo. Y me despido. ¿No sé si sabrá quién soy? Bueno. Al fin y al cabo, yo sí sé quién es él y eso es lo único que me importa.
Volveré a pasar, como siempre, y miraré no hacia él, en su frío bronce, sino hacia la ventana a ver si le encuentro asomado, aguardando la llegada de esa muerte que le cesó en esta vida de la que él nunca dimitió.
Ahora, cuando todo ha acabado, comienza a llover.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Buenas intenciones


Estoy haciendo repaso rápido, a vuelapluma, de todos los compromisos que adquirí al término del pasado año. Intento recordar todo aquello que no cumplí, a pesar de haber hecho firme compromiso, para poder retomarlo ahora, como si nunca me lo hubiese propuesto y, así, poder hacer la rotunda promesa de llevarlo a cabo este año que ahora comienza.
Son tantas las cosas que a lo largo de mi vida he intentado comprometer cada comienzo de año, que seguramente me deje un montón en el olvido. Sobre todo aquellas buenas intenciones que, por juventud más que nada, hacía sin tener en cuenta el riesgo que corría cuando las escribía en el imaginario calendario que caía, en blanco y negro, junto a la brillante bola del edificio de la Dirección General de Seguridad de la madrileña Puerta del Sol.
Cuando el color vino a inundar nuestras Nocheviejas y la luminosa bola pasó a ser parte de otras dependencias menos lóbregas, mis promesas seguían apareciendo firmemente con cada una de las campanadas del carillón. Tampoco me veo capaz de recordar esas buenas intenciones, la mayoría de las cuales se encuentran acompañando a las de la infancia en ese limbo al que van a parar las cosas que olvidamos o que queremos olvidar.
Y ahora, cuando mi cabeza y mi alma peinan más canas de lo que hubiera siquiera sospechado, vuelvo a caer en el error -por seguir la tradición-, y nuevos compromisos comienzan a rondarme la cabeza en estos momentos de debilidad sentimental, de transición entre fiestas. Así, después de que mi parte más íntima tuviese los deseos más altruistas y solidarios para acompañar el nacimiento del Niño Dios, aun a sabiendas de ser imposibles, es ahora mi parte más prosaicamente pagana la que comienza a celebrar el fin de un periodo o el comienzo de otro (es decir, nada de nada) con firmes promesas para que, ni siquiera intentándolas el primer día, se acumulen a todas las que he formulado en las últimas décadas.
Pero no deja de ser una tradición y, como tal, pienso cumplir con ella mientras engullo las uvas de la suerte. Doce compromisos, doce propósitos, doce intenciones... para olvidarlas en cuanto la última pepita recorra el primer tramo de esófago intentando, sin éxito, un atragantamiento que fuese motivo de chanzas familiares. Muchos no podría ni siquiera decirlos y el resto... me da vergüenza confesarlos. Pero seguro que habrá promesas y mi cana será escrupuloso e incorruptible notario de todas ellas para, cuando el año esté por terminar, echármelas en cara como siempre por estos días. ¡Algún día me la tiño!

viernes, 19 de diciembre de 2008

Es Navidad

Desde este mismo momento comienzan mis vacaciones de Navidad.

Sí. Durante las próximas semanas aunque tenga que ir por el despacho de cuando en vez, lo haré de forma relajada y sin tener que poner la luz a los días y podré aprovechar para zambullirme en la alegre vorágine ciudadana; para disfrutar de la fría calma que envuelve las calles de esta ciudad cuando, en las primeras horas, la bruma se adueña de todos los espacios y las antiguas calles apenas son transitadas.

Pero, en estos momentos, cuando la alegría debiera estar comenzando a inundar todo mi interior, mi alma está encogida y esa cana que otras veces se muestra orgullosa, ahora quisiera sentirse invisible y desaparecer entre sus pliegues y arrugas; esconderse en el gurruño que, poco a poco, se va formando y dejar de sentir. Porque, a pesar de comenzar las fiestas y los días de descanso, a pesar de que son los días más artificiosamente entrañables del año; a pesar de que celebramos el nacimiento del Niño Dios con el espíritu renovadamente puesto en un pequeño pesebre; a pesar de muchas cosas que podrían venirme ahora hasta el recuerdo pero que prefieren quedar anónimamente ocultas, no creo que estos días vayan a ser celebrados como yo quisiera desde la añoranza de mis días infantiles. Porque, y es lo malo de hacerse viejo, las ilusiones que fui ahorrando para gastar poco a poco, son cada vez más escasas. Tanto que ya comienzo a ver el oscuro hondón del saco.

Porque un día 22 de diciembre de hace ya cuatro años, cuando el alegre y machacón soniquete de los pequeños de San Ildefonso inundaba todas las salas de ese viejo hospital, sus ojos acabaron por cerrarse en busca del descanso que llevaba tiempo buscando y que, además, tenía completamente merecido. Su cuerpo exhausto descansó, pero para mí fue lo peor que como hijo me pudo ocurrir. Y, aunque felizmente concelebre con todos nosotros estos días en que la familia es lo más importante, no puedo evitar que una lágrima de cariñoso recuerdo se pierda por el interior de mi ahora empequeñecida alma.

Porque, a pesar de vanos intentos, las cosas siguen sin cambios. Las promesas e ilusiones siguen siendo el huero espacio dentro de una cáscara cada vez más amarga cuando se intenta atravesar desde fuera. Y ese amargor, o amargura -que sería peor- , impregna las paredes de mi alma y debilita su sentido. Seguramente aún estemos a tiempo de volver a ser lo que siempre quisimos. Sólo es voluntad y cariño, que lo demás, al final, siempre carece de lugar. Pongamos pues lo mejor de nosotros en ello.

Y así, a pesar de todo, quiero hacer de tripas corazón. Aunque, ahora que hace ya un año que me descubrí la primera, una nueva cana comience a despuntar desde lo más íntimo de mi alma, quiero sobreponerme a adversidades y celebrar el festivo Misterio de la Navidad como siempre. Celebrarla como me dictan mis recuerdos y me pide el cuerpo. Celebrarla en el bullicioso recogimiento que requiere el hecho de saber que nos nace el Mesías. Compartir y compartirme. Seguir a la estrella hasta donde me guíe, como un pastor sin rebaño. Volver atrás la mirada y verles, a él y a ella, sonriéndome. Sólo eso, sonriendo.
Celebremos la Navidad. ¡Feliz Navidad!

sábado, 13 de diciembre de 2008

Volviendo atrás


Ayer dí con lo que puede ser el motivo de la dejadez que arrastro en los últimos tiempos.

Ayer, alguien a quien aprecio y por quien me siento apreciado, comentaba que echaba de menos al "capitán pescanova". ¡Tate! ¡Eso es! ¡Y yo sin darme cuenta!

Una imagen, un simple cambio de imagen y puede ser el motivo de que se modifique todo lo que nos rodea, por dentro y por fuera. Pasé del llamativo amarillo al azul académico y, por lo que ahora creo, todo alrededor de mi cana sufrió un cambio. Imperceptible pero profundo. Porque... ¿será este simple gesto de cambiar una fotografía el que haya condicionado la decreciente frecuencia de mis escritos en este diario? ¿Será cierto el efecto mariposa en cuestiones intangibles? ¿Me habrá afectado la académica seriedad para que las frases y palabras salgan cada vez con menos fluidez? No lo sé. Pero, por si acaso... ¡Vuelve el "capitán pescanova"! Así, en unos días podré comprobar si el retorno al pasado, si la recuperación de imágenes que habíamos desechado, si la mirada retrospectiva hacia el interior del alma, hacen que regrese la ilusión a este blog en forma de entradas más frecuentes.

Aunque creo que voy a jugar con ventaja, porque estamos entrando en un periodo del ciclo anual en el que a todos se nos ablandan los callos en el corazón. Pero en el de verdad. En ese corazón que unos tenemos más arriba y otros más abajo, más o menos grande y más o menos duro, pero intangible a manos de cirujanos que no sean los del alma. Y cuando ese corazón ablanda sus durezas, parece que arrastra al resto de nuestro organismo en una vorágine exultante que se manifiesta en una mejoría de todo nuestro interior. Nos sentimos más jóvenes, alegres, felices,... y locuaces. Por eso pienso que voy a jugar con ventaja. Que el "capitán pescanova" va a jugar con ventaja.
En unos días lo veremos.

viernes, 12 de diciembre de 2008

12 de diciembre

No es que no haya nada que decir, sino que hay momentos o periodos en los que se me contraen los dedos, se me agarrota el entendimiento y no soy capaz de dejar aquí todo lo que, en un momento u otro, me anda rondando la cana en los lugares más imprevistos.


En los últimos tiempos ha habido multitud de temas con posibilidad de generar un comentario. Sin ir más lejos, aunque hubiese pecado de falta de originalidad, lo último que me anduvo por los adentros mentales fue la urgencia fisiológica de evacuación vesical o, lo que es lo mismo, las prisas imperiosas para correr hacia algún lugar en el que desalojar la vejiga sin tener que mearse encima, y cómo el cañón de un arma en la cabeza relaja esfínteres haciendo de este proceso algo incontrolable en valientes que, cuando están del otro lado de la pistola, no permiten a su victima ni orinarse encima, pues acaban con ella a traición y por la espalda. Y no sería original porque ya ha sido tema tratado por distintos analistas en diferentes medios, escritos y hablados, en los últimos días. Pero, además, debo recordar que en mi primera contribución a este irregular "diario", ya tenía en mente la presión que la glándula prostática ejerce sobre su entorno y cómo esto obliga a la búsqueda de mingitorio de forma precipitada. Y esto, sólo por poner un ejemplo, pero había más. La muerte en la búsqueda del amor. El adoctrinamiento por la eliminación de la doctrina. La sesgada memoria en la histórica mente de algunos... y tantos más. Aún así, ninguno de ellos ha tenido fuerza suficiente como para que dejase aquí mis impresiones.


Pero hoy, 12 de diciembre, no podía dejarlo pasar. Aunque la escasez de tiempo o de ganas, que en el fondo viene a ser lo mismo, me mantengan alejado de esta bitácora más de lo deseado. No. Hoy, 12 de diciembre, debo cumplir un compromiso que, en lo más íntimo de mi virtualidad, adquirí hace un año. Bueno, algo menos, pues mi compromiso nace el mismo día en que muere el año. En todo caso, semana arriba semana abajo, el compromiso existe y no renuncio a cumplir con él.


Un día como hoy, 12 de diciembre de hace ya un largo año, dejó este mundo y toda su parafernalia mi amigo Luis. Seguramente el mejor amigo que jamás soñé, aunque no quisiera con esto rebajar el valor de aquellas otras amistades que a lo largo de mi vida he compartido, comparto y seguro compartiré. Pero ninguna como la suya.


Y, en este último año, han sido muchos los momentos en que su espíritu me ha rondado para acompañarme. Han sido muchas las ocasiones en las que mi recuerdo ha sido para él y para su ideal. Han sido numerosas las actividades que, si hubiera seguido aquí, sé que habría comentado en su interés por mantener viva la Semana Santa salmantina. Porque, aunque en algún momento me comprometí a ser la voz que continuara su labor, no he sabido mantener el estandarte suficientemente elevado y me he dispersado por otros caminos que, frecuentemente, han discurrido de forma completamente divergente con el que él tenía planteado.


Durante este año sé que han sido muchos los asuntos cofrades que Luis hubiera gustado plasmar en su bitácora y que yo, como compromisario, debiera haber materializado. Pero seguramente un mal entendido pudor me atenazaba cada vez que intentaba tomar su pluma y tocar cualquier tema que él hubiera manejado con habilidad.


Sé que él habría hablado de cofradías y cofrades; de actos y procesiones; de juntas y bases; de ilusiones y decepciones; de tallas y pasos; de pasión y gloria; de nuevos y viejos... Pero cada vez que yo intentaba recuperar su memoria, el nudo corredizo de una áspera soga se cerraba alrededor de mi blanca cana, impidiéndome cualquier actividad más allá del cariñoso recuerdo.


Él hubiera podido hacer un repaso de nuestra semana más querida y disfrutada. Hablar de nuevas tallas y de su calidad. Entrometerse en el diseño de recorridos absurdos. Alabar las mejoras que todos disfrutamos gracias al interés de algunas cofradías por superarse día a día. Recordar los siempre olvidados acuerdos para los actos y procesiones del Viernes. Proponer nuevos pregoneros aunque fuese gritar en el desierto. Y, sobre todo, volver a la carga con esa Junta de Cofradías que sigue igual que cuando él estaba. Nuevas y viejas caras, pero siempre su Semana Santa.


Yo he sido incapaz de hacer nada siquiera parecido. Me perdí por otros vericuetos. Pero, sin dudarlo ni un momento, he sido fiel a su recuerdo. Por eso, hoy tenía que decirlo. Hoy debía hacer presente la memoria de mi amigo. Por eso hoy dejo aquí este recuerdo que quiere ser homenaje a su memoria.


Descanse en paz.



martes, 25 de noviembre de 2008

Bicentenario


Se me acaba este 2008 y es ahora cuando me acuerdo de que celebramos el Bicentenario. Involuntariamente, o quizá no, que no lo sé, es ahora cuando estoy leyendo "El cuarzo rojo de Salamanca" de Luciano González Egido. Fue hace unos días cuando visité la exposición "La nación recobrada. La España de 1808" en la sala de San Eloy. Y es de siempre, que me ronda la memoria ese medallón picado que en nuestra plaza recuerda, aunque sólo sea por el hecho de permanecer tal cual quedó, al Príncipe de la Paz.
Es este busto ausente el que seguramente mejor refleja el periodo vivido en ese final de la primera década del XIX. Un medallón que fue inaugurado en agosto de 1806 y destruido en marzo de 1808. Una alegoría de lo efímero de la gloria y de cómo se puede derribar a alguien (aunque sea simbólicamente) con informaciones interesadas y, seguramente, tergiversadas. Porque estoy seguro de que el pacense Godoy no fue ni tan bueno como él hizo creer, ni tan funesto como lo recuerda la historia. Pero, en aquél momento, cuando los estudiantes pedían armas para plantar cara al francés aliado; cuando el príncipe Fernando intentaba por todos los medios derrocar a su propio padre, el rey Carlos; cuando la casta ibérica era contraste más que suficiente para el enciclopedismo liberal afrancesado, seguramente lo mejor fuese ordenar la destrucción de esa efigie. Y así ha quedado para que recordemos.
Pues, prefiero recordar (y no soy el único) este bicentenario paseando por la plaza de Anaya y contemplar el resultado de un "capricho" de Thiébault, el general francés gobernador de esta ciudad que, con la más que fuerte oposición del cabildo catedralicio, propietario de las casas que rellenaban ese volumen, decidió que el colegio viejo de San Bartolomé necesitaba mejores vistas. Decidió que él mismo necesitaba mejores vistas. En 1811, con la urgencia de una necesidad imperiosa, se formalizó el derribo. El resultado: un espléndido espacio urbano, integrado en el entorno como si hubiese estado allí desde el principio.
¿No es mejor este recuerdo que el del despojo que se mantiene en forma de medallón junto al arco de San Martín?
¡Ah! Pero, entonces,... ¡aún me quedan tres años para recordar el bicentenario!

martes, 18 de noviembre de 2008

Empanada

Harina, agua y poco más. Meter las manos y embadurnarse. Amasar poco a poco pero con energía para que todo ligue. Conseguir que todos los elementos formen sólo uno y, así, establecer un vínculo que fraguará y fermentará simplemente dejándolo reposar.
Pochar cebolla. Algo tan simple como esto. Templado el fuego y suave en su cocción. Como siempre, porque parece que siempre ha sido así. Porque hay personas con las que, sin el ardor arrebatador de una llamarada, se comparte un momento de conversación sin los excesos que nos exige la algarabía de la ciudad. Suavemente. ¡Ah!, con azúcar. Ese es quizá el secreto. La dulzura que encontramos en quienes saben compartirse con nosotros. Entre quienes se dan y nos dejan que nos demos, endulzando así, desde el primer momento, una jornada compartida. Ni la primera, ni la última. ¡Seguro!
Bonito en conserva. ¡Nunca supe cómo hacerlo! Pero cuando el envase es el correcto, cuando la lata contiene en su interior todo lo que necesitamos, ¿para qué trabajar de más? Ahí lo tenemos, a nuestra disposición en la estantería del alma. Es cierto. Hay quienes se preocupan de mantener en conserva, de conservar, lo que nosotros queremos para que el esfuerzo de mantenerlo sea insignificante. Para que no nos demos cuenta, siquiera, de que parte del relleno estaba ahí sin que tuviésemos que trabajar para conseguirlo. Bendición compartida en tarde de chimenea.


Extender, rellenar y al horno. Cocción que fusiona los ingredientes. A la llama invisible de un horno que, poco a poco, irá transformando el espíritu que nos une en ese algo más que buscamos en los otros. Esa unión cofrade aunque la conversación sea alrededor de temas intranscendentes. Vanalidad de una tarde de domingo al amor de la lumbre, paseando entre robles en otoñada y buscando una disculpa para volver.

Al tiempo, calladamente, robándole horas a lo nuestro, el sereno de la noche se encarga de limpiar la carne. De eliminar el exceso de sal para que caiga sobre la tierra y dé su fruto. Amistad en brasas alrededor de un puchero. Complicidad bullendo poco a poco, a fuego lento, con todo el cariño que permite el cansancio de unas agotadoras jornadas previas, junto a las llamas alimentadas por las charlas animadas sin más hilo conductor que el que el momento quiere poner.

Dulces casadiellas, de la España nunca conquistada, para endulzar mi cana, mi estómago y mi alma. Nuestras almas. Aromas de nuez también amasada. Dulce ambrosía que nos atrapa desde el momento en que asoma, obligándonos a olvidar la conversación y haciendo que se pierdan nuestros sentidos, buscando el arco iris con los ojos cerrados.

Trasiego de platos. Variedad de viandas. Mantel y amigos. Siempre lo dije, ¿hay algo mejor?
Sólo queda hacer que no sea flor de un día. Aprovechar cualquier disculpa para volver a amasar y rellenar la empanada, para guisar la carne, para freir los postres... Para disfrutar en la mejor de las compañías.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Mala tarde

Andrés sintió, de repente, un gran malestar. Un sudor frío le recorría la espalda, con gotas que rodaban dejando un rastro húmedo que enfriaba, aún más, su destemplado cuerpo. Pensó que le iba a dar un aciburrio allí mismo y no había nadie alrededor que pudiera socorrerle. ¡Quién le mandaría haberse comido aquél rescaño de pan yeldo y aquellas chichas revenidas! Y sobre todo, haberlo hecho a pleno rechisol, sin un miserable sombrero que cubriese su desnuda cabeza. Porque había olvidado su fiel sombrero de paja, ése que le había acompañado durante los últimos años, sobre el arcón lleno de achiperres de su ya lejana infancia. Y así, en la peor hora de la tarde, cuando ni las lagartijas se atreven a salir de sus huras, le había dado el ansión y cogiendo el zacho, se fué al huerto con la única compañía de un gran zocaño de pan y algo de probadura que había encontrado en la alacena de la cocina y que recogió pensando que eran recientes. Porque si no, nunca los hubiera cogido. Pues siempre había sido muy comique, y además estaba seguro de que eso era algo a lo que no podía poner remedio pues, ya desde gurrumino, siempre ponía pegas a las comidas que se hacían en casa y, aunque su madre intentaba empapuzarlo a base de papillas de castaña y sopas de aceite, no llegó jamás a conseguirlo. Y cuando había algo que no era de su agrado comenzaba a jimplar hasta que conseguía algo de embutido o cualquier cosa dulce, únicas pitanzas de su agrado; si eso no ocurría, agarraba una fuerte berraquina que le podía mantener ocupado durante horas. ¡Así, cómo iba a estojar! Ese era, con certeza, el motivo por el que siempre fué de menor talla que los otros dagales de su edad. Pero era, posiblemente por su pequeño tamaño, el que mejores vueltas pinetas daba de entre toda la chavalería del pueblo y el único que, cuando iban a robar los huevos de al corral del tío Serapio, jamás quedó entrizado entre los maderos de la cerca. También fue siempre el mejor pigorro en las eras de julio, manejando la pala y el cubo con pericia para recoger las boñigas de las mulas que movían el trillo, antes de que aquellas ensuciaran la parva. Ésa que una vez trillada, cuando sólo hubiera grano, llenaría carretas hasta que el cogüelmo asomase en increíbe equilibrio por encima de sus bordes, en las que sería llevado a los graneros. Y, después, al serano, en las tardes de labor cumplida, estaría junto a los viejos que recordarían otros momentos (lo mismo que hacía él en este momento) o criticarían a los ausentes, cosa harto frecuente. Pero él nunca hizo caso de comadreos pues nunca fue mezucón. Se aislaba en sus pensamientos y volvía a recordar las fiestas del patrón, con feriantes que ofertaban limonada y perronillas en sus casetas, con charlatanes y danzantes de paleos que entretenían al personal, a la salida de la misa mayor, mientras todos celebraban el fin de las labores.

El fuerte retortijón que removía sus entrañas seguía haciéndole sudar mientras se había tumbado sobre la tierra, a la sombra de esa higuera que conocía de toda su vida; la única sombra que había en todo el pequeño arapil en el que estaba el huerto. Desde su posición buscaba, pero no fue capaz de encontrar el sentajo que siempre estuvo allí, junto al botijo y el bieldo. Ya habían vuelto los muchachos a rondar por allí y seguro que se lo habían llevado a la guareña grande donde, desde siempre, se habían pescado las mejores sardas de la comarca. ¡Esos chavales, siempre ciscando!

De repente, comenzó a pintinear. Suaves gotas que se mezclaban con el helado sudor de su cuerpo. Ya en ese momento, él sabía que no iba a quedar ahí la cosa, pues las ovejas estaban todas apeguñadas en el aprisco y la experiencia le decía que eso era señal de aguas recias.
No tardaron mucho las nubes en soltar mantas de agua que caían sobre la tierra sin que ésta tuviese tiempo de engullirla en sus entrañas. El cielo descargó una estruendosa tormenta y, en un momento, todo quedó enchaguazado y él, a pesar de haberse cubierto con un robusto capote portugués (¡menudo faldumento!) estaba completamente engarañado por el frío que le dejaba la humedad y por los dolores que aún punzaban todas sus tripas sin que pudiese poner remedio. Así, en medio de un barrizal, tirado en el suelo y envuelto en el sucio capote que no dejaba ver casi nada de su cuerpo, parecía como si una banda de maleantes le hubiese tangueado inmisericordemente. Apenas podía moverse, pero su cabeza no hacía más que dar vueltas. Se le mezclaban los recuerdos de la infancia, como si su vida estuviese escapándosele del cuerpo, con la realidad del momento. Tenía que moverse. Debía incorporarse y poner a salvo los pimientos y los tomates que había recogido, no fueran a empocharse con la humedad de las aguas caídas. Tenía que conseguir llevarlas al chicorzo que servía de resguardo a los aperos, en el que había levantado un pequeño estaribel donde podría poner las hortalizas a resguardo de las aguas.
Como pudo, con un esfuerzo que para él pareció sobrehumano, consiguió incorporarse. Todavía sentía dolores por sus adentros, pero estos eran menores y ahora parecían soportables. Parecía que la cosa iba a menos, pero no olvidaba que hubo un momento en el que las punzadas eran tan intensas que llegó a creer que se le había estrumpido alguna tripa. Menudo engarrio hubiera sido si de verdad se le hubiera roto algo por dentro, sin nadie a quien acudir en busca de auxilio. Y así, con el poco espelde que le permitían los dolores, logró alcanzar la puerta del chamizo. Al intentar abrirla se dió cuenta de que estaba medio entoñada en la tierra y que no cedía a su impulso. Empujó una y otra vez, a pesar de estar casi desmayado por los dolores, hasta que la puerta cedió. Sólo consiguió que se abriese en parte, pues en ese momento quedó esguadramillada, fuera de sus goznes y completamente inválida para volver a ejercer su función. En cuanto se abrió, una bocanada de rancio aire salió del interior y se agarró a su olfato invadiéndolo con tanta vehemencia que se le vinieron a juntar con los retortijones unos fuertes vahídos que casi le llevan hasta el desmayo. -¡Menudo fato!, pensó-.
Nada más entrar, a tientas pues la tarde se había oscurecido como boca de lobo, agarró un cabo de vela y un chisquero que siempre estaban allí en previsión de estas situaciones. Prendió la mecha del codal y la luz que desprendía le dejó ver el interior. Las patas del estaribel sobre el que pensaba colocar las hortalizas habían cedido bajo el peso de todo lo que el tiempo había ido acumulando en su tablero. Tendría que hacer algún chaperón para que volviese a quedar medio asentado. Buscó y no encontró nada a lo que poder dar uso. Se tentó los bolsillos y comprobó algo que sabía de antemano: Sólo tenía una cheira de afilado borde. Sería ésta la herramienta que utilizaría.
Comenzó a trajinar con la navaja intentando aflojar uno de los tornillos de la pequeña tarima. Aquél, oxidado por el tiempo, no cedía a los movimientos de la navaja. Él insistía y el tornillo se obcecaba en no moverse. En un momento, sin apenas enterarse, la navaja había resbalado y, veloz, fué a encontrarse con la carne de su pierna. Atravesó el pantalón dejando marcada una profunda javetada de la que manaba la sangre profusamente. -¡Menuda jera me he preparado!- se dijo, mientras intentaba atajar la hemorragia haciendo presión con unos paños sucios que había cogido del suelo. Cada vez estaba peor. Dolorido por dentro, entumecido por el frío y, ahora, además, cubierto de sangrientos cuajarones. Pero no se iba a rilar. Él, charro lígrimo, jamás cedía ante las dificultades. Y esta vez no iba a ser menos.
Como pudo, abandonando todo y abandonándose a la inconsciencia que le hacía moverse sin sentir el dolor, consiguió salir al camino y esperar, con suerte, la llegada de algún viajero. No fue mucho lo que esperó. Un arriero con una pareja de mulas tordas acertó a pasar por allí y, al verlo hecho un verdadero ecce homo, se detuvo, se apiadó de Andrés cual buen samaritano, y se hizo cargo del moribundo izándolo sobre una de las mulas. La menos falsa.
En poco tiempo habían alcanzado las primeras casas del pueblo, entre las que estaba la de don Tomás. Era don Tomás el médico que había atendido a todos en el pueblo desde que se podía recordar. Partos y torceduras, panadizos y catarros, incluso mal de ojo y otros encantamientos. No había enfermedad que el bueno de don Tomás no acertase a diagnosticar y poner remedio. Y, en casos como éste, su intervención siempre era acertada. Limpió al herido, calmo sus dolores y cerró la grieta del muslo. -¡Vete a casa y descansa! Que ya no eres un niño y cada día estás más rorro- le dijo mientras una amable sonrisa asomaba a su cara.
Andrés, recostado en su cama, entre las limpias sábanas blanqueadas al oreo entre las zarzas de junto al regato, le contaba a don Alberto, el maestro zamorano recién llegado al pueblo, cómo había visto pasar su vida por delante de los ojos. Y lo hacía, inconscientemente por supuesto, con sus propias palabras. Con ese lenguaje que había utilizado toda su vida y que habían utilizado los suyos en todas sus vidas, sin caer en la cuenta de que Alberto, el joven maestro de escuela, venía de otras tierras en las que otras palabras eran las que contenían los significados de las cosas.
Y así, poco a poco, iba narrándole su peripecia. Cada vez más en un duermevela que, en el silencio de la alcoba, abrió su alma a la profundidad de los sueños que sólo dejaban ver, en su rostro, la placidez de tener mitigados sus dolores.

sábado, 8 de noviembre de 2008

De la A a la Z


Seguro que quien haya nacido o vivido en Salamanca las conoce, las emplea o alguna vez las oyó. Yo, salmantino adoptivo, las escucho, las uso siempre que puedo y las disfruto. Palabras propias de esta tierra adusta y fronteriza. Palabras que expresan con contundencia todo lo que llevan detrás. Y, sin embargo, casi todas carecen de la legalidad que otorga el estar incluidas en diccionarios oficiales. Sea este mi homenaje a esta tierra en la que, por pacido, me siento como propio.

Aciburrio. Achiperre. Ansión. Apeguñar. Arapil.

Berraquina. Berrón.

Cascarria. Ciscar. Codal. Cogüelmo. Comique. Chaperón. Chicorzo.

Empapuzar. Empochar. Enchaguazar. Engarañado. Engarrio. Entoñar. Entremozo. Entrizar. Esbarrancar. Esguadramillar. Espelde. Estaribel. Estojar. Estrumpir.

Faldumento. Fato.

Garrapo. Guareña. Gurriato. Gurrumino.

Javetazo. Jera. Jimplar.

Lígrimo.

Mezucón.

Paleo. Pigorro. Pineta. Pintinear. Probadura.

Rachisol (Rechisol). Rescaño. Revenido. Rilarse. Rorro.

Sarda. Sentajo.

Tanguear.

Ventioseno. Verrón.

Yeldo.

Zacho. Zocaño.


¡A cual más bonita!

lunes, 3 de noviembre de 2008

Martín


Hoy es el día en que Martín y yo tenemos una cita en la que, como cada año, charlamos de nuestras cosas y nos felicitamos por el reencuentro. Es algo que, desde siempre, allá donde estuviéramos, repetimos cíclicamente sin falta; con la ventaja de que, al no necesitarse espacio físico, el encuentro puede tener lugar en los sitios más insospechados. Bien es cierto que, si todo es favorable, como ha ocurrido durante los últimos años, la reunión tendrá lugar en su casa, donde él espera paciente y recibe a todos cuantos, como yo, con cita previa o de forma improvisada, quieren hacerle una visita. Y allí, en su casa, nos veremos esta tarde. No será un encuentro privado, pues como hoy estamos celebrándolo, habrá muchos que se sumen a esta visita. Pero, incluso así, él nos recibirá a todos y cada uno de nosotros de forma íntima, individualmente. Pues Martín tiene tiempo sobrado para atendernos sin importarle el que seamos pocos o muchos. Martín siempre está dispuesto a recibir a sus amigos, a los Amigos de San Martín, para compartir con todos cada una de sus alegrías o sus cuitas. Porque siempre ha destacado por su entrega desinteresada hacia los demás, con cariño y una sonrisa. Blanca sonrisa sobre su negro rostro. Paciente sonrisa para calmarnos los ánimos y, al menos en esos momentos, poner serenidad en nuestros cuerpos y almas.

Así que esta tarde iré a su casa y celebraremos que hoy es su día. Nuestro día.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Fieles a los difuntos

Otra vez se acerca el día. Como todos los años. Sé que, como siempre, volveré a equivocarme y confundiré a santos con difuntos. Y celebraré a mis difuntos en el día de los Santos equivocadamente. O quizá no. Porque para mí, para cada uno de nosotros, todos nuestros difuntos merecen la santidad y por eso no puedo, no podemos, esperar al día siguiente y los visitamos en este día en el que se reúnen, hacinados pues son multitud, todos cuantos hicieron méritos pero no alcanzaron la notoriedad de tener dedicada una fecha en exclusiva. ¡Y son tantos!

Otra vez visitaré el camposanto. Pero esta vez lo haré con flores. Inútiles flores.

Romería fúnebre en la que las risas y estruendosos comentarios se entremezclarán con el silencioso dolor de quienes sufren una pérdida sentida, en el alma o en el tiempo.

Trasiego de gentes preocupadas, al menos en este día, de que a los suyos no les falte de nada. Como si su bienestar dependiese de la cantidad de abrillantador derramado sobre la losa en la que un señorial ángel de alabastro o una fotografía que hace tiempo perdió sus contornos, son identidad de quienes allí yacen.

Carrusel de colores, cestas y flores que invitan a participar en una fiesta que, por momentos, nos hace olvidar la seriedad del entorno y el respeto que merecen sus moradores. Equívoca idea de tétricos lugares manchados de gris elevado al infinito en alargados cipreses de sombra incierta.

Verbena de lúgubre alegría, aprovechada por los ausentes para visitar, por una vez cada año, a familiares y amigos, al tiempo que se cubren apariencias de manera innecesaria.

Idas y venidas entre aromas de churro y panecillo. Vocinglería feriada compitiendo por atraer a quienes deambulan con la mente perdida en otros lugares.

Excursión de irreverente festividad enmascarada por rebecas de oscura tonalidad que intentan tapar las alegrías del alma. Que no es ese el mejor lugar para enseñar el arco iris.

Y yo, nosotros, entre toda esa baraúnda, intentaremos llegar a un destino conocido por frecuente. Y charlaremos en silencio. Y en silencio rezaremos. Sólo una oración de recuerdo, sólo unas palabras para calmar el alma. Como en todas las otras visitas, un -¿cómo estás?-, o un -¡cómo te añoramos!-, para dejarnos claro, a nosotros mismos, que aún sigue en nuestra memoria, en nuestra más íntima memoria, a pesar del tiempo. Pero esta vez, como es festiva, como hay que recordar a todos los santos, iremos con flores.

Y al día siguiente volveré. Pasearé las estrechas calles, sortearé nichos y lápidas, y volveré allí. Sin gentes ni flores. Sin recordar que es el día en que los difuntos deben recibir el homenaje de quienes les recuerdan sólo por un día cada año. Y volveré a preguntar, en silencio, -¿cómo estás?-, como si no supiera que ya no hay respuesta y que sólo escucharé el silbar del aire entre los cipreses. Y de regreso, como siempre, saludaré a don Miguel, testigo, también mudo, de mis paseos entre panteones y, en mi ensimismamiento, recordaré a otros muchos que, poco a poco, se fueron alejando de mi cana y que en estos días vienen a los recuerdos en tropel fantasmal.

lunes, 27 de octubre de 2008

Un recuerdo perdido

Cuando Samuel quiso reaccionar era tarde. Sin apenas darse cuenta se le había secado el cerebro y ya era imposible intentar siquiera recuperar lo perdido. Quiso dar vueltas a sus ya exiguas ideas y no encontró ninguna que pudiera sacarle del atolladero en que se encontraba. Ni siquiera en parte.
Él siempre se consideró un hombre de ideas. Un hombre cargado de ideas, con una mente repleta de ideas. Y, por ello, desde siempre quiso compartirlas con el resto lanzándolas a los cuatro vientos a pesar de lo desconocido. Cada día amanecía con un bullicio interior que le obligaba a liberar todo lo que su cerebro había fabricado durante la noche para poder, siquiera, atenuar esa presión que sentía cómo le golpeaba intensamente las sienes nada más abrir los ojos. Todos sus sueños tenían que cobrar vida, en el papel, para poder dejar espacio a los que vendrían inexorablemente cada una de las noches del resto de sus días. Frases, palabras, imágenes, sonidos… Todo salía en estruendosa explosión a través de sus dedos y manchaba continuamente cientos de cuartillas que el tiempo, de forma casi inmediata, se encargaba de desparramar por todos los rincones visitados por Samuel. En cada lugar, en cada momento, siempre había una idea que quedaría como huella, seguramente deleble aunque él lo desconociera, de su paso por ese lugar y en ese momento. No había superficie a respetar. Paredes y muros, puertas de retretes, papeles de estraza con restos de haber rodeado algo que se compró, vagones de mercancías, folios y espacios electrónicos… todo servía para su propósito de darse a conocer, de dejar sus palabras a disposición de quienes quisieran recogerlas.
Así, poco a poco pero tumultuosamente, Samuel fue agotándose en sus sueños. Y cuando quiso darse cuenta, su mente se había agostado. Se quedó sin nada que decir. Dejó de regalar sus palabras a quienes ya se habían acostumbrado a recogerlas de forma inconscientemente habitual. Se buscó por dentro y vió que ya no le quedaba nada. Lo había dado todo y estaba hueco en su interior. No pudo encontrar la forma de recuperarlo. Todo estaba perdido. Regalado. Y quiso llorar, pero no recordaba cómo, pues también eso lo dejó en una servilleta de papel junto a un recuerdo.
Vacio, salió en busca de ayuda, pero sólo encontró muros pintados con frases, para él inconexas, cuyo significado conocía pero no recordaba.
Nunca más se volvió a ver un garabato en la pared del aseo en el que Samuel dejó su alma.
Nadie recordó a Samuel, a quien ya sólo acompañaba ese cartón de vino en el que nunca dejó impronta escrita. Ganó barba y perdió peso. Se cubrió de mugre y harapos que encontró junto a un carrito de supermercado en cuya barra alguna vez hubo algo escrito. Cruzó el camino y se perdió sin recordar lo que andaba buscando.
Nunca más nadie volvió a ver a Samuel.

viernes, 17 de octubre de 2008

Recambio cofrade

Acabo de recibir la convocatoria.

Como todos los años, la cofradía celebra de forma simultánea su Junta General y el rendido tributo festivo a las imágenes de su devoción.

He leído el escrito y sólo he alcanzado a pensar: -¡Otra vez elecciones!-. Después, otros asuntos han desviado mi atención y he dejado en el olvido la convocatoria cofrade. Es más, he dormido plácidamente, sin preocuparme lo más mínimo por este asunto.

Vuelvo, sin embargo, a recordar el proceso. No sé bien por qué. Seguramente al rememorar, leyendo en algún sitio, las ansias juveniles de algunos por alcanzar el poder cofrade. He recordado cómo algunos han pedido, en corros y foros, siempre que han tenido oportunidad, que quien ha manejado las riendas de la cofradía, con acierto o fracaso dependiendo de quien lo juzgue, pase el testigo a savia nueva.

Creo que, cuando nada se arriesga, es sencillo reivindicar, criticar y erigirse en adalid de todas las causas. Desde la comodidad del exterior, ya digo. Pero, cuando el lobo se acerca y asoma sus orejas, damos paso atrás y escondemos nuestras críticas y nuestras intenciones.

Pues,... ¡ahora es el momento! Quienes tengan interés en acceder al olimpo del poder cofrade tienen ahora la oportunidad de dar el primer paso. Esos que critican a quienes ahora están ahí, tienen las puertas abiertas para entrar y hacer la limpieza que hace tiempo reclaman. Argumentarán la dureza del proceso, teniendo que nadar contra corriente, pero es algo que está ahí. Además, la satisfacción de la conquista está siempre en directa relación con el esfuerzo que supone alcanzarla. Yo lo hice cuando la cana de mi alma aún no clareaba y ahora lo recuerdo con cariño.

También es cierto que no es la primera vez y que, por lo demostrado hasta ahora, todo seguirá en su inmovilidad. Ya hubo, no hace mucho, proceso electoral en la filial y, al no haber recambio, se tuvo que aclamar a quien no es precisamente de juventud de lo que puede presumir. Eso me demuestra que a pesar de que la sangre bulle ardorosa por las venas de muchos jóvenes cofrades, cuando se les da la oportunidad se dan cuenta de que la responsabilidad del cargo es como una gran losa que inmoviliza los deseos, de lo que supondría arriesgarse a dar el paso, y reculan temerosos ocultando temporalmente sus críticas. ¿Será que aún no se ven maduros? O quizá es que en la cofradía, todos estamos de acuerdo con quien nos dirige y no queremos ni levantar la voz en su contra ni recambios que nos traigan nuevos aires.

Por eso, simplemente mostrar mi admiración por quienes deciden presentarse al proceso, arriesgan, se comprometen, asumen su responsabilidad y regalan su tiempo y trabajo por la cofradía. Si alguien joven asume el reto y alcanza su objetivo, mi admiración para él. Y si es el mismo de siempre, pues toda mi admiración para él igualmente.
En definitiva, que lo importante no es la edad, sino el interés real que cada uno de nosotros muestre por continuar con esta tradición que a muchos nos apasiona. Que más que la necesidad de renovar viejos por jóvenes, lo que se necesita es que todos arrimemos el hombro para que esto funcione. Que más que criticar a quienes han gastado su juventud (pues ellos también fueron jóvenes alguna vez) en la organización cofrade, lo que se necesita es que esas excelentes ideas que pueden cambiar el curso de nuestra Semana Santa, arrancándola de falsas tradiciones perniciosas en muchos casos, se pongan sobre la mesa y se nos convenza a todos de la bondad de las mismas. Porque hay muchas buenas ideas, tanto de viejos como de jóvenes. Lo que importa es ponerlas en práctica para demostrar que sirven para mejorar la Semana Santa.

martes, 7 de octubre de 2008

Rosario

¡Está lloviendo!

No es que a mí me afecte demasiado. Es más, me gusta la lluvia. Sobre todo en estos días otoñales en los que aún no se ha instalado el frío invernal dentro de los cuerpos y el contacto del agua con la tierra da lugar a olores que sugieren mil y una estampas.

Pero, a pesar de todo, en un día como este, el que llueva no genera sino incertidumbres y disgustos a todos los que se han implicado en sacar adelante un compromiso. Aguas que arrastran tras de sí, aun cayendo suavemente, ilusiones y esfuerzos. Porque son muchos los que mantienen la ilusión de cubrir su cabeza con la arpillera y otros, quizá menos, quienes han dedicado tiempo y esfuerzo, aparte de ilusión, para que todo esté en perfecto orden.

Llueve, seguramente, para que todos ellos, al menos en esto, estén de acuerdo. Porque estas contrariedades consiguen lo que no logran las buenas intenciones: poner de acuerdo a todos los que participan del acontecimiento.
Llueve, seguramente, para que todos veamos que nada depende de nuestra decisión y que siempre se presentarán imponderables que se nos escapan de las manos. Y los que han dedicado su esfuerzo para tenerlo todo a punto, olvidarán las críticas, infundadas cuando se hacen desde la comodidad del exterior, y se lamentarán pensando que todo fue vano. Se preguntarán ¿por qué no salen las cosas como se habían previsto? Debiendo doblegarse ante lo irremediable. Pero, en el fondo, estarán orgullosos de haber cumplido. Se sentirán con ese bienestar interior con el que se recompensa su trabajo.

Llueve, seguramente, para que los que tenían que trabajar dando continuidad a los que ya han cumplido, acepten humildemente su condición costalera y, sencillamente, en la intimidad de un claustro que desborda belleza por cada una de sus cuatro calles, acepten mostrar su esfuerzo sólo a unos cuantos, porque no habrá sitio para más; sin ruidos ni excesos, porque aquí no serán necesarios.

Llueve, seguramente, para que todos, en nuestro interior intentemos ser capaces de apartar todo lo que nos separa y, unidos en la reflexión a través de la oración, reconozcamos nuestra insignificancia, olvidemos nuestras envidias y reconozcamos la valía de los que nos rodean. Seamos capaces de otorgar a cada cual lo que le corresponde.

Llueve. ¡Disfrutemos del rosario!

¿Y si no llueve? Pues, ¡disfrutemos del rosario por las calles salmantinas!

lunes, 29 de septiembre de 2008

29 de septiembre

Lo siento.
Lo tenía todo preparado para que este día fuese algo especial desde el principio y este catarro traicionero del veranillo de San Miguel está intentando fastidiarnos el aniversario. ¡Pues no lo va a conseguir!
¡Muchas felicidades! Para tí. Para mí. Para nosotros.
Son tantos los años que hemos disfrutado en compañía que casi he olvidado desde cuándo. O, mejor dicho, es como si nunca hubiésemos estado alejados uno del otro. Tanto tiempo, que nos hemos hecho el uno al otro, fundiéndonos sin solución de continuidad. Tantas cosas juntos que no soy capaz de imaginar qué hubiera sido sin verte a mi lado día tras día.
Esos amores infantiles, por los que nadie da cuatro perras, fueron para nosotros la firme base de lo que hoy tenemos. ¡Eso sí que es suerte! Acertamos a la primera. Porque desde la primera, hemos ido haciendo nuestros días cada vez mayores y mejores. Hemos alcanzado un punto en el que me parece imposible pensar en el retorno. Porque sólo nos queda mirar hacia delante. Porque nuestro futuro es esta unión que acrecentamos cada día que pasa.
Y me veo jugando a la máquina de pin-ball, uno a cada lado, con mi brazo derecho cubriendo temerosamente tus hombros por primera vez. Abrigo largo y pelo corto. Y tu sonrisa. Siempre tu sonrisa. Conmigo y para mí. Me veo junto a tí, paseando, estudiando, acampando, cantando, bailando, desfilando,... Siempre junto a tí.
Estos amores maduros que nos sirven de apoyo para los reveses del momento y de alegría siempre. Y me veo contigo, educando, paseando, aprendiendo, enseñando, disfrutando,... Siempre junto a tí.
¿Y, qué nos queda? Mucho. Aún nos queda toda la vida. Y me veo al amor del brasero, apoyado en el bastón que necesito para este maldito reúma. Protestando, con un mal genio fingido, por todo lo que hay a nuestro alrededor. Intentando oir, a pesar de la dureza de oído, noticias que me permitan seguir unido a este mundo. Y allí, siempre a mi lado, en la camilla y soportando mi genio, junto al televisor y esperando noticias de nuestra hija, siempre tú. Cubriéndolo todo para no dejarme solo. Porque sabes que te necesito. Siempre.
Me veo y te veo. Juntos, porque no soy capaz de imaginarnos por separado. Porque se me pierde la memoria y no sé si algún día estuve solo. Porque no me alcanza la memoria y no veo ninguno de los días que me quedan en soledad. Sin tí.
Sabes que había más, pero eso quedará guardado en el cajón de los invisibles. Porque tú te mereces estrenar y eso ya llevaba demasiado tiempo en el armario como para oler a nuevo. Esto es más sencillo, pero de estreno.
Por eso, felicidades y un beso.
Nada más. Con esto me sobra.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Una fábula

Están entre nosotros, -y seguirán mientras haya quien les dé pábulo-, esos que van presumiendo de honestidad sin el menor recato pero que, al menor descuido, se dejan ver el trasero, descubriéndonos sus miserias y sus soledades, enseñándonos la crudeza de su auténtica realidad.

...
...




... Lo siento, pero no puedo. No consigo contenerme pues me falta flema. Y, para no errar, lo mejor es retirarse.

Son muchas las cosas que hubiera escrito. Son tantos los calificativos que se agolpan en mi consciencia luchando por convertirse en palabras, que podrían llegar a hacer que dolieran los ojos de quienes esto leyeren. Por eso, voy a intentar hacer reflexión serena en intimidad, procurando mantener alejadas todas aquellas tentaciones que seguro llegarían a superarme y, relajando la vesícula para evitar malas secreciones, hacer lo posible por tranquilizarme. Eso sí, mientras intento contener hieles, se me viene a la cabeza una fábula. Sólo eso. Fábula de Samaniego que aprendí cuando niño y que permanecía a la espera de ser recordada. Nada más. Esto será lo que me libere.




LA ALFORJA (Félix Mª de Samaniego. Libro quinto, fábula XX)


En una alforja al hombro
llevo los vicios,
los ajenos delante,
detrás los míos.

Esto hacen todos;
así ven los ajenos,
mas no los propios.

martes, 16 de septiembre de 2008

Primeros pasos

Aún sigo en una nube. Henchido de un alegre bienestar. ¡He dado mis primeros pasos!

Quién me lo iba a decir. Ahora, justo cuando la cana de mi alma comienza a verse acompañada por legión de cabellos blanquecinos, he sido capaz de lanzarme y hacer manifestación pública de mi sentir cofrade.

-¡No tienes problema! ¡Tú que estás acostumbrado! ¡Esto para tí es fácil!- Me decían quienes me rodeaban. ¿Sería para darme ánimos? No lo sé, pero para mí ha sido mi primera vez. Han sido mis primeros pasos. No voy a decir que haya sido duro, pues como el niño que comienza, lo he hecho desde el instinto, desde el corazón. Y, así, las cosas salen como si todo estuviese aprendido desde el principio.

Y, así, desde el principio, tuve clara la idea, aunque darle la forma adecuada haya costado más de lo que hubiera imaginado.

Horas de estío, en la terraza que mira al azul océano que baña las arenas más amadas, intentando aclarar una idea, una frase, una palabra... y el teclado se rebelaba, alteraba la posición de las letras y yo incapaz de hacer algo con coherencia.

Tardes de calor en la quietud de la pequeña habitación en la que, por estar rodeado de todos mis tesoros literarios, intentaba construir un texto que estaba en mi corazón pero que mi cerebro se negaba a poner en orden.

Esas visitas al silencio dorado esperando que los que allí residen diesen alas a la inspiración.

Y, así, al final, logré juntar letras, palabras y frases. Todas salidas de lo más hondo. De mi infancia casi olvidada. De mis recuerdos cofrades más íntimos. De mis disgustos con la jerarquía que nos gobierna. De mi duda permanente que me permite reafirmarme con fuerza. De mi razón que alimenta la duda. Y, rellenándolo todo, de mi familia. De esas dos mujeres que me envuelven con su presencia y conducen mis pasos mientras caminamos en paralelo.

Logré rellenar unas cuartillas. Mis primeras cuartillas. Mis primeros pasos.

He dado parte de mí, aunque sospecho que esto es siempre así y que los que me precedieron también dejaron parte de ellos a los pies de esa cruz que gobierna en la humildad la capilla dorada. Espero que lo que he dado también haya quedado entre esos muros. O, quizá no. Quizá prefiera que quienes allí estuvieran recogieran lo que dejé y se lo hayan llevado prendido, sin querer, sin darse cuenta. Porque así sabré que hay quienes llevan con ellos un trocito de mi cana. Un trocito de mi alma. Un trocito de mí. Y yo estaré junto a ellos haciendo cada vez mayor el paisaje de la amistad.

¡Ah! Y a los que no estuvieron les dejo aquí el pedazo que les corresponde para que lo recojan si quieren.

Confío en haber sido capaz de cumplir con lo que se esperaba de mí, pero si así no hubiese sido, al igual que el pequeño que titubeante tropieza en sus primeros pasos y cae, dejando parte de sí sobre el suelo, espero que mis tropiezos hayan servido para dejar parte de mí sobre quienes allí estuvieran.

Intentaré mejorar. Intentaré afianzar mis pasos para, en el futuro, no tener que tropezar. Aunque siempre se tropieza.

viernes, 5 de septiembre de 2008

A partir de hoy

Sabíamos que era así, pero no queríamos verlo. Porque el amor, que nubla sentidos y enrojece los ojos, es siempre muchísimo más fuerte que la realidad. Y nuestra realidad eres tú. Siempre tú. Girando a nuestro alrededor en conveniente sincronía. Alejándote misteriosamente cuando tu situación lo requiere. Y nosotros, amantes, aguardando tu regreso con el alma en vilo. Día a día, año a año, intentando, sin querer, sacar nuestra cabeza de debajo del ala. Pero costaba tanto que nunca llegábamos a hacerlo completamente antes de volver a esconderla bajo las plumas protectoras. ¡Que no está mi cana para estos trotes!

Las lecciones de la vida están ahí, a nuestra disposición, para que sepamos utilizarlas en el momento adecuado. Y hoy, este libro que tenemos escrito desde que somos mundo, nos ha enseñado una nueva lección. Nosotros la aprenderemos. ¿Y tú?

No es momento de lagrimas crujidas en la soledad de la almohada. No es momento de lágrimas compartidas en un momento que se nos hace eterno. No es cuestión de reproches ni de lamentaciones. Porque nuestra misión, ardua como nunca llegué a imaginar, es volver a coger el machete y, a base de mandobles, reabrir la intrincada senda para volver a tropezar. Pero, continuar, siempre continuar. Porque somos los que debemos abrir camino, los que debemos dar ejemplo, los que debemos aceptar errores, sin pedir nada a cambio. Bueno, sí, ¡qué puñeta! Sólo pedimos que se nos nublen los sentidos y se nos vuelvan a enrojecer los ojos. Por amor. Por ese amor en el que siempre hemos confiado. Ese amor que aparece marcado en todas las páginas del libro que estamos escribiendo, como premisa sin la cual no podremos acabar capítulos.

Porque nuestra fe es ciega, pero siente los inmisericordes golpes que vienen del exterior. Porque confiamos hasta el extremo, pero no alcanzamos a vernos capaces de transmitir esa confianza. Porque nos reprochamos lo que no tiene razón, intentando poner argumentos donde sólo hay vacío.

Seguramente podamos dar más, pero serás tú quien deba enseñarnos de dónde sacarlo. Porque, después de darlo todo, vemos nuestras arcas vacías y somos incapaces de encontrar el resorte para acceder a su doble fondo. Y sólo tú conoces su sitio. Sólo tú tienes la clave.

Aprendamos la lección, evaluemos los contenidos y pasemos a un nuevo capítulo. Porque esto no tiene parada y cada día es una nueva página.

De verdad. Con todo mi amor. Con todo nuestro amor.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Hogar

¡Nada como en casa!

He buscado la pesada losa que provoca traumatismos postvacionales y no he sido capaz de encontrarla. ¿Será como un agujero negro? Lo digo por lo de la densidad y el tamaño, pues, por muy pesada que sea, en mi caso debe ser insignificantemente pequeña y no soy capaz de hallarla. Además, tampoco siento ningún tipo de sensación opresora que me provoque desasosiego, estrés, malestar o enojo. ¡No! He vuelto de mis días junto a la mar y, aun echándola de menos, no encuentro el agobio del regreso. ¿Será así? ¡Será así!

Ahora, en casa, disfruto del reencuentro con calles y gentes, con amigos y enemigos, con encinas y carrascos, con catedrales viejas y nuevas. Y eso sí que pesa. Eso sí que se nota, con una íntima sensación de felicidad por la vuelta a lo habitual. Porque estoy en la manada, protegido por mi entorno. Y yo, que soy de costumbres, eso lo aprecio más que cualquier otra cosa.

Días atrás he disfrutado, saciando la necesidad de ver azules infinitos. He malgastado deleitosamente mis momentos entre salados aromas. He alimentado cuerpo y espíritu con blancas ambrosías regadas con néctares olímpicos. Y, sin embargo, es aquí, entre polvorientos campos agostadamente resecos, donde verdaderamente me encuentro a mí mismo. Y vuelvo, cargado de medallas y recuerdos, al adusto paisaje mesetario, de duro carácter pero con nobleza incomparable, para sentirme en casa. Y es que, ¡en casa como en ningún sitio!

lunes, 11 de agosto de 2008

Día de Arte


Antes de que se enfríen los recuerdos. Antes de que se seque el sudor que ha impregnado mi camisa. Antes de que los ecos se apaguen por entre bodegas con solera. Antes de que mi cana se vea rodeada por la fina arena depositada junto a pinares durante años y más años, quiero dejar aquí mi recuerdo de una tarde de agosto, de domingo, de toros, de amigos, de viajes, de sur,...

Unos con otros, estábamos más de lo que se puede pensar. Unos irían dentro. Otros quedaríamos fuera. Pero las sensaciones han sido las mismas para unos que para otros. Porque se trataba de compartir. Porque era una cita que, aun planteada de forma casual, esperábamos y deseábamos desde hace días. Y no estoy hablando de la disculpa. No hablo de arte ni de riesgo. No hablo de suertes ni de alberos. No hablo de populares ni de anónimos. No hablo de sol ni de sombra.

Hoy, con el sudor aún recorriendo mi espalda, quiero hablar de arena playera. Quiero hablar de cerveza esperando. Quiero hablar de chopitos compartidos y de rape con pan frito. Quiero hablar de revueltos comparados a cientos de kilómetros. Quiero hablar de un refresco cualquiera a la puerta del club del Arte, donde quisimos participar de esa sensación cómplice que tenían todos antes del momento decisivo.

Hoy, sólo quiero que permanezca en esta memoria escrita el recuerdo que, de otra forma, se podría perder en un olvido indeseado. Hoy quiero que se sepa que El Puerto olvidó su acento y se volvió más castellano. Porque, para nosotros, seguro que fue el día en que esta ciudad ceceó menos que nunca.

Con una disculpa, exquisita disculpa de toro y arte, hemos compartido arena, sudores, mesa y mantel. Sí. Desde ahora se puede decir que hemos comido juntos. Y, eso, para los que nos hemos educado en esa meseta de rigores, es algo que marca, con una impronta que va mucho más allá que el mero hecho de ensuciar un mantel con la ceniza de un cigarro. Va más allá que el hecho de sabernos fuera de casa con la piel más sensible y enrojecida. Compartir mesa y mantel es afianzar amistad, hacer intimidad de algo cotidiano. Y nosotros, y vosotros, hemos comido en la misma mesa. Con la alegría de compartir y la sensación de algo más. Porque ahora recuerdo cómo un día tú, Beatriz, me dijiste no sé que cosas de conversaciones inconclusas, de frases sobreentendidas y de miradas de perdón. Porque ahora recuerdo cómo yo dije que a este lado de la barrera se te veía a gusto en conversación y eso era tertulia. Pues ayer, antes de pisar el cemento de la Real del Puerto, hemos estado todos a este lado de la barrera. Y hemos tenido que venirnos a El Puerto a hacer tertulia alrededor de un café. A cumplir con uno de mis deseos. Charla y amigos. ¿Se puede pedir algo más? ¡No! ¡Se debe dar!

¡Gracias! ¡Magnífico día!

Lo de después no importa. Porque habrá más días de Arte, pero esta, y sólo esta, será la primera vez que comimos e hicimos tertulia junto a la arena y al albero.

¡Ah! Lo de la crónica, lo dejo para Jose, para sus Sentimientos y sus Locuras.

jueves, 7 de agosto de 2008

Vacaciones


¡Pues sí! ¡Ahora, sí!

Hoy es mi último día en el despacho.

Mañana intentaré comenzar esa nueva vida, corta pero nueva cada año, en la que desconecto el despertador para poder madrugar sin su estridencia. Me despertaré a la misma hora, seguramente, pero sin los sobresaltos radiofónicos a que me acostumbro el resto de los días. De todos esos días con nombre en los que, desgraciadamente, siempre hay algo desagradable que, a través de las ondas, agría el parco desayuno. De esos días en los que, por unas cosas u otras, lo único placentero de la mañana es el frescor en el rostro (frío helador entre Purísima y Pentecostés) del paseo entre carrascos y encinas. Esos momentos en los que ver nacer el día me hacen sentir superior, como sin defectos, viendo las luces renovadas por entre la recortada silueta del Soto de Torres; de esta Salamanca que siento cada vez más mía y que, eso quiero creer, me siente a mí cada vez más suyo.

Vida de vacación en la que los propósitos son muchos y, en estos momentos de euforia, todos alcanzables. Recuperar esas pequeñas cosas que he ido dejando para mejor ocasión. Renovar esa cana que me ata y broncearla para resaltar su blancura. Retomar conversaciones pendientes que sirvan, de una vez por todas, para arreglar este intramundo en el que me muevo. Arreglar esas cosillas que el día a día me escondió para no preocuparme. Recordar que ahora, con el cuerpo relajado y el alma tranquila, es el momento de caminar en busca del tesoro al pie del arco iris. Sobresaltarme con el vuelo de una mosca y volver a cerrar los ojos con la sensación de tener la batalla ganada. Evaluar proyectos etéreos que sólo se verán cumplidos en estos momentos de silencio interrumpido por la chicharra. Programar futuros. Revisar pasados...

Voy a meter en la maleta todo. Y con todo, me marcharé. Nos marcharemos. A vivir el azul con azul, sólo separados por la línea de la bruma. A esconder la realidad y reinar en un palacio rodeado de lacayos. A abandonarme entre pinos y albero para, desde la distancia, olvidar lo aburridamente cotidiano. Descansar.

Sé que muchos de los propósitos se quedarán en el fondo de la parte trasera de mi alforja. Que no serán sino sueños incumplidos ahogados en la turbulencia del olvido. Que pasarán a ser una línea sin tachar en el cuaderno de lo eternamente pendiente. Pero otros verán la luz y sentiré el bienestar de lo ya hecho, del "deber cumplido". Ese es mi sueño y mi deseo.

Ahora, con mi recuerdo para los que no podéis uniros a estos momentos de abandono vital, para los que dejáis la vida "abierta por vacaciones", sólo siento la necesidad del cambio, de alcanzar el horizonte y ver nuevos amaneceres, entre dunas y olas, para sentir el frescor en mi cara mientras otras siluetas se recortan allá donde mi vista alcance. Y sentirme superior.

lunes, 4 de agosto de 2008

De verano


…¡Estás un poco vago, ¿eh?! ¡A ver si escribimos un poco más…! Me decían anteayer a la vista de la dejadez que últimamente se está dejando notar en este diario.

¡Que no! ¡Que no es eso! Lo que pasa es que, mientras mi cana anda por los Mares del Sur raptada por embriagadores cantos de bellas sirenas y aprendiendo de negros corsarios las artes de la navegación para poder pasear con la cabeza alta por el pantalán del puerto mallorquín sin desmerecer a sus habitantes habituales, yo ando por aquí, aún por aquí, poniendo el cogote a favor de sol y recorriendo los secarrales del septentrión ibérico para recordarme que, aunque vago por principio, de cuando en vez tengo que justificar el salario que el estado dedica a mi manutención.

Esta disociación cana-cuerpo es la que está condicionando la falta de ideas para rellenar los huecos que cada jornada van siendo mayores en esta página de irregular trazado. O no encuentro argumentos para elaborar algo mínimamente digerible o, cuando el argumento existe, me provoca tal estado de irascibilidad que prefiero dejarlo para mí solo y no descargar mi furia ante quienes entran aquí a pasear plácidamente sin necesidad de tener que sortear cardos e improperios. Porque en estos últimos días lo único que me hubiera movido a lanzarme a esta arena habrían sido noticias como la de la liberación del diablo, la de las avestruces que hemos enviado a visitar el mayor país del planeta o, por aquello de la afectación local, el desprecio, secular diría yo, al que estamos sometidos por tierra, mar y aire. Porque nadie negará que el tal De Juana sea el diablo, o que estamos escondiendo la cabeza bajo el ala al no querer ver cómo en China llevan tiempo incontable riéndose de la Carta Olímpica y lo seguirán haciendo, o cómo en esta ciudad, a la que quiero irremediablemente, estamos perdiendo trenes, autovías y aviones con la pasividad de todo y de todos. ¡Ah! Y no me olvido de mi pasión, aunque ahora esté sesteando entre los muros calatraveños. ¿No es como para estar desganado?

Y entre las coles mesetarias una lechuga plácida en cada cambio de semana. Sábado de toros y domingo de Semana Santa. Lo de la Fiesta se entiende, pues es ahora su momento. Pero, lo de la Semana Santa… ¡En agosto! ¡Dios mío! ¡Qué locura! Pues sí, toros y nazarenos. Aunque sea en tardes agosteñas cargadas de grados acumulados por las losas de granito de esta Salamanca o al frescor de artilugios acondicionadores que desnaturalizan el aire. Taurinismo en estado esencial que paseará por El Puerto dándonos envidia a los que no podamos presenciarlo y tertulia de velador con la intimidad de un Nazareno puesta sobre el mármol, ¿no es envidiable?

¡Y lo que me queda! Porque este año, entre unas cosas y otras, he comenzado la Semana Santa a mediados de julio. Y, aun así, siento en mis huesos el frío que recorre la calle de la Compañía cuando la primavera cofrade. Y recorro la calle de la Compañía como en primavera para que el frescor conventual de sus muros me resucite la neurona (que ésta sí se ha quedado conmigo) y me inspire en los nuevos compromisos. Sólo eso, inspiración. Pero esta dislocación a la que me somete mi cana me frena y me deja huérfano de ideas. Espero que a su vuelta, tras las regatas, podamos retornar a la vida de diario, la normal, la de siempre. Y volveremos a pasearnos por aquí como si nada hubiera pasado.

miércoles, 16 de julio de 2008

¡Feliz cumpleaños!

Hoy, las costas están de fiesta. Hasta en la más insignificante villa marinera hoy no se faena. En lagos y ríos, en mares y océanos, pescadores de red y caña se hacen a las aguas en procesión. Cofradías de hombres rudos que, por un día, engalanan cuerpo y alma para hacer fiesta. Porque, como desde siempre, la Virgen del Carmen es recordada en este día. Celebrada.

Marineros y pescadores, de aguas saladas y dulces, cantarán una Salve agradecida, porque pueden. Porque hoy están aquí y no saben si podrán cantar la próxima. Por eso, engalanarán una pequeña chalupa y en ella, sobresaliendo de entre flores y banderolas, entre vítores y bocinas, será portada la Patrona, Nuestra Señora, majestuosa y sencilla. Sencillamente cercana. Y la acercarán a la orilla de cualquier playa para que reciba la veneración de propios y extraños. Que en estos días las playas están llenas de extraños.

Y hoy, como siempre, tú lo sabes, es día de hacer memoria. Reflexión y recuerdo. Porque no se nace todos los días. Y los hombres, animales de costumbres, aprovechamos estos aniversarios para hacer balance. Inventario del día a día para, así, retener lo que sin querer se nos escapó y para recordar que debemos olvidar lo olvidado.

Y hoy, feliz aniversario, voy a intentar hacerlo por tí. Porque es tu día. ¡Dieciséis de julio, día del Carmen!

Voy a rebuscar en el cajón de mi memoria para desempolvar lo que no quiero que se pierda. Voy a contarme todas esas cosas que no quiero olvidar. Porque quiero ver nítido lo que el tiempo con su paso fuerza a entenebrecer. Voy a recordar cómo se puede ejercer una paternidad firme pero sin protagonismo. Cómo sólo la presencia puede ser suficiente aunque pase inadvertida. Cómo el esfuerzo desinteresado tiene que ser reconocido.

No soy capaz. No quiero ser capaz de imaginar, de imaginarte, sufriendo silenciosamente con una permanente sonrisa, casi infantil, en tu rostro. Calladamente atento sin poder participar pero siempre presente en la expresividad de tus azules ojos. Días finales, largos, eternos, que siguen presentemente vivos, amarrados con firmeza a la cana de mi alma sin querer desprenderse. ¿O soy yo quien no quiere desprenderse de ellos? Dolorosa agonía soportada como todo en tu vida, tranquilamente. Hasta el último momento. Sí. Tranquilamente. Eso es lo que quiero recordar. Eso es lo que prefiero recordar.

Y te veo sentado en tu sillón. Esa es la imagen que quiero tener. Mantener. En tu sillón. Tranquilo. Porque siempre fuiste un hombre tranquilo. Amante de lo tuyo y de los tuyos, pero siempre sosegadamente, sin aspavientos, sin hacerte notar.

Hombre paciente que supiste llevar adelante toda una vida sin ponerle mala cara ni a vientos ni a mareas. Un hombre sosegado que hiciste de la rectitud un baluarte vital. Un hombre sereno que practicaste tu fe sin importarte el entorno ni el momento. Fiel. Admirablemente fiel.

Un hombre que consiguió que mi vida sea lo que es. Una infancia feliz, una adolescencia en libertad y una madurez serena, tranquila. Heredadamente tranquila. Porque, aunque casi nunca lo has dicho, sé que creías ciegamente en nosotros. Que te sentías orgulloso de nosotros. En tu silencio. Porque no eras de alardes. No necesitabas contar a los demás nuestro éxito para sentirte felizmente orgulloso. Y yo, ahora que el tiempo me libera del velo que pone la rebeldía de la juventud, lo veo con claridad. Agradecido. Satisfechamente agradecido.

Y tú, estoy seguro, seguirás sin contarlo a quienes estén contigo. Ufanamente humilde y sonriendo.

Hoy no habrá libro ni corbata, pero quiero que sepas que me acuerdo. Que te recuerdo. Con todo mi cariño.

¡Felicidades!

jueves, 10 de julio de 2008

Regreso


Cuatro días. Sólo he estado fuera cuatro días y vuelvo con la sensación de que ha pasado toda una vida.

Siempre me ocurre. Cada vez que vuelvo de un viaje, haya durado poco o mucho, haya sido cerca o lejos, tengo la sensación de que he estado fuera de casa una eternidad. Y regreso mirándolo todo con ojos infantiles, como si ese todo fuese nuevo, como si no conociese a todos y cada uno de los árboles, edificios, paisajes que me encuentro a mi llegada. Regreso con mirada curiosa, intentando adivinar, descubrir, qué es lo que ha cambiado en mi ausencia. Escudriño cada rincón del recorrido que me acerca a casa para absorberlo todo, como si nunca hubiese estado ahí. Como si tuviese que reconocer, en el juego de la bienvenida, qué cosas cambiaron mientras estuve lejos.

Y mi ánimo participa intensamente del momento. Se excita, me excito, esperando novedades. Se altera al pensar qué o quién estará esperando en casa. En esa casa que, como hace tanto tiempo que no recorro -o esa es mi sensación-, imagino como un recuerdo, como un sueño. Sí. Mi ánimo se ilusiona. Yo me ilusiono cuando el momento de llegar está cercano. Y pienso en quién me estará esperando. Y sueño con el momento. Con ese reencuentro que, tras toda una vida ausente, me permite ver a quienes quiero. A mis chicas. Mi familia. Porque son ellas las que me esperan.

Cada vez que vuelvo de un viaje, largo o corto, infinidad de sensaciones se apoderan de mí y cubren la flor de mi piel erizándola.

Sé que según van pasando los árboles, edificios y paisajes que voy encontrando a mi llegada, nada ha cambiado y que son los mismos que estaban ahí despidiéndome en mi partida. Pero me gusta volver a verlos como si fuesen nuevos.

Sé que no habrá nadie nuevo esperándome en casa, pero es apasionante saber que quienes me esperan están tan deseosas de mi regreso como yo mismo. Que son quienes estaban ahí despidiéndome en mi partida y que estarán en mi regreso. Reencuentro. Y eso sí que es una sensación tan inmensamente agradable como para que mi piel muestre tersos todos los pelos que la cubren.

Porque cada día que vuelvo es como si todo empezase otra vez. Porque desde hoy comienza una nueva etapa. Porque acabo de descubrir que he llegado y todo es novedosamente distinto aunque nada haya cambiado.

Sensaciones del retorno. Espléndidas sensaciones que hacen del regreso lo más esperado del viaje.

¡Familia! ¡Estoy en casa!

martes, 1 de julio de 2008

Humildad



De un tiempo acá, mi preocupación por temas que hasta hace no mucho me parecían importantísimos, ha disminuido hasta niveles que a mí mismo me dejan sorprendido. Son muchas las cosas a las que ahora miro con despreocupada indiferencia y creo que he alcanzado un estado de calma sosegada que me permite dormir sin marear mis cada vez más escasas neuronas.

Total placidez. Y, de verdad, lo recomiendo. Como sanación anímica y corporal.

Seguramente las varas de la camisa con la que pretendo vestirme pasen de once, pero hago esta recomendación porque últimamente me llegan comentarios de que algunos ríos bajan revueltos de aguas. De que algunos patios tienen a sus vecinas en pie de guerra, enfundadas en malla de boatiné, tocadas con yelmo de bigudíes y con el mocho en ristre cual adarga quijotesca. De que hay instrumentos que suenan desafinados en la banda y no son capaces de acoplarse ni a ritmo ni a tono.

Pues, a sabiendas de no ser quién, a todos ellos les recomiendo sólo una cosa: humildad. Porque cuando uno alcanza a saber de sus propias limitaciones, las acepta y convive con ellas, es capaz de conseguir un estado de relajación íntima que calma todas las bilis, renueva humores y construye una sonrisa donde antes hubo rictus. Pero, no sólo debe quedar ahí la cosa, y, haciendo caso a la definición académica, no basta con reconocer y reconocerse sino que se debe obrar conforme a ese conocimiento. Sé que es aquí a donde algunos no llegan y comienzan a fallar. Anclados en su prepotente ignorancia no ven más allá de sus propias narices y se quedan anidados en su soberbio orgullo. Desbordados por las circunstancias huyen hacia delante arrasando con todo lo que está a su paso. Sin darse cuenta, o sin querer dársela, de que pisan a quienes no deben y terminan por agigantar su inútil esfera, alejándose cada vez más de la sencillez de la que, en un principio, con seguridad, hicieron gala. Y, además, se alejan de quienes en otros tiempos estuvieron junto a ellos, volviéndoles la espalda sin explicación. Olvidan que están para servir y se sirven. De todo y de todos. Sordos a las voces que suenan atronadoras en su contra.

Practiquemos la humildad. Sin más. Sin ostentación. Sin necesidad de que nos lo recuerden.

Por intentarlo, que no quede. Humildad... y paciencia.