¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


martes, 7 de octubre de 2014

El Mercado Central

Algunas veces, quizá menos de lo deseado, Salamanca es consciente del patrimonio que atesora y actúa consecuentemente a pesar de la oposición de unos pocos o unos muchos. Así, gracias al celo de alguno o por la necesidad del momento, se mantuvieron en pie una catedral románica o un puente romano que, en un principio y por decisiones de gestores "iluminados" por el progreso, estaban destinados a desaparecer. Gracias a ello, tenemos la suerte de contar con una Catedral Nueva o un Puente Nuevo (mejor llamado de Enrique Estevan por dedicarlo a su impulsor), manteniendo además aquellos que estaban llamados a ser reemplazados.


Otras veces, las más, no hubo quien se preocupase de detener el "avance del progreso" o incluso habiéndolo, se le ninguneó desde las instituciones interesadas en la renovación, y se provocaron desastres sin retorno posible. Por esto, por un mal entendido avance urbanístico, por un querer ir al ritmo de los tiempos de manera equivocada, Salamanca ha perdido, a lo largo de su historia, edificios civiles y religiosos que bien podían haber sido mantenidos. Iglesias, casonas, palacios, depósitos de agua o teatros, fueron víctimas de la piqueta desapareciendo sin remisión, mientras se hacían oídos sordos ante aquellos, quizá los menos, que levantaron su argumentada voz en contra de aquellas atrocidades. En distintas épocas y diferentes estilos, construcciones renacentistas, por no remitirme más allá, barrocas, edificios racionalistas, modernistas o de la más cercana cultura del hormigón, fueron víctimas silenciosas de un progreso mal entendido.

Ahora, cuando celebramos aniversarios más o menos redondos para nuestras construcciones de la "arquitectura del hierro", y aprovechando que estas efemérides suelen mover conciencias, me alegra ver que nos preocupamos del mantenimiento de alguna de estas edificaciones que ya son emblemáticas aunque, al tiempo, me vienen al recuerdo otras desgraciadamente desaparecidas, como el añorado Puente de la Salud.
Así, leo en los medios que el grupo municipal del Partido Socialista pide financiación a la Junta para mantener la Casa Lis, que el Ayuntamiento anda pendiente de que las obras de conservación-restauración del puente de Enrique Estevan avancen adecuadamente, o que los comerciantes del Mercado Central solicitan la rehabilitación del mismo.

A pesar de que hace ya algunos años, quizá demasiados por lo que recuerdo, el Mercado Central fué remozado en su interior y embellecido en su exterior, es posible que ahora sea momento de volver a mirarlo y hacer caso a los que en él habitan, para rehabilitarlo no solo estructuralmente sino en su función última. Mirar a otros edificios similares, como el Mercado de San Miguel en Madrid o el de La Boquería en Barcelona, por citar los más conocidos, y ver cómo han sabido conjugar la actividad tradicional, con sus puestos de productos frescos o conservados, con otras más lúdicas. Exposiciones, consumo "in situ" de productos del propio mercado preparados al momento, música en directo o cualquier otra manifestación que permita combinar la tradición con algo más innovador, seguramente renueven la vida de este edificio y de su actividad. Por eso, confío en que las propuestas de quienes pretendan participar en esta rehabilitación (leo sobre el interés de los alumnos del máster en arquitectura) lleguen a buen puerto y que, si hace falta otro mercado central sea éste de nueva construcción y no suponga la desaparición, si no inmediata sí por dejadez, de esta pequeña joya que nació con el siglo XX y de la que los salmantinos debiéramos estar orgullosos. 

viernes, 18 de julio de 2014

En un año

¡No!
No olvidé que hace un par de días volvía a concelebrar el aniversario de mi padre. No olvidé que hace un par de días la Virgen Marinera salió de su cobijo para pasear calles, ríos y puertos. No olvidé, en fecha tan señalada, a aquellas cármenes que en algún momento formaron parte de nuestras vidas, recordando con ello a una Berrendita cada vez más abandonada, que no olvidada, y a esa abuela a quien ella siempre rinde homenaje como sólo ella sabe.

¡No! ¡No lo olvidé! ¡Lo que olvidé fue dejarlo patente en este folio inmaterial!

Y es que estos últimos meses anduvo mi cana en tanto menester que no he tenido ni un momento para dejar constancia en este cuaderno del que hace tiempo perdí el candado. Porque desde ya tanto que sólo puedo entreverlo en la tiniebla de la memoria, anduve inmerso en actividades varias en tal cantidad que llegué a olvidar la obligación de renovar, al menos de vez en cuando ya que no con periodicidad, los contenidos de estas páginas.



Por vez primera desde hace tanto que casi ni lo recuerdo, he vuelto aquí para trabajar.

De un año acá le fui infiel a esta bitácora, cambiándola por la rutinaria obligación de dedicar mis palabras a aquellos desconocidos que quisieran acercarse cada miércoles a esa SalamancaRTV que explotó en la prensa virtual de la ciudad con la enérgica intención de hacerse con el mejor de los huecos. Dediqué mis miércoles a hacer allí lo que aprendí a hacer aquí: malcontar lo que se me pasa por la cana, que allá quedó tímidamente oculta para no significarse. Así, mi cana destilaba lo que yo firmaría después, obligándola a permanecer en el anonimato. Pero nunca fui fiel a la rutina calendaria y tuve que exprimir más de la cuenta mi escaso seso para poder llegar a tiempo cada semana de las que anduve por allí.



Ahora, dándome un tiempo de respiro obligado por los quehaceres que me impone un trabajo cada día más prosaico, dejo que sean otros los que se expresen en aquella prensa virtual y vuelvo por aquí para intentar no perder el contacto con lo que un día fue casi rutina y ahora, mucho más reposado, mantengo como elixir de ánimo. No sé si dejaré pasar otros doce meses, pero de lo que estoy seguro es de que nunca perderé el contacto con esta cara visible de una cana que sujeta al alma.