¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Adiós 2010

Se me acaba el año y con él se va parte de la vitalidad de esta cana que me intitula. Cierto es que no creo que lo eche de menos, aunque seguro que volverá en forma de recuerdos en el momento más inesperado. Se incorporará a la mole que van formado los años ya pasados y buscará su hueco, que los anteriores ya le tendrán preparado, y se dejará ver de vez en cuando.
Será seguramente por la inmediatez, pero no veo a este dos mil diez como un año para la hornacina de los honores, aunque también es cierto que los que le precedieron dejaron semejante nata en el vaso de los recuerdos tempranos. Seguro también que cuando el tiempo marque las distancias sabré ser capaz de sacar lo brillante de él o, más bien, se irá dejando ver mientras el velo que lo tapa se vaya rayendo poco a poco. Y sí, algo bueno habrá quedado aunque ahora no se deje ver.
Ahora, mientras espero al acontecimiento que siempre espero en el último día del año, confío en que venga un nuevo año mejor, aunque sé que el próximo sólo será uno más, que comenzará al día siguiente, y que acabará buscando su hueco en la pila de los pasados. Ahora, sólo veo una cana arrugada, mustia, a la que la desgana de los últimos días ha impedido celebrar los acontecimientos más próximos pasados como hubiera sido de esperar. Una cana lacia y amarillenta a la que me veo poco capaz de mantener por momentos, aunque confío en que sea pasajero.
A ver si la vida nueva que acompaña siempre a los nuevos años se manifiesta desde el mismo primer minuto de su existencia. Si no, haremos de tripas corazón, nos ataremos los machos y tiraremos del carro aunque haya que sacar fuerzas de nuestra más íntima flaqueza.
No es un deseo. Es una necesidad. ¡Feliz Año Nuevo!

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Juramentos y gurrumbadas

Todos tenemos fechas marcadas en rojo en nuestros calendarios. Días señalados que periódicamente se nos echan encima para traernos recuerdos. Buenos y malos recuerdos que nos vemos obligados a mantener, por no se sabe bien qué muchas de las veces, aunque ello nos cueste más de lo que quisiéramos. Aniversarios de los que estas páginas virtuales en las que dejo parte de lo mío están más que cargadas. Fiestas religiosas y paganas, onomásticas y cumpleaños, íntimas y compartidas, cuando alguna me toca el alma, intento dejar constancia con mis palabras o en ellas, que no sé bien.

Peco de reiterativo, lo sé, y quizá sea muestra de escasez de imaginación, o puede que sea que el resto de motivos que pudieran impulsarme a manifestar mi parecer en este blog no alcancen ahora suficiente importancia en mi natural escepticismo. Porque últimamente puede que haya llegado a confundir este filtro con la apatía y, a pesar de la inconsciencia, sólo los días feriados de mi almanaque son los que me mueven a sentarme frente a la pantalla y mover mis dedos entre las teclas intentando sacar algo congruente a su través.

Bien. Pues, sea como sea, hoy es uno de esos días; uno de esos momentos en los que me autoimpulso a dejar plasmado mi recuerdo. Hoy es día de juramento ante los evangelios, frente al magnífico óleo de Caccianiga, para mantener una secular tradición que sólo vive en el alma de unos pocos. Y lo he hecho. En silencio, sin muceta ni birrete y frente a la impresionante Inmaculada de Fernández que nos mira desde la altura de su hornacina mientras preside los actos festivos de la Capilla Dorada. Lo he hecho aunque sepa que será difícil que mi propia sangre aflore para defensa del dogma, pero la fidelidad a la tradición deja a esta cana que me rige con una calma serena que durará hasta la próxima renovación del juramento.

Pero hoy, aun habiendo seguido mi propia tradición, he echado de menos lo que no llegué a conocer. Esa "gurrumbada" a la que los villalpandinos dedican toda una noche para recordar, seguramente de forma heterodoxa, su privilegiado punto de partida en esta tradición tan nuestra aunque cada vez menos recordada. He tenido en mi memoria a los pocos villalpandinos a los que tengo el honor de conocer: toreros, taurinos y sus hermanos, escritores de ley y peso que se sienten capturadores de momentos, anónimos pobladores de noble espíritu... Y para ellos, desde esta intimidad tan al descubierto, vaya mi felicitación cariñosa y cargada de un poco de envidia, aunque hoy no sea día de pecar.

Vaya también mi felicitación para quienes se sienten concelebrantes de este día, nobles y villanos, en todos y cada uno de los rincones de esta España mariana. Valencianos y sevillanos, madrileños y salmantinos, pero, con especial dedicación, el mejor de mis recuerdos sea para todos aquellos que aún se sienten doctores de la Salamanca del diecisiete; para todos aquellos, no sé si pocos o muchos, que mantenemos fidelidad a un juramento renovado cada ocho de diciembre a pesar del olvido de siglos en este mundo profano. Hoy me felicito por ello. Hoy me siento feliz por ello.

* Las fotos las he tomado prestadas de las Esclavas del Santísimo, la primera y de Miguel Sáenz de Santa María, la segunda. Espero que no se molesten por ello.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

José Adrián Cornejo nuevo presidente de la Junta de Cofradías

Aprovecho el título de una de las secciones del foro cofrade salmantino llamado "Nuestra Semana Santa", del que soy asiduo lector (aunque siempre mirando desde detrás de las cortinas), para hacerlo mío esperando que ello no suponga malestar a sus propietarios.

Creo que se lo debía, aunque he dejado reposar el tiempo, conscientemente, para que se posase todo lo que estaba flotando en el veraniego aire cofrade.
He querido esperar para asentarme y dejar que se asiente. Para que las lenguas que se desataron en su día hayan vuelto a encerrarse en su lugar habitual. He dejado pasar esos "cien días" que, no sé muy bien por qué tradición, se conceden a quienes estrenan cargo como plazo para demostrar lo que traen entre manos. Y, porque sé que él no lee estas cosas, que no es amigo de foros y blogs virtuales que siempre le dejaron frío, me decido a dejar por escrito lo que desde un principio he pensado.


Cornejo es mi amigo, aunque últimamente nuestros distintos quehaceres nos hayan distanciado más de lo que quisiéramos. Es mi amigo aunque algunos hayan querido vernos como adversarios en una lucha que nunca existió. Y, como amigo, lo primero a lo que me debo es a manifestarle mi sincera felicitación y, aunque lo sabe, ponerme a su servicio sin condiciones, como cofrade y como amigo.
Creo que conozco a Jose (sí, así, sin tilde), aunque pudiera estar equivocado, y sé que es, ante todo, un buen hombre, serio y responsable, que puede llegar a llevar las riendas de la Junta de Semana Santa con habilidad, discreción y eficacia. Porque el presidente de la Junta es persona dialogante y trabajadora que, a poco que haga, subirá el listón de su predecesor.
Tiene retos que, en mi modestísima opinión, tendría que haber asumido ya, sin dejar pasar el tiempo, pues ha habido suficiente lapso desde su toma de posesión como para no dejarlos esperar, pero su prudencia, estoy seguro de ello, le ha condicionado y aguardará al comienzo de un nuevo ciclo para poner definitivamente en marcha su mandato.
Se oye que pretende realizar cambios en algunas de las cuestiones que a muchos nos han dado tema de tertulia, como el manido concurso fotográfico, el que parece que será cambiado aunque aún no se haya hecho público ni el cómo ni el cuándo. Que quiere agarrar el toro del Viernes por sus cuatro cuernos y poner orden en su Procesión General. Que asume su función de canalizador de intereses y que habrá cambios en materia económica.
Sé que tiene handicaps que son como inmensas rocas casi inamovibles en su camino, aunque nada hay imposible. ¿Que hay un agujero económico que ni él mismo sospechaba?, pues a ponerlo en claro ante todos, arrimar el hombro y buscar soluciones; que para eso se hicieron los convenios. ¿Que hay miembros del Pleno de la Junta que apuestan por el inmovilismo?, pues diálogo (que a él le sobra) y mano izquierda hasta su convencimiento; aunque a veces haya que enseñar los dientes. ¿Que la diócesis, a través de su jerarquía, también tiene algo que decir?, pues a escuchar y acatar lo que sea de acatar, pero sin que las concesiones supongan la pérdida de dignidad de la propia Junta.
Sí, es cierto que se enfrenta a un gran reto. Pero él puede, aunque le suponga más esfuerzo del previsto.
Además, para equilibrar la balanza, siempre le queda su otra pasión. Esa que le hace quitarse la corbata cada fin de semana para enfundarse la camisola "rossonera" de su equipo de toda la vida y dirigir, siempre dirigir, a sus muchachos hacia victorias, las más, o derrotas, las menos, pero siempre con un magnífico ambiente en el equipo.
¡Ah!, y por supuesto, sus amigos. Porque nunca renunciará a cuidar a sus amigos aunque tenga que quitarse el tiempo de su propia vida. Pues es fiel. Sobre todo es fiel y conserva a su gente por encima de todo. Seguirá, imagino, con sus reuniones de compañeros y con sus visitas a los que ahora andan más necesitados que él; esos que siempre estuvieron a su lado.
A partir de ahora, cuando se cumplen los plazos de esa confianza inicial en la que todo se tolera, es cuando debemos comenzar a analizar su trabajo, a exigirle respuestas, a examinar sus actos y a apoyarle en sus propuestas, siempre que vayan acordes con lo que para cada uno de nosotros sea el buen camino.
No es la primera vez ni la última que lo diga y él lo sabe. Sólo hace falta echar un poco la vista atrás para poner sobre el tapete mis propuestas y usarlas, si le sirvieran, como si fueran suyas. Sabe que cuenta conmigo, con nosotros, para echar una mano en lo que necesite, en cuanto lo pida y para sacar adelante esta pasión que a todos nos aúna. Porque hace falta una revolución y ésta no se hace sólo con generales. Hacen falta soldados anónimos que luchen por que las cosas cambien; para salir de ese pozo en el que algunos despreocupados nos metieron, seguro que involuntariamente, y del que por ahora sólo vemos la luz asomándose hacia nosotros a través de un brocal que debe ensancharse, poco a poco, pero lo antes posible.
Querido Jose (sí, así, sin tilde), ¡enhorabuena!
Señor presidente, ¡a su servicio!

jueves, 4 de noviembre de 2010

Mi Moleskine

Desde hace tanto tiempo que me veo incapaz de precisarlo, he sido un apasionado de los cuadernos y libretas. Pero no de cualquiera de ellos, sino de esos modelos, no sé si clásicos o antiguos, a los que me acostumbré en la infancia y a los que me quedé agarrado de por vida.
Son libretas de tamaños variables (cuartilla, octavilla,...), formas (vertical, apaisada) y colores diversos (rojo, negro, verde,...). No me importa el número de hojas aunque siempre las preferí "gorditas". Me da igual si son rayadas o en cuadrícula, pero siempre, siempre, de unas maravillosas tapas de hule que no dejo de tocar y que me subyugan desde cualquier escaparate o estantería en las que se encuentren expuestas, empujándome a adoptarlas como si de huérfanas se tratara.
Libretas de campo, de notas, de viajes, de dibujos, de... cualquier cosa, pero siempre de blando hule. 
Hace un tiempo, sólo unos meses, me atreví a ser infiel no sé si a mis libretas o a mí mismo y una de las famosas Moleskine pasó a engrosar la colección de cuadernos. Es una de pequeño tamaño, Ruled Notebook pocket la llaman, que he intentado llevar en uno de mis bolsillos como compañera de notas. ¡Una Moleskine en mi bolsillo! Pensé que, sabiendo de su historia, sería buena compañera aunque testigo permanente de mi infidelidad. Y de verdad que lo he intentado. Tanto, que de llevarla ha envejecido como si hubiera compartido pelusas en los bolsillos del mismísimo Hemingway mientras disfrutaba de sus admirados encierros sanfermineros. Tanto, que cuando anotaba algo en ella intentaba sentirme cual Chatwin viajero. Pero quia. Ese tacto duro de sus negras tapas me pone en guardia desde que desligo la goma que la abraza. Esa rigidez, seguro que buscada por aventureros y buscavidas, se me atraviesa y hace que apenas me salgan las letras a derechas. Una sensación que, a mi pesar, me hizo ir abandonandola para volver a lo que nunca debí dejar de lado. Para recuperar el dulcemente blando tacto de mis libretas de hule.
Ahora, cuando tenía perdida toda esperanza de poder aunar su tradición y la mía, acabo de descubrir una nueva libreta de hule. Tierno hule negro que en su trasera lleva grabado un nombre: "MOLESKINE".
Nueva Moleskine, Ruled Soft Notebook pocket la llaman, que permitirá conjugar mis deseos.
Estoy deseando romper el precinto y manosearla hasta gastar las yemas de mis dedos. Pero, como si no quisiera estropearla, me resisto a hacerlo mientras la miro y la remiro imaginando lo que llegará a contener cuando llegue a su final.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Uno menos... uno más

Un año menos para alcanzar las bodas de oro. Para pasar a ese "otro lado" en el que uno comienza a sentirse un poco más viejo o algo menos joven. Cuando, por más que se quiera, la botella se va viendo más medio-vacía que medio-llena.
Hoy, cuando voy viendo cerca lo que puede suponer medio siglo, he buscado alguna sensación en los adentros y lo único que he encontrado es lo que me dejé ayer olvidado. No hay nada nuevo. No me siento peor aunque esta maldita próstata lleve ya casi tres años insistiendo en que lo de la eterna juventud es, en lo físico, una falacia, aunque el espíritu no envejezca a la misma velocidad. Y mi cana se da cuenta de que, a pesar del paso de los años, aún permanece estoicamente solitaria, pues sólo se ha visto acompañada, de cuando en vez, por algún brote esporádico de compañeras que jamás llegaron a pájaros nuevos. Renovación para no dejarse invadir por melancólicas sensaciones producto de pasajeros contratiempos.
Me miro al espejo, a ese espejo del interior mucho más fiel que cualquier otro, y me veo como ayer. Esa verruguita que me viene acompañando fielmente en los últimos tiempos; ese nevus que es casi tan viejo como yo y esas ojeras que me dicen, todos los días, que debería dormir algo más aun a costa de dejar de hacer otras cosas. Me duelen los huesos y pierdo vista. Me canso subiendo y bajando. Se me pierden las cosas entre las arrugas de la mente y me veo incapaz de poner nombre a las caras o cara a los nombres. Recuerdo como si de ayer fuera lo que me viene de infancia y olvido lo que tengo que hacer mañana... ¡Coño! Me hago viejo aunque aún no haya alcanzado los cincuenta. Pero me siento como si jamás hubiese cumplido años. Asentado en una magnífica vida, cada día más plena y en la mejor de las compañías. Aún mantengo las ilusiones que pude tener a los dieciocho, o a los veintiocho, o a los treinta y ocho. Me veo como si estuviera empezando aunque sepa que ya lo dejé todo hecho.
Iré a ver a Martín, el santito negro, como todos los tres de noviembre.
Pierdo barriga y me siento bien.
¡Hoy cumplo años!

martes, 2 de noviembre de 2010

Relax en el alma

Ocho días. Ocho magníficos días en los que mar y monte han conseguido relajar mi alma y sacarla del anodino mes de octubre en el que todo y nada se juntaron para dejarlo en blanco.

He respirado aires venidos de allende la mar océana. Aires que han calado hasta imaginarios tuétanos mientras pateaba playas y rocas en busca de seres, de pequeños animales de formas sorprendentes, con los que formar a futuros científicos que ahora se abren con interés infantil a todo lo que se les ofrece. Sal marina que se diluye y deja un poso que permanecerá, ahora indisoluble, durante el resto de sus vidas. Días de convivencia que se recordarán con cariño y noches de camaradería que tatuarán el alma. Lo sé por propia experiencia.


Casi sin solución de continuidad, he mojado cuerpo y alma con lluvias eternas entre bosques de indescriptibles colores.

Sorprendentes hoces horadadas en roca por la persistencia de ríos surcándolas desde antes de que nadie pudiese tener conciencia de ello. Montes en cuya cima hemos llegado a tocar las nubes, que es como palpar el cielo. Cuevas en las que su propia inmensidad, forjada gota a gota, nos empequeñecía para dejarnos caer en la cuenta de lo poco que somos aunque nos creamos supremos. Ríos de aguas desbordantes mostrándonos, otra vez, la imparable fuerza de la naturaleza. Agua, siempre agua, acompañándonos y empapándonos mientras nos sorprendíamos a cada paso dado.

Ocho días de disfrute inmenso, de recuperación de lo que quizá nunca perdí. Una semana alejado de mesas de despacho y taburetes de laboratorio para hacer de la propia vida el mejor lugar para completar el experimento que nos diseñaron. Sabiendo, como siempre, que los santos y difuntos nos acompañan aunque nosotros hayamos cambiado el momento de íntima soledad junto a la losa en la que sólo un nombre nos recuerda que están allí, por la amplia serenidad de costas y montes. Que hemos cambiado flores de un día por alumnos y amigos. Pero acá o allá, solo o en multitud, no olvido que es día de recuerdo, de cariñoso recuerdo, y vuelvo a la realidad. Hoy, día de difuntos, regreso solo a la rutina diaria pero me siento acompañado. Siempre acompañando.

jueves, 7 de octubre de 2010

Rosario...

Ahora recuerdo aquellas tardes de viernes de mi niñez con una nitidez que posiblemente sea síntoma de que mis neuronas se endurecen y sólo dejan espacio para conservar aquello que, por lejano, cada día se nos hace más presente.
Se me viene a la memoria, como si de hoy mismo se tratase, la imagen de sor Carmen, recia cordobesa, hija de la caridad de las de San Vicente de Paul, a la que quiso el destino poner en mis primeros pasos escolares para que forjase en gran medida, moldeando mi ternura infantil, mucho de lo que ahora soy. Y veo a sor Carmen, "chasca" en mano, guiando en el rezo vespertino del Rosario a una recua de chiquillos sentados calladamente en sus pupitres; y nosotros, chavales revestidos de azul babero y cuello duro con la pubertad todavía muy lejana, pues aún no habíamos alcanzado la decena, recitábamos la sarta de avemarías y letanías temerosos en su presencia. Rezábamos sin saber aún bien ningún por qué, pero dejábamos que fuese quedando un pequeño poso que, al menos a mí, serviría como "velo" de futuros caldos en la todavía recién construida barrica de la vida. Y para nosotros, al menos para mí, era todo un orgullo, un privilegio, ser seleccionado para salir a la tarima y oficiar de director, moviendo las gastadas cuentas de madera de ese rosario que siempre quedaba guardado en el cajón de su mesa, de la mesa de sor Carmen, mientras meditaba por qué aquello de los "misterios", recitando sin pensar padrenuestros y avemarías.
Nunca sospeché por entonces que aquello marcaría de alguna manera mi vida. No imaginaba que ese iba a ser el primer peldaño que haría del Rosario una constante recurrente en mi vida.
Será mucho más tarde cuando mi conciencia caiga en la cuenta de mi afinidad, de mi relación vital con ello. Porque, también de forma inconsciente, el paso del tiempo fue haciendo crecer en mis adentros una pasión por ese sur que me embarga cada día con más firmeza, del que no puedo pasar alejado sino esas temporadas que mis otros quehaceres me imponen en esta meseta salmantina. Y, ¡oh coincidencia!, es Nuestra Señora del Rosario la patrona que guía esa ciudad de estrechas callejas y olor decadentemente colonial. Es la Virgen del Rosario la patrona de ese "Cái" que me enamoró desde el primer momento. De nuevo el rosario marca mi cana con ese no sé qué. ¡Feliz coincidencia!
Pero hoy, día marcado para conmemorar su festividad, el día de Nuestra Señora del Rosario, olvido todo lo anterior y mi alma se embarga sólo con ella. Porque, ¿será coincidencia?, es una Rosario la mujer a la que se me unió la vida casi desde el momento en que la pobre sor Carmen me aliviase de pañales infantiles. Es ella la que aceptó estar junto a ese mozo, aún imberbe, recién llegado a su charro futuro. Es ella la mujer con la que he compartido y comparto todo lo que tengo y todo lo que soy desde hace tanto tiempo. La esposa que ha visto cómo he madurado, si alguna vez lo hice, y cómo me crecía esta cana en el alma. Es María del Rosario, ¡feliz coincidencia!, ese eslabón imprescindible en la cadena de mi vida. Cálida primavera en cualquier época. Asiento de la impaciencia en el que me dejo reposar cuando la batalla me vence. Empresa común para el proyecto más importante de una vida.
Hace tiempo que no rezo el rosario, al menos completo, y hace tiempo, menos, bien es cierto, que no piso la gaditana piedra ostionera, pero me doy por satisfecho, más que satisfecho, sabiendo que mis días están permanente llenos del mejor de mis rosarios. ¡Feliz coincidencia! ¡Feliz día! ¡Felicidades, Rosario!

viernes, 17 de septiembre de 2010

Nuevo curso

Recién estrenado el curso cofrade tras la espléndida "Exaltación de la Cruz" de Alejandro Pérez, mi hermano Alejandro, me doy cuenta de que hace ya más de un mes que puse mi cana en relajo o, por bien decir, fue ella sola la que se hundió en sus propias raices, desapareciendo de cualquiera de mis superficies. Y soy yo el que, al pasar por aquí, tiene que tirar de ella hacia arriba, espabilarla y adecentarla para que este nuevo curso que comienza luzca tan remozada que parezca nueva.
Sé que, incluso tras su estancia al sur, acabó ahíta de acontecimientos cofrades que se le vinieron encima por su propia curiosidad y casi acaba muriendo cual mosca samaniega.
Ahora, ella y yo hemos dejado pasar el tiempo; hemos disfrutado del descanso de después de las vacaciones, olvidando mientras que el mundo cofrade sigue ahí, permanente y al acecho, pues como cada año, se renueva el ciclo.
Hubo elecciones, sí. La Junta de Semana Santa renovó su cabeza, cosa que, todos lo decíamos, era cosa más que necesaria a la vista de lo que se nos mostraba.
Ahora comienza un ciclo. Un periodo de ilusión (o ilusionante, que no lo sé), con un presidente en el que muchos hemos puesto nuestra confianza con la esperanza de que sea capaz de sacar a cofradías y cofrades de un atolladero casi histórico. Un presidente que, al tiempo, es amigo. Un presidente capaz. Un presidente con consenso al que, por ahora, se le supone el valor. Ya tendrá tiempo de demostrarlo. Porque necesitará mano de hierro y guante de seda que sujeten las riendas cofrades con firmeza y dulzura.
Ya habrá tiempo de juzgar. 
Mientras el albero de La Glorieta se dejaba impregnar por unas gotas de la esencia torera del maestro de la Puebla, con el fondo del alma degustando aún muletazos cargados de sabor añejo, me abstraje entre los barrocos muros de la capilla cofrade. Me perdí entre figuras y volutas, santos y acantos, imágenes y pinturas, mientras dejaba que las palabras del exaltador de la Cruz de este año fueran calando, poco a poco, ese inconsciente de la razón gobernado por mi cana. Atentamente, bajo la mirada de Alegría y Amargura y junto al Cristo que nos mira con ojos cerrados, al pie del Santo Leño, seguí la lectura de pasajes evangélicos, de reflexiones personales y de compromisos colectivos en boca de quien ejerce el cargo de Hermano Mayor de la Congregación de Jesús Nazareno con firmeza, elegancia y excelentes resultados. 
Comenzando el curso cofrade, con la cana recién sacada de esa cueva a la que se me retira en descansada meditación y mientras aún escucho las admiradas palabras de Alejandro en su "exaltación", me doy cuenta de que la muela del molino ha vuelto a ponerse en movimiento y me doy cuenta de que la actividad de un cofrade es algo que nunca para. Aunque se relaje.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Recuerdos del Sur



Aún con Sanlúcar pegado a la cana, ya estoy en casa... y, en cierta medida, lo agradezco. Ahora toca afrontar la cruda realidad de ese grifo que gotea, el césped que creció más de lo normal en nuestra ausencia, esa lámpara que no luce, reparar tal o cual otra cosa que siempre quedó para estos días, en fin, que ahora comienza la otra parte de las vacaciones, pero siempre con algún rato para compartir con los amigos esas cañitas que saben a gloria en las atardecidas y para revolver Salamanca bajo soles de justicia.
Vuelvo con el alma henchida de recuerdos que deberán asentarse poco a poco para ir siendo olvidados también poco a poco, que si no, no quedaría hueco para los futuros. Pero hay algunos que se amarrarán con firmeza extrema a las paredes de la memoria para quedarse ahí, para no perderse y poder aflorar en los primeros momentos cuando recurramos a ellos. Esos serán los mejores.
Porque, a partir de ahora, estos días pasados ya son recuerdos y en ellos se mezclarán caballos en carrera frenética con manzanilla en rama mirando el ocaso en las dunas, paseos de mañanas calurosas con olores de mercado de abastos repleto de voces, Sevilla en ardiente mediodía con Don Fernando de Zúñiga con quien me crucé por sus calles, Medea con chiringuitos playeros, el Santito del convento de la Madre de Dios con los exvotos una oscura pared parroquial. Recuerdos y más recuerdos que tendré que ordenar.
¡Me pongo a ello!

martes, 10 de agosto de 2010

La Cana al Sur: De tapas y otras delicias

Como todo lo que comienza en algún momento tiene su fin, este corto periplo sanluqueño termina casi en estos momentos. Aún nos queda el paso por Sevilla para hacer jornada mañana, pero de lo que se dice Sanlúcar, andamos ahora metiendo en los sacos del recuerdo todo lo que hemos recogido en estos días de playa y paseo, de cervecita y tinto-verano, de tapas y otras delicias. Porque, a diferencia de otros recuerdos, de estas jornadas nos llevamos, entre otras muchas cosas, haber podido disfrutar de lugares en los que la comida se hace arte por mor del tan conocido tapeo andaluz.
Quiero dejar, en estos últimos instantes, memoria de comidas y lugares para poderlos recuperar en cualquier momento de tiempos venideros. ¡Que nunca se sabe!
Sinceramente, en lo gastronómico nos hemos movido por el tipismo, sin apenas salir de las rutas en las que el trasiego de infinidad de pies han dejado una profunda huella para que pueda ser seguida por los noveles visitantes. Así, en Sanlúcar, podemos diferenciar dos zonas (por su separación geográfica más que nada) por las que los visitantes acabamos moviéndonos como auténticos peces por las aguas de la desembocadura del Guadalquivir: El centro y el Bajo de Guía.
Comenzaré por el segundo por ser el que menos hemos visitado y, por tanto, el que menos juego puede dar, aunque puede der mucho juego, vaya que sí. En este antiguo barrio de pescadores (que no sé muy bien lo de antiguo, pues sigue habitado por hombres de mar), es típica la sucesión de terrazas, con sus correspondientes comedores de interior, dispuestas mirando a las dunas de Doñana como si de un mirador se tratase. En todas ellas se pueden gustar los mejores pescados de la zona, excelentes frituras y, cómo no, los exquisitos langostinos de Sanlúcar. De entre todas, es Casa Bigote la que se lleva casi todo el peso de la fama, aunque, como digo, en cualquiera el trato es magnífico y los productos soberbios. Nosotros visitamos  una de ellas, Poma es su nombre, y de todo lo que nos sirvieron, el rape fue lo que marcó al restaurante, aunque las gambas, finísimas, y almejas a la marinera, tampoco desmerecieron lo más mínimo. Pero aquí concluye nuestra visita gastronómica al Bajo de Guía, pues a Casa Bigote ni lo quisimos intentar sabiendo cómo está la demanda y los días en que nos encontramos.
De los bares y tabernas del centro, no voy a decir que los hemos visitado todos pues mentiría, pero no han sido pocos los que hemos probado, unos con más éxito que otros. En esta zona, hay dos plazas que marcan las opciones, al menos para turistas como es nuestro caso: la Plaza del Cabildo y la Plaza de San Roque. En ambas, la oferta de terrazas y locales en los que degustar las famosas tapas es más que suficiente. De la primera de ellas destacan dos sobre el resto. En primer lugar, y llevándose todos nuestros parabienes: Casa Balbino. Las mejores tortillas de camarones que he comido en mi vida. Excelente combinación de masa y crustáceos que más que tortilla parece un encaje en el que todo es armonioso. Tampoco se quedan atrás los langostinos, excelentes al paladar, ni la fritura de cazón, con el mejor adobo que he degustado, suave y sin ese regusto a exceso de vinagre típico de otros adobos, dejando que el pescado sepa a lo que tiene que saber. Excelente Casa Balbino.
Tampoco está mal Taberna Juan, con gran surtido de tapas aunque no con la exquisitez de la anterior. Es recomendable sobre todo cuando en Balbino todas las mesas están ocupadas (cosa harto frecuente) y uno quiere degustar sus tapas sentado, pues la oferta de la barra del primero, agradeciéndose en ocasiones el aire acondicionado, es digna de reyes. De Juan, lo que más me llamó la atención fue la insistente oferta, en varias ocasiones, por parte del camarero para que probásemos el "arrón-paella", cosa que, por supuesto, no hicimos y menos a la vista de los platos que salían de cocina para paladar de incautos.
Por último, aunque la oferta es mayor, visitamos La Barbiana en la que, quizá por el agobiante calor producto del ardiente sol de mediodía que caía a plomo sobre la terraza, no soy capaz de mencionar ninguna tapa destacable. No obstante, La Barbiana es un local recomendado por guías y famosos, por lo que algo tendrá que no supimos ver.
En la Plaza de San Roque, quizá la más tradicional y donde más gentes del lugar hemos visto compartiendo espacio con nosotros, está Casa Juanito, en la que las chacinas y quesos son muy buenos aunque lo más demandado, típico de la casa y de magnífica factura, es lo que llaman "solomillo". Sencilla pero muy agradable combinación de medallones de solomillo de cerdo a la plancha sobre una rebanada de pan y cubiertos por una loncha de jamón, que si fuera ibérico sería un placer, y acompañados por una fritura de pimientos verdes, cebolla y patatas con huevo frito para rematar. Ya digo, sencillo pero contundente y de muy agradable paladar.
En las cercanías, pues se encuentra en una placita lateral a la del Cabildo, estuvimos en el denominado La Pipiola. Local de corte moderno, nada que ver en su decoración con los anteriores, pero con una extensa carta de excelentes tapas. Tostas y montaditos, calientes y fríos, ensaladas y otras ofertas hacen de este lugar un recurso recomendable cuando uno está cansado de frituras y demás platos típicos.
El único restaurante que visitamos, tal como nosotros entendemos un restaurante, fue El Fogón de Mariana, en la calle Ancha esquina a Ruiz de Somavia, al que fuimos atraidos por la decoración, visible a través de los ventanales de lo que es un caserón-palacete típico sanluqueño reconvertido en restaurante y que, hasta hace no mucho, estaba ocupado por una tienda de muebles. Una vez dentro, tuve la sensación de estar comiendo en uno de esos locales franquiciados en los que el envoltorio es precioso pero lo importante, la comida, nada del otro mundo. Así que, si se quiere algo de interior, con decoración más o menos atractiva, se puede visitar, pero nada más. ¡Ah! y el aire acondicionado brillando por su ausencia.
Poco más a destacar en estos días de tortillas de camarón, gambitas y langostinos, choco frito, pescaítos varios y salmorejos. Espero, con esto, poder recordar dónde estuve y a dónde puedo volver. Y si a alguien más le sirve, pues mejor.
¡Ah! También estuvimos en una pizzería. Sí, en Sanlucar. Y no es mala. Da Francesco es su nombre.
Por último, sólo me queda decir que no hay ninguna fotografía pues intento no mezclar aficiones ya que, además, la grasa sale muy mal de las lentes de los objetivos.
Así termina este periodo agosteño en el que me traje la cana al sur para volver a disfrutar de lo que, por conocido, cada día es más atractivo. A partir de ahora, con el alma cargada de las más positivas energías, volveré a lo mío y a los míos... que también se les va echando de menos.
¡Fue un placer!

domingo, 8 de agosto de 2010

La Cana al Sur: Una tarde en las carreras

En vacaciones siempre amanece tarde. No importa lo que haya ocurrido el día anterior para que las sábanas se peguen al cuerpo, con la humedad salada propia del ambiente, impidiendo que nos separemos de ellas antes de que el sol haya conquistado el día y la mañana esté luminosamente avanzada. Seguro por eso, agradezco que las actividades de todo tipo sean vespertinas y dejen que me despeje durante la ya corta mañana sin más actividad que perder el rumbo por calles y callejas.

Y paseando, cargando con el sudor que ni el aire es capaz de arrebatarme, miro, escucho y huelo. Sí, huelo. Porque las calles de Sanlúcar huelen con identidad propia. Pero no esas calles del centro, plagadas de bares y terrazas en las que el ambiente está cargado permanentemente de aromas a fritura y lociones aftersun de paseantes. No. Son aquellas otras en las que rara vez me he cruzado con una cámara ni con cualquiera capaz de portarla. Son calles de bajas casas blancas, luminosas y limpias, en las que huele a ropas recién tendidas, a lejías sanadoras de cualquier mal de suciedad, a gitanillas recién regadas y a puchero. Sanlúcar, sobre todo, huele a puchero. Mezcolanza de aromas a garbanzo con rabo, alubias con oreja o berzas para compañía de cualquier otra cosa. Sorprende cómo en este lugar de costa, estoy seguro, los únicos que nos metemos cazones, acedías, chocos y frituras varias para pasar el día somos los que vemos esto como natural, con los ojos de quien sólo pasará unos días. Pero los sanluqueños, hartos ya de tanto tapeo, prefieren sentarse alrededor de la mesa y, tras una refrescante ensalada, meterse entre pecho y espalda la contundencia de una buena olla con las mejores excelencias de la tierra y de más allá.

Y así, oliendo los laureles y refritos que se prenden a las rejas de cada una de las ventanas por las que paso, se me van estas mañanas que para otros son de arena y playa.

Las tardes, tras obligada lectura que sana mente y recupera alma, más paseo, pero éste ya sólo dentro de lo acotado para habitantes de hoteles y apartamentos, mezcla de gustos y acentos en pieles enrojecidas por los soles de la mañana. Cada día igual en su diferencia. Cada tarde por las mismas calles y con las mismas gentes.
  
Pero hoy, sábado esperado, las cosas cambian. Llegan las famosas carreras de caballos de Sanlúcar. Ciento sesenta y cinco años haciendo correr a los purasangres por las compactadas arenas de una playa en bajamar. Y nosotros, como uno más, hemos querido participar del espectáculo y las hemos disfrutado desde su inicio hasta el final. Hoy, la siesta se ha acortado en favor de algo completamente nuevo para nosotros.

Ya en la playa, público expectante y niños, muchos niños, activos participantes de la fiesta. Porque los niños sanluqueños son parte activa del espectáculo, con su casetitas de apuestas repartidas por toda la playa para que otros niños jueguen a sentirse adultos, inviertan sus céntimos y observen el paso de los caballos con la atención que les requiere la posibilidad de multiplicar su capital.

        

-Cinco céntimos al tres- dice una pequeña de no más de seis años asomándose a la ventanilla de una caja de cartón reconvertida primorosamente en oficina de apuestas. Y del otro lado, otro chaval de casi su misma edad, rellena un boleto con los rasgos temblorosos de las primeras letras, como compromiso de pago en caso de acierto. Y los mayores miramos curiosos la actividad infantil.


Las arenas, como en sábado que es, están repletas de sombrillas, mesas y butacas. Familias enteras que se asomarán a la carrera como disculpa para disfrutar de una merienda digna de reyes. Olores a ajo de empanados y cebollas de tortillas. Nosotros, entre ellos, sin butaca ni tortilla, recorremos la playa en busca de la mejor ubicación. Nadie protesta. Nadie reclama la posesión de un lugar reservado con los vapores de una siesta de rechisol. Ellos saben que esto es lo que hemos venido a buscar y nos dejan. Y nosotros, habitantes de hotel y apartamento, nos mezclamos entre ellos como una parte más del decorado playero.

¡Atentos! ¡Que vienen! ¡Que vienen! ¡¡¡¡Ya están aquí!!!!....  ¡Se acabó!



Los briosos corceles pasan como una exhalación por delante de nuestras narices y, sin apenas tiempo de inmortalizarlos con la cámara, en menos tiempo de lo que se dice un ¡ay!, sólo somos capaces de ver cómo unas ancas poderosas se alejan en lontananza. ¡Se acabó la primera carrera!

Y así las demás. Pero queda el regusto de haber pasado la tarde entre los que se sienten como tú. De haber participado como elemento espectador. De poder decir yo estuve en las carreras de Sanlúcar.
Ya no huele a tortilla. Ahora todos nos recogemos y buscamos otros lugares con otros olores. Volvemos al carril del turista, al reconocible olor de frituras y otros cocimientos.

viernes, 6 de agosto de 2010

La Cana al Sur: Grecia en Sanlúcar por palos flamencos

¡Mira por dónde! He tenido que venirme hasta Sanlúcar para degustar lo que hace no mucho tiempo rechacé en Salamanca. Bueno, no. No es que lo rechazase, así por que sí, sino que allí las horas me duran menos, los tiempos son distintos y la actividad debe ser seleccionada de manera diferente.
Aquí, en la tierra del descanso, donde la luz se filtra por cualquier rincón, los tiempos se pueden alargar sin que pese en la conciencia. El reloj se ralentiza y nos dejamos llevar por la magia, embrujo de patio recién regado para refresco del alma.
Anoche, cuando el sol se acostaba entre las dunas de Doñana, nos fuimos hasta el Auditorio de la Merced, exhuberante horno de bóvedas de cañón que en su día fuese capilla del Palacio de Orleáns, abarrotado de gentes para gustar de la Medea de Manolo Sanlúcar. Dos horas de sensaciones paseándose por la piel para hacer del sudor gotas de rocío. Sones de marcha, de hondura, de zambra; lentos y allegros de lo más flamenco y lo más sinfónico salido de las prodigiosas manos de quien hace magia con seis cuerdas. ¡Digo!

Fué un espectáculo ver al maestro disfrutar de cada momento. Verle dirigir, sin querer, los pasos de la orquesta, charlar con su guitarra o con David, su compañero de instrumento, como si estuviesen en la intimidad de un patio cordobés o en una cueva del Sacromonte. Sentirle disfrutar entre su gente mientras disfrutábamos como si fuéramos su gente. Porque el concierto de anoche, la Medea de Sanlúcar, fué mucho más que música. Fué todo un pueblo entregado a su hijo predilecto. Fué el sentir de Sanlúcar entre las notas de Sanlúcar. Fueron muchas sensaciones y recuerdos, seguro, sudados por todos y cada uno de los que allí estábamos. Fué magnífico, aunque hubiese necesitado más orquesta, otros metales que no hubieran caminado a su aire. Más orquesta para envolver con más magia a esas dos guitarras que, solistas, llegaban a apagar todas sus voces. Eso sí, de una orquesta local, en la que lo que más había era cariño y admiración por el maestro, a la que se le puede perdonar el bollo por el coscarrón, que hizo que por momentos olvidara a los protagonistas para dejarme llevar por las notas de una percusión que me atrapó. Cinco músicos que desde el fondo del escenario consiguieron envolver mi cana, atrapar mi alma, y hacerme perder con sus ritmos poderosos. Fué, sin duda, lo mejor de la orquesta.

Al final, palmas. Minutos y minutos de palmas agradecidas fueron el colofón de la noche. Palmas paisanas para quien se sabía querido y admirado desde antes de salir del camerino. Palmas y más palmas para que el maestro supiera que estaban allí, todos y cada uno de ellos, individualmente, para, entre todos, traerse hasta el auditorio el Picacho y desde él mirar juntos hasta donde el horizonte dejase. Palmas para palabras emocionadas de agradecida sinceridad.
Anoche, ¡mira por dónde!, me llené de Sanlúcar y para ello tuve que venir desde Salamanca. Ahora agradezco haber dejado pasar la Medea de aquel día.

jueves, 5 de agosto de 2010

La Cana al Sur: Iglesias, iglesias... y un castillo

Sorprende al distraído paseante la cantidad de iglesias que pueblan Sanlúcar. Grandes, pequeñas, diocesanas, conventuales, amplias o reducidas, apenas queda calle del barrio alto, el más antiguo de la ciudad, que no tenga su iglesia o convento.
Las he paseado casi todas y todas las vistas me han gustado. Ninguna alcanza a cualquier de nuestras catedrales, siquiera a nuestras iglesias más domésticas, pero estamos hablando de una ciudad pequeña y, por supuesto, sin la secular tradición religiosa que tenemos en Salamanca.
Quizá por curiosa, llama la atención una pequeña iglesita, "La Capillita" la nombran, que no he sido capaz de encontrar en guías ni planos. Se halla en pleno centro y con su propia calle, pasada continuamente por turistas y locales y, sin embargo, completamente desconocida. Al menos en apariencia.

Las más destacadas, grandes naves de muros desconchados y lienzos de diversas facturas sobre ellos, se encuentran expuestas al sol perpetuo de estas tierras y recuerdan más a aquellas de mundos evangelizados allende la mar océana que a las que acostumbran a ver mis ojos en paseos casi diarios por Salamanca. Tardías todas ellas, muestran su propio barroco en altares y retablos a pesar de la escasa luz que las penetra. Naves espaciosas y ambiente húmedo, agobiante, es lo poco que nos dejan ver. Imágenes procesionales en casi todas nos hablan de que aquí, como allí, la Pasión se vive con intensidad, aunque sea solo por unos días. Vírgenes de palio, Cristos y Nazarenos rellenan hornacinas en todas y cada una de ellas. Diecinueve hermandades para poco más de sesenta y cinco mil habitantes constituyen la nómina local y se nota.

                    


      



La O, la Caridad, la Merced, Regina Coeli, la Trinidad, las Carmelitas, San Francisco, San Miguel, el Carmen, Santo Domingo, San Diego, San Miguel, la Madre de Dios,.... Iglesias, capillas y ermitas llenan las calles para gustoso recorrido de quien apenas tiene más que hacer en las mañanas sanluqueñas.



¡Ah! Y un castillo, el llamado "de Santiago", que domina desde la altura toda la desembocadura del Guadalquivir. Feo y reconstruido pero con una historia interesante.

¡Me mata la caló!

miércoles, 4 de agosto de 2010

La Cana al Sur: Gente en Sanlúcar

La verdad es que es una suerte, al menos para mí, no sentir la necesidad de acercarme cada mañana a saludar a las finas arenas que separan mar de tierra adentro. Prefiero pasearlas en las atardecidas, cuando se han retirado pobladores interinos y queda toda su anchura para disfrute de ojos deseosos de espacios infinitos. Así, salvando la obligación de tener que rendir culto a sombras y sombrillas, prefiero callejear, fundirme al recio sol entre encaladas paredes y pasear sin rumbo. Observar lo que se me viene y girarme para ver las espaldas de lo que se me va. Sentir calor y escuchar voces, mezclarme como si fuera uno de ellos aunque siempre con la sensación de ser mirado de reojo, de saberme extranjero. Sensación errónea aunque no pueda quitármela de encima.





Blancas calles de blancas casas al sol de un agosto que no hace sino comenzar cada mañana. Y placitas encantadoras, refrescantes islas cubiertas de sombras para descanso del que pasa. Gentes empleadas en su propio afán, sin mirar a su alrededor, haciendo que calles y casas sigan siendo blancas eternamente.



Gentes que van y vienen, parándose a cada paso para saludar a quienes, como ellos, van y vienen. Mañana de mercado. Y miro a la vendedora de higos, recién cortados de cualquier chumbera, afanándose en pelarlos para deleite de paisanos y echándose unas parrafadas con el abuelo cuando la clientela se ausenta en busca de otras ofertas.
¡Huevos y miel! ¡Huevos gordos a uno ochenta! vocea la anciana mujer intentando convencer a quienes pasan de que lo suyo es de lo mejor, frescos y gordos. Sobre todo gordos. Su voz suena cansada y nadie para a escucharla.
O camarones. Los más frescos y saltarines camarones recién sacados de entre las finas arenas de la desembocadura, o de la bahía que eso da igual, pero camarones al fin y al cabo, removidos para mostrar su viveza y dejados descansar al tiempo que la mujer, cansada de una noche de poco sueño y calores permanentes, deja vencer su cabeza hacia el pecho, cierra los ojos y olvida por un instante que está vendiendo camarones para irse tan lejos como el momento le deje mientras un niño mira.


Caracoles, frutas, verduras, pan y bollos, cestos y esteras, bragas y cremas,... todo se vende a las puertas del mercado. Un viejo mercado como los que uno imagina que son en estas tierras. Decadente pero cumpliendo su servicio. Público pidiendo producto, vendedores voceando precios, turistas de ojos asombrados y yo, atento a todo, queriendo, sin poder, engullirlo todo con mi cámara.


Mezcla de olores infinitos y colores exhuberantes. Gentes que van y vienen. ¡Choco, choco! ¡Choco fresco recién cortado! ¡A la fina gamba! ¡Coquinas, coquinas! Y las gentes van y vienen sin saber que estoy mirando. La mujer asienta su carro y el frutero mira a la cámara. ¡Me veo sorprendido!

Así, gasto la mañana dejando pasar las horas como si fueran minutos.



Y siempre, permanente entre las gentes, el mendigo. Hombre educado que ofrece pañuelos por una voluntad. Se me viene: -¿Una moneda para comer algo?-
Rebusco en el bolsillo y saco un par de monedas. De repente, sin más, el hombre mira mi cámara y exclama: -¡Una D70! Yo tenía una D60 pero hace unos días tres hombres me dieron una paliza y me la quitaron. Hacía fotos a la gente y me ganaba la vida. Bueno, adiós.-
-¡Adiós!-, le digo mientras me da la espalda para seguir con su tarea.
De repente se gira, vuelve a mirar la cámara y me pregunta: -¿De cuántos megapíxeles es?-
-De seis-, le digo, y veo una mueca de decepción en su rostro.
-¡¿Cómo?! ¡Si la mía tenía ocho y era una D60!-
-Es que esta es ya vieja, pero hace buenas fotos- le dije, no sé si como explicación o como disculpa, mientras él me daba la espalda poco convencido.