¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

martes, 16 de marzo de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca XIX: Calle Francisco de Vitoria

Silencio. Sólo silencio en la calle. Apenas algún trasnochador espera para ver pasar, en silencio, a mujeres enlutadas y hombres salidos del lienzo de Zurbarán. "Mantillinas" pasionales y capuchas monásticas en penitencia para trasladar al que murió horas antes. Yacente que duerme sobre dura almohada. Y la calle sola enseña sus muros, desnudos como el cuerpo tendido del Cristo que pasa. Cantos litúrgicos rompen la oscuridad alzándose junto al incienso que ilumina los sentidos. Notas de misericordia que se pierden en la solitud de vacíos balcones.
Contrasentido en el Lunes. El crucificado que fuera rezado por niños de la doctrina se pasea en silencio por la calle que bulle de fieles. Muchedumbre en murmullo sordo que se deja oir mientras muñen las esquilas convocando a silencio. Y el silencio se hace a su paso, sólo a su paso, en esta calle ignota. Los nazarenos ven la torre de la mole catedral y animan su alma, en silencio, sabiéndose cercanos al encuentro. Estación de penitencia para ofrecer su silencio. Y las gentes se aprestan a acompañar, en corto trecho, al Cristo y a la Madre hasta el mismo dintel de la portada, abriéndose en la boca de calle a la plaza nazarena.
Al paso del Cristo, en el silencio, resuenan aún potentes las palabras del monarca: ¡Que callen esos frailes!... queriendo acallar las del maestro Vitoria. Lecciones y relecciones para defensa de la igualdad de los hombres. Cátedra de leyes, Derecho de Indias, Derecho de Gentes, derechos humanos. Y allá al fondo, donde la calle se abre, una pequeña mujer con el cabello recogido por colorido paño, ojos rasgados y piel morena, reza en imperceptible susurro con un acento que suena allende la mar y recuerda, en silencio, a sus indiecitos que quedaron esperando su vuelta. Y se confunde, en silencio, entre las gentes.

2 comentarios:

Lucano dijo...

Pasillo que conduce a la Catedral, al ansiado encuentro. En la oración, también ellos, los protegidos del padre Vitoria, los hijos de Dios del otro lado del océano.

Félix dijo...

Y los cofrades azules pasan por ella como de puntillas, con las ansias de llegar a ese ecuador penitencial para hincar la rodilla en tierra y ofrecer su oración, que no es sino su compromiso.
Cordialmente,
Félix