¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

jueves, 18 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca III: Calle de Bordadores


Recorriendo de nuevo aquel suntuoso barrio monumental, que tanto nos había entusiasmado la mañana anterior, y al pasar por la calle de Bohordadores (llamada así porque en ella se hacían los bohordos para los caballerescos juegos de cañas, pero cuyo azulejo dice hoy malamente: "calle de Bordadores"), vimos una antigua casa, triste, bella, cerrada, en cuya primorosa fachada plateresca había un busto, con bonete y capa muy bordada y lujosa, el cual representaba, según pudimos leer, al severissimo Fonseca, patriarcha alejandrino.
- ¿Qué casa será esta? -nos preguntamos.
-Esa es la Casa de las Muertes... -respondió una huevera que pasaba por allí a la sazón. -No llamen ustedes, que ahí no vive nunca nadie.
- ¿Y por qué?
-Porque ahí hubo siete muertes... -replicó la mujer con acento lúgubre.
Nosotros nos miramos muy regocijados, y proseguimos el interrogatorio...
Pero la huevera no sabía más.
                              Pedro A. de Alarcón. "Dos días en Salamanca"

Bohordadores, sí, aunque el tiempo y un azulejo erróneo que perdura por tiempo y tiempo o la plácida comodidad de quienes la debían nombrar, la hayan convertido en aquella otra en la que, ¿por qué no?, pudieran haber vivido aquellos que se dedicaron a bordar con primorosa mano estandartes, banderas, galas y faldones. Doradas oraciones que en las penitentes procesiones lanzan sus brillos hasta alcanzar lo más elevado de la cúpula celeste.
Calle de Bordadores en la que se mezclan presente y pasado, cofradías jóvenes y antañonas, para que don Miguel, el rector eterno, se asome al mirador de su morada para verlas pasar mientras Gombau, el fotógrafo eterno, lo retrata a contraluz.
A veces, cansado de esperar en la ventana, baja hasta donde la calle se ensancha y permanece allí, majestuosamente estático, sobre el pedestal al que le elevó esta ciudad.
Así, bajo los balcones de la imponente Casa de las Muertes, cuya leyenda aún palpita en los oídos de salmantinos y visitantes, un público jaranero espera, quizá sin saberlo, al paso de un hombre muerto. Un hombre que yace en su tránsito a la gloriosa majestad. Y la luz de la luna ilumina el céreo cuerpo al tiempo que manda callar a los que esperan. Se hace el silencio y el nazareno pasa cadencioso moviendo rítmicamente su hachón, pendiente sólo de su propio interior removido por el tremular de las sombras y con el eco de la oración reciente retumbando aún en su alma.


Así, frente a las ventanas de la imponente Casa de las Muertes, cuya leyenda se pierde poco a poco sin remisión, el rector se difumina entremezclado con el pueblo llano para ver el discurrir del más bello barroco en imágenes mientras camina sin prisa hacia la siguiente estación, hacia el paseo de los viejos olmos, o de los jóvenes tilos, que, siempre alineados, darán escolta a Cristo y a los sayones, a la Madre y al amado discípulo, al Crucificado de los huérfanos que sonríe mientras duerme y al Divino Redentor rescatado de barbarie.
Y siempre en domingo, triunfal, con aromas de incienso tardío y clavel reventón, grandes y chicos celebran en ella la última etapa. El paso de un Resucitado que, en majestad, anuncia la llegada de la Pascua. ¡Ahora sí que se ha cumplido!
Calle de Bohordadores de oficio desconocido.
Calle de Bordadores que jamás bordaron.

4 comentarios:

sentimientos y locuras dijo...

Félixxxxx, que estamos en mi barrio....

Félix dijo...

En Semana Santa este es el barrio de todos. Aunque unos lo vivan más que otros.
Cordialmente,
Félix

Lucano dijo...

La última calle antes de divisar la casa, el último giro antes de enfilar la línea casi recta del regreso, el torreón y Don Miguel, la estrechez y la anchura, el bullicio y el silencio. Bordadores, Úrsulas y Vera Cruz, trilogía final. Pocas tan nazarenas como esta calle.

Félix dijo...

La del regreso, la del final, la penúltima calle recorrida por nazarenos con la alegría de la Pascua en sus rostros. La que nos despide cada año por el domingo más grande.
Cordiamente,
Félix