¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

martes, 16 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca I: Calle de La Compañía

Debes ser la primera. Tú, calle de la Compañía, cofrade por excelencia, que comienzas Inmaculada y terminas junto al Espíritu Santo, para revolverte sobre ti misma y caer de nuevo hacia tu principio, según que los nazarenos te tomen en ascenso o en bajada, pues toda tú eres cuesta. Que te abres, abajo o arriba, para que quienes te pisamos en penitencia templemos nuestra oración junto a San Isidoro, allá en la vieja Puerta del Sol, o a los pies de la Inmaculada que preside desde el interior marmóreo la plaza de las Agustinas.
Robo las palabras de don Miguel, expresión sublime del misterio: "Escenario secular, en piedra de oro, para el Drama de la Pasión y Acción de Nuestro Señor. Fondo de la historia que no pasa sino queda. Re-creación de generaciones de salmantinos".
Nazarena ya antes de tu bautismo, los primeros en recorrerte en procesión te llamaron de Santa Catalina, aunque, curiosamente, la tradición, no escrita en callejeros, te pusiera el nombre de Tentenecio durante muchos años, pesando sobre ti, seguramente, la misma leyenda que, atribuída al Santo patrón, ahora descansa en aquella otra, también cofrade, que sube a las catedrales desde la Puerta de Anibal.
De Santa Catalina o Tentenecio; de Tentenecio o Compañía, desde tus mismos orígenes fuíste compañera de la cristiana tradición, sufriendo de soledades y silencios. Soledad y Silencio... las únicas cofradías salmantinas que no llegan a pisar tus losas.
Calle de bandos y bandas, en la que sonaron aceros comuneros y resuenan fúnebres notas como si fueran únicas, como si saliesen de los instrumentos sólo para tus muros; aunque estos, generosos con quienes en ellos se resguardan, las dejen rebotar hasta sus oídos mientras admiran el pasar de imágenes y cofrades. Sonidos de viejo y destemplado violín que acompañan a estudiantes mientras se resguardan de fríos aires que llevan a votos y juramentos. Notas de silencio que acompañaron viejas sotanas de clérigos y becas de colegiales, tejas añosas y cofias almidonadas, mística y práctica, mientras la brisa, enfurecida a veces, envolvía a unos y otros con un hálito etéreo.



Calle de siempre, secular e intemporal, en la que el esfuerzo de recorrerte bien merece la recompensa de un beso o de una oración. Y allí, allí mismo, vemos cómo un borrico sobre el que el mismo Salvador se asienta en majestad, te recorre camino del Gólgota, entre infantil jarana, sabiéndose sentenciado a muerte. Un flagelo rompe sus carnes antes incluso de ser prendido. Flor de escarnio por "culos coloraos" y "bocas ratoneras", que desprecian, fieles a su destino, al mismo Dios antes de repartirse su túnica. La clámide al viento, frio y seco de la Compañía, mientras penitentes esperan con dolor su paso en la cruz. Su paso yacente.
Mientras, la Madre sufre callada, dolorosa de corazón atravesado, y espera, junto al pueblo, que el triunfo en un domingo soleado les redima. Piedad en compañía. En la Compañía. En ti, Compañía.

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