¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

martes, 18 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (9)


DÍA 9: BAJO DE GUÍA
Dicen de este resort vacacional -(¡coño! con el barbarismo)- llamado Costa Ballena que fue capricho personal del presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla -"Pepote"-, quien quiso dejar su firma para la posteridad haciendo de Andalucía la California del sur europeo, igual que hiciera Zaplana en Alicante con su Terra Mítica.

La sociedad pública Empresa Pública del Suelo de Andalucía se encargó de adquirir los terrenos. Cuatrocientas hectáreas que la Casa de Orleans-Borbón poseía en la denominada Punta de la Ballena, enclavada entre los municipios gaditanos de Rota y Chipiona. Allí, la mencionada sociedad, con la intermediación también de promotoras urbanísticas, construyó una completa ciudad de vacaciones en la que prima el diseño marinero, con edificios de apartamentos rodeados de grandes espacios verdes, primorosamente cuidados, con dos grandes lagos conectados por canales, en los que se asienta una pequeña población de aves acuáticas, y, todo ello, circundando a un primoroso campo de golf, que constituye el eje alrededor del cual se creó todo este entramado.

Seguramente este complejo turístico tiene sus detractores, como cualquier otra obra humana, pero creo que, a pesar de su inmensidad, no es agresivo en exceso con el entorno, está diseñado con criterio y sus habitantes lo disfrutan a pesar de la escasez de agua potable que padecen durante este verano motivada, también, por la imprevisión de las distintas autoridades.

Hoy hemos paseado, junto a unos amigos, por este enclave situado en un lugar privilegiado, a tiro de piedra de las marismas de Doñana, en el que las puestas de sol pasan por ser de las más espectaculares de la península. Doy fe.

Pero el paseo sólo sirvió como preámbulo a una noche de solaz en la cercana Sanlúcar. ¡Otra vez Sanlúcar! Allí, en su Bajo de Guía, intentamos, sin éxito, degustar las exquisiteces que ofrecen en Casa Bigote, restaurante en el que hasta las puntas de las servilletas está cargado de sabor marinero y en el que los mariscos y el pescado deleitan el paladar de todos sus comensales. ¡Ingenuos! Todas sus mesas estaban ocupadas con mucha más antelación de la que nosotros podíamos suponer, así que tuvimos que dejarlo para mejor ocasión. Bueno, al menos pudimos tomar unas cervecitas, unas Cruzcampo fresquitas, en su taberna, tan añeja como el restaurante y con sabor mucho más popular.

Tampoco era cuestión de preocuparse, pues todo el Bajo de Guía está orlado de otros pequeños restaurantes, tan marineros como el Bigotes y, estos sí, todos a nuestra disposición. Nos sentamos en uno de ellos, da igual el nombre, en el que los langostinos y las gambitas de la zona, las almejitas a la marinera y un rape sencillamente exquisito centraron nuestra atención durante largo rato.

¡Ah! y todo ello regado por una Manzanilla, en rama, por supuesto, que hacía más sublime cualquiera de los sabores. Nosotros, por nuestra parte, pusimos la conversación. Charla de amigos en la que el trabajo no constituyó el tema central y que disfrutamos animosamente entre plato y plato, haciendo de la velada un momento inolvidable. Porque es inolvidable estar con amigos, con exquisitos manjares y, de vez en cuando, poder perder la mirada hacia las dunas de Doñana con el río Guadalquivir como intermedio y la puesta de sol en un horizonte que casi se podía tocar con solo alargar las manos.

No hacía falta nada más, pero para poder asimilar todo lo ingerido por nuestros sentidos, todo lo gustado, lo visto, lo olido, qué mejor que un paseo al borde del mar, junto a esas arenas sobre las que escasas horas antes habían corrido briosos purasangres en alocada lucha contra el reloj. No sé si en busca del sol para recogerlo antes de su puesta o huyendo de él para no ser arrastrados a su escondrijo, pero siempre corriendo. Una terracita junto a esas arenas y un refresco que permitiera continuar la conversación que se distrajo entre platos. Tiempo relajado para seguir disfrutando con la brisa cambiante refrescando nuestra piel. Tiempo que corría veloz en las manecillas de nuestros relojes y que marcaba, de forma inexorable, el fin de esos momentos.

Una noche digna de este sur que nos acoge.

¿Se puede pedir más?

2 comentarios:

sentimientos y locuras dijo...

Ohuuuuuuuuuuuu!!! claro que se puede pedir mas... El año que viene llevame porfa...

Félix dijo...

Ya te tengo hecho el hueco en la maleta. Tendrás que compartirlo con mi cana, ¿te importa? Espero que no.
Cordialmente,
Félix