¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

sábado, 15 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (6)

DÍA 6: TRANQUILIDAD
¡Imposible!

Va ya por casi el sexto día que me propongo madrugar. Levantarme temprano para ir en busca de un amanecer que supongo idílico. Pero soy incapaz. Llegado el momento, las sábanas me agarran atenazándome para impedir que las abandone. Me quedo envuelto en el sopor de una mañana que adivino ya avanzada y disfruto de mi pereza cambiando, sin pensar, su condición pecaminosa por otra más cercana a la virtud que se le deben suponer a las jornadas de descanso.

Y es que, cuando lo que pretendo es descansar, olvidarme de casi todo y de casi todos mientras dejo que la inactividad atraviese mi piel inundándome por los adentros, me veo incapaz de cambiar los rumbos, a pesar de propuestas más o menos descabelladas. Porque siempre he pensado que hay momentos para todo.

Momentos para agotar piernas y mente con visitas y excursiones a lugares cargados de historia, monumentos, gentes y cosas. Momentos para patear caminos fundiéndose con la naturaleza más exhuberante en lugares recónditos a los que no alcanza la civilización que nos domina. Momentos para que la cultura impregne la cana de cada cuál aprendiendo y disfrutando. Momentos, en fin, para actividades de lo más diverso y difuso con las que cansar el cuerpo y llenar el alma.

Pero cuando vengo a este Sur que me priva de sentidos, lo único que busco es dejar que el tiempo pase sobre mí sin apenas rozarme.

Dejar que los días sean maravillosamente iguales unos a otros, maravillosamente monótonos. Saber que existen unos amaneceres espectaculares que disfrutaré desde la tibieza de una cama en la penumbra permanente. Pensar que hay esperándome pueblos que jamás perdieron su encanto (¡esos pueblos blancos!) pero que sólo visitaré fuera de temporada. Dejar de captar con la retina artificial de una cámara compacta viñedos y toros entre marismas donde se ve la mano de Dios. Abandonarme al dolce far niente y disfrutar de lecturas imposibles, de pensamientos jamás pensados y, sobre todo, de la compañía. De poder estar veinticuatro horas de cada día junto a mi familia, junto a mis chicas, aunque cortas distancias nos separen. Hacer de la familia núcleo sólido para que pueda aguantar los avatares del resto del año. Volar en libertad y dejar volar en libertad... vigilada. Dejar que la nada nos invada, conscientes de que eso ya es mucho.

Así, en este dulce paraíso en el que nadie exige y nada se impone, puedo saltar desde la lejana meseta, una vez resuelto el caso de la Muerte Dulce, hasta las no menos lejanas tierras de morería en la sierra granadina, para intentar descubrir todo lo que se esconde detrás de la Mano de Fátima. Acompañar a Hernando el nazareno y aprender de su propia mano. Ochocientas páginas para abandonarme a la aventura que me propone Ildefonso Falcones. Será éste el único esfuerzo que haga desde hoy hasta el fin de esta gloria.

Me conformaré con las puestas de sol, igual de excelsas.

4 comentarios:

beatriz dijo...

Siempre es bonito vivir mil vidas a través de las paginas de los libros. Es una magia que nada a podido superar; la tele, el cine, los videojuegos...Por cierto en esa meseta de la que saltas una vez al año se os echa de menos a tus chicas y a tí.
B

Félix dijo...

No, Beatriz, yo no vivo esas mil vidas porque nunca me atreví, pero disfruto escondiéndome tras los protagonistas, acompañándoles desde el anonimato, oculto entre las páginas, para disfrutar de sus andanzas.
Gracias por la añoranza, compartida como bien sabes. Ya llegará el día en que podamos volver a reunirnos en torno al hibisco, con la disculpa de una longaniza, y charlar hasta que la noche se nos eche encima sin que lleguemos a apreciarlo.
Cordialmente,
Félix

sentimientos y locuras dijo...

Y esta tarde de procesiónnnnnnnnnnn!

Lo vuestro es vicio, jejeje

Félix dijo...

Eso! De procesión, para no perder las mejores costumbres...
Cordialmente,
Félix