¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

viernes, 14 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (5)

DÍA 5: TETAS
Es esta playa de la Barrosa, una playa familiar como ya he dicho. Una inmensidad de ocho kilómetros de arenas blancas que te dejan los pies negros, con aguas cambiantes entre el azul mar y el turquesa que en nada deben sentir envidia de aquellas otras que rompen al otro lado de la mar océana y con días de sol que permiten tostar la piel de las gentes más variopintas venidas todas desde el norte. Siempre desde el norte. Más cercano o más lejano, pero siempre norte, que para eso estamos al sur y los que están al sur del sur aún no han descubierto, porque no les han dejado, que a estas playas no se viene en patera; que para eso es mejor disfrutar de las que bañan lo suyo, igual de bonitas y mucho menos peligrosas. Pero ellos no buscan la playa como meta; ellos sólo ven en estas playas el punto de partida de un engaño. ¡Pobres!

Familias, parejas, individuos, se bañan en este paraíso para sacarse de encima este calor, por momentos agobiante, que nos deja el Levante. Un Levante que insiste suave pero que no cesa, moviéndose continuamente hasta dejar agotadas a las dunas que nos bordean.

Soy poco amigo de arenas y aguas marinas, ya lo he dicho. Pero ello no es impedimento para que todos los días me acerque a saludarlas, a pisar su casi incandescente superficie y dejar que la sal alivie las heridas de mi alma. Que el agua salada siempre fue recomendable para úlceras y arañazos. De dentro y de fuera.

En estos cortos viajes a la orilla, me resulta inevitable observar lo que me rodea. Es inevitable mirar caras, cuerpos, formas y detalles. No dejo de ser un típico turista apostado sobre la toalla a la caza de la imagen que impresione mis retinas de forma llamativa. Bien, pues tras estos días de observación, después de recorrer con la mirada los casi ocho kilómetros que me abarcan, tras fijarme detenidamente en todo mi entorno, hay algo que me llama poderosamente la atención: ¡Apenas se ven pechos descubiertos!

Pechos femeninos, por supuesto. Tetas de las de toda la vida. Grandes o pequeñas. Tersas o fláccidas. Orientadas o desorientadas. Blancas o morenas. Estimulantes o inspiradoras de lástima. Lujuriantes o castas... Apenas si, en mis diferentes visitas, he alcanzado a ver media docena de femeninos pechos mostrándose al sol ansiosos de recibir sus rayos. Apenas media docena de pares, uno por mujer, luciéndose orgullosos sin más.

No sé si hasta aquí habrán llegado las recomendaciones del regidor capitalino. Esas órdenes de cubrir cuerpos desnudos por el bien del común. Esas objeciones hacia los que pretenden disfrutar del contacto de la arena en la integridad de sus cuerpos carentes de cualquier impedimento. No. No lo creo.

Es esta una playa familiar, como casi todas. Una playa en la que niños y mayores disfrutan del sol, de la arena, de los juegos, de las carreras, de la libertad. Quizá sea eso. Quizá la familiaridad conduzca hacia el recato. No. No lo creo.

No sé qué será, pero aquí todos tapamos nuestros cuerpos con la seguridad de que cada cual es libre de disfrutar su libertad. Sin reglas ni imposiciones. Todos hacen lo que quieren y en esa capacidad de optar respetan a los que deciden en contrario. Seguramente, si se impusiera como obligatorio el topless, más de una conciencia saltaría en el interior de su dueña retorciéndose contra la norma. Seguramente, si alguno de nuestros gobernantes se diera una vuelta por la playa de la Barrosa y mirara a su alrededor, como yo hago, caería en la cuenta de que gobernar no es imponer y de que el equilibrio social es establece por sí solo, sin necesidad de normas que le obliguen.

En esta playa no hay tetas... y nadie se queja.

4 comentarios:

Lucano dijo...

Con tetas o sin ellas, disfrutad de esa suerte de paraíso que tenéis en La Barrosa. Lo sugerente es mucho más seductor que lo evidente, y seguro que hay buenas sugerencias ;-)

Félix dijo...

Sí, Lucano, las sugerencias son suficientes y disfrutarlas entra en lo de cada cual. Hay veces que me distraen más los pajarillos que circulan entre las sombrillas en busca de algún resto de comida que cualquiera de las odaliscas que se pudieran pasear por delante de mis narices. La cosa es saber dónde está lo bueno.
Cordialmente,
Félix

sentimientos y locuras dijo...

Yo si hay tetas me apunto ehhhhhhhhhh!!!

Félix dijo...

Joseeee! ¡Que esto no es Perpiñán!
Cordialmente,
Félix