¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

martes, 18 de noviembre de 2008

Empanada

Harina, agua y poco más. Meter las manos y embadurnarse. Amasar poco a poco pero con energía para que todo ligue. Conseguir que todos los elementos formen sólo uno y, así, establecer un vínculo que fraguará y fermentará simplemente dejándolo reposar.
Pochar cebolla. Algo tan simple como esto. Templado el fuego y suave en su cocción. Como siempre, porque parece que siempre ha sido así. Porque hay personas con las que, sin el ardor arrebatador de una llamarada, se comparte un momento de conversación sin los excesos que nos exige la algarabía de la ciudad. Suavemente. ¡Ah!, con azúcar. Ese es quizá el secreto. La dulzura que encontramos en quienes saben compartirse con nosotros. Entre quienes se dan y nos dejan que nos demos, endulzando así, desde el primer momento, una jornada compartida. Ni la primera, ni la última. ¡Seguro!
Bonito en conserva. ¡Nunca supe cómo hacerlo! Pero cuando el envase es el correcto, cuando la lata contiene en su interior todo lo que necesitamos, ¿para qué trabajar de más? Ahí lo tenemos, a nuestra disposición en la estantería del alma. Es cierto. Hay quienes se preocupan de mantener en conserva, de conservar, lo que nosotros queremos para que el esfuerzo de mantenerlo sea insignificante. Para que no nos demos cuenta, siquiera, de que parte del relleno estaba ahí sin que tuviésemos que trabajar para conseguirlo. Bendición compartida en tarde de chimenea.


Extender, rellenar y al horno. Cocción que fusiona los ingredientes. A la llama invisible de un horno que, poco a poco, irá transformando el espíritu que nos une en ese algo más que buscamos en los otros. Esa unión cofrade aunque la conversación sea alrededor de temas intranscendentes. Vanalidad de una tarde de domingo al amor de la lumbre, paseando entre robles en otoñada y buscando una disculpa para volver.

Al tiempo, calladamente, robándole horas a lo nuestro, el sereno de la noche se encarga de limpiar la carne. De eliminar el exceso de sal para que caiga sobre la tierra y dé su fruto. Amistad en brasas alrededor de un puchero. Complicidad bullendo poco a poco, a fuego lento, con todo el cariño que permite el cansancio de unas agotadoras jornadas previas, junto a las llamas alimentadas por las charlas animadas sin más hilo conductor que el que el momento quiere poner.

Dulces casadiellas, de la España nunca conquistada, para endulzar mi cana, mi estómago y mi alma. Nuestras almas. Aromas de nuez también amasada. Dulce ambrosía que nos atrapa desde el momento en que asoma, obligándonos a olvidar la conversación y haciendo que se pierdan nuestros sentidos, buscando el arco iris con los ojos cerrados.

Trasiego de platos. Variedad de viandas. Mantel y amigos. Siempre lo dije, ¿hay algo mejor?
Sólo queda hacer que no sea flor de un día. Aprovechar cualquier disculpa para volver a amasar y rellenar la empanada, para guisar la carne, para freir los postres... Para disfrutar en la mejor de las compañías.

8 comentarios:

Lucano dijo...

Eso es un homenaje y lo demás tonterías, sí señor. Menos mal que te leo después de haberme dado otro, porque esta lectura en ayunas...

Félix dijo...

Sí señor, Lucano. Homenaje con torre y castillo, que fue en Monleón. Pero, lo mejor, la compañía. Sin duda.
Cordialmente,
Félix

beatriz dijo...

Hay momentos en los que sabes que estás bien. Te sorprendes al cerrar la puerta dices: ¡qué cansada estoy! ¡no puedo con mi alma!. Lo piensas y te das cuenta de que 2 minutos antes estabas bien: tranquila, entregada, sin dobleces, sin miedo, alegre...eso tiene que significar algo...la amistad que lo cura todo.
B

sentimientos y locuras dijo...

Gracias Félix por ligar también tus palabras. Sin espesantes ni añadidos. Naturalidad de fuego lento en la que prima la calidad del producto. En la que lo minimalista no existe. Solo lo natural y de verdad. Como todos vosotros. Gracias por compartir un día del que de verdad no se nos olvidara. Esperando el próximo.

Iacobus dijo...

Y seguro que regado con buen caldo.
Buena Comida, Buena bebida y Buena Compañia, el mejor de los placeres que solo unos pocos pueden apreciar y disfrutar. Que suerte tienen algunos.
Saludos.

Marisol dijo...

Esperaba yo una oda al codillo, y me encuentro con otros deleites, otros manjares....pero la buena compañia y conversación no cambió ¿no?

berrendita dijo...

Bueno, bueno, bueno.... veo que os habéis dado un homenaje por su sitio. Os lo merecéis, qué coño.

Besos. :)

Félix dijo...

No sé si la amistad lo cura todo, Beatriz, pues el cansancio ahí estaba. Quizá sea más como una tirita, que tapa la herida y nos deja seguir disfrutando.
No, Jose, sabes que casi ninguno de nosotros pasaría por minimalista (¡menudos tamaños!). Somos amantes de la tradición a fuego lento, como dices, y reposada con tertulia en los postres.
Gracias a los dos por dar lo que tenéis.

Placer, placer. Iacobus. Cierto que apreciándolo es algo extraordinario. Por eso siempre he abogado por hacer de esto, de la tertulia, rutina con amigos.

Marisol, la compañía era lo único que teníamos claro desde el principio. Bueno... y el codillo. Que para eso Jose se lo curra. Lo demás no dejó de ser improvisación de última hora, aunque tampoco desmereció. Sabes que tenéis un sitio en la mesa cuando queráis.

Llevábamos tiempo con gana, Berrendita, pero tuvimos que esperar al frío para poder hacer jornada de puchero; que si no, a ver cómo se pasa lo que nos comimos en una tarde de cuarenta grados. Fue un auténtico homenaje.
Cordialmente,
Félix