¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Mala tarde

Andrés sintió, de repente, un gran malestar. Un sudor frío le recorría la espalda, con gotas que rodaban dejando un rastro húmedo que enfriaba, aún más, su destemplado cuerpo. Pensó que le iba a dar un aciburrio allí mismo y no había nadie alrededor que pudiera socorrerle. ¡Quién le mandaría haberse comido aquél rescaño de pan yeldo y aquellas chichas revenidas! Y sobre todo, haberlo hecho a pleno rechisol, sin un miserable sombrero que cubriese su desnuda cabeza. Porque había olvidado su fiel sombrero de paja, ése que le había acompañado durante los últimos años, sobre el arcón lleno de achiperres de su ya lejana infancia. Y así, en la peor hora de la tarde, cuando ni las lagartijas se atreven a salir de sus huras, le había dado el ansión y cogiendo el zacho, se fué al huerto con la única compañía de un gran zocaño de pan y algo de probadura que había encontrado en la alacena de la cocina y que recogió pensando que eran recientes. Porque si no, nunca los hubiera cogido. Pues siempre había sido muy comique, y además estaba seguro de que eso era algo a lo que no podía poner remedio pues, ya desde gurrumino, siempre ponía pegas a las comidas que se hacían en casa y, aunque su madre intentaba empapuzarlo a base de papillas de castaña y sopas de aceite, no llegó jamás a conseguirlo. Y cuando había algo que no era de su agrado comenzaba a jimplar hasta que conseguía algo de embutido o cualquier cosa dulce, únicas pitanzas de su agrado; si eso no ocurría, agarraba una fuerte berraquina que le podía mantener ocupado durante horas. ¡Así, cómo iba a estojar! Ese era, con certeza, el motivo por el que siempre fué de menor talla que los otros dagales de su edad. Pero era, posiblemente por su pequeño tamaño, el que mejores vueltas pinetas daba de entre toda la chavalería del pueblo y el único que, cuando iban a robar los huevos de al corral del tío Serapio, jamás quedó entrizado entre los maderos de la cerca. También fue siempre el mejor pigorro en las eras de julio, manejando la pala y el cubo con pericia para recoger las boñigas de las mulas que movían el trillo, antes de que aquellas ensuciaran la parva. Ésa que una vez trillada, cuando sólo hubiera grano, llenaría carretas hasta que el cogüelmo asomase en increíbe equilibrio por encima de sus bordes, en las que sería llevado a los graneros. Y, después, al serano, en las tardes de labor cumplida, estaría junto a los viejos que recordarían otros momentos (lo mismo que hacía él en este momento) o criticarían a los ausentes, cosa harto frecuente. Pero él nunca hizo caso de comadreos pues nunca fue mezucón. Se aislaba en sus pensamientos y volvía a recordar las fiestas del patrón, con feriantes que ofertaban limonada y perronillas en sus casetas, con charlatanes y danzantes de paleos que entretenían al personal, a la salida de la misa mayor, mientras todos celebraban el fin de las labores.

El fuerte retortijón que removía sus entrañas seguía haciéndole sudar mientras se había tumbado sobre la tierra, a la sombra de esa higuera que conocía de toda su vida; la única sombra que había en todo el pequeño arapil en el que estaba el huerto. Desde su posición buscaba, pero no fue capaz de encontrar el sentajo que siempre estuvo allí, junto al botijo y el bieldo. Ya habían vuelto los muchachos a rondar por allí y seguro que se lo habían llevado a la guareña grande donde, desde siempre, se habían pescado las mejores sardas de la comarca. ¡Esos chavales, siempre ciscando!

De repente, comenzó a pintinear. Suaves gotas que se mezclaban con el helado sudor de su cuerpo. Ya en ese momento, él sabía que no iba a quedar ahí la cosa, pues las ovejas estaban todas apeguñadas en el aprisco y la experiencia le decía que eso era señal de aguas recias.
No tardaron mucho las nubes en soltar mantas de agua que caían sobre la tierra sin que ésta tuviese tiempo de engullirla en sus entrañas. El cielo descargó una estruendosa tormenta y, en un momento, todo quedó enchaguazado y él, a pesar de haberse cubierto con un robusto capote portugués (¡menudo faldumento!) estaba completamente engarañado por el frío que le dejaba la humedad y por los dolores que aún punzaban todas sus tripas sin que pudiese poner remedio. Así, en medio de un barrizal, tirado en el suelo y envuelto en el sucio capote que no dejaba ver casi nada de su cuerpo, parecía como si una banda de maleantes le hubiese tangueado inmisericordemente. Apenas podía moverse, pero su cabeza no hacía más que dar vueltas. Se le mezclaban los recuerdos de la infancia, como si su vida estuviese escapándosele del cuerpo, con la realidad del momento. Tenía que moverse. Debía incorporarse y poner a salvo los pimientos y los tomates que había recogido, no fueran a empocharse con la humedad de las aguas caídas. Tenía que conseguir llevarlas al chicorzo que servía de resguardo a los aperos, en el que había levantado un pequeño estaribel donde podría poner las hortalizas a resguardo de las aguas.
Como pudo, con un esfuerzo que para él pareció sobrehumano, consiguió incorporarse. Todavía sentía dolores por sus adentros, pero estos eran menores y ahora parecían soportables. Parecía que la cosa iba a menos, pero no olvidaba que hubo un momento en el que las punzadas eran tan intensas que llegó a creer que se le había estrumpido alguna tripa. Menudo engarrio hubiera sido si de verdad se le hubiera roto algo por dentro, sin nadie a quien acudir en busca de auxilio. Y así, con el poco espelde que le permitían los dolores, logró alcanzar la puerta del chamizo. Al intentar abrirla se dió cuenta de que estaba medio entoñada en la tierra y que no cedía a su impulso. Empujó una y otra vez, a pesar de estar casi desmayado por los dolores, hasta que la puerta cedió. Sólo consiguió que se abriese en parte, pues en ese momento quedó esguadramillada, fuera de sus goznes y completamente inválida para volver a ejercer su función. En cuanto se abrió, una bocanada de rancio aire salió del interior y se agarró a su olfato invadiéndolo con tanta vehemencia que se le vinieron a juntar con los retortijones unos fuertes vahídos que casi le llevan hasta el desmayo. -¡Menudo fato!, pensó-.
Nada más entrar, a tientas pues la tarde se había oscurecido como boca de lobo, agarró un cabo de vela y un chisquero que siempre estaban allí en previsión de estas situaciones. Prendió la mecha del codal y la luz que desprendía le dejó ver el interior. Las patas del estaribel sobre el que pensaba colocar las hortalizas habían cedido bajo el peso de todo lo que el tiempo había ido acumulando en su tablero. Tendría que hacer algún chaperón para que volviese a quedar medio asentado. Buscó y no encontró nada a lo que poder dar uso. Se tentó los bolsillos y comprobó algo que sabía de antemano: Sólo tenía una cheira de afilado borde. Sería ésta la herramienta que utilizaría.
Comenzó a trajinar con la navaja intentando aflojar uno de los tornillos de la pequeña tarima. Aquél, oxidado por el tiempo, no cedía a los movimientos de la navaja. Él insistía y el tornillo se obcecaba en no moverse. En un momento, sin apenas enterarse, la navaja había resbalado y, veloz, fué a encontrarse con la carne de su pierna. Atravesó el pantalón dejando marcada una profunda javetada de la que manaba la sangre profusamente. -¡Menuda jera me he preparado!- se dijo, mientras intentaba atajar la hemorragia haciendo presión con unos paños sucios que había cogido del suelo. Cada vez estaba peor. Dolorido por dentro, entumecido por el frío y, ahora, además, cubierto de sangrientos cuajarones. Pero no se iba a rilar. Él, charro lígrimo, jamás cedía ante las dificultades. Y esta vez no iba a ser menos.
Como pudo, abandonando todo y abandonándose a la inconsciencia que le hacía moverse sin sentir el dolor, consiguió salir al camino y esperar, con suerte, la llegada de algún viajero. No fue mucho lo que esperó. Un arriero con una pareja de mulas tordas acertó a pasar por allí y, al verlo hecho un verdadero ecce homo, se detuvo, se apiadó de Andrés cual buen samaritano, y se hizo cargo del moribundo izándolo sobre una de las mulas. La menos falsa.
En poco tiempo habían alcanzado las primeras casas del pueblo, entre las que estaba la de don Tomás. Era don Tomás el médico que había atendido a todos en el pueblo desde que se podía recordar. Partos y torceduras, panadizos y catarros, incluso mal de ojo y otros encantamientos. No había enfermedad que el bueno de don Tomás no acertase a diagnosticar y poner remedio. Y, en casos como éste, su intervención siempre era acertada. Limpió al herido, calmo sus dolores y cerró la grieta del muslo. -¡Vete a casa y descansa! Que ya no eres un niño y cada día estás más rorro- le dijo mientras una amable sonrisa asomaba a su cara.
Andrés, recostado en su cama, entre las limpias sábanas blanqueadas al oreo entre las zarzas de junto al regato, le contaba a don Alberto, el maestro zamorano recién llegado al pueblo, cómo había visto pasar su vida por delante de los ojos. Y lo hacía, inconscientemente por supuesto, con sus propias palabras. Con ese lenguaje que había utilizado toda su vida y que habían utilizado los suyos en todas sus vidas, sin caer en la cuenta de que Alberto, el joven maestro de escuela, venía de otras tierras en las que otras palabras eran las que contenían los significados de las cosas.
Y así, poco a poco, iba narrándole su peripecia. Cada vez más en un duermevela que, en el silencio de la alcoba, abrió su alma a la profundidad de los sueños que sólo dejaban ver, en su rostro, la placidez de tener mitigados sus dolores.

12 comentarios:

Marisol dijo...

Me ha encantado....pero mucho...y las has utilizado todas???
No sabía yo que algunas eran salmantinas... cuando las usé aquí, me pondrán caras raras....y les remitiré a tu blog...para que sepan qué son...

Félix dijo...

Casi todas, Marisol. Intenté usarlas todas, pero es que para algunas ya había que rizar demasiado el rizo. No obstante, ya lo dices tú en tu otro comentario. Los entremozos se comen, el verrón se echa por la boca, las cascarrias son las cagarrutas de las ovejas (esas que se apeguñan en el aprisco), garrapo y gurriato son los jóvenes marranos y el ventioseno es el manto de luto que, en desuso desde hace tiempo, lucen las cofrades del Cristo de la Liberación en su procesión de madrugada del Sábado.
Y ahora sí que están todas. Bueno, todas no, porque hay muchas más, pero intenté reflejar sólo las que a mí más me gustan. Incluso algunas las empleo.
Ah! Y de usarlas en Santander, por supuesto, que seguro que se te quedará la cara a cuadros más de una vez cuando escuches las suyas.
Cordialmente,
Félix

Conchero dijo...

Creo que ya me hago una idea de lo que signifcan. Gracias por el esfuerzo. Creo que me sigue gustando más la Real Academia de la Lengua que la antropología.

Un abrazo y nuevamente gracias.

Félix dijo...

De nada, Conchero. Ha sido un placer.
Cordialmente,
Félix

Lucano dijo...

El médico, al día siguiente, que era martes, como era costumbre de ambos, acudió a media tarde a la escuela del pueblo para recoger al señor maestro y marchar de paseo hasta la ermita del Cristo, donde tiene la cortina don Félix, el que viene de vez en cuando desde la capital a ver los bichos de la comarca. Esa tarde, claro está, pasaron a visitar al señor Andrés, que ya se iba entonando después de "mancarse", como decía don Alberto. Nada que ver, recordaba don Tomás, con el añusgamiento de la señora Marisol, que hubo que empontarla en el coche de línea para Salamanca. De todos modos, don Andrés seguiría soñándose con aquella mala tarde.

Félix dijo...

Pues eso, Lucano. Que el tío Félix (porque aunque viva en la capital siempre será el "tío Félix") aparece como nuevo personaje y espera poder pasear con el médico y el maestro (sólo faltan el cura y el boticario) alguna vez para llegarse hasta la ermita del Cristo y aprovechar esos paseos.
Cordialmente,
Félix

berrendita dijo...

Leyéndote, Félix, me doy cuenta de que las fronteras sólo las ponemos los hombres. Por eso existe Salamora. Y yo, que tengo mis raíces entoñadas en esa patria, me quedo con el lenguaje a lo llano, que es la academia más real, porque la dicta el pueblo.

Besos. Admirable ejercicio el tuyo. :)

Félix dijo...

Desde siempre, Berrendita, hemos compartido mucho más de lo que imaginábamos, pero por la costumbre, en el día a día, no lo apreciamos.
Seguramente, lo mejor sea no echar raices, al menos no fuertes, y, como las orquídeas, alimentándose de su planta nutricia, absorber todo lo que podamos del lugar en el que nos toque vivir.
Cordialmente,
Félix

sentimientos y locuras dijo...

Félix, que decir, embobado, alucinado me he quedado al leerte. Es impresionante el arte que tienes para construir esta narración. Tienes arte porque el que no sepa el significado de las palabras las va a coger al vuelo. Y lo segundo por esa facilidad con la que escribes.
Muchas gracias por hacer fácil lo difícil. Yo que soy más bien burrito te admiro. Bueno ya esta bien de cera. Vete preparando la cheira para que se nos quite en ansion de cocinar a la lumbre.

Félix dijo...

¡Eso! ¡Ya está bién de cera!
Nunca te menosprecies porque desconoces hasta qué punto te pueden llegar a admirar los demás.
Tengo una faca cabritera a la que estoy apurando el filo. Sólo falta poderla usar.
Cordialmente,
Félix

Anónimo dijo...

No es que sea uno viejo ¡que va!, lo que pasa es que tiene uno el alma "esbalugada", y más de un "esgarrón" en la "andorga"... "Amos" que han pasado muchos años "ende" que yo sentia "parlar" a la "Tía Chivina" o al "Tío Santiago el Guagua", o a la mísmisima "Tía Cananea" de "palique" con el "Tío Ribero" que se sentaba junto a la puerta de casa allá en mis infantiles veranos de mi Alberca del alma.
"Me se regüelven los entresijos tos" de ver que sigue vivo el léxico de mis mayores y que los que se han quedado "escarrapichaos en loalto" el muro, han sido mis jóvenes años mozos.
Gracias por alegrarme la tarde y... ¡Con Dios!
Riberín Chico. Patraix

Félix dijo...

Amigo Riberín (imagino que familiar descendiente del tío Ribero), tú sí que me alegras enseñándome lo que mi cana desconoce. Qué más quisiera yo, pobre hombre de ciudad, que llegar a dominar la lengua de mi padre; saber que esos serranos, de este o del otro lado, tenían una profunda cultura que se pierde si no se pone remedio; enorgullecerme de lo que otros consideran bajuno. Gracias por entrar y enseñarme más de lo que hubiera pretendido.
Bienvenido y, por supuesto, vuelve cuando quieras.
Cordialmente,
Félix