¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

martes, 27 de octubre de 2009

Un paseo con amigos

Hacía tiempo que tenía pendiente un paseo por calles y callejas. Un recorrido entre dorados muros en la mejor de las compañías. Un repaso a la historia vivida desde dentro, inmerso en la luz diáfana de los siglos, junto a quienes, como yo, se enorgullecen de ver cómo esta Salamanca que nos enamora tiene tanto que contar y que contarnos como para dejar volar la cana hacia atrás y dejarse llevar por una realidad que sólo puede ser imaginada.
Pues, ¿por qué no ahora? ¿Por qué no aprovechar esta tarde en la que la lluvia nos muestra que el otoño ha entrado de repente? Y decido buscar a mis amigos. Aquellos con los que tenía comprometido este paseo, para dejar que nuestros pasos nos lleven hacia donde quieran.


En la caída de la tarde, con el sol oculto por negros nubarrones y dispuesto a esconderse tras los tesos que guardan El Zurguén, el Vizconde del Castañar, don Fernando de Zúñiga, quien aún no ha vuelto a actuar en su papel de investigador desde que en 1683, va ya para seis años, se viese involucrado en extrañas muertes relacionadas con ese nuevo juego de naipes que se ha dado en llamar "mus"Pelayo, su más fiel acompañante, un papón leonés cuyo nombre no viene al caso y un servidor, admirador declarado de todos ellos, coincidimos en el Corrillo de la Yerba, en terreno de nadie. No sé si nos buscábamos o la casualidad ha querido que sea hoy, este día del mes de octubre del año de Nuestro Señor de 1689, cuando hemos alcanzado a reunirnos y, con ello, aprovechar para hacer uno de esos recorridos por esta ciudad que de seguro a todos nos deleitan y que, como dije más arriba, estaba pendiente desde hacía tiempo.

Esta húmeda tarde, tras las intensas lluvias de la mañana, acumula en su aire infinidad de olores que, entremezclados, nos llegan desde la cercana plaza de San Martín. Los comerciantes comienzan a recoger su mercancía antes de que la noche se eche encima. Los deliciosos aromas de la tierra recién mojada se entremezclan con los menos agradables de los pescados, verduras, curtidos y carnes que resistieron toda la jornada sobre los entablados en los que se exponían para su venta. Las gentes comienzan a recogerse y nosotros, el grupo de paseantes, dudamos si enfilar la Rúa de los Francos o la calle de Sordolodo, pues es nuestra intención visitar los edificios, aún inconclusos, del Colegio del Espíritu Santo y de la nueva Catedral, que, afortunadamente, se alza junto a aquella vieja Fortis Salmantina que vio durante siglos lo que nosotros ahora sólo podemos conocer por los libros. Como en sus cercanías se halla también la vivienda de nuestro doctor Zúñiga, finalmente, optamos por dejar la visita a la Catedral para la parte última de nuestro recorrido y, así, dejar al vizconde en casa; propuesta que parte de él mismo, argumentando un cansancio debido a la edad, falso a todas luces.

No hemos hecho sino comenzar el camino y caemos en la cuenta de que casi se nos acaba la calle de Sordolodo, pues la conversación es amena y todos los santos se nos van al cielo sin apenas caer en la cuenta. Aun así, mientras pasamos junto a la Iglesia de San Benito, entrevista por el angosto callejón de las Velas, nos detenemos para recordar a los Manzano, de este bando, y a los Enríquez, del de Santo Tomé. Imaginamos la justiciera venganza de doña María, la brava madre de estos últimos y vemos, en el recuerdo, cabezas cortadas sobre tumbas vengadas. Casi sin ruptura, hablamos también de  los Maldonados y su lucha por las comunidades, de la curiosidad de su escudo, plagado de francesas flores de lis, de idas y venidas, y de afrentas. Sobre todo de afrentas... y nos topamos, al acabársenos la calle, con el imponente edificio con el que Felipe III y, sobre todo, su esposa Margarita, quisieron, al tiempo que competir con las obras de la Nueva Catedral, agasajar a la Compañía de Jesús. El impresionante Real Colegio del Espíritu Santo.

-¿Sabían ustedes que allá por el primer cuarto del pasado siglo dieciséis anduvo por Salamanca el fundador de la Orden?- Pregunta de improviso uno de nosotros al resto como si lanzase su pregunta al viento.

-¿Conocían vuestras mercedes que sufrió prisión en la mismísima catedral; en la Fortis Salmantina?- Continúa con sus cuestiones.
-¡Por supuesto!- contestamos el resto al unísono. Y comenzamos a rememorar, entre todos, cómo el mismísimo San Ignacio, el de Loyola, padeció presidio durante veintidós días en esta ciudad. La cosa es que, resumida porque se nos echa la noche encima, el santo, en su visita a Salamanca, predicaba cosas de Dios a pesar de carecer de estudios que le avalasen. «Hablamos, dice Ignacio, quándo de una virtud, quándo de otra, y esto alabando; quándo de un vicio, quándo de otro, y reprehendiendo».

Esta forma de actuar, una vez se corrió entre las gentes, ocasionó gran disgusto entre los predicadores frailes del Convento de San Esteban. Así, tras citarlo en las dependencias del convento, intentaron reconducirle en su actitud, y viendo que esto era imposible, le dejaron encerrado durante tres días.
«Al cabo de los 3 días vino un notario y llevóles a la cárcel. Y no los pusieron con los malhechores en bajo, mas en un aposento alto, adonde, por ser cosa vieja y deshabitada, había mucha suciedad.
...
Y algunos días después fue llamado delante de cuatro jueces y aquí le preguntaron muchas cosas, no sólo de los Ejercicios, mas de teología, verbi gratia, de la Trinidad y del Sacramento, cómo entendía estos artículos. Y él hizo su prefación primero. Y todavía, mandado por los jueces, dijo de tal manera, que no tuvieron qué reprehendelle. 
Entre muchos que venían hablalle a la cárcel vino una vez D. Francisco de Mendoza, que agora se dice cardenal de Burgos. Preguntándole familiarmente cómo se hallaba en la prisión y si le pesaba de estar preso, le respondió: «yo responderé lo que respondí hoy a una señora, que decía palabras de compasión por verme preso». Yo le dije: «en esto mostráis que no deseáis de estar presa por amor de Dios. ¿pues tanto mal os paresce que es la prisión? pues yo os digo que no hay tantos grillos ni cadenas en Salamanca, que yo no deseo más por amor de Dios».
...
A los 22 días que estaban presos les llamaron a oír la sentencia, la cual era que no se hallaba ningún error ni en vida ni en doctrina; y que así podrían hacer como antes hacían, enseñando la doctrina y hablando de cosas de Dios, con tanto que nunca difiniesen: esto es pecado mortal, o esto es pecado venial, si no fuese pasados 4 años, que huviesen más estudiado».

Admirable comportamiento el del Santo, curiosos los hechos y un correctivo para los de Santo Domingo. Desde entonces, jesuitas y dominicos recorren caminos en los que procuran evitar los cruces.

Pero... tan absortos estamos en la charla que apenas caemos en la cuenta de que la noche se ha echado sobre nosotros.

-¡Qué poco dura lo bueno!- digo a los demás mientras intento adivinar sus caras medio ocultas por los embozos de sus capas y medio desfiguradas por las sombras de la noche.
-¡Andemos vivos que a estas horas lo único que queda en las calles es la ronda de la Santa Hermandad!- nos dice el vizconde. -Es hora de que cada cual acuda presto a su casa.- remata Zúñiga.
-¡Mangas verdes!- exclamo, mientras hacemos votos para reunirnos mañana, o pasado mañana a más tardar y completar un paseo que no ha hecho sino comenzar.
-Será mañana, aquí mesmo y al comienzo de la tarde.- propone el leonés, mientras Pelayo asiente en silencio cómplice.
-¡Así será!- responde Zúñiga con cierto apremio, pues está deseando volver a su sala y admirar, a través de su ventana, esa nueva Catedral que será el objeto de nuestra visita del día siguiente.
-¡Quedad con Dios!- digo, mientras comienzo mi retirada. -Esperad, que voy con vos- dice Carlos, el de León, mientras comienza a seguir mis pasos intentando darme alcance.
-¡Que sea hasta mañana!- resuenan cuatro voces en el silencio de la Puerta del Sol, vacía y oscura, al tiempo que se oyen a lo lejos los pasos de los de la ronda y la llama de una vela se aleja discretamente tras una de las ventanas de la casa de los Maldonado, esa que llaman "de las Conchas".

6 comentarios:

Lucano dijo...

Nada como recorrer Salamanca en buena compañía, y echar las horas en pasos y palabras. Da recuerdos a esos amigos.

Félix dijo...

Ya sabes, Lucano, que, andando o a la vera de un café, nunca digo que no a echar horas en palabras junto a los amigos, que siempre son la mejor de las compañías.
Cordialmente,
Félix

beatriz dijo...

Si supieran que iban a poner unas corbatas rosas en las conchas de la Casa de los Maldonado...pobrecitos que susto se llevarían al ver cómo ha cambiado todo, eh?

Félix dijo...

Yo sí lo sabía, Beatriz. Es más, estuve tentado de poner una foto de ese acontecimiento (con maniquí incluído), pero me pasó lo mismo que a tí: pensé en el susto que se llevarían Zúñiga y Pelayo y opté por algo más discreto. Algún día les contaré cosas de estos tiempos.
Cordialmente,
Félix

sentimientos y locuras dijo...

ayyyyyyyyy mi Salamanca.... pero me espera mi Sevillaaaaaaa!!!

Félix dijo...

Ya me olía a mi tu comentario a azahar....
¡Qué poquito os queda!
Cordialmente,
Félix