¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

sábado, 23 de enero de 2010

La infusión

Los excesos a estas edades se pagan. Y yo hoy estoy pagando los de ayer intentando animar al cuerpo con el aroma de una infusión que, al tiempo, asiente el alma sobre la que crece mi cana.

Y, por asociación de ideas, cosas de la mnemotécnica, he comenzado a pensar en algo a lo que, a pesar de llevar ya un tiempo que parece excesivo, no había concedido importancia hasta este momento: "¡La fusión de las Cajas!"
Se habla, seguro que no habrá quien no lo sepa, de la unión (unos dicen que fusión, otros que absorción y la mayoría que confusión) de las dos cajas de ahorro más fuertes de la zona oeste de la región. Hablo de las últimamente llamadas "Caja España" y "Caja Duero", resultado ambas de otras fusiones o absorciones anteriores.
No es que yo tenga ningún interés en parte concreta de este proceso, pues lo único que me ata a una de ellas es una esquilmada cuenta de ahorro por la que me sangran cada seis meses un mantenimiento que no hacen, pues ya me encargo yo a diario de mantenérmela a través de mi linea ADSL. Y con la otra de ellas, ni eso.
No me considero "propietario" por el hecho de ser impositor, ni creo verme representado por quienes, gracias a este colectivo, se encargan de decidir sus propios intereses en la Asamblea General de cada una de ellas.
Creo que ese espíritu romántico de las cajas de ahorros, ese que se contraponía a la voracidad de la banca, hace años, muchos años, que desapareció sin apenas dejar huella. Bueno, algo sí queda en lo que se continúa denominando "Obra Social" que, de lo que fue, ha pasado a ser simplemente una promotora de actividades más o menos variopintas, desde la construcción hasta las artes más diversas, pero cumpliendo estrictamente la imposición legal. Ni un duro más.

Aun no siendo de esta tierra, me siento (creo que alguna vez lo he dicho) charro lígrimo, como los de por aquí, y no creo que haya quien pueda desmentir mi amor por esta tierra, por esta ciudad, por sus piedras y sus leyendas, por su historia y su presente. Y viéndome salmantino, no entiendo los argumentos, pueriles por no decir analfabetos, de muchos de los que salen con su protesta a la calle para decir que Caja Duero, la caja de Salamanca, no se puede ir de aquí. Porque, por lo que aprecio, lo único que pretenden quienes esto protestan es que... ¿¿?? La verdad es que no sé siquiera qué es lo que quieren. ¿Quieren que Caja Duero siga ocupando su sede de la plaza de los Bandos? ¿Quieren que no se lleven sus ahorros? ¿Quieren que siga manteniendo su denominación? ¿¡Qué quieren!? ¡Sólo que Caja Duero se quede!
¡Ah! Pues eso es lo mismo que pido yo sin salir a la calle. Porque creo que no hace falta salir para esto. Porque la Caja de Salamanca no se marcha. Seguirá aquí, dando el mismo servicio que ha venido dando hasta ahora a todos sus clientes. Lo único que ocurrirá con esta fusión será el reparto de los grandes despachos, de las salas de poder, de los servicios centrales. Pero, en estos días que vivimos, en los que soy capaz de estar al tanto, minuto a minuto, de lo que hace mi hija en su periplo danés, lo menos importante es dónde viva el presidente o dónde se reúna la asamblea general. Lo que sí me importa es que, con la fusión, mejore el servicio a los clientes; que la entidad resultante sea competitiva y pueda ofrecer lo que ahora no puede; que su obra social (si es que esto existe aún) se preocupe de atender las necesidades de los salmantinos que así lo requieran, sin tener en cuenta si las ayudas vienen desde el Palacio de Botines o del de Garci-Grande, que lo importante es que la ayuda llegue a su destino.

Por eso, mientras saboreo esta infusión con sabor a ruibarbo, que aún sigue humeando entre mis manos, doy vueltas a estas ideas que, a la vista está, son tan pobres como las de aquellos impositores locales a los que critiqué en las primeras líneas de esto que ahora estoy a punto de rematar.
Porque, al final, yo, como ellos, lo que añoro es aquella "Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca" en la que los clientes eran verdaderos impositores, fueran con bombín, cuello duro y bastón o con gorrilla, pantalón de pana y alpargatas. Aquella en la que te atendía solícito un empleado con bigote, gafas caídas, manguitos y visera, haciéndote sentir importante. Pero eso, hoy día, sería poco competitivo. ¿No?

3 comentarios:

sentimientos y locuras dijo...

A mi la verdad me da igual, ahora entiendo que si la obra social se queda aquí mas barrera para casa, aunque es una paja mental. La pena es que muchos de los del consejo les da verdaderamente igual el resultado. Lo importante son las dietas y tener a bien su estatus.

Lucano dijo...

Las cajas, o como algunos políticos acceden a despachos en los que aún manejan más dinero, sin una especial capacitación. Hablan de fusionarse, pero si se esfumaran...

Félix dijo...

La obra social o lo que sea, Jose. Lo importante es que la nueva caja tenga en Salamanca más presencia y peso del que tiene ahora Caja Duero, que últimamente tiene cada vez menos interés por esta provincia.

Esfumarse no sé, Lucano, pero integrarse como bancos que son en esa estructura económica legal y dejar a los políticos con un palmo de narices al no poder jugar con un dinero que no es suyo, no estaría nada mal.
Cordialmente,
Félix