¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Elecciones: la vuelta final


No sé si en estas elecciones en las que está inmersa la Universidad de Salamanca existe una "jornada de reflexión", pero, si no existiera, debería existir.
Deberíamos tener una jornada, sobre todo ahora, en esta segunda oportunidad, para meditar lo que hicimos y lo que vamos a volver a hacer.
Los estudiantes tendrían que tomar conciencia de su importancia; de que no sólo están de paso por unas aulas en las que recibirán mejores o peores lecciones, consejos o formación. Se saben partícipes pero desprecian la oportunidad con disculpas manidas, repetidas y, posiblemente, falsas. ¿Nunca oyeron lo de que "un grano no hace granero"? Pues su grano es importante y, sin embargo, se abandonan en manos de aquellos pocos que se acercan hasta las urnas para depositar su voto. Un voto que les corresponde igual que a mí me corresponde el mío. Un momento que es personal e intransferible, a pesar de ponderaciones mal interpretadas.
Seguramente, el próximo martes, me vendrá a esta cana que todo lo retiene y lo olvida a su conveniencia, ese "paseo del Rector" que hace años, quizá muchos años ya, tenía lugar por las calles salmantinas cuando el recién elegido Rector del Estudio caminaba por las principales calles de la ciudad rodeado de una masa enfervorecida de alumnos que le vitoreaban y ensalzaban en su camino. Cierto es que, al final, había convite y los estudiantes aprovechaban para comer, beber y celebrar. Cierto es también que, como ocurre tantas veces, los desmanes sin medida por parte de los exaltados estudiantes y el celo del resto de ciudadanos, llevaron muchas veces a finales en los que los desórdenes, las peleas e incluso alguna que otra muerte obligaron a las instituciones ciudadanas a intervenir para solicitar del Claustro universitario la suspensión del famoso "paseo". Porque "botellón", con este u otro nombre, se ha hecho siempre (en distintos grados, bien es cierto) y las fiestas estudiantiles han sido, son y seguirán siendo momentos que perdurarán indelebles en los recuerdos de todos los que hemos pasado por las aulas del Alma Mater. Pero, volviendo al "paseo", estoy seguro de que el martes, tras conocerse los resultados de las votaciones, no serán precisamente los alumnos en tropel quienes acompañen al Rector electo, sino sus amigos y compañeros correligionarios entre los que habrá, eso sí, algún alumno inmerso. Y lo siento, porque los alumnos se saben parte imprescindible aunque prefieran otras actividades menos académicas.

Por otro lado, -que no opuesto- los docentes, así, sin distingos de clase, al igual que el personal administrativo, somos conscientes de la importancia del proceso. Sabemos que del derecho que ejercemos depende el futuro inmediato de la institución. Sabemos que, a pesar de ponderaciones, nuestro voto va al mismo granero que el voto de cada uno los estudiantes.
Estamos seguros de que participar es necesario y estoy convencido de que hemos reflexionado suficientemente. Reflexión en la que el peso de amistades, presiones, filias o fobias, hacen que el interés general pierda el peso que se merece en favor de estos intereses particulares que nos maniatan. Guerra de guerrillas. Clanes y familias. Grados y categorías. Todos estamos inmersos en algún grupo que puede velar (por lo poner un velo) la objetividad de nuestro voto.
Deberíamos intentar abstraernos de todo esto, estudiar conscientemente propuestas y objetivos de los programas electorales de cada candidato, evaluarlos, sopesarlos, estudiar su viabilidad y al final, con todo ello en mente, ir a votar. Propuestas realistas frente a fantasías irrealizables; ladrillos en lugar de humo; miradas al futuro o retorno al pasado... todo está en los programas.
¡Ah! y, sobre todo, limpieza. Una limpieza que se nos debe suponer y que en algunos casos, muchos diría yo tratándose de universitarios, ha brillado por su ausencia. Ataques sin sentido, trapos sucios, infamias y bulos no deberían tener cabida en este proceso.

Yo he intentado reflexionar. De verdad. He leído los programas y he asistido a actos con los candidatos. He escuchado propuestas de futuro y de pasado. He meditado y he decidido. Sé a quién votaré porque es el que presenta propuestas más realistas, pragmáticas y viables (al menos para mí).
Quisiera que todos lo tuviéramos claro. Ahora que el resultado es definitivo, olvidar votos de castigo y de defensa de falsos intereses; dejar a un lado el pasado (este pasado inmediato con el que se juega inconscientemente y sin criterio o es utilizado de forma espuria) y volver la cara al futuro desde este presente del que aquél depende. Un futuro que, como siempre, se prevé duro y difícil. Economía débil, planes de estudio recién nacidos (quizá prematuros, pero viables como si de parto a término se tratase), plantillas insuficientes (o eso e lo que se cree)...

Miremos al futuro sin perder la perspectiva de la realidad y elijamos a quien creamos que será el mejor para estos próximos años.
Yo sé a quién voté y sé a quién votaré. Tras releer propuestas y promesas... ¡Está decidido!

lunes, 23 de noviembre de 2009

Elecciones



Hoy, después de cuatro semanas de intensa campaña electoral, los miembros de la comunidad universitaria podremos decidir quién será aquél que rija los destinos del Alma Mater durante los próximos... ¿cuatro años? (no me atrevo a afirmar el periodo pues visto lo visto y sabiendo que, como humanos, somos los mejores en enganchar nuestro pie siempre bajo la misma piedra...).
Hoy será un día en el que muchos nos acercaremos al "centro" y coincidiremos con otros que, como nosotros, se acercan para coincidir. Sí. Es la oportunidad de ver a quienes no ves en largos periodos (aunque parezca mentira, que la "casa" no es tan grande), de sentir el momento de la responsabilidad electora y de volver a la actividad del diario, a los papeles y las clases. Porque hoy, precisamente hoy, todo está hecho. Los candidatos se han dejado sus horas y las de sus familias en intentar convencernos de que cada uno de ellos es el idóneo para ocupar el cargo. Los electores, la mayoría de los cuales no han podido ser convencidos por los candidatos pues están ocupados por la apatía, han realizado ya comicios varios en pasillos y cafeterías; charlas de barra en las que, en función de intereses y "conocimientos", se decidió sin necesidad de urnas quién saldrá electo. Porque todos sabemos a quién no vamos a votar, tenemos claro a quién votaremos y, sea como sea, muchos dirán que su voto fue para el vencedor, incluso anticipándose a los resultados. Oportunistas de urna que, sin dejarse ver, siempre están al lado de los vencedores para recoger migas o migajas en función del peso de su voto.
Yo tengo claro que votaré y sé a quién votaré, y no por las prebendas precisamente, pues como la inmensa mayoría silenciosa lo hago sin intereses. Simplemente porque, en este caso, creo que la participación es necesaria, imprescindible incluso. Votaré a este candidato simplemente porque es el que más me convence o, si se quiere, el único que me inspira algo de confianza. Y la confianza es algo importante en este "negocio".
Hoy, habrá votación. Rector tendremos siempre.

martes, 10 de noviembre de 2009

Blogs solitarios

Es un sinsentido, lo sé, pero es así.
Resulta que un blog, que no deja de ser más que un diario en el que reflejamos nuestro íntimo día a día o algo así, que requiere de soledad y poco ruido, es mejor cuantos más fans tiene, cuantos más comentarios hay por entrada o cuantas más veces aparece registrado en los buscadores más peregrinos.
He encontrado reflexiones magníficas en blogs que apenas si tienen algún que otro comentario en sus entradas y, por supuesto, apenas seguidores fieles ni cosa que se les parezca. Formas de ver la vida que dejan por los suelos cualquiera de las cosillas que yo haya podido hacer o decir en esta cana virtual que aglutina mis intervenciones cibernéticas. Magníficos ejemplos a seguir que nadie seguirá porque no hay seguidores.
¿Y no es esto la esencia de un diario? ¿No es ese pequeño candado que cierra las páginas lo que le da la categoría de diario? ¿No es esa la solitaria magia que todos quisiéramos? Compartir nuestra intimidad con nosotros mismos, al amparo de las sábanas y una tenue luz, haciendo de la ilusión, esperanza para el día siguiente. Esos son los verdaderos diarios.
Cada día me gusta más rebuscar en los fondos de los cajones. Siempre aparecen las cosas más sorprendentes.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Un paseo con amigos (final)

¿Por qué será que nunca llueve a gusto de todos?
Eso es lo que ha pasado estos días. La pertinaz lluvia ha anegado las calles de Salamanca, embarrándolas para impedir que fuésemos fieles a la cita. Pues desde que el príncipe Juan mandase empedrar la de San Martín, pocos han sido los progresos habidos en estas calles. Han sido días de mirar tras los cristales cómo las pobres gentes se empapaban en su tránsito mientras el calor de la hoguera me retenía, en un abrazo invisible, impidiéndome salir siquiera al zaguán de casa.
Hoy, aun con un frío cortante, el sol apareció brillando sobre los cielos salmantinos, reflejándose en la dorada piedra franca, que dicen fregadera, de casas y palacios. Un día en el que ya desde las primeras horas, el ambiente invitaba a salir a la calle para deambular sin motivo. Inmediatamente, he mandado recado a mis compañeros de salidas para retomar lo pendiente.
Todos han aceptado la proposición y, casi de inmediato, nos hemos puesto en marcha.
Así, aunque bien entrada la mañana, comenzó la reunión en la Puerta del Sol, tal como quedó propuesto, junto a los portones de la Casa de los Maldonado y frente a la Iglesia de la Compañía de Jesús, la del Espíritu Santo. El doctor Zúñiga algo quejoso por unas fiebres que le entumecen, aunque los demás sospechemos, casi con certeza, que se trata más de mal de soledad, pues desde que murió su amada Pilar, hace más de veinte años ya, es la única enfermedad que le recurre periódicamente. Los demás, Carlos el Papón, Pelayo, ese hijo que le apareció a Zúñiga casi sin sospecharlo, y este servidor, mostramos el mejor de los ánimos y así se lo intentamos transmitir al Vizconde.
En esta mañana de sol, la riada de gentes nos empujó hacia el viejo Azogue. A pesar de que la actividad se trasladaba poco a poco al entorno de la gran plaza de San Martín, aún había mercado y el ambiente era espectacular. Las gentes del alfoz voceando sus productos. Niños y ancianos curiosos por entre los vendedores. Charlatanes y embaucadores haciendo gala de sus artes. Damas y criadas atentas a lo que se les ofrecía desde el otro lado de los tableros. Mendigos exprimiendo sus males en favor de mover a la cristiana caridad de los transeúntes. Olores mezclados embargando los sentidos. Vivos colores de exóticas hortalizas que, tras su novedosa venida de las Indias, comienzan a hacérsenos familiares. Gentes y más gentes que nos envuelven y distraen nuestra conversación mientras dirigimos nuestros pasos a la fábrica de la Catedral Nueva.
Las obras se muestran avanzadas a pesar de que desde hace años la escasez de capitales haya provocado la casi paralización de la actividad en las mismas. Las naves están prácticamente finalizadas y, desde que el cabildo dispusiese su traslado a ésta en 1560, tras ser completada por el maestro Gil de Hontañón hasta el crucero, el trasiego de gentes por su interior es constante. Iniciamos el recorrido por el interior atravesando la puerta de la torre y comenzamos a admirarnos con cada una de las capillas que vamos recorriendo. La capilla de San Lorenzo, la de San Pedro, a la que las gentes han dado en llamar "Dorada", la de la Madre de Dios, también llamada del Presidente Liévana. Al paso por la capilla ahora llamada de la Virgen del Desagravio, Zúñiga se detiene a observar el pequeño cuadro que preside su altar. -¡Magnífica obra pese a su tamaño!- dice acercándose para observarlo en detalle. -Pero... fíjense vuestras mercedes. ¡Su tela está remendada! Una lástima pues desmerece el resultado- vuelve a comentar dirigiéndose a quienes le acompañamos.
-¿¡Lástima!?- Exclamo interrogante. -¿No conocen ustedes la historia?- vuelvo a preguntar.
-¡Pues no!- me dice Pelayo quien, por su juventud, está menos al tanto.
-¡Ah! Excelente disculpa para recordar un hecho, leyenda para unos y real para el resto, que acaeció hace años.
Cuenta la tradición que en la calle de la Nevería había uno de estos cuadros de Cristos, Vírgenes y Santos que ponen los vecinos en hornacinas y portales para la devoción popular. El dicho cuadro era la imagen de la Inmaculada Virgen María, Nuestra Señora y, por tratarse de lugar concurrido en paso de San Martín a los barrios nobles, gran cantidad de devotos era la que oraba ante la imagen, depositaba velas y lamparillas de aceite y alguna que otra flor aparecía en sus búcaros colocada por anónimas manos; que bien conocida es la devota defensa que los salmantinos hacen del dogma de la Concepción Inmaculada. Una mañana, la imagen amaneció destrozada. Algún desalmado, de propio o por encargo (que en estos tiempos se puede pensar cualquier cosa), amparado en la espesa oscuridad de la noche, rasgó con saña el lienzo, acuchillando el rostro de la Santísima Virgen y raspando la sagrada leyenda que la orlaba. Acto sacrílego que movió el sentir de devotos y vecinos en cuanto fue descubierta la fechoría. Inmediatamente, los consternados salmantinos comenzaron a pedir actos de desagravio hacia la sagrada imagen. Fueron muchos los que pidieron la inmediata construcción de una capilla en ese mismo lugar para poder seguir orando ante la desfigurada imagen. Los ánimos, encendidos, exigían la reparación del malicioso acto. Tal fue el clamor popular que al cabo, aprovechándose la construcción de la nueva Catedral, se decidió su traslado solemne hasta una de las nuevas capillas de ésta, en la que se construiría un retablo adecuado para albergar el lienzo y darle el debido culto. Esto se hizo ya va para veinte los años y aquí sigue, presidiendo la capilla que ahora admiramos.
-Curiosa historia- comentó el leonés. Y siguió, preguntándonos, -¿y conocen ustedes la historia de la Virgen de la Verdad?- Los demás nos miramos interrogándonos con las miradas. -Cuéntala, amigo, pues de seguro que alguno la desconocemos- le dije.
-Bien. Fíjense en la capilla frontera a la que ahora contemplamos. ¡Vayamos hacia ella!- nos dijo el papón mientras comenzamos a desandar nuestros pasos para pasar a la nave norte de la fábrica.
Llegados a la capilla, pudimos observar cómo su interior era presidido por una imagen de la Virgen con el Santo Niño en su regazo y nuestro amigo Carlos comenzó su narración.
-¿Conocen la leyenda del toledano Cristo de la Vega, que juró los amores de una dama para decir verdad? Pues aquí, en esta ciudad de la recia meseta, fue su Santa Madre la que hubo de intervenir en causa mundana-.
Cuenta la leyenda, o la historia que yo no lo sé, que un cristiano viejo, honrado y pobre cual asa de espuerta, se vió en la obligación de andarse a casa de un judío para solicitar un préstamo que aliviase sus deudas. Como bien sabéis, la usura es del carácter de los hebreos y aquél no había de ser distinto. El pobre cristiano asumió en su deuda los elevados intereses que el judío le pidió. Al cabo del tiempo juntó los dineros y, en cuanto pudo hacerle frente, saldó el préstamo llevando la bolsa con la cantidad de monedas acordada a la casa del judío. Pero al hebreo le pareció poca la cantidad que le traía el pobre hombre y exigió del cristiano más dineros de los pactados. El humilde hombre, que con infinito esfuerzo había sido capaz de reunir lo acordado, no tenía más con qué pagar. El judío acudió con su falsedad a la justicia, reclamando el pago de la deuda. El ladino prestamista convenció a los jueces de que decía verdad. ¿Qué podía hacer el pobre cristiano? Estaba perdido pues la razón se le daba al delincuente. Sin más alternativa, recurrió a la Santísima Virgen implorando su intercesión. Juró a la justicia decir verdad y pidió ser acompañado ante la imagen de Nuestra Señora para confirmarlo. Cedieron justicia y hebreo, acompañándole ante esta sagrada imagen. Allí, el cristiano viejo, en alta voz, preguntó a la Virgen: «¿Señora diríais vos que soy inocente?». Para asombro de todos, la figura movió la cabeza asintiendo firmemente con ella. Ante tan singular hecho, milagroso para quien esto narra, los magistrados libraron al cristiano de las falsas deudas y condenaron al prestamista por su delito.
-Esta es la leyenda, cierta para algunos, de la imagen de Nuestra Señora de la Verdad- finalizó el leonés.
Tras el relato, que nos tuvo en absorto silencio durante unos minutos, comenzamos a escuchar los rugidos de nuestras tripas. Se nos había llegado la hora de volver a casa y dar gusto al estómago. Así, en recatado silencio, pues era más fuerte el pensamiento en la olla que la gana de conversar, decidimos que era hora de despedir la compañía y volver cada cual a su hogar donde seguro había alguien esperando con los platos sobre el mantel y la comida dispuesta. Ya habría otros tiempos para visitar las traseras de esta obra, recorrer el Seminario de Carvajal y, por estar junto a él, entrar en la vieja iglesia de San Cipriano hasta alcanzar su cripta en busca de la sombra del Marqués de Villena.
Pero eso será en tiempos mejores. Estoy seguro de ello.


Post Scriptum.
Seguro que habrá quien se interese por esto cuando el XXI cumpla sus primeros años. Para ellos, sólo dejar constancia de que ambas imágenes de la Virgen siguen pudiendo ser admiradas en sus correspondientes capillas de la Catedral Nueva. Es más, por los documentos se sabe que el retablo de la Capilla de la Virgen del Desagravio fue construido en 1665 por Francisco García, siendo el tallista Juan de Mondravilla.
También decir que aunque sus nombres hayan cambiado, siguen estando en los mismos lugares la Puerta del Sol (entre la Clerecía, casa de las Conchas y antiguas cocheras de San Isidro), el Azogue Viejo (junto a los muros traseros de la Catedral Vieja), la calle de Sordolodo (ahora de Meléndez Valdés), el callejón de las Velas (con el mismo nombre entre Meléndez y San Benito) y la calle de la Nevería (ahora de Sánchez Barbero).
Finalmente, pero no por ello menos importante, mi más sincera gratitud a don Félix González Modroño, escritor que me ha subyugado con su obra, creador de los personajes de Fernando de Zúñiga y Pelayo, con los que, por admiración a ellos y a su autor, he querido compartir este paseo por la Salamanca del XVII. Sin la cariñosa aquiescencia del padre de estos personajes, este paseo nunca hubiera sido el mismo.

martes, 3 de noviembre de 2009

Tres de noviembre

Hoy es tres de noviembre.
Seguramente para la mayoría de los mortales no es sino una fecha más en el calendario, sin que deba ser recordada por ningún motivo particular. Para otros, pues somos tantos y han ocurrido tantas cosas, este día puede ser recordado por motivos diversos y variados, alegres o luctuosos.
Para mí, esta fecha es especial, por lo que entro en el segundo de los grupos anteriores. Una fecha siempre recordada aunque tenga la cana cada día que pasa más huera y a mi alma le cueste retener detalles que la memoria fijó en ella alguna vez.
Un día tres de noviembre de 1256 tuvo lugar en Salamanca una de esas avenidas del Tormes que se mantienen en el recuerdo a través de los siglos. Una riada que provocó que el puente romano perdiera más de la mitad de sus ojos, dejando incomunicados el sur y el norte de la península... Al menos por lo que a este paso se refiere. Una riada que dejó a los frailes dominicos (recién asentados en la ciudad de Salamanca) sin un techo bajo el que cobijarse, pues su convento quedó arrasado por las aguas. Pero, providencia divina, esto dio lugar a su traslado a la pequeña iglesia de San Esteban... y hasta hoy.
Un día tres de noviembre de 1639 fallecía en Lima, en la Ciudad de los Reyes, el primero de los santos negros de América, el santo moreno al que profeso toda mi devoción: San Martín de Porres, quien para mí será siempre "El Santito". Porque yo, persona poco dada a devociones imagineras, siento una debilidad, posiblemente heredada, por este hombre que fue capaz de reunir en una sola persona tanta bondad, comprensión, caridad y fe, que me hace sentir algo especial por él.

Un día tres de noviembre de 1961 venía al mundo en tierras de Don Quijote, un niño. Un chaval que disfrutó su infancia de llanuras manchegas y que al cabo del tiempo vino a madurar a esta Salamanca que le enamoró haciendo que se atase a ella y a sus gentes de forma permanente. Alguien a quien el color de la piedra, el olor de las casas, el sonido de las calles le retienen con un nudo invisible, indivisible y para toda la vida. Alguien a quien lo charro le caló hondo. Tan hondo que presume de charrería allá por donde vaya. Alguien que jamás negará su raíz pero que nunca renegará de ser salmantino hasta lo más escondido de su alma.
Hoy, día tres de noviembre de 2009, volveré a charlar con mi Santito como hago todos los años. Estaré con él celebrando su fiesta y nos contaremos nuestras cosillas. Hablaremos de cómo nos van las cosas y de nuestros proyectos. De familia y de amigos. Será sólo un rato, pero servirá para mantener consolidada esta devoción que le profeso. ¡Qué digo devoción! Admiración sería la palabra. Porque siempre será ejemplo vital para mí.
Seguramente para la mayoría de los mortales, el día de hoy sea uno más en el calendario, pero para mí, es especial. Hoy, en San Esteban, el Santito y yo, nos pondremos el traje charro para, en la mejor de las comuniones, celebrar y celebrarlo.