Me vence la indecisión y, por ello, creo que voy a intentar seguir pasando por aquí como he hecho hasta ahora, con irregularidad constante y al socaire de una cana cada día más vigorosa. Porque ya pasaron los días en que la debilidad hacía que temiera por ella y, sin apenas estímulo ni atención, se ha sobrepuesto a la apatía que la dominaba para surgir recia como escarpia capaz de sujetar todo el ánimo que cabe en su rededor. ¡Sólo un corte de cabello! Sólo una pasada por el peluquero especialista y esta cana que me gobierna se vuelve a erigir en sostén de mis palabras, de mis sensaciones y de mis sentimientos.
Por todo eso, ahora no veo el momento de comenzar una nueva estrategia cibernética. Por eso, ahora tengo clara la utilidad, inútil utilidad, de este diario electrónico. Por eso, tengo claro que seguiré etiquetando las entradas con opciones tan distintas como amigos o viajes, como relatos o toros, como pasiones o impresiones. Quizá aparezcan nuevas etiquetas que amplíen el elenco, pero siempre con fidelidad a la idea inicial: dispersamente ecléctico para ser maestro de nada.

Sólo hay una cosa que se mantendrá constante en este día a día. Una de las premisas con las que partí cuando tomé la decisión de poner por aquí esas cosas que rondan mi cana: no renunciar a la libertad que atesoro. Manteniendo, por supuesto, la corrección en las formas y en los fondos, no dejarme en el tintero nada que crea que debe ser plasmado en estas páginas. Ampliaré, pero no a costa de olvidar esas etiquetas que forman parte de la idiosincrasia de esta Cana en el Alma desde su concepción. Sin gratuidad en la crítica y siempre reflexiva, pero sin miedo a nada ni a nadie. Porque no puedo renunciar a mí mismo.
Ya en su día recordé diferencias entre el gran Inquisidor General fray Tomás de Torquemada, artífice del éxodo judío en una España recién nacida, y el también dominico Bartolomé de las Casas y su Derecho de Gentes. Los dos son recordados por la historia, pero...

Ahora leo a Guillermo de Ockham, quien también protagonizó una de mis reflexiones. Leo, ya digo, su obra "Sobre el gobierno tiránico del papa", texto en el que pone de manifiesto, ya en el siglo XIV, la no omnipotencia del Sumo Pontífice, justificando la separación entre los poderes eclesiástico y temporal. Y lo hace mediante argumentos y reflexiones apoyados en referencias claras a textos sagrados y otros de grandes autores de la cristiandad. Si esto se supone del Papa, ¿cómo no suponerse de los que están por debajo jerárquicamente?
Así, los argumentos y la razón son la base para construir sin temor. Así, en estos tiempos que nos corren, la razón jamás se amilanará frente a actuales Torquemadas y el argumento desarmará a cualquier nuevo Juan XXII y, por supuesto, a todo el resto de cortesanos correveidiles que, amparados en su sombra protectora, intrigan, malmeten y envenenan. Porque la historia dio la razón a Bartolomé y Guillermo aunque también recuerde a los otros. Eso sí, de los que jamás quedó constancia es de los que actuaron como lebreles fieles a una causa que, posiblemente, nunca llegaron a entender porque les cegó otra pasión.