Pues aquí sigo. Pasan los días y no soy capaz de tomar una decisión clara. ¿Seré un irresponsable?
Es cierto, por lo que sé, que algunos ya lo dan por hecho y que, por lo que me cuentan, algunas tripas se han encogido aun sin que de mi boca haya salido palabra alguna. Lo dije y lo mantengo: en el mismo momento en que tome una decisión, los primeros en saberlo serán mis amigos, los que me visitan por aquí aunque no dejen rastro. Es un compromiso y como tal lo tengo.
La verdad es que esta cana a la que se asoció mi alma hace ya tanto tiempo que ni lo recuerdo (¡mecachis! ahora a lo de la próstata se le une un principio de demencia) tan pronto me anima a seguir adelante como, casi al tiempo, se me pone enfrente y me para los pies mirándome con ojos raros (-¿a donde quieres ir, iluso?-). Y el alma se separa de ella para llegar a caérseme hasta los pies.

Sé que tengo que tomar una decisión para alegría de unos y pesar de otros. Y que tengo que hacerlo pronto, dejar de marear la perdiz (aunque sólo esté revoloteando en mi huera cabeza) y salir de la duda. Pero también creo que la reflexión es importante, que si uno quiere que las cosas sean serias debe tomarlas en serio y que todavía hay cabos sueltos que deben ser amarrados entre sí para comprobar la resistencia de la maroma.