¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

lunes, 2 de marzo de 2009

Ceniza en Cuaresma

Sé que llego tarde, pero no tanto como para no decirlo.
Hace casi una semana que comenzó la Cuaresma. Época de renovación interior en la que quienes nos decimos cristianos debemos realizar una preparación que, posiblemente, se malinterpreta y hace que caigamos en errores de forma (comportamiento) y fondo (conocimiento).
Vuelvo a referirme a cofrades y cofradías aunque cada vez me suponga mayor esfuerzo. Aún está señalada mi cana por los últimos acontecimientos. Mustia, si no triste. Y, sin embargo, intentando mantener el compromiso que adquirí en su momento, dejaré por escrito lo que muchas veces me rondó los adentros.
Desde el pasado miércoles cualquier lugar cofrade que visito me huele a incienso. Un olor penetrante, embriagador, envolvente. Un aroma que, por lo que me parece, afecta a los sentidos cofrades, introduciéndose hasta lo más recóndito de los espíritus, hasta los tuétanos del alma, haciendo despertar a muchos de un letargo invernal en el que la inactividad ha sido elemento constante en su comportamiento.
Es ahora, cuando el profundo olor que desprenden estas resinas activa sentimientos; cuando los "cofrades de verdad" comienzan a despertar y berrean como ciervos en celo, marcando su territorio. Un terreno al que, como dueños absolutos, no permiten que ningún otro ose siquiera acercarse. Son esos cofrades que menosprecian insultantemente a esos otros capillitas a los que el letargo invernal no afecta y que tienen el espíritu plagado de los callos que les provocó el día a día de actividad durante meses. Son aquellos, los cofrades recios, curtidos en mil y una procesiones. Son los cofrades que al despertar de su letargo, se muestran a los demás pletóricos, repletos de la energía que acumularon durante meses por no malgastarla en actividades poco interesantes.
Son esos cofrades a los que el incienso que ahora nos inunda, despeja los sentidos y les hace orientarse como poseídos hacia la primera de las procesiones. A partir de aquí... comenzó la Semana Santa.
Son muchos y todos con similares intereses. Y como cada uno de ellos tiene que orinar en su parcela (orines que huelen a incienso, por supuesto), para dejar clara su presencia, pues resulta que no hay parcelas suficientes para todos. Y, como los venados, cruzan sus testuces en singulares batallas, propias de machos alfa, pero impropias de quienes se dicen miembros de hermandades y cofradías. Se entablan luchas que sorprenden por su rudeza a quien observa desde el exterior; pero tienen que hacerlo, no les queda más remedio. Es el incienso el que les obliga a actuar. Error de forma, como decía al comienzo.
Pero, además, los cofrades olvidamos, o quizá desconocemos, el sentido que hay que dar a la Cuaresma. Es una época de alegría, pues debemos esperar con alborozo la redención por la resurrección, aunque haya que pasar por el Calvario y sea la penitencia la que nos acerque a ella. Olvidamos, o quizá desconocemos, que lo de menos son esos actos organizados de cara a una galería que hace tiempo nos volvió la espalda. Olvidamos, o quizá desconocemos, que la preparación personal pasa por el interior y no por la organización de cuadrillas, el pulido de adornos o el toque de cornetas. Olvidamos, o quizá desconocemos, que es momento de cruzar abrazos y no malas miradas; que el amor fraterno, cuyo día marca el fin del periodo, no debe quedar en farisaicas manifestaciones, sino en la profundidad de lo sincero. Que la Semana Santa es el culmen para un cofrade pero que no es sino el momento en que declaramos a los demás que lo que hacemos unos instantes en la calle lo mantenemos permanentemente en nuestro interior. Que la caridad no se pregona, se practica. Que la ceniza es para recordarnos la conversión, no para que inunde nuestro alma. Errores de fondo, como decía al comienzo.
Estamos en el periodo en el que debemos arrepentirnos y hacer propósito de mejora, de intentar cambiar a mejor, de perdonar y pedir perdón. Y, sin embargo, sólo nos preocupa cómo cruzar nuestras testas para declarar a los demás que somos los mejores.
Yo lo voy a intentar.
Cada día me duele más hablar de cofrades y cofradías.

4 comentarios:

Conchero dijo...

Hace poco leía que los cofrades teníamos que recuperar el sentido de la Cuaresma, que no podía ser una pre-semana santa si no un período con su propio espíritu, que nos ayudara a renovarnos, que nos permitiera la meditación y la reflexión. Ojalá este año lo consigamos.

Un abrazo.

Lucano dijo...

Ojalá sea como dices, Alberto, y que vayamos corrigiendo los errores de fondo y los de forma. Es tiempo propicio para, al menos, buscarlos y, encontrados, reconocerlos. Es tiempo de esperanza.

sentimientos y locuras dijo...

Lo importante es que estamos en cuaresma y por las venas corre incienso y petalos. Ya falta menos.

Félix dijo...

Ojalá sea como decís, Conchero y Lucano. Que la reflexión nos permita darnos cuenta de que erramos más de lo que creemos y que debemos corregir. Aprovechemos estos días.

El problema del incienso, Jose, es que a algunos les afecta más de lo que debiera. Pero, en todo caso, disfrutemos cuanto podamos de sus aromas y hagamos las cosas consecuentemente.
Cordialmente,
Félix