¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Recuerdos de un verano: La Cana en la playa (y II)

08-08-2011

Gordos.
En mis observaciones playeras, investigación con la vista sin moverme de la butaca, sigo atento a pechos y posaderas para ratificarme en mis conclusiones: escasez de lo uno y diversidad de lo otro. Voluminosa diversidad en los más de los casos. Y, como resultado de datos adyacentes, me fijo en unos y otros, en unas y otras, dándome cuenta de las orondeces que se me pasan por el lado. Cuerpos inmensos que se exhiben por entre las arenas y aguas. Desbordadas panzas que acaparan rayos solares mientras hacen sombra a cuanto se asienta por sus bajos. Redondeces sin lenguaje, o quizá mejor dicho sin acento, pues casi todas se expresan igual, tanto da que vengan del norte o del sur, de levante o de poniente.
Blancos, sonrosados o curtidos por días de exposición, la playa de Chipiona (y, por lo que recuerdo, las otras conocidas) está plagada de gordos. Y no digo pronunciadas barriguitas femeninas resultado del descuido dietético, ni prominentes estómagos cerveceros propios de machos de cuidada bebida. No. Lo que veo son estadísticas, cifras que me hablan de la elevación en la tasa de obesidad. Porque los que pasan a mi lado, son orgullosos cuerpos casi deformes, de muslos tan amplios que deben coordinarse para no entrechocar en sus movimientos, de pechos cuyo volumen se rebosa por las espaldas, de lomos que desbordan la cinturilla del bañador asemejándose más a glúteos superiores, de posaderas que alcanzarían las corvas si no les hicieran tope los desbordados muslos y de papadas colgantes que se rodean por todo lo que en su día debió ser cuello.

Gordos solitarios, gordos en pareja (pareja de gordos) y, lo que más llama mi atención, parejas mixtas en las que solo uno de ellos adolece tal condición (cosa no extraña) mientras el otro, el o ella, luce escultural figura de proporciones casi griegas por lo ajustadas (y esto sí que es chocante).

Pero, en cualquier caso, y como conclusión corolaria al experimento visual, hay un rasgo común a todos ellos que resultaría altamente significativo tras la aplicación del índice adecuado: La sonrisa. Todos ellos pasan por mi lado felizmente despreocupados, luciéndose en la pasarela de arena con caras sonrientes y, seguro, confiadamente ajenos a sentirse observados. Se les nota satisfechos con ellos mismos y carentes de interés por cualquier otra circunstancia. Se muestran en biquini o bañador conscientes, dichosamente conscientes (al menos así lo parece), de sus redondeces.
La playa está llena de gordos felices.

Los pocos ratos que, este año, no he disfrutado del contacto con las arenas, los he pasado torturándome y torturando a mi automóvil en ardua búsqueda de un lugar en el que dejarlo reposar.
Chipiona es un pueblo invadido por utilitarios y, para contrarrestar esta ocupación foránea de quienes venimos allende la Frontera (la de Jerez, se entiende), han "inventado" las puertas de cochera. Cientos de vados invaden las aceras del pueblo. Cientos de rebajes en estas que, con su llamativo color amarillo, advierten al turista de que son huecos impenetrables para él, aunque uno quisiera sentirse ya, en esos momentos, como hijo del pueblo. Cientos de vehículos recorriendo lentamente todas y cada una de las calles de Chipiona, una y otra vez, en busca del espacio suficiente para poder ser ocupado. Pero todos ellos muestran el distintivo local: ¡La banda amarilla! Y los pocos lugares de libre acceso permanecen indefectiblemente rellenos por quienes, les atribuyo, tuvieron algo más de suerte que yo. Pero no les envidio, porque son coches fantasmagóricos, con aspecto de abandono secular, que seguro un día alcanzaron el privilegio de poder estacionar y, desde entonces, permanecen ahí, inmóviles, a pesar de los deseos de abandonar el pueblo que de vez en cuando manifiestan sus propietarios-conductores, muchos de los cuales, estoy seguro, habrán fallecido dejando el coche a su propio albur). Espero que, tras haber alcanzado el privilegio de aparcar en una calle de Chipiona, cuando vuelva a subirme a él para nuestro regreso, éste no se rebele y se niegue a abandonar la plaza conquistada tras tan arduo asedio.
¡Qué difícil es aparcar en Chipiona!


09-08-2011

Esto se acaba. Porque todo pastel tiene su último bocado. Así, habrá que esperar hasta la próxima celebración en la que habrá un nuevo pastel que devorar.
Se acaba y, no sé si por ello, los vientos han cambiado. Del fresco Poniente que nos ha acompañado durante toda la estancia deleitándonos los días, pasamos, el tiempo pasa, a un Levante pesado, caluroso y oscuro. Señal de que lo bueno tiene final.
Fin a esta rutina placentera en la que el no hacer nada se erige en la cuestión del quehacer diario. Ya mañana dejaré de ver el multicolor mar de sombrillas familiares, no habrá más pechos femeninos (que apenas vi) ni culos grandes o pequeños, ni gordos felices orgullosos de serlo (felices, por supuesto).
Carretera y manta dentro de un coche de bélico aspecto, pues en estos días parece que es el único que ha batallado, que se ha arrastrado por campos y trincheras, y se ve ajado, cubierto de polvo y, seguramente, heridas que el mismo polvo sucio que lo cubre impide sean vistas en su superficie.
Adiós a la calma chicha con la mente puesta ya en cajas y cajones, en trabajos temidamente necesarios que nos obligarán a aceptar con crudeza la realidad del mañana más inmediato.
Diría: ¡Volvemos a casa!, pero no puedo. Porque, ahora vuelvo a recordarlo, ya no tenemos casa. Seguimos siendo "homeless" aunque hayamos puesto un paréntesis en Chipiona.


Esta fue la crónica, corta, de lo que sentí en mi Sur. Quizá más simple de lo buscado pero, aunque el cuerpo estuvo allí, la cabeza se dispersó por tantos mundos que solo una pequeña parte prestó atención a lo que allí vivió. Seguro que ahora me arrepiento pero entonces solo fue lo que fue.

2 comentarios:

sentimientos y locuras dijo...

Corta pero sentida y completa, Ole tu.

Félix dijo...

Es verdad. Jose, demasiado corta y, ahora que ha comenzado el "jaleo", no me importaría que se hubiera alargado un poquito más.
Cordialmente,
Félix