
Hace unos días, muchos españoles nos enorgullecíamos de que, por fin, el Tribunal Supremo hubiera conseguido que la bandera nacional ondease a las puertas del Parlamento Vasco. Se alcanzaba algo que se venía persiguiendo desde los más tempranos años ochenta en los que, con claras intenciones, se eliminó de allí no sólo la bandera sino hasta el mástil que la sustentaba. Era un claro desafío al resto de la nación. Ese desafío creció y se hizo patente en ayuntamientos y diputaciones. En muchos aún no luce la enseña y otros han tenido que ser forzados de alguna manera para que su balcón la luzca. Incluso tuvo que llegar una mujer para obligar al resto del municipio a que la bandera, su bandera, fuese colocada en el mismo balcón en el que hasta ese momento lucieron orgullosas las fotografías de asesinos encarcelados o muertos. Macabro tributo del que gustan los más primitivos de aquellas tierras.
Y, todo esto ¿por qué? ¿tan importante es una bandera?
Pues sí.
La bandera es el reflejo de un espíritu. La bandera muestra a los demás el orgullo de sus gentes y éstas la lucen orgullosas. Y la muestran en público y en privado. En balcones y despachos. En glorietas y edificios. Porque la bandera es el continente de toda una historia. Porque la bandera es siempre lo primero en ser utilizado como símbolo del resto. Porque una bandera es mucho más que un simple pedazo de tela de mejor o peor calidad. Porque lo que menos importa es la calidad de la tela. Porque lo verdaderamente importante es lo que ese trozo de tela significa para quienes creen en ella.
Pues bien. Ayer, mientras la bandera lucía el orgullo de toda una hermandad en su capilla. Cuando una bandera mostraba la historia de toda una hermandad. Cuando una bandera era seña de identidad, algún desalmado, talibán de cualquier demencia, roció la bandera de la Hermandad Dominicana, de mi Hermandad, con pintura y disolvente.
La bandera, nuestro querido "bacalao", que lucimos orgullosos en todas nuestras manifestaciones, ha quedado dañado de forma casi irrecuperable. Pero, más que eso, quien haya sido ha sabido hacer daño en lo más íntimo de la Hermandad atentando contra su símbolo.
Me da igual quién lo haya hecho. Me da igual saber cuáles pueden ser sus motivos. Porque, en el fondo, esto sólo puede ser resultado de un desequilibrio que, seguramente, deba ser tratado médicamente aunque el demente lo desconozca.
Eso sí. Que no piense que con esto consigue objetivo alguno. Que no crea que, cual aberchale de poca monta, nos va a intimidar. Que no imagine siquiera que esto retrasará en lo más mínimo la marcha de la Hermandad.
¡Estoy indignado!