

Al tiempo, calladamente, robándole horas a lo nuestro, el sereno de la noche se encarga de limpiar la carne. De eliminar el exceso de sal para que caiga sobre la tierra y dé su fruto. Amistad en brasas alrededor de un puchero. Complicidad bullendo poco a poco, a fuego lento, con todo el cariño que permite el cansancio de unas agotadoras jornadas previas, junto a las llamas alimentadas por las charlas animadas sin más hilo conductor que el que el momento quiere poner.
Dulces casadiellas, de la España nunca conquistada, para endulzar mi cana, mi estómago y mi alma. Nuestras almas. Aromas de nuez también amasada. Dulce ambrosía que nos atrapa desde el momento en que asoma, obligándonos a olvidar la conversación y haciendo que se pierdan nuestros sentidos, buscando el arco iris con los ojos cerrados.
El fuerte retortijón que removía sus entrañas seguía haciéndole sudar mientras se había tumbado sobre la tierra, a la sombra de esa higuera que conocía de toda su vida; la única sombra que había en todo el pequeño arapil en el que estaba el huerto. Desde su posición buscaba, pero no fue capaz de encontrar el sentajo que siempre estuvo allí, junto al botijo y el bieldo. Ya habían vuelto los muchachos a rondar por allí y seguro que se lo habían llevado a la guareña grande donde, desde siempre, se habían pescado las mejores sardas de la comarca. ¡Esos chavales, siempre ciscando!
De repente, comenzó a pintinear. Suaves gotas que se mezclaban con el helado sudor de su cuerpo. Ya en ese momento, él sabía que no iba a quedar ahí la cosa, pues las ovejas estaban todas apeguñadas en el aprisco y la experiencia le decía que eso era señal de aguas recias.
No tardaron mucho las nubes en soltar mantas de agua que caían sobre la tierra sin que ésta tuviese tiempo de engullirla en sus entrañas. El cielo descargó una estruendosa tormenta y, en un momento, todo quedó enchaguazado y él, a pesar de haberse cubierto con un robusto capote portugués (¡menudo faldumento!) estaba completamente engarañado por el frío que le dejaba la humedad y por los dolores que aún punzaban todas sus tripas sin que pudiese poner remedio. Así, en medio de un barrizal, tirado en el suelo y envuelto en el sucio capote que no dejaba ver casi nada de su cuerpo, parecía como si una banda de maleantes le hubiese tangueado inmisericordemente. Apenas podía moverse, pero su cabeza no hacía más que dar vueltas. Se le mezclaban los recuerdos de la infancia, como si su vida estuviese escapándosele del cuerpo, con la realidad del momento. Tenía que moverse. Debía incorporarse y poner a salvo los pimientos y los tomates que había recogido, no fueran a empocharse con la humedad de las aguas caídas. Tenía que conseguir llevarlas al chicorzo que servía de resguardo a los aperos, en el que había levantado un pequeño estaribel donde podría poner las hortalizas a resguardo de las aguas.
Como pudo, con un esfuerzo que para él pareció sobrehumano, consiguió incorporarse. Todavía sentía dolores por sus adentros, pero estos eran menores y ahora parecían soportables. Parecía que la cosa iba a menos, pero no olvidaba que hubo un momento en el que las punzadas eran tan intensas que llegó a creer que se le había estrumpido alguna tripa. Menudo engarrio hubiera sido si de verdad se le hubiera roto algo por dentro, sin nadie a quien acudir en busca de auxilio. Y así, con el poco espelde que le permitían los dolores, logró alcanzar la puerta del chamizo. Al intentar abrirla se dió cuenta de que estaba medio entoñada en la tierra y que no cedía a su impulso. Empujó una y otra vez, a pesar de estar casi desmayado por los dolores, hasta que la puerta cedió. Sólo consiguió que se abriese en parte, pues en ese momento quedó esguadramillada, fuera de sus goznes y completamente inválida para volver a ejercer su función. En cuanto se abrió, una bocanada de rancio aire salió del interior y se agarró a su olfato invadiéndolo con tanta vehemencia que se le vinieron a juntar con los retortijones unos fuertes vahídos que casi le llevan hasta el desmayo. -¡Menudo fato!, pensó-.
Nada más entrar, a tientas pues la tarde se había oscurecido como boca de lobo, agarró un cabo de vela y un chisquero que siempre estaban allí en previsión de estas situaciones. Prendió la mecha del codal y la luz que desprendía le dejó ver el interior. Las patas del estaribel sobre el que pensaba colocar las hortalizas habían cedido bajo el peso de todo lo que el tiempo había ido acumulando en su tablero. Tendría que hacer algún chaperón para que volviese a quedar medio asentado. Buscó y no encontró nada a lo que poder dar uso. Se tentó los bolsillos y comprobó algo que sabía de antemano: Sólo tenía una cheira de afilado borde. Sería ésta la herramienta que utilizaría.Comenzó a trajinar con la navaja intentando aflojar uno de los tornillos de la pequeña tarima. Aquél, oxidado por el tiempo, no cedía a los movimientos de la navaja. Él insistía y el tornillo se obcecaba en no moverse. En un momento, sin apenas enterarse, la navaja había resbalado y, veloz, fué a encontrarse con la carne de su pierna. Atravesó el pantalón dejando marcada una profunda javetada de la que manaba la sangre profusamente. -¡Menuda jera me he preparado!- se dijo, mientras intentaba atajar la hemorragia haciendo presión con unos paños sucios que había cogido del suelo. Cada vez estaba peor. Dolorido por dentro, entumecido por el frío y, ahora, además, cubierto de sangrientos cuajarones. Pero no se iba a rilar. Él, charro lígrimo, jamás cedía ante las dificultades. Y esta vez no iba a ser menos.
Como pudo, abandonando todo y abandonándose a la inconsciencia que le hacía moverse sin sentir el dolor, consiguió salir al camino y esperar, con suerte, la llegada de algún viajero. No fue mucho lo que esperó. Un arriero con una pareja de mulas tordas acertó a pasar por allí y, al verlo hecho un verdadero ecce homo, se detuvo, se apiadó de Andrés cual buen samaritano, y se hizo cargo del moribundo izándolo sobre una de las mulas. La menos falsa.
En poco tiempo habían alcanzado las primeras casas del pueblo, entre las que estaba la de don Tomás. Era don Tomás el médico que había atendido a todos en el pueblo desde que se podía recordar. Partos y torceduras, panadizos y catarros, incluso mal de ojo y otros encantamientos. No había enfermedad que el bueno de don Tomás no acertase a diagnosticar y poner remedio. Y, en casos como éste, su intervención siempre era acertada. Limpió al herido, calmo sus dolores y cerró la grieta del muslo. -¡Vete a casa y descansa! Que ya no eres un niño y cada día estás más rorro- le dijo mientras una amable sonrisa asomaba a su cara.
Andrés, recostado en su cama, entre las limpias sábanas blanqueadas al oreo entre las zarzas de junto al regato, le contaba a don Alberto, el maestro zamorano recién llegado al pueblo, cómo había visto pasar su vida por delante de los ojos. Y lo hacía, inconscientemente por supuesto, con sus propias palabras. Con ese lenguaje que había utilizado toda su vida y que habían utilizado los suyos en todas sus vidas, sin caer en la cuenta de que Alberto, el joven maestro de escuela, venía de otras tierras en las que otras palabras eran las que contenían los significados de las cosas.
Y así, poco a poco, iba narrándole su peripecia. Cada vez más en un duermevela que, en el silencio de la alcoba, abrió su alma a la profundidad de los sueños que sólo dejaban ver, en su rostro, la placidez de tener mitigados sus dolores.