Marineros y pescadores, de aguas saladas y dulces, cantarán una Salve agradecida, porque pueden. Porque hoy están aquí y no saben si podrán cantar la próxima. Por eso, engalanarán una pequeña chalupa y en ella, sobresaliendo de entre flores y banderolas, entre vítores y bocinas, será portada la Patrona, Nuestra Señora, majestuosa y sencilla. Sencillamente cercana. Y la acercarán a la orilla de cualquier playa para que reciba la veneración de propios y extraños. Que en estos días las playas están llenas de extraños.
Y hoy, como siempre, tú lo sabes, es día de hacer memoria. Reflexión y recuerdo. Porque no se nace todos los días. Y los hombres, animales de costumbres, aprovechamos estos aniversarios para hacer balance. Inventario del día a día para, así, retener lo que sin querer se nos escapó y para recordar que debemos olvidar lo olvidado.
Y hoy, feliz aniversario, voy a intentar hacerlo por tí. Porque es tu día. ¡Dieciséis de julio, día del Carmen!
Voy a rebuscar en el cajón de mi memoria para desempolvar lo que no quiero que se pierda. Voy a contarme todas esas cosas que no quiero olvidar. Porque quiero ver nítido lo que el tiempo con su paso fuerza a entenebrecer. Voy a recordar cómo se puede ejercer una paternidad firme pero sin protagonismo. Cómo sólo la presencia puede ser suficiente aunque pase inadvertida. Cómo el esfuerzo desinteresado tiene que ser reconocido.
No soy capaz. No quiero ser capaz de imaginar, de imaginarte, sufriendo silenciosamente con una permanente sonrisa, casi infantil, en tu rostro. Calladamente atento sin poder participar pero siempre presente en la expresividad de tus azules ojos. Días finales, largos, eternos, que siguen presentemente vivos, amarrados con firmeza a la cana de mi alma sin querer desprenderse. ¿O soy yo quien no quiere desprenderse de ellos? Dolorosa agonía soportada como todo en tu vida, tranquilamente. Hasta el último momento. Sí. Tranquilamente. Eso es lo que quiero recordar. Eso es lo que prefiero recordar.
Y te veo sentado en tu sillón. Esa es la imagen que quiero tener. Mantener. En tu sillón. Tranquilo. Porque siempre fuiste un hombre tranquilo. Amante de lo tuyo y de los tuyos, pero siempre sosegadamente, sin aspavientos, sin hacerte notar.
Hombre paciente que supiste llevar adelante toda una vida sin ponerle mala cara ni a vientos ni a mareas. Un hombre sosegado que hiciste de la rectitud un baluarte vital. Un hombre sereno que practicaste tu fe sin importarte el entorno ni el momento. Fiel. Admirablemente fiel.
Un hombre que consiguió que mi vida sea lo que es. Una infancia feliz, una adolescencia en libertad y una madurez serena, tranquila. Heredadamente tranquila. Porque, aunque casi nunca lo has dicho, sé que creías ciegamente en nosotros. Que te sentías orgulloso de nosotros. En tu silencio. Porque no eras de alardes. No necesitabas contar a los demás nuestro éxito para sentirte felizmente orgulloso. Y yo, ahora que el tiempo me libera del velo que pone la rebeldía de la juventud, lo veo con claridad. Agradecido. Satisfechamente agradecido.
Y tú, estoy seguro, seguirás sin contarlo a quienes estén contigo. Ufanamente humilde y sonriendo.
Hoy no habrá libro ni corbata, pero quiero que sepas que me acuerdo. Que te recuerdo. Con todo mi cariño.
¡Felicidades!