
Como siempre, llego con retraso. Pero espero que no sea tarde. Que para esto nunca sea tarde.
No te conocí. Lo mismo que nunca he conocido a ninguno de los que han pasado por este trance.
No supe de tí hasta que no fuiste portada de prensa. Y, aun así, sin saber muy bien por qué (o quizá sí), he lamentado tu pérdida. Pérdida inútil. Seguro que inútil, porque todo esto es inútil. Porque creo firmemente que nada, pero nada, en este mundo vale tanto como para que un ser humano tenga que morir. Ni los más altos ideales llegan siquiera a merecer la vida de nadie.
Y, seguramente, tus ideales eran altos. Para tí, los más altos. Por eso, arriesgaste para acercarte a los tuyos. Para poder pasear por las arenas de la playa de El Palo, tu barrio, o la Malagueta, quién sabe, dándole de vez en cuando una patada a esa pelota que te echara tu hijo. Con los pies descalzos y la piel salada, cargada de aroma a espeto y pescaíto, de la mano de María Victoria. Para, no sé si mis palabras serán correctas pero salen de un cofrade, portar tu trono por la Alameda. Ese trono del que tú, como devoto fiel, todos los años serías portador consciente y al que no quiero poner nombre por temor a equivocarme o, quizá, sentado en cualquier tribuna, santiguarte a su paso, sin más. Para poder llevarle biznaga a tu mujer en días de feria y pasear bajo los entoldaos de la calle Larios o por el real en esas noches en las que el poniente mueve los farolillos para que las sombras chinescas se metan en las casetas y bailen malagueñas y verdiales haciendo panda. Para vivir, sin más.
Por eso arriesgaste y te fuiste lejos. Y dejaste la playa para empaparte de aroma a heno en esa Villa Real fundada por el castellano rey Alfonso. Duro aroma cuando sólo se puede aspirar a través del enrejado de una ventana. Y veías a los niños jugar a la pelota entre los cuatro muros de vuestra prisión. Y las mujeres sólo "paseaban" por las calles en caso de necesidad. Y pasaste de ser Manolo a un puto txakurra en busca de "carácter preferente". Y te fuiste a cuidar a los que te vigilan, sin que ellos te llamasen. Y allí, en busca de tu ideal, de tus más altos ideales, perdiste la vida. ¡ Maldito sinsentido!
Y yo no lo lamento por mí, ni por el Cuerpo, ni por España. ¡No! Sólo sé que tu hijo no tendrá a quién echarle la pelota en la playa y que una mujer, tu mujer, ya no recibirá biznaga. Por eso lo lamento.
Porque nunca buscaste la muerte, aun teniendo los más altos ideales.
¡Bastardos!