¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

domingo, 10 de febrero de 2008

Dos lágrimas

Primer sábado de Cuaresma.
Torrijas empapadas de ternura y de aromas a canela que incitan a los sentidos a olvidar los ayunos de ayer.

Día extraño que trae aromas del sur. Con la calidez de un sol primaveral que se adelanta y que añoraremos cuando los nazarenos recorran en silencio recogido entre admirados muros barrocos, las gastadas losas de calles que otra vez recordarán los aromas de incienso y cera fundida. Aromas que impregnarán con sus volutas, al paso de imágenes intemporales, las incipientes gitanillas de balcones seculares.

Sol de un día de cielos puros para una jornada de intensidad cofrade. Sí, directa o tangencial. Intensidad cofrade. ¡Como hacía tiempo!

En esa que siempre será mi Hermandad, la mañana se desperezaba con tensión. Con la rigidez de una mala noche. Como siempre que se produce alteración de lo estable, la rutina tiritaba. Había elecciones. Paso previo, premisa reglada anterior a la renovación de órganos directores. Pero, nada más. La tibieza del mediodía no llegó a calentar sino lo muros de San Esteban y los ánimos se contagiaron de esa cálida tranquilidad en los momentos en que los hermanos se comprometían con quienes serán sus guías, capataces de sus pasos, en un inmediato futuro. Muchos seremos los que nos alegramos de esta normalidad.

Y la música. Música cofrade llenando toda la tarde. Sonidos de metal recorriendo las aceras que pisaré, alguaciles de lo que se anuncia. Notas de piedad llenando todos los espacios. Un cristo amparándose tras los jóvenes músicos en un carmen parroquial, Albaicín en Salamanca. Golpes de tambor, sordos, secos, para anunciar la llegada de clarines que acompañarán a nazarenos de sabor salado y origen de nuevos mundos. Alegría. Alegría cofrade. Cornetas y tambores derramando lo que se preparó con esmero. Aplausos. Devoción de un público entregado.

No hay tiempo para más. Un café, resultados electorales, enhorabuenas sinceras, los mejores deseos, un café.

Más música. Música que arrastra polémica pero que atrae a todos. Ámplios espacios para acoger a más tambores y más cornetas. Y público. Más público. Mucho público. Todos expectantes ante lo esperado. Conocidos y desconocidos. Escépticos y fieles convencidos. Íbamos a escuchar a "dios" y a un "gitano" y, lo que es peor, iban a ser comparados. Con lastres añadidos, en el caso del gitano, pues éste es gitano salmantino, sobrio y recio, mientras que dios es sevillano. Porque, en esta semana santa, dios es siempre sevillano. Trianera Esperanza en la Fortis salmantina. Aun así, todos dispuestos a oir. Escuchar. Disfrutar. ¡Seguro!

Sonaba "La Saeta". Una niña, con un fiscorno entre sus manos y apoyado en los labios, dejaba resbalar dos lágrimas por sus mejillas. Un fliscorno lloró con las notas de la pasión y yo lo ví. Lágrimas de satisfacción que recordaré, seguro, de este primaveral sábado de Cuaresma.

2 comentarios:

Lucano dijo...

Intensidad. Normalidad. Alegría. Disfrutar. Lo propio, lo cofrade. Que sean así todos los sábados. Y que siempre tengamos que secarnos dos lágrimas de satisfacción, una por mejilla.

Félix dijo...

¡Que así sea!
Cordialmente,
Félix