¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

martes, 26 de febrero de 2008

Memoria

Tengo que hacerme mirar la cana, pues me da la impresión de que la conexión que la enlaza con mi interior no funciona correctamente. Se trata sólo de un pálpito, de un "no sé qué" que a veces me desasosiega y hace que las revueltas entre las sábanas sean casi permanentes. Es algo difícilmente explicable, pero que me impide funcionar correctamente.
Todos los días abro esta página electrónica con la intención de corresponder a ese compromiso que asumí con el comienzo del año por el cuál iba a aportar algo casi a diario, pero cuando veo el fondo en blanco se me nubla la mente. Y cuando tengo algo lúcido que contar, algo que contarme, no soy capaz de llegar a ver el fondo blanco del diario y confío en mi memoria como receptáculo en el que mi idea quedará resguardada hasta su uso. Y, al final, o se me olvida o, tras darle varias vueltas que hacen perder frescura espontánea hasta a la mejor de las ideas, veo que lo que me vino en inspiración puntual es ahora algo más simple, más vulgar y, lo que es peor, carente de suficiente calidad como para ser incluido en este diario para justa crítica de quienes lo leen. Y, al final, me conformo con ver si alguien ha realizado un comentario al que contestar convenientemente. Pero el compromiso se cumple impuntualmente.
A lo que iba. He caído en la cuenta de que eso que me desasosiega, eso que me hace revolverme entre las sábanas sin motivo, no es más que el que de un tiempo a esta parte, veo que la memoria me juega malas pasadas y que, a pesar de contar con libretas, pda, agenda electrónica en el teléfono móvil y fuera de él, pegatinas amarillas y otros variados artilugios de los que ni recordar el nombre quiero, sigo confiando en ella y me obstino en "malutilizar" estas herramientas que la tecnología pone a mi servicio. Yo, que siempre he alardeado de una vista felina y me he ufanado de una memoria prodigiosa, tengo ahora que doblegar mi mimbroso orgullo y reconocer que ya no soy capaz de realizar una lectura descansada sin los lentes adecuados ni, lo que es peor, anticipar acontecimientos futuros simplemente por el hecho de que sé que mi mente no lo recordará.
¡Otra vez que me pierdo por las sierras de la patria de Sabina! Si ya lo digo yo, cosas de la memoria.
La cuestión es que anoche vi con interés el televisado debate (¿?) entre quienes se supone deberán regir nuestros destinos los próximos años. Porque lo hacen a medias (lo de regir nuestros destinos, no el debate), que no lo dude nadie, aunque alternando en el mullido de los sillones. Absortamente, absorbí todo lo que escuché. Y lo que vi, me convenció. Hizo que decidiese mi postura. Me aclaró las ideas. Decidí, allí mismo, en ese instante, quién iba a ser el destinatario de mi voto y, satisfecho conmigo mismo, dormí. Dormí como hacía tiempo. Y ahora, tras ese sueño generoso y profundo, no es que no recuerde qué decisión tomé, es que he olvidado hasta el nombre de los contrincantes. Sólo recuerdo que debo votar a los dos... ¿o eran tres?
¡Maldita memoria!
¡Maldita neurona!
¡Maldita cana!
¡Maldita política!

2 comentarios:

Lucano dijo...

Por la radio me parecieron dos, aunque un tercero de vez en cuando repartía cartas. ¡Hagan juego, señores!

Lánzate al blanco, con la primera idea, que seguramente sea la más próxima a tu alma (y a su cana). Un abrazo.

Félix dijo...

No sé si el blanco es la mejor opción para mí, que desde siempre he sido rojo.
A lo mejor hago caso al tercero y... juego.
Cordialmente,
Félix