¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

domingo, 14 de julio de 2013

Otro 16 de julio... ¡FELICIDADES!

¡Ahora sí que no sé por dónde empezar!
Han sido meses de ilusiones y frustraciones que me han han roto y hecho renacer esta cana que ya deja de estar en mi alma para, en muchas más ocasiones de las que yo quisiera, rodearme por entero, protegiéndome a veces y ahogándome las más.
Han sido meses de buscarme en caminos quizá equivocados, yendo y viniendo sin saber ni de ni hacia dónde. Tiempos perdiéndome en redes de las mal llamadas sociales que hicieron que me apartara de la senda segura. Viajes reales o imaginarios a paraísos exóticos sin apenas salir de casa.
Han sido meses de sequía entre mis dedos mientras fuera llovía como si no fuera a haber mañana. Pero yo solo me atrevía a mirar a través de los visillos, sin querer mojarme, olvidando regar con esas aguas abundantes esta cana agostada, aunque solo fuera de cuando en vez.
Son años los que van pasando mientras descubro, mientras descubrimos, lo duro que se nos puede hacer mirarnos al espejo y ver que las arrugas se adueñan de los otoños, que las venas se marcan agoreras en una piel cada día más ajada y que la única parte corporal que no pierde volumen es la que queda sobre una cintura cada vez más difuminada por esa propia franja que la alcanza y la rebasa.
Sin embargo, hay días, momentos quizá, en que el espíritu se desenfunda cual almohadón para dejarse ver por dentro, ahí donde las costuras engordan; para dejarnos volver a lo que un día fuimos aunque solo sea en un efímero recuerdo. Hoy es uno de esos días. Hoy he vuelto a recorrer una infancia casi olvidnada, para marchar a por cangrejos al molino junto al puente y tomar un refresco en el chamizo de La Quintina; para merendar en quién sabe ya qué alameda o en El Piélago o en la Presa del Vicario o en Alarcos o en Picón; para probar un rancho que siempre me supo a gloria bendita; para ir al pueblo, a La Torre, a disfrutar de aromas indescriptibles; para subirme a los camiones en la báscula de la Dehesilla mientras me empanzonaba de manzanas verdes; para asomarme a la ventana del cuartito, como cada sábado, y ver los marciales desfiles en el polvoriento patio del cuartel; para abrir el mueble del comedor y robar mi primer cigarrillo; para subir con el "seilla" a La Atalaya a disfrutar de los fuegos de artificio; para tantas y tantas cosas... Y en todas ellas, siempre, omnipresente, estaba él. Atento aunque dejándose parecer descuidado, dejándome crecer en cada uno de esos momentos. Ahí estaba él, orgulloso de mí, orgulloso de nosotros, aunque ese carácter suyo, forjado en la dureza de los tiempos, no dejase translucir el menor atisbo. Ahí estaba él, orgulloso de haber formado una familia con la que ahora poder compartir recuerdos. Porque, a pesar de los años, seguimos compartiendo, quizá ahora con más intensidad, todos aquellos momentos en que juntos, sin saberlo entonces, forjamos lo que tenemos ahora.
Por eso, vuelvo a mi infancia, coloreo mi dibujo que seguirá siendo sorpresa hasta que se lo dé y digo: "¡Felicidades Papá!".
¡Que cumplas muchos más!

2 comentarios:

Anónimo dijo...


Siempre con tu rinconcito en mi alma, donde dejo que se instalen las buenas personas.

felicidades,
siempre en mi recuerdo.

Félix dijo...

Gracias, anónimo, por mantener viva la llama del recuerdo. Gracias por dejarle hueco en tu alma.
En nombre de su memoria, muchas gracias.
Cordialmente,
Félix