
Antes de que se enfríen los recuerdos. Antes de que se seque el sudor que ha impregnado mi camisa. Antes de que los ecos se apaguen por entre bodegas con solera. Antes de que mi cana se vea rodeada por la fina arena depositada junto a pinares durante años y más años, quiero dejar aquí mi recuerdo de una tarde de agosto, de domingo, de toros, de amigos, de viajes, de sur,...
Unos con otros, estábamos más de lo que se puede pensar. Unos irían dentro. Otros quedaríamos fuera. Pero las sensaciones han sido las mismas para unos que para otros. Porque se trataba de compartir. Porque era una cita que, aun planteada de forma casual, esperábamos y deseábamos desde hace días. Y no estoy hablando de la disculpa. No hablo de arte ni de riesgo. No hablo de suertes ni de alberos. No hablo de populares ni de anónimos. No hablo de sol ni de sombra.
Hoy, con el sudor aún recorriendo mi espalda, quiero hablar de arena playera. Quiero hablar de cerveza esperando. Quiero hablar de chopitos compartidos y de rape con pan frito. Quiero hablar de revueltos comparados a cientos de kilómetros. Quiero hablar de un refresco cualquiera a la puerta del club del Arte, donde quisimos participar de esa sensación cómplice que tenían todos antes del momento decisivo.
Hoy, sólo quiero que permanezca en esta memoria escrita el recuerdo que, de otra forma, se podría perder en un olvido indeseado. Hoy quiero que se sepa que El Puerto olvidó su acento y se volvió más castellano. Porque, para nosotros, seguro que fue el día en que esta ciudad ceceó menos que nunca.
Con una disculpa, exquisita disculpa de toro y arte, hemos compartido arena, sudores, mesa y mantel. Sí. Desde ahora se puede decir que hemos comido juntos. Y, eso, para los que nos hemos educado en esa meseta de rigores, es algo que marca, con una impronta que va mucho más allá que el mero hecho de ensuciar un mantel con la ceniza de un cigarro. Va más allá que el hecho de sabernos fuera de casa con la piel más sensible y enrojecida. Compartir mesa y mantel es afianzar amistad, hacer intimidad de algo cotidiano. Y nosotros, y vosotros, hemos comido en la misma mesa. Con la alegría de compartir y la sensación de algo más. Porque ahora recuerdo cómo un día tú, Beatriz, me dijiste no sé que cosas de conversaciones inconclusas, de frases sobreentendidas y de miradas de perdón. Porque ahora recuerdo cómo yo dije que a este lado de la barrera se te veía a gusto en conversación y eso era tertulia. Pues ayer, antes de pisar el cemento de la Real del Puerto, hemos estado todos a este lado de la barrera. Y hemos tenido que venirnos a El Puerto a hacer tertulia alrededor de un café. A cumplir con uno de mis deseos. Charla y amigos. ¿Se puede pedir algo más? ¡No! ¡Se debe dar!
¡Gracias! ¡Magnífico día!
Lo de después no importa. Porque habrá más días de Arte, pero esta, y sólo esta, será la primera vez que comimos e hicimos tertulia junto a la arena y al albero.
¡Ah! Lo de la crónica, lo dejo para Jose, para sus Sentimientos y sus Locuras.