¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


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viernes, 18 de julio de 2014

En un año

¡No!
No olvidé que hace un par de días volvía a concelebrar el aniversario de mi padre. No olvidé que hace un par de días la Virgen Marinera salió de su cobijo para pasear calles, ríos y puertos. No olvidé, en fecha tan señalada, a aquellas cármenes que en algún momento formaron parte de nuestras vidas, recordando con ello a una Berrendita cada vez más abandonada, que no olvidada, y a esa abuela a quien ella siempre rinde homenaje como sólo ella sabe.

¡No! ¡No lo olvidé! ¡Lo que olvidé fue dejarlo patente en este folio inmaterial!

Y es que estos últimos meses anduvo mi cana en tanto menester que no he tenido ni un momento para dejar constancia en este cuaderno del que hace tiempo perdí el candado. Porque desde ya tanto que sólo puedo entreverlo en la tiniebla de la memoria, anduve inmerso en actividades varias en tal cantidad que llegué a olvidar la obligación de renovar, al menos de vez en cuando ya que no con periodicidad, los contenidos de estas páginas.



Por vez primera desde hace tanto que casi ni lo recuerdo, he vuelto aquí para trabajar.

De un año acá le fui infiel a esta bitácora, cambiándola por la rutinaria obligación de dedicar mis palabras a aquellos desconocidos que quisieran acercarse cada miércoles a esa SalamancaRTV que explotó en la prensa virtual de la ciudad con la enérgica intención de hacerse con el mejor de los huecos. Dediqué mis miércoles a hacer allí lo que aprendí a hacer aquí: malcontar lo que se me pasa por la cana, que allá quedó tímidamente oculta para no significarse. Así, mi cana destilaba lo que yo firmaría después, obligándola a permanecer en el anonimato. Pero nunca fui fiel a la rutina calendaria y tuve que exprimir más de la cuenta mi escaso seso para poder llegar a tiempo cada semana de las que anduve por allí.



Ahora, dándome un tiempo de respiro obligado por los quehaceres que me impone un trabajo cada día más prosaico, dejo que sean otros los que se expresen en aquella prensa virtual y vuelvo por aquí para intentar no perder el contacto con lo que un día fue casi rutina y ahora, mucho más reposado, mantengo como elixir de ánimo. No sé si dejaré pasar otros doce meses, pero de lo que estoy seguro es de que nunca perderé el contacto con esta cara visible de una cana que sujeta al alma.

domingo, 14 de julio de 2013

Otro 16 de julio... ¡FELICIDADES!

¡Ahora sí que no sé por dónde empezar!
Han sido meses de ilusiones y frustraciones que me han han roto y hecho renacer esta cana que ya deja de estar en mi alma para, en muchas más ocasiones de las que yo quisiera, rodearme por entero, protegiéndome a veces y ahogándome las más.
Han sido meses de buscarme en caminos quizá equivocados, yendo y viniendo sin saber ni de ni hacia dónde. Tiempos perdiéndome en redes de las mal llamadas sociales que hicieron que me apartara de la senda segura. Viajes reales o imaginarios a paraísos exóticos sin apenas salir de casa.
Han sido meses de sequía entre mis dedos mientras fuera llovía como si no fuera a haber mañana. Pero yo solo me atrevía a mirar a través de los visillos, sin querer mojarme, olvidando regar con esas aguas abundantes esta cana agostada, aunque solo fuera de cuando en vez.
Son años los que van pasando mientras descubro, mientras descubrimos, lo duro que se nos puede hacer mirarnos al espejo y ver que las arrugas se adueñan de los otoños, que las venas se marcan agoreras en una piel cada día más ajada y que la única parte corporal que no pierde volumen es la que queda sobre una cintura cada vez más difuminada por esa propia franja que la alcanza y la rebasa.
Sin embargo, hay días, momentos quizá, en que el espíritu se desenfunda cual almohadón para dejarse ver por dentro, ahí donde las costuras engordan; para dejarnos volver a lo que un día fuimos aunque solo sea en un efímero recuerdo. Hoy es uno de esos días. Hoy he vuelto a recorrer una infancia casi olvidnada, para marchar a por cangrejos al molino junto al puente y tomar un refresco en el chamizo de La Quintina; para merendar en quién sabe ya qué alameda o en El Piélago o en la Presa del Vicario o en Alarcos o en Picón; para probar un rancho que siempre me supo a gloria bendita; para ir al pueblo, a La Torre, a disfrutar de aromas indescriptibles; para subirme a los camiones en la báscula de la Dehesilla mientras me empanzonaba de manzanas verdes; para asomarme a la ventana del cuartito, como cada sábado, y ver los marciales desfiles en el polvoriento patio del cuartel; para abrir el mueble del comedor y robar mi primer cigarrillo; para subir con el "seilla" a La Atalaya a disfrutar de los fuegos de artificio; para tantas y tantas cosas... Y en todas ellas, siempre, omnipresente, estaba él. Atento aunque dejándose parecer descuidado, dejándome crecer en cada uno de esos momentos. Ahí estaba él, orgulloso de mí, orgulloso de nosotros, aunque ese carácter suyo, forjado en la dureza de los tiempos, no dejase translucir el menor atisbo. Ahí estaba él, orgulloso de haber formado una familia con la que ahora poder compartir recuerdos. Porque, a pesar de los años, seguimos compartiendo, quizá ahora con más intensidad, todos aquellos momentos en que juntos, sin saberlo entonces, forjamos lo que tenemos ahora.
Por eso, vuelvo a mi infancia, coloreo mi dibujo que seguirá siendo sorpresa hasta que se lo dé y digo: "¡Felicidades Papá!".
¡Que cumplas muchos más!

sábado, 16 de julio de 2011

Noventa años

Cuando, en 1921, hace ahora noventa años, el mundo se encontraba aún recuperándose de la más cruenta de las guerras vividas hasta el momento, los pasos que daba la sociedad en cualquiera de sus caminos, eran dificultosos y lentos aunque, en muchos casos, de trascendencia impresionante.
En España casi todo giraba en torno a las andanzas de Abd-el-Krim y su cábila. Las gentes andaban pendientes del moro y de la respuesta que el ejército español procuraba a sus incursiones. Fue la llamada Guerra de Marruecos en la que el Desastre de Annual, batalla cruenta donde las hubiera, marcó un punto de inflexión definitivo.

Mientras, el resto del mundo quedaba admirado por el juego de un cubanito que, tras vencer a Lasker, se alza con el título mundial de ajedrez. El temperamental habanero Raúl Capablanca se convertirá en el único campeón de ajedrez que diera la isla caribeña.

Seguramente por esos dias, dos jóvenes estudiantes de medicina apellidados Banting y Best también utilizaran parte de su tiempo en este milenario juego de estrategia. Posiblemente dedicaran los descansos de largas jornadas, entre experimento y experimento, a descansar mientras especulaban enfrentados a un tablero. Pero sus nombres jamás destacarían por sus habilidades para mover peones y alfiles, sino que estos quedaran ligados para siempre al descubrimiento de la insulina y, con ello, a la solución de la temida diabetes.

En Salamanca, este 1921, Jesús Sánchez Sánchez, Enrique Esperabé, Isidro Pérez Oliva y Luis Maldonado, lo estrenarán como nuevos senadores del reino, bajo el gobierno de Eduardo Dato, quien morirá victima de atentado terrorista pocos meses después a manos de tres individuos que montaban una motocicleta. ¡Tres en una moto!

Detalles de un año en el que, tal día como hoy, venía al mundo, en un pequeño pueblo del norte de Cáceres quien, con el paso del tiempo, se convertiría en noble militar, fiel esposo y paciente padre. Mi padre.

Hoy, dieciséis de julio, mi padre cumpliría noventa años y no puedo dejar de recordarlo. Porque de esos noventa que hubieran sido, más de cuarenta, que son toda una vida, los pasé junto a él. Aprendiendo aunque no fuera consciente, porque lo que yo aprendí se me impregnó sin palabras, discreta pero firmemente. Educación, principios, maneras de ver la vida y enfrentarla, cosas que jamás me inculcó pero que se me quedaron dentro como si me las hubiera grabado a fuego. Cariños y silencios.
Por eso, aunque el mundo se fije en efemérides guerreras, ajedrecísticas o sanitarias, yo siempre recordaré que 1921 fue el año en que nació mi padre. Y, para mí, en mi egoísmo filial, eso es mucha más efeméride que cualquiera otra.

Por eso, aunque sea ya solo en el recuerdo... ¡Feliz noventa cumpleaños! ¡Felicidades, padre!



miércoles, 8 de diciembre de 2010

Juramentos y gurrumbadas

Todos tenemos fechas marcadas en rojo en nuestros calendarios. Días señalados que periódicamente se nos echan encima para traernos recuerdos. Buenos y malos recuerdos que nos vemos obligados a mantener, por no se sabe bien qué muchas de las veces, aunque ello nos cueste más de lo que quisiéramos. Aniversarios de los que estas páginas virtuales en las que dejo parte de lo mío están más que cargadas. Fiestas religiosas y paganas, onomásticas y cumpleaños, íntimas y compartidas, cuando alguna me toca el alma, intento dejar constancia con mis palabras o en ellas, que no sé bien.

Peco de reiterativo, lo sé, y quizá sea muestra de escasez de imaginación, o puede que sea que el resto de motivos que pudieran impulsarme a manifestar mi parecer en este blog no alcancen ahora suficiente importancia en mi natural escepticismo. Porque últimamente puede que haya llegado a confundir este filtro con la apatía y, a pesar de la inconsciencia, sólo los días feriados de mi almanaque son los que me mueven a sentarme frente a la pantalla y mover mis dedos entre las teclas intentando sacar algo congruente a su través.

Bien. Pues, sea como sea, hoy es uno de esos días; uno de esos momentos en los que me autoimpulso a dejar plasmado mi recuerdo. Hoy es día de juramento ante los evangelios, frente al magnífico óleo de Caccianiga, para mantener una secular tradición que sólo vive en el alma de unos pocos. Y lo he hecho. En silencio, sin muceta ni birrete y frente a la impresionante Inmaculada de Fernández que nos mira desde la altura de su hornacina mientras preside los actos festivos de la Capilla Dorada. Lo he hecho aunque sepa que será difícil que mi propia sangre aflore para defensa del dogma, pero la fidelidad a la tradición deja a esta cana que me rige con una calma serena que durará hasta la próxima renovación del juramento.

Pero hoy, aun habiendo seguido mi propia tradición, he echado de menos lo que no llegué a conocer. Esa "gurrumbada" a la que los villalpandinos dedican toda una noche para recordar, seguramente de forma heterodoxa, su privilegiado punto de partida en esta tradición tan nuestra aunque cada vez menos recordada. He tenido en mi memoria a los pocos villalpandinos a los que tengo el honor de conocer: toreros, taurinos y sus hermanos, escritores de ley y peso que se sienten capturadores de momentos, anónimos pobladores de noble espíritu... Y para ellos, desde esta intimidad tan al descubierto, vaya mi felicitación cariñosa y cargada de un poco de envidia, aunque hoy no sea día de pecar.

Vaya también mi felicitación para quienes se sienten concelebrantes de este día, nobles y villanos, en todos y cada uno de los rincones de esta España mariana. Valencianos y sevillanos, madrileños y salmantinos, pero, con especial dedicación, el mejor de mis recuerdos sea para todos aquellos que aún se sienten doctores de la Salamanca del diecisiete; para todos aquellos, no sé si pocos o muchos, que mantenemos fidelidad a un juramento renovado cada ocho de diciembre a pesar del olvido de siglos en este mundo profano. Hoy me felicito por ello. Hoy me siento feliz por ello.

* Las fotos las he tomado prestadas de las Esclavas del Santísimo, la primera y de Miguel Sáenz de Santa María, la segunda. Espero que no se molesten por ello.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Uno menos... uno más

Un año menos para alcanzar las bodas de oro. Para pasar a ese "otro lado" en el que uno comienza a sentirse un poco más viejo o algo menos joven. Cuando, por más que se quiera, la botella se va viendo más medio-vacía que medio-llena.
Hoy, cuando voy viendo cerca lo que puede suponer medio siglo, he buscado alguna sensación en los adentros y lo único que he encontrado es lo que me dejé ayer olvidado. No hay nada nuevo. No me siento peor aunque esta maldita próstata lleve ya casi tres años insistiendo en que lo de la eterna juventud es, en lo físico, una falacia, aunque el espíritu no envejezca a la misma velocidad. Y mi cana se da cuenta de que, a pesar del paso de los años, aún permanece estoicamente solitaria, pues sólo se ha visto acompañada, de cuando en vez, por algún brote esporádico de compañeras que jamás llegaron a pájaros nuevos. Renovación para no dejarse invadir por melancólicas sensaciones producto de pasajeros contratiempos.
Me miro al espejo, a ese espejo del interior mucho más fiel que cualquier otro, y me veo como ayer. Esa verruguita que me viene acompañando fielmente en los últimos tiempos; ese nevus que es casi tan viejo como yo y esas ojeras que me dicen, todos los días, que debería dormir algo más aun a costa de dejar de hacer otras cosas. Me duelen los huesos y pierdo vista. Me canso subiendo y bajando. Se me pierden las cosas entre las arrugas de la mente y me veo incapaz de poner nombre a las caras o cara a los nombres. Recuerdo como si de ayer fuera lo que me viene de infancia y olvido lo que tengo que hacer mañana... ¡Coño! Me hago viejo aunque aún no haya alcanzado los cincuenta. Pero me siento como si jamás hubiese cumplido años. Asentado en una magnífica vida, cada día más plena y en la mejor de las compañías. Aún mantengo las ilusiones que pude tener a los dieciocho, o a los veintiocho, o a los treinta y ocho. Me veo como si estuviera empezando aunque sepa que ya lo dejé todo hecho.
Iré a ver a Martín, el santito negro, como todos los tres de noviembre.
Pierdo barriga y me siento bien.
¡Hoy cumplo años!

jueves, 7 de octubre de 2010

Rosario...

Ahora recuerdo aquellas tardes de viernes de mi niñez con una nitidez que posiblemente sea síntoma de que mis neuronas se endurecen y sólo dejan espacio para conservar aquello que, por lejano, cada día se nos hace más presente.
Se me viene a la memoria, como si de hoy mismo se tratase, la imagen de sor Carmen, recia cordobesa, hija de la caridad de las de San Vicente de Paul, a la que quiso el destino poner en mis primeros pasos escolares para que forjase en gran medida, moldeando mi ternura infantil, mucho de lo que ahora soy. Y veo a sor Carmen, "chasca" en mano, guiando en el rezo vespertino del Rosario a una recua de chiquillos sentados calladamente en sus pupitres; y nosotros, chavales revestidos de azul babero y cuello duro con la pubertad todavía muy lejana, pues aún no habíamos alcanzado la decena, recitábamos la sarta de avemarías y letanías temerosos en su presencia. Rezábamos sin saber aún bien ningún por qué, pero dejábamos que fuese quedando un pequeño poso que, al menos a mí, serviría como "velo" de futuros caldos en la todavía recién construida barrica de la vida. Y para nosotros, al menos para mí, era todo un orgullo, un privilegio, ser seleccionado para salir a la tarima y oficiar de director, moviendo las gastadas cuentas de madera de ese rosario que siempre quedaba guardado en el cajón de su mesa, de la mesa de sor Carmen, mientras meditaba por qué aquello de los "misterios", recitando sin pensar padrenuestros y avemarías.
Nunca sospeché por entonces que aquello marcaría de alguna manera mi vida. No imaginaba que ese iba a ser el primer peldaño que haría del Rosario una constante recurrente en mi vida.
Será mucho más tarde cuando mi conciencia caiga en la cuenta de mi afinidad, de mi relación vital con ello. Porque, también de forma inconsciente, el paso del tiempo fue haciendo crecer en mis adentros una pasión por ese sur que me embarga cada día con más firmeza, del que no puedo pasar alejado sino esas temporadas que mis otros quehaceres me imponen en esta meseta salmantina. Y, ¡oh coincidencia!, es Nuestra Señora del Rosario la patrona que guía esa ciudad de estrechas callejas y olor decadentemente colonial. Es la Virgen del Rosario la patrona de ese "Cái" que me enamoró desde el primer momento. De nuevo el rosario marca mi cana con ese no sé qué. ¡Feliz coincidencia!
Pero hoy, día marcado para conmemorar su festividad, el día de Nuestra Señora del Rosario, olvido todo lo anterior y mi alma se embarga sólo con ella. Porque, ¿será coincidencia?, es una Rosario la mujer a la que se me unió la vida casi desde el momento en que la pobre sor Carmen me aliviase de pañales infantiles. Es ella la que aceptó estar junto a ese mozo, aún imberbe, recién llegado a su charro futuro. Es ella la mujer con la que he compartido y comparto todo lo que tengo y todo lo que soy desde hace tanto tiempo. La esposa que ha visto cómo he madurado, si alguna vez lo hice, y cómo me crecía esta cana en el alma. Es María del Rosario, ¡feliz coincidencia!, ese eslabón imprescindible en la cadena de mi vida. Cálida primavera en cualquier época. Asiento de la impaciencia en el que me dejo reposar cuando la batalla me vence. Empresa común para el proyecto más importante de una vida.
Hace tiempo que no rezo el rosario, al menos completo, y hace tiempo, menos, bien es cierto, que no piso la gaditana piedra ostionera, pero me doy por satisfecho, más que satisfecho, sabiendo que mis días están permanente llenos del mejor de mis rosarios. ¡Feliz coincidencia! ¡Feliz día! ¡Felicidades, Rosario!

viernes, 16 de julio de 2010

¡Felicidades!

Así, casi sin darme cuenta, casi sin darnos cuenta, se nos ha echado otro año encima. Los marineros de mar y tierra adentro volverán a hacer fiesta, sonarán bocinas y petardos y, en muchos lugares, habrá verbena y fiesta hasta mucho más allá del final del día.
Otro año más volveremos a sentarnos junto al ciprés para vernos las caras del alma, espejos que hace ya años perdieron su azogue. Conversación de un padre siempre padre con un hijo que ahora es padre. Te contaré y me contarás, sonreiremos y volveremos cada uno a nuestra vida, presente o futura.
Sé que el tiempo es pilón constante que se encarga de diluir las memorias y de que nuestros recuerdos vayan desapareciendo si no los atamos al brocal y no los bajamos de vez en vez a mojarse en el fondo de nuestros ánimos. Pero hay algunos que, por mucho que el tiempo se empeñe, serán imborrables mientras la cana de mi alma siga anclada con fuerza. Hay cosas que anidan en nuestra intimidad y no habrá tiempo que pueda hacerlas desaparecer.
Por todo esto, por intentar mantener viva una memoria, por poder relajar mi alma al menos un día, por querer que sigas ahí junto a todos nosotros, por devolver poco a poco lo que recibí de golpe,... ¡Feliz cumpleaños!
Lo demás nos lo contaremos luego, bajo el manto de la Virgen del Carmen y junto a la alargada sombra del ciprés que cuidas y te cuida, aunque ya lo hayamos dicho todo.

lunes, 4 de enero de 2010

El segundo

 Gracias, Maitena.


Ya lo dije hace un año pero, además, ayer no andaba pendiente de aniversarios y dediqué el día virtual a otros asuntos. No estaba de celebraciones la cosa.
Sigo pensando que sólo celebraré los aniversarios redondos y, aunque este termine en cero por el año recién estrenado, sólo son dos los que esta Cana lleva anclada a mi alma. Así que, fiel a mi compromiso, esperaré otros ocho para celebrar el primero... Si es que llego.
Sírvame éste como simple recordatorio.
Memento homo. Pulvis eris...

jueves, 31 de diciembre de 2009

31 de diciembre


Fiel a esa tradición que me embarca todos los años en este día, he acudido a rendir mi homenaje a don Miguel.
He sentido su hálito entremezclado con las gotas de lluvia.
He revivido aquellos momentos que sólo conozco por la lectura.
He intentado imaginar cómo sería con él presente.
He acompañado a cada una de las hojas de laurel de esa corona de lazo rojo, sin más color, para aposentar mi recuerdo a los pies de su figura.
Y ahora, cuando son las horas en que el tufo del brasero cumplía con el cruel destino, acabando con la vida del reo, acabando con la reclusión de su cuerpo y de su alma, en la penumbra de un cuarto silencioso, mi cana se entretiene en la lectura de un poemita mientras en mis oídos aún retumban las palabras del rector, de mi rector, poniéndole voz a cada uno de sus versos.
Pero yo, como él, quiero vivir, vivir... y ser yo, yo, yo... aunque el duro bregar me deshaga.



sábado, 12 de diciembre de 2009

El siguiente al primero

¡Otro año más!
Normalmente, uno no se da cuenta de que ha pasado el tiempo hasta que no llega una fecha significada. Pero no es mi caso, pues creo que no hay día en que no recuerde la fecha que hoy conmemoro.
Ha pasado ya un año desde que pasó el primero; desde que publiqué mi primer recuerdo para, vuelvo a decirlo, el mejor de los amigos que llegué a tener. Porque me dejó ser su amigo y yo aproveché su generosidad.

Hace ya dos años que me dejó (no sé si decir nos dejó) Luis Santos de Dios y aunque su memoria siga viva en mi recuerdo cada día, siento como si fuese una eternidad la que ha pasado. La que he pasado sin su compañía. Y me siento mal. Hay algo que me atenaza por dentro y que, aunque mi cana esté ligada (seguro que de por vida) a su bitácora, hace que la desilusión se apodere de este interior. Porque creo que le he fallado. No, no lo creo: ¡estoy seguro! Sé que he dejado de cumplir esa obligación que adquirí el mismo día de su desaparición. Un compromiso laxo pero compromiso al fin, a pesar de saber que no podría ser capaz. Fueron mis palabras: "me veo en la obligación de, al menos como agradecimiento, rendido homenaje, mantener el espíritu. Aunque sé que no voy a ser capaz. Pero voy a intentarlo y, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, recordaré a mi hospedero y comentaré algo de su Pasión. Pasión compartida pero que no es la mía, pues hace tiempo que perdí esa ilusión. Muchos lo saben. Pero, en su memoria, ya digo, intentaré, aunque esporádicamente, sostener firme ese estandarte." Y ahora, cuando el recuerdo es más nítido, veo que he renunciado a mis palabras. Que desde hace un tiempo y, lo que es peor, de forma voluntaria, me negué a defender el ideal dejándome ir por otros derroteros, menos atractivos seguramente para quienes me visitan pero mucho más cómodos para el devenir de este diario. He olvidado mis propias palabras para que mis propias aguas siguieran un cauce tranquilo y remansado, de estuario, sin remolinos que pudieran engullir a aquéllas y, con ello, atrapar a quien se quiso hacer estandarte de las mismas.
Veo que no soy el único que mantiene viva su memoria. Que su bitácora sigue abierta para que algunos despistados se pasen por ella de vez en cuando y así, al menos, compartir su sentir por unos momentos. Reconozco que yo lo hago a menudo y que, en más ocasiones de las que pudiera parecer, la nostalgia por sus palabras me sirve para mantener ese recuerdo que él siempre quiso.
Son más, muchas más, las canas que ahora acompañan a aquella que descubrí en mi alma hace ya casi dos años. Son más, muchos más, los avatares que han provocado su aparición. Son más, muchos más, los días en que, sabiendo de mi compromiso, me arrepiento de haberme vuelto atrás cobardemente. Tan atrás que casi no veo el futuro en el que anduve, prefiriendo pisar románicos a patear romanos, sorber el plateresco a soplar la plata, admirar cruceros a ver cruces. Pero el hachón sigue encendido, aunque sólo él lo vea y lo sepa. 
Porque siento que le echo de menos, con mi recuerdo, el mejor dadas las circunstancias: ¡Va por ti, Luis Santos!


P.S.
No me resisto, en esta señalada fecha, a recordar a Luis como se merece. Por eso y haciendo mezcla de lo suyo (la Semana Santa) y lo mío (las antigüedades de Salamanca), traigo aquí este documento (al que llegué desde las palabras de don Manuel Villar y Macías en su "Historia de Salamanca"), extraído de la obra "El Colegio Mayor del Arzobispo Fonseca en Salamanca" de la que es autor Manuel Sendín Calabuig. Trata éste de cómo tenía este Colegio, el del Arzobispo, de Fonseca o de Nobles Irlandeses, el privilegio de que las procesiones de Semana Santa, Pascua de Resurrección y de la Santa Cruz de mayo, se acercaran hasta sus muros y de cómo se organizaba toda la parafernalia colegial en los actos de los diferentes días.
Todas las procesiones entraban en la capilla del colegio y pasaban por delante de los bancos de terciopelo en los que estaba sentada la comunidad colegial. Incluso las que no podían entrar a la capilla, subían al atrio por un lado de sus escaleras y bajaban por el otro, a la vista de todo el Colegio. Allí, dentro o fuera, se practicaban ceremoniales semejantes a los celebrados en las audiencias del reino.
Así, descubro que no sólo fue mi querida rana de la fachada  principal de la Universidad salmantina la que tuvo el privilegio de ver el paso de las procesiones penitenciales desde la primera fila, sino que también Santiago Matamoros, desde su medallón de la fachada del Colegio, fue espectador de lujo del paso de cruces, hachas y nazarenos. Es éste un dato que desconocía (como muchísimos otros en la historia de esta ciudad que me atrapa) y que dejo aquí para memoria de quien vivió por y para la Semana Santa.





lunes, 7 de diciembre de 2009

De conceptione Beatae Virginis Mariae

Creo que no es la primera vez que lo digo, aunque últimamente tengo el yo tan disperso que acabo por no saber si he dicho, he escuchado o he leído las cosas que se me vienen a esta cana. La edad no perdona y se evidencia, aparte de por los apretones prostáticos cada día más persistentes, en la pérdida de una capacidad neuronal evidente en mi evidentemente menguado cerebro.
¡Pues eso! Que hoy recuerdo que mañana celebramos la festividad de la Concepción Inmaculada de la Virgen María (de la que desconozco su alternativa en los calendarios paganos, aunque siempre se puede poner un roto para el descosido).
Es una fiesta religiosa, está claro, aunque, por ahora, sea asumida por el estado sin aspavientos. Es una fiesta en la que, obviando este aspecto rotundamente cristiano, la tradición viene de antiguo. De muy antiguo, diría yo, aunque no es cuestión de embrearse en erudiciones en un día en el que lo único que pretendo es dar descanso al cuerpo y, de paso, a la cana de mi alma, arrumbando mis huesos en el hoyo del sofá y dejando volar la vista sobre cualquier cosa impresa que pueda retener su atención. Hojear, ojear y dejar que se asienten las palabras para ser olvidadas sin remisión.

Aun así, quisiera justificar y justificarme. Justificar una tradición que en España viene de largo, como digo. Tanto como que mucho antes ya de que Pío IX proclamase el dogma (que fue en 1849), esta Salamanca que me absorbe juró defenderlo, incluso con la sangre de los que la habitaban. Y no sólo serían aquellos doctores del Alma Mater, magistralmente plasmados por Cacciániga en el lienzo que preside la capilla de la Universidad, los que adquirían este compromiso jurado de enseñar y defender esta doctrina desde el mismo momento en que recibían su grado, sino que el propio ayuntamiento salmantino, en nombre y representación de sus administrados, se comprometería por aquellos mismos tiempos en la firme defensa de la Concepción Inmaculada de María, ¡que no iban a ser ellos menos que los doctores!
No soy consciente de haber realizado dicho juramento en mi investidura como doctor pero, aunque sólo fuera por tradición, lo asumo como si yo fuese uno de aquellos primeros que lo hicieran en 1618.
Tampoco es momento ahora de recordar las luchas, enconadas las más de las veces, entre Predicadores y Franciscanos o Agustinos, en las que el argumento del dogma servía, posiblemente, para enmascarar otras más humanas rencillas. No es momento, insisto, para recordar datos que acumulan polvo secular en los libros de viejos estantes mientras la vida se dedica a cuestiones más llanas. Pero sí es momento de justificarme, autojustificarme o, quizá mejor, asentar mis recuerdos más íntimos mientras dejo que afloren. Porque, aparte de su tradición festiva y de su importancia cristiana, esta fecha supone mucho más para este alma que me guía. Porque fue un día como éste cuando mi vida dio uno de sus últimos vuelcos, se ató para los restos y sigue fiel esperando la vejez en la mejor de las compañías. Por eso, sólo por eso... ¿¡¡Cómo no había de ser fiesta!!?

martes, 3 de noviembre de 2009

Tres de noviembre

Hoy es tres de noviembre.
Seguramente para la mayoría de los mortales no es sino una fecha más en el calendario, sin que deba ser recordada por ningún motivo particular. Para otros, pues somos tantos y han ocurrido tantas cosas, este día puede ser recordado por motivos diversos y variados, alegres o luctuosos.
Para mí, esta fecha es especial, por lo que entro en el segundo de los grupos anteriores. Una fecha siempre recordada aunque tenga la cana cada día que pasa más huera y a mi alma le cueste retener detalles que la memoria fijó en ella alguna vez.
Un día tres de noviembre de 1256 tuvo lugar en Salamanca una de esas avenidas del Tormes que se mantienen en el recuerdo a través de los siglos. Una riada que provocó que el puente romano perdiera más de la mitad de sus ojos, dejando incomunicados el sur y el norte de la península... Al menos por lo que a este paso se refiere. Una riada que dejó a los frailes dominicos (recién asentados en la ciudad de Salamanca) sin un techo bajo el que cobijarse, pues su convento quedó arrasado por las aguas. Pero, providencia divina, esto dio lugar a su traslado a la pequeña iglesia de San Esteban... y hasta hoy.
Un día tres de noviembre de 1639 fallecía en Lima, en la Ciudad de los Reyes, el primero de los santos negros de América, el santo moreno al que profeso toda mi devoción: San Martín de Porres, quien para mí será siempre "El Santito". Porque yo, persona poco dada a devociones imagineras, siento una debilidad, posiblemente heredada, por este hombre que fue capaz de reunir en una sola persona tanta bondad, comprensión, caridad y fe, que me hace sentir algo especial por él.

Un día tres de noviembre de 1961 venía al mundo en tierras de Don Quijote, un niño. Un chaval que disfrutó su infancia de llanuras manchegas y que al cabo del tiempo vino a madurar a esta Salamanca que le enamoró haciendo que se atase a ella y a sus gentes de forma permanente. Alguien a quien el color de la piedra, el olor de las casas, el sonido de las calles le retienen con un nudo invisible, indivisible y para toda la vida. Alguien a quien lo charro le caló hondo. Tan hondo que presume de charrería allá por donde vaya. Alguien que jamás negará su raíz pero que nunca renegará de ser salmantino hasta lo más escondido de su alma.
Hoy, día tres de noviembre de 2009, volveré a charlar con mi Santito como hago todos los años. Estaré con él celebrando su fiesta y nos contaremos nuestras cosillas. Hablaremos de cómo nos van las cosas y de nuestros proyectos. De familia y de amigos. Será sólo un rato, pero servirá para mantener consolidada esta devoción que le profeso. ¡Qué digo devoción! Admiración sería la palabra. Porque siempre será ejemplo vital para mí.
Seguramente para la mayoría de los mortales, el día de hoy sea uno más en el calendario, pero para mí, es especial. Hoy, en San Esteban, el Santito y yo, nos pondremos el traje charro para, en la mejor de las comuniones, celebrar y celebrarlo.

sábado, 31 de octubre de 2009

Difuntos anónimos

Vuelvo a visitar el camposanto. A pesar de laicidades y disfraces, mientras los más jóvenes se desperezan tras una noche de muertos vivientes, de trucos y tratos, de bailes y calabazas. A pesar de todo, prefiero el olor a churro y anis, el colorido de claveles y crisantemos, el trasiego lúgubremente festivo por los estrechos caminos que, entre nichos y tumbas, recorren hombres y mujeres fieles a una tradición y a una liturgia. Porque yo seré uno de ellos. Porque allí están mis difuntos. Porque creo en la liturgia. Porque mantengo la tradición.
Va a hacer un año ya que, en la única visita obligada que hago a este lugar, descubrí que las flores que depositamos en su lápida, ésas que horas antes le fueron regaladas por quienes más le quieren, habían sido sustraídas.
Ayer, escucho en un noticiario local que las fotografías que mantienen el recuerdo de quienes allí moran, hasta un total de más de doscientas, habían sido arrancadas por lo que se supone serían gamberros.
¿Será resultado de la secularización popular o habrá sido así toda la vida? ¿Será esto el laicismo con el que nos amenazan?
Pues yo, igual que hace un año, igual que siempre, volveré con los míos a depositar mi ramo de flores sobre la lápida, consciente de que sólo serán para unas horas; de que los "profesionales" de la gratuidad del propio exorno funerario a costa de los otros, caerán inmediatamente sobre ellas para su traslado a donde ellos, con toda su seguridad, creen que son más necesarias: sus propios muertos.
Pues aquellos a quienes les han robado los rostros de los suyos, volverán, como cada año, para, aun sin verles la cara, charlar con ellos como si nada hubiera ocurrido; para decirles que no hace falta una fotografía cuando el recuerdo está indeleble en el alma.
¿Y los que nunca tienen flores y jamás tuvieron una fotografía? Pobres, aquellos a quienes nadie va a recordarles y permanecen con sus nombres borrados por el paso del tiempo. Lápidas anónimas que observan el trasiego sabiendo que nadie se detendrá junto a ellas, siquiera en estos días de los que se saben protagonistas. Porque muchos de ellos son santos al tiempo que difuntos. Pues para ellos es mi recuerdo. Para ellos mi oración de estos días. Para ellos mi curiosidad por saber que fueron, imaginando a buenas gentes, dedicadas a lo suyo y a los suyos, felices mientras vivieron. Para ellos, anónimos residentes, mis paseos entre cipreses y mausoleos. Para ellos las flores que dejo sobre la tumba de mi padre. Porque sé que a mi padre nunca le hubiera importado compartirlas. Para ellos los cientos de fotografías robadas que podrían ponerles rostro. Para ellos el mejor de mis recuerdos en mi oración.

jueves, 16 de julio de 2009

¡Hoy es tu cumpleaños!

No quiero repetirme, pero hoy no tengo más remedio que hacerlo.
Como todos los años desde que mi memoria alcanza, en esta festividad marinera, mientras el manto de Nuestra Señora comienza a salpicarse de aguas dulces o saladas, mi primer recuerdo es siempre el mismo. Madrugar y tener presente en esa somnolencia que me hace remolonear mientras el mundo duerme, que la casualidad quiso que un día como hoy de hace ochenta y ocho largos años, viniese al mundo quien me diera la vida.  Y el recuerdo se hace intenso, más intenso, sobre todo desde que, con la ausencia, tengo la impresión de que quedaron muchas cosas en un tintero que siempre estaba por rellenar. Porque desde siempre y para siempre, los lazos de sangre se deben alimentar día a día, y él, en su silencio, lo hizo constantemente aunque los demás fuésemos ciegos inconscientes.
Ahora, con su memoria aún más tierna que nunca, simplemente haré lo único que puedo pero que me conforta y alegra a esta cana cada día más vigorosa. Charlaré con él como no hacía cuando nos veíamos las caras y celebraré junto a él este día que, aún en su callada prudencia, siempre disfrutó. Estaré junto a él un momento, lo justo para confirmarme en el presente, recordar el pasado y felicitarle porque sigue un año más junto a mí. Un año más con nosotros. Porque sé que mi recuerdo es íntimamente compartido y tú también recordarás, en el sopor entre las sábanas, que hoy tienes algo más que hacer. Y también le visitarás para decirle cómo le quieres. Siempre así.
Porque ya no hay regalo. No habrá corbata ni jersey. Ni ese libro que siempre devoró con fruición. Sólo un sencillo ramo de flores que deje constancia de que sigue con nosotros a quienes pasen por su lado. Unas frases. Una oración. Una lágrima en el alma.
¡Feliz cumpleaños!

viernes, 27 de marzo de 2009

Aniversario Dominicano


El día 27 de marzo de 1944, lunes, la nueva Hermandad Dominicana del Santísimo Cristo de la Buena Muerte recibía la aprobación de sus Constituciones con la firma del recordado fray Francisco Barbado, Obispo de Salamanca.
Ese mismo Viernes Santo, 7 de abril, las calles salmantinas vieron la primera salida penitencial de esta Hermandad en Cofradía y la aprobación popular fue unánime. Una más que cálida respuesta fue la que recibieron todos aquellos que acompañaron al Cristo de la Buena Muerte y a Nuestra Señora de los Dolores en su recorrido.
Fue una salida que, aparentemente precipitada, se cuidó en sus detalles. Eran días de fervor popular y todos los vientos soplaban a su favor.
Nada más concluir la procesión, el número de candidatos a hermanos creció abrumadoramente.
Fueron tiempos de inagotable actividad, en los que la preocupación de unos cuantos, recordados por todos, fue el motor que nos ha impulsado hasta estos momentos. Porque, aún hoy, se mantiene en muchas de las actividades de hermandad ese espíritu que esos pocos supieron infundir.
Son sesenta y cinco años los que han pasado. Son muchos los momentos buenos y malos por los que ha tenido que pasar esta aún joven Hermandad. Alegrías y decepciones, alientos y zancadillas, sonrisas y lágrimas. Pero ahí está. Ahí sigue, preparando una nueva salida penitencial como si hoy fuese aquella primera vez. Y seguirá su senda cuando muchos no estemos, para llegar a otros sesenta y cinco.
¡Felicidades Dominicana!

sábado, 3 de enero de 2009

Una cana en el alma


Hoy hace un año que descubrí esa cana que unos días ablanda y otros endurece mi alma. ¿Feliz aniversario? No lo sé, pero, como en la familia Borbón que nos reina, sólo pienso celebrar los aniversarios redondos. Así que aún me faltan nueve para poder hacerlo. Espero que mi cana resista hasta entonces.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Argonauta

Recorro la calle, mi calle, en soledad.
Hoy, último día de este año que, como todos los que le precedieron, ha merecido la pena a pesar de todo, transito por la Compañía en soledad. Es media mañana y la calle más salmantina y cofrade se muestra esplendorosamente solitaria bajo amenazantes nubarrones. La paseo y la disfruto. Pero, ¿no es extraño? ¿dónde se ocultan quienes a diario la recorren?
Así, en el inverso del recorrido tradicional, alcanzo a ver su final, o su principio pues es calle que se anuda en sí misma. Plaza de Monterrey. Calle de Bordadores. Mi mejor recuerdo para el más admirado. Pienso en sus diarios paseos, mirando lo mismo que él admiró, queriendo sentir como él sintió, y don Miguel recibe la oración callada que quiere llegar hasta ese misterioso hogar en el que reposa desde que, un día como hoy, durmiese el descanso del bregar más duro.
Oigo música. Veo gente. Todos los que vaciaban la Calle se encuentran reunidos a la espera de que Jasón les muestre el Vellocino de oro. Atentos a las súplicas de éste hacia Medea encaramada espectralmente en la fachada de su vivienda. Me acerco y me uno a ellos. Seguro de que me aceptarán aunque no me echasen de menos. Me siento como un argonauta más y disfruto. Disfruto de la compañía de Jasón, de los odios de Medea, de las bravuconadas de los argonautas y, sobre todo, de la presencia del Rector Unamuno. Atento él, seguro, a la fiel interpretación de los textos. ¡Yo no dimito de la vida aunque me duela España!
Aguardo en silencio, respetuoso, a que el tumulto desaparezca poco a poco. Y, cuando se queda solo, cuando nos quedamos solos, me acerco a él y le saludo. Y me despido. ¿No sé si sabrá quién soy? Bueno. Al fin y al cabo, yo sí sé quién es él y eso es lo único que me importa.
Volveré a pasar, como siempre, y miraré no hacia él, en su frío bronce, sino hacia la ventana a ver si le encuentro asomado, aguardando la llegada de esa muerte que le cesó en esta vida de la que él nunca dimitió.
Ahora, cuando todo ha acabado, comienza a llover.

viernes, 12 de diciembre de 2008

12 de diciembre

No es que no haya nada que decir, sino que hay momentos o periodos en los que se me contraen los dedos, se me agarrota el entendimiento y no soy capaz de dejar aquí todo lo que, en un momento u otro, me anda rondando la cana en los lugares más imprevistos.


En los últimos tiempos ha habido multitud de temas con posibilidad de generar un comentario. Sin ir más lejos, aunque hubiese pecado de falta de originalidad, lo último que me anduvo por los adentros mentales fue la urgencia fisiológica de evacuación vesical o, lo que es lo mismo, las prisas imperiosas para correr hacia algún lugar en el que desalojar la vejiga sin tener que mearse encima, y cómo el cañón de un arma en la cabeza relaja esfínteres haciendo de este proceso algo incontrolable en valientes que, cuando están del otro lado de la pistola, no permiten a su victima ni orinarse encima, pues acaban con ella a traición y por la espalda. Y no sería original porque ya ha sido tema tratado por distintos analistas en diferentes medios, escritos y hablados, en los últimos días. Pero, además, debo recordar que en mi primera contribución a este irregular "diario", ya tenía en mente la presión que la glándula prostática ejerce sobre su entorno y cómo esto obliga a la búsqueda de mingitorio de forma precipitada. Y esto, sólo por poner un ejemplo, pero había más. La muerte en la búsqueda del amor. El adoctrinamiento por la eliminación de la doctrina. La sesgada memoria en la histórica mente de algunos... y tantos más. Aún así, ninguno de ellos ha tenido fuerza suficiente como para que dejase aquí mis impresiones.


Pero hoy, 12 de diciembre, no podía dejarlo pasar. Aunque la escasez de tiempo o de ganas, que en el fondo viene a ser lo mismo, me mantengan alejado de esta bitácora más de lo deseado. No. Hoy, 12 de diciembre, debo cumplir un compromiso que, en lo más íntimo de mi virtualidad, adquirí hace un año. Bueno, algo menos, pues mi compromiso nace el mismo día en que muere el año. En todo caso, semana arriba semana abajo, el compromiso existe y no renuncio a cumplir con él.


Un día como hoy, 12 de diciembre de hace ya un largo año, dejó este mundo y toda su parafernalia mi amigo Luis. Seguramente el mejor amigo que jamás soñé, aunque no quisiera con esto rebajar el valor de aquellas otras amistades que a lo largo de mi vida he compartido, comparto y seguro compartiré. Pero ninguna como la suya.


Y, en este último año, han sido muchos los momentos en que su espíritu me ha rondado para acompañarme. Han sido muchas las ocasiones en las que mi recuerdo ha sido para él y para su ideal. Han sido numerosas las actividades que, si hubiera seguido aquí, sé que habría comentado en su interés por mantener viva la Semana Santa salmantina. Porque, aunque en algún momento me comprometí a ser la voz que continuara su labor, no he sabido mantener el estandarte suficientemente elevado y me he dispersado por otros caminos que, frecuentemente, han discurrido de forma completamente divergente con el que él tenía planteado.


Durante este año sé que han sido muchos los asuntos cofrades que Luis hubiera gustado plasmar en su bitácora y que yo, como compromisario, debiera haber materializado. Pero seguramente un mal entendido pudor me atenazaba cada vez que intentaba tomar su pluma y tocar cualquier tema que él hubiera manejado con habilidad.


Sé que él habría hablado de cofradías y cofrades; de actos y procesiones; de juntas y bases; de ilusiones y decepciones; de tallas y pasos; de pasión y gloria; de nuevos y viejos... Pero cada vez que yo intentaba recuperar su memoria, el nudo corredizo de una áspera soga se cerraba alrededor de mi blanca cana, impidiéndome cualquier actividad más allá del cariñoso recuerdo.


Él hubiera podido hacer un repaso de nuestra semana más querida y disfrutada. Hablar de nuevas tallas y de su calidad. Entrometerse en el diseño de recorridos absurdos. Alabar las mejoras que todos disfrutamos gracias al interés de algunas cofradías por superarse día a día. Recordar los siempre olvidados acuerdos para los actos y procesiones del Viernes. Proponer nuevos pregoneros aunque fuese gritar en el desierto. Y, sobre todo, volver a la carga con esa Junta de Cofradías que sigue igual que cuando él estaba. Nuevas y viejas caras, pero siempre su Semana Santa.


Yo he sido incapaz de hacer nada siquiera parecido. Me perdí por otros vericuetos. Pero, sin dudarlo ni un momento, he sido fiel a su recuerdo. Por eso, hoy tenía que decirlo. Hoy debía hacer presente la memoria de mi amigo. Por eso hoy dejo aquí este recuerdo que quiere ser homenaje a su memoria.


Descanse en paz.



martes, 25 de noviembre de 2008

Bicentenario


Se me acaba este 2008 y es ahora cuando me acuerdo de que celebramos el Bicentenario. Involuntariamente, o quizá no, que no lo sé, es ahora cuando estoy leyendo "El cuarzo rojo de Salamanca" de Luciano González Egido. Fue hace unos días cuando visité la exposición "La nación recobrada. La España de 1808" en la sala de San Eloy. Y es de siempre, que me ronda la memoria ese medallón picado que en nuestra plaza recuerda, aunque sólo sea por el hecho de permanecer tal cual quedó, al Príncipe de la Paz.
Es este busto ausente el que seguramente mejor refleja el periodo vivido en ese final de la primera década del XIX. Un medallón que fue inaugurado en agosto de 1806 y destruido en marzo de 1808. Una alegoría de lo efímero de la gloria y de cómo se puede derribar a alguien (aunque sea simbólicamente) con informaciones interesadas y, seguramente, tergiversadas. Porque estoy seguro de que el pacense Godoy no fue ni tan bueno como él hizo creer, ni tan funesto como lo recuerda la historia. Pero, en aquél momento, cuando los estudiantes pedían armas para plantar cara al francés aliado; cuando el príncipe Fernando intentaba por todos los medios derrocar a su propio padre, el rey Carlos; cuando la casta ibérica era contraste más que suficiente para el enciclopedismo liberal afrancesado, seguramente lo mejor fuese ordenar la destrucción de esa efigie. Y así ha quedado para que recordemos.
Pues, prefiero recordar (y no soy el único) este bicentenario paseando por la plaza de Anaya y contemplar el resultado de un "capricho" de Thiébault, el general francés gobernador de esta ciudad que, con la más que fuerte oposición del cabildo catedralicio, propietario de las casas que rellenaban ese volumen, decidió que el colegio viejo de San Bartolomé necesitaba mejores vistas. Decidió que él mismo necesitaba mejores vistas. En 1811, con la urgencia de una necesidad imperiosa, se formalizó el derribo. El resultado: un espléndido espacio urbano, integrado en el entorno como si hubiese estado allí desde el principio.
¿No es mejor este recuerdo que el del despojo que se mantiene en forma de medallón junto al arco de San Martín?
¡Ah! Pero, entonces,... ¡aún me quedan tres años para recordar el bicentenario!

lunes, 3 de noviembre de 2008

Martín


Hoy es el día en que Martín y yo tenemos una cita en la que, como cada año, charlamos de nuestras cosas y nos felicitamos por el reencuentro. Es algo que, desde siempre, allá donde estuviéramos, repetimos cíclicamente sin falta; con la ventaja de que, al no necesitarse espacio físico, el encuentro puede tener lugar en los sitios más insospechados. Bien es cierto que, si todo es favorable, como ha ocurrido durante los últimos años, la reunión tendrá lugar en su casa, donde él espera paciente y recibe a todos cuantos, como yo, con cita previa o de forma improvisada, quieren hacerle una visita. Y allí, en su casa, nos veremos esta tarde. No será un encuentro privado, pues como hoy estamos celebrándolo, habrá muchos que se sumen a esta visita. Pero, incluso así, él nos recibirá a todos y cada uno de nosotros de forma íntima, individualmente. Pues Martín tiene tiempo sobrado para atendernos sin importarle el que seamos pocos o muchos. Martín siempre está dispuesto a recibir a sus amigos, a los Amigos de San Martín, para compartir con todos cada una de sus alegrías o sus cuitas. Porque siempre ha destacado por su entrega desinteresada hacia los demás, con cariño y una sonrisa. Blanca sonrisa sobre su negro rostro. Paciente sonrisa para calmarnos los ánimos y, al menos en esos momentos, poner serenidad en nuestros cuerpos y almas.

Así que esta tarde iré a su casa y celebraremos que hoy es su día. Nuestro día.