¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


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sábado, 16 de julio de 2011

Noventa años

Cuando, en 1921, hace ahora noventa años, el mundo se encontraba aún recuperándose de la más cruenta de las guerras vividas hasta el momento, los pasos que daba la sociedad en cualquiera de sus caminos, eran dificultosos y lentos aunque, en muchos casos, de trascendencia impresionante.
En España casi todo giraba en torno a las andanzas de Abd-el-Krim y su cábila. Las gentes andaban pendientes del moro y de la respuesta que el ejército español procuraba a sus incursiones. Fue la llamada Guerra de Marruecos en la que el Desastre de Annual, batalla cruenta donde las hubiera, marcó un punto de inflexión definitivo.

Mientras, el resto del mundo quedaba admirado por el juego de un cubanito que, tras vencer a Lasker, se alza con el título mundial de ajedrez. El temperamental habanero Raúl Capablanca se convertirá en el único campeón de ajedrez que diera la isla caribeña.

Seguramente por esos dias, dos jóvenes estudiantes de medicina apellidados Banting y Best también utilizaran parte de su tiempo en este milenario juego de estrategia. Posiblemente dedicaran los descansos de largas jornadas, entre experimento y experimento, a descansar mientras especulaban enfrentados a un tablero. Pero sus nombres jamás destacarían por sus habilidades para mover peones y alfiles, sino que estos quedaran ligados para siempre al descubrimiento de la insulina y, con ello, a la solución de la temida diabetes.

En Salamanca, este 1921, Jesús Sánchez Sánchez, Enrique Esperabé, Isidro Pérez Oliva y Luis Maldonado, lo estrenarán como nuevos senadores del reino, bajo el gobierno de Eduardo Dato, quien morirá victima de atentado terrorista pocos meses después a manos de tres individuos que montaban una motocicleta. ¡Tres en una moto!

Detalles de un año en el que, tal día como hoy, venía al mundo, en un pequeño pueblo del norte de Cáceres quien, con el paso del tiempo, se convertiría en noble militar, fiel esposo y paciente padre. Mi padre.

Hoy, dieciséis de julio, mi padre cumpliría noventa años y no puedo dejar de recordarlo. Porque de esos noventa que hubieran sido, más de cuarenta, que son toda una vida, los pasé junto a él. Aprendiendo aunque no fuera consciente, porque lo que yo aprendí se me impregnó sin palabras, discreta pero firmemente. Educación, principios, maneras de ver la vida y enfrentarla, cosas que jamás me inculcó pero que se me quedaron dentro como si me las hubiera grabado a fuego. Cariños y silencios.
Por eso, aunque el mundo se fije en efemérides guerreras, ajedrecísticas o sanitarias, yo siempre recordaré que 1921 fue el año en que nació mi padre. Y, para mí, en mi egoísmo filial, eso es mucha más efeméride que cualquiera otra.

Por eso, aunque sea ya solo en el recuerdo... ¡Feliz noventa cumpleaños! ¡Felicidades, padre!



jueves, 14 de julio de 2011

OKUPA

Quizá me equivoqué con el título de la entrada anterior. No es que no tengamos techo... lo que no tenemos es casa, aunque sigamos ocupando la que hasta hace nada era nuestra y que ahora, después de tanto tiempo y en un giro casi instantáneo, sintamos como ajena y nos sintamos como ajenos. ¡Ahora somos "okupas"!
Será un par de meses que nos servirán para despedirnos de grietas y roces las paredes, de grifos goteantes y puertas que no encajan (¡mecachis!, cómo me he descuidado últimamente), al tiempo que empaquetamos todo lo nuestro para salir a un éxodo tan particular como deseado. Serán momentos de mirar al jardín y despedirnos apenados de esos árboles que, aún inmaduros, no llegaron a verter sus sombras sobre nuestros cuerpos. Y, al final, echar una mirada a esa chimenea en la que jamás ardiera un leño porque su misión era la de recoger nuestras ilusiones en cada Navidad y desear que siga siendo protagonista de esos días mágicos.
A partir de ahora, cuando se nos abre un nuevo camino por delante que no por deseado deja de ser incierto, creo que he encontrado una nueva línea para renovar crónicas en esta cana de mi alma, aunque no creo que sea tan exhaustivo como para aburrir al personal con esas nimiedades constructivas que, aun siendo solo eso, para quienes nos lanzamos a ello supongan barreras casi infranqueables que darán lugar a desánimos, disgustos y desazones. Pero, a pesar de todo, creo que de vez en cuando traeré por aquí nuestras ilusiones de futuro según las vayamos viendo como realidades. Eso sí, siempre sin excesos.
A partir de ahora, como digo, un nuevo hilo unirá mi cana con el mundo, pero eso no será obstáculo para continuar con el resto de impresiones y comentarios que, deslavazadamente, vengo trayendo a esta ventana cuando el momento y el motivo me lanzan a ello. Volveré a mis recuerdos y a mi día a día. Seguiré pendiente de mi Semana Santa y de sus avatares mundanos. Recalaré en mi Sur, tan deseado, y dejaré sus posos entre el resto de palabras. Porque la vida sigue y ya no quiero mirar atrás.
Ahora, mientras nos despedimos, sabemos que comienza la nueva vida y no vamos a despreciarla.

martes, 12 de julio de 2011

Homeless

No sé si hemos dado un paso atrás para impulsarnos o si el impulso ya ha comenzado con el paso que acabamos de dar.
¡Acabamos de vender la casa!
Así. Sin más. Sin otro resguardo para nuestras cabezas.

Estoy, estamos, a merced del porvenir. Ahora, cuando me siento un "sintecho", creo que acabo de liberarme de una carga que, aunque no quisiera, me atenazaba desde hace tiempo. Estoy sin casa y, sin embargo, creo que la puerta que nos abre el futuro, sin retorno, por supuesto, da paso a mejoras en nuestras vidas que hace solo unos años no éramos capaces ni de imaginar.

Han sido años de felicidad viéndonos crecer entre sus muros. Serán muchos los recuerdos que quedarán tapados por las nuevas manos de pintura dadas por quienes a partir de ahora querrán dejar en ellas sus propias memorias. Son muchas las cosas que se quedarán en ella para siempre sin posibilidad de rescate aunque dejemos copia en el alma. Porque es una parte de nuestra vida la que acabamos de vender.

A partir de ahora, otros "problemas" (incluso sin las comillas) se cernirán sobre nosotros para vigilar nuestros insomnios, acelerar latidos y poner nervios a flor de piel. Estoy seguro. Pero también sé, como me dice Charo, que "alguien" guía nuestros pasos y siempre nos hace encontrar la senda adecuada, aunque creamos que nos estamos equivocando. Por eso, aunque ahora estemos desprotegidos por la carencia de vivienda en propiedad, que no deja de ser el deseo más ansiado por cualquier españolito, y nos sintamos homeless en nuestra propia casa, tengo la sensación de haber vuelto a los inicios, a esos momentos en los que la incertidumbre se asociaba a la juventud para hacer que dudara hasta de las decisiones más sencillas; a esos momentos en los que el riesgo, aunque fuera contenido, era excitante en su propia ilusión; a esos momentos en los que veía como tenía toda la vida por delante.

¡Pues bien! Ahora, cuando más de una cana se arraiga en mi cabeza (no sé si saliendo ya de mi propia alma), me siento más joven que ayer, más ilusionado que anteayer y mucho más seguro que cuando el techo protector de una vivienda propia me había anclado a mi propio conformismo.
Ahora no tenemos casa, pero tenemos todo el futuro por delante.
¡A por ellos!

lunes, 23 de mayo de 2011

Elecciones

Hoy, como casi todo el mundo en España, podría escribir sobre esas elecciones municipales celebradas ayer y sobre cómo los resultados, esperados en la mayor parte de los casos, han servido para confirmar lo que muchos intuían. El batacazo de quienes han apostado por seguir manteniendo las siglas del partido que actualmente rige los destinos de este pais ha sido notorio, doloroso y, sobre todo, más que significativo.
El vuelco en ayuntamientos, diputaciones y comunidades gobernados hasta ahora por el partido socialista es quizá de los más violentos de los últimos tiempos. La reafirmación, incluso notoriamente ampliada, de aquellos gobiernos de municipios, provincias y comunidades que hasta ahora estaban bajo las siglas del Partido Popular es también significativa y así debe ser entendida por analistas y profanos (de entre los que me podría considerar abanderado).
Pues bien, todo esto lo dejo para quienes, como aficionados o profesionales, se dedican al análisis de estas situaciones, a su interpretación más o menos subjetiva y a la redacción de conclusiones que sentarán cátedra en los diferentes medios.
A mí, lo que de verdad me interesa de la jornada vivida ayer como colofón a un periodo intenso, y con su poso trasnochado en el día de hoy, es dejar constancia de cómo unas buenas gentes, vecinos preocupados por su municipio, compañeros y amigos, se han dado hasta la extenuación por una causa en la que han creído y, lo que es más importante, han confiado desde el primer momento hasta el final.
Han sido días de intensidad desconocida por quienes jamás pusimos empeño en ser como ellos. Idas y venidas. Charlas y reuniones. Exposiciones y debates. Dimes y diretes. Fair play contra juego sucio. Realidades frente a entelequias. Disgustos sobrevenidos. Desvelos en soledad. Desvelos en compañía. Defensa de argumentos contra aguijones malintencionados... Y ellos, sin desánimo o con él (que de todo hay, seguramente), han puesto casi más de lo que podían para salir adelante con este empeño.
Y yo, desde fuera, desde esa atalaya que me gusta construirme cuando me da más miedo que respeto meter los pies en el charco, les he admirado desde el primer momento. Yo, desde mi plácida posición de torero de salón, he querido sentir con ellos todo su esfuerzo aunque fuera en la comodidad de mi distancia. Yo, sin querer más implicación que la que me deja en situación de ventaja, me he alegrado con ellos y he querido sentir su pesar casi como ellos, aun sabiendo que sería imposible.
Estos últimos días, en los que aquellos a quienes quiero y admiro por su capacidad y esfuerzo, han dado todo lo que tenían por defender una causa, su causa, sé que muchas almas estuvieron en vilo aun sabiendo que el resultado no defraudaría. Porque el trabajo bien hecho siempre tiene la mejor de las recompensas.
Y ahora, cuando el carro de los vencedores ha comenzado a marchar entre la euforia de muchos, habrá quienes intentarán subirse a él, diciéndose parte del éxito y arrogándose méritos que jamás obtuvieron.
No es mi intención agarrarme siquiera al rabo de los bueyes, sino que desde mi distancia prudente, con la serenidad que me transmiten quienes han logrado su objetivo y con el ánimo ya calmado después de todo, solo quiero darles un abrazo agradecido, una felicitación sincera y mi admiración completa. Por intentarlo y lograrlo sin más escudo que sus propias personas. En equipo, ¡siempre en equipo!
Sé, porque el tiempo me lo ha confirmado, que son capaces de lograr metas que para mí, y seguro que para muchos otros, quedan poco más cerca que el propio horizonte: inalcanzables.
Sé que para lo que ahora son retos, llegará el momento en que sean nuevas realidades, indiscutibles y tangibles (por más que algunos las quisieran ya para sí).
Sé que al final, superados los altibajos del nuevo periodo, que los habrá, se sabrán satisfechos por lo hecho y tendrán nuestro reconocido agradecimiento de nuevo. Aunque nos cueste. Aunque me cueste... a veces.
¡Contáis con muchos!
¡Felicidades!
¡Os admiro!




jueves, 14 de abril de 2011

Pasear en clase

Desde el primer día, hace ya años, en que me ví al otro lado de la raya, haciendo lo que hasta entonces hacían otros, supe que la quietud no iba a servirme para mis propósitos.
Cuando comencé a ser docente, antes incluso de sentirme como tal, algo en mi interior me impulsaba a no quedarme quieto, a moverme adelante y atrás entre los bancos de los alumnos mientras impartía mis lecciones, al tiempo que el sudor, quisiera creer de de forma imperceptible, perlaba mi frente. Entonces, cuando la inexperiencia era un exudado mucho más perceptible que el producido por mi propia fisiología, estaba firmemente convencido de que ese vaivén era simplemente la manifestación externa e indomable de un estado nervioso típico de principiante.
Con el paso de los años, los nervios fueron aplacados y, a pesar de no desaparecer, controlados hasta hacerme creer que era yo quien los dominaba. Sin embargo, mis paseos por el aula seguían haciéndome sentir de una forma que no conseguía si permanecía estático sobre la tarima ni, por supuesto, escondido tras un ambón protector. Me veía más cerca de los alumnos y, seguro que simplemente como falsa impresión, llegaba a creer que lo que yo contaba calaba más profundamente en quienes ocupaban los pupitres. Esa sensación, agradable, de sentirme uno más, como ellos, frente a la tarima, aunque manteniendo mi parlamento, interrumpido únicamente por alguna que otra pregunta cruzada entre ellos y yo o entre yo y ellos, era algo que crecía día a día.
Ahora, cuando hay veces que incluso me preocupa el exceso de confianza en mí mismo; cuando la experiencia de años de docencia me ha permitido controlar no solo mis nervios sino también el sudor de mis axilas, sigo paseándome arriba y abajo mientras cuento mis clases. Sigo disfrutando de mis parlamentos mientras recorro el aula y lanzo, de cuando en vez, mis preguntas a uno cualquiera de mis alumnos. Sigo pateando los pasillos al tiempo que espero la interrupción, bendita interrupción, de uno cualquiera de mis estudiantes, para plantear una cuestión fundada que surja del matrimonio formado por la duda y la atención a lo que cuento, mientras el resto aprovecha para un corto relajo. Ahora, sé que me veo en mi particular perípatoi, con mi túnica cruzada cual Teofrasto, mientras intento e incluso, a veces, consigo, la atención de los que, sentados en las bancos, dejan de copiar sus apuntes para interesarse por mis palabras. Y me gusta porque me hace sentir cumplidor de mi misión.
Ahora, mientras camino por el aula, he olvidado mis nervios, mi frente está seca, los estudiantes atienden a mi discurso y me siento a gusto.
Soy un peripatético y me gusta.

martes, 12 de abril de 2011

Renovación

Como no soy capaz de atender como se merece este diario de cosas escasas, voy a ver si cambiándole la fachada se me despierta la cana y se lanza a seguir como debiera, engañándola como si de nuevos derroteros se tratase.
Para el cambio he rebuscado mi capirote en el baúl de las cosas queridas, ahora que estamos en épocas cuaresmales, con la semana de Pasión llamándonos insistentemente a la puerta. He revuelto todo y no he sido capaz de encontrarlo. Así que lo único que puedo hacer, ahora que las prisas me agobian con actos académicos y extraacadémicos, es darle fijador a esta cana cada día más desatendida y dejar que esa erección artificial sea acicate para que se afiance en el nuevo rumbo, que no es más que el de siempre.
Nueva cara para reflejar la misma alma de siempre. Nuevo espejo para que me devuelva la misma imagen ilusa.
Que airear los rincones siempre da sensación de estreno.

sábado, 5 de marzo de 2011

Carnaval

Disfrazar el cuerpo para desnudar el alma. A eso nos atrevemos cuando la cuaresma está llamando ya a nuestra puerta.
Cambiamos de sexo o de forma por unos momentos y disfrutamos puerilmente como si estuviésemos solos entre todos los demás. Porque cuando nos ponemos detrás de una máscara sacamos nuestro interior como si, cual avestruces, creyésemos que nadie nos ve, aunque estemos expuestos a la vista de todos. O, quizá precisamente, para exponernos sin pudor a quienes nos miren, exhibiéndonos orgullosos y sin recato. Y cantamos nuestras miserias y las que les suponemos a los otros, aliviando los pesares que nos atan durante el año.

Ahora, en Cádiz, en mi Cái, coros y cuartetos, comparsas y chirigotas, toman las calles al asalto para sacar lo más escondido de cada uno de ellos aunque para ello hayan tenido que trabajar durante todo el último año. Hacen chanza de lo que en otro momento haría que las lágrimas brotaran sin esfuerzo. Se ríen de nuestra miseria, de la suya propia, de la vida y de la muerte, ocultos tras una máscara que les hace invulnerables.

Ahora, mientras medio mundo se rebela contra sí mismo y el otro medio ve como se le vacían los bolsillos mientras se vuelve loco buscando el roto en el hondón, nosotros giramos la cara, nos sujetamos la barba postiza y nos atrevemos a pensar que nada de eso es real. Por eso le ponemos música y lo cantamos por cualquier rincón. Aventamos las miserias del mundo creyendo, quizá, que con ello serán menos reales, aunque mañana, o pasado, cuando la cuaresma nos haga regresar a nuestro día a día más secular, volvamos a ser conscientes de que la sangre de los inocentes es tan real como siempre, de que nuestras arcas siguen tan vacías como la semana anterior, si no más, y de que la vida se vuelve gris en el mismo momento en que limpiamos el maquillaje de nuestro rostro y nos quitamos el disfraz para arrinconarlo en cualquier lugar pues ya perdió su efímero sentido.

Ahora, cuando la alegría más mundana invade La Viña o la Plaza del Mercado, intento unirme a la fiesta y busco mi disfraz. Quisiera estar allí, aunque tenga que conformarme con la oficialidad de la televisión pública (¡Bendita globalización!). Me pego a la pantalla y me uno a todos y cada uno de ellos como si el patio de butacas del Falla estuviese en mi salón y el mando a distancia del televisor fuese el de los cortinones de su escenario. Y canto como si fuese uno de ellos mientras caigo en la cuenta de que solo he disfrazado mi alma, que no he sido capaz de entintar mi cana y que sigo dejándome ver por dentro y por fuera. Pero por un momento, sueño. Por un momento me tomo una cervecita con erizos en El Mentidero o me quedo quieto para ver pasar el cortejo por Puerta Tierra mientras me resuenan unas "alegrías" por dentro como si fuesen fuegos de artificio. Me escapo del sofá y me marcho con ellos a disfrutar de un anochecer entre churros y chocolate, junto a Carlos, el granaíno, para tararear por lo más bajo... "La Habana es Cádiz con más negritos. Cádiz, La Habana con más salero...".
Lástima que todo sea falso y mañana siga todo igual.

Lástima que solo sea carnaval.

sábado, 29 de enero de 2011

Pedazos de corazón

Quienes me conocen saben que aparte mi Pasión, la mayúscula, tengo otras pasiones más pequeñas pero que se encargan de completar ese no sé qué que me acompaña día a día. Los libros y las estilográficas son esas aficiones que guardo desde los años de infancia, cuando tenía que acudir cada dos por tres al garito de don Ángel y gastarme parte de mis ahorrillos en "otra" nueva Inoxcrom 77 pues ninguna de las que tuve por aquellos días llegaba a superar las duras pruebas de resistencia a las que eran sometidas entre mis pueriles manos. Y el parque de plumas estropeadas aumentaba y aumentaba al tiempo que yo pasaba los cursos. Y ese puede ser, quizá, el origen de esta pasión mía por estas herramientas de escritura. Cada una con un recuerdo; cada una con un sentido; cada una con un cariño.
Ayer, una nueva estilográfica se vino a sumar a las demás. Una preciosa pluma de refulgentes brillos en su negra resina se ha incorporado inesperadamente a la vitrina en la que reposan las otras, muchas ajadas y otras rotas, pero todas exponiéndose orgullosas de una vida plena. Un ejemplar de la Montblanc Anniversary edition ha llegado a mi alma, pues viene cargado de mucho más que lujo y diseño. Es una estilográfica que ha salido del cariño de quienes sabían que no era necesario, pues el cariño, aunque a veces nos cueste enseñarlo, nos lo sabemos a flor de alma y, aun en la fría distancia, es lazo invisible que nos mantiene unidos sin esfuerzo.
Ayer, he abierto ilusionado una caja en la que solo esperaba encontrar una nueva estilográfica y me he sorprendido al ver que, abrazándola, protegiéndola y añadiéndole un valor que jamás tendrá cualquier otra, venían cuatro pedazos de cuatro corazones para hacer de todos uno. Para unirse al mío, resquebrajado, y tapar sus grietas y ser uno para siempre. Sin fisuras. 
Ayer, he recibido lo que, por sabido, no necesitaba. Pues nada de lo hecho esperaba recompensa, aunque nos venga bien, de vez en cuando, sabernos y sentirnos queridos. Y, como siempre, cuando tiene que ser el corazón el que hable por nosotros para manifestar el agradecimiento sentido, aquél se oculta en lo más recóndito de sus lugares íntimos y se nos quedan frío el rostro y cortadas las palabras por mucho que luchemos para que esto no sea así. Pues ese agradecimiento que apenas se me vio en la expresión de mi cara, no sé bien por qué, quiero traerlo ahora y dejarlo aquí, a la vista de quienes quieran fijarse en él. Que se me vea el orgullo de contar con cuatro hermanos que me quieren y la ilusión de sentirme querido.
Ahora soy yo el que debe agradecer todo lo que, desde el silencio, habéis hecho. Con el alma, ¡gracias, hermanos!

jueves, 4 de noviembre de 2010

Mi Moleskine

Desde hace tanto tiempo que me veo incapaz de precisarlo, he sido un apasionado de los cuadernos y libretas. Pero no de cualquiera de ellos, sino de esos modelos, no sé si clásicos o antiguos, a los que me acostumbré en la infancia y a los que me quedé agarrado de por vida.
Son libretas de tamaños variables (cuartilla, octavilla,...), formas (vertical, apaisada) y colores diversos (rojo, negro, verde,...). No me importa el número de hojas aunque siempre las preferí "gorditas". Me da igual si son rayadas o en cuadrícula, pero siempre, siempre, de unas maravillosas tapas de hule que no dejo de tocar y que me subyugan desde cualquier escaparate o estantería en las que se encuentren expuestas, empujándome a adoptarlas como si de huérfanas se tratara.
Libretas de campo, de notas, de viajes, de dibujos, de... cualquier cosa, pero siempre de blando hule. 
Hace un tiempo, sólo unos meses, me atreví a ser infiel no sé si a mis libretas o a mí mismo y una de las famosas Moleskine pasó a engrosar la colección de cuadernos. Es una de pequeño tamaño, Ruled Notebook pocket la llaman, que he intentado llevar en uno de mis bolsillos como compañera de notas. ¡Una Moleskine en mi bolsillo! Pensé que, sabiendo de su historia, sería buena compañera aunque testigo permanente de mi infidelidad. Y de verdad que lo he intentado. Tanto, que de llevarla ha envejecido como si hubiera compartido pelusas en los bolsillos del mismísimo Hemingway mientras disfrutaba de sus admirados encierros sanfermineros. Tanto, que cuando anotaba algo en ella intentaba sentirme cual Chatwin viajero. Pero quia. Ese tacto duro de sus negras tapas me pone en guardia desde que desligo la goma que la abraza. Esa rigidez, seguro que buscada por aventureros y buscavidas, se me atraviesa y hace que apenas me salgan las letras a derechas. Una sensación que, a mi pesar, me hizo ir abandonandola para volver a lo que nunca debí dejar de lado. Para recuperar el dulcemente blando tacto de mis libretas de hule.
Ahora, cuando tenía perdida toda esperanza de poder aunar su tradición y la mía, acabo de descubrir una nueva libreta de hule. Tierno hule negro que en su trasera lleva grabado un nombre: "MOLESKINE".
Nueva Moleskine, Ruled Soft Notebook pocket la llaman, que permitirá conjugar mis deseos.
Estoy deseando romper el precinto y manosearla hasta gastar las yemas de mis dedos. Pero, como si no quisiera estropearla, me resisto a hacerlo mientras la miro y la remiro imaginando lo que llegará a contener cuando llegue a su final.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Uno menos... uno más

Un año menos para alcanzar las bodas de oro. Para pasar a ese "otro lado" en el que uno comienza a sentirse un poco más viejo o algo menos joven. Cuando, por más que se quiera, la botella se va viendo más medio-vacía que medio-llena.
Hoy, cuando voy viendo cerca lo que puede suponer medio siglo, he buscado alguna sensación en los adentros y lo único que he encontrado es lo que me dejé ayer olvidado. No hay nada nuevo. No me siento peor aunque esta maldita próstata lleve ya casi tres años insistiendo en que lo de la eterna juventud es, en lo físico, una falacia, aunque el espíritu no envejezca a la misma velocidad. Y mi cana se da cuenta de que, a pesar del paso de los años, aún permanece estoicamente solitaria, pues sólo se ha visto acompañada, de cuando en vez, por algún brote esporádico de compañeras que jamás llegaron a pájaros nuevos. Renovación para no dejarse invadir por melancólicas sensaciones producto de pasajeros contratiempos.
Me miro al espejo, a ese espejo del interior mucho más fiel que cualquier otro, y me veo como ayer. Esa verruguita que me viene acompañando fielmente en los últimos tiempos; ese nevus que es casi tan viejo como yo y esas ojeras que me dicen, todos los días, que debería dormir algo más aun a costa de dejar de hacer otras cosas. Me duelen los huesos y pierdo vista. Me canso subiendo y bajando. Se me pierden las cosas entre las arrugas de la mente y me veo incapaz de poner nombre a las caras o cara a los nombres. Recuerdo como si de ayer fuera lo que me viene de infancia y olvido lo que tengo que hacer mañana... ¡Coño! Me hago viejo aunque aún no haya alcanzado los cincuenta. Pero me siento como si jamás hubiese cumplido años. Asentado en una magnífica vida, cada día más plena y en la mejor de las compañías. Aún mantengo las ilusiones que pude tener a los dieciocho, o a los veintiocho, o a los treinta y ocho. Me veo como si estuviera empezando aunque sepa que ya lo dejé todo hecho.
Iré a ver a Martín, el santito negro, como todos los tres de noviembre.
Pierdo barriga y me siento bien.
¡Hoy cumplo años!

jueves, 11 de febrero de 2010

San Valentín como disculpa

¡Tantos años y no ha pasado ni un segundo!
Todo este tiempo compartido, día a día, y no desfallecemos. Jamás dudé de que sería así, porque todo se asienta sobre la firmeza de una convicción. Y, como siempre, como cuando me ronda un aniversario, tamborilean insistentes en mi mente las palabras de Pablo en su mensaje a los de Corinto: "El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites". Seguramente porque son palabras que me acompañan desde hace mucho tiempo. Tanto que no soy capaz de alcanzar a recordar si algún día fueron desconocidas para mí. O quizá porque sé que hay quienes también han hecho de estas palabras máxima en su vida y, de vez en cuando, al aflojar la tensión de la correa que anima su día a día, dudan de si, en el fondo, deben ser consideradas constantemente. Porque el amor es todo eso, pero a veces se nos muestra excesivamente exigente. A veces necesita una respuesta, quizá inmediata, para poder mantenerse. Porque cuando el ánimo decae, creemos que nuestra entrega a los demás es algo unívoco, sin retorno. Y nos vemos solos. Y esta sensación provoca desesperanza y sentimos la desazón de una falsa pérdida del amor.
Hubo momentos en que pude llegar a creer, ahora sé que equivocadamente, que lo que yo veia como amor no era sino altruismo. Darse sin esperar nada a cambio, como hace una madre con cualquiera de sus hijos o un soldado en el campo de batalla, con una entrega que, de forma inexplicable, alcanza límites irracionales. Pero esto no deja de ser algo simplemente animal. Algo que muchos seres vivos son capaces de ejecutar sin conocimiento y, por tanto, sin esperar nada a cambio. Únicamente por el bien general. ¿Y esto es lo que he llegado a confundir?
¡No! Amor, con mayúscula, es algo que nos distingue del resto de vivientes. El amor es humano, es algo nuestro. Y va más allá del puro altruismo. Porque tiene un sentido mucho más amplio que el propio beneficio natural. Porque va más allá de la satisfacción del grupo. Mucho más allá. Y se pierde la razón al no comprenderlo ni poder explicarlo.
El amor tiene ingredientes que, por espirituales, por caer del lado del alma, me hacen comprender con claridad esas palabras de san Pablo. ¡Y qué razón tienen!
Y hasta creo que soy capaz de entender la mística de Teresa, la santa carmelita, cuando deseaba muerte por amor.

Vivo ya fuera de mí,
Después
que muero de amor;
Porque vivo
en el Señor,
Que me quiso para sí:
Cuando el corazón le di

Puso en él este letrero,
Que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte;
Vida no me seas molesta,
Mira que sólo te resta,
Para ganarte, perderte;
Venga ya la dulce muerte,
El morir venga ligero
Que muero porque no muero.

¿Cómo se puede desear la muerte por amor?
La respuesta está en sus palabras. En esos versos cargados de auténtico amor. De amor auténtico. De amor extático y sufriente. De un amor que se me escapa. Porque el amor al que yo alcanzo, el que yo comprendo, el que yo comparto, se queda mucho más corto. Tiene otro aroma. Y es exigente, aunque san Pablo lo negara. Pero a mí me basta. Porque es una exigencia que, cuando es mutua hasta su respuesta, se transforma en placer. En una sensación de comunión con el otro que nos calma el ánimo y nos transforma. Que me calma y me transforma. Amar y sentirse amado.
Y es una mirada, un gesto, una sonrisa. Sólo eso. ¿Sólo? Suficiente para sentir la complicidad del amor.
Por eso siempre amaremos. Y no dolerá, aunque a veces parezca que nos duele. Porque, incluso sin saberlo, incluso sin quererlo, el amor siempre estará con nosotros. Siempre estará en nosotros. Y daremos testimonio de amor. Siempre, amor. Y, así, por más años que pasen, siempre amaremos. Siempre seremos amados.

jueves, 28 de enero de 2010

Ratas y cucarachas

Pues resulta que Salamanca, esta ciudad en la que la cultura se muestra impregnando casas y cosas, está infestada de ratas y de cucarachas.
Leo el titular de la noticia en un periódico local y lo primero que sale de esta cana que cada día me sorprende con algo nuevo es: -¡Ya lo sabía!
¿¡Qué me van a contar a mí de esto!? Son muchos los años pasados en esta ciudad para saberlo sobradamente.
Con más frecuencia de la deseada he encontrado personas despreciables, rastreras y carentes de escrúpulos, que invaden la intimidad de los demás, amedrentándolos mientras alcanzan sus objetivos. Gentes que salen de su alcantarilla cuando uno menos lo espera y, sigilosamente, arrasan con todo, material o inmaterial. Inundan con su estiércol allá por donde pasan y contaminan lo que tocan. Transmisores de las peores enfermedades, intentan destruir todo lo que les rodea sin distinguir amigos de enemigos. ¡Menudos ratas!

Otros se conforman con arrastrarse amparados en la cálida oscuridad que da la noche, actuando en grupos y ocultándose a la carrera en cuanto la luz se dirige hacia ellos. Negros individuos capaces de sacar jugo de los demás aunque para ello tengan que dejarse pisotear cuando son descubiertos. ¡Asquerosas cucarachas!
Después de patear las calles de Salamanca durante años, ahora que las canas de mis sienes son claro reflejo de la que amaneció en mi alma, creo que he aprendido suficiente como para distinguir a esos malos bichos sin necesidad de que me lo diga la prensa. Y mi cana se interroga... ¿Y eso es noticia?
Sigo leyendo el cuerpo del artículo. Resulta que a lo que se refería es a que estos animales constituyen las principales plagas sanitarias en las casas y calles de mi ciudad y yo, dejándome volar, había comenzado a ver cómo ratas y cucarachas de dos patas comenzaban a ser desenmascaradas. ¡Imaginaciones!
Pero, al final, creo que tampoco necesitaba leer la noticia para confirmar algo que es evidente. O es que... ¿sólo yo tengo cucarachas?

lunes, 25 de enero de 2010

El prinicipio del fin: ¡Llega el Plan Bolonia!

Tras más de veinte años impartiendo mis clases a futuros licenciados, este es el último año que lo haré. Comienzo el último curso de lo que tradicionalmente se ha denominado Licenciado, pues a partir del próximo curso mis clases serán recibidas por futuros graduados.
Es ésta la más visible, quizá, de las novedades que nos trae el nuevo sistema de estudios universitarios, cuya implantación definitiva comenzó con el incio de este curso, y que los medios y el pueblo llano han dado en llamar "Plan Bolonia".

No es que me importe que lo que siempre fueron licenciados sean ahora graduados, aunque esta última terminología, no sé si influido por algún agente externo más o menos cercano (¿Por qué me habrá venido a la cabeza ahora la señora esposa del primer ministro irlandés?), a mis oídos llega como con una inferior categoría.
La verdad es que el Espacio Europeo de Educación Superior, el dichoso "Plan Bolonia", nace de una supuesta necesidad de homogeneizar los estudios superiores en numerosos países de la Europa tradicional, para así permitir la libre circulación de estudiantes y titulados sin que un diploma constituya una frontera que, muchas veces, se constituía en barrera casi infranqueable. Pero, aprovechando que siempre hay un río pasando bajo los puentes de cualquier ciudad, (pongamos que el río Reno pasa por Bolonia), algunos expertos quisieron modificar algo más, empleando nuevos conocimientos pedagógicos que han dado lugar al uso de nuevas metodologías. Así, a partir de ahora, deberemos olvidar la enseñanza clásica, ésa que ha demostrado su valía durante siglos, durante ocho siglos, y tendremos que adaptarnos a los nuevos métodos. Deberemos pasar de "enseñar en conocimientos" a "enseñar en habilidades y competencias". Tendremos que capacitar a los alumnos, a esos futuros graduados, para que sean capaces de "saber hacer" aunque antes no hayan sido capaces de "saber saber". Nos obligan a olvidar parte de la esencia del magisterio universitario, por la que un estudiante aparte de almacenar conocimientos debía saber usarlos mediante el empleo crítico de su inteligencia, mediante la razón y la capacidad de extrapolar racionalmente, para pasar a formar a futuros especialistas en las más variadas técnicas, aunque para ello no necesiten conocer el fundamento de las mismas. Creo que nos obligan a formar a nuevos técnicos cualificados. Con una cualificación superior a la de una Formación Profesional, pero técnicos al fin y al cabo.
¡Pues yo me niego a ello!

No sé si estoy en lo cierto o no, pero no pienso cambiar mi criterio docente. Porque creo que lo que el alumno necesita, aparte de gran cantidad de conocimientos que hilvanará en su cerebro de forma laxa y que perderá en gran parte antes de firmar su primer contrato laboral, es que alguien sea capaz de intentar, al menos, remover esos conocimientos recién adquiridos. Alguien que estimule la discusión y fomente la curiosidad. Alguien que inicie una sesión en la que el estudiante no sólo recite lo que aprendió, sino que le haga ser capaz de demostrar que esos conocimientos, que ha obtenido empleando distintas fuentes, le permiten formular hipótesis, elaborar abstracciones, razonar los porqués y elaborar juicios críticos en los que las conclusiones sean la muestra de lo aprendido. Alguien que intente que el alumno no sea una máquina de copiar unas notas a toda velocidad sin darse cuenta siquiera de si lo copiado es correcto o erróneo, sino que le enseñe a darse cuenta de que lo que él apunta está en cualquier libro de texto (y mejor de como la mayoría de los docentes puedan decirlo) pero que lo que él piensa y su capacidad de selección en función de ese juicio no aparece en los manuales. Que la discusión constructiva forma a los futuros profesionales mucho más y mejor que los apuntes al dictado más completos y elaborados. Porque no sólo serán capaces de asentar los conocimientos con más solidez, sino que, además, sabrán para qué sirven esos conocimientos.
Por esto, no creo que lo que llevo años practicando con unos resultados más que aceptables deba ser cambiado ahora por imposición ministerial.
No es que me importe que lo que siempre fueron licenciados sean ahora graduados. Lo que me importa es que sean personas. Personas formadas. Profesionales formados.
-¡Pero si eso es el nuevo Espacio Europeo!
-¡Ah! Pues entonces... ¡Me gusta el "Plan Bolonia"!

sábado, 23 de enero de 2010

La infusión

Los excesos a estas edades se pagan. Y yo hoy estoy pagando los de ayer intentando animar al cuerpo con el aroma de una infusión que, al tiempo, asiente el alma sobre la que crece mi cana.

Y, por asociación de ideas, cosas de la mnemotécnica, he comenzado a pensar en algo a lo que, a pesar de llevar ya un tiempo que parece excesivo, no había concedido importancia hasta este momento: "¡La fusión de las Cajas!"
Se habla, seguro que no habrá quien no lo sepa, de la unión (unos dicen que fusión, otros que absorción y la mayoría que confusión) de las dos cajas de ahorro más fuertes de la zona oeste de la región. Hablo de las últimamente llamadas "Caja España" y "Caja Duero", resultado ambas de otras fusiones o absorciones anteriores.
No es que yo tenga ningún interés en parte concreta de este proceso, pues lo único que me ata a una de ellas es una esquilmada cuenta de ahorro por la que me sangran cada seis meses un mantenimiento que no hacen, pues ya me encargo yo a diario de mantenérmela a través de mi linea ADSL. Y con la otra de ellas, ni eso.
No me considero "propietario" por el hecho de ser impositor, ni creo verme representado por quienes, gracias a este colectivo, se encargan de decidir sus propios intereses en la Asamblea General de cada una de ellas.
Creo que ese espíritu romántico de las cajas de ahorros, ese que se contraponía a la voracidad de la banca, hace años, muchos años, que desapareció sin apenas dejar huella. Bueno, algo sí queda en lo que se continúa denominando "Obra Social" que, de lo que fue, ha pasado a ser simplemente una promotora de actividades más o menos variopintas, desde la construcción hasta las artes más diversas, pero cumpliendo estrictamente la imposición legal. Ni un duro más.

Aun no siendo de esta tierra, me siento (creo que alguna vez lo he dicho) charro lígrimo, como los de por aquí, y no creo que haya quien pueda desmentir mi amor por esta tierra, por esta ciudad, por sus piedras y sus leyendas, por su historia y su presente. Y viéndome salmantino, no entiendo los argumentos, pueriles por no decir analfabetos, de muchos de los que salen con su protesta a la calle para decir que Caja Duero, la caja de Salamanca, no se puede ir de aquí. Porque, por lo que aprecio, lo único que pretenden quienes esto protestan es que... ¿¿?? La verdad es que no sé siquiera qué es lo que quieren. ¿Quieren que Caja Duero siga ocupando su sede de la plaza de los Bandos? ¿Quieren que no se lleven sus ahorros? ¿Quieren que siga manteniendo su denominación? ¿¡Qué quieren!? ¡Sólo que Caja Duero se quede!
¡Ah! Pues eso es lo mismo que pido yo sin salir a la calle. Porque creo que no hace falta salir para esto. Porque la Caja de Salamanca no se marcha. Seguirá aquí, dando el mismo servicio que ha venido dando hasta ahora a todos sus clientes. Lo único que ocurrirá con esta fusión será el reparto de los grandes despachos, de las salas de poder, de los servicios centrales. Pero, en estos días que vivimos, en los que soy capaz de estar al tanto, minuto a minuto, de lo que hace mi hija en su periplo danés, lo menos importante es dónde viva el presidente o dónde se reúna la asamblea general. Lo que sí me importa es que, con la fusión, mejore el servicio a los clientes; que la entidad resultante sea competitiva y pueda ofrecer lo que ahora no puede; que su obra social (si es que esto existe aún) se preocupe de atender las necesidades de los salmantinos que así lo requieran, sin tener en cuenta si las ayudas vienen desde el Palacio de Botines o del de Garci-Grande, que lo importante es que la ayuda llegue a su destino.

Por eso, mientras saboreo esta infusión con sabor a ruibarbo, que aún sigue humeando entre mis manos, doy vueltas a estas ideas que, a la vista está, son tan pobres como las de aquellos impositores locales a los que critiqué en las primeras líneas de esto que ahora estoy a punto de rematar.
Porque, al final, yo, como ellos, lo que añoro es aquella "Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca" en la que los clientes eran verdaderos impositores, fueran con bombín, cuello duro y bastón o con gorrilla, pantalón de pana y alpargatas. Aquella en la que te atendía solícito un empleado con bigote, gafas caídas, manguitos y visera, haciéndote sentir importante. Pero eso, hoy día, sería poco competitivo. ¿No?

jueves, 21 de enero de 2010

Frederikshavn



Dos días. Sólo hace dos días que se fue y se nos hace toda una eternidad.
Sé, sabemos, que será sólo un tiempo. Que serán unos días que le servirán para crecer, madurar y ver que, aunque en aquellos países aten a los perros con longanizas, lo que deja aquí vale también lo suyo. Que la rutina del día a día hace que se nos nuble la vista y sólo veamos lo que acostumbramos, sin darnos cuenta de que también hay mucho de lo que nos rodea que tiene un valor inmenso. Y que esto sólo lo apreciamos desde la distancia. Y ella lo apreciará desde casi los confines de este mundo redondo y global que nos acerca y, al tiempo, nos separa.
No es la primera vez que se nos vacía la casa por su marcha, pero siempre es como si fuera la primera. Y, así, andamos pendientes por dentro (que no soy de andar enseñando y por eso lo encierro junto a mi cana) y por fuera. Andamos por la casa deseando escuchar cualquier sonido que nos acerque en la distancia y por la red buscando cualquier señal que nos permita identificarnos con ella aunque sólo sea en la pantalla del ordenador. Una foto, un mapa, una página turística... cualquier cosa es buena para saber que Frederikshavn existe y que allá, donde hay días en que las noches se hacen eternas y la tierra se cincha por su más alto meridiano, ella también está al tanto por si nos oye. Aunque..., bendita juventud, habrá infinidad de cosas que distraigan ese ánimo haciéndole vivir experiencias que se le asentarán en sus adentros para traérselas cosidas a su memoria con un hilván indeleble. Experiencias que, a su vuelta, compartirá con nosotros y disfrutaremos como si hubiesen sido nuestras. Nos hablará de esa otra familia, de la nueva casa y del "insti", todo mucho mejor que lo de por aquí, ¡por supuesto! Nos traerá excursiones, salidas festivas, amistades y novedades para que disfrutemos el regusto. Y nosotros felices, que para eso ha ido.
Pero ahora, aquí, cuando las paredes de la casa se le caen encima hasta a Chocolate, estamos echándola de menos desde un poco antes de que subiera al autobús. Nos miramos y vemos que añoramos su presencia y deseamos su regreso, seguros de que a ella no le importaría alargar un poco más este viaje que, durase lo que durase, siempre le sabrá a poco. Pero, también ella nos echará de menos y deseará regresar para llenar su hueco. Aunque luego, a su vuelta, ya en casa, protestará como siempre y, desde ahora, tendrá un argumento nuevo en su rebeldía... ¡Podía haberme quedado allí!
Pero sabe que su sitio es éste y estoy seguro de que no renunciaría nunca a él. Que aquí estamos quienes más la queremos y que siempre habrá otro momento para volver a cualquier otro Frederikshavn.

jueves, 14 de enero de 2010

Ocasiones perdidas

¡Que no!
¡Que no he perdido las buenas intenciones que vinieron con el nuevo año!
Lo que pasa es que entre que me he pasado varios días jugando con las novedades de los Magos, que me abstraje en la blancura de la nieve cubriendo el Campo Charro y que tuve que volver a la dureza del sillón en un despacho gélido y triste, se me han ido los días sin apenas caer en la cuenta y, con ellos, se me han ido las pocas ideas que podría haber plasmado en este diario.
Ahora, cuando el duro aterrizaje va desapareciendo de mis posaderas y la novedad de los juegos vacacionales no es sino una sombra que se va escondiendo bajo mi cana, caigo en la cuenta de que podía haber escrito sobre la Fiesta Nacional (así, con todas sus letras y en mayúsculas), haciendo una defensa documentada que sirviera, al menos, para convencer a los más cercanos, aunque sé que ellos ya vienen convencidos.
Podía haber escrito mi homenaje a fray Pedro, el más cercano, humilde y cofrade sentido de los frailes que jamás conocí. Falleció sin ruido y será en la Madrugada cuando algunos veamos el socavón que ha dejado en la procesión dominicana.

Podía haber salido a fotografiar la nieve y haberlo contado después. Salamanca cubierta por el más bello de los meteoros. Pero, aparte de la escasa originalidad que hubiera tenido el tema, pues esto siempre atrae a multitud de capturadores de imágenes (¡con lo difícil que es fotografiar la nieve!) que nos muestran su arte en numerosas opciones virtuales, me tocó agarrar el escobón y, encarando la parte menos bucólica de una nevada, limpiar los accesos a casa. ¡Cómo se acumula el ácido láctico en quienes no sabemos lo que es el ejercicio!
Podía haber plasmado mi cada día mayor dificultad por retomar el quehacer diario tras los periodos de descanso. Haber narrado las escasas peripecias que pueden acontecer alrededor de una mesa de despacho cargada de papeles atrasados y con una corriente polar colándose por cualquiera de las múltiples rendijas de los muros de esta estancia que forma parte de un todo que, no sé cómo ni por qué, en su día fue Premio Nacional de Arquitectura.
Podía haber... y sin embargo me entretuve jugando a romper todo lo que me habían dejado los Magos en su noche, perdí la noción del tiempo y se me fueron las ideas. Espero que sea pasajero.

martes, 1 de diciembre de 2009

Todos culpables

Hoy me siento culpable. Mejor dicho: Soy culpable, mientras no se demuestre lo contrario. Eso es lo que se me supone como parte integrante de esta sociedad que nos vive. Y mi cana se revuelve, porque siempre se sintió "russoniana", creyendo a pies juntillas en la bondad natural de los hombres. Pero, ¿por qué había de tener razón el filósofo galo?
Es mucho más sencillo acusar que defender y, además de actuar "sobre seguro", algunas conciencias sienten un relajo agradecido cuando existe un chivo en el que expiar sus culpas. Por eso, nos parece normal que primero se dispare y después se pregunte. Nos parece correcto, incluso conveniente, transformar en terroristas a todos los árabes, en agresivo ladrón a cualquiera que haya nacido al este de la riqueza o en maltratador de género a cualquier hombre por el simple hecho de que sus genitales sean externos.
Tengo conocidos musulmanes y rumanos que, aun siendo personas que rayan la excelencia, se sienten corridos al ser centro de miradas acusadoras de algo que no sólo nunca cometieron, sino que jamás existió; y doy por supuesto que la inmensa mayoría de los hombres no necesitan de la agresión para manifestar no se sabe qué a los demás, siendo plenamente capaces de vivir entre semejantes para formar sociedad.
Pero los hombres de bien (categoría que nos arrogamos sin saberse bien si tenemos categoría para ello), fieles vigías tras las cortinas de cualquier ventana al acecho de lo que hagan los demás, cumplimos con nuestro deber cuando acusamos a los culpables. Ciertos o falsos culpables, que eso es lo de menos. A todos esos Diegos que no sospechan siquiera lo que se les viene encima, cuando salimos en tropel acusador y, amparados en la masa iracunda, calumniamos y lapidamos verbalmente a quien ya se da sin más remedio por asesino confeso y, lo que es más, sin derecho a defensa. Salimos a las calles a proclamar su culpabilidad al tiempo que escondemos la nuestra. Y el enrojecimiento de los ojos, provocado por la congestión sanguínea de quien se cree en el derecho de acusar, nubla todos los sentidos haciéndonos insensibles a las palabras de Diego, que no son sino disculpas engañosas del que se ve acorralado. Y los comunicadores alientan la ira vecinal al tiempo que engordan sus cuentas de resultados. Todo vale para alcanzar más nivel que los demás.

Y Diego permanecerá para siempre en nuestros recuerdos como esa alimaña asesina que fue capaz de maltratar, violar y acabar con la vida de la pequeña Aitana a sus tres añitos. Porque ya ha sido juzgado y, como prueba palpable de su culpabilidad, guardaremos el recorte de la fotografía que vimos en los diarios (la fiera esposada, con barba de tres días y semblante sombríamente sospechoso). Quedará estigmatizado por la duda para el resto de sus días, porque el que tuvo retuvo y si ya fue sospechoso y acusado (lo de que sea inocente desde el principio es lo de menos), ¿por qué no va a repetir? ¡Asesino!
Ahora, cuando Diego está hundido y posiblemente sin recuperación, las manos que lanzaban esas piedras acusadoras permanecen ocultas en lo más hondo de nuestros bolsillos y una falsa mirada de tierna inocencia, de excusa imposible, se asienta en nuestros ojos culpables en los que ahora brillan lágrimas de cocodrilo en lugar de las rojeces de la ira. Porque somos como míseras avestruces incapaces de enfrentarse a sus propios miedos.
Y mientras, la pequeña Aitana, con la que estoy seguro que Diego jugaba como si de su propia hija se tratase, yace a la espera de un entierro al que Diego no podrá asistir. Porque le hemos sacado del calabozo para ingresarlo en la cárcel del alma. ¡Pobre Aitana! ¡Pobre Diego!
Y yo, creyente fiel en Emilio, me siento culpable porque sin acusar no he defendido. Y tiemblo, porque sé que yo también puedo pasar por ese calvario. Porque nadie está libre de sospecha.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Elecciones



Hoy, después de cuatro semanas de intensa campaña electoral, los miembros de la comunidad universitaria podremos decidir quién será aquél que rija los destinos del Alma Mater durante los próximos... ¿cuatro años? (no me atrevo a afirmar el periodo pues visto lo visto y sabiendo que, como humanos, somos los mejores en enganchar nuestro pie siempre bajo la misma piedra...).
Hoy será un día en el que muchos nos acercaremos al "centro" y coincidiremos con otros que, como nosotros, se acercan para coincidir. Sí. Es la oportunidad de ver a quienes no ves en largos periodos (aunque parezca mentira, que la "casa" no es tan grande), de sentir el momento de la responsabilidad electora y de volver a la actividad del diario, a los papeles y las clases. Porque hoy, precisamente hoy, todo está hecho. Los candidatos se han dejado sus horas y las de sus familias en intentar convencernos de que cada uno de ellos es el idóneo para ocupar el cargo. Los electores, la mayoría de los cuales no han podido ser convencidos por los candidatos pues están ocupados por la apatía, han realizado ya comicios varios en pasillos y cafeterías; charlas de barra en las que, en función de intereses y "conocimientos", se decidió sin necesidad de urnas quién saldrá electo. Porque todos sabemos a quién no vamos a votar, tenemos claro a quién votaremos y, sea como sea, muchos dirán que su voto fue para el vencedor, incluso anticipándose a los resultados. Oportunistas de urna que, sin dejarse ver, siempre están al lado de los vencedores para recoger migas o migajas en función del peso de su voto.
Yo tengo claro que votaré y sé a quién votaré, y no por las prebendas precisamente, pues como la inmensa mayoría silenciosa lo hago sin intereses. Simplemente porque, en este caso, creo que la participación es necesaria, imprescindible incluso. Votaré a este candidato simplemente porque es el que más me convence o, si se quiere, el único que me inspira algo de confianza. Y la confianza es algo importante en este "negocio".
Hoy, habrá votación. Rector tendremos siempre.

martes, 10 de noviembre de 2009

Blogs solitarios

Es un sinsentido, lo sé, pero es así.
Resulta que un blog, que no deja de ser más que un diario en el que reflejamos nuestro íntimo día a día o algo así, que requiere de soledad y poco ruido, es mejor cuantos más fans tiene, cuantos más comentarios hay por entrada o cuantas más veces aparece registrado en los buscadores más peregrinos.
He encontrado reflexiones magníficas en blogs que apenas si tienen algún que otro comentario en sus entradas y, por supuesto, apenas seguidores fieles ni cosa que se les parezca. Formas de ver la vida que dejan por los suelos cualquiera de las cosillas que yo haya podido hacer o decir en esta cana virtual que aglutina mis intervenciones cibernéticas. Magníficos ejemplos a seguir que nadie seguirá porque no hay seguidores.
¿Y no es esto la esencia de un diario? ¿No es ese pequeño candado que cierra las páginas lo que le da la categoría de diario? ¿No es esa la solitaria magia que todos quisiéramos? Compartir nuestra intimidad con nosotros mismos, al amparo de las sábanas y una tenue luz, haciendo de la ilusión, esperanza para el día siguiente. Esos son los verdaderos diarios.
Cada día me gusta más rebuscar en los fondos de los cajones. Siempre aparecen las cosas más sorprendentes.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Un paseo con amigos (final)

¿Por qué será que nunca llueve a gusto de todos?
Eso es lo que ha pasado estos días. La pertinaz lluvia ha anegado las calles de Salamanca, embarrándolas para impedir que fuésemos fieles a la cita. Pues desde que el príncipe Juan mandase empedrar la de San Martín, pocos han sido los progresos habidos en estas calles. Han sido días de mirar tras los cristales cómo las pobres gentes se empapaban en su tránsito mientras el calor de la hoguera me retenía, en un abrazo invisible, impidiéndome salir siquiera al zaguán de casa.
Hoy, aun con un frío cortante, el sol apareció brillando sobre los cielos salmantinos, reflejándose en la dorada piedra franca, que dicen fregadera, de casas y palacios. Un día en el que ya desde las primeras horas, el ambiente invitaba a salir a la calle para deambular sin motivo. Inmediatamente, he mandado recado a mis compañeros de salidas para retomar lo pendiente.
Todos han aceptado la proposición y, casi de inmediato, nos hemos puesto en marcha.
Así, aunque bien entrada la mañana, comenzó la reunión en la Puerta del Sol, tal como quedó propuesto, junto a los portones de la Casa de los Maldonado y frente a la Iglesia de la Compañía de Jesús, la del Espíritu Santo. El doctor Zúñiga algo quejoso por unas fiebres que le entumecen, aunque los demás sospechemos, casi con certeza, que se trata más de mal de soledad, pues desde que murió su amada Pilar, hace más de veinte años ya, es la única enfermedad que le recurre periódicamente. Los demás, Carlos el Papón, Pelayo, ese hijo que le apareció a Zúñiga casi sin sospecharlo, y este servidor, mostramos el mejor de los ánimos y así se lo intentamos transmitir al Vizconde.
En esta mañana de sol, la riada de gentes nos empujó hacia el viejo Azogue. A pesar de que la actividad se trasladaba poco a poco al entorno de la gran plaza de San Martín, aún había mercado y el ambiente era espectacular. Las gentes del alfoz voceando sus productos. Niños y ancianos curiosos por entre los vendedores. Charlatanes y embaucadores haciendo gala de sus artes. Damas y criadas atentas a lo que se les ofrecía desde el otro lado de los tableros. Mendigos exprimiendo sus males en favor de mover a la cristiana caridad de los transeúntes. Olores mezclados embargando los sentidos. Vivos colores de exóticas hortalizas que, tras su novedosa venida de las Indias, comienzan a hacérsenos familiares. Gentes y más gentes que nos envuelven y distraen nuestra conversación mientras dirigimos nuestros pasos a la fábrica de la Catedral Nueva.
Las obras se muestran avanzadas a pesar de que desde hace años la escasez de capitales haya provocado la casi paralización de la actividad en las mismas. Las naves están prácticamente finalizadas y, desde que el cabildo dispusiese su traslado a ésta en 1560, tras ser completada por el maestro Gil de Hontañón hasta el crucero, el trasiego de gentes por su interior es constante. Iniciamos el recorrido por el interior atravesando la puerta de la torre y comenzamos a admirarnos con cada una de las capillas que vamos recorriendo. La capilla de San Lorenzo, la de San Pedro, a la que las gentes han dado en llamar "Dorada", la de la Madre de Dios, también llamada del Presidente Liévana. Al paso por la capilla ahora llamada de la Virgen del Desagravio, Zúñiga se detiene a observar el pequeño cuadro que preside su altar. -¡Magnífica obra pese a su tamaño!- dice acercándose para observarlo en detalle. -Pero... fíjense vuestras mercedes. ¡Su tela está remendada! Una lástima pues desmerece el resultado- vuelve a comentar dirigiéndose a quienes le acompañamos.
-¿¡Lástima!?- Exclamo interrogante. -¿No conocen ustedes la historia?- vuelvo a preguntar.
-¡Pues no!- me dice Pelayo quien, por su juventud, está menos al tanto.
-¡Ah! Excelente disculpa para recordar un hecho, leyenda para unos y real para el resto, que acaeció hace años.
Cuenta la tradición que en la calle de la Nevería había uno de estos cuadros de Cristos, Vírgenes y Santos que ponen los vecinos en hornacinas y portales para la devoción popular. El dicho cuadro era la imagen de la Inmaculada Virgen María, Nuestra Señora y, por tratarse de lugar concurrido en paso de San Martín a los barrios nobles, gran cantidad de devotos era la que oraba ante la imagen, depositaba velas y lamparillas de aceite y alguna que otra flor aparecía en sus búcaros colocada por anónimas manos; que bien conocida es la devota defensa que los salmantinos hacen del dogma de la Concepción Inmaculada. Una mañana, la imagen amaneció destrozada. Algún desalmado, de propio o por encargo (que en estos tiempos se puede pensar cualquier cosa), amparado en la espesa oscuridad de la noche, rasgó con saña el lienzo, acuchillando el rostro de la Santísima Virgen y raspando la sagrada leyenda que la orlaba. Acto sacrílego que movió el sentir de devotos y vecinos en cuanto fue descubierta la fechoría. Inmediatamente, los consternados salmantinos comenzaron a pedir actos de desagravio hacia la sagrada imagen. Fueron muchos los que pidieron la inmediata construcción de una capilla en ese mismo lugar para poder seguir orando ante la desfigurada imagen. Los ánimos, encendidos, exigían la reparación del malicioso acto. Tal fue el clamor popular que al cabo, aprovechándose la construcción de la nueva Catedral, se decidió su traslado solemne hasta una de las nuevas capillas de ésta, en la que se construiría un retablo adecuado para albergar el lienzo y darle el debido culto. Esto se hizo ya va para veinte los años y aquí sigue, presidiendo la capilla que ahora admiramos.
-Curiosa historia- comentó el leonés. Y siguió, preguntándonos, -¿y conocen ustedes la historia de la Virgen de la Verdad?- Los demás nos miramos interrogándonos con las miradas. -Cuéntala, amigo, pues de seguro que alguno la desconocemos- le dije.
-Bien. Fíjense en la capilla frontera a la que ahora contemplamos. ¡Vayamos hacia ella!- nos dijo el papón mientras comenzamos a desandar nuestros pasos para pasar a la nave norte de la fábrica.
Llegados a la capilla, pudimos observar cómo su interior era presidido por una imagen de la Virgen con el Santo Niño en su regazo y nuestro amigo Carlos comenzó su narración.
-¿Conocen la leyenda del toledano Cristo de la Vega, que juró los amores de una dama para decir verdad? Pues aquí, en esta ciudad de la recia meseta, fue su Santa Madre la que hubo de intervenir en causa mundana-.
Cuenta la leyenda, o la historia que yo no lo sé, que un cristiano viejo, honrado y pobre cual asa de espuerta, se vió en la obligación de andarse a casa de un judío para solicitar un préstamo que aliviase sus deudas. Como bien sabéis, la usura es del carácter de los hebreos y aquél no había de ser distinto. El pobre cristiano asumió en su deuda los elevados intereses que el judío le pidió. Al cabo del tiempo juntó los dineros y, en cuanto pudo hacerle frente, saldó el préstamo llevando la bolsa con la cantidad de monedas acordada a la casa del judío. Pero al hebreo le pareció poca la cantidad que le traía el pobre hombre y exigió del cristiano más dineros de los pactados. El humilde hombre, que con infinito esfuerzo había sido capaz de reunir lo acordado, no tenía más con qué pagar. El judío acudió con su falsedad a la justicia, reclamando el pago de la deuda. El ladino prestamista convenció a los jueces de que decía verdad. ¿Qué podía hacer el pobre cristiano? Estaba perdido pues la razón se le daba al delincuente. Sin más alternativa, recurrió a la Santísima Virgen implorando su intercesión. Juró a la justicia decir verdad y pidió ser acompañado ante la imagen de Nuestra Señora para confirmarlo. Cedieron justicia y hebreo, acompañándole ante esta sagrada imagen. Allí, el cristiano viejo, en alta voz, preguntó a la Virgen: «¿Señora diríais vos que soy inocente?». Para asombro de todos, la figura movió la cabeza asintiendo firmemente con ella. Ante tan singular hecho, milagroso para quien esto narra, los magistrados libraron al cristiano de las falsas deudas y condenaron al prestamista por su delito.
-Esta es la leyenda, cierta para algunos, de la imagen de Nuestra Señora de la Verdad- finalizó el leonés.
Tras el relato, que nos tuvo en absorto silencio durante unos minutos, comenzamos a escuchar los rugidos de nuestras tripas. Se nos había llegado la hora de volver a casa y dar gusto al estómago. Así, en recatado silencio, pues era más fuerte el pensamiento en la olla que la gana de conversar, decidimos que era hora de despedir la compañía y volver cada cual a su hogar donde seguro había alguien esperando con los platos sobre el mantel y la comida dispuesta. Ya habría otros tiempos para visitar las traseras de esta obra, recorrer el Seminario de Carvajal y, por estar junto a él, entrar en la vieja iglesia de San Cipriano hasta alcanzar su cripta en busca de la sombra del Marqués de Villena.
Pero eso será en tiempos mejores. Estoy seguro de ello.


Post Scriptum.
Seguro que habrá quien se interese por esto cuando el XXI cumpla sus primeros años. Para ellos, sólo dejar constancia de que ambas imágenes de la Virgen siguen pudiendo ser admiradas en sus correspondientes capillas de la Catedral Nueva. Es más, por los documentos se sabe que el retablo de la Capilla de la Virgen del Desagravio fue construido en 1665 por Francisco García, siendo el tallista Juan de Mondravilla.
También decir que aunque sus nombres hayan cambiado, siguen estando en los mismos lugares la Puerta del Sol (entre la Clerecía, casa de las Conchas y antiguas cocheras de San Isidro), el Azogue Viejo (junto a los muros traseros de la Catedral Vieja), la calle de Sordolodo (ahora de Meléndez Valdés), el callejón de las Velas (con el mismo nombre entre Meléndez y San Benito) y la calle de la Nevería (ahora de Sánchez Barbero).
Finalmente, pero no por ello menos importante, mi más sincera gratitud a don Félix González Modroño, escritor que me ha subyugado con su obra, creador de los personajes de Fernando de Zúñiga y Pelayo, con los que, por admiración a ellos y a su autor, he querido compartir este paseo por la Salamanca del XVII. Sin la cariñosa aquiescencia del padre de estos personajes, este paseo nunca hubiera sido el mismo.