¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


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martes, 2 de noviembre de 2010

Relax en el alma

Ocho días. Ocho magníficos días en los que mar y monte han conseguido relajar mi alma y sacarla del anodino mes de octubre en el que todo y nada se juntaron para dejarlo en blanco.

He respirado aires venidos de allende la mar océana. Aires que han calado hasta imaginarios tuétanos mientras pateaba playas y rocas en busca de seres, de pequeños animales de formas sorprendentes, con los que formar a futuros científicos que ahora se abren con interés infantil a todo lo que se les ofrece. Sal marina que se diluye y deja un poso que permanecerá, ahora indisoluble, durante el resto de sus vidas. Días de convivencia que se recordarán con cariño y noches de camaradería que tatuarán el alma. Lo sé por propia experiencia.


Casi sin solución de continuidad, he mojado cuerpo y alma con lluvias eternas entre bosques de indescriptibles colores.

Sorprendentes hoces horadadas en roca por la persistencia de ríos surcándolas desde antes de que nadie pudiese tener conciencia de ello. Montes en cuya cima hemos llegado a tocar las nubes, que es como palpar el cielo. Cuevas en las que su propia inmensidad, forjada gota a gota, nos empequeñecía para dejarnos caer en la cuenta de lo poco que somos aunque nos creamos supremos. Ríos de aguas desbordantes mostrándonos, otra vez, la imparable fuerza de la naturaleza. Agua, siempre agua, acompañándonos y empapándonos mientras nos sorprendíamos a cada paso dado.

Ocho días de disfrute inmenso, de recuperación de lo que quizá nunca perdí. Una semana alejado de mesas de despacho y taburetes de laboratorio para hacer de la propia vida el mejor lugar para completar el experimento que nos diseñaron. Sabiendo, como siempre, que los santos y difuntos nos acompañan aunque nosotros hayamos cambiado el momento de íntima soledad junto a la losa en la que sólo un nombre nos recuerda que están allí, por la amplia serenidad de costas y montes. Que hemos cambiado flores de un día por alumnos y amigos. Pero acá o allá, solo o en multitud, no olvido que es día de recuerdo, de cariñoso recuerdo, y vuelvo a la realidad. Hoy, día de difuntos, regreso solo a la rutina diaria pero me siento acompañado. Siempre acompañando.

viernes, 23 de julio de 2010

En Toro

Conscientemente, he dejado reposar casi una semana todo lo vivido. He querido que todo se asentara para degustarlo con ese regusto que deja una buena comida en el fondo de la garganta, donde muchas veces parece que se nos asienta el alma. He querido que fuera, desde el relajo de una cana cada día más cansada, recuerdo de lo que fué. De lo bueno que fué. Porque, cuando se unen los mejores elementos y dejamos en la parte de atrás de la alforja los demonios que nos acosan a diario, no hay momento que no deba ser recordado, relamido, apreciado...
Fué tarde de toros, en la mejor de las compañías, para cumplir varios deseos. Fué tarde de magia, ardiente magia, entre maderos seculares, para comprobar cómo esa magia se hacía arte en el capote de quien es capaz de derrochar duende y esencia cada tarde. Dos verónicas y una media. Nada más. Nada menos. Y se dispersaron los más exquisitos aromas toreros para refrescar palcos y tendidos. Porque da igual toros que becerros. Porque lo que importa es que, a pesar de todo, el torero se dé para los que esperamos lo mejor de él, haciendo Maestranza de cualquier plaza. Y la de Toro fué Maestranza, remozada, coqueta, ardiente, incómoda, brillante, polvorienta, grande y pequeña.
No. No es esto la crónica de una corrida, que ya habrá quien la escriba con pluma mucho más sabia que todas y cualquiera de las frases que pudieran salir de las teclas de mi ordenador. Esto es el reflejo de una pasión, con amigos apasionados y generosos, sobre todo generosos, a los que creo que debía estas palabras. Esto es el poso de un día festivo que se hizo fiesta, desde el primer café hasta la última cerveza, entre los arcos de la más radiante Plaza del mundo con la belleza de una luz de mañana de ocio o en placita repleta de gentes vestidas de domingo dejándose querer mientras el sol se esconde.
Esto es lo que me queda de aquello, fotogramas impresos en esta cana que todo lo guarda y sensaciones que, también grabadas junto a esas imágenes, no habrá palabra que pueda describirlas. Bueno, quizá sí, quizá la haya... ¡Gracias!


jueves, 21 de enero de 2010

Frederikshavn



Dos días. Sólo hace dos días que se fue y se nos hace toda una eternidad.
Sé, sabemos, que será sólo un tiempo. Que serán unos días que le servirán para crecer, madurar y ver que, aunque en aquellos países aten a los perros con longanizas, lo que deja aquí vale también lo suyo. Que la rutina del día a día hace que se nos nuble la vista y sólo veamos lo que acostumbramos, sin darnos cuenta de que también hay mucho de lo que nos rodea que tiene un valor inmenso. Y que esto sólo lo apreciamos desde la distancia. Y ella lo apreciará desde casi los confines de este mundo redondo y global que nos acerca y, al tiempo, nos separa.
No es la primera vez que se nos vacía la casa por su marcha, pero siempre es como si fuera la primera. Y, así, andamos pendientes por dentro (que no soy de andar enseñando y por eso lo encierro junto a mi cana) y por fuera. Andamos por la casa deseando escuchar cualquier sonido que nos acerque en la distancia y por la red buscando cualquier señal que nos permita identificarnos con ella aunque sólo sea en la pantalla del ordenador. Una foto, un mapa, una página turística... cualquier cosa es buena para saber que Frederikshavn existe y que allá, donde hay días en que las noches se hacen eternas y la tierra se cincha por su más alto meridiano, ella también está al tanto por si nos oye. Aunque..., bendita juventud, habrá infinidad de cosas que distraigan ese ánimo haciéndole vivir experiencias que se le asentarán en sus adentros para traérselas cosidas a su memoria con un hilván indeleble. Experiencias que, a su vuelta, compartirá con nosotros y disfrutaremos como si hubiesen sido nuestras. Nos hablará de esa otra familia, de la nueva casa y del "insti", todo mucho mejor que lo de por aquí, ¡por supuesto! Nos traerá excursiones, salidas festivas, amistades y novedades para que disfrutemos el regusto. Y nosotros felices, que para eso ha ido.
Pero ahora, aquí, cuando las paredes de la casa se le caen encima hasta a Chocolate, estamos echándola de menos desde un poco antes de que subiera al autobús. Nos miramos y vemos que añoramos su presencia y deseamos su regreso, seguros de que a ella no le importaría alargar un poco más este viaje que, durase lo que durase, siempre le sabrá a poco. Pero, también ella nos echará de menos y deseará regresar para llenar su hueco. Aunque luego, a su vuelta, ya en casa, protestará como siempre y, desde ahora, tendrá un argumento nuevo en su rebeldía... ¡Podía haberme quedado allí!
Pero sabe que su sitio es éste y estoy seguro de que no renunciaría nunca a él. Que aquí estamos quienes más la queremos y que siempre habrá otro momento para volver a cualquier otro Frederikshavn.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Salamanca en el recuerdo


Ha sido relajantemente provechoso este periodo que me ha tenido fuera de casa mientras esperaba la llegada del otoño.

Después de vivir la intensidad de unas jornadas en los confines de la Tierra, volví mis pasos hasta tierra de morería. A la vista de la Sierra Nevada, he rehecho los caminos de Hernando el Nazareno y he pisado por aquellos lugares que él siempre amó. Esas Alpujarras que le vieron nacer y esa Granada que perdió el Rey Chico. El monte Valparaiso, renombrado después como Sacromonte, los cármenes del Albaicín, la Carrera del Darro y su encuentro con el Xenil, la Alhambra, la Catedral y la Capilla Real.

Con todo ello en la mente se hace más cercana la lectura de esa novela que comencé en tierras de Cádiz y a la que aún no he sido capaz de poner término. Se me van los días y, entre unas cosas y otras, son pocas las páginas que puedo compartir con Hernando. Pero, a pesar de todo, me imagino recorriendo esas calles junto a él o junto a cualquiera que me quiera acompañar, echando de menos a veces al doctor Zúñiga al que ya considero como un compañero más de aventuras, admirado compañero, en esas tierras de la recién formada España.

Recorro Granada pero mi mente pasea por otras calles. Calles andadas una y otra vez para exprimir cada una de sus losas, cada una de sus piedras, cada una de sus sombras. Son las calles de Salamanca las que me envuelven en todo momento. Las que me traen esos recuerdos que se hilvanaron a mi cana por algo que oí, que leí o que vi. Solo débilmente atados a mi memoria. Tan débilmente que tengo que mantenerlos vivos para no olvidarlos.

Historias de tablaje y de mancebía en las que en cualquier momento se cruzan los aceros por la defensa de una dama o del honor. Leyendas de nobles que en nada tienen que envidiar a Gonzalo de Córdoba en su defensa de la plaza tarifeña o de repobladores en tierras recién conquistadas. Vírgenes que son testigo de acuerdos prometidos como si del mismísimo Cristo de la Vega en su ermita toledana se tratase. Santos cristianizando a toda una judería o encarcelados por un quítame allá esas pajas. Cuevas cuya fama dio la vuelta al orbe o pasadizos cuyo secreto es conocido por todos. Zapateros y corregidores disputándose una anguila. Hospitales que no son sino albergue de desahuciados. Historias de conventos, reales o imaginadas. Y personas, Latinas, Tostados, Ciruelos, Maldonados, Monroyes, Manzanos, Albas o Anayas, que hicieron de Salamanca un lugar en el que la Historia no tuvo más remedio que detenerse para ellos.
Tengo que hacérmelo mirar. No sé si es bueno o no, pero me atraen más los hechos remotos que la actualidad que me rodea. Prefiero el XVII a la modernidad.
¿Será malo, doctor?

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Rías Altas

Hemos vuelto al fin de la Tierra.

Improvisadamente, sin anuncio previo, volvimos a recorrer parajes idílicos para recordar que algún día estuvimos allí. Para descubrir que la naturaleza es capaz de sobreponerse a la irresponsabilidad del hombre.

Playas de Carnota, Ézaro, Muros... que un día de no hace mucho vieron cómo el chapapote cubría su esplendor, inundando de negra marea hasta el más pequeño hueco entre sus imponentes rocas, ahora lucen arenas radiantes en las que muchos de quienes en aquellos días mancharon sus blancos monos del aceitoso alquitrán, ahora remojan sus cuerpos como si nada hubiera pasado. Sólo como si nada hubiera pasado.

Playas en las que sólo quedan limpias aguas bañando arenas inmaculadas para que quienes las visitamos dejemos escondida en el fondo del almacén de los recuerdos la desolación que las cubrió.

No sé si la vida ha sido capaz de recuperarse. No sé si en las rocas que ahora se muestran completamente desnudas, hubo tiempos en que anémonas y lapas compartían su espacio con pulpos y cangrejos; si las lechugas de mar, desplazadas cada día más por los sargazos, albergaban pequeños cangrejos en su ahora desnuda superficie; si las navajas y berberechos de sus arenas han emigrado a la bondad de las otras rías o es que nunca llegaron a ocupar estas playas de aguas bravías. No lo sé y quisiera creer que la ausencia de vida en estas costas de la muerte es algo que no viene de aquellos lodos sino que siempre fue así. Quisiera creer que la vida bajo las aguas, allí donde para mí es inaccesible, sigue bullendo como si nada hubiera pasado. Compartiéndose ignorante con los que no alcanzamos sino a remojar los pies en las moribundas olas que alcanzan la arena.

Porque el fin de la Tierra, esa Fisterra que atrae con sus cantos de sirena tanto a peregrinos agotados tras un esfuerzo casi inhumano como a visitantes descansados, no es el fin de la vida. Porque ahora sabemos que no es ahí donde se acaba el Mundo y que hay un más allá que nos permite cerrar el círculo para volver al punto de partida. Porque esta Finis Terrae nos hace empequeñecer ante la inmensa magnitud de lo que nos rodea, obligándonos a recogernos en nosotros mismos a pesar de estar inmersos en un marasmo de gentes. Punta del Mundo que nos empuja a disfrutar de nuestro interior, de esa cana que todos llevamos prendida al alma.

Pero la Tierra no acaba aquí, sino que comienza. Comienza desde el mismo punto en que somos conscientes de que hemos de retomar nuestros pasos para volver sobre ellos, aceptando el final como punto de partida. Origen desde el que todo será visto con otros ojos. Nuevos paisajes que recorrimos ayer; nuevos amigos que nos trajeron hasta aquí para compartir sorprendidos el camino de vuelta; nuevas esperanzas que surgen con el humo de lo que trajimos y prendimos en su hoguera. Así, después de pasar por él, por ese Finisterre que no es sino el extremo de lo que cada uno quiera, comienza una vida nueva. Comienza el principio de lo que se recupera tras quedar anegado por los petróleos de la vida sin que apenas se puedan apreciar sus restos.

Nuevas playas y nuevos espíritus fundiéndose al calor de un inusual sol septembrino. Verde puro y verde esmeralda mezclados para nuestro deleite. Sol Mediterráneo en ese Atlántico que nos ofrece lo mejor de sí mismo, de sus gentes y de sus tierras, para dejarnos compartir el tiempo y permitir que se escape por entre nuestros dedos sin que nuestra conciencia nos recuerde que ha comenzado el periodo en el que será la luz blanca de un tubo fluorescente la única luz que veremos durante los próximos meses.
Sin rastro de negro chapapote.

martes, 18 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (9)


DÍA 9: BAJO DE GUÍA
Dicen de este resort vacacional -(¡coño! con el barbarismo)- llamado Costa Ballena que fue capricho personal del presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla -"Pepote"-, quien quiso dejar su firma para la posteridad haciendo de Andalucía la California del sur europeo, igual que hiciera Zaplana en Alicante con su Terra Mítica.

La sociedad pública Empresa Pública del Suelo de Andalucía se encargó de adquirir los terrenos. Cuatrocientas hectáreas que la Casa de Orleans-Borbón poseía en la denominada Punta de la Ballena, enclavada entre los municipios gaditanos de Rota y Chipiona. Allí, la mencionada sociedad, con la intermediación también de promotoras urbanísticas, construyó una completa ciudad de vacaciones en la que prima el diseño marinero, con edificios de apartamentos rodeados de grandes espacios verdes, primorosamente cuidados, con dos grandes lagos conectados por canales, en los que se asienta una pequeña población de aves acuáticas, y, todo ello, circundando a un primoroso campo de golf, que constituye el eje alrededor del cual se creó todo este entramado.

Seguramente este complejo turístico tiene sus detractores, como cualquier otra obra humana, pero creo que, a pesar de su inmensidad, no es agresivo en exceso con el entorno, está diseñado con criterio y sus habitantes lo disfrutan a pesar de la escasez de agua potable que padecen durante este verano motivada, también, por la imprevisión de las distintas autoridades.

Hoy hemos paseado, junto a unos amigos, por este enclave situado en un lugar privilegiado, a tiro de piedra de las marismas de Doñana, en el que las puestas de sol pasan por ser de las más espectaculares de la península. Doy fe.

Pero el paseo sólo sirvió como preámbulo a una noche de solaz en la cercana Sanlúcar. ¡Otra vez Sanlúcar! Allí, en su Bajo de Guía, intentamos, sin éxito, degustar las exquisiteces que ofrecen en Casa Bigote, restaurante en el que hasta las puntas de las servilletas está cargado de sabor marinero y en el que los mariscos y el pescado deleitan el paladar de todos sus comensales. ¡Ingenuos! Todas sus mesas estaban ocupadas con mucha más antelación de la que nosotros podíamos suponer, así que tuvimos que dejarlo para mejor ocasión. Bueno, al menos pudimos tomar unas cervecitas, unas Cruzcampo fresquitas, en su taberna, tan añeja como el restaurante y con sabor mucho más popular.

Tampoco era cuestión de preocuparse, pues todo el Bajo de Guía está orlado de otros pequeños restaurantes, tan marineros como el Bigotes y, estos sí, todos a nuestra disposición. Nos sentamos en uno de ellos, da igual el nombre, en el que los langostinos y las gambitas de la zona, las almejitas a la marinera y un rape sencillamente exquisito centraron nuestra atención durante largo rato.

¡Ah! y todo ello regado por una Manzanilla, en rama, por supuesto, que hacía más sublime cualquiera de los sabores. Nosotros, por nuestra parte, pusimos la conversación. Charla de amigos en la que el trabajo no constituyó el tema central y que disfrutamos animosamente entre plato y plato, haciendo de la velada un momento inolvidable. Porque es inolvidable estar con amigos, con exquisitos manjares y, de vez en cuando, poder perder la mirada hacia las dunas de Doñana con el río Guadalquivir como intermedio y la puesta de sol en un horizonte que casi se podía tocar con solo alargar las manos.

No hacía falta nada más, pero para poder asimilar todo lo ingerido por nuestros sentidos, todo lo gustado, lo visto, lo olido, qué mejor que un paseo al borde del mar, junto a esas arenas sobre las que escasas horas antes habían corrido briosos purasangres en alocada lucha contra el reloj. No sé si en busca del sol para recogerlo antes de su puesta o huyendo de él para no ser arrastrados a su escondrijo, pero siempre corriendo. Una terracita junto a esas arenas y un refresco que permitiera continuar la conversación que se distrajo entre platos. Tiempo relajado para seguir disfrutando con la brisa cambiante refrescando nuestra piel. Tiempo que corría veloz en las manecillas de nuestros relojes y que marcaba, de forma inexorable, el fin de esos momentos.

Una noche digna de este sur que nos acoge.

¿Se puede pedir más?

domingo, 16 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (7)

DÍA 7: CARIDAD
Hoy es, posiblemente, el primer día en que altero mi rutina.

Cuando San Roque está ya expectante por salir a la palestra festiva en muchos de los pueblos que rellenan la provincia de Salamanca, el resto, la inmensa mayoría de localidades españolas, anticipa fiestas mayores al celebrar la subida al los cielos de Nuestra Señora. No creo que haya ciudad, pueblo o aldea que no celebre en este medio del mes a la Virgen de Agosto, mostrando el inconsciente rechazo popular a esa aconfesionalidad militante de la que no sólo presumen quienes nos mal gobiernan, sino que intentan imponer por decreto, real o imaginado, a quienes somos mayoría silenciosa y no estamos de acuerdo con sus postulados.

Hoy, en la más o menos cercana localidad de Sanlúcar de Barrameda, el pueblo y todos los que nos quisimos acercar, celebramos en comunión esta festividad. De la Virgen de la Caridad, la llaman, nombre que particulariza la generalidad de ese otro de Agosto en el que se asocian todas las advocaciones del día.

Las gentes nos agolpábamos en sus calles aguantando un calor como hacía tiempo nadie recordaba por los entornos. Todos admirábamos, sorprendidos los que lo hacían por primera vez y orgulloso el resto, esos tapices coloreados que cubren la calle principal. Unos coloridos cuadros que ya el día anterior crearon las manos de los más pequeños con sal coloreada. Sal teñida para formar una alfombra diseñada con cariño y confeccionada con esmero. Sal de la tierra para rendir el más sentido de los homenajes de los sanluqueños a su virgen, a su patrona.

Todos esperábamos el paso de la imagen mientras contemplábamos el colorido suelo...


...y los altares. Altares callejeros dispuestos con esmero cofrade para recibir a su paso a la Reina de los Cielos. Altares de gloria desde las hermandades de pasión.

Caída la tarde, cuando el sol intentaba retirarse para refrescar un poco el ambiente sin lograrlo, se escuchan las primeras notas musicales entreverándose con el tañer de las campanas. ¡La Virgen está saliendo para recorrer las calles!

Todos esperamos para verla sobre sus costaleros rachear esa sal ordenada primorosamente. Todos aguantamos ese calor que sale del suelo y que penetra por nuestros pies para alcanzar hasta el último de nuestros pelos.

Comienza a verse el cortejo.

Representaciones de todas las hermandades locales empiezan a pasar ante nuestros ojos. Banderas y más banderas, acompañadas por todas y cada una de las juntas de gobierno. Varas plateadas, doradas y de madera. Trajes clásicos para soportar un día de verano. Mantillas para acompañar a la Señora. Hasta cuarenta cofradías, penitenciales y de gloria, se disponen en ordenada fila.
Tras ellas, elegantemente ataviados con chaqué y mantilla, el cortejo municipal, escoltado por maceros, y la junta de gobierno de la cofradía titular. Finalmente, la Virgen de la Caridad en su paso de plata, pequeño pero bello, soportada por sus costaleros y acompañada por cantidad de damas cofrades.

Las zapatillas costaleras rachean sobre la salada alfombra, pero los dibujos no se deshacen y continúan casi perfectos tras el paso de la Señora. Delicadeza al caminar para no romper los deseos de todos los sanluqueños manifestados en esa alfombra que hilaron los más pequeños.

Termina la procesión y como impulsados por un resorte de fe o tradición, que aquí se aúnan, los niños se abalanzan al suelo para recoger esa sal que ha sido pisada por la Virgen. Puñados de sal de colores depositados en los recipientes más inverosímiles.

Todos quieren guardar un pedazo de procesión, al menos hasta el año próximo en el que se recomenzará el ciclo. Seguro que más de uno acumula, como preciado tesoro, sus botellitas repletas de salado recuerdo, de todos los años en los que participó en esta fiesta infantil. Preciosa forma de mantener un fe basada en lo simple pero que arraigará con fuerza para mantenerse durante toda la vida. Por mucho que otros quieran imponer sus no creencias.

Noche cerrada en Sanlúcar. La Virgen se recoge mientras nosotros emprendemos el camino de regreso. Otros inician su particular "procesión". El calor aún impregna todo nuestro cuerpo, pero volvemos alegres. Hemos participado en una manifestación de fe. Hemos asistido a la procesión de Nuestra Señora de la Caridad y hemos disfrutado. En todos los sentidos.

sábado, 15 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (6)

DÍA 6: TRANQUILIDAD
¡Imposible!

Va ya por casi el sexto día que me propongo madrugar. Levantarme temprano para ir en busca de un amanecer que supongo idílico. Pero soy incapaz. Llegado el momento, las sábanas me agarran atenazándome para impedir que las abandone. Me quedo envuelto en el sopor de una mañana que adivino ya avanzada y disfruto de mi pereza cambiando, sin pensar, su condición pecaminosa por otra más cercana a la virtud que se le deben suponer a las jornadas de descanso.

Y es que, cuando lo que pretendo es descansar, olvidarme de casi todo y de casi todos mientras dejo que la inactividad atraviese mi piel inundándome por los adentros, me veo incapaz de cambiar los rumbos, a pesar de propuestas más o menos descabelladas. Porque siempre he pensado que hay momentos para todo.

Momentos para agotar piernas y mente con visitas y excursiones a lugares cargados de historia, monumentos, gentes y cosas. Momentos para patear caminos fundiéndose con la naturaleza más exhuberante en lugares recónditos a los que no alcanza la civilización que nos domina. Momentos para que la cultura impregne la cana de cada cuál aprendiendo y disfrutando. Momentos, en fin, para actividades de lo más diverso y difuso con las que cansar el cuerpo y llenar el alma.

Pero cuando vengo a este Sur que me priva de sentidos, lo único que busco es dejar que el tiempo pase sobre mí sin apenas rozarme.

Dejar que los días sean maravillosamente iguales unos a otros, maravillosamente monótonos. Saber que existen unos amaneceres espectaculares que disfrutaré desde la tibieza de una cama en la penumbra permanente. Pensar que hay esperándome pueblos que jamás perdieron su encanto (¡esos pueblos blancos!) pero que sólo visitaré fuera de temporada. Dejar de captar con la retina artificial de una cámara compacta viñedos y toros entre marismas donde se ve la mano de Dios. Abandonarme al dolce far niente y disfrutar de lecturas imposibles, de pensamientos jamás pensados y, sobre todo, de la compañía. De poder estar veinticuatro horas de cada día junto a mi familia, junto a mis chicas, aunque cortas distancias nos separen. Hacer de la familia núcleo sólido para que pueda aguantar los avatares del resto del año. Volar en libertad y dejar volar en libertad... vigilada. Dejar que la nada nos invada, conscientes de que eso ya es mucho.

Así, en este dulce paraíso en el que nadie exige y nada se impone, puedo saltar desde la lejana meseta, una vez resuelto el caso de la Muerte Dulce, hasta las no menos lejanas tierras de morería en la sierra granadina, para intentar descubrir todo lo que se esconde detrás de la Mano de Fátima. Acompañar a Hernando el nazareno y aprender de su propia mano. Ochocientas páginas para abandonarme a la aventura que me propone Ildefonso Falcones. Será éste el único esfuerzo que haga desde hoy hasta el fin de esta gloria.

Me conformaré con las puestas de sol, igual de excelsas.

lunes, 10 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (1)

A.S.
Esta quisiera ser la crónica de un sueño. De unos días en los que, lejos de todo lo que me exaspera durante mi día a día, la tranquilidad de los mares del sur, de ese Atlántico gaditano que nos tiene enamorados desde que nos conocimos, haga que se renueve el vigor de mi cana. Y quiero dejar constancia aquí, por escrito, para mí y para quien quiera acercarse por aquí. Pero sobre todo, lo que quiero es no dejar que las sensaciones se pierdan en mi olvido; poder acercarme a ellas cuando todo haya pasado y volver a disfrutar los momentos como si aún estuviese allí.
(Esta crónica, de un primer día de novedades recuperadas, debió ser puesta aquí, en la red universal, en su momento, pero la propia red no quiso que eso fuese así y, seguro que para obligarme a descansar tras la jornada de automóvil, no me permitió conectarme en el momento en que todo estaba fresco por recién recogido).

DIA 1: LA PARTIDA
Llegó el momento. He cogido mi cana, que es mi vida, y la he metido con todo lo mío en el hatillo para llevarla hasta el confín de la Tierra. Bueno, dos cosas: la primera, el hatillo va en la maleta, para no parecer un buscavidas en el camino; la segunda, que para mí, el confín de la Tierra está allí donde Hércules fue capaz de separar los continentes, en una tierra en la que el aire, siempre con aromas a marisma salada, inunda los sentidos y me hace desplazar hasta donde los sentidos pierden la normalidad y se imbuyen de esa tranquilidad siempre buscada en el deseo.

Sí. Espero poder contarme, desde hoy y hasta su final, este periplo por el Mundo Sur, por las tierras donde la Alegría se une al Tanguillo para formar un todo único e inigualable.

Dejamos la tierra fría, con su cielo plagado de nubes, para recorrer el camino que nos llevaría hasta la misma base del arco iris. Y, ya desde el comienzo, todo se aliaba con nosotros para hacer realidad lo que hasta ese momento no había pasado de simple deseo esperanzado. La neblina nos despedía desde el mismo palacio de los Duques de Béjar y dejaba paso a un sol radiante que sería nuestro compañero el resto del camino.

Cierto es que los primeros pasos sólo destacarán por esas sensaciones íntimas que nos decían que cada vez estábamos más cerca de lo ansiado. Pero, en verdad, el primer momento en que nos sentimos ya fuera de lo nuestro (o en lo nuestro, que nunca se sabe), fue cuando, en el primer alto, tras apenas dos horas desde la partida, aún lejos de la meta, nadie se sorprendía cuando, para acompañar al primer café, pedí: -una entera de jamón con tomate-; y nadie puso cara de extrañeza, pues ya por el alto de Mirabel, aún en la cabeza de Extremadura, todos saben que las tostadas pueden ser enteras o medias y que pueden ir acompañadas de infinidad de rellenos que alegrarán el alma de quienes las degustan. Desde este mismo momento, éramos capaces de oler aromas que, con el avance en kilómetros, irían creciendo en intensidad llegando a llenarnos sin que fuéramos conscientes.

Así hasta la ciudad del Betis. Así hasta que el Giraldillo se acercó para saludarnos a nuestro paso por La Algaba. Que hasta allí quiso llegarse para recibirnos. Y no nos dejó ni un momento mientras caminábamos por unas calles que, no por conocidas, se nos hacían nuevas como siempre. Sé que quiso que la Reina de Triana hubiera estado para saludarnos, pero en estos días, cuando la Pasión está tan lejana, Ella también merece un descanso y, quizá por eso, se encontraba fuera de cobertura. Estaría también de vacaciones.

-¡No preocuparse!- Nos dijo el Giraldillo mientras nos acompañaba al lugar al que sabía queríamos ir para aliviar nuestros estómagos.

-Sabía que como en "Casa Robles" en ningún sitio, y os he reservado ese comedorcito (la Sacristía, creo que le llaman) en el que estaréis como en la gloria- nos decía mientras pasábamos junto a su propia casa, cada día más reluciente y majestuosa.

¡Uf! ¡Qué maravilla!

No voy a hacer relación del surtido gastronómico, pues no es cuestión ahora, a toro pasado, pero no puedo por menos de hablar, para recordarlo en su día, de esas ortiguillas de Chipiona que me hicieron paladear la mismita espuma de las aguas marinas, desde las marismas rocieras hasta las salinas que acompañaron al mismísimo Camarón, ya en el mismo momento en que atravesaron el umbral de mi boca. Ambrosía propia de dioses que, por otro lado, es lo que éramos nosotros en esos momentos.

Fue corta pero intensa. Sevilla no quería dejarnos marchar y, para ello, lo tenía todo dispuesto. Había preparado una tarde en la que una suave brisa disipaba un calor que hubiéramos supuesto agobiador; los gentíos de otras veces eran hoy relajado paseo por calles que fueron camino de la Reina de Triana. Andén del Ayuntamiento, Zaragoza, Puerta de Triana, Reyes Católicos... Pero la ciudad sabía que no podía ser y nos despedía mediada la tarde, consciente de que nuestro destino estaba, esta vez, más abajo, más al sur, junto a la orilla del mar inmenso en playas de fina arena blanca y verde, como nuestros sentidos.

Termino la crónica de esta primera jornada, pues sólo resta dejar para el recuerdo una noche estrellada como sólo las de aquí saben mostrarse. Una noche en la que la brisa nos dejaba adivinar esa inmensidad azul que nos aguarda, sabedora de que le somos fieles y que, como los novios distantes, nos vemos al menos una vez por año. Un océano inmenso que nos recibe tras un año de espera, pero que sabe que tendrá que pasar la noche para la primera de las uniones. Pero eso ya es mañana, así que... dejémoslo por el momento, que mañana será otro día.

Descansemos arrullados por su murmullo.

lunes, 13 de julio de 2009

Nuevos bríos

Acabo de llegar y, con el cansancio aún acumulado en mis piernas (que he andado por el monte), la arena entre los pliegues de la camisa (también anduve en la mar) y la cana renovada por las siempre estimulantes brisas mediterráneas, me encuentro de nuevo con la cruda realidad.
He vuelto renovado y con la mente despejada, pues el trabajo ha sido provechosamente agradable (siempre disfruté de este tipo de contacto con mis alumnos) y los días han pasado rápidamente entre risas y caminatas.
Vuelvo, digo, renovado en cuerpo y espíritu aunque hay ahí un "come-come" que me ronda los adentros y me hace topar de nuevo con este mundo real que, en mi Salamanca, parece más mundo y más real. Han sido unos días sin trabajo pero con el recuerdo de lo pendiente. Han sido unos días sin cofradías pero con la sensación de seguir en penitencia. Han sido unos días sin noticias pero con la información alcanzándome con exacta puntualidad. 
Quería volver porque, como ya he dicho en otros regresos, siempre se echa de menos lo que queda en casa y se agradece desde lo más íntimo del alma la acogida en el hogar. Pero en esta ocasión la sensación ha sido diferente. Me he sentido observado en esta intimidad que dejo para vista de todos y algo se ha removido. He tenido la sensación de que no sólo me estaban esperando en casa, sino que, en mi ausencia, también me he hecho presente en otras casas y que, en ellas, también me están esperando. Y algo se ha removido.
Ahora ya estoy aquí. De nuevo. Renovado. Con ilusión y deseo de trabajar. Con la cabeza alta y la moral por las nubes. Con nombre propio y una sonrisa en la cara. Dispuesto para retomar el día a día sin complejos y con las manos limpias.
He vuelto y ahora, con la cana plena de vigor, seguiré como siempre.

viernes, 16 de enero de 2009

Vuelvo al Sur

Todavía sigo aquí, recuperando el habitual ritmo tras los excesos navideños. Opulencia adventicia que, por un lado u otro, nos pasa factura aunque le volvamos la cara y le queramos enseñar lo más crudo de nuestra indiferencia.

Sigo aquí, confiado en poder superar los propósitos de comienzo de año, olvidarlos lo antes posible sin ansión y recuperar esa rutina que me ofrece completa seguridad por ser la que he comprobado, con la experiencia del día a día, como más conveniente para mí.

Todavía sigo aquí, visitándome a diario y con el remordimiento en mi conciencia de hacerlo tan de puntillas que apenas dejo rastro. Y aunque todos los días me diga lo mismo: -¡a ver si pones algo nuevo!-, cada vez me cuesta más mantener lo que debiera ser sencillo y, sin embargo, veo por momentos más empinado.  O quizá no es que se agudice la cuesta arriba, sino que ha sido así desde el principio y soy yo el que ahora me hago consciente de ello. Porque me doy cuenta de que me quejo y me quejo de esta dificultad, de esta sarna que me horada el alma gustosamente, pero que, a pesar de todo, incido y reincido en ella, dejando de vez en cuando algo de mi interior. Y si desde el principio existía la pendiente, será porque debe ser así. Algo que no necesariamente deba renovarse con frecuencia pero que visitemos rutinariamente para poder comprobar que nada ha cambiado, que todo sigue establemente igual. Para qué buscar otra explicación. Y me asiento confiadamente en esa ausencia de cambios, curándome los temores de enfrentar algo nuevo. Pero de vez en cuando es agradable, si no conveniente, mover las cosas de sitio para sentirlas vivas. Y esto lo digo yo, alguien a quien la rutina acompaña soldada a su sombra. Alguien que cumple escrupulosamente horarios, repite actividades, realiza recorridos, ostenta gestos y mantiene amigos con tal fidelidad que se incomoda cuando algo altera el curso de lo habitual.

Por eso, de cuando en vez, me lío la manta a la cabeza (bueno,... me la lían), y cambio de aires. Me voy a otras tierras a vivirlas como mías y me empapo de acentos que me hacen sentir cómo se me vuelca el corazón. Acentos que, aunque para algunos de los que viven al septentrión del afilado Despeñaperros sólo sirvan para ser elemento consustancial de situaciones chistosas o como parte idiosincrásica de personajes forzadamente graciosos siempre de bajo estrato, me abren los sentidos al azahar que flota permanente en el aire, mientras mi mirada recorre calles y plazas que, por conocidas, siempre me sorprenden en su novedad. Lugares cuyo nombre se pierde entre las entretelas de mi recuerdo. Momentos que revivo en la distante lejanía, cuando los hielos se adueñan de la dorada piedra meseteña, perdiéndome imaginariamente entre Nazarenos y Dolorosas hasta que mis sentidos se embotan de incienso y cera quemada. Perdiendo mi mirada en el Cristo de la mirada perdida, mientras me observa su Madre, la de verdes ojos.

Es este sur que nos atrapa con cantos de sirena que son saetas. Que nos gana mientras nuestros pasos rachean hasta esas tabernas en las que nos sentimos como en casa propia. Que nos deja ser bulla en glorias y penitencias. 

Que se nos acerca con una ramita de romero mientras suena de fondo el tintineo de las calesas. Que nos atrapa en su albero mientras los maestrantes se organizan en cofradía de barrio. Que nos acaricia con aromas de feria mientras la Inmaculada sonríe a los Seises.

Que nos alimenta con pringás y chacinas sin envidia de potajes cuaresmales. Que nos acoge en Pureza mientras nos mira curiosa desde la otra orilla. Que hace primavera desde septiembre hasta junio para nosotros. Que nos recorre por dentro mientras la gastamos por fuera.

Es este sur, que unos dicen Sevilla y otros Triana (...que no es igual), al que vuela mi cana cuando se cansa de la fría rutina castellana y al que me acerco cada vez que se me permite para vivirlo con mi gente aunque nuestro acento marque diferencias.

Ahora, todavía sigo aquí aunque envuelto en el sopor de un recuerdo que, por real, aún está ahumado por el salado vapor de los castañeros de Campana. Y me alivia en mi rutina recién recuperada. 

martes, 18 de noviembre de 2008

Empanada

Harina, agua y poco más. Meter las manos y embadurnarse. Amasar poco a poco pero con energía para que todo ligue. Conseguir que todos los elementos formen sólo uno y, así, establecer un vínculo que fraguará y fermentará simplemente dejándolo reposar.
Pochar cebolla. Algo tan simple como esto. Templado el fuego y suave en su cocción. Como siempre, porque parece que siempre ha sido así. Porque hay personas con las que, sin el ardor arrebatador de una llamarada, se comparte un momento de conversación sin los excesos que nos exige la algarabía de la ciudad. Suavemente. ¡Ah!, con azúcar. Ese es quizá el secreto. La dulzura que encontramos en quienes saben compartirse con nosotros. Entre quienes se dan y nos dejan que nos demos, endulzando así, desde el primer momento, una jornada compartida. Ni la primera, ni la última. ¡Seguro!
Bonito en conserva. ¡Nunca supe cómo hacerlo! Pero cuando el envase es el correcto, cuando la lata contiene en su interior todo lo que necesitamos, ¿para qué trabajar de más? Ahí lo tenemos, a nuestra disposición en la estantería del alma. Es cierto. Hay quienes se preocupan de mantener en conserva, de conservar, lo que nosotros queremos para que el esfuerzo de mantenerlo sea insignificante. Para que no nos demos cuenta, siquiera, de que parte del relleno estaba ahí sin que tuviésemos que trabajar para conseguirlo. Bendición compartida en tarde de chimenea.


Extender, rellenar y al horno. Cocción que fusiona los ingredientes. A la llama invisible de un horno que, poco a poco, irá transformando el espíritu que nos une en ese algo más que buscamos en los otros. Esa unión cofrade aunque la conversación sea alrededor de temas intranscendentes. Vanalidad de una tarde de domingo al amor de la lumbre, paseando entre robles en otoñada y buscando una disculpa para volver.

Al tiempo, calladamente, robándole horas a lo nuestro, el sereno de la noche se encarga de limpiar la carne. De eliminar el exceso de sal para que caiga sobre la tierra y dé su fruto. Amistad en brasas alrededor de un puchero. Complicidad bullendo poco a poco, a fuego lento, con todo el cariño que permite el cansancio de unas agotadoras jornadas previas, junto a las llamas alimentadas por las charlas animadas sin más hilo conductor que el que el momento quiere poner.

Dulces casadiellas, de la España nunca conquistada, para endulzar mi cana, mi estómago y mi alma. Nuestras almas. Aromas de nuez también amasada. Dulce ambrosía que nos atrapa desde el momento en que asoma, obligándonos a olvidar la conversación y haciendo que se pierdan nuestros sentidos, buscando el arco iris con los ojos cerrados.

Trasiego de platos. Variedad de viandas. Mantel y amigos. Siempre lo dije, ¿hay algo mejor?
Sólo queda hacer que no sea flor de un día. Aprovechar cualquier disculpa para volver a amasar y rellenar la empanada, para guisar la carne, para freir los postres... Para disfrutar en la mejor de las compañías.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Hogar

¡Nada como en casa!

He buscado la pesada losa que provoca traumatismos postvacionales y no he sido capaz de encontrarla. ¿Será como un agujero negro? Lo digo por lo de la densidad y el tamaño, pues, por muy pesada que sea, en mi caso debe ser insignificantemente pequeña y no soy capaz de hallarla. Además, tampoco siento ningún tipo de sensación opresora que me provoque desasosiego, estrés, malestar o enojo. ¡No! He vuelto de mis días junto a la mar y, aun echándola de menos, no encuentro el agobio del regreso. ¿Será así? ¡Será así!

Ahora, en casa, disfruto del reencuentro con calles y gentes, con amigos y enemigos, con encinas y carrascos, con catedrales viejas y nuevas. Y eso sí que pesa. Eso sí que se nota, con una íntima sensación de felicidad por la vuelta a lo habitual. Porque estoy en la manada, protegido por mi entorno. Y yo, que soy de costumbres, eso lo aprecio más que cualquier otra cosa.

Días atrás he disfrutado, saciando la necesidad de ver azules infinitos. He malgastado deleitosamente mis momentos entre salados aromas. He alimentado cuerpo y espíritu con blancas ambrosías regadas con néctares olímpicos. Y, sin embargo, es aquí, entre polvorientos campos agostadamente resecos, donde verdaderamente me encuentro a mí mismo. Y vuelvo, cargado de medallas y recuerdos, al adusto paisaje mesetario, de duro carácter pero con nobleza incomparable, para sentirme en casa. Y es que, ¡en casa como en ningún sitio!

lunes, 11 de agosto de 2008

Día de Arte


Antes de que se enfríen los recuerdos. Antes de que se seque el sudor que ha impregnado mi camisa. Antes de que los ecos se apaguen por entre bodegas con solera. Antes de que mi cana se vea rodeada por la fina arena depositada junto a pinares durante años y más años, quiero dejar aquí mi recuerdo de una tarde de agosto, de domingo, de toros, de amigos, de viajes, de sur,...

Unos con otros, estábamos más de lo que se puede pensar. Unos irían dentro. Otros quedaríamos fuera. Pero las sensaciones han sido las mismas para unos que para otros. Porque se trataba de compartir. Porque era una cita que, aun planteada de forma casual, esperábamos y deseábamos desde hace días. Y no estoy hablando de la disculpa. No hablo de arte ni de riesgo. No hablo de suertes ni de alberos. No hablo de populares ni de anónimos. No hablo de sol ni de sombra.

Hoy, con el sudor aún recorriendo mi espalda, quiero hablar de arena playera. Quiero hablar de cerveza esperando. Quiero hablar de chopitos compartidos y de rape con pan frito. Quiero hablar de revueltos comparados a cientos de kilómetros. Quiero hablar de un refresco cualquiera a la puerta del club del Arte, donde quisimos participar de esa sensación cómplice que tenían todos antes del momento decisivo.

Hoy, sólo quiero que permanezca en esta memoria escrita el recuerdo que, de otra forma, se podría perder en un olvido indeseado. Hoy quiero que se sepa que El Puerto olvidó su acento y se volvió más castellano. Porque, para nosotros, seguro que fue el día en que esta ciudad ceceó menos que nunca.

Con una disculpa, exquisita disculpa de toro y arte, hemos compartido arena, sudores, mesa y mantel. Sí. Desde ahora se puede decir que hemos comido juntos. Y, eso, para los que nos hemos educado en esa meseta de rigores, es algo que marca, con una impronta que va mucho más allá que el mero hecho de ensuciar un mantel con la ceniza de un cigarro. Va más allá que el hecho de sabernos fuera de casa con la piel más sensible y enrojecida. Compartir mesa y mantel es afianzar amistad, hacer intimidad de algo cotidiano. Y nosotros, y vosotros, hemos comido en la misma mesa. Con la alegría de compartir y la sensación de algo más. Porque ahora recuerdo cómo un día tú, Beatriz, me dijiste no sé que cosas de conversaciones inconclusas, de frases sobreentendidas y de miradas de perdón. Porque ahora recuerdo cómo yo dije que a este lado de la barrera se te veía a gusto en conversación y eso era tertulia. Pues ayer, antes de pisar el cemento de la Real del Puerto, hemos estado todos a este lado de la barrera. Y hemos tenido que venirnos a El Puerto a hacer tertulia alrededor de un café. A cumplir con uno de mis deseos. Charla y amigos. ¿Se puede pedir algo más? ¡No! ¡Se debe dar!

¡Gracias! ¡Magnífico día!

Lo de después no importa. Porque habrá más días de Arte, pero esta, y sólo esta, será la primera vez que comimos e hicimos tertulia junto a la arena y al albero.

¡Ah! Lo de la crónica, lo dejo para Jose, para sus Sentimientos y sus Locuras.

jueves, 7 de agosto de 2008

Vacaciones


¡Pues sí! ¡Ahora, sí!

Hoy es mi último día en el despacho.

Mañana intentaré comenzar esa nueva vida, corta pero nueva cada año, en la que desconecto el despertador para poder madrugar sin su estridencia. Me despertaré a la misma hora, seguramente, pero sin los sobresaltos radiofónicos a que me acostumbro el resto de los días. De todos esos días con nombre en los que, desgraciadamente, siempre hay algo desagradable que, a través de las ondas, agría el parco desayuno. De esos días en los que, por unas cosas u otras, lo único placentero de la mañana es el frescor en el rostro (frío helador entre Purísima y Pentecostés) del paseo entre carrascos y encinas. Esos momentos en los que ver nacer el día me hacen sentir superior, como sin defectos, viendo las luces renovadas por entre la recortada silueta del Soto de Torres; de esta Salamanca que siento cada vez más mía y que, eso quiero creer, me siente a mí cada vez más suyo.

Vida de vacación en la que los propósitos son muchos y, en estos momentos de euforia, todos alcanzables. Recuperar esas pequeñas cosas que he ido dejando para mejor ocasión. Renovar esa cana que me ata y broncearla para resaltar su blancura. Retomar conversaciones pendientes que sirvan, de una vez por todas, para arreglar este intramundo en el que me muevo. Arreglar esas cosillas que el día a día me escondió para no preocuparme. Recordar que ahora, con el cuerpo relajado y el alma tranquila, es el momento de caminar en busca del tesoro al pie del arco iris. Sobresaltarme con el vuelo de una mosca y volver a cerrar los ojos con la sensación de tener la batalla ganada. Evaluar proyectos etéreos que sólo se verán cumplidos en estos momentos de silencio interrumpido por la chicharra. Programar futuros. Revisar pasados...

Voy a meter en la maleta todo. Y con todo, me marcharé. Nos marcharemos. A vivir el azul con azul, sólo separados por la línea de la bruma. A esconder la realidad y reinar en un palacio rodeado de lacayos. A abandonarme entre pinos y albero para, desde la distancia, olvidar lo aburridamente cotidiano. Descansar.

Sé que muchos de los propósitos se quedarán en el fondo de la parte trasera de mi alforja. Que no serán sino sueños incumplidos ahogados en la turbulencia del olvido. Que pasarán a ser una línea sin tachar en el cuaderno de lo eternamente pendiente. Pero otros verán la luz y sentiré el bienestar de lo ya hecho, del "deber cumplido". Ese es mi sueño y mi deseo.

Ahora, con mi recuerdo para los que no podéis uniros a estos momentos de abandono vital, para los que dejáis la vida "abierta por vacaciones", sólo siento la necesidad del cambio, de alcanzar el horizonte y ver nuevos amaneceres, entre dunas y olas, para sentir el frescor en mi cara mientras otras siluetas se recortan allá donde mi vista alcance. Y sentirme superior.

jueves, 10 de julio de 2008

Regreso


Cuatro días. Sólo he estado fuera cuatro días y vuelvo con la sensación de que ha pasado toda una vida.

Siempre me ocurre. Cada vez que vuelvo de un viaje, haya durado poco o mucho, haya sido cerca o lejos, tengo la sensación de que he estado fuera de casa una eternidad. Y regreso mirándolo todo con ojos infantiles, como si ese todo fuese nuevo, como si no conociese a todos y cada uno de los árboles, edificios, paisajes que me encuentro a mi llegada. Regreso con mirada curiosa, intentando adivinar, descubrir, qué es lo que ha cambiado en mi ausencia. Escudriño cada rincón del recorrido que me acerca a casa para absorberlo todo, como si nunca hubiese estado ahí. Como si tuviese que reconocer, en el juego de la bienvenida, qué cosas cambiaron mientras estuve lejos.

Y mi ánimo participa intensamente del momento. Se excita, me excito, esperando novedades. Se altera al pensar qué o quién estará esperando en casa. En esa casa que, como hace tanto tiempo que no recorro -o esa es mi sensación-, imagino como un recuerdo, como un sueño. Sí. Mi ánimo se ilusiona. Yo me ilusiono cuando el momento de llegar está cercano. Y pienso en quién me estará esperando. Y sueño con el momento. Con ese reencuentro que, tras toda una vida ausente, me permite ver a quienes quiero. A mis chicas. Mi familia. Porque son ellas las que me esperan.

Cada vez que vuelvo de un viaje, largo o corto, infinidad de sensaciones se apoderan de mí y cubren la flor de mi piel erizándola.

Sé que según van pasando los árboles, edificios y paisajes que voy encontrando a mi llegada, nada ha cambiado y que son los mismos que estaban ahí despidiéndome en mi partida. Pero me gusta volver a verlos como si fuesen nuevos.

Sé que no habrá nadie nuevo esperándome en casa, pero es apasionante saber que quienes me esperan están tan deseosas de mi regreso como yo mismo. Que son quienes estaban ahí despidiéndome en mi partida y que estarán en mi regreso. Reencuentro. Y eso sí que es una sensación tan inmensamente agradable como para que mi piel muestre tersos todos los pelos que la cubren.

Porque cada día que vuelvo es como si todo empezase otra vez. Porque desde hoy comienza una nueva etapa. Porque acabo de descubrir que he llegado y todo es novedosamente distinto aunque nada haya cambiado.

Sensaciones del retorno. Espléndidas sensaciones que hacen del regreso lo más esperado del viaje.

¡Familia! ¡Estoy en casa!