¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


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viernes, 23 de septiembre de 2011

Recuerdos de un verano: La Cana en la playa (I)

Sé que llego tarde. Que ahora que termina el verano casi no es momento de hacer la crónica de lo que disfruté para el recuerdo. Pero, fiel a un íntimo compromiso, abriré mi libreta, esa en la que dejé para ahora mis impresiones, y las traeré aquí, a esta alacena en la que todo queda ordenado y sus puertas están siempre entreabiertas para dejar vislumbrar sus anaqueles y lo que en ellos hay. Y haré una transcripción literal, con puntos y comas en el mismo sitio en que quedaron sobre la cuadrícula, en un presente que ahora parecerá añejo pero que me permitirá abrir de nuevo la ventana del recuerdo como si del mismo momento se tratase. Y lo haré por capítulos, uno por día, tal como tenía previsto si hubiese podido hacerlo en su momento virtual.


CHIPIONA =Verano 2011=
04-08-2011

Me va a costar adaptarme a escribir en cuaderno y con bolígrafo, pero esta vez las modernas tecnologías me han vuelto la espalda. Internet no llega hasta el hotel, que no es recóndito, y tendré que hacer mis crónicas de esta manera para transmitirlas en diferido una vez de regreso a casa.

Del viaje poco que contar. Como siempre, primer paso hacia el Sur, con tostada en Mirabel y fonda en Casa Robles, el establecimiento de Sevilla que nos rompe el viaje y nos da ánimos para completar la ruta.

Ahora, primer día chipionero, he salido a explorar. Gente. Mucha gente por las calles. Por las dos calles que ejercen de centro comercial. Tiendas y tienducas rellenan los laterales y, además de sombra, ofrecen sus mercancías a las puertas para hacer parada quienes por allí pasamos.
Vida. Mucha vida. Diferente a la de Sanlúcar. Más pueblo y más vida.
He recorrido calles y plazas intentando fijar en la retina de mi memoria todo aquello que repasaré en los próximos días. Iglesias y mercado. Playa y paseo. Calles y callejones que recorreré con calma veraniega. Observaré y fijaré cada detalle para traerlos a este cuaderno, que desde su principio será de viajes, intentando no perderlos por el camino. Así, al final, quedará un gran poso que pasará a las páginas de un diario que por ahora está cerrado por vacaciones.

Y... ¡niños! Muchos niños inundando las calles de Chipiona. Como en cualquier otro pueblo de Cádiz. Aquí la supervivencia de la población está asegurada.

Leo a don Miguel, sus cuentos, y solo se me ocurre que cada día me envuelve más; que cada día me gustaría más ser como él.
Ahora, cuando la tarde casi se agota, siento que he estado recuperando el tiempo perdido. El ser ocioso se adueña de mí y me recreo en ello. Me preparo para lo que se vendrá, apurando el no hacer nada.
Mientras, imagino la playa atiborrada de ociosos como yo. Pero ociosos dorados tras exponer casi toda su superficie a los penetrantes rayos del Sol. En familia casi todos.
Echaré de menos el galopar de los caballos sobre las arenas atardecidas frente a la marisma.


05-08-2011

Playa. He roto con mi "principio" y he pasado la mañana pisando arena mientras intentaba ponerme en el mundo con la lectura de la prensa diaria. Me he remojado en las aguas que bañan esta playa de Regla superando la aversión que este hecho suele provocarme. Lo cierto es que la brisa, que refrescaba el ambiente, ha hecho llevadera la mañana y así, en la butaquita y a la sombra de una sombrilla, he intercambiado miradas, ora prensa con insignificantes novedades, ora gentes que iban, venían o se quedaban por las cercanías. Gentes locales, de nevera y litro de cerveza, o gentes que, como nosotros, se han llegado hasta aquí con el ánimo cargado y el cuerpo necesitado; deseosos de mar y descanso, de retiro rutinario para dejar aparcada la rutina del día a día. Compañeros de necesidades, porque a todos se nos refleja en el rostro. En una cara que se enrojece por momentos para, así, dar testimonio de nuestro paso por este paraiso, de nuestro descanso.
Reconozco que no echo de menos la cita virtual que me ha marcado cada uno de los días de otros agostos. Que el tacto del bolígrafo, al que nunca llegaré a acostumbrarme, se hace suficiente y que la escritura reposada, sin la necesidad de la inmediatez, relaja las necesidades de lo que, en el fondo y sin llegar a reconocer, solo es algo que quiero para poder recordar en días que sé que perderé la memoria de lo que ahora es fresco por recién hecho.


07-08-2011

Se me agolpa tanta actividad que no me deja un momento para agarrar el bolígrafo. Mañanas de arena, sobre la que ahora escribo, al amparo de un multicolor mar de parasoles. Sombrillas que unen sus copas unas con otras para hacer bosque de sombra que me impide ver el mar, aunque sé que está ahí por su relajante sonido.
Mañanas de relajo en mi butaquita (¡quién me lo iba a decir!) mientras veo y miro, oigo y escucho. Conversaciones para mi intrascendentes a pesar de la profundidad que en ellas ponen quienes las protagonizan. Tertulias de arena, de cervecita y papafritas, para entretener las horas de sol o arreglar el mundo. Que en este Sur que ahora me vive, nunca se sabe.
Y veo mientras miro. Y como ya dije entonces, en este sur familiar apenas hay tetas expuestas al rigor de los rayos solares. Por eso, aunque no sea igual, ahora me da por "calibrar" culos. Posaderas femeninas de variados tamaños y condiciones. Ligeras nalgas flotantes que casi se elevan por sobre las espaldas de sus dueñas o pesados glúteos que tienden a apoyarse sobre la trasera de muslos también amplios. Redondeces que continúan a generosas caderas en curvo recorrido para miradas disimuladas. Traseros solo sutilmente insinuados en la rectitud de cuerpos-estaca, tan apreciados por algunas féminas, básicamente inmaduras por edad, pero poco estimulantes para imaginaciones masculinas, esas que siempre se pierden en la generosidad de las formas aunque cueste hacer pública la confesión.
Culos de soltera y de matrona añosa, cada uno con su atractivo, capaces de sugerir formas y estímulos diferentes según sea el observador. Y yo observo también, aunque también calle.

Se me acumulan las tardes. Dedicadas a la lectura, reflexiva lectura, de los muchos cuentos que me dejó don Miguel, mi Rector, para descubrir una moraleja diferente con cada uno de ellos. Cuentos cortos en extensión pero con una carga de tenso dramatismo que apenas puede ser contenida en tan escasas páginas. Soledades, miserias humanas, conflictos íntimos... para, al final, llegar a feliz conclusión y dejar un poso en el lector, en mí, con el regusto de un buen Pedro Jiménez jerezano o un dulce chacolí, por lo de sus orígenes.
Tardes de visita para el recuerdo. ¡Esas tortillitas de camarón de Casa Balbino! En Sanlúcar la tarde-noche se nos echó encima cargada de salados sudores que habíamos olvidado. Agobio húmedo que se fundía con todos los que pisábamos sus calles. Pero esas tortillitas y el salmorejo de Balbino bien merecen el sudor en la camisa. Y los solomillitos, con sus papas fritas, cebollita pochá y su huevito frito. Y  volver a pasar por la puerta de la Capillita para quedarme "prendao"; y ver cómo la Cuesta de Belén sigue ahí, sin moverse, esperándonos para subirla; y el paseo por la calle y el ambiente veraniego y... Solo nos faltó la procesión de la Patrona. ¡Lástima de fechas!

Y después,... ¡Al Puerto! ¡A los toros! ¡Morante!
Una cita que no por sabida (hace días que teníamos aseguradas unas magníficas localidades) era menos esperada. Porque, como dijo Joselito, "el que no ha visto una corrida de toros en la Plaza del Puerto, nunca ha visto una corrida de toros". Pues allá que nos fuimos, pendientes de Salvador y mediados por Joaquín.
Salvador. El único torero cojo que he conocido, pues la polio no fue capaz de frustrar su ilusión. El único que torea con dos muletas, de las que solo una es de paño. Alguien del que solo puedo decir que es afable al trato y, por lo que me han contado, con una vida cargada no solo de anécdotas aunque estas, como casi siempre, sean lo que más trasciende. Pero sé que su muleta de palo está repleta de experiencia y de cultura, y que su otra muleta, la de percal, le ha permitido codearse con algunas de las mejores figuras del toreo, y eso es, cuando menos, envidiable.

Y Joaquín. El intermediador. El amigo de Salvador. Mi amigo, por el que todo esto, ahora, viene al cuento de mis tardes. El que hizo que los perros danzaran para que nosotros disfrutásemos de una espléndida tarde en la Plaza Real. Hombre sencillo en su culta complejidad, en el que las tradiciones se convierten en hábito diario, haciendo que adquieran la importancia que muchos les hemos quitado. Familia y amigos son su única necesidad y eso hace que los demás aprendamos de él.
Pues sí. Gracias a ellos hemos podido celebrar una tarde de toros de las que cualquier aficionado, cualquiera que hubiese estado allí, recordaremos durante mucho mucho tiempo. Se abrió un tarro de esencias que, al menos para mí, llevaba tanto tiempo cerrado que no alcanzo ni a imaginar cómo eran sus aromas. La sublimación del barroco, sin costales ni parihuelas, anduvo cadenciosa por el albero portuense. Verónicas y medias, naturales de mano tan baja que se arañaban con la arena, derechazos de tan lánguida cadencia que llegaban a retrasar los relojes, ajustadas chicuelinas, banderillas de maestro, artes antiguas rescatadas de la literatura clásica, y sonrisas, muchas sonrisas cómplices con todos y cada uno de los que allí estuvimos. Se "salió" Morante, el de la Puebla del Río, y estuvimos allí para verlo.
También anduvo Manzanares, mano con mano junto al Maestro, pero esa harina es de costal que yo no molí y dejo su historia para cuando pierda la nube que vela los ojos de mi recuerdo. Porque lo de ayer, lo que vimos ayer, lo que vivimos ayer, tiene página propia para cualquier morantista.

Ahora, crecido ya el séptimo día de este agosto chipionero, meciéndome aún en el sueño del Puerto, sigo en mi realidad. Vuelvo a esa playa de arena tan fina que hace misión imposible desprenderla de los entresijos de la piel, de aguas batidas en las que los orines de quienes las disfrutan se diluyen homeopáticamente para entremezclarse con los míos (¡tenía que decirlo!) y formar unidad de lo ya indisoluble. Globalización uréica en las aguas atlánticas. Naturaleza pura.
Playa, digo, a la que voy cogiendo el gusto (¿o será la compañía?) haciendo que olvide otras actividades de las que siempre presumí. Calles e iglesias, tiendas y mercados, gentes y gentes aún esperan mi visita. Mañana saldré en su busca... si no me retienen los bajos del Santuario de la Virgen de Regla. La Virgen de Chipiona.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Dos meses

¡Dos meses! Han pasado más de dos meses ya y es como si no me hubiera movido del sitio. Sigo sentado en la mesa de un despacho que aún huele a vacaciones. A unas vacaciones que me parece no haber tenido aunque el calor siga arreciando en esta Salamanca septembrina.

Sesenta días para haber sentido el Sur como si no lo hubiera sentido nunca; para rellenar cajas con toda una vida y, al tiempo, recuperar muchas cosas que había olvidado; para pisar nuevos suelos y dormir bajo otro techo; para, en fin, haber aprovechado todas y cada una de sus horas sin tiempo siquiera para darme cuenta. ¡Ah!, y para olvidar, sin querer, que había un diario esperándome y un compromiso que ahora intento retomar.

Pasé de sentirme un "okupa" a disfrutar de la calidez del relajante viento de Poniente en la inmensidad de una playa que, bajo el cobijo de la Virgen de Regla, me he atrevido a pisar, sintiéndome uno más de sus hijos.

Allí, asentado entre la Cruz del Mar y el majestuoso faro emblema de la villa, hice posada en la que fortalecer espíritu más que cuerpo, sabiendo lo que debería enfrentar a mi regreso. Y me sirvió, vaya que me sirvió. Sanlúcar y la fugaz visita a Casa Balbino para degustar el encaje de su fritura, El Puerto y una tarde inenarrable en la que el Arte envolvió de verónicas y naturales esta cana de mi alma haciéndole sentir lo que nunca antes había sentido, Jerez y su señorío para hacernos olvidar que agosto es calor, mucha calor... Lástima (o quizá no) que este mundo virtual en el que navego se quedase a las puertas del hotel obligándome a recuperar Moleskine y bolígrafo con los que dejar constancia de mis días de Sur. Quizá, algún día, transcriba aquí lo que quedó en tinta azul, como nuevo capítulo de mi Cana en el Sur, en una maleta o pegada a las finas arenas de esa playa que, a mi pesar, llegué a profanar.

Dos meses para meter toda una vida en cientos de cajas de cartón, para confirmar la amistad solidaria en días de agobiantes temperaturas, para formar un hogar, provisional pero hogar al fin, para sentir la agobiante alegría de los nuevos retos... Porque, a partir de ahora, comienza el mayor de los retos de nuestra vida. Y, como dije hace ya más de dos meses, aun no pretendiendo hacer de esto boletín del día a día, intentaré dejar por aquí lo mejor de esta etapa. Por eso, ahora que ya está casi todo preparado, solo nos queda... ¡empezar!

Compartiré despacho con ladrillos. Mezclaré clases y encofrados. Tendré mi Semana Santa entre planos y azulejos. Y todo ello lo traeré aquí para, al menos, hacer de ello terapia con la que mantener la alegría de una cana que se arruga impresionada por lo que se le viene.
¡Miedo me da!

viernes, 23 de julio de 2010

En Toro

Conscientemente, he dejado reposar casi una semana todo lo vivido. He querido que todo se asentara para degustarlo con ese regusto que deja una buena comida en el fondo de la garganta, donde muchas veces parece que se nos asienta el alma. He querido que fuera, desde el relajo de una cana cada día más cansada, recuerdo de lo que fué. De lo bueno que fué. Porque, cuando se unen los mejores elementos y dejamos en la parte de atrás de la alforja los demonios que nos acosan a diario, no hay momento que no deba ser recordado, relamido, apreciado...
Fué tarde de toros, en la mejor de las compañías, para cumplir varios deseos. Fué tarde de magia, ardiente magia, entre maderos seculares, para comprobar cómo esa magia se hacía arte en el capote de quien es capaz de derrochar duende y esencia cada tarde. Dos verónicas y una media. Nada más. Nada menos. Y se dispersaron los más exquisitos aromas toreros para refrescar palcos y tendidos. Porque da igual toros que becerros. Porque lo que importa es que, a pesar de todo, el torero se dé para los que esperamos lo mejor de él, haciendo Maestranza de cualquier plaza. Y la de Toro fué Maestranza, remozada, coqueta, ardiente, incómoda, brillante, polvorienta, grande y pequeña.
No. No es esto la crónica de una corrida, que ya habrá quien la escriba con pluma mucho más sabia que todas y cualquiera de las frases que pudieran salir de las teclas de mi ordenador. Esto es el reflejo de una pasión, con amigos apasionados y generosos, sobre todo generosos, a los que creo que debía estas palabras. Esto es el poso de un día festivo que se hizo fiesta, desde el primer café hasta la última cerveza, entre los arcos de la más radiante Plaza del mundo con la belleza de una luz de mañana de ocio o en placita repleta de gentes vestidas de domingo dejándose querer mientras el sol se esconde.
Esto es lo que me queda de aquello, fotogramas impresos en esta cana que todo lo guarda y sensaciones que, también grabadas junto a esas imágenes, no habrá palabra que pueda describirlas. Bueno, quizá sí, quizá la haya... ¡Gracias!


jueves, 23 de abril de 2009

Un mano a mano

No puedo decir que la decepción haya vencido a la pasión, pero las expectativas puestas en esta tarde de toros no se han cumplido como esperaba.
Todo estaba preparado. El polo de los morantistas limpio y planchado; las sillas dispuestas formando palco; la afición por las nubes; la mejor de las compañías y una merienda digna de auténticos reyes medievales.
Llevábamos días preparando este encuentro para disfrutar del mano a mano entre José Antonio y Manuel Jesús, entre Morante y El Cid, entre el arte antiguo y el otro toreo, el prosaico (-ver acepción 5 del DRAE-). No puedo negar que siempre me decanto por la primera de las partes, pues es una forma de entender y practicar el toreo que hacía tiempo no había vuelto a ver y que me traslada hasta tiempos en los que pisaban el albero quienes ahora están, como poco, en un dorado retiro.
No voy a hacer la crónica, pues eso deben hacerlo quienes saben de toros y, en mi caso, toda la confianza la pongo en el mejor de los morantistas, en quien lo ve antes de que ocurra y sabe plasmarlo en sus frases como yo no podría jamás, pues aún me queda mucho por aprender. Así que, si para aprender hay que ir a Salamanca, para hacerlo de toros hay que pasar por Casa Valencia o, al menos, por sus Sentimientos y Locuras. Lo que sí voy a hacer es dejar constancia de que he visto unas verónicas como sólo sabe hacerlas el mejor Morante; que aunque su nombre de familia sea "Victorino", los toros han sido todo lo contrario de lo que esperaba: peligrosos -pero no por bravos-, rebañones, buscamuslos y malos para el toreo; que aunque El Cid haya estado peleón, ha sido más fachada y paso atrás que buenos lances; que Sevilla no era Sevilla y que el colorín de los tendidos ha hecho de menos a quien más ha arriesgado, aunque el revolcón se lo llevase el otro.
Sé que seguramente sea parcial, pero no me ha gustado la tarde pues han pitado a un gran torero sin merecérselo. Además, aunque venía advertido, he ido a los toros con la panza llena y eso no es bueno, lo sabe cualquier taurino. Y no porque me pudiera coger el morlaco, que de eso bien me cuido, sino porque he tenido que dejar la merienda (de reyes como dije) en el plato... y eso duele como una mala corná. Que ya lo decía El Espartero: "Más cornás da el hambre", aunque para mí, en esta tarde, haya sido todo lo contrario. ¡Cómo lo lamento!
Pero, como no todo va a ser gris, me quedaré con el buen sabor de boca de un oloroso entre los mejores amigos, un jamón que se deshacía en la boca y unas verónicas que por sí solas me han salvado la tarde taurina.
Ahora... a leer las crónicas.

lunes, 11 de agosto de 2008

Día de Arte


Antes de que se enfríen los recuerdos. Antes de que se seque el sudor que ha impregnado mi camisa. Antes de que los ecos se apaguen por entre bodegas con solera. Antes de que mi cana se vea rodeada por la fina arena depositada junto a pinares durante años y más años, quiero dejar aquí mi recuerdo de una tarde de agosto, de domingo, de toros, de amigos, de viajes, de sur,...

Unos con otros, estábamos más de lo que se puede pensar. Unos irían dentro. Otros quedaríamos fuera. Pero las sensaciones han sido las mismas para unos que para otros. Porque se trataba de compartir. Porque era una cita que, aun planteada de forma casual, esperábamos y deseábamos desde hace días. Y no estoy hablando de la disculpa. No hablo de arte ni de riesgo. No hablo de suertes ni de alberos. No hablo de populares ni de anónimos. No hablo de sol ni de sombra.

Hoy, con el sudor aún recorriendo mi espalda, quiero hablar de arena playera. Quiero hablar de cerveza esperando. Quiero hablar de chopitos compartidos y de rape con pan frito. Quiero hablar de revueltos comparados a cientos de kilómetros. Quiero hablar de un refresco cualquiera a la puerta del club del Arte, donde quisimos participar de esa sensación cómplice que tenían todos antes del momento decisivo.

Hoy, sólo quiero que permanezca en esta memoria escrita el recuerdo que, de otra forma, se podría perder en un olvido indeseado. Hoy quiero que se sepa que El Puerto olvidó su acento y se volvió más castellano. Porque, para nosotros, seguro que fue el día en que esta ciudad ceceó menos que nunca.

Con una disculpa, exquisita disculpa de toro y arte, hemos compartido arena, sudores, mesa y mantel. Sí. Desde ahora se puede decir que hemos comido juntos. Y, eso, para los que nos hemos educado en esa meseta de rigores, es algo que marca, con una impronta que va mucho más allá que el mero hecho de ensuciar un mantel con la ceniza de un cigarro. Va más allá que el hecho de sabernos fuera de casa con la piel más sensible y enrojecida. Compartir mesa y mantel es afianzar amistad, hacer intimidad de algo cotidiano. Y nosotros, y vosotros, hemos comido en la misma mesa. Con la alegría de compartir y la sensación de algo más. Porque ahora recuerdo cómo un día tú, Beatriz, me dijiste no sé que cosas de conversaciones inconclusas, de frases sobreentendidas y de miradas de perdón. Porque ahora recuerdo cómo yo dije que a este lado de la barrera se te veía a gusto en conversación y eso era tertulia. Pues ayer, antes de pisar el cemento de la Real del Puerto, hemos estado todos a este lado de la barrera. Y hemos tenido que venirnos a El Puerto a hacer tertulia alrededor de un café. A cumplir con uno de mis deseos. Charla y amigos. ¿Se puede pedir algo más? ¡No! ¡Se debe dar!

¡Gracias! ¡Magnífico día!

Lo de después no importa. Porque habrá más días de Arte, pero esta, y sólo esta, será la primera vez que comimos e hicimos tertulia junto a la arena y al albero.

¡Ah! Lo de la crónica, lo dejo para Jose, para sus Sentimientos y sus Locuras.

lunes, 4 de agosto de 2008

De verano


…¡Estás un poco vago, ¿eh?! ¡A ver si escribimos un poco más…! Me decían anteayer a la vista de la dejadez que últimamente se está dejando notar en este diario.

¡Que no! ¡Que no es eso! Lo que pasa es que, mientras mi cana anda por los Mares del Sur raptada por embriagadores cantos de bellas sirenas y aprendiendo de negros corsarios las artes de la navegación para poder pasear con la cabeza alta por el pantalán del puerto mallorquín sin desmerecer a sus habitantes habituales, yo ando por aquí, aún por aquí, poniendo el cogote a favor de sol y recorriendo los secarrales del septentrión ibérico para recordarme que, aunque vago por principio, de cuando en vez tengo que justificar el salario que el estado dedica a mi manutención.

Esta disociación cana-cuerpo es la que está condicionando la falta de ideas para rellenar los huecos que cada jornada van siendo mayores en esta página de irregular trazado. O no encuentro argumentos para elaborar algo mínimamente digerible o, cuando el argumento existe, me provoca tal estado de irascibilidad que prefiero dejarlo para mí solo y no descargar mi furia ante quienes entran aquí a pasear plácidamente sin necesidad de tener que sortear cardos e improperios. Porque en estos últimos días lo único que me hubiera movido a lanzarme a esta arena habrían sido noticias como la de la liberación del diablo, la de las avestruces que hemos enviado a visitar el mayor país del planeta o, por aquello de la afectación local, el desprecio, secular diría yo, al que estamos sometidos por tierra, mar y aire. Porque nadie negará que el tal De Juana sea el diablo, o que estamos escondiendo la cabeza bajo el ala al no querer ver cómo en China llevan tiempo incontable riéndose de la Carta Olímpica y lo seguirán haciendo, o cómo en esta ciudad, a la que quiero irremediablemente, estamos perdiendo trenes, autovías y aviones con la pasividad de todo y de todos. ¡Ah! Y no me olvido de mi pasión, aunque ahora esté sesteando entre los muros calatraveños. ¿No es como para estar desganado?

Y entre las coles mesetarias una lechuga plácida en cada cambio de semana. Sábado de toros y domingo de Semana Santa. Lo de la Fiesta se entiende, pues es ahora su momento. Pero, lo de la Semana Santa… ¡En agosto! ¡Dios mío! ¡Qué locura! Pues sí, toros y nazarenos. Aunque sea en tardes agosteñas cargadas de grados acumulados por las losas de granito de esta Salamanca o al frescor de artilugios acondicionadores que desnaturalizan el aire. Taurinismo en estado esencial que paseará por El Puerto dándonos envidia a los que no podamos presenciarlo y tertulia de velador con la intimidad de un Nazareno puesta sobre el mármol, ¿no es envidiable?

¡Y lo que me queda! Porque este año, entre unas cosas y otras, he comenzado la Semana Santa a mediados de julio. Y, aun así, siento en mis huesos el frío que recorre la calle de la Compañía cuando la primavera cofrade. Y recorro la calle de la Compañía como en primavera para que el frescor conventual de sus muros me resucite la neurona (que ésta sí se ha quedado conmigo) y me inspire en los nuevos compromisos. Sólo eso, inspiración. Pero esta dislocación a la que me somete mi cana me frena y me deja huérfano de ideas. Espero que a su vuelta, tras las regatas, podamos retornar a la vida de diario, la normal, la de siempre. Y volveremos a pasearnos por aquí como si nada hubiera pasado.

miércoles, 9 de enero de 2008

Morante


Histrión porque puede permitírselo. Y, además, con el gitano Rafael como modelo. ¡No hay más que hablar!
Ser tan estrambótico como artista. Capaz de partir las reglas por su mitad o de ajustarse a ellas como canónicamente se estableció hace ya mucho tiempo, para pintar pases que, por imaginados, nunca dejan de deleitar.
Arte en dosis sorpresivas, tan pronto dulce como picante, a veces de sabor supremo y otras de una insipidez que exaspera a quien de él espera lo mejor. Es lo que tiene la trufa blanca. Difícil de encontrar pero de aroma y sabor exquisitos, celestialmente insuperables incluso a costa de ambrosías.
Me gustó el detalle del habano. Porque sería habano, digo yo. ¡Sorprendente! Aunque ya se le había visto al Pana. Una más de sus extravagancias, pero con elegancia, como a él y a mí nos gusta. En blanco y negro, catafalco y plata taurinos, y el capote sin liar, sin arrugas, desarmado, dejando ver los detalles toreros de sus bordados.
Con canotier, gorrilla chalana, engominado, barbado o imberbe, sabe que le miramos, que le admiramos. Y le gusta. ¡Seguro! Y se gusta. Y nos gusta. Porque es capaz de presentarse así en cualquier plaza. Porque es valiente. A su manera. Toreo de arte. Rafael, Julio, Curro, Santiago y... José Antonio.
Dos orejas. Sólo dos orejas, pero con la esencia del más puro arte de torear. Seguro que, porque no pude verlo, Rafael y yo podemos estar orgullosos de su faena. Tarro destapado de lágrimas de mirra que Baltasar, el rey moreno, que seguro es el suyo por aquello del exotismo, dejó a su vera el mismísimo día seis. Allí, en el pescante del haiga descapotable con el que se presentó en el embudo de Insurgentes. Y no llegó hasta el platillo, hasta la boca de riego, porque no le dió la gana. Pero poder, pudo. Porque querer es poder.
Sólo dos orejas que, en la distancia, han sabido a rabo. A semental indultado que repartirá su semilla para que no se pierda el arte, la nobleza, la casta, la bondad y el trapío. Porque de todo ello tiene.
Y El Pana aportando veteranía, un sarape y canas en las sienes.
Sólo espero, hay quien lo hace por un balón, a que el día de las hermanitas, si es posible, me regale aunque sólo sea el aroma a dehesa de alguno de sus toros, de sus orejas. Sólo de alguno. Y será fiesta además de festivo. Y si no fuese posible... ¡cosas del arte!