¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


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viernes, 18 de julio de 2014

En un año

¡No!
No olvidé que hace un par de días volvía a concelebrar el aniversario de mi padre. No olvidé que hace un par de días la Virgen Marinera salió de su cobijo para pasear calles, ríos y puertos. No olvidé, en fecha tan señalada, a aquellas cármenes que en algún momento formaron parte de nuestras vidas, recordando con ello a una Berrendita cada vez más abandonada, que no olvidada, y a esa abuela a quien ella siempre rinde homenaje como sólo ella sabe.

¡No! ¡No lo olvidé! ¡Lo que olvidé fue dejarlo patente en este folio inmaterial!

Y es que estos últimos meses anduvo mi cana en tanto menester que no he tenido ni un momento para dejar constancia en este cuaderno del que hace tiempo perdí el candado. Porque desde ya tanto que sólo puedo entreverlo en la tiniebla de la memoria, anduve inmerso en actividades varias en tal cantidad que llegué a olvidar la obligación de renovar, al menos de vez en cuando ya que no con periodicidad, los contenidos de estas páginas.



Por vez primera desde hace tanto que casi ni lo recuerdo, he vuelto aquí para trabajar.

De un año acá le fui infiel a esta bitácora, cambiándola por la rutinaria obligación de dedicar mis palabras a aquellos desconocidos que quisieran acercarse cada miércoles a esa SalamancaRTV que explotó en la prensa virtual de la ciudad con la enérgica intención de hacerse con el mejor de los huecos. Dediqué mis miércoles a hacer allí lo que aprendí a hacer aquí: malcontar lo que se me pasa por la cana, que allá quedó tímidamente oculta para no significarse. Así, mi cana destilaba lo que yo firmaría después, obligándola a permanecer en el anonimato. Pero nunca fui fiel a la rutina calendaria y tuve que exprimir más de la cuenta mi escaso seso para poder llegar a tiempo cada semana de las que anduve por allí.



Ahora, dándome un tiempo de respiro obligado por los quehaceres que me impone un trabajo cada día más prosaico, dejo que sean otros los que se expresen en aquella prensa virtual y vuelvo por aquí para intentar no perder el contacto con lo que un día fue casi rutina y ahora, mucho más reposado, mantengo como elixir de ánimo. No sé si dejaré pasar otros doce meses, pero de lo que estoy seguro es de que nunca perderé el contacto con esta cara visible de una cana que sujeta al alma.

domingo, 14 de julio de 2013

Otro 16 de julio... ¡FELICIDADES!

¡Ahora sí que no sé por dónde empezar!
Han sido meses de ilusiones y frustraciones que me han han roto y hecho renacer esta cana que ya deja de estar en mi alma para, en muchas más ocasiones de las que yo quisiera, rodearme por entero, protegiéndome a veces y ahogándome las más.
Han sido meses de buscarme en caminos quizá equivocados, yendo y viniendo sin saber ni de ni hacia dónde. Tiempos perdiéndome en redes de las mal llamadas sociales que hicieron que me apartara de la senda segura. Viajes reales o imaginarios a paraísos exóticos sin apenas salir de casa.
Han sido meses de sequía entre mis dedos mientras fuera llovía como si no fuera a haber mañana. Pero yo solo me atrevía a mirar a través de los visillos, sin querer mojarme, olvidando regar con esas aguas abundantes esta cana agostada, aunque solo fuera de cuando en vez.
Son años los que van pasando mientras descubro, mientras descubrimos, lo duro que se nos puede hacer mirarnos al espejo y ver que las arrugas se adueñan de los otoños, que las venas se marcan agoreras en una piel cada día más ajada y que la única parte corporal que no pierde volumen es la que queda sobre una cintura cada vez más difuminada por esa propia franja que la alcanza y la rebasa.
Sin embargo, hay días, momentos quizá, en que el espíritu se desenfunda cual almohadón para dejarse ver por dentro, ahí donde las costuras engordan; para dejarnos volver a lo que un día fuimos aunque solo sea en un efímero recuerdo. Hoy es uno de esos días. Hoy he vuelto a recorrer una infancia casi olvidnada, para marchar a por cangrejos al molino junto al puente y tomar un refresco en el chamizo de La Quintina; para merendar en quién sabe ya qué alameda o en El Piélago o en la Presa del Vicario o en Alarcos o en Picón; para probar un rancho que siempre me supo a gloria bendita; para ir al pueblo, a La Torre, a disfrutar de aromas indescriptibles; para subirme a los camiones en la báscula de la Dehesilla mientras me empanzonaba de manzanas verdes; para asomarme a la ventana del cuartito, como cada sábado, y ver los marciales desfiles en el polvoriento patio del cuartel; para abrir el mueble del comedor y robar mi primer cigarrillo; para subir con el "seilla" a La Atalaya a disfrutar de los fuegos de artificio; para tantas y tantas cosas... Y en todas ellas, siempre, omnipresente, estaba él. Atento aunque dejándose parecer descuidado, dejándome crecer en cada uno de esos momentos. Ahí estaba él, orgulloso de mí, orgulloso de nosotros, aunque ese carácter suyo, forjado en la dureza de los tiempos, no dejase translucir el menor atisbo. Ahí estaba él, orgulloso de haber formado una familia con la que ahora poder compartir recuerdos. Porque, a pesar de los años, seguimos compartiendo, quizá ahora con más intensidad, todos aquellos momentos en que juntos, sin saberlo entonces, forjamos lo que tenemos ahora.
Por eso, vuelvo a mi infancia, coloreo mi dibujo que seguirá siendo sorpresa hasta que se lo dé y digo: "¡Felicidades Papá!".
¡Que cumplas muchos más!

jueves, 20 de diciembre de 2012

Cristo de las Batallas... perdidas

De verdad que lo intento, pero ando tieso como la mojama de atún. Mira que hay movidas por el mundo de las que se podría extraer un comentario y, sin embargo, tengo la mente seca de palabras. No sé si será por el resto de actividades o por mera dejadez, pero no hay nada que llame la atención de mi cana tanto como para que la idea sea retenida y posteriormente desarrollada.

Berlusconi y Chávez andan revolviendo el mundo, uno no queriendo morir y el otro queriendo resucitar. Los norcoreanos mandando misiles al espacio para demostrar su "poderío" mientras se avergüenzan del embarazo de su "primera dama". El frío se adueña de nuestro otoño sin que nadie recuerde el global cambio climático. Nuestro monarca, en prudente silencio, aprendiendo a manejar la superprótesis que lo convierte en "algo" un poco más artificial. El Presidente y su panda tocándonos no ya los genitales, sino el mismísimo forro interno de los mismos con sus decisiones económicas y sociales. Los gobernantes catalanes... a lo suyo, como siempre. Los otros gobernantes... también a lo suyo, corrupción burda incluida, como siempre. Caja Duero, nuestra caja de toda la vida a pesar de los cambios de nombre, intervenida por el estado para ponerse al nivel de la de Madrid. El gobierno municipal... a lo suyo, como siempre. Mi paga extra en el limbo constitucional y mi hipoteca rascando hasta hacer roto en lo más profundo de mis bolsillos.

Le doy vueltas y más vueltas, pero no soy capaz de fijar un asunto cualquiera sobre el que meditar siquiera el tiempo suficiente como para redactar unas frases medianamente inteligibles.
Será porque ahora, cuando ya tengo el olor del mazapán anidando en el alma, se me despierta el voluntario de oenegé que oculto el resto del año y ando más preocupado por sentirme solidario que por venir aquí a contar lo primero que se me venga a la cana (¿no es esto lo que estoy haciendo?). O quizá sea que con cada año se me agría un poco más el señor Scrooge interno y se deja ver con más insistencia en estos días de frías nieblas, coloridas luces en las calles y sonrisas estériles en las caras. O puede que la mezcla de uno y otro haga de mí un raro engendro incapaz de pensar.

No sé que será pero, como casi todos, creo que voy a guardar mi cabeza bajo el ala y, como si esto no fuese conmigo, volver a lo mío de siempre aunque para ello tenga que recuperar el tiempo perdido y retejer flecos ahora abandonados. Porque, al final, siempre nos quedará...
Y es mi Salamanca, la que me envuelve cada vez que la piso, lo que me queda después de todo. Por eso, no alcanzo a comprender cómo se puede hacer lo que se hace, aunque sea con las mejores intenciones... ¡Se me enciende la Cana!

Hacía tiempo que no tenía una mañana de calma como la de ayer. Una mañana de horario relajado en la que poder pasear sin las urgencias de una hora marcada en la agenda. Una mañana para disfrutar de losas y adoquines en calles casi recién estrenadas, para mirar y remirar lo que nunca se borró de mi recuerdo, para contemplar el tranquilo silencio de las naves catedralicias, arropado únicamente por los comentarios en voz baja de algunos turistas despistados admirando contenido y continente.

Como siempre, no sé si para comprobar inconscientemente que nada cambia, vuelvo a la Virgen de la Verdad, a la del Desagravio, a los San Juan y Santa Ana del trascoro,... y al Cristo de las Batallas, ese que, haciendo verdad de la tradición, acompañó a Rodrigo Díaz en sus campañas contra el infiel; ese que se trajo Jerónimo desde la Valencia conquistada para impregnar de santidad catedral tras catedral. Lo miro y remiro con una congoja que atenaza mi Cana. Veo indignado cómo lo han dejado y se me revuelven las entrañas.
¡No puede ser!
¡Lo mismo que hicieron con el estandarte del Príncipe Juan!
¿Cómo es posible que, en aras de un rigor mal entendido o una moda efímera, se haya permitido esta tropelía?
El Cristo del Cid ya no es el mismo. No sé si lo han recuperado o no. No sé si lo han restaurado o no. Lo que sí sé es que ya no es el mismo. Seguro que han conseguido una vuelta a lo más original, pero se han cargado en un instante ochocientos años de historia. Ochocientos años de campañas con el Cide Campeador, de idas y venidas junto al de Perigord, de humos de velas en la oscura Fortis Salmantina, de polvos seculares, de marcas de uso disimuladas por repintes bienintencionados, de salidas en procesión por sucias calles poco urbanizadas, de visitas y rezos de sus escasos devotos, de...  ¡¡Todo eso ha desaparecido!! Ahora, tendrán que pasar otros ocho siglos para que este remozado Cristo recupere la pátina que le dieron todas sus vidas, mientras nos contempla, desnudo de todo, suspendido en un aire ahora impoluto, y al tiempo, deja que veamos toda su vergüenza con la majestad inexpresiva del románico. Y, para mayor dolor, se deja ver junto a un clon, mala copia de sí mismo, que pretende mantener viva la memoria de lo que Él mismo fue. ¡¡Qué desatino!! ¡¡Indignante!!
Se ha exagerado tan intensamente en la recuperación de un original, que lo único que ha quedado es un pedazo de madera despojado de todo lo que fue acumulando durante años y años de vida silenciosa.
Seguro que la fidelidad se ha logrado, pero ¿a qué precio?

Tendré que acostumbrarme a la novedad mientras ruego que despieces y rugatinos dejen de ser la apisonadora que va "recuperando" lo que casi ninguno queremos recuperar. Que preferimos las arrugas de la historia, las "heridas" de los años, la senectud bien llevada a tratamientos reparadores más propios de acaudaladas ancianas en busca de su propia juventud que, al tiempo que recuperan su tersura, están felices por perder su propia historia. Oscura historia.


¡Ahora caigo! No es que se me seque la Cana y me quede sin palabras... ¡Es que estoy en pleno proceso de restauración! Por eso será que con cada día que pasa me veo más vacío y me cuesta sacar lo poco que me queda.

lunes, 9 de julio de 2012

¡Ya no sé si debo decir que vuelvo...!

¿Será la entrada en la cincuentena? ¿Será que el quehacer diario me nubla la mente dejándomela casi vacía?
No sé que será, pero lo cierto es que se me seca la fuente y el alma ya no es la única que muestra mis canas. Ahora, el cabello está por momentos más y más poblado de pelos blancos, correspondiendo cada uno de ellos, si hago caso a la tradición, a un disgusto o preocupación. No lo niego, ha sido ésta una época de preocupaciones y disgustos, aunque no creo que tantos como para que el cabello se me esté enblanqueciendo casi por momentos. Son disgustos variados, privados y públicos, que me han tenido ocupado, preocupado y sobreocupado tan a mi pesar como para no venir por aquí durante largas temporadas.
Tenía la sensación de que debía dejarlo en la intimidad del alma, aunque la cana me forzase a traerlo por aquí. Pensaba que ya nadie se asomaba siquiera por alguna de las rendijas que siempre quedan cuando uno cierra los portones y ventanales, salvo comentarios programados invitándome o invitándonos a consumir este o aquel producto milagroso, tanto para la potencia sexual como para la cura de las enfermedades más variopintas; estimulándome o estimulándonos a pasearnos por blogs y páginas virtuales de más que dudoso contenido y siempre redactadas en idiomas más que lejanos de este que intentamos mantener como si nos fuera la vida en ello. En definitiva, que solo me han visitado máquinas, o eso es lo que pensé, durante estos tiempos en los que no he sido capaz de juntar siquiera dos letras para hacer un monosílabo. Pero, después de todo, he caído en la cuenta de que esas visitas mecánicas eran las que dejaban rastro patente pero que todos los días hay otras que pasan para, por si algún acaso, se me ha ocurrido poner aquí algo que pudiera llamarles la atención (cosa que pongo en la más grande de las dudas).
Por todo esto, me decido a continuar la irregularidad de lo mío y me dejo caer hoy por aquí, aprovechando que los agobiantes calores de un despacho mal orientado me aplanan tanto como para dejar de atender no solo lo importante, sino hasta lo urgente, que mañana será otro día.
Pasó la Semana a la que dedico la mayor parte de mis pensamientos encanados y siguió el tiempo como si nada hubiera pasado. Son meses ya los que hace que salieron las procesiones y, no sé siquiera si pesaroso, la decepción es tan grande como para hacer de ella desgana, desinterés o flojedad. Que cada día me veo más lejano de esa Semana Santa o ella está cada vez más alejada de mí.
¿Será el verano? Creo que no. Creo que son motivos mayores, que aún ando analizando, los que me llevan a perder poco a poco la pasión que siempre tuve, aunque me resisto a ello y me obligo, aunque sea de vez en cuando, a preguntar, a charlar o a intentar saber del estado de la situación.
Son  motivos variados que intentaré plasmar por escrito. Motivos secantes o tangentes, que de todo hay, que hacen que uno pierda la poca ilusión que le va quedando. Motivos reales y espurios. Motivos, al fin y a la postre.
Debo reconocer que a nadie interesarán, pero que me servirá para descargar el morral y, una vez vacío, poder limpiar su interior para almacenar mejores motivos. Así, renovaré y podré almacenar nuevos bríos, nuevas impresiones y nuevas decepciones.
A ver si así, se me activa la cana del alma aunque suponga la aparición de nuevas canas en mi cabeza.

lunes, 26 de marzo de 2012

Cuarenta y cuatro

Cuarenta y cuatro.
Casi el total de minutos que algunos emplean en dar patadas al balón antes del reglamentario descanso. Los tres cuartos de hora que dura una misa de domingo con homilía floreada. Los días penitenciales que van de la Ceniza al Viernes Santo. Los años que he participado en alguna Semana Santa...

Cuarenta y cuatro minutos fueron los que el pasado sábado, en Peñaranda, duró mi primera salida penitencial de este año cofrade. La primera procesión, que realicé sin hábito, sin apenas moverme del sitio, tras un atril y con docena y media de folios entre las manos.
Cuarenta y cuatro minutos de sosiego nervioso en los que pude disfrutar de la Semana Santa como a mí me gusta, desde dentro y sintiéndola, al tiempo, como anónimo espectador. Momentos de emoción al recordar algún nombre, alguna cara, algún día.
Cuarenta y cuatro minutos que se me hicieron suspiro mientras desgranaba mis palabras ante un auditorio callado, en penumbra y atento, haciendo que mis sensaciones venciesen a la inquietud responsable, para sentirme como en el aula cualquiera de esos días en que disfruto contándoles la poca ciencia que sé a mis alumnos.
Cuarenta y cuatro minutos deleitándome, emocionado, con mi primer pregón serio en una Semana Santa seria.
¡Y me parecieron pocos!

viernes, 23 de marzo de 2012

Escribir en papel

¡¡Mecachis!!
Se va a convertir en el modelo de entrada en este blog cada día más abandonado. Vuelvo a disculpar la falta de actividad y eso, como digo, parece ya rutina. Pero ahora tengo excusa. No sé si buena o mala, pero excusa al fin.
En los últimos tiempos, casi desde que escribí mi carta a los Magos, mi cana se ha dedicado a desgranar las pocas palabras que le quedan, las escasas ideas que aún se desprenden de su raiz, para plasmarlas en papel. Sí. Le he sido infiel y con ello a este diario que jamás conoció una cuartilla. No sé si tendré que arrepentirme por esta falta, pero, como diré ante el juez llegado el caso, -¡Me vi obligado!-.
Han sido días, más de los que esta cana amarillenta quisiera, dedicados a sacar la Semana Santa desde mucho antes de que la ceniza se impusiera para inicio de Cuaresma. He sacado cristos y vírgenes, pasos y nazarenos, mucho antes de que, no digo el azahar (que por aquí ni lo olemos), el incienso se adueñe de los aires charros. Me he dedicado a "colaborar" con unos y otros para que mis palabras, mis frases y pensamientos (lástima de que no sean mejores) hayan pasado a engrosar publicaciones y, espero, corazones cofrades de Salamanca y provincia.
Ahora, cuando llega el relajo del final, cuando todas mis palabras ya están en el papel o en la calle, me acuerdo de que aún tengo una cana en el alma que hay que alimentar de vez en cuando. He tirado del "minoxidil" virtual y vuelvo (¡¡ahora ya no pienso comprometerme más!!) para dejar constancia de que seguimos aquí, aunque no sé si ya quedará alguien al otro lado.
Son días, los que ahora se nos vienen, en los que el ajetreo será impedimento para la constancia, pero también generadores de sensaciones, sentimientos y pasiones que espero poder traer para rellenar páginas de este cuaderno de memorias y poder releerlas cuando ya todo haya pasado.
Ahora, mientras repaso mis palabras, esas que pronunciaré mañana frente al público peñarandino, quisiera que hubieran salido desde aquí para que quienes han permanecido fieles tras la pantalla hubieran sido los primeros en saberlas, pero no me consiento esta falta de respeto a los que, ahora en otro entorno menos electrónico, sé que están pendientes de ellas. ¡Ya habrá momento para ello!... si hubiera interés. El resto, las publicadas, ya andan por ahí para pasar de mano en mano.

viernes, 23 de diciembre de 2011

¿¡Feliz Navidad!?

¡Pues eso! Que ya está aquí. Como todos los años desde que tengo recuerdos, y posiblemente desde más años atrás, aunque no tengo certeza para confirmarlo, la Navidad está de nuevo llamando a nuestra puertas y, la verdad, no sé si alegrarme.
Desde hace ya unos días, Marisol, la antipática cajera de mi super, Santiago, el quiosquero quisquilloso, Marcelino, quien me sirve ese espantoso café cada mañana, y muchos otros personajes de mi vida diaria, se han puesto de acuerdo, como si les hubieran tocado un resorte oculto, y (seguro que muy a su pesar) me han "deseado" una ¡Feliz Navidad! Como si no supiera que el resto de los días del año, de cada año (salvo el día del resorte, que se repite periódicamente), a Marisol le "arden" las tripas cuando le doy mis cincuenta euritos para pagar la barra de pan o a Marcelino se le enrojecen de cólera hasta los cabellos mientras le pido, cada día y con la mejor de mis sonrisas, mi descafeinado de máquina cortito de café, con leche descremada del tiempo, sacarina y en vaso, que eso de las asas de las tazas no es mi fuerte, pues nunca supe si son para diestros o para siniestros y me hago un lío al tener que decidir si agarrarlas con una mano o la otra.
También compruebo, como cada año por estas fechas, que no puedo quedarme mirando a alguien, siquiera de forma distraída, mientras completo mi paseo diario por las calles salmantinas, pues me arriesgo a recibir de sopetón un inesperado ¡felices fiestas!, lanzado mecánicamente por el desconocido por si un acaso; no sea que yo fuera una de esos "conocidos" a los que jamás se recuerda y tenga la desfachatez de no felicitarme/felicitarse estos días en los que el amor sale de su cascarón y cubre con su almibarado manto cuanto se mueve sobre la superficie terrena. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Pero el colmo de la ironía navideña ha sido cuando esta mañana, como todas las mañanas del día de después del decepcionante día de la lotería, se me viene Torrejón encima, por sorpresa y casi a traición, me planta un abrazo que me deja sin resuello y me espeta sin dejarme capacidad de reacción: ¡Feliz Navidad! ¡Que tengas unas felices fiestas! ¡Ah, y dale un beso a Charo!, mientras yo mascullo el primero de los improperios que se me viene a la cabeza y pongo cara de póker al devolverle los deseos, forzado por una educación que, en estas veces, me gustaría no tener. ¡Torrejón! ¡Faustino Torrejón! ¡El hideputa de Torrejón! Ese al que jamás le dolieron prendas cuando tuvo que pisar mi cabeza para alcanzar el puesto que ocupa; ese que cada día me zancadillea a la menor oportunidad para dejar/dejarse claro que se siente por encima de mí, aunque yo piense lo contrario; ese que, en lugar de saludar, gruñe algo gutural que intenta asemejarse a una frase cuando nos cruzamos por el pasillo; ese, en definitiva, que se olvidó hace tiempo de trabajar para emplear tiempo y esfuerzo en hacerme la vida imposible. ¡Feliz Navidad!, me dice. ¿Feliz Navidad? ¡Anda ya!
En fin. Que se repite la historia. Que tengo que forzarme a sacar la mejor de mis sonrisas y animarme a ser feliz por expreso deseo de los demás. Sin posibilidad de decidir. Sin capacidad de elegir. Y... a comprar regalos inútiles que nadie agradecerá; a templar mis tripas con pantagruélicos banquetes en los que el menos forzado de los asistentes muestra la "sonrisa" del Joker de Batman; a beber esos espumosos de mercadillo que destrozan cualquiera de los conductos orgánicos por los que discurren en el interior de mi cuerpo; a anudarme una corbata obligándome a no poner cara de recién ahorcado; a visitar a esos "amigos" y "familiares" a los que el resto del año intento evitar como si fueran apestados (o lo fuera yo, que puestos a elegir...); a trasnochar en multitudinarios festejos soportando golpes, olores y cogorzas de cientos de "compañeros" a los que se les sube con facilidad el cotillón a la cabeza; a tener los mejores de los deseos para que no se cumplan el año que está por llegar; a sentirme solidario, aunque sea de pacotilla, descargando mi conciencia para el resto del año...
¿¡Feliz Navidad!? Será que hoy me sale el Grinch que llevo dentro o quizá que esta cana que gobierna mis días resuda amargo escepticismo como si fuera brillantina, pero no me creo lo de estas fiestas.
¿¡Feliz Navidad!?, cuando tenemos todo el año para "ejercer de buenos" y lo olvidamos con una intensidad tal que podría ser un claro principio de enfermedad de Alzheimer.
¿¡Feliz Navidad!?... ¡A otro perro con ese hueso!, que bien reza el dicho castellano. O como dijera el misántropo Fernán-Gómez: "¡¡A la mierda!!

jueves, 15 de diciembre de 2011

Retorno

Tres meses... ¡¡Tres meses!! Eso es lo que hace que se me secó la sesera y nada o casi nada ha salido de ella en ese tiempo.
Iba a renovar, otra vez, mi compromiso de mantener este diario al día, pero creo que ya no queda nadie capaz de creer una sola de mis palabras. Sin embargo, ahora, cuando se acerca el tiempo en que se me ablanda la cana, aunque debiera endurecerse con los rigores del clima de esta meseta, se me han ido los dedos al teclado y han comenzado a trabajar por su cuenta, autónomos sumergidos sin cotización.
En estos tres meses podría haber hablado de aquellas cosas que, a mí o a mi mundo, han soplado en mis orejas dejando sensaciones variopintas. Cosas agradables que se quedaron sin publicar en agradecida intimidad. Cosas duras que han resbalado por mis espaldas para caer en el fondo indiferente del paisaje trasero. Cosas y más cosas que por distintas razones no he sido capaz de traer a este almacén de recuerdos.

Hubiera querido analizar con toda enjundia asuntos de calado que, aunque ahora no sea consciente de ello, me afectan más de lo que quisiera. Ibex, prima de riesgo, bajada de salarios, conflictos laborales, EREs diversos... pero, salvo mientras degusto el primero de los cafés, mis neuronas no dan de sí más que para tratar estos temas como si estuvieran contemplando una postal de un recóndito lugar, bonito pero completamente desconocido. Así que dejo esto, por tanto, para expertos "tertulianos" (horrible palabra que se ha cargado a los contertulios de toda la vida) surcadores de ondas.
Hubiera podido tratar aquellas cosas, cosillas, que me ha dado mi día a día. Amigos que se vienen, tertulias (estas de las de verdad) en las que disfruto del tufillo de un brasero imaginario, paseos por paradisíacos parajes que en nada envidian al de la postal anterior (y estos sí que los pateo y los conozco), santitos y cumpleaños, juramentos y gurrumbadas (¡otra vez que me quedé sin ir a Villalpando!), futuro pendiente de una grúa, presente quemándose en la hoguera, mi primera hoguera en la que no es mi casa... Pero, todo se queda en cocimiento de borrajas.
¡Vale! Pues ahora quiero dejar constancia de que no siempre será así, aunque no me comprometa. Aprovecharé los excelentes propósitos que acompañan a las últimas fechas del año para justificar el regreso.
Escribiré en Navidad... y seguiré hasta Ramos.
Y no es una amenaza.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Recuerdos de un verano: La Cana en la playa (I)

Sé que llego tarde. Que ahora que termina el verano casi no es momento de hacer la crónica de lo que disfruté para el recuerdo. Pero, fiel a un íntimo compromiso, abriré mi libreta, esa en la que dejé para ahora mis impresiones, y las traeré aquí, a esta alacena en la que todo queda ordenado y sus puertas están siempre entreabiertas para dejar vislumbrar sus anaqueles y lo que en ellos hay. Y haré una transcripción literal, con puntos y comas en el mismo sitio en que quedaron sobre la cuadrícula, en un presente que ahora parecerá añejo pero que me permitirá abrir de nuevo la ventana del recuerdo como si del mismo momento se tratase. Y lo haré por capítulos, uno por día, tal como tenía previsto si hubiese podido hacerlo en su momento virtual.


CHIPIONA =Verano 2011=
04-08-2011

Me va a costar adaptarme a escribir en cuaderno y con bolígrafo, pero esta vez las modernas tecnologías me han vuelto la espalda. Internet no llega hasta el hotel, que no es recóndito, y tendré que hacer mis crónicas de esta manera para transmitirlas en diferido una vez de regreso a casa.

Del viaje poco que contar. Como siempre, primer paso hacia el Sur, con tostada en Mirabel y fonda en Casa Robles, el establecimiento de Sevilla que nos rompe el viaje y nos da ánimos para completar la ruta.

Ahora, primer día chipionero, he salido a explorar. Gente. Mucha gente por las calles. Por las dos calles que ejercen de centro comercial. Tiendas y tienducas rellenan los laterales y, además de sombra, ofrecen sus mercancías a las puertas para hacer parada quienes por allí pasamos.
Vida. Mucha vida. Diferente a la de Sanlúcar. Más pueblo y más vida.
He recorrido calles y plazas intentando fijar en la retina de mi memoria todo aquello que repasaré en los próximos días. Iglesias y mercado. Playa y paseo. Calles y callejones que recorreré con calma veraniega. Observaré y fijaré cada detalle para traerlos a este cuaderno, que desde su principio será de viajes, intentando no perderlos por el camino. Así, al final, quedará un gran poso que pasará a las páginas de un diario que por ahora está cerrado por vacaciones.

Y... ¡niños! Muchos niños inundando las calles de Chipiona. Como en cualquier otro pueblo de Cádiz. Aquí la supervivencia de la población está asegurada.

Leo a don Miguel, sus cuentos, y solo se me ocurre que cada día me envuelve más; que cada día me gustaría más ser como él.
Ahora, cuando la tarde casi se agota, siento que he estado recuperando el tiempo perdido. El ser ocioso se adueña de mí y me recreo en ello. Me preparo para lo que se vendrá, apurando el no hacer nada.
Mientras, imagino la playa atiborrada de ociosos como yo. Pero ociosos dorados tras exponer casi toda su superficie a los penetrantes rayos del Sol. En familia casi todos.
Echaré de menos el galopar de los caballos sobre las arenas atardecidas frente a la marisma.


05-08-2011

Playa. He roto con mi "principio" y he pasado la mañana pisando arena mientras intentaba ponerme en el mundo con la lectura de la prensa diaria. Me he remojado en las aguas que bañan esta playa de Regla superando la aversión que este hecho suele provocarme. Lo cierto es que la brisa, que refrescaba el ambiente, ha hecho llevadera la mañana y así, en la butaquita y a la sombra de una sombrilla, he intercambiado miradas, ora prensa con insignificantes novedades, ora gentes que iban, venían o se quedaban por las cercanías. Gentes locales, de nevera y litro de cerveza, o gentes que, como nosotros, se han llegado hasta aquí con el ánimo cargado y el cuerpo necesitado; deseosos de mar y descanso, de retiro rutinario para dejar aparcada la rutina del día a día. Compañeros de necesidades, porque a todos se nos refleja en el rostro. En una cara que se enrojece por momentos para, así, dar testimonio de nuestro paso por este paraiso, de nuestro descanso.
Reconozco que no echo de menos la cita virtual que me ha marcado cada uno de los días de otros agostos. Que el tacto del bolígrafo, al que nunca llegaré a acostumbrarme, se hace suficiente y que la escritura reposada, sin la necesidad de la inmediatez, relaja las necesidades de lo que, en el fondo y sin llegar a reconocer, solo es algo que quiero para poder recordar en días que sé que perderé la memoria de lo que ahora es fresco por recién hecho.


07-08-2011

Se me agolpa tanta actividad que no me deja un momento para agarrar el bolígrafo. Mañanas de arena, sobre la que ahora escribo, al amparo de un multicolor mar de parasoles. Sombrillas que unen sus copas unas con otras para hacer bosque de sombra que me impide ver el mar, aunque sé que está ahí por su relajante sonido.
Mañanas de relajo en mi butaquita (¡quién me lo iba a decir!) mientras veo y miro, oigo y escucho. Conversaciones para mi intrascendentes a pesar de la profundidad que en ellas ponen quienes las protagonizan. Tertulias de arena, de cervecita y papafritas, para entretener las horas de sol o arreglar el mundo. Que en este Sur que ahora me vive, nunca se sabe.
Y veo mientras miro. Y como ya dije entonces, en este sur familiar apenas hay tetas expuestas al rigor de los rayos solares. Por eso, aunque no sea igual, ahora me da por "calibrar" culos. Posaderas femeninas de variados tamaños y condiciones. Ligeras nalgas flotantes que casi se elevan por sobre las espaldas de sus dueñas o pesados glúteos que tienden a apoyarse sobre la trasera de muslos también amplios. Redondeces que continúan a generosas caderas en curvo recorrido para miradas disimuladas. Traseros solo sutilmente insinuados en la rectitud de cuerpos-estaca, tan apreciados por algunas féminas, básicamente inmaduras por edad, pero poco estimulantes para imaginaciones masculinas, esas que siempre se pierden en la generosidad de las formas aunque cueste hacer pública la confesión.
Culos de soltera y de matrona añosa, cada uno con su atractivo, capaces de sugerir formas y estímulos diferentes según sea el observador. Y yo observo también, aunque también calle.

Se me acumulan las tardes. Dedicadas a la lectura, reflexiva lectura, de los muchos cuentos que me dejó don Miguel, mi Rector, para descubrir una moraleja diferente con cada uno de ellos. Cuentos cortos en extensión pero con una carga de tenso dramatismo que apenas puede ser contenida en tan escasas páginas. Soledades, miserias humanas, conflictos íntimos... para, al final, llegar a feliz conclusión y dejar un poso en el lector, en mí, con el regusto de un buen Pedro Jiménez jerezano o un dulce chacolí, por lo de sus orígenes.
Tardes de visita para el recuerdo. ¡Esas tortillitas de camarón de Casa Balbino! En Sanlúcar la tarde-noche se nos echó encima cargada de salados sudores que habíamos olvidado. Agobio húmedo que se fundía con todos los que pisábamos sus calles. Pero esas tortillitas y el salmorejo de Balbino bien merecen el sudor en la camisa. Y los solomillitos, con sus papas fritas, cebollita pochá y su huevito frito. Y  volver a pasar por la puerta de la Capillita para quedarme "prendao"; y ver cómo la Cuesta de Belén sigue ahí, sin moverse, esperándonos para subirla; y el paseo por la calle y el ambiente veraniego y... Solo nos faltó la procesión de la Patrona. ¡Lástima de fechas!

Y después,... ¡Al Puerto! ¡A los toros! ¡Morante!
Una cita que no por sabida (hace días que teníamos aseguradas unas magníficas localidades) era menos esperada. Porque, como dijo Joselito, "el que no ha visto una corrida de toros en la Plaza del Puerto, nunca ha visto una corrida de toros". Pues allá que nos fuimos, pendientes de Salvador y mediados por Joaquín.
Salvador. El único torero cojo que he conocido, pues la polio no fue capaz de frustrar su ilusión. El único que torea con dos muletas, de las que solo una es de paño. Alguien del que solo puedo decir que es afable al trato y, por lo que me han contado, con una vida cargada no solo de anécdotas aunque estas, como casi siempre, sean lo que más trasciende. Pero sé que su muleta de palo está repleta de experiencia y de cultura, y que su otra muleta, la de percal, le ha permitido codearse con algunas de las mejores figuras del toreo, y eso es, cuando menos, envidiable.

Y Joaquín. El intermediador. El amigo de Salvador. Mi amigo, por el que todo esto, ahora, viene al cuento de mis tardes. El que hizo que los perros danzaran para que nosotros disfrutásemos de una espléndida tarde en la Plaza Real. Hombre sencillo en su culta complejidad, en el que las tradiciones se convierten en hábito diario, haciendo que adquieran la importancia que muchos les hemos quitado. Familia y amigos son su única necesidad y eso hace que los demás aprendamos de él.
Pues sí. Gracias a ellos hemos podido celebrar una tarde de toros de las que cualquier aficionado, cualquiera que hubiese estado allí, recordaremos durante mucho mucho tiempo. Se abrió un tarro de esencias que, al menos para mí, llevaba tanto tiempo cerrado que no alcanzo ni a imaginar cómo eran sus aromas. La sublimación del barroco, sin costales ni parihuelas, anduvo cadenciosa por el albero portuense. Verónicas y medias, naturales de mano tan baja que se arañaban con la arena, derechazos de tan lánguida cadencia que llegaban a retrasar los relojes, ajustadas chicuelinas, banderillas de maestro, artes antiguas rescatadas de la literatura clásica, y sonrisas, muchas sonrisas cómplices con todos y cada uno de los que allí estuvimos. Se "salió" Morante, el de la Puebla del Río, y estuvimos allí para verlo.
También anduvo Manzanares, mano con mano junto al Maestro, pero esa harina es de costal que yo no molí y dejo su historia para cuando pierda la nube que vela los ojos de mi recuerdo. Porque lo de ayer, lo que vimos ayer, lo que vivimos ayer, tiene página propia para cualquier morantista.

Ahora, crecido ya el séptimo día de este agosto chipionero, meciéndome aún en el sueño del Puerto, sigo en mi realidad. Vuelvo a esa playa de arena tan fina que hace misión imposible desprenderla de los entresijos de la piel, de aguas batidas en las que los orines de quienes las disfrutan se diluyen homeopáticamente para entremezclarse con los míos (¡tenía que decirlo!) y formar unidad de lo ya indisoluble. Globalización uréica en las aguas atlánticas. Naturaleza pura.
Playa, digo, a la que voy cogiendo el gusto (¿o será la compañía?) haciendo que olvide otras actividades de las que siempre presumí. Calles e iglesias, tiendas y mercados, gentes y gentes aún esperan mi visita. Mañana saldré en su busca... si no me retienen los bajos del Santuario de la Virgen de Regla. La Virgen de Chipiona.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Dos meses

¡Dos meses! Han pasado más de dos meses ya y es como si no me hubiera movido del sitio. Sigo sentado en la mesa de un despacho que aún huele a vacaciones. A unas vacaciones que me parece no haber tenido aunque el calor siga arreciando en esta Salamanca septembrina.

Sesenta días para haber sentido el Sur como si no lo hubiera sentido nunca; para rellenar cajas con toda una vida y, al tiempo, recuperar muchas cosas que había olvidado; para pisar nuevos suelos y dormir bajo otro techo; para, en fin, haber aprovechado todas y cada una de sus horas sin tiempo siquiera para darme cuenta. ¡Ah!, y para olvidar, sin querer, que había un diario esperándome y un compromiso que ahora intento retomar.

Pasé de sentirme un "okupa" a disfrutar de la calidez del relajante viento de Poniente en la inmensidad de una playa que, bajo el cobijo de la Virgen de Regla, me he atrevido a pisar, sintiéndome uno más de sus hijos.

Allí, asentado entre la Cruz del Mar y el majestuoso faro emblema de la villa, hice posada en la que fortalecer espíritu más que cuerpo, sabiendo lo que debería enfrentar a mi regreso. Y me sirvió, vaya que me sirvió. Sanlúcar y la fugaz visita a Casa Balbino para degustar el encaje de su fritura, El Puerto y una tarde inenarrable en la que el Arte envolvió de verónicas y naturales esta cana de mi alma haciéndole sentir lo que nunca antes había sentido, Jerez y su señorío para hacernos olvidar que agosto es calor, mucha calor... Lástima (o quizá no) que este mundo virtual en el que navego se quedase a las puertas del hotel obligándome a recuperar Moleskine y bolígrafo con los que dejar constancia de mis días de Sur. Quizá, algún día, transcriba aquí lo que quedó en tinta azul, como nuevo capítulo de mi Cana en el Sur, en una maleta o pegada a las finas arenas de esa playa que, a mi pesar, llegué a profanar.

Dos meses para meter toda una vida en cientos de cajas de cartón, para confirmar la amistad solidaria en días de agobiantes temperaturas, para formar un hogar, provisional pero hogar al fin, para sentir la agobiante alegría de los nuevos retos... Porque, a partir de ahora, comienza el mayor de los retos de nuestra vida. Y, como dije hace ya más de dos meses, aun no pretendiendo hacer de esto boletín del día a día, intentaré dejar por aquí lo mejor de esta etapa. Por eso, ahora que ya está casi todo preparado, solo nos queda... ¡empezar!

Compartiré despacho con ladrillos. Mezclaré clases y encofrados. Tendré mi Semana Santa entre planos y azulejos. Y todo ello lo traeré aquí para, al menos, hacer de ello terapia con la que mantener la alegría de una cana que se arruga impresionada por lo que se le viene.
¡Miedo me da!

jueves, 14 de julio de 2011

OKUPA

Quizá me equivoqué con el título de la entrada anterior. No es que no tengamos techo... lo que no tenemos es casa, aunque sigamos ocupando la que hasta hace nada era nuestra y que ahora, después de tanto tiempo y en un giro casi instantáneo, sintamos como ajena y nos sintamos como ajenos. ¡Ahora somos "okupas"!
Será un par de meses que nos servirán para despedirnos de grietas y roces las paredes, de grifos goteantes y puertas que no encajan (¡mecachis!, cómo me he descuidado últimamente), al tiempo que empaquetamos todo lo nuestro para salir a un éxodo tan particular como deseado. Serán momentos de mirar al jardín y despedirnos apenados de esos árboles que, aún inmaduros, no llegaron a verter sus sombras sobre nuestros cuerpos. Y, al final, echar una mirada a esa chimenea en la que jamás ardiera un leño porque su misión era la de recoger nuestras ilusiones en cada Navidad y desear que siga siendo protagonista de esos días mágicos.
A partir de ahora, cuando se nos abre un nuevo camino por delante que no por deseado deja de ser incierto, creo que he encontrado una nueva línea para renovar crónicas en esta cana de mi alma, aunque no creo que sea tan exhaustivo como para aburrir al personal con esas nimiedades constructivas que, aun siendo solo eso, para quienes nos lanzamos a ello supongan barreras casi infranqueables que darán lugar a desánimos, disgustos y desazones. Pero, a pesar de todo, creo que de vez en cuando traeré por aquí nuestras ilusiones de futuro según las vayamos viendo como realidades. Eso sí, siempre sin excesos.
A partir de ahora, como digo, un nuevo hilo unirá mi cana con el mundo, pero eso no será obstáculo para continuar con el resto de impresiones y comentarios que, deslavazadamente, vengo trayendo a esta ventana cuando el momento y el motivo me lanzan a ello. Volveré a mis recuerdos y a mi día a día. Seguiré pendiente de mi Semana Santa y de sus avatares mundanos. Recalaré en mi Sur, tan deseado, y dejaré sus posos entre el resto de palabras. Porque la vida sigue y ya no quiero mirar atrás.
Ahora, mientras nos despedimos, sabemos que comienza la nueva vida y no vamos a despreciarla.

lunes, 23 de mayo de 2011

Elecciones

Hoy, como casi todo el mundo en España, podría escribir sobre esas elecciones municipales celebradas ayer y sobre cómo los resultados, esperados en la mayor parte de los casos, han servido para confirmar lo que muchos intuían. El batacazo de quienes han apostado por seguir manteniendo las siglas del partido que actualmente rige los destinos de este pais ha sido notorio, doloroso y, sobre todo, más que significativo.
El vuelco en ayuntamientos, diputaciones y comunidades gobernados hasta ahora por el partido socialista es quizá de los más violentos de los últimos tiempos. La reafirmación, incluso notoriamente ampliada, de aquellos gobiernos de municipios, provincias y comunidades que hasta ahora estaban bajo las siglas del Partido Popular es también significativa y así debe ser entendida por analistas y profanos (de entre los que me podría considerar abanderado).
Pues bien, todo esto lo dejo para quienes, como aficionados o profesionales, se dedican al análisis de estas situaciones, a su interpretación más o menos subjetiva y a la redacción de conclusiones que sentarán cátedra en los diferentes medios.
A mí, lo que de verdad me interesa de la jornada vivida ayer como colofón a un periodo intenso, y con su poso trasnochado en el día de hoy, es dejar constancia de cómo unas buenas gentes, vecinos preocupados por su municipio, compañeros y amigos, se han dado hasta la extenuación por una causa en la que han creído y, lo que es más importante, han confiado desde el primer momento hasta el final.
Han sido días de intensidad desconocida por quienes jamás pusimos empeño en ser como ellos. Idas y venidas. Charlas y reuniones. Exposiciones y debates. Dimes y diretes. Fair play contra juego sucio. Realidades frente a entelequias. Disgustos sobrevenidos. Desvelos en soledad. Desvelos en compañía. Defensa de argumentos contra aguijones malintencionados... Y ellos, sin desánimo o con él (que de todo hay, seguramente), han puesto casi más de lo que podían para salir adelante con este empeño.
Y yo, desde fuera, desde esa atalaya que me gusta construirme cuando me da más miedo que respeto meter los pies en el charco, les he admirado desde el primer momento. Yo, desde mi plácida posición de torero de salón, he querido sentir con ellos todo su esfuerzo aunque fuera en la comodidad de mi distancia. Yo, sin querer más implicación que la que me deja en situación de ventaja, me he alegrado con ellos y he querido sentir su pesar casi como ellos, aun sabiendo que sería imposible.
Estos últimos días, en los que aquellos a quienes quiero y admiro por su capacidad y esfuerzo, han dado todo lo que tenían por defender una causa, su causa, sé que muchas almas estuvieron en vilo aun sabiendo que el resultado no defraudaría. Porque el trabajo bien hecho siempre tiene la mejor de las recompensas.
Y ahora, cuando el carro de los vencedores ha comenzado a marchar entre la euforia de muchos, habrá quienes intentarán subirse a él, diciéndose parte del éxito y arrogándose méritos que jamás obtuvieron.
No es mi intención agarrarme siquiera al rabo de los bueyes, sino que desde mi distancia prudente, con la serenidad que me transmiten quienes han logrado su objetivo y con el ánimo ya calmado después de todo, solo quiero darles un abrazo agradecido, una felicitación sincera y mi admiración completa. Por intentarlo y lograrlo sin más escudo que sus propias personas. En equipo, ¡siempre en equipo!
Sé, porque el tiempo me lo ha confirmado, que son capaces de lograr metas que para mí, y seguro que para muchos otros, quedan poco más cerca que el propio horizonte: inalcanzables.
Sé que para lo que ahora son retos, llegará el momento en que sean nuevas realidades, indiscutibles y tangibles (por más que algunos las quisieran ya para sí).
Sé que al final, superados los altibajos del nuevo periodo, que los habrá, se sabrán satisfechos por lo hecho y tendrán nuestro reconocido agradecimiento de nuevo. Aunque nos cueste. Aunque me cueste... a veces.
¡Contáis con muchos!
¡Felicidades!
¡Os admiro!




jueves, 14 de abril de 2011

Pasear en clase

Desde el primer día, hace ya años, en que me ví al otro lado de la raya, haciendo lo que hasta entonces hacían otros, supe que la quietud no iba a servirme para mis propósitos.
Cuando comencé a ser docente, antes incluso de sentirme como tal, algo en mi interior me impulsaba a no quedarme quieto, a moverme adelante y atrás entre los bancos de los alumnos mientras impartía mis lecciones, al tiempo que el sudor, quisiera creer de de forma imperceptible, perlaba mi frente. Entonces, cuando la inexperiencia era un exudado mucho más perceptible que el producido por mi propia fisiología, estaba firmemente convencido de que ese vaivén era simplemente la manifestación externa e indomable de un estado nervioso típico de principiante.
Con el paso de los años, los nervios fueron aplacados y, a pesar de no desaparecer, controlados hasta hacerme creer que era yo quien los dominaba. Sin embargo, mis paseos por el aula seguían haciéndome sentir de una forma que no conseguía si permanecía estático sobre la tarima ni, por supuesto, escondido tras un ambón protector. Me veía más cerca de los alumnos y, seguro que simplemente como falsa impresión, llegaba a creer que lo que yo contaba calaba más profundamente en quienes ocupaban los pupitres. Esa sensación, agradable, de sentirme uno más, como ellos, frente a la tarima, aunque manteniendo mi parlamento, interrumpido únicamente por alguna que otra pregunta cruzada entre ellos y yo o entre yo y ellos, era algo que crecía día a día.
Ahora, cuando hay veces que incluso me preocupa el exceso de confianza en mí mismo; cuando la experiencia de años de docencia me ha permitido controlar no solo mis nervios sino también el sudor de mis axilas, sigo paseándome arriba y abajo mientras cuento mis clases. Sigo disfrutando de mis parlamentos mientras recorro el aula y lanzo, de cuando en vez, mis preguntas a uno cualquiera de mis alumnos. Sigo pateando los pasillos al tiempo que espero la interrupción, bendita interrupción, de uno cualquiera de mis estudiantes, para plantear una cuestión fundada que surja del matrimonio formado por la duda y la atención a lo que cuento, mientras el resto aprovecha para un corto relajo. Ahora, sé que me veo en mi particular perípatoi, con mi túnica cruzada cual Teofrasto, mientras intento e incluso, a veces, consigo, la atención de los que, sentados en las bancos, dejan de copiar sus apuntes para interesarse por mis palabras. Y me gusta porque me hace sentir cumplidor de mi misión.
Ahora, mientras camino por el aula, he olvidado mis nervios, mi frente está seca, los estudiantes atienden a mi discurso y me siento a gusto.
Soy un peripatético y me gusta.

martes, 12 de abril de 2011

Renovación

Como no soy capaz de atender como se merece este diario de cosas escasas, voy a ver si cambiándole la fachada se me despierta la cana y se lanza a seguir como debiera, engañándola como si de nuevos derroteros se tratase.
Para el cambio he rebuscado mi capirote en el baúl de las cosas queridas, ahora que estamos en épocas cuaresmales, con la semana de Pasión llamándonos insistentemente a la puerta. He revuelto todo y no he sido capaz de encontrarlo. Así que lo único que puedo hacer, ahora que las prisas me agobian con actos académicos y extraacadémicos, es darle fijador a esta cana cada día más desatendida y dejar que esa erección artificial sea acicate para que se afiance en el nuevo rumbo, que no es más que el de siempre.
Nueva cara para reflejar la misma alma de siempre. Nuevo espejo para que me devuelva la misma imagen ilusa.
Que airear los rincones siempre da sensación de estreno.

sábado, 5 de marzo de 2011

Carnaval

Disfrazar el cuerpo para desnudar el alma. A eso nos atrevemos cuando la cuaresma está llamando ya a nuestra puerta.
Cambiamos de sexo o de forma por unos momentos y disfrutamos puerilmente como si estuviésemos solos entre todos los demás. Porque cuando nos ponemos detrás de una máscara sacamos nuestro interior como si, cual avestruces, creyésemos que nadie nos ve, aunque estemos expuestos a la vista de todos. O, quizá precisamente, para exponernos sin pudor a quienes nos miren, exhibiéndonos orgullosos y sin recato. Y cantamos nuestras miserias y las que les suponemos a los otros, aliviando los pesares que nos atan durante el año.

Ahora, en Cádiz, en mi Cái, coros y cuartetos, comparsas y chirigotas, toman las calles al asalto para sacar lo más escondido de cada uno de ellos aunque para ello hayan tenido que trabajar durante todo el último año. Hacen chanza de lo que en otro momento haría que las lágrimas brotaran sin esfuerzo. Se ríen de nuestra miseria, de la suya propia, de la vida y de la muerte, ocultos tras una máscara que les hace invulnerables.

Ahora, mientras medio mundo se rebela contra sí mismo y el otro medio ve como se le vacían los bolsillos mientras se vuelve loco buscando el roto en el hondón, nosotros giramos la cara, nos sujetamos la barba postiza y nos atrevemos a pensar que nada de eso es real. Por eso le ponemos música y lo cantamos por cualquier rincón. Aventamos las miserias del mundo creyendo, quizá, que con ello serán menos reales, aunque mañana, o pasado, cuando la cuaresma nos haga regresar a nuestro día a día más secular, volvamos a ser conscientes de que la sangre de los inocentes es tan real como siempre, de que nuestras arcas siguen tan vacías como la semana anterior, si no más, y de que la vida se vuelve gris en el mismo momento en que limpiamos el maquillaje de nuestro rostro y nos quitamos el disfraz para arrinconarlo en cualquier lugar pues ya perdió su efímero sentido.

Ahora, cuando la alegría más mundana invade La Viña o la Plaza del Mercado, intento unirme a la fiesta y busco mi disfraz. Quisiera estar allí, aunque tenga que conformarme con la oficialidad de la televisión pública (¡Bendita globalización!). Me pego a la pantalla y me uno a todos y cada uno de ellos como si el patio de butacas del Falla estuviese en mi salón y el mando a distancia del televisor fuese el de los cortinones de su escenario. Y canto como si fuese uno de ellos mientras caigo en la cuenta de que solo he disfrazado mi alma, que no he sido capaz de entintar mi cana y que sigo dejándome ver por dentro y por fuera. Pero por un momento, sueño. Por un momento me tomo una cervecita con erizos en El Mentidero o me quedo quieto para ver pasar el cortejo por Puerta Tierra mientras me resuenan unas "alegrías" por dentro como si fuesen fuegos de artificio. Me escapo del sofá y me marcho con ellos a disfrutar de un anochecer entre churros y chocolate, junto a Carlos, el granaíno, para tararear por lo más bajo... "La Habana es Cádiz con más negritos. Cádiz, La Habana con más salero...".
Lástima que todo sea falso y mañana siga todo igual.

Lástima que solo sea carnaval.

sábado, 29 de enero de 2011

Pedazos de corazón

Quienes me conocen saben que aparte mi Pasión, la mayúscula, tengo otras pasiones más pequeñas pero que se encargan de completar ese no sé qué que me acompaña día a día. Los libros y las estilográficas son esas aficiones que guardo desde los años de infancia, cuando tenía que acudir cada dos por tres al garito de don Ángel y gastarme parte de mis ahorrillos en "otra" nueva Inoxcrom 77 pues ninguna de las que tuve por aquellos días llegaba a superar las duras pruebas de resistencia a las que eran sometidas entre mis pueriles manos. Y el parque de plumas estropeadas aumentaba y aumentaba al tiempo que yo pasaba los cursos. Y ese puede ser, quizá, el origen de esta pasión mía por estas herramientas de escritura. Cada una con un recuerdo; cada una con un sentido; cada una con un cariño.
Ayer, una nueva estilográfica se vino a sumar a las demás. Una preciosa pluma de refulgentes brillos en su negra resina se ha incorporado inesperadamente a la vitrina en la que reposan las otras, muchas ajadas y otras rotas, pero todas exponiéndose orgullosas de una vida plena. Un ejemplar de la Montblanc Anniversary edition ha llegado a mi alma, pues viene cargado de mucho más que lujo y diseño. Es una estilográfica que ha salido del cariño de quienes sabían que no era necesario, pues el cariño, aunque a veces nos cueste enseñarlo, nos lo sabemos a flor de alma y, aun en la fría distancia, es lazo invisible que nos mantiene unidos sin esfuerzo.
Ayer, he abierto ilusionado una caja en la que solo esperaba encontrar una nueva estilográfica y me he sorprendido al ver que, abrazándola, protegiéndola y añadiéndole un valor que jamás tendrá cualquier otra, venían cuatro pedazos de cuatro corazones para hacer de todos uno. Para unirse al mío, resquebrajado, y tapar sus grietas y ser uno para siempre. Sin fisuras. 
Ayer, he recibido lo que, por sabido, no necesitaba. Pues nada de lo hecho esperaba recompensa, aunque nos venga bien, de vez en cuando, sabernos y sentirnos queridos. Y, como siempre, cuando tiene que ser el corazón el que hable por nosotros para manifestar el agradecimiento sentido, aquél se oculta en lo más recóndito de sus lugares íntimos y se nos quedan frío el rostro y cortadas las palabras por mucho que luchemos para que esto no sea así. Pues ese agradecimiento que apenas se me vio en la expresión de mi cara, no sé bien por qué, quiero traerlo ahora y dejarlo aquí, a la vista de quienes quieran fijarse en él. Que se me vea el orgullo de contar con cuatro hermanos que me quieren y la ilusión de sentirme querido.
Ahora soy yo el que debe agradecer todo lo que, desde el silencio, habéis hecho. Con el alma, ¡gracias, hermanos!

jueves, 4 de noviembre de 2010

Mi Moleskine

Desde hace tanto tiempo que me veo incapaz de precisarlo, he sido un apasionado de los cuadernos y libretas. Pero no de cualquiera de ellos, sino de esos modelos, no sé si clásicos o antiguos, a los que me acostumbré en la infancia y a los que me quedé agarrado de por vida.
Son libretas de tamaños variables (cuartilla, octavilla,...), formas (vertical, apaisada) y colores diversos (rojo, negro, verde,...). No me importa el número de hojas aunque siempre las preferí "gorditas". Me da igual si son rayadas o en cuadrícula, pero siempre, siempre, de unas maravillosas tapas de hule que no dejo de tocar y que me subyugan desde cualquier escaparate o estantería en las que se encuentren expuestas, empujándome a adoptarlas como si de huérfanas se tratara.
Libretas de campo, de notas, de viajes, de dibujos, de... cualquier cosa, pero siempre de blando hule. 
Hace un tiempo, sólo unos meses, me atreví a ser infiel no sé si a mis libretas o a mí mismo y una de las famosas Moleskine pasó a engrosar la colección de cuadernos. Es una de pequeño tamaño, Ruled Notebook pocket la llaman, que he intentado llevar en uno de mis bolsillos como compañera de notas. ¡Una Moleskine en mi bolsillo! Pensé que, sabiendo de su historia, sería buena compañera aunque testigo permanente de mi infidelidad. Y de verdad que lo he intentado. Tanto, que de llevarla ha envejecido como si hubiera compartido pelusas en los bolsillos del mismísimo Hemingway mientras disfrutaba de sus admirados encierros sanfermineros. Tanto, que cuando anotaba algo en ella intentaba sentirme cual Chatwin viajero. Pero quia. Ese tacto duro de sus negras tapas me pone en guardia desde que desligo la goma que la abraza. Esa rigidez, seguro que buscada por aventureros y buscavidas, se me atraviesa y hace que apenas me salgan las letras a derechas. Una sensación que, a mi pesar, me hizo ir abandonandola para volver a lo que nunca debí dejar de lado. Para recuperar el dulcemente blando tacto de mis libretas de hule.
Ahora, cuando tenía perdida toda esperanza de poder aunar su tradición y la mía, acabo de descubrir una nueva libreta de hule. Tierno hule negro que en su trasera lleva grabado un nombre: "MOLESKINE".
Nueva Moleskine, Ruled Soft Notebook pocket la llaman, que permitirá conjugar mis deseos.
Estoy deseando romper el precinto y manosearla hasta gastar las yemas de mis dedos. Pero, como si no quisiera estropearla, me resisto a hacerlo mientras la miro y la remiro imaginando lo que llegará a contener cuando llegue a su final.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Uno menos... uno más

Un año menos para alcanzar las bodas de oro. Para pasar a ese "otro lado" en el que uno comienza a sentirse un poco más viejo o algo menos joven. Cuando, por más que se quiera, la botella se va viendo más medio-vacía que medio-llena.
Hoy, cuando voy viendo cerca lo que puede suponer medio siglo, he buscado alguna sensación en los adentros y lo único que he encontrado es lo que me dejé ayer olvidado. No hay nada nuevo. No me siento peor aunque esta maldita próstata lleve ya casi tres años insistiendo en que lo de la eterna juventud es, en lo físico, una falacia, aunque el espíritu no envejezca a la misma velocidad. Y mi cana se da cuenta de que, a pesar del paso de los años, aún permanece estoicamente solitaria, pues sólo se ha visto acompañada, de cuando en vez, por algún brote esporádico de compañeras que jamás llegaron a pájaros nuevos. Renovación para no dejarse invadir por melancólicas sensaciones producto de pasajeros contratiempos.
Me miro al espejo, a ese espejo del interior mucho más fiel que cualquier otro, y me veo como ayer. Esa verruguita que me viene acompañando fielmente en los últimos tiempos; ese nevus que es casi tan viejo como yo y esas ojeras que me dicen, todos los días, que debería dormir algo más aun a costa de dejar de hacer otras cosas. Me duelen los huesos y pierdo vista. Me canso subiendo y bajando. Se me pierden las cosas entre las arrugas de la mente y me veo incapaz de poner nombre a las caras o cara a los nombres. Recuerdo como si de ayer fuera lo que me viene de infancia y olvido lo que tengo que hacer mañana... ¡Coño! Me hago viejo aunque aún no haya alcanzado los cincuenta. Pero me siento como si jamás hubiese cumplido años. Asentado en una magnífica vida, cada día más plena y en la mejor de las compañías. Aún mantengo las ilusiones que pude tener a los dieciocho, o a los veintiocho, o a los treinta y ocho. Me veo como si estuviera empezando aunque sepa que ya lo dejé todo hecho.
Iré a ver a Martín, el santito negro, como todos los tres de noviembre.
Pierdo barriga y me siento bien.
¡Hoy cumplo años!

martes, 2 de noviembre de 2010

Relax en el alma

Ocho días. Ocho magníficos días en los que mar y monte han conseguido relajar mi alma y sacarla del anodino mes de octubre en el que todo y nada se juntaron para dejarlo en blanco.

He respirado aires venidos de allende la mar océana. Aires que han calado hasta imaginarios tuétanos mientras pateaba playas y rocas en busca de seres, de pequeños animales de formas sorprendentes, con los que formar a futuros científicos que ahora se abren con interés infantil a todo lo que se les ofrece. Sal marina que se diluye y deja un poso que permanecerá, ahora indisoluble, durante el resto de sus vidas. Días de convivencia que se recordarán con cariño y noches de camaradería que tatuarán el alma. Lo sé por propia experiencia.


Casi sin solución de continuidad, he mojado cuerpo y alma con lluvias eternas entre bosques de indescriptibles colores.

Sorprendentes hoces horadadas en roca por la persistencia de ríos surcándolas desde antes de que nadie pudiese tener conciencia de ello. Montes en cuya cima hemos llegado a tocar las nubes, que es como palpar el cielo. Cuevas en las que su propia inmensidad, forjada gota a gota, nos empequeñecía para dejarnos caer en la cuenta de lo poco que somos aunque nos creamos supremos. Ríos de aguas desbordantes mostrándonos, otra vez, la imparable fuerza de la naturaleza. Agua, siempre agua, acompañándonos y empapándonos mientras nos sorprendíamos a cada paso dado.

Ocho días de disfrute inmenso, de recuperación de lo que quizá nunca perdí. Una semana alejado de mesas de despacho y taburetes de laboratorio para hacer de la propia vida el mejor lugar para completar el experimento que nos diseñaron. Sabiendo, como siempre, que los santos y difuntos nos acompañan aunque nosotros hayamos cambiado el momento de íntima soledad junto a la losa en la que sólo un nombre nos recuerda que están allí, por la amplia serenidad de costas y montes. Que hemos cambiado flores de un día por alumnos y amigos. Pero acá o allá, solo o en multitud, no olvido que es día de recuerdo, de cariñoso recuerdo, y vuelvo a la realidad. Hoy, día de difuntos, regreso solo a la rutina diaria pero me siento acompañado. Siempre acompañando.

jueves, 7 de octubre de 2010

Rosario...

Ahora recuerdo aquellas tardes de viernes de mi niñez con una nitidez que posiblemente sea síntoma de que mis neuronas se endurecen y sólo dejan espacio para conservar aquello que, por lejano, cada día se nos hace más presente.
Se me viene a la memoria, como si de hoy mismo se tratase, la imagen de sor Carmen, recia cordobesa, hija de la caridad de las de San Vicente de Paul, a la que quiso el destino poner en mis primeros pasos escolares para que forjase en gran medida, moldeando mi ternura infantil, mucho de lo que ahora soy. Y veo a sor Carmen, "chasca" en mano, guiando en el rezo vespertino del Rosario a una recua de chiquillos sentados calladamente en sus pupitres; y nosotros, chavales revestidos de azul babero y cuello duro con la pubertad todavía muy lejana, pues aún no habíamos alcanzado la decena, recitábamos la sarta de avemarías y letanías temerosos en su presencia. Rezábamos sin saber aún bien ningún por qué, pero dejábamos que fuese quedando un pequeño poso que, al menos a mí, serviría como "velo" de futuros caldos en la todavía recién construida barrica de la vida. Y para nosotros, al menos para mí, era todo un orgullo, un privilegio, ser seleccionado para salir a la tarima y oficiar de director, moviendo las gastadas cuentas de madera de ese rosario que siempre quedaba guardado en el cajón de su mesa, de la mesa de sor Carmen, mientras meditaba por qué aquello de los "misterios", recitando sin pensar padrenuestros y avemarías.
Nunca sospeché por entonces que aquello marcaría de alguna manera mi vida. No imaginaba que ese iba a ser el primer peldaño que haría del Rosario una constante recurrente en mi vida.
Será mucho más tarde cuando mi conciencia caiga en la cuenta de mi afinidad, de mi relación vital con ello. Porque, también de forma inconsciente, el paso del tiempo fue haciendo crecer en mis adentros una pasión por ese sur que me embarga cada día con más firmeza, del que no puedo pasar alejado sino esas temporadas que mis otros quehaceres me imponen en esta meseta salmantina. Y, ¡oh coincidencia!, es Nuestra Señora del Rosario la patrona que guía esa ciudad de estrechas callejas y olor decadentemente colonial. Es la Virgen del Rosario la patrona de ese "Cái" que me enamoró desde el primer momento. De nuevo el rosario marca mi cana con ese no sé qué. ¡Feliz coincidencia!
Pero hoy, día marcado para conmemorar su festividad, el día de Nuestra Señora del Rosario, olvido todo lo anterior y mi alma se embarga sólo con ella. Porque, ¿será coincidencia?, es una Rosario la mujer a la que se me unió la vida casi desde el momento en que la pobre sor Carmen me aliviase de pañales infantiles. Es ella la que aceptó estar junto a ese mozo, aún imberbe, recién llegado a su charro futuro. Es ella la mujer con la que he compartido y comparto todo lo que tengo y todo lo que soy desde hace tanto tiempo. La esposa que ha visto cómo he madurado, si alguna vez lo hice, y cómo me crecía esta cana en el alma. Es María del Rosario, ¡feliz coincidencia!, ese eslabón imprescindible en la cadena de mi vida. Cálida primavera en cualquier época. Asiento de la impaciencia en el que me dejo reposar cuando la batalla me vence. Empresa común para el proyecto más importante de una vida.
Hace tiempo que no rezo el rosario, al menos completo, y hace tiempo, menos, bien es cierto, que no piso la gaditana piedra ostionera, pero me doy por satisfecho, más que satisfecho, sabiendo que mis días están permanente llenos del mejor de mis rosarios. ¡Feliz coincidencia! ¡Feliz día! ¡Felicidades, Rosario!