¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


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martes, 4 de diciembre de 2012

El Papa en Twitter

Quiero agarrar el rábano por las hojas, tal como muchos andan haciendo por ahí en estos días en tertulias y prensas virtuales.

Me atrevo a comentar, desde la ignorancia, algo que no debiera pasar de ser más que anécdota.

Me subo al carro de la actualidad y comento lo que parece importante, que la subida del número de parados es algo menor a lo que ya nos hicimos poco a poco y que lo de Díaz Ferrán no pasa de grano en un granero de negro trigo.

Benedicto XVI ha decidido, imagino que voluntariamente, escribir titulares de noticias día sí y día también. Y como lo mejor es hacerlo en directo, se sube al carro de las nuevas tecnologías y, como uno más de nosotros, se crea un avatar para mandarnos sus "tuits" sin necesidad de intermediarios. Pontifex es el nombre elegido. A mí me suena a bayeta, aunque imagino que es casi imposible elegir un nombre que suene correcto en los mil y un idiomas en los que será consultado.

Pues bien, a partir de ahora, será @Pontifex directamente quien nos mantenga al día sobre la salud de buey y jumento en los portales navideños. Y eso porque nadie le ha dicho, imagino, que también podía haber justificado documentalmente la ausencia (puestos a quitar) de un pastor que, a calzón bajado, relajaba el vientre junto al pesebre (¿que digo yo si no habría lugar más discreto?). Ese caganer catalán que, desde su exilio, dejó la mejor de sus firmas para recuerdo de siglos.

¿Será @Pontifex quien nos muestre vía tuit los documentos de ciudadanía de los tres Reyes andaluces? Que no bastaba con uno para joder al proletario pueblo de Blas Infante, que ahora les ponen ¡tres! Tres monarcas que se fueron desde Sevilla hasta el culo del mundo para adorar al Mesías... ¡¡Andaluces por el Mundo!!

¿Se atreverá @Pontifex a seguir su exhaustivo estudio de la Historia Sagrada para cambiarnos la Semana Santa? ¿Será capaz?

No sé si es intencionado, pero el ataque a la religiosidad popular, a la manera que hemos tenido de ver los acontecimientos cristianos durante siglos, es patente. Se oficializa lo que muchos hombres de Iglesia han defendido más o menos ardientemente durante tantísimo tiempo. Se propone una forma de ver el Credo más fiel y correcta aunque mucho más árida. Se cargan de un plumazo el romántico encanto de lo popular, que también tiene su importancia.

No obstante, ya estamos advertidos, podemos seguir alentando al recién nacido de nuestros portales con burras y bueyes, que no atenta contra nada. Podemos seguir poniendo camellos como vehículo real aunque en Sevilla lo más parecido sean los coches de caballos. Y, sobre todo, podemos seguir poniendo al cagón catalán junto al pesebre, que eso seguro que es historia, pues quien más quien menos lo ha hecho en el campo alguna vez en su vida.

sábado, 5 de marzo de 2011

Carnaval

Disfrazar el cuerpo para desnudar el alma. A eso nos atrevemos cuando la cuaresma está llamando ya a nuestra puerta.
Cambiamos de sexo o de forma por unos momentos y disfrutamos puerilmente como si estuviésemos solos entre todos los demás. Porque cuando nos ponemos detrás de una máscara sacamos nuestro interior como si, cual avestruces, creyésemos que nadie nos ve, aunque estemos expuestos a la vista de todos. O, quizá precisamente, para exponernos sin pudor a quienes nos miren, exhibiéndonos orgullosos y sin recato. Y cantamos nuestras miserias y las que les suponemos a los otros, aliviando los pesares que nos atan durante el año.

Ahora, en Cádiz, en mi Cái, coros y cuartetos, comparsas y chirigotas, toman las calles al asalto para sacar lo más escondido de cada uno de ellos aunque para ello hayan tenido que trabajar durante todo el último año. Hacen chanza de lo que en otro momento haría que las lágrimas brotaran sin esfuerzo. Se ríen de nuestra miseria, de la suya propia, de la vida y de la muerte, ocultos tras una máscara que les hace invulnerables.

Ahora, mientras medio mundo se rebela contra sí mismo y el otro medio ve como se le vacían los bolsillos mientras se vuelve loco buscando el roto en el hondón, nosotros giramos la cara, nos sujetamos la barba postiza y nos atrevemos a pensar que nada de eso es real. Por eso le ponemos música y lo cantamos por cualquier rincón. Aventamos las miserias del mundo creyendo, quizá, que con ello serán menos reales, aunque mañana, o pasado, cuando la cuaresma nos haga regresar a nuestro día a día más secular, volvamos a ser conscientes de que la sangre de los inocentes es tan real como siempre, de que nuestras arcas siguen tan vacías como la semana anterior, si no más, y de que la vida se vuelve gris en el mismo momento en que limpiamos el maquillaje de nuestro rostro y nos quitamos el disfraz para arrinconarlo en cualquier lugar pues ya perdió su efímero sentido.

Ahora, cuando la alegría más mundana invade La Viña o la Plaza del Mercado, intento unirme a la fiesta y busco mi disfraz. Quisiera estar allí, aunque tenga que conformarme con la oficialidad de la televisión pública (¡Bendita globalización!). Me pego a la pantalla y me uno a todos y cada uno de ellos como si el patio de butacas del Falla estuviese en mi salón y el mando a distancia del televisor fuese el de los cortinones de su escenario. Y canto como si fuese uno de ellos mientras caigo en la cuenta de que solo he disfrazado mi alma, que no he sido capaz de entintar mi cana y que sigo dejándome ver por dentro y por fuera. Pero por un momento, sueño. Por un momento me tomo una cervecita con erizos en El Mentidero o me quedo quieto para ver pasar el cortejo por Puerta Tierra mientras me resuenan unas "alegrías" por dentro como si fuesen fuegos de artificio. Me escapo del sofá y me marcho con ellos a disfrutar de un anochecer entre churros y chocolate, junto a Carlos, el granaíno, para tararear por lo más bajo... "La Habana es Cádiz con más negritos. Cádiz, La Habana con más salero...".
Lástima que todo sea falso y mañana siga todo igual.

Lástima que solo sea carnaval.

domingo, 8 de agosto de 2010

La Cana al Sur: Una tarde en las carreras

En vacaciones siempre amanece tarde. No importa lo que haya ocurrido el día anterior para que las sábanas se peguen al cuerpo, con la humedad salada propia del ambiente, impidiendo que nos separemos de ellas antes de que el sol haya conquistado el día y la mañana esté luminosamente avanzada. Seguro por eso, agradezco que las actividades de todo tipo sean vespertinas y dejen que me despeje durante la ya corta mañana sin más actividad que perder el rumbo por calles y callejas.

Y paseando, cargando con el sudor que ni el aire es capaz de arrebatarme, miro, escucho y huelo. Sí, huelo. Porque las calles de Sanlúcar huelen con identidad propia. Pero no esas calles del centro, plagadas de bares y terrazas en las que el ambiente está cargado permanentemente de aromas a fritura y lociones aftersun de paseantes. No. Son aquellas otras en las que rara vez me he cruzado con una cámara ni con cualquiera capaz de portarla. Son calles de bajas casas blancas, luminosas y limpias, en las que huele a ropas recién tendidas, a lejías sanadoras de cualquier mal de suciedad, a gitanillas recién regadas y a puchero. Sanlúcar, sobre todo, huele a puchero. Mezcolanza de aromas a garbanzo con rabo, alubias con oreja o berzas para compañía de cualquier otra cosa. Sorprende cómo en este lugar de costa, estoy seguro, los únicos que nos metemos cazones, acedías, chocos y frituras varias para pasar el día somos los que vemos esto como natural, con los ojos de quien sólo pasará unos días. Pero los sanluqueños, hartos ya de tanto tapeo, prefieren sentarse alrededor de la mesa y, tras una refrescante ensalada, meterse entre pecho y espalda la contundencia de una buena olla con las mejores excelencias de la tierra y de más allá.

Y así, oliendo los laureles y refritos que se prenden a las rejas de cada una de las ventanas por las que paso, se me van estas mañanas que para otros son de arena y playa.

Las tardes, tras obligada lectura que sana mente y recupera alma, más paseo, pero éste ya sólo dentro de lo acotado para habitantes de hoteles y apartamentos, mezcla de gustos y acentos en pieles enrojecidas por los soles de la mañana. Cada día igual en su diferencia. Cada tarde por las mismas calles y con las mismas gentes.
  
Pero hoy, sábado esperado, las cosas cambian. Llegan las famosas carreras de caballos de Sanlúcar. Ciento sesenta y cinco años haciendo correr a los purasangres por las compactadas arenas de una playa en bajamar. Y nosotros, como uno más, hemos querido participar del espectáculo y las hemos disfrutado desde su inicio hasta el final. Hoy, la siesta se ha acortado en favor de algo completamente nuevo para nosotros.

Ya en la playa, público expectante y niños, muchos niños, activos participantes de la fiesta. Porque los niños sanluqueños son parte activa del espectáculo, con su casetitas de apuestas repartidas por toda la playa para que otros niños jueguen a sentirse adultos, inviertan sus céntimos y observen el paso de los caballos con la atención que les requiere la posibilidad de multiplicar su capital.

        

-Cinco céntimos al tres- dice una pequeña de no más de seis años asomándose a la ventanilla de una caja de cartón reconvertida primorosamente en oficina de apuestas. Y del otro lado, otro chaval de casi su misma edad, rellena un boleto con los rasgos temblorosos de las primeras letras, como compromiso de pago en caso de acierto. Y los mayores miramos curiosos la actividad infantil.


Las arenas, como en sábado que es, están repletas de sombrillas, mesas y butacas. Familias enteras que se asomarán a la carrera como disculpa para disfrutar de una merienda digna de reyes. Olores a ajo de empanados y cebollas de tortillas. Nosotros, entre ellos, sin butaca ni tortilla, recorremos la playa en busca de la mejor ubicación. Nadie protesta. Nadie reclama la posesión de un lugar reservado con los vapores de una siesta de rechisol. Ellos saben que esto es lo que hemos venido a buscar y nos dejan. Y nosotros, habitantes de hotel y apartamento, nos mezclamos entre ellos como una parte más del decorado playero.

¡Atentos! ¡Que vienen! ¡Que vienen! ¡¡¡¡Ya están aquí!!!!....  ¡Se acabó!



Los briosos corceles pasan como una exhalación por delante de nuestras narices y, sin apenas tiempo de inmortalizarlos con la cámara, en menos tiempo de lo que se dice un ¡ay!, sólo somos capaces de ver cómo unas ancas poderosas se alejan en lontananza. ¡Se acabó la primera carrera!

Y así las demás. Pero queda el regusto de haber pasado la tarde entre los que se sienten como tú. De haber participado como elemento espectador. De poder decir yo estuve en las carreras de Sanlúcar.
Ya no huele a tortilla. Ahora todos nos recogemos y buscamos otros lugares con otros olores. Volvemos al carril del turista, al reconocible olor de frituras y otros cocimientos.

domingo, 16 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (7)

DÍA 7: CARIDAD
Hoy es, posiblemente, el primer día en que altero mi rutina.

Cuando San Roque está ya expectante por salir a la palestra festiva en muchos de los pueblos que rellenan la provincia de Salamanca, el resto, la inmensa mayoría de localidades españolas, anticipa fiestas mayores al celebrar la subida al los cielos de Nuestra Señora. No creo que haya ciudad, pueblo o aldea que no celebre en este medio del mes a la Virgen de Agosto, mostrando el inconsciente rechazo popular a esa aconfesionalidad militante de la que no sólo presumen quienes nos mal gobiernan, sino que intentan imponer por decreto, real o imaginado, a quienes somos mayoría silenciosa y no estamos de acuerdo con sus postulados.

Hoy, en la más o menos cercana localidad de Sanlúcar de Barrameda, el pueblo y todos los que nos quisimos acercar, celebramos en comunión esta festividad. De la Virgen de la Caridad, la llaman, nombre que particulariza la generalidad de ese otro de Agosto en el que se asocian todas las advocaciones del día.

Las gentes nos agolpábamos en sus calles aguantando un calor como hacía tiempo nadie recordaba por los entornos. Todos admirábamos, sorprendidos los que lo hacían por primera vez y orgulloso el resto, esos tapices coloreados que cubren la calle principal. Unos coloridos cuadros que ya el día anterior crearon las manos de los más pequeños con sal coloreada. Sal teñida para formar una alfombra diseñada con cariño y confeccionada con esmero. Sal de la tierra para rendir el más sentido de los homenajes de los sanluqueños a su virgen, a su patrona.

Todos esperábamos el paso de la imagen mientras contemplábamos el colorido suelo...


...y los altares. Altares callejeros dispuestos con esmero cofrade para recibir a su paso a la Reina de los Cielos. Altares de gloria desde las hermandades de pasión.

Caída la tarde, cuando el sol intentaba retirarse para refrescar un poco el ambiente sin lograrlo, se escuchan las primeras notas musicales entreverándose con el tañer de las campanas. ¡La Virgen está saliendo para recorrer las calles!

Todos esperamos para verla sobre sus costaleros rachear esa sal ordenada primorosamente. Todos aguantamos ese calor que sale del suelo y que penetra por nuestros pies para alcanzar hasta el último de nuestros pelos.

Comienza a verse el cortejo.

Representaciones de todas las hermandades locales empiezan a pasar ante nuestros ojos. Banderas y más banderas, acompañadas por todas y cada una de las juntas de gobierno. Varas plateadas, doradas y de madera. Trajes clásicos para soportar un día de verano. Mantillas para acompañar a la Señora. Hasta cuarenta cofradías, penitenciales y de gloria, se disponen en ordenada fila.
Tras ellas, elegantemente ataviados con chaqué y mantilla, el cortejo municipal, escoltado por maceros, y la junta de gobierno de la cofradía titular. Finalmente, la Virgen de la Caridad en su paso de plata, pequeño pero bello, soportada por sus costaleros y acompañada por cantidad de damas cofrades.

Las zapatillas costaleras rachean sobre la salada alfombra, pero los dibujos no se deshacen y continúan casi perfectos tras el paso de la Señora. Delicadeza al caminar para no romper los deseos de todos los sanluqueños manifestados en esa alfombra que hilaron los más pequeños.

Termina la procesión y como impulsados por un resorte de fe o tradición, que aquí se aúnan, los niños se abalanzan al suelo para recoger esa sal que ha sido pisada por la Virgen. Puñados de sal de colores depositados en los recipientes más inverosímiles.

Todos quieren guardar un pedazo de procesión, al menos hasta el año próximo en el que se recomenzará el ciclo. Seguro que más de uno acumula, como preciado tesoro, sus botellitas repletas de salado recuerdo, de todos los años en los que participó en esta fiesta infantil. Preciosa forma de mantener un fe basada en lo simple pero que arraigará con fuerza para mantenerse durante toda la vida. Por mucho que otros quieran imponer sus no creencias.

Noche cerrada en Sanlúcar. La Virgen se recoge mientras nosotros emprendemos el camino de regreso. Otros inician su particular "procesión". El calor aún impregna todo nuestro cuerpo, pero volvemos alegres. Hemos participado en una manifestación de fe. Hemos asistido a la procesión de Nuestra Señora de la Caridad y hemos disfrutado. En todos los sentidos.

lunes, 22 de junio de 2009

Duelos y Quebrantos


Tenía que haber sido ya, pero, entre un estate quieto y un que no te muevas, todavía está pendiente una jornada (no doy más de mí como para hacerla en plural) de gastronomía popular a la que me comprometí hace tiempo.
Ahora sí que la inmediatez hace que ya ande dándole vueltas a la organización del evento para conseguir que sea no sólo atractivo, pues para eso estarán los baños posteriores si es que alguno logra realizar una adecuada digestión, sino algo temático con lo que enmascarar mis deficiencias culinarias. Y qué mejor que eso; algo popular con lo que cada errata de cocinero pueda ser vendida como una tradición antañona, ¿no?
Pues bien, la temática a la que me ceñiré rondará la gastronomía manchega, con una especial dedicatoria a su mejor representante, de la Mancha digo, desde el siglo diecisiete, que no es otro que el afamado hidalgo cervantino don Quijote. Hombre ficticio (no descubro nada desconocido), que en aquellas tierras es reverenciado de forma tal que ya quisieran muchos personajes de carne y hueso semejante consideración para sí.
La verdad es que intentar resumir en una sola jornada todo aquello que se consumía en casa de don Alonso durante la semana, sería no sólo pesado en cuanto a contenidos calóricos, sino imposible de ser por repetido en el uso de sobras y remiendos. Así, abusaré de la dedicatoria a tan insigne manchego, pero centraré la jornada  sólo  en algunos de los platos más conocidos de la gastronomía manchega, pobre por definición y pastoril o labriega por tradición. Son, por tanto, recetas sencillas que hasta un patán entre fogones como yo será capaz de sacar adelante sin necesidad de disimular errores. O eso creo...
Gachas de almorta y asadillo como entrantes, acompañados de sus correspondientes tropezones de entreverado tocino y costrones de aposentado pan, frito en el mejor de los aceites. Duelos y quebrantos en su versión más urbana o light, pues el uso de la tradicional casquería no sé si heriría estómagos pero seguro que sí alguna sensibilidad. Y es que ya no estamos acostumbrados a todo aquello que en tiempos fue manjar. ¡Lástima! Duelos y quebrantos, digo, con sus partes definidas, aunque nunca supe si el huevo era el duelo o si la chicha el quebranto. Posiblemente, para acompañar, un pisto de esos que, por sí solos, valen para no comer nada más. Plato único, decían en mi tierra, de los de cucharada y paso atrás. También esto se pierde y, por consideración a mis comensales, utilizaré vajilla; rústica, pero vajilla al fin y al cabo. De todas formas, ¿qué esencia quiero mantener si voy a poner la cazuela de barro sobre el calor de un elemento vitrocerámico? ¿Será esto lo que algunos denominan cocina fusión?
Por si acaso, tendré preparado un salmorejo, con su jamoncito y su huevo duro, que sé que será apreciado con seguridad por los comensales, y un poquito de queso que será manjar para otros.

sábado, 8 de noviembre de 2008

De la A a la Z


Seguro que quien haya nacido o vivido en Salamanca las conoce, las emplea o alguna vez las oyó. Yo, salmantino adoptivo, las escucho, las uso siempre que puedo y las disfruto. Palabras propias de esta tierra adusta y fronteriza. Palabras que expresan con contundencia todo lo que llevan detrás. Y, sin embargo, casi todas carecen de la legalidad que otorga el estar incluidas en diccionarios oficiales. Sea este mi homenaje a esta tierra en la que, por pacido, me siento como propio.

Aciburrio. Achiperre. Ansión. Apeguñar. Arapil.

Berraquina. Berrón.

Cascarria. Ciscar. Codal. Cogüelmo. Comique. Chaperón. Chicorzo.

Empapuzar. Empochar. Enchaguazar. Engarañado. Engarrio. Entoñar. Entremozo. Entrizar. Esbarrancar. Esguadramillar. Espelde. Estaribel. Estojar. Estrumpir.

Faldumento. Fato.

Garrapo. Guareña. Gurriato. Gurrumino.

Javetazo. Jera. Jimplar.

Lígrimo.

Mezucón.

Paleo. Pigorro. Pineta. Pintinear. Probadura.

Rachisol (Rechisol). Rescaño. Revenido. Rilarse. Rorro.

Sarda. Sentajo.

Tanguear.

Ventioseno. Verrón.

Yeldo.

Zacho. Zocaño.


¡A cual más bonita!

jueves, 25 de septiembre de 2008

Una fábula

Están entre nosotros, -y seguirán mientras haya quien les dé pábulo-, esos que van presumiendo de honestidad sin el menor recato pero que, al menor descuido, se dejan ver el trasero, descubriéndonos sus miserias y sus soledades, enseñándonos la crudeza de su auténtica realidad.

...
...




... Lo siento, pero no puedo. No consigo contenerme pues me falta flema. Y, para no errar, lo mejor es retirarse.

Son muchas las cosas que hubiera escrito. Son tantos los calificativos que se agolpan en mi consciencia luchando por convertirse en palabras, que podrían llegar a hacer que dolieran los ojos de quienes esto leyeren. Por eso, voy a intentar hacer reflexión serena en intimidad, procurando mantener alejadas todas aquellas tentaciones que seguro llegarían a superarme y, relajando la vesícula para evitar malas secreciones, hacer lo posible por tranquilizarme. Eso sí, mientras intento contener hieles, se me viene a la cabeza una fábula. Sólo eso. Fábula de Samaniego que aprendí cuando niño y que permanecía a la espera de ser recordada. Nada más. Esto será lo que me libere.




LA ALFORJA (Félix Mª de Samaniego. Libro quinto, fábula XX)


En una alforja al hombro
llevo los vicios,
los ajenos delante,
detrás los míos.

Esto hacen todos;
así ven los ajenos,
mas no los propios.

martes, 10 de junio de 2008

La Pedrada

Termino de leer el trabajo, arduo e interesante, de Francisco Morales sobre la Ermita de la Cruz.

Magnífica búsqueda de datos y notas. Excelente exposición centrada en el ingente patrimonio de la Cofradía titular. Un recorrido por muros y nichos que, incluso sin tenerlos presentes, me ha permitido admirar lo conocido y lo desconocido. Porque aún es mucho lo que desconozco. Porque aún es mucho lo que tengo que aprender.

Cifras y letras, maravedíses y ducados, escudos y reales, piedras y madera, y, sobre todo, nombres rescatados de un polvoriento olvido. Nombres de hombres que a través de los siglos hicieron grande lo que ahora es de todos. Porque nadie debe renunciar a tomar como suya la historia de esta Cofradía, de la Semana Santa, de Salamanca.

He visto el Humilladero cubierto y descubierto. He imaginado la capilla de la Dolorosa en sus distintos momentos. He recorrido el empedrado de las calles de mi ciudad junto a imágenes que sólo quedan en los archivos, que ya ni en el recuerdo. He construido y reconstruido hospital, casas y capilla. He acompañado a arquitectos, artesanos, imagineros, canteros, cerrajeros y albañiles en sus trabajos. He vivido cinco siglos de historia junto a nazarenos y disciplinantes. Luz y sangre.

Pero, de todo ello, simple de mí, me quedo con una anécdota. Párrafo de las últimas páginas del extenso texto, analizando el Descendimiento, que recoge la andanza de un chaval. Una travesura.

Dice éste:
Como secuela de la piedad popular, un hecho curioso tuvo lugar en 1754, cuando se hizo frente al pago de 28 reales al cirujano Pedro Mendoza por atender las heridas ocasionadas a un muchacho por el muñidor de la Cofradía, Félix de Olivera, al sorprenderle tirando piedras insistentemente al Mal Ladrón, antes y después de que le quitaran de la Cruz, teniendo que pagar también al amo de la casa en la que el herido estaba de posada, por "el alimento de tres días que parece estuvo en cama", a todo lo cual consintió la Cofradía "mediante las causas justas que exponía y ser para que en lo sucesivo serviese de exemplar a otros y ver si con ello se contenían de cometer semejantes excesos".

Y, así, sin querer, se me ha venido a la cabeza "la pedrada" de don José María, que desde que se la escuché en homilía festiva al padre Maíllo, quedó guardada en la intimidad de mi pequeña semana santa.




La Pedrada
José María Gabriel y Galán

I

Cuando pasa el Nazareno
de la túnica morada,
con la frente ensangrentada,
la mirada del Dios bueno
y la soga al cuello echada,

el pecado me tortura,
las entrañas se me anegan
en torrentes de amargura,
y las lágrimas me ciegan,
y me hiere la ternura…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo he nacido en esos llanos
de la estepa castellana,
donde había unos cristianos
que vivían como hermanos
en república cristiana.

Me enseñaron a rezar,
enseñáronme a sentir
y me enseñaron a amar;
y como amar es sufrir,
también aprendí a llorar.

Cuando esta fecha caía
sobre los pobres lugares,
la vida se entristecía,
cerrábanse los hogares
y el pobre templo se abría.

Y detrás del Nazareno
de la frente coronada,
por aquel de espigas lleno
campo dulce, campo ameno
de la aldea sosegada,

los clamores escuchando
de dolientes Misereres,
iban los hombres rezando,
sollozando las mujeres
y los niños observando…

¡Oh, qué dulce, qué sereno
caminaba el Nazareno
por el campo solitario,
de verdura menos lleno
que de abrojos el Calvario!

¡Cuán süave, cuán paciente
caminaba y cuán doliente
con la cruz al hombro echada,
el dolor sobre la frente
y el amor en la mirada!

Y los hombres, abstraídos,
en hileras extendidos,
iban todos encapados,
con hachones encendidos
y semblantes apagados.

Y enlutadas, apiñadas,
doloridas, angustiadas,
enjugando en las mantillas
las pupilas empañadas
y las húmedas mejillas,

viejecitas y doncellas,
de la imagen por las huellas
santo llanto iban vertiendo…
¡Como aquellas, como aquellas
que a Jesús iban siguiendo!

Y los niños, admirados,
silenciosos, apenados,
presintiendo vagamente
dramas hondos no alcanzados
por el vuelo de la mente,

caminábamos sombríos
junto al dulce Nazareno,
maldiciendo a los Judíos,
«que eran Judas y unos tíos
que mataron al Dios bueno».

II

¡Cuántas veces he llorado
recordando la grandeza
de aquel hecho inusitado
que una sublime nobleza
inspiróle a un pecho honrado!

La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía…!

¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban!
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras las verdes vidrïeras
de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero…

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón la frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?…

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin haber ningún motivo!»

III

Hoy, que con los hombres voy,
viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?

Ciclos que se enredan en mi cana para llevarme al mismo destino. Casualidades. Deliciosas palabras que quedan para siempre.

¿No es una preciosa coincidencia?