¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


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domingo, 25 de septiembre de 2011

Recuerdos de un verano: La Cana en la playa (y II)

08-08-2011

Gordos.
En mis observaciones playeras, investigación con la vista sin moverme de la butaca, sigo atento a pechos y posaderas para ratificarme en mis conclusiones: escasez de lo uno y diversidad de lo otro. Voluminosa diversidad en los más de los casos. Y, como resultado de datos adyacentes, me fijo en unos y otros, en unas y otras, dándome cuenta de las orondeces que se me pasan por el lado. Cuerpos inmensos que se exhiben por entre las arenas y aguas. Desbordadas panzas que acaparan rayos solares mientras hacen sombra a cuanto se asienta por sus bajos. Redondeces sin lenguaje, o quizá mejor dicho sin acento, pues casi todas se expresan igual, tanto da que vengan del norte o del sur, de levante o de poniente.
Blancos, sonrosados o curtidos por días de exposición, la playa de Chipiona (y, por lo que recuerdo, las otras conocidas) está plagada de gordos. Y no digo pronunciadas barriguitas femeninas resultado del descuido dietético, ni prominentes estómagos cerveceros propios de machos de cuidada bebida. No. Lo que veo son estadísticas, cifras que me hablan de la elevación en la tasa de obesidad. Porque los que pasan a mi lado, son orgullosos cuerpos casi deformes, de muslos tan amplios que deben coordinarse para no entrechocar en sus movimientos, de pechos cuyo volumen se rebosa por las espaldas, de lomos que desbordan la cinturilla del bañador asemejándose más a glúteos superiores, de posaderas que alcanzarían las corvas si no les hicieran tope los desbordados muslos y de papadas colgantes que se rodean por todo lo que en su día debió ser cuello.

Gordos solitarios, gordos en pareja (pareja de gordos) y, lo que más llama mi atención, parejas mixtas en las que solo uno de ellos adolece tal condición (cosa no extraña) mientras el otro, el o ella, luce escultural figura de proporciones casi griegas por lo ajustadas (y esto sí que es chocante).

Pero, en cualquier caso, y como conclusión corolaria al experimento visual, hay un rasgo común a todos ellos que resultaría altamente significativo tras la aplicación del índice adecuado: La sonrisa. Todos ellos pasan por mi lado felizmente despreocupados, luciéndose en la pasarela de arena con caras sonrientes y, seguro, confiadamente ajenos a sentirse observados. Se les nota satisfechos con ellos mismos y carentes de interés por cualquier otra circunstancia. Se muestran en biquini o bañador conscientes, dichosamente conscientes (al menos así lo parece), de sus redondeces.
La playa está llena de gordos felices.

Los pocos ratos que, este año, no he disfrutado del contacto con las arenas, los he pasado torturándome y torturando a mi automóvil en ardua búsqueda de un lugar en el que dejarlo reposar.
Chipiona es un pueblo invadido por utilitarios y, para contrarrestar esta ocupación foránea de quienes venimos allende la Frontera (la de Jerez, se entiende), han "inventado" las puertas de cochera. Cientos de vados invaden las aceras del pueblo. Cientos de rebajes en estas que, con su llamativo color amarillo, advierten al turista de que son huecos impenetrables para él, aunque uno quisiera sentirse ya, en esos momentos, como hijo del pueblo. Cientos de vehículos recorriendo lentamente todas y cada una de las calles de Chipiona, una y otra vez, en busca del espacio suficiente para poder ser ocupado. Pero todos ellos muestran el distintivo local: ¡La banda amarilla! Y los pocos lugares de libre acceso permanecen indefectiblemente rellenos por quienes, les atribuyo, tuvieron algo más de suerte que yo. Pero no les envidio, porque son coches fantasmagóricos, con aspecto de abandono secular, que seguro un día alcanzaron el privilegio de poder estacionar y, desde entonces, permanecen ahí, inmóviles, a pesar de los deseos de abandonar el pueblo que de vez en cuando manifiestan sus propietarios-conductores, muchos de los cuales, estoy seguro, habrán fallecido dejando el coche a su propio albur). Espero que, tras haber alcanzado el privilegio de aparcar en una calle de Chipiona, cuando vuelva a subirme a él para nuestro regreso, éste no se rebele y se niegue a abandonar la plaza conquistada tras tan arduo asedio.
¡Qué difícil es aparcar en Chipiona!


09-08-2011

Esto se acaba. Porque todo pastel tiene su último bocado. Así, habrá que esperar hasta la próxima celebración en la que habrá un nuevo pastel que devorar.
Se acaba y, no sé si por ello, los vientos han cambiado. Del fresco Poniente que nos ha acompañado durante toda la estancia deleitándonos los días, pasamos, el tiempo pasa, a un Levante pesado, caluroso y oscuro. Señal de que lo bueno tiene final.
Fin a esta rutina placentera en la que el no hacer nada se erige en la cuestión del quehacer diario. Ya mañana dejaré de ver el multicolor mar de sombrillas familiares, no habrá más pechos femeninos (que apenas vi) ni culos grandes o pequeños, ni gordos felices orgullosos de serlo (felices, por supuesto).
Carretera y manta dentro de un coche de bélico aspecto, pues en estos días parece que es el único que ha batallado, que se ha arrastrado por campos y trincheras, y se ve ajado, cubierto de polvo y, seguramente, heridas que el mismo polvo sucio que lo cubre impide sean vistas en su superficie.
Adiós a la calma chicha con la mente puesta ya en cajas y cajones, en trabajos temidamente necesarios que nos obligarán a aceptar con crudeza la realidad del mañana más inmediato.
Diría: ¡Volvemos a casa!, pero no puedo. Porque, ahora vuelvo a recordarlo, ya no tenemos casa. Seguimos siendo "homeless" aunque hayamos puesto un paréntesis en Chipiona.


Esta fue la crónica, corta, de lo que sentí en mi Sur. Quizá más simple de lo buscado pero, aunque el cuerpo estuvo allí, la cabeza se dispersó por tantos mundos que solo una pequeña parte prestó atención a lo que allí vivió. Seguro que ahora me arrepiento pero entonces solo fue lo que fue.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Recuerdos de un verano: La Cana en la playa (I)

Sé que llego tarde. Que ahora que termina el verano casi no es momento de hacer la crónica de lo que disfruté para el recuerdo. Pero, fiel a un íntimo compromiso, abriré mi libreta, esa en la que dejé para ahora mis impresiones, y las traeré aquí, a esta alacena en la que todo queda ordenado y sus puertas están siempre entreabiertas para dejar vislumbrar sus anaqueles y lo que en ellos hay. Y haré una transcripción literal, con puntos y comas en el mismo sitio en que quedaron sobre la cuadrícula, en un presente que ahora parecerá añejo pero que me permitirá abrir de nuevo la ventana del recuerdo como si del mismo momento se tratase. Y lo haré por capítulos, uno por día, tal como tenía previsto si hubiese podido hacerlo en su momento virtual.


CHIPIONA =Verano 2011=
04-08-2011

Me va a costar adaptarme a escribir en cuaderno y con bolígrafo, pero esta vez las modernas tecnologías me han vuelto la espalda. Internet no llega hasta el hotel, que no es recóndito, y tendré que hacer mis crónicas de esta manera para transmitirlas en diferido una vez de regreso a casa.

Del viaje poco que contar. Como siempre, primer paso hacia el Sur, con tostada en Mirabel y fonda en Casa Robles, el establecimiento de Sevilla que nos rompe el viaje y nos da ánimos para completar la ruta.

Ahora, primer día chipionero, he salido a explorar. Gente. Mucha gente por las calles. Por las dos calles que ejercen de centro comercial. Tiendas y tienducas rellenan los laterales y, además de sombra, ofrecen sus mercancías a las puertas para hacer parada quienes por allí pasamos.
Vida. Mucha vida. Diferente a la de Sanlúcar. Más pueblo y más vida.
He recorrido calles y plazas intentando fijar en la retina de mi memoria todo aquello que repasaré en los próximos días. Iglesias y mercado. Playa y paseo. Calles y callejones que recorreré con calma veraniega. Observaré y fijaré cada detalle para traerlos a este cuaderno, que desde su principio será de viajes, intentando no perderlos por el camino. Así, al final, quedará un gran poso que pasará a las páginas de un diario que por ahora está cerrado por vacaciones.

Y... ¡niños! Muchos niños inundando las calles de Chipiona. Como en cualquier otro pueblo de Cádiz. Aquí la supervivencia de la población está asegurada.

Leo a don Miguel, sus cuentos, y solo se me ocurre que cada día me envuelve más; que cada día me gustaría más ser como él.
Ahora, cuando la tarde casi se agota, siento que he estado recuperando el tiempo perdido. El ser ocioso se adueña de mí y me recreo en ello. Me preparo para lo que se vendrá, apurando el no hacer nada.
Mientras, imagino la playa atiborrada de ociosos como yo. Pero ociosos dorados tras exponer casi toda su superficie a los penetrantes rayos del Sol. En familia casi todos.
Echaré de menos el galopar de los caballos sobre las arenas atardecidas frente a la marisma.


05-08-2011

Playa. He roto con mi "principio" y he pasado la mañana pisando arena mientras intentaba ponerme en el mundo con la lectura de la prensa diaria. Me he remojado en las aguas que bañan esta playa de Regla superando la aversión que este hecho suele provocarme. Lo cierto es que la brisa, que refrescaba el ambiente, ha hecho llevadera la mañana y así, en la butaquita y a la sombra de una sombrilla, he intercambiado miradas, ora prensa con insignificantes novedades, ora gentes que iban, venían o se quedaban por las cercanías. Gentes locales, de nevera y litro de cerveza, o gentes que, como nosotros, se han llegado hasta aquí con el ánimo cargado y el cuerpo necesitado; deseosos de mar y descanso, de retiro rutinario para dejar aparcada la rutina del día a día. Compañeros de necesidades, porque a todos se nos refleja en el rostro. En una cara que se enrojece por momentos para, así, dar testimonio de nuestro paso por este paraiso, de nuestro descanso.
Reconozco que no echo de menos la cita virtual que me ha marcado cada uno de los días de otros agostos. Que el tacto del bolígrafo, al que nunca llegaré a acostumbrarme, se hace suficiente y que la escritura reposada, sin la necesidad de la inmediatez, relaja las necesidades de lo que, en el fondo y sin llegar a reconocer, solo es algo que quiero para poder recordar en días que sé que perderé la memoria de lo que ahora es fresco por recién hecho.


07-08-2011

Se me agolpa tanta actividad que no me deja un momento para agarrar el bolígrafo. Mañanas de arena, sobre la que ahora escribo, al amparo de un multicolor mar de parasoles. Sombrillas que unen sus copas unas con otras para hacer bosque de sombra que me impide ver el mar, aunque sé que está ahí por su relajante sonido.
Mañanas de relajo en mi butaquita (¡quién me lo iba a decir!) mientras veo y miro, oigo y escucho. Conversaciones para mi intrascendentes a pesar de la profundidad que en ellas ponen quienes las protagonizan. Tertulias de arena, de cervecita y papafritas, para entretener las horas de sol o arreglar el mundo. Que en este Sur que ahora me vive, nunca se sabe.
Y veo mientras miro. Y como ya dije entonces, en este sur familiar apenas hay tetas expuestas al rigor de los rayos solares. Por eso, aunque no sea igual, ahora me da por "calibrar" culos. Posaderas femeninas de variados tamaños y condiciones. Ligeras nalgas flotantes que casi se elevan por sobre las espaldas de sus dueñas o pesados glúteos que tienden a apoyarse sobre la trasera de muslos también amplios. Redondeces que continúan a generosas caderas en curvo recorrido para miradas disimuladas. Traseros solo sutilmente insinuados en la rectitud de cuerpos-estaca, tan apreciados por algunas féminas, básicamente inmaduras por edad, pero poco estimulantes para imaginaciones masculinas, esas que siempre se pierden en la generosidad de las formas aunque cueste hacer pública la confesión.
Culos de soltera y de matrona añosa, cada uno con su atractivo, capaces de sugerir formas y estímulos diferentes según sea el observador. Y yo observo también, aunque también calle.

Se me acumulan las tardes. Dedicadas a la lectura, reflexiva lectura, de los muchos cuentos que me dejó don Miguel, mi Rector, para descubrir una moraleja diferente con cada uno de ellos. Cuentos cortos en extensión pero con una carga de tenso dramatismo que apenas puede ser contenida en tan escasas páginas. Soledades, miserias humanas, conflictos íntimos... para, al final, llegar a feliz conclusión y dejar un poso en el lector, en mí, con el regusto de un buen Pedro Jiménez jerezano o un dulce chacolí, por lo de sus orígenes.
Tardes de visita para el recuerdo. ¡Esas tortillitas de camarón de Casa Balbino! En Sanlúcar la tarde-noche se nos echó encima cargada de salados sudores que habíamos olvidado. Agobio húmedo que se fundía con todos los que pisábamos sus calles. Pero esas tortillitas y el salmorejo de Balbino bien merecen el sudor en la camisa. Y los solomillitos, con sus papas fritas, cebollita pochá y su huevito frito. Y  volver a pasar por la puerta de la Capillita para quedarme "prendao"; y ver cómo la Cuesta de Belén sigue ahí, sin moverse, esperándonos para subirla; y el paseo por la calle y el ambiente veraniego y... Solo nos faltó la procesión de la Patrona. ¡Lástima de fechas!

Y después,... ¡Al Puerto! ¡A los toros! ¡Morante!
Una cita que no por sabida (hace días que teníamos aseguradas unas magníficas localidades) era menos esperada. Porque, como dijo Joselito, "el que no ha visto una corrida de toros en la Plaza del Puerto, nunca ha visto una corrida de toros". Pues allá que nos fuimos, pendientes de Salvador y mediados por Joaquín.
Salvador. El único torero cojo que he conocido, pues la polio no fue capaz de frustrar su ilusión. El único que torea con dos muletas, de las que solo una es de paño. Alguien del que solo puedo decir que es afable al trato y, por lo que me han contado, con una vida cargada no solo de anécdotas aunque estas, como casi siempre, sean lo que más trasciende. Pero sé que su muleta de palo está repleta de experiencia y de cultura, y que su otra muleta, la de percal, le ha permitido codearse con algunas de las mejores figuras del toreo, y eso es, cuando menos, envidiable.

Y Joaquín. El intermediador. El amigo de Salvador. Mi amigo, por el que todo esto, ahora, viene al cuento de mis tardes. El que hizo que los perros danzaran para que nosotros disfrutásemos de una espléndida tarde en la Plaza Real. Hombre sencillo en su culta complejidad, en el que las tradiciones se convierten en hábito diario, haciendo que adquieran la importancia que muchos les hemos quitado. Familia y amigos son su única necesidad y eso hace que los demás aprendamos de él.
Pues sí. Gracias a ellos hemos podido celebrar una tarde de toros de las que cualquier aficionado, cualquiera que hubiese estado allí, recordaremos durante mucho mucho tiempo. Se abrió un tarro de esencias que, al menos para mí, llevaba tanto tiempo cerrado que no alcanzo ni a imaginar cómo eran sus aromas. La sublimación del barroco, sin costales ni parihuelas, anduvo cadenciosa por el albero portuense. Verónicas y medias, naturales de mano tan baja que se arañaban con la arena, derechazos de tan lánguida cadencia que llegaban a retrasar los relojes, ajustadas chicuelinas, banderillas de maestro, artes antiguas rescatadas de la literatura clásica, y sonrisas, muchas sonrisas cómplices con todos y cada uno de los que allí estuvimos. Se "salió" Morante, el de la Puebla del Río, y estuvimos allí para verlo.
También anduvo Manzanares, mano con mano junto al Maestro, pero esa harina es de costal que yo no molí y dejo su historia para cuando pierda la nube que vela los ojos de mi recuerdo. Porque lo de ayer, lo que vimos ayer, lo que vivimos ayer, tiene página propia para cualquier morantista.

Ahora, crecido ya el séptimo día de este agosto chipionero, meciéndome aún en el sueño del Puerto, sigo en mi realidad. Vuelvo a esa playa de arena tan fina que hace misión imposible desprenderla de los entresijos de la piel, de aguas batidas en las que los orines de quienes las disfrutan se diluyen homeopáticamente para entremezclarse con los míos (¡tenía que decirlo!) y formar unidad de lo ya indisoluble. Globalización uréica en las aguas atlánticas. Naturaleza pura.
Playa, digo, a la que voy cogiendo el gusto (¿o será la compañía?) haciendo que olvide otras actividades de las que siempre presumí. Calles e iglesias, tiendas y mercados, gentes y gentes aún esperan mi visita. Mañana saldré en su busca... si no me retienen los bajos del Santuario de la Virgen de Regla. La Virgen de Chipiona.

sábado, 29 de enero de 2011

Pedazos de corazón

Quienes me conocen saben que aparte mi Pasión, la mayúscula, tengo otras pasiones más pequeñas pero que se encargan de completar ese no sé qué que me acompaña día a día. Los libros y las estilográficas son esas aficiones que guardo desde los años de infancia, cuando tenía que acudir cada dos por tres al garito de don Ángel y gastarme parte de mis ahorrillos en "otra" nueva Inoxcrom 77 pues ninguna de las que tuve por aquellos días llegaba a superar las duras pruebas de resistencia a las que eran sometidas entre mis pueriles manos. Y el parque de plumas estropeadas aumentaba y aumentaba al tiempo que yo pasaba los cursos. Y ese puede ser, quizá, el origen de esta pasión mía por estas herramientas de escritura. Cada una con un recuerdo; cada una con un sentido; cada una con un cariño.
Ayer, una nueva estilográfica se vino a sumar a las demás. Una preciosa pluma de refulgentes brillos en su negra resina se ha incorporado inesperadamente a la vitrina en la que reposan las otras, muchas ajadas y otras rotas, pero todas exponiéndose orgullosas de una vida plena. Un ejemplar de la Montblanc Anniversary edition ha llegado a mi alma, pues viene cargado de mucho más que lujo y diseño. Es una estilográfica que ha salido del cariño de quienes sabían que no era necesario, pues el cariño, aunque a veces nos cueste enseñarlo, nos lo sabemos a flor de alma y, aun en la fría distancia, es lazo invisible que nos mantiene unidos sin esfuerzo.
Ayer, he abierto ilusionado una caja en la que solo esperaba encontrar una nueva estilográfica y me he sorprendido al ver que, abrazándola, protegiéndola y añadiéndole un valor que jamás tendrá cualquier otra, venían cuatro pedazos de cuatro corazones para hacer de todos uno. Para unirse al mío, resquebrajado, y tapar sus grietas y ser uno para siempre. Sin fisuras. 
Ayer, he recibido lo que, por sabido, no necesitaba. Pues nada de lo hecho esperaba recompensa, aunque nos venga bien, de vez en cuando, sabernos y sentirnos queridos. Y, como siempre, cuando tiene que ser el corazón el que hable por nosotros para manifestar el agradecimiento sentido, aquél se oculta en lo más recóndito de sus lugares íntimos y se nos quedan frío el rostro y cortadas las palabras por mucho que luchemos para que esto no sea así. Pues ese agradecimiento que apenas se me vio en la expresión de mi cara, no sé bien por qué, quiero traerlo ahora y dejarlo aquí, a la vista de quienes quieran fijarse en él. Que se me vea el orgullo de contar con cuatro hermanos que me quieren y la ilusión de sentirme querido.
Ahora soy yo el que debe agradecer todo lo que, desde el silencio, habéis hecho. Con el alma, ¡gracias, hermanos!

miércoles, 5 de enero de 2011

Mi Cuarto Rey Mago

¡Pues sí! Termino ahora mismo de dar lustre a mis zapatos aunque sé que no será ésta una auténtica noche de Reyes.
He decidido, en contra de lo que ocurrió en años anteriores, dejar mis zapatos relucientes junto a la chimenea para que sean vistos por sus majestades de Oriente, aunque tengo la certeza de que mi carta no llegó a su destino. No sé si es porque equivoqué la pluma o confundí el papel; quizá sea porque no alcancé a dar con el buzón adecuado o porque esta chimenea de casa jamás conoció la llama de un buen leño; puede ser que en mi inconsciencia haya renegado de la magia de esta noche o que esta cana mía se haya convertido en negro faro sin canto de sirena... O quizá es que la cruda realidad se ha hecho fuerte en lo que siempre creí mi corazón infantil y ahora, cosa que nunca antes me había ocurrido, reniegue del encanto que siempre soñé en noches como esta.
Sé que aunque ponga buena cara, el frío helará mi sonrisa y la lluvia, pertinaz lluvia la de hoy, calará los tuétanos de la ilusión obligándola a apagarse si siquiera haber comenzado a arder.
Vestiré mi cana con las mejores galas a pesar de la desgana. La peinaré con esmero aunque las púas se agarren a ella como zarzas resecas. Recogeré dulces caramelos al paso de los Magos aunque el acíbar de mi boca impida saborear el gusto de su esencia. Esperaré confiado unos regalos que no llegarán. Y por eso, sólo por eso, he abrillantado mis mejores zapatos, esos que aún no estrené, para ponerlos junto a la chimenea sin llama.
Estoy convencido de que fui bueno. Bondad pueril, aprendida a lo largo de años y años de experimentar con ella, por la que me creí suficientemente capacitado como para escribir una carta que llegase a sus manos, fuese leída, entendida y correspondida. ¡Pero, no! Ellos han debido ver la parte de atrás de mi alforja, esa que jamás alcanzo a peinar, y contestaron a vuelta de correo:
- Como no has sido todo lo bueno que esperábamos, hemos decidido hacer caso omiso de tus peticiones, consolarte con cualquier cosilla y confiar en que te sirva de lección para años venideros.-
Se me partió el alma antes incluso de rasgar el sobre que la contenía. Sabía que podía pasar, aunque todavía quedaba un pequeño cerillo encendido para alimentar la esperanza. La dura realidad se abrió ante mis ojos y la cana se me enmarañó como si quisiera esconderse de sí misma. ¡Es lo que hay!
Pero, aun así, he frotado mis mejores zapatos como si esa carta jamás hubiese llegado a su destino. He peinado mi cana como siempre y he vaciado mis bolsillos para traerlos cargados de dulces ilusiones tiradas a raudales desde las carrozas que recorrerán las calles de la ciudad. Me pongo mi mejor sonrisa para engañar a los mismísimos Magos y disfrutaré de esta noche tanto como la disfruté los muchos años de los que aún mantengo recuerdos.
Porque, de su carta de respuesta, he tachado casi todo el texto y sólo he subrayado un par de palabras: "cualquier cosilla". Pues, aunque ellos hayan querido hacer de ésta una noche diferente, sé que esas "cosillas" que me dejarán como consolación serán el mejor de los regalos. Mucho mejor que lo que yo pedí en mi carta y que ellos me negaron. Porque son las pequeñas cosillas las que me alegran el alma, las que se me dan sin intereses, las que se ofrecen para tapar mis rotos sin pedir a cambio nada más que una sonrisa, las que se acumulan día tras día para hacer muro tras el que ocultar la decepción. Y todas, todas, vienen siempre en manos del mismo paje de blanquísima y cariñosa sonrisa. Emisario portador del mejor de los regalos en forma de amor permanente. Enviado que, desde hace ya tanto tiempo que casi no recuerdo, se repite año tras año, atento a todo, pero siempre en segundo plano.
¡Ya caigo en la cuenta!
¿No será el cuarto Rey Mago?
¡Seguro!
¡Es mi cuarto Rey Mago!
Ahora sé que no he perdido el tiempo limpiando mis zapatos.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

José Adrián Cornejo nuevo presidente de la Junta de Cofradías

Aprovecho el título de una de las secciones del foro cofrade salmantino llamado "Nuestra Semana Santa", del que soy asiduo lector (aunque siempre mirando desde detrás de las cortinas), para hacerlo mío esperando que ello no suponga malestar a sus propietarios.

Creo que se lo debía, aunque he dejado reposar el tiempo, conscientemente, para que se posase todo lo que estaba flotando en el veraniego aire cofrade.
He querido esperar para asentarme y dejar que se asiente. Para que las lenguas que se desataron en su día hayan vuelto a encerrarse en su lugar habitual. He dejado pasar esos "cien días" que, no sé muy bien por qué tradición, se conceden a quienes estrenan cargo como plazo para demostrar lo que traen entre manos. Y, porque sé que él no lee estas cosas, que no es amigo de foros y blogs virtuales que siempre le dejaron frío, me decido a dejar por escrito lo que desde un principio he pensado.


Cornejo es mi amigo, aunque últimamente nuestros distintos quehaceres nos hayan distanciado más de lo que quisiéramos. Es mi amigo aunque algunos hayan querido vernos como adversarios en una lucha que nunca existió. Y, como amigo, lo primero a lo que me debo es a manifestarle mi sincera felicitación y, aunque lo sabe, ponerme a su servicio sin condiciones, como cofrade y como amigo.
Creo que conozco a Jose (sí, así, sin tilde), aunque pudiera estar equivocado, y sé que es, ante todo, un buen hombre, serio y responsable, que puede llegar a llevar las riendas de la Junta de Semana Santa con habilidad, discreción y eficacia. Porque el presidente de la Junta es persona dialogante y trabajadora que, a poco que haga, subirá el listón de su predecesor.
Tiene retos que, en mi modestísima opinión, tendría que haber asumido ya, sin dejar pasar el tiempo, pues ha habido suficiente lapso desde su toma de posesión como para no dejarlos esperar, pero su prudencia, estoy seguro de ello, le ha condicionado y aguardará al comienzo de un nuevo ciclo para poner definitivamente en marcha su mandato.
Se oye que pretende realizar cambios en algunas de las cuestiones que a muchos nos han dado tema de tertulia, como el manido concurso fotográfico, el que parece que será cambiado aunque aún no se haya hecho público ni el cómo ni el cuándo. Que quiere agarrar el toro del Viernes por sus cuatro cuernos y poner orden en su Procesión General. Que asume su función de canalizador de intereses y que habrá cambios en materia económica.
Sé que tiene handicaps que son como inmensas rocas casi inamovibles en su camino, aunque nada hay imposible. ¿Que hay un agujero económico que ni él mismo sospechaba?, pues a ponerlo en claro ante todos, arrimar el hombro y buscar soluciones; que para eso se hicieron los convenios. ¿Que hay miembros del Pleno de la Junta que apuestan por el inmovilismo?, pues diálogo (que a él le sobra) y mano izquierda hasta su convencimiento; aunque a veces haya que enseñar los dientes. ¿Que la diócesis, a través de su jerarquía, también tiene algo que decir?, pues a escuchar y acatar lo que sea de acatar, pero sin que las concesiones supongan la pérdida de dignidad de la propia Junta.
Sí, es cierto que se enfrenta a un gran reto. Pero él puede, aunque le suponga más esfuerzo del previsto.
Además, para equilibrar la balanza, siempre le queda su otra pasión. Esa que le hace quitarse la corbata cada fin de semana para enfundarse la camisola "rossonera" de su equipo de toda la vida y dirigir, siempre dirigir, a sus muchachos hacia victorias, las más, o derrotas, las menos, pero siempre con un magnífico ambiente en el equipo.
¡Ah!, y por supuesto, sus amigos. Porque nunca renunciará a cuidar a sus amigos aunque tenga que quitarse el tiempo de su propia vida. Pues es fiel. Sobre todo es fiel y conserva a su gente por encima de todo. Seguirá, imagino, con sus reuniones de compañeros y con sus visitas a los que ahora andan más necesitados que él; esos que siempre estuvieron a su lado.
A partir de ahora, cuando se cumplen los plazos de esa confianza inicial en la que todo se tolera, es cuando debemos comenzar a analizar su trabajo, a exigirle respuestas, a examinar sus actos y a apoyarle en sus propuestas, siempre que vayan acordes con lo que para cada uno de nosotros sea el buen camino.
No es la primera vez ni la última que lo diga y él lo sabe. Sólo hace falta echar un poco la vista atrás para poner sobre el tapete mis propuestas y usarlas, si le sirvieran, como si fueran suyas. Sabe que cuenta conmigo, con nosotros, para echar una mano en lo que necesite, en cuanto lo pida y para sacar adelante esta pasión que a todos nos aúna. Porque hace falta una revolución y ésta no se hace sólo con generales. Hacen falta soldados anónimos que luchen por que las cosas cambien; para salir de ese pozo en el que algunos despreocupados nos metieron, seguro que involuntariamente, y del que por ahora sólo vemos la luz asomándose hacia nosotros a través de un brocal que debe ensancharse, poco a poco, pero lo antes posible.
Querido Jose (sí, así, sin tilde), ¡enhorabuena!
Señor presidente, ¡a su servicio!

martes, 2 de noviembre de 2010

Relax en el alma

Ocho días. Ocho magníficos días en los que mar y monte han conseguido relajar mi alma y sacarla del anodino mes de octubre en el que todo y nada se juntaron para dejarlo en blanco.

He respirado aires venidos de allende la mar océana. Aires que han calado hasta imaginarios tuétanos mientras pateaba playas y rocas en busca de seres, de pequeños animales de formas sorprendentes, con los que formar a futuros científicos que ahora se abren con interés infantil a todo lo que se les ofrece. Sal marina que se diluye y deja un poso que permanecerá, ahora indisoluble, durante el resto de sus vidas. Días de convivencia que se recordarán con cariño y noches de camaradería que tatuarán el alma. Lo sé por propia experiencia.


Casi sin solución de continuidad, he mojado cuerpo y alma con lluvias eternas entre bosques de indescriptibles colores.

Sorprendentes hoces horadadas en roca por la persistencia de ríos surcándolas desde antes de que nadie pudiese tener conciencia de ello. Montes en cuya cima hemos llegado a tocar las nubes, que es como palpar el cielo. Cuevas en las que su propia inmensidad, forjada gota a gota, nos empequeñecía para dejarnos caer en la cuenta de lo poco que somos aunque nos creamos supremos. Ríos de aguas desbordantes mostrándonos, otra vez, la imparable fuerza de la naturaleza. Agua, siempre agua, acompañándonos y empapándonos mientras nos sorprendíamos a cada paso dado.

Ocho días de disfrute inmenso, de recuperación de lo que quizá nunca perdí. Una semana alejado de mesas de despacho y taburetes de laboratorio para hacer de la propia vida el mejor lugar para completar el experimento que nos diseñaron. Sabiendo, como siempre, que los santos y difuntos nos acompañan aunque nosotros hayamos cambiado el momento de íntima soledad junto a la losa en la que sólo un nombre nos recuerda que están allí, por la amplia serenidad de costas y montes. Que hemos cambiado flores de un día por alumnos y amigos. Pero acá o allá, solo o en multitud, no olvido que es día de recuerdo, de cariñoso recuerdo, y vuelvo a la realidad. Hoy, día de difuntos, regreso solo a la rutina diaria pero me siento acompañado. Siempre acompañando.

jueves, 7 de octubre de 2010

Rosario...

Ahora recuerdo aquellas tardes de viernes de mi niñez con una nitidez que posiblemente sea síntoma de que mis neuronas se endurecen y sólo dejan espacio para conservar aquello que, por lejano, cada día se nos hace más presente.
Se me viene a la memoria, como si de hoy mismo se tratase, la imagen de sor Carmen, recia cordobesa, hija de la caridad de las de San Vicente de Paul, a la que quiso el destino poner en mis primeros pasos escolares para que forjase en gran medida, moldeando mi ternura infantil, mucho de lo que ahora soy. Y veo a sor Carmen, "chasca" en mano, guiando en el rezo vespertino del Rosario a una recua de chiquillos sentados calladamente en sus pupitres; y nosotros, chavales revestidos de azul babero y cuello duro con la pubertad todavía muy lejana, pues aún no habíamos alcanzado la decena, recitábamos la sarta de avemarías y letanías temerosos en su presencia. Rezábamos sin saber aún bien ningún por qué, pero dejábamos que fuese quedando un pequeño poso que, al menos a mí, serviría como "velo" de futuros caldos en la todavía recién construida barrica de la vida. Y para nosotros, al menos para mí, era todo un orgullo, un privilegio, ser seleccionado para salir a la tarima y oficiar de director, moviendo las gastadas cuentas de madera de ese rosario que siempre quedaba guardado en el cajón de su mesa, de la mesa de sor Carmen, mientras meditaba por qué aquello de los "misterios", recitando sin pensar padrenuestros y avemarías.
Nunca sospeché por entonces que aquello marcaría de alguna manera mi vida. No imaginaba que ese iba a ser el primer peldaño que haría del Rosario una constante recurrente en mi vida.
Será mucho más tarde cuando mi conciencia caiga en la cuenta de mi afinidad, de mi relación vital con ello. Porque, también de forma inconsciente, el paso del tiempo fue haciendo crecer en mis adentros una pasión por ese sur que me embarga cada día con más firmeza, del que no puedo pasar alejado sino esas temporadas que mis otros quehaceres me imponen en esta meseta salmantina. Y, ¡oh coincidencia!, es Nuestra Señora del Rosario la patrona que guía esa ciudad de estrechas callejas y olor decadentemente colonial. Es la Virgen del Rosario la patrona de ese "Cái" que me enamoró desde el primer momento. De nuevo el rosario marca mi cana con ese no sé qué. ¡Feliz coincidencia!
Pero hoy, día marcado para conmemorar su festividad, el día de Nuestra Señora del Rosario, olvido todo lo anterior y mi alma se embarga sólo con ella. Porque, ¿será coincidencia?, es una Rosario la mujer a la que se me unió la vida casi desde el momento en que la pobre sor Carmen me aliviase de pañales infantiles. Es ella la que aceptó estar junto a ese mozo, aún imberbe, recién llegado a su charro futuro. Es ella la mujer con la que he compartido y comparto todo lo que tengo y todo lo que soy desde hace tanto tiempo. La esposa que ha visto cómo he madurado, si alguna vez lo hice, y cómo me crecía esta cana en el alma. Es María del Rosario, ¡feliz coincidencia!, ese eslabón imprescindible en la cadena de mi vida. Cálida primavera en cualquier época. Asiento de la impaciencia en el que me dejo reposar cuando la batalla me vence. Empresa común para el proyecto más importante de una vida.
Hace tiempo que no rezo el rosario, al menos completo, y hace tiempo, menos, bien es cierto, que no piso la gaditana piedra ostionera, pero me doy por satisfecho, más que satisfecho, sabiendo que mis días están permanente llenos del mejor de mis rosarios. ¡Feliz coincidencia! ¡Feliz día! ¡Felicidades, Rosario!

miércoles, 4 de agosto de 2010

La Cana al Sur: Gente en Sanlúcar

La verdad es que es una suerte, al menos para mí, no sentir la necesidad de acercarme cada mañana a saludar a las finas arenas que separan mar de tierra adentro. Prefiero pasearlas en las atardecidas, cuando se han retirado pobladores interinos y queda toda su anchura para disfrute de ojos deseosos de espacios infinitos. Así, salvando la obligación de tener que rendir culto a sombras y sombrillas, prefiero callejear, fundirme al recio sol entre encaladas paredes y pasear sin rumbo. Observar lo que se me viene y girarme para ver las espaldas de lo que se me va. Sentir calor y escuchar voces, mezclarme como si fuera uno de ellos aunque siempre con la sensación de ser mirado de reojo, de saberme extranjero. Sensación errónea aunque no pueda quitármela de encima.





Blancas calles de blancas casas al sol de un agosto que no hace sino comenzar cada mañana. Y placitas encantadoras, refrescantes islas cubiertas de sombras para descanso del que pasa. Gentes empleadas en su propio afán, sin mirar a su alrededor, haciendo que calles y casas sigan siendo blancas eternamente.



Gentes que van y vienen, parándose a cada paso para saludar a quienes, como ellos, van y vienen. Mañana de mercado. Y miro a la vendedora de higos, recién cortados de cualquier chumbera, afanándose en pelarlos para deleite de paisanos y echándose unas parrafadas con el abuelo cuando la clientela se ausenta en busca de otras ofertas.
¡Huevos y miel! ¡Huevos gordos a uno ochenta! vocea la anciana mujer intentando convencer a quienes pasan de que lo suyo es de lo mejor, frescos y gordos. Sobre todo gordos. Su voz suena cansada y nadie para a escucharla.
O camarones. Los más frescos y saltarines camarones recién sacados de entre las finas arenas de la desembocadura, o de la bahía que eso da igual, pero camarones al fin y al cabo, removidos para mostrar su viveza y dejados descansar al tiempo que la mujer, cansada de una noche de poco sueño y calores permanentes, deja vencer su cabeza hacia el pecho, cierra los ojos y olvida por un instante que está vendiendo camarones para irse tan lejos como el momento le deje mientras un niño mira.


Caracoles, frutas, verduras, pan y bollos, cestos y esteras, bragas y cremas,... todo se vende a las puertas del mercado. Un viejo mercado como los que uno imagina que son en estas tierras. Decadente pero cumpliendo su servicio. Público pidiendo producto, vendedores voceando precios, turistas de ojos asombrados y yo, atento a todo, queriendo, sin poder, engullirlo todo con mi cámara.


Mezcla de olores infinitos y colores exhuberantes. Gentes que van y vienen. ¡Choco, choco! ¡Choco fresco recién cortado! ¡A la fina gamba! ¡Coquinas, coquinas! Y las gentes van y vienen sin saber que estoy mirando. La mujer asienta su carro y el frutero mira a la cámara. ¡Me veo sorprendido!

Así, gasto la mañana dejando pasar las horas como si fueran minutos.



Y siempre, permanente entre las gentes, el mendigo. Hombre educado que ofrece pañuelos por una voluntad. Se me viene: -¿Una moneda para comer algo?-
Rebusco en el bolsillo y saco un par de monedas. De repente, sin más, el hombre mira mi cámara y exclama: -¡Una D70! Yo tenía una D60 pero hace unos días tres hombres me dieron una paliza y me la quitaron. Hacía fotos a la gente y me ganaba la vida. Bueno, adiós.-
-¡Adiós!-, le digo mientras me da la espalda para seguir con su tarea.
De repente se gira, vuelve a mirar la cámara y me pregunta: -¿De cuántos megapíxeles es?-
-De seis-, le digo, y veo una mueca de decepción en su rostro.
-¡¿Cómo?! ¡Si la mía tenía ocho y era una D60!-
-Es que esta es ya vieja, pero hace buenas fotos- le dije, no sé si como explicación o como disculpa, mientras él me daba la espalda poco convencido.

martes, 3 de agosto de 2010

La Cana al Sur: La Playa

Ayer, renunciando a mi principio de no pisar arenas ni mojarme con aguas que no sean de cañería, estuve en la playa de Sanlúcar, la Playa de la Calzada. Me sorprendí al ver que la arena, fina como la de las mejores, no quemaba. Una arena fresca que no obliga a incómodos equilibrios a cada paso cuando los pies descalzos se asientan sobre ella. Una arena que permite acercarse hasta la orilla plácidamente y sin disgusto. Bueno, no sin disgusto pues la piel sudorosa sigue siendo papel al que se adhieren todos y cada uno de sus granos para incomodidad mía. Y así, sin necesidad de protectoras chanclas, alcancé la orilla para zambullirme en las aguas mezcladas. ¿Zambullirme?... Metros y metros caminando mar adentro y el agua no alcanza más allá de las rodillas. Metros y metros de un agua calma y caliente, sobre todo caliente, como si al caño que la saca le hubieran puesto un puntito rojo equivocadamente. Agua que apenas refresca cuando la penetras. Sorpresa para quien, como yo, la prueba por primera (y última) vez.
El resto es abundar en un tópico. Familias y más familias, grandes o chicas, cargadas de aperos, comestibles o no, para pasar lo que para todos es una agradable jornada. Familias locales que ocupan sus espacios marcándolos con un fuerte ceceo que, a veces, se hace incomprensible para quienes pronunciamos cada una de nuestras palabras con la musical dureza de la meseta. Niños jugando con las arenas y padres sesteando arrullados por las palabras de cualquiera de los comunicadores que acompañan en las mañanas de la radio. Caras desconocidas para jugar a ponerles nombre. ¡Mira, ese se parece a Fulano! ¡Anda, uno clavadito a Mengano! Caras que se nos hacen familiares para con ello conseguir que nos sintamos como en casa, como si estuviésemos paseando por la Plaza o la Rúa, aunque aún no me atrevo a saludarlas y paso junto a ellas fijando la mirada mientras van quedando atrás. Quizá esperando un saludo que, en su cortesía, jamás llegará.
Y encamino mis pasos hacia la sombra protectora de un chiringuito que, ya lo sé, es para mí refugio de guerrero, solaz de cuerpo y descanso de cana entre cervezas fresquitas y más caras a las que seguir poniendo nombre. ¿Estaré desvariando?

jueves, 21 de enero de 2010

Frederikshavn



Dos días. Sólo hace dos días que se fue y se nos hace toda una eternidad.
Sé, sabemos, que será sólo un tiempo. Que serán unos días que le servirán para crecer, madurar y ver que, aunque en aquellos países aten a los perros con longanizas, lo que deja aquí vale también lo suyo. Que la rutina del día a día hace que se nos nuble la vista y sólo veamos lo que acostumbramos, sin darnos cuenta de que también hay mucho de lo que nos rodea que tiene un valor inmenso. Y que esto sólo lo apreciamos desde la distancia. Y ella lo apreciará desde casi los confines de este mundo redondo y global que nos acerca y, al tiempo, nos separa.
No es la primera vez que se nos vacía la casa por su marcha, pero siempre es como si fuera la primera. Y, así, andamos pendientes por dentro (que no soy de andar enseñando y por eso lo encierro junto a mi cana) y por fuera. Andamos por la casa deseando escuchar cualquier sonido que nos acerque en la distancia y por la red buscando cualquier señal que nos permita identificarnos con ella aunque sólo sea en la pantalla del ordenador. Una foto, un mapa, una página turística... cualquier cosa es buena para saber que Frederikshavn existe y que allá, donde hay días en que las noches se hacen eternas y la tierra se cincha por su más alto meridiano, ella también está al tanto por si nos oye. Aunque..., bendita juventud, habrá infinidad de cosas que distraigan ese ánimo haciéndole vivir experiencias que se le asentarán en sus adentros para traérselas cosidas a su memoria con un hilván indeleble. Experiencias que, a su vuelta, compartirá con nosotros y disfrutaremos como si hubiesen sido nuestras. Nos hablará de esa otra familia, de la nueva casa y del "insti", todo mucho mejor que lo de por aquí, ¡por supuesto! Nos traerá excursiones, salidas festivas, amistades y novedades para que disfrutemos el regusto. Y nosotros felices, que para eso ha ido.
Pero ahora, aquí, cuando las paredes de la casa se le caen encima hasta a Chocolate, estamos echándola de menos desde un poco antes de que subiera al autobús. Nos miramos y vemos que añoramos su presencia y deseamos su regreso, seguros de que a ella no le importaría alargar un poco más este viaje que, durase lo que durase, siempre le sabrá a poco. Pero, también ella nos echará de menos y deseará regresar para llenar su hueco. Aunque luego, a su vuelta, ya en casa, protestará como siempre y, desde ahora, tendrá un argumento nuevo en su rebeldía... ¡Podía haberme quedado allí!
Pero sabe que su sitio es éste y estoy seguro de que no renunciaría nunca a él. Que aquí estamos quienes más la queremos y que siempre habrá otro momento para volver a cualquier otro Frederikshavn.

martes, 1 de diciembre de 2009

Todos culpables

Hoy me siento culpable. Mejor dicho: Soy culpable, mientras no se demuestre lo contrario. Eso es lo que se me supone como parte integrante de esta sociedad que nos vive. Y mi cana se revuelve, porque siempre se sintió "russoniana", creyendo a pies juntillas en la bondad natural de los hombres. Pero, ¿por qué había de tener razón el filósofo galo?
Es mucho más sencillo acusar que defender y, además de actuar "sobre seguro", algunas conciencias sienten un relajo agradecido cuando existe un chivo en el que expiar sus culpas. Por eso, nos parece normal que primero se dispare y después se pregunte. Nos parece correcto, incluso conveniente, transformar en terroristas a todos los árabes, en agresivo ladrón a cualquiera que haya nacido al este de la riqueza o en maltratador de género a cualquier hombre por el simple hecho de que sus genitales sean externos.
Tengo conocidos musulmanes y rumanos que, aun siendo personas que rayan la excelencia, se sienten corridos al ser centro de miradas acusadoras de algo que no sólo nunca cometieron, sino que jamás existió; y doy por supuesto que la inmensa mayoría de los hombres no necesitan de la agresión para manifestar no se sabe qué a los demás, siendo plenamente capaces de vivir entre semejantes para formar sociedad.
Pero los hombres de bien (categoría que nos arrogamos sin saberse bien si tenemos categoría para ello), fieles vigías tras las cortinas de cualquier ventana al acecho de lo que hagan los demás, cumplimos con nuestro deber cuando acusamos a los culpables. Ciertos o falsos culpables, que eso es lo de menos. A todos esos Diegos que no sospechan siquiera lo que se les viene encima, cuando salimos en tropel acusador y, amparados en la masa iracunda, calumniamos y lapidamos verbalmente a quien ya se da sin más remedio por asesino confeso y, lo que es más, sin derecho a defensa. Salimos a las calles a proclamar su culpabilidad al tiempo que escondemos la nuestra. Y el enrojecimiento de los ojos, provocado por la congestión sanguínea de quien se cree en el derecho de acusar, nubla todos los sentidos haciéndonos insensibles a las palabras de Diego, que no son sino disculpas engañosas del que se ve acorralado. Y los comunicadores alientan la ira vecinal al tiempo que engordan sus cuentas de resultados. Todo vale para alcanzar más nivel que los demás.

Y Diego permanecerá para siempre en nuestros recuerdos como esa alimaña asesina que fue capaz de maltratar, violar y acabar con la vida de la pequeña Aitana a sus tres añitos. Porque ya ha sido juzgado y, como prueba palpable de su culpabilidad, guardaremos el recorte de la fotografía que vimos en los diarios (la fiera esposada, con barba de tres días y semblante sombríamente sospechoso). Quedará estigmatizado por la duda para el resto de sus días, porque el que tuvo retuvo y si ya fue sospechoso y acusado (lo de que sea inocente desde el principio es lo de menos), ¿por qué no va a repetir? ¡Asesino!
Ahora, cuando Diego está hundido y posiblemente sin recuperación, las manos que lanzaban esas piedras acusadoras permanecen ocultas en lo más hondo de nuestros bolsillos y una falsa mirada de tierna inocencia, de excusa imposible, se asienta en nuestros ojos culpables en los que ahora brillan lágrimas de cocodrilo en lugar de las rojeces de la ira. Porque somos como míseras avestruces incapaces de enfrentarse a sus propios miedos.
Y mientras, la pequeña Aitana, con la que estoy seguro que Diego jugaba como si de su propia hija se tratase, yace a la espera de un entierro al que Diego no podrá asistir. Porque le hemos sacado del calabozo para ingresarlo en la cárcel del alma. ¡Pobre Aitana! ¡Pobre Diego!
Y yo, creyente fiel en Emilio, me siento culpable porque sin acusar no he defendido. Y tiemblo, porque sé que yo también puedo pasar por ese calvario. Porque nadie está libre de sospecha.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Un paseo con amigos (final)

¿Por qué será que nunca llueve a gusto de todos?
Eso es lo que ha pasado estos días. La pertinaz lluvia ha anegado las calles de Salamanca, embarrándolas para impedir que fuésemos fieles a la cita. Pues desde que el príncipe Juan mandase empedrar la de San Martín, pocos han sido los progresos habidos en estas calles. Han sido días de mirar tras los cristales cómo las pobres gentes se empapaban en su tránsito mientras el calor de la hoguera me retenía, en un abrazo invisible, impidiéndome salir siquiera al zaguán de casa.
Hoy, aun con un frío cortante, el sol apareció brillando sobre los cielos salmantinos, reflejándose en la dorada piedra franca, que dicen fregadera, de casas y palacios. Un día en el que ya desde las primeras horas, el ambiente invitaba a salir a la calle para deambular sin motivo. Inmediatamente, he mandado recado a mis compañeros de salidas para retomar lo pendiente.
Todos han aceptado la proposición y, casi de inmediato, nos hemos puesto en marcha.
Así, aunque bien entrada la mañana, comenzó la reunión en la Puerta del Sol, tal como quedó propuesto, junto a los portones de la Casa de los Maldonado y frente a la Iglesia de la Compañía de Jesús, la del Espíritu Santo. El doctor Zúñiga algo quejoso por unas fiebres que le entumecen, aunque los demás sospechemos, casi con certeza, que se trata más de mal de soledad, pues desde que murió su amada Pilar, hace más de veinte años ya, es la única enfermedad que le recurre periódicamente. Los demás, Carlos el Papón, Pelayo, ese hijo que le apareció a Zúñiga casi sin sospecharlo, y este servidor, mostramos el mejor de los ánimos y así se lo intentamos transmitir al Vizconde.
En esta mañana de sol, la riada de gentes nos empujó hacia el viejo Azogue. A pesar de que la actividad se trasladaba poco a poco al entorno de la gran plaza de San Martín, aún había mercado y el ambiente era espectacular. Las gentes del alfoz voceando sus productos. Niños y ancianos curiosos por entre los vendedores. Charlatanes y embaucadores haciendo gala de sus artes. Damas y criadas atentas a lo que se les ofrecía desde el otro lado de los tableros. Mendigos exprimiendo sus males en favor de mover a la cristiana caridad de los transeúntes. Olores mezclados embargando los sentidos. Vivos colores de exóticas hortalizas que, tras su novedosa venida de las Indias, comienzan a hacérsenos familiares. Gentes y más gentes que nos envuelven y distraen nuestra conversación mientras dirigimos nuestros pasos a la fábrica de la Catedral Nueva.
Las obras se muestran avanzadas a pesar de que desde hace años la escasez de capitales haya provocado la casi paralización de la actividad en las mismas. Las naves están prácticamente finalizadas y, desde que el cabildo dispusiese su traslado a ésta en 1560, tras ser completada por el maestro Gil de Hontañón hasta el crucero, el trasiego de gentes por su interior es constante. Iniciamos el recorrido por el interior atravesando la puerta de la torre y comenzamos a admirarnos con cada una de las capillas que vamos recorriendo. La capilla de San Lorenzo, la de San Pedro, a la que las gentes han dado en llamar "Dorada", la de la Madre de Dios, también llamada del Presidente Liévana. Al paso por la capilla ahora llamada de la Virgen del Desagravio, Zúñiga se detiene a observar el pequeño cuadro que preside su altar. -¡Magnífica obra pese a su tamaño!- dice acercándose para observarlo en detalle. -Pero... fíjense vuestras mercedes. ¡Su tela está remendada! Una lástima pues desmerece el resultado- vuelve a comentar dirigiéndose a quienes le acompañamos.
-¿¡Lástima!?- Exclamo interrogante. -¿No conocen ustedes la historia?- vuelvo a preguntar.
-¡Pues no!- me dice Pelayo quien, por su juventud, está menos al tanto.
-¡Ah! Excelente disculpa para recordar un hecho, leyenda para unos y real para el resto, que acaeció hace años.
Cuenta la tradición que en la calle de la Nevería había uno de estos cuadros de Cristos, Vírgenes y Santos que ponen los vecinos en hornacinas y portales para la devoción popular. El dicho cuadro era la imagen de la Inmaculada Virgen María, Nuestra Señora y, por tratarse de lugar concurrido en paso de San Martín a los barrios nobles, gran cantidad de devotos era la que oraba ante la imagen, depositaba velas y lamparillas de aceite y alguna que otra flor aparecía en sus búcaros colocada por anónimas manos; que bien conocida es la devota defensa que los salmantinos hacen del dogma de la Concepción Inmaculada. Una mañana, la imagen amaneció destrozada. Algún desalmado, de propio o por encargo (que en estos tiempos se puede pensar cualquier cosa), amparado en la espesa oscuridad de la noche, rasgó con saña el lienzo, acuchillando el rostro de la Santísima Virgen y raspando la sagrada leyenda que la orlaba. Acto sacrílego que movió el sentir de devotos y vecinos en cuanto fue descubierta la fechoría. Inmediatamente, los consternados salmantinos comenzaron a pedir actos de desagravio hacia la sagrada imagen. Fueron muchos los que pidieron la inmediata construcción de una capilla en ese mismo lugar para poder seguir orando ante la desfigurada imagen. Los ánimos, encendidos, exigían la reparación del malicioso acto. Tal fue el clamor popular que al cabo, aprovechándose la construcción de la nueva Catedral, se decidió su traslado solemne hasta una de las nuevas capillas de ésta, en la que se construiría un retablo adecuado para albergar el lienzo y darle el debido culto. Esto se hizo ya va para veinte los años y aquí sigue, presidiendo la capilla que ahora admiramos.
-Curiosa historia- comentó el leonés. Y siguió, preguntándonos, -¿y conocen ustedes la historia de la Virgen de la Verdad?- Los demás nos miramos interrogándonos con las miradas. -Cuéntala, amigo, pues de seguro que alguno la desconocemos- le dije.
-Bien. Fíjense en la capilla frontera a la que ahora contemplamos. ¡Vayamos hacia ella!- nos dijo el papón mientras comenzamos a desandar nuestros pasos para pasar a la nave norte de la fábrica.
Llegados a la capilla, pudimos observar cómo su interior era presidido por una imagen de la Virgen con el Santo Niño en su regazo y nuestro amigo Carlos comenzó su narración.
-¿Conocen la leyenda del toledano Cristo de la Vega, que juró los amores de una dama para decir verdad? Pues aquí, en esta ciudad de la recia meseta, fue su Santa Madre la que hubo de intervenir en causa mundana-.
Cuenta la leyenda, o la historia que yo no lo sé, que un cristiano viejo, honrado y pobre cual asa de espuerta, se vió en la obligación de andarse a casa de un judío para solicitar un préstamo que aliviase sus deudas. Como bien sabéis, la usura es del carácter de los hebreos y aquél no había de ser distinto. El pobre cristiano asumió en su deuda los elevados intereses que el judío le pidió. Al cabo del tiempo juntó los dineros y, en cuanto pudo hacerle frente, saldó el préstamo llevando la bolsa con la cantidad de monedas acordada a la casa del judío. Pero al hebreo le pareció poca la cantidad que le traía el pobre hombre y exigió del cristiano más dineros de los pactados. El humilde hombre, que con infinito esfuerzo había sido capaz de reunir lo acordado, no tenía más con qué pagar. El judío acudió con su falsedad a la justicia, reclamando el pago de la deuda. El ladino prestamista convenció a los jueces de que decía verdad. ¿Qué podía hacer el pobre cristiano? Estaba perdido pues la razón se le daba al delincuente. Sin más alternativa, recurrió a la Santísima Virgen implorando su intercesión. Juró a la justicia decir verdad y pidió ser acompañado ante la imagen de Nuestra Señora para confirmarlo. Cedieron justicia y hebreo, acompañándole ante esta sagrada imagen. Allí, el cristiano viejo, en alta voz, preguntó a la Virgen: «¿Señora diríais vos que soy inocente?». Para asombro de todos, la figura movió la cabeza asintiendo firmemente con ella. Ante tan singular hecho, milagroso para quien esto narra, los magistrados libraron al cristiano de las falsas deudas y condenaron al prestamista por su delito.
-Esta es la leyenda, cierta para algunos, de la imagen de Nuestra Señora de la Verdad- finalizó el leonés.
Tras el relato, que nos tuvo en absorto silencio durante unos minutos, comenzamos a escuchar los rugidos de nuestras tripas. Se nos había llegado la hora de volver a casa y dar gusto al estómago. Así, en recatado silencio, pues era más fuerte el pensamiento en la olla que la gana de conversar, decidimos que era hora de despedir la compañía y volver cada cual a su hogar donde seguro había alguien esperando con los platos sobre el mantel y la comida dispuesta. Ya habría otros tiempos para visitar las traseras de esta obra, recorrer el Seminario de Carvajal y, por estar junto a él, entrar en la vieja iglesia de San Cipriano hasta alcanzar su cripta en busca de la sombra del Marqués de Villena.
Pero eso será en tiempos mejores. Estoy seguro de ello.


Post Scriptum.
Seguro que habrá quien se interese por esto cuando el XXI cumpla sus primeros años. Para ellos, sólo dejar constancia de que ambas imágenes de la Virgen siguen pudiendo ser admiradas en sus correspondientes capillas de la Catedral Nueva. Es más, por los documentos se sabe que el retablo de la Capilla de la Virgen del Desagravio fue construido en 1665 por Francisco García, siendo el tallista Juan de Mondravilla.
También decir que aunque sus nombres hayan cambiado, siguen estando en los mismos lugares la Puerta del Sol (entre la Clerecía, casa de las Conchas y antiguas cocheras de San Isidro), el Azogue Viejo (junto a los muros traseros de la Catedral Vieja), la calle de Sordolodo (ahora de Meléndez Valdés), el callejón de las Velas (con el mismo nombre entre Meléndez y San Benito) y la calle de la Nevería (ahora de Sánchez Barbero).
Finalmente, pero no por ello menos importante, mi más sincera gratitud a don Félix González Modroño, escritor que me ha subyugado con su obra, creador de los personajes de Fernando de Zúñiga y Pelayo, con los que, por admiración a ellos y a su autor, he querido compartir este paseo por la Salamanca del XVII. Sin la cariñosa aquiescencia del padre de estos personajes, este paseo nunca hubiera sido el mismo.

martes, 3 de noviembre de 2009

Tres de noviembre

Hoy es tres de noviembre.
Seguramente para la mayoría de los mortales no es sino una fecha más en el calendario, sin que deba ser recordada por ningún motivo particular. Para otros, pues somos tantos y han ocurrido tantas cosas, este día puede ser recordado por motivos diversos y variados, alegres o luctuosos.
Para mí, esta fecha es especial, por lo que entro en el segundo de los grupos anteriores. Una fecha siempre recordada aunque tenga la cana cada día que pasa más huera y a mi alma le cueste retener detalles que la memoria fijó en ella alguna vez.
Un día tres de noviembre de 1256 tuvo lugar en Salamanca una de esas avenidas del Tormes que se mantienen en el recuerdo a través de los siglos. Una riada que provocó que el puente romano perdiera más de la mitad de sus ojos, dejando incomunicados el sur y el norte de la península... Al menos por lo que a este paso se refiere. Una riada que dejó a los frailes dominicos (recién asentados en la ciudad de Salamanca) sin un techo bajo el que cobijarse, pues su convento quedó arrasado por las aguas. Pero, providencia divina, esto dio lugar a su traslado a la pequeña iglesia de San Esteban... y hasta hoy.
Un día tres de noviembre de 1639 fallecía en Lima, en la Ciudad de los Reyes, el primero de los santos negros de América, el santo moreno al que profeso toda mi devoción: San Martín de Porres, quien para mí será siempre "El Santito". Porque yo, persona poco dada a devociones imagineras, siento una debilidad, posiblemente heredada, por este hombre que fue capaz de reunir en una sola persona tanta bondad, comprensión, caridad y fe, que me hace sentir algo especial por él.

Un día tres de noviembre de 1961 venía al mundo en tierras de Don Quijote, un niño. Un chaval que disfrutó su infancia de llanuras manchegas y que al cabo del tiempo vino a madurar a esta Salamanca que le enamoró haciendo que se atase a ella y a sus gentes de forma permanente. Alguien a quien el color de la piedra, el olor de las casas, el sonido de las calles le retienen con un nudo invisible, indivisible y para toda la vida. Alguien a quien lo charro le caló hondo. Tan hondo que presume de charrería allá por donde vaya. Alguien que jamás negará su raíz pero que nunca renegará de ser salmantino hasta lo más escondido de su alma.
Hoy, día tres de noviembre de 2009, volveré a charlar con mi Santito como hago todos los años. Estaré con él celebrando su fiesta y nos contaremos nuestras cosillas. Hablaremos de cómo nos van las cosas y de nuestros proyectos. De familia y de amigos. Será sólo un rato, pero servirá para mantener consolidada esta devoción que le profeso. ¡Qué digo devoción! Admiración sería la palabra. Porque siempre será ejemplo vital para mí.
Seguramente para la mayoría de los mortales, el día de hoy sea uno más en el calendario, pero para mí, es especial. Hoy, en San Esteban, el Santito y yo, nos pondremos el traje charro para, en la mejor de las comuniones, celebrar y celebrarlo.

sábado, 24 de octubre de 2009

El Quiosco del Ochavo


Era una de esas cosas que nos rodean sin que reparemos en ella... hasta que, por no se sabe bien qué instinto, un día notamos su ausencia y nos damos cuenta de que llegamos a echarla de menos.
¡Me han quitado el quiosco de las escaleras del Ochavo! ¡Ya no está el quiosco de Ángel!
No sé bien cuándo ha sido, pero ahora, desde que soy consciente de su ausencia, no hay día que pase por allí, que no mire con nostalgia hacia lo que no es ya sino el hueco dejado por ese templete. O quizá lo que veo sea la ausencia en mi propia cana, que no quiere desprenderse de su habitualidad, como el niño que amarra ese peluche, ajado y sucio, que le ancla a lo cotidiano, a la seguridad de lo conocido, incapaz de cambiarlo por algo nuevo y limpio por más que le aseguren que el efecto anímico será el mismo. ¡Qué va a ser el mismo!


Pues así es mi último recuerdo. La imagen de un ajado y sucio quiosco, cerrado pero aún baluarte de lo tradicional. Garita abandonada sin vigilante que vele. ¿Será por eso que la ciudad cedió y lo que fue Gran Hotel son ahora pequeños apartamentos? Quizá. Pues también, en el mismo enclave, fue la desaparición del quiosco-panadería del bajo-escalera la que pudo coincidir con que el vetusto edificio de la Audiencia se transformase en hotel. ¿Es que ahí las cosas van por pares? O será que cuando desaparece el vigía, el entorno aprovecha para cambiar.
Pero esa caseta de chapa y madera era algo más. Era el lugar en el que, desde que fue puesto allí, la prensa llegaba puntual a su cita con la tertulia. Porque siempre había tertulia a su puerta, o esa es la imagen que mantengo. Charlas de taurinos y futboleros, con Ángel, el quiosquero, siempre en el quicio de una puerta que daba paso a su mundo. Y el carrito. Un carrito de mano. Siempre ese carrito que sirvió para recorrer Salamanca en uno de los primeros servicios a domicilio que recuerdo. Su padre, Ángel Castilla, fundador del negocio (eso creo), manejaba el carrito con soltura esquivando obstáculos en su recorrido mientras distribuía la prensa por casas y locales.

Jamás compré nada en él o quizá algún periódico que no recuerdo. Nunca hablé con Ángel, pero le conozco mejor que a muchos otros. No me conoce, pero sé quién es. Y sé que, como los otros, custodiando cada una de las entradas al ágora, siempre fue el responsable de un auténtico fielato del día a día, controlando el pulso ciudadano desde las primeras horas de cada jornada.
Desapareció la máquina de tren que asaba patatas y tenía pipas calientes. Se actualizó el quiosco de Fidela en el arco de la calle de Zamora. Desapareció el quiosco de "La Barazuela" de las escaleras de Pinto. Nos quitaron los urinarios-caseta de turismo de las escaleras del arco del Toro. El del Corrillo... ¿cómo está? Obras y andamios.
Sólo queda el de Fermín, aunque sea in memoriam, para guardar el interior del Templo. No sé qué será de nuestra Plaza cuando su viuda decida que se acabó el negocio. No sé que será de la Plaza sin vigilantes.