¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


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jueves, 5 de enero de 2012

Noche de Reyes

¡Acabo de encontrar la ilusión perdida!
Ahora mismo, bien de mañana de este día cinco de enero, siento un hormigueo en las tripas como ya no recordaba. Me tiemba el pulso y creo que sé la razón. Este año, en el que la sobreabundancia de preocupaciones ha hecho que olvidase redactar mi tradicional carta a los Magos de Oriente, siento una ilusión especial. No sé si es como la de otros años, pues mi Cana tiene cada vez más problemas de memoria, pero creo que es similar a la que aún soy capaz de recordar de cuando el largo de mis pantalones jamás alcanzaba más allá de unas rodillas siempre tintadas de mercurocromo y todos mis pelos se concentraban en el cénit de mi cabeza. Años aquellos en los que la sorpresa siempre vencía a la practicidad de los Magos y hasta el carbón, que jamás pedí y más de una vez encontré rellenando mis zapatos, era motivo de alegría infantil.
Ahora mismo, con el nudo formado en las tripas, me quiero afanar en escribir una carta de última hora con la seguridad de que llegará a su destino. Porque sé que los Magos de Oriente están tan pendientes de ella como de los otros millones y millones de las que reciben. Agarro papel y pluma, pero no me salen las palabras. Son tantas las cosas que quisiera poner que se agolpan todas en el extremo de la estilográfica y forman un coágulo que no deja fluir la tinta. Deseos de última hora para rellenar todo un año que aún está por desenvolver. ¡Son tantos! Insisto, pero no sale ni una letra mientras todo bulle en la cabeza. Me tomo un vaso de leche, de esa leche que esta noche probarán los Magos, para intentar relajarme, pero no hay manera. El bloqueo es completo. Ya no es que sea incaz de emborronar el papel, es que se me agarrotan los dedos. ¡Maldito ácido úrico!, pienso, quiendo buscar una explicación racional.
He decidido dejarlo por imposible y me marcho a sacar brillo a mis zapatos, que mantener las tradiciones nos ata más a lo nuestro. Cera y bayeta para relajar el alma.

De repente, casi inconsciente, vuelvo al papel y garabateo letras sin conocimiento. Ahora sale de corrido a pesar de la mala caligrafía (¡otra vez como cuando niño!). ¡Ya está! ¡Ya la he terminado! Con la consciencia de regreso, leo lo escrito: "Queridos Reyes Magos: Sé que es tarde pero nada hay imposible para vosotros. Creo que este año he sido bueno y me he portado bien, por lo que quisiera pediros..." y a partir de aquí solo soy capaz de ver borrones ilegibles y palabras sin sentido. Pero no me preocupo. Sé que ellos lo entenderán, pues conocen todos los idiomas, hasta el de los borrones, y que harán todo lo posible por cumplir con mis deseos. Sé también, porque en mi interior también he sido capaz de comprender los garabatos, que lo que pido para mí es poco pues poco necesito y que el resto son deseos. Deseos, seguramente de difícil cumplimiento, para ir cubriendo las páginas de este calendario recién estrenado. Deseos que, a pesar de parecer la recopilación de las frases más tópicas de un concurso de belleza, son sinceros. Deseos infantiles desde mi madurez, porque me resisto a dejar de ser niño, aunque solo sea este día. Porque acabo de recuperar la ilusión y... ¡qué mejor regalo que este!

viernes, 23 de diciembre de 2011

¿¡Feliz Navidad!?

¡Pues eso! Que ya está aquí. Como todos los años desde que tengo recuerdos, y posiblemente desde más años atrás, aunque no tengo certeza para confirmarlo, la Navidad está de nuevo llamando a nuestra puertas y, la verdad, no sé si alegrarme.
Desde hace ya unos días, Marisol, la antipática cajera de mi super, Santiago, el quiosquero quisquilloso, Marcelino, quien me sirve ese espantoso café cada mañana, y muchos otros personajes de mi vida diaria, se han puesto de acuerdo, como si les hubieran tocado un resorte oculto, y (seguro que muy a su pesar) me han "deseado" una ¡Feliz Navidad! Como si no supiera que el resto de los días del año, de cada año (salvo el día del resorte, que se repite periódicamente), a Marisol le "arden" las tripas cuando le doy mis cincuenta euritos para pagar la barra de pan o a Marcelino se le enrojecen de cólera hasta los cabellos mientras le pido, cada día y con la mejor de mis sonrisas, mi descafeinado de máquina cortito de café, con leche descremada del tiempo, sacarina y en vaso, que eso de las asas de las tazas no es mi fuerte, pues nunca supe si son para diestros o para siniestros y me hago un lío al tener que decidir si agarrarlas con una mano o la otra.
También compruebo, como cada año por estas fechas, que no puedo quedarme mirando a alguien, siquiera de forma distraída, mientras completo mi paseo diario por las calles salmantinas, pues me arriesgo a recibir de sopetón un inesperado ¡felices fiestas!, lanzado mecánicamente por el desconocido por si un acaso; no sea que yo fuera una de esos "conocidos" a los que jamás se recuerda y tenga la desfachatez de no felicitarme/felicitarse estos días en los que el amor sale de su cascarón y cubre con su almibarado manto cuanto se mueve sobre la superficie terrena. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Pero el colmo de la ironía navideña ha sido cuando esta mañana, como todas las mañanas del día de después del decepcionante día de la lotería, se me viene Torrejón encima, por sorpresa y casi a traición, me planta un abrazo que me deja sin resuello y me espeta sin dejarme capacidad de reacción: ¡Feliz Navidad! ¡Que tengas unas felices fiestas! ¡Ah, y dale un beso a Charo!, mientras yo mascullo el primero de los improperios que se me viene a la cabeza y pongo cara de póker al devolverle los deseos, forzado por una educación que, en estas veces, me gustaría no tener. ¡Torrejón! ¡Faustino Torrejón! ¡El hideputa de Torrejón! Ese al que jamás le dolieron prendas cuando tuvo que pisar mi cabeza para alcanzar el puesto que ocupa; ese que cada día me zancadillea a la menor oportunidad para dejar/dejarse claro que se siente por encima de mí, aunque yo piense lo contrario; ese que, en lugar de saludar, gruñe algo gutural que intenta asemejarse a una frase cuando nos cruzamos por el pasillo; ese, en definitiva, que se olvidó hace tiempo de trabajar para emplear tiempo y esfuerzo en hacerme la vida imposible. ¡Feliz Navidad!, me dice. ¿Feliz Navidad? ¡Anda ya!
En fin. Que se repite la historia. Que tengo que forzarme a sacar la mejor de mis sonrisas y animarme a ser feliz por expreso deseo de los demás. Sin posibilidad de decidir. Sin capacidad de elegir. Y... a comprar regalos inútiles que nadie agradecerá; a templar mis tripas con pantagruélicos banquetes en los que el menos forzado de los asistentes muestra la "sonrisa" del Joker de Batman; a beber esos espumosos de mercadillo que destrozan cualquiera de los conductos orgánicos por los que discurren en el interior de mi cuerpo; a anudarme una corbata obligándome a no poner cara de recién ahorcado; a visitar a esos "amigos" y "familiares" a los que el resto del año intento evitar como si fueran apestados (o lo fuera yo, que puestos a elegir...); a trasnochar en multitudinarios festejos soportando golpes, olores y cogorzas de cientos de "compañeros" a los que se les sube con facilidad el cotillón a la cabeza; a tener los mejores de los deseos para que no se cumplan el año que está por llegar; a sentirme solidario, aunque sea de pacotilla, descargando mi conciencia para el resto del año...
¿¡Feliz Navidad!? Será que hoy me sale el Grinch que llevo dentro o quizá que esta cana que gobierna mis días resuda amargo escepticismo como si fuera brillantina, pero no me creo lo de estas fiestas.
¿¡Feliz Navidad!?, cuando tenemos todo el año para "ejercer de buenos" y lo olvidamos con una intensidad tal que podría ser un claro principio de enfermedad de Alzheimer.
¿¡Feliz Navidad!?... ¡A otro perro con ese hueso!, que bien reza el dicho castellano. O como dijera el misántropo Fernán-Gómez: "¡¡A la mierda!!

sábado, 19 de diciembre de 2009

Deseo


Desde la inocencia de quien nos va a nacer...

Con la ternura que se despierta en los corazones...

Cuando el camino sigue ofreciéndonos altibajos...

Pensando en todos a los que quiero porque los conozco...

Imaginando a los desconocidos a los que sé que puedo querer...

Porque la amistad dura más que unos días...

Porque el perdón es agradecido...

Sintiendo el infinito en una estrella...

Creyendo en la paz, que siempre es posible...

Con todo el cariño de esta Cana que un día se plantó en mi alma, deseo para todos cuantos pasáis por este diario, a los que tengo el orgullo de considerar amigos, una Feliz Navidad.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Es Navidad

Desde este mismo momento comienzan mis vacaciones de Navidad.

Sí. Durante las próximas semanas aunque tenga que ir por el despacho de cuando en vez, lo haré de forma relajada y sin tener que poner la luz a los días y podré aprovechar para zambullirme en la alegre vorágine ciudadana; para disfrutar de la fría calma que envuelve las calles de esta ciudad cuando, en las primeras horas, la bruma se adueña de todos los espacios y las antiguas calles apenas son transitadas.

Pero, en estos momentos, cuando la alegría debiera estar comenzando a inundar todo mi interior, mi alma está encogida y esa cana que otras veces se muestra orgullosa, ahora quisiera sentirse invisible y desaparecer entre sus pliegues y arrugas; esconderse en el gurruño que, poco a poco, se va formando y dejar de sentir. Porque, a pesar de comenzar las fiestas y los días de descanso, a pesar de que son los días más artificiosamente entrañables del año; a pesar de que celebramos el nacimiento del Niño Dios con el espíritu renovadamente puesto en un pequeño pesebre; a pesar de muchas cosas que podrían venirme ahora hasta el recuerdo pero que prefieren quedar anónimamente ocultas, no creo que estos días vayan a ser celebrados como yo quisiera desde la añoranza de mis días infantiles. Porque, y es lo malo de hacerse viejo, las ilusiones que fui ahorrando para gastar poco a poco, son cada vez más escasas. Tanto que ya comienzo a ver el oscuro hondón del saco.

Porque un día 22 de diciembre de hace ya cuatro años, cuando el alegre y machacón soniquete de los pequeños de San Ildefonso inundaba todas las salas de ese viejo hospital, sus ojos acabaron por cerrarse en busca del descanso que llevaba tiempo buscando y que, además, tenía completamente merecido. Su cuerpo exhausto descansó, pero para mí fue lo peor que como hijo me pudo ocurrir. Y, aunque felizmente concelebre con todos nosotros estos días en que la familia es lo más importante, no puedo evitar que una lágrima de cariñoso recuerdo se pierda por el interior de mi ahora empequeñecida alma.

Porque, a pesar de vanos intentos, las cosas siguen sin cambios. Las promesas e ilusiones siguen siendo el huero espacio dentro de una cáscara cada vez más amarga cuando se intenta atravesar desde fuera. Y ese amargor, o amargura -que sería peor- , impregna las paredes de mi alma y debilita su sentido. Seguramente aún estemos a tiempo de volver a ser lo que siempre quisimos. Sólo es voluntad y cariño, que lo demás, al final, siempre carece de lugar. Pongamos pues lo mejor de nosotros en ello.

Y así, a pesar de todo, quiero hacer de tripas corazón. Aunque, ahora que hace ya un año que me descubrí la primera, una nueva cana comience a despuntar desde lo más íntimo de mi alma, quiero sobreponerme a adversidades y celebrar el festivo Misterio de la Navidad como siempre. Celebrarla como me dictan mis recuerdos y me pide el cuerpo. Celebrarla en el bullicioso recogimiento que requiere el hecho de saber que nos nace el Mesías. Compartir y compartirme. Seguir a la estrella hasta donde me guíe, como un pastor sin rebaño. Volver atrás la mirada y verles, a él y a ella, sonriéndome. Sólo eso, sonriendo.
Celebremos la Navidad. ¡Feliz Navidad!

sábado, 5 de enero de 2008

Noche de Reyes


Mis mejores zapatos aguardan relucientes junto a la chimenea.

Sé que los Magos apreciarán mi trabajo, pues es éste el único día del año en que me esmero en la limpieza del calzado. Y así ha sido desde siempre. Desde que en casa nos enseñaron que esta es la noche más mágica del año. Y lo recuerdo para tenerlo presente. Es la noche. Mi noche. Y mañana, será momento para rasgar papel y volver a emocionarme con la sorpresa. Porque sé que, como todos los días de Reyes, habrá algo que se me anude en la garganta y me haga brillar los ojos. Sé que me volverá a pasar y que seré incapaz de controlarlo, aunque haré los mismos esfuerzos de siempre para que se me note lo menos posible. Pero se me verá en la cara y no podré ocultarlo. Siempre igual.

Pero la magia está en la noche. Noche de desfile callejero compartido con quienes queremos y nos quieren. Caramelos de sabor eterno a felicidad inexplicable. De peticiones de última hora, desde el alma y en silencio, a su paso por nuestro lado. Y hablamos con Melchor, con Gaspar y con Baltasar. Porque son ellos. De verdad. Aunque parezcan otros. Quienes somos capaces de llegar a hablar con ellos, desde el alma y en silencio, sabemos que son ellos. Y nos callamos para no romper la ilusión.
Porque la magia está en la noche. La única noche en que los deseos, felices y ansiados deseos, enviados con letras etéreas hasta el recóndito refugio de los Magos, revolverán mis sueños y harán que el desasosiego, feliz desasosiego, interrumpa la placidez que el resto de las noches encuentro en el calor de un lecho en compañía. Feliz compañía.

Sí. La magia está en la noche. En esta noche en la que el aroma a cacao tibio y galletas de nata invade todos los rincones de mi alma. Cacao y galletas que mañana se verá que sirvieron para alivio de viajeros, mágicos viajeros. Y espero atento, con el oído despierto, para escuchar los pasos de los camellos y los susurros de los Magos. Y, creo que, como siempre, me vencerá el sueño antes de poder encontrarme con ellos y decirles cómo les echo de menos el resto de noches del año. Porque las demás no son mágicas, aunque pueda dormir de tirón.

La magia está en la noche. En esta noche en la que todos en casa volvemos a ser niños, con la ternura que olvidamos el resto de noches. Y todos esperamos con afán su llegada. Y la ilusión vence al sueño, hasta que el sueño se hace ilusión y nos vence. Y dormimos. Y esperamos a mañana. Pero esta es la noche y lo sabemos.

Y al final, nadie sabe cómo ni cuando, los Magos pasarán por el balcón y dejarán todo lo que les pedimos. Y la chimenea amanecerá invadida de regalos. Regalos, sí. Pero también la ilusión de poderlos recibir, de compartirlos entre nosotros y con muchos otros. Aunque no lo sepamos. Porque la magia lo hará posible. Aunque no pueda reflejarse en las fotografías de esa cámara que ya tengo preparada. Intentaré capturar los momentos, pero sé que será imposible guardar la magia. Y volveré a rasgar envolturas de cariño. Y me volveré a emocionar. Como todos los años.

Y tendremos que esperar hasta la próxima noche de Reyes para poder vivir, revivir, la magia y los deseos. Y se cumplirán. Otra vez.

viernes, 4 de enero de 2008

Una carta

Por fin acabé mi carta a los Reyes Magos y, ahora, cuando sólo me queda firmar, me doy cuenta. ¿Qué hace un republicano convencido escribiendo a la monarquía? ¡Vaya contrasentido!

Pues que quieres que te diga. No es que me incomode. En absoluto. Ante la alternativa de realizar la petición de deseos a Papá Noël (menos regio, bien cierto), creo que me merecen más confianza los Magos orientales. Son como... qué se yo, como más castizos. Son, a pesar de la lejanía de su origen, gentes de confianza, gentes de casa, buenas gentes. Y por eso, o quizá aprovechando esta disculpa, no tengo reparos en escribir mi carta a estos Reyes sabios, pues tengo la certeza de que son los que, desde que mi razón es consciente, han sido portadores de alegría y cariño, aunque no hubiese nada más.

Y sí. Sólo me queda firmarla, pues el texto está completo y, además, tan meditado que no me vería capaz de cambiar ni una sóla coma.

Humanamente egoísta, he pedido para mí. Porque a los Reyes hay que pedirles de forma personal, individualizada, aunque casi todas las peticiones se repitan. Porque esto va por modas. Y todos sucumbimos a la moda para igualarnos en nuestras cartas a los Magos. Aunque, hay cosas que, incluso siendo moda, no van a estar entre mis peticiones. No. Por supuesto que no he pedido la paz en el mundo, ni el fin de la pobreza, ni siquiera por la estabilización climática. Eso lo dejo para jovenes aspirantes a reinados más terrenales; a efímeras monarquías de la belleza en las que la reina es reemplazada cada año. Bellas mujeres cargadas de sentido común pero obligadas a ridiculizarse en beneficio de una estética mal entendida. Porque por tradición, una mujer bella debe ser imbécil. Y así será mientras nadie haga por cambiarlo.

Mi carta es más tradicional. Mis deseos son más de andar por casa. Mis peticiones son altruistamente egoistas. En estas solicitudes como siempre, y en primer lugar, los mios. Bueno, las mias. Expresivas cariátides que soportan, con esfuerzo, hercúleo esfuerzo, mi cotidianeidad. Mi día a día, mi monotonía, mi ausencia de grises. Para ellas no pido, sino que me las pido. Así, sin más. Pues no necesito más. Sólo que estén y sean.

También me acuerdo de los más cercanos. Amigos. Con los que comparto Pasión y esperanzas. Corazones cofrades durante todo el año. Amantes de una devota tradición secular. Mantenedores de un espíritu incomprensible si no vives el misterio. Para todos ellos, y son muchos, sólo he pedido rutina y monotonía. Sólo deseo que nuestros días sigan como hasta ahora. A pesar de los cambios. A costa de las renuncias. Sobre los enfrentamientos... Que nuestra amistad siga fuerte. Tan fuerte.

También me he acordado de mi Semana Santa. Vocación solitaria compartida con multitudes. He intentado pedir. He intentado desear. He intentado... Pero eso no son sino imposibles. Hasta para los Reyes Magos. ¿Por qué comprometerles sabiendo del fracaso de antemano?

Sólo me queda firmar. Lo demás ya está escrito. Ahora, mientras dedico estas últimas horas antes de su llegada a sacar brillo a mi mejor par de zapatos, me doy cuenta de por qué sigo fiel a esta tradición. Porque disfruto recordando. Porque disfruto viviendo estos momentos. Porque, sin la Epifanía, no tendrían sentido estas fiestas. Porque es rememorar todo lo que de niños nos queda. Y parece que todavía es mucho. A pesar de las canas.
Y habrá quienes, todavía, digan que no existen. O peor aún, que son los padres... ¡Si supieran!

¡Ah! Y ahora, corriendo a dársela a un paje.