¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


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jueves, 14 de abril de 2011

Pasear en clase

Desde el primer día, hace ya años, en que me ví al otro lado de la raya, haciendo lo que hasta entonces hacían otros, supe que la quietud no iba a servirme para mis propósitos.
Cuando comencé a ser docente, antes incluso de sentirme como tal, algo en mi interior me impulsaba a no quedarme quieto, a moverme adelante y atrás entre los bancos de los alumnos mientras impartía mis lecciones, al tiempo que el sudor, quisiera creer de de forma imperceptible, perlaba mi frente. Entonces, cuando la inexperiencia era un exudado mucho más perceptible que el producido por mi propia fisiología, estaba firmemente convencido de que ese vaivén era simplemente la manifestación externa e indomable de un estado nervioso típico de principiante.
Con el paso de los años, los nervios fueron aplacados y, a pesar de no desaparecer, controlados hasta hacerme creer que era yo quien los dominaba. Sin embargo, mis paseos por el aula seguían haciéndome sentir de una forma que no conseguía si permanecía estático sobre la tarima ni, por supuesto, escondido tras un ambón protector. Me veía más cerca de los alumnos y, seguro que simplemente como falsa impresión, llegaba a creer que lo que yo contaba calaba más profundamente en quienes ocupaban los pupitres. Esa sensación, agradable, de sentirme uno más, como ellos, frente a la tarima, aunque manteniendo mi parlamento, interrumpido únicamente por alguna que otra pregunta cruzada entre ellos y yo o entre yo y ellos, era algo que crecía día a día.
Ahora, cuando hay veces que incluso me preocupa el exceso de confianza en mí mismo; cuando la experiencia de años de docencia me ha permitido controlar no solo mis nervios sino también el sudor de mis axilas, sigo paseándome arriba y abajo mientras cuento mis clases. Sigo disfrutando de mis parlamentos mientras recorro el aula y lanzo, de cuando en vez, mis preguntas a uno cualquiera de mis alumnos. Sigo pateando los pasillos al tiempo que espero la interrupción, bendita interrupción, de uno cualquiera de mis estudiantes, para plantear una cuestión fundada que surja del matrimonio formado por la duda y la atención a lo que cuento, mientras el resto aprovecha para un corto relajo. Ahora, sé que me veo en mi particular perípatoi, con mi túnica cruzada cual Teofrasto, mientras intento e incluso, a veces, consigo, la atención de los que, sentados en las bancos, dejan de copiar sus apuntes para interesarse por mis palabras. Y me gusta porque me hace sentir cumplidor de mi misión.
Ahora, mientras camino por el aula, he olvidado mis nervios, mi frente está seca, los estudiantes atienden a mi discurso y me siento a gusto.
Soy un peripatético y me gusta.

lunes, 25 de enero de 2010

El prinicipio del fin: ¡Llega el Plan Bolonia!

Tras más de veinte años impartiendo mis clases a futuros licenciados, este es el último año que lo haré. Comienzo el último curso de lo que tradicionalmente se ha denominado Licenciado, pues a partir del próximo curso mis clases serán recibidas por futuros graduados.
Es ésta la más visible, quizá, de las novedades que nos trae el nuevo sistema de estudios universitarios, cuya implantación definitiva comenzó con el incio de este curso, y que los medios y el pueblo llano han dado en llamar "Plan Bolonia".

No es que me importe que lo que siempre fueron licenciados sean ahora graduados, aunque esta última terminología, no sé si influido por algún agente externo más o menos cercano (¿Por qué me habrá venido a la cabeza ahora la señora esposa del primer ministro irlandés?), a mis oídos llega como con una inferior categoría.
La verdad es que el Espacio Europeo de Educación Superior, el dichoso "Plan Bolonia", nace de una supuesta necesidad de homogeneizar los estudios superiores en numerosos países de la Europa tradicional, para así permitir la libre circulación de estudiantes y titulados sin que un diploma constituya una frontera que, muchas veces, se constituía en barrera casi infranqueable. Pero, aprovechando que siempre hay un río pasando bajo los puentes de cualquier ciudad, (pongamos que el río Reno pasa por Bolonia), algunos expertos quisieron modificar algo más, empleando nuevos conocimientos pedagógicos que han dado lugar al uso de nuevas metodologías. Así, a partir de ahora, deberemos olvidar la enseñanza clásica, ésa que ha demostrado su valía durante siglos, durante ocho siglos, y tendremos que adaptarnos a los nuevos métodos. Deberemos pasar de "enseñar en conocimientos" a "enseñar en habilidades y competencias". Tendremos que capacitar a los alumnos, a esos futuros graduados, para que sean capaces de "saber hacer" aunque antes no hayan sido capaces de "saber saber". Nos obligan a olvidar parte de la esencia del magisterio universitario, por la que un estudiante aparte de almacenar conocimientos debía saber usarlos mediante el empleo crítico de su inteligencia, mediante la razón y la capacidad de extrapolar racionalmente, para pasar a formar a futuros especialistas en las más variadas técnicas, aunque para ello no necesiten conocer el fundamento de las mismas. Creo que nos obligan a formar a nuevos técnicos cualificados. Con una cualificación superior a la de una Formación Profesional, pero técnicos al fin y al cabo.
¡Pues yo me niego a ello!

No sé si estoy en lo cierto o no, pero no pienso cambiar mi criterio docente. Porque creo que lo que el alumno necesita, aparte de gran cantidad de conocimientos que hilvanará en su cerebro de forma laxa y que perderá en gran parte antes de firmar su primer contrato laboral, es que alguien sea capaz de intentar, al menos, remover esos conocimientos recién adquiridos. Alguien que estimule la discusión y fomente la curiosidad. Alguien que inicie una sesión en la que el estudiante no sólo recite lo que aprendió, sino que le haga ser capaz de demostrar que esos conocimientos, que ha obtenido empleando distintas fuentes, le permiten formular hipótesis, elaborar abstracciones, razonar los porqués y elaborar juicios críticos en los que las conclusiones sean la muestra de lo aprendido. Alguien que intente que el alumno no sea una máquina de copiar unas notas a toda velocidad sin darse cuenta siquiera de si lo copiado es correcto o erróneo, sino que le enseñe a darse cuenta de que lo que él apunta está en cualquier libro de texto (y mejor de como la mayoría de los docentes puedan decirlo) pero que lo que él piensa y su capacidad de selección en función de ese juicio no aparece en los manuales. Que la discusión constructiva forma a los futuros profesionales mucho más y mejor que los apuntes al dictado más completos y elaborados. Porque no sólo serán capaces de asentar los conocimientos con más solidez, sino que, además, sabrán para qué sirven esos conocimientos.
Por esto, no creo que lo que llevo años practicando con unos resultados más que aceptables deba ser cambiado ahora por imposición ministerial.
No es que me importe que lo que siempre fueron licenciados sean ahora graduados. Lo que me importa es que sean personas. Personas formadas. Profesionales formados.
-¡Pero si eso es el nuevo Espacio Europeo!
-¡Ah! Pues entonces... ¡Me gusta el "Plan Bolonia"!