¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


martes, 7 de octubre de 2014

El Mercado Central

Algunas veces, quizá menos de lo deseado, Salamanca es consciente del patrimonio que atesora y actúa consecuentemente a pesar de la oposición de unos pocos o unos muchos. Así, gracias al celo de alguno o por la necesidad del momento, se mantuvieron en pie una catedral románica o un puente romano que, en un principio y por decisiones de gestores "iluminados" por el progreso, estaban destinados a desaparecer. Gracias a ello, tenemos la suerte de contar con una Catedral Nueva o un Puente Nuevo (mejor llamado de Enrique Estevan por dedicarlo a su impulsor), manteniendo además aquellos que estaban llamados a ser reemplazados.


Otras veces, las más, no hubo quien se preocupase de detener el "avance del progreso" o incluso habiéndolo, se le ninguneó desde las instituciones interesadas en la renovación, y se provocaron desastres sin retorno posible. Por esto, por un mal entendido avance urbanístico, por un querer ir al ritmo de los tiempos de manera equivocada, Salamanca ha perdido, a lo largo de su historia, edificios civiles y religiosos que bien podían haber sido mantenidos. Iglesias, casonas, palacios, depósitos de agua o teatros, fueron víctimas de la piqueta desapareciendo sin remisión, mientras se hacían oídos sordos ante aquellos, quizá los menos, que levantaron su argumentada voz en contra de aquellas atrocidades. En distintas épocas y diferentes estilos, construcciones renacentistas, por no remitirme más allá, barrocas, edificios racionalistas, modernistas o de la más cercana cultura del hormigón, fueron víctimas silenciosas de un progreso mal entendido.

Ahora, cuando celebramos aniversarios más o menos redondos para nuestras construcciones de la "arquitectura del hierro", y aprovechando que estas efemérides suelen mover conciencias, me alegra ver que nos preocupamos del mantenimiento de alguna de estas edificaciones que ya son emblemáticas aunque, al tiempo, me vienen al recuerdo otras desgraciadamente desaparecidas, como el añorado Puente de la Salud.
Así, leo en los medios que el grupo municipal del Partido Socialista pide financiación a la Junta para mantener la Casa Lis, que el Ayuntamiento anda pendiente de que las obras de conservación-restauración del puente de Enrique Estevan avancen adecuadamente, o que los comerciantes del Mercado Central solicitan la rehabilitación del mismo.

A pesar de que hace ya algunos años, quizá demasiados por lo que recuerdo, el Mercado Central fué remozado en su interior y embellecido en su exterior, es posible que ahora sea momento de volver a mirarlo y hacer caso a los que en él habitan, para rehabilitarlo no solo estructuralmente sino en su función última. Mirar a otros edificios similares, como el Mercado de San Miguel en Madrid o el de La Boquería en Barcelona, por citar los más conocidos, y ver cómo han sabido conjugar la actividad tradicional, con sus puestos de productos frescos o conservados, con otras más lúdicas. Exposiciones, consumo "in situ" de productos del propio mercado preparados al momento, música en directo o cualquier otra manifestación que permita combinar la tradición con algo más innovador, seguramente renueven la vida de este edificio y de su actividad. Por eso, confío en que las propuestas de quienes pretendan participar en esta rehabilitación (leo sobre el interés de los alumnos del máster en arquitectura) lleguen a buen puerto y que, si hace falta otro mercado central sea éste de nueva construcción y no suponga la desaparición, si no inmediata sí por dejadez, de esta pequeña joya que nació con el siglo XX y de la que los salmantinos debiéramos estar orgullosos. 

viernes, 18 de julio de 2014

En un año

¡No!
No olvidé que hace un par de días volvía a concelebrar el aniversario de mi padre. No olvidé que hace un par de días la Virgen Marinera salió de su cobijo para pasear calles, ríos y puertos. No olvidé, en fecha tan señalada, a aquellas cármenes que en algún momento formaron parte de nuestras vidas, recordando con ello a una Berrendita cada vez más abandonada, que no olvidada, y a esa abuela a quien ella siempre rinde homenaje como sólo ella sabe.

¡No! ¡No lo olvidé! ¡Lo que olvidé fue dejarlo patente en este folio inmaterial!

Y es que estos últimos meses anduvo mi cana en tanto menester que no he tenido ni un momento para dejar constancia en este cuaderno del que hace tiempo perdí el candado. Porque desde ya tanto que sólo puedo entreverlo en la tiniebla de la memoria, anduve inmerso en actividades varias en tal cantidad que llegué a olvidar la obligación de renovar, al menos de vez en cuando ya que no con periodicidad, los contenidos de estas páginas.



Por vez primera desde hace tanto que casi ni lo recuerdo, he vuelto aquí para trabajar.

De un año acá le fui infiel a esta bitácora, cambiándola por la rutinaria obligación de dedicar mis palabras a aquellos desconocidos que quisieran acercarse cada miércoles a esa SalamancaRTV que explotó en la prensa virtual de la ciudad con la enérgica intención de hacerse con el mejor de los huecos. Dediqué mis miércoles a hacer allí lo que aprendí a hacer aquí: malcontar lo que se me pasa por la cana, que allá quedó tímidamente oculta para no significarse. Así, mi cana destilaba lo que yo firmaría después, obligándola a permanecer en el anonimato. Pero nunca fui fiel a la rutina calendaria y tuve que exprimir más de la cuenta mi escaso seso para poder llegar a tiempo cada semana de las que anduve por allí.



Ahora, dándome un tiempo de respiro obligado por los quehaceres que me impone un trabajo cada día más prosaico, dejo que sean otros los que se expresen en aquella prensa virtual y vuelvo por aquí para intentar no perder el contacto con lo que un día fue casi rutina y ahora, mucho más reposado, mantengo como elixir de ánimo. No sé si dejaré pasar otros doce meses, pero de lo que estoy seguro es de que nunca perderé el contacto con esta cara visible de una cana que sujeta al alma.

domingo, 14 de julio de 2013

Otro 16 de julio... ¡FELICIDADES!

¡Ahora sí que no sé por dónde empezar!
Han sido meses de ilusiones y frustraciones que me han han roto y hecho renacer esta cana que ya deja de estar en mi alma para, en muchas más ocasiones de las que yo quisiera, rodearme por entero, protegiéndome a veces y ahogándome las más.
Han sido meses de buscarme en caminos quizá equivocados, yendo y viniendo sin saber ni de ni hacia dónde. Tiempos perdiéndome en redes de las mal llamadas sociales que hicieron que me apartara de la senda segura. Viajes reales o imaginarios a paraísos exóticos sin apenas salir de casa.
Han sido meses de sequía entre mis dedos mientras fuera llovía como si no fuera a haber mañana. Pero yo solo me atrevía a mirar a través de los visillos, sin querer mojarme, olvidando regar con esas aguas abundantes esta cana agostada, aunque solo fuera de cuando en vez.
Son años los que van pasando mientras descubro, mientras descubrimos, lo duro que se nos puede hacer mirarnos al espejo y ver que las arrugas se adueñan de los otoños, que las venas se marcan agoreras en una piel cada día más ajada y que la única parte corporal que no pierde volumen es la que queda sobre una cintura cada vez más difuminada por esa propia franja que la alcanza y la rebasa.
Sin embargo, hay días, momentos quizá, en que el espíritu se desenfunda cual almohadón para dejarse ver por dentro, ahí donde las costuras engordan; para dejarnos volver a lo que un día fuimos aunque solo sea en un efímero recuerdo. Hoy es uno de esos días. Hoy he vuelto a recorrer una infancia casi olvidnada, para marchar a por cangrejos al molino junto al puente y tomar un refresco en el chamizo de La Quintina; para merendar en quién sabe ya qué alameda o en El Piélago o en la Presa del Vicario o en Alarcos o en Picón; para probar un rancho que siempre me supo a gloria bendita; para ir al pueblo, a La Torre, a disfrutar de aromas indescriptibles; para subirme a los camiones en la báscula de la Dehesilla mientras me empanzonaba de manzanas verdes; para asomarme a la ventana del cuartito, como cada sábado, y ver los marciales desfiles en el polvoriento patio del cuartel; para abrir el mueble del comedor y robar mi primer cigarrillo; para subir con el "seilla" a La Atalaya a disfrutar de los fuegos de artificio; para tantas y tantas cosas... Y en todas ellas, siempre, omnipresente, estaba él. Atento aunque dejándose parecer descuidado, dejándome crecer en cada uno de esos momentos. Ahí estaba él, orgulloso de mí, orgulloso de nosotros, aunque ese carácter suyo, forjado en la dureza de los tiempos, no dejase translucir el menor atisbo. Ahí estaba él, orgulloso de haber formado una familia con la que ahora poder compartir recuerdos. Porque, a pesar de los años, seguimos compartiendo, quizá ahora con más intensidad, todos aquellos momentos en que juntos, sin saberlo entonces, forjamos lo que tenemos ahora.
Por eso, vuelvo a mi infancia, coloreo mi dibujo que seguirá siendo sorpresa hasta que se lo dé y digo: "¡Felicidades Papá!".
¡Que cumplas muchos más!

jueves, 20 de diciembre de 2012

Cristo de las Batallas... perdidas

De verdad que lo intento, pero ando tieso como la mojama de atún. Mira que hay movidas por el mundo de las que se podría extraer un comentario y, sin embargo, tengo la mente seca de palabras. No sé si será por el resto de actividades o por mera dejadez, pero no hay nada que llame la atención de mi cana tanto como para que la idea sea retenida y posteriormente desarrollada.

Berlusconi y Chávez andan revolviendo el mundo, uno no queriendo morir y el otro queriendo resucitar. Los norcoreanos mandando misiles al espacio para demostrar su "poderío" mientras se avergüenzan del embarazo de su "primera dama". El frío se adueña de nuestro otoño sin que nadie recuerde el global cambio climático. Nuestro monarca, en prudente silencio, aprendiendo a manejar la superprótesis que lo convierte en "algo" un poco más artificial. El Presidente y su panda tocándonos no ya los genitales, sino el mismísimo forro interno de los mismos con sus decisiones económicas y sociales. Los gobernantes catalanes... a lo suyo, como siempre. Los otros gobernantes... también a lo suyo, corrupción burda incluida, como siempre. Caja Duero, nuestra caja de toda la vida a pesar de los cambios de nombre, intervenida por el estado para ponerse al nivel de la de Madrid. El gobierno municipal... a lo suyo, como siempre. Mi paga extra en el limbo constitucional y mi hipoteca rascando hasta hacer roto en lo más profundo de mis bolsillos.

Le doy vueltas y más vueltas, pero no soy capaz de fijar un asunto cualquiera sobre el que meditar siquiera el tiempo suficiente como para redactar unas frases medianamente inteligibles.
Será porque ahora, cuando ya tengo el olor del mazapán anidando en el alma, se me despierta el voluntario de oenegé que oculto el resto del año y ando más preocupado por sentirme solidario que por venir aquí a contar lo primero que se me venga a la cana (¿no es esto lo que estoy haciendo?). O quizá sea que con cada año se me agría un poco más el señor Scrooge interno y se deja ver con más insistencia en estos días de frías nieblas, coloridas luces en las calles y sonrisas estériles en las caras. O puede que la mezcla de uno y otro haga de mí un raro engendro incapaz de pensar.

No sé que será pero, como casi todos, creo que voy a guardar mi cabeza bajo el ala y, como si esto no fuese conmigo, volver a lo mío de siempre aunque para ello tenga que recuperar el tiempo perdido y retejer flecos ahora abandonados. Porque, al final, siempre nos quedará...
Y es mi Salamanca, la que me envuelve cada vez que la piso, lo que me queda después de todo. Por eso, no alcanzo a comprender cómo se puede hacer lo que se hace, aunque sea con las mejores intenciones... ¡Se me enciende la Cana!

Hacía tiempo que no tenía una mañana de calma como la de ayer. Una mañana de horario relajado en la que poder pasear sin las urgencias de una hora marcada en la agenda. Una mañana para disfrutar de losas y adoquines en calles casi recién estrenadas, para mirar y remirar lo que nunca se borró de mi recuerdo, para contemplar el tranquilo silencio de las naves catedralicias, arropado únicamente por los comentarios en voz baja de algunos turistas despistados admirando contenido y continente.

Como siempre, no sé si para comprobar inconscientemente que nada cambia, vuelvo a la Virgen de la Verdad, a la del Desagravio, a los San Juan y Santa Ana del trascoro,... y al Cristo de las Batallas, ese que, haciendo verdad de la tradición, acompañó a Rodrigo Díaz en sus campañas contra el infiel; ese que se trajo Jerónimo desde la Valencia conquistada para impregnar de santidad catedral tras catedral. Lo miro y remiro con una congoja que atenaza mi Cana. Veo indignado cómo lo han dejado y se me revuelven las entrañas.
¡No puede ser!
¡Lo mismo que hicieron con el estandarte del Príncipe Juan!
¿Cómo es posible que, en aras de un rigor mal entendido o una moda efímera, se haya permitido esta tropelía?
El Cristo del Cid ya no es el mismo. No sé si lo han recuperado o no. No sé si lo han restaurado o no. Lo que sí sé es que ya no es el mismo. Seguro que han conseguido una vuelta a lo más original, pero se han cargado en un instante ochocientos años de historia. Ochocientos años de campañas con el Cide Campeador, de idas y venidas junto al de Perigord, de humos de velas en la oscura Fortis Salmantina, de polvos seculares, de marcas de uso disimuladas por repintes bienintencionados, de salidas en procesión por sucias calles poco urbanizadas, de visitas y rezos de sus escasos devotos, de...  ¡¡Todo eso ha desaparecido!! Ahora, tendrán que pasar otros ocho siglos para que este remozado Cristo recupere la pátina que le dieron todas sus vidas, mientras nos contempla, desnudo de todo, suspendido en un aire ahora impoluto, y al tiempo, deja que veamos toda su vergüenza con la majestad inexpresiva del románico. Y, para mayor dolor, se deja ver junto a un clon, mala copia de sí mismo, que pretende mantener viva la memoria de lo que Él mismo fue. ¡¡Qué desatino!! ¡¡Indignante!!
Se ha exagerado tan intensamente en la recuperación de un original, que lo único que ha quedado es un pedazo de madera despojado de todo lo que fue acumulando durante años y años de vida silenciosa.
Seguro que la fidelidad se ha logrado, pero ¿a qué precio?

Tendré que acostumbrarme a la novedad mientras ruego que despieces y rugatinos dejen de ser la apisonadora que va "recuperando" lo que casi ninguno queremos recuperar. Que preferimos las arrugas de la historia, las "heridas" de los años, la senectud bien llevada a tratamientos reparadores más propios de acaudaladas ancianas en busca de su propia juventud que, al tiempo que recuperan su tersura, están felices por perder su propia historia. Oscura historia.


¡Ahora caigo! No es que se me seque la Cana y me quede sin palabras... ¡Es que estoy en pleno proceso de restauración! Por eso será que con cada día que pasa me veo más vacío y me cuesta sacar lo poco que me queda.

martes, 4 de diciembre de 2012

El Papa en Twitter

Quiero agarrar el rábano por las hojas, tal como muchos andan haciendo por ahí en estos días en tertulias y prensas virtuales.

Me atrevo a comentar, desde la ignorancia, algo que no debiera pasar de ser más que anécdota.

Me subo al carro de la actualidad y comento lo que parece importante, que la subida del número de parados es algo menor a lo que ya nos hicimos poco a poco y que lo de Díaz Ferrán no pasa de grano en un granero de negro trigo.

Benedicto XVI ha decidido, imagino que voluntariamente, escribir titulares de noticias día sí y día también. Y como lo mejor es hacerlo en directo, se sube al carro de las nuevas tecnologías y, como uno más de nosotros, se crea un avatar para mandarnos sus "tuits" sin necesidad de intermediarios. Pontifex es el nombre elegido. A mí me suena a bayeta, aunque imagino que es casi imposible elegir un nombre que suene correcto en los mil y un idiomas en los que será consultado.

Pues bien, a partir de ahora, será @Pontifex directamente quien nos mantenga al día sobre la salud de buey y jumento en los portales navideños. Y eso porque nadie le ha dicho, imagino, que también podía haber justificado documentalmente la ausencia (puestos a quitar) de un pastor que, a calzón bajado, relajaba el vientre junto al pesebre (¿que digo yo si no habría lugar más discreto?). Ese caganer catalán que, desde su exilio, dejó la mejor de sus firmas para recuerdo de siglos.

¿Será @Pontifex quien nos muestre vía tuit los documentos de ciudadanía de los tres Reyes andaluces? Que no bastaba con uno para joder al proletario pueblo de Blas Infante, que ahora les ponen ¡tres! Tres monarcas que se fueron desde Sevilla hasta el culo del mundo para adorar al Mesías... ¡¡Andaluces por el Mundo!!

¿Se atreverá @Pontifex a seguir su exhaustivo estudio de la Historia Sagrada para cambiarnos la Semana Santa? ¿Será capaz?

No sé si es intencionado, pero el ataque a la religiosidad popular, a la manera que hemos tenido de ver los acontecimientos cristianos durante siglos, es patente. Se oficializa lo que muchos hombres de Iglesia han defendido más o menos ardientemente durante tantísimo tiempo. Se propone una forma de ver el Credo más fiel y correcta aunque mucho más árida. Se cargan de un plumazo el romántico encanto de lo popular, que también tiene su importancia.

No obstante, ya estamos advertidos, podemos seguir alentando al recién nacido de nuestros portales con burras y bueyes, que no atenta contra nada. Podemos seguir poniendo camellos como vehículo real aunque en Sevilla lo más parecido sean los coches de caballos. Y, sobre todo, podemos seguir poniendo al cagón catalán junto al pesebre, que eso seguro que es historia, pues quien más quien menos lo ha hecho en el campo alguna vez en su vida.

lunes, 3 de diciembre de 2012

¿Blogs en decadencia?

¿Están los blogs en decadencia?
Las redes sociales suben y bajan, mostrando picos tan agudos como los del Ibex.
El Twitter ha pasado a ser la principal fuente de información y difusión de noticias para quienes hace tiempo dejaron de mancharse las manos con la tinta de un periódico diario.
El teléfono ha dado paso a la mensajería instantánea y quien no envía sus cosas mediante WhatsApp apenas es alguien en este nuevo mundo.
Sin embargo, a mí me sigue gustando escribir lo que me surge en cada momento. Aprovechar una libreta o un trozo de papel para dejar constancia de lo que seguramente a nadie mas que a mí interesará. Leer manoseando el papel de las hojas de un libro mientras aún huelen a imprenta y emborronarlas con un lapicero para recordar lo que en su momento me dijeron cada una de ellas.
Sí. Lo sé. No puedo decir que sea el más adecuado para decir lo que acabo de decir, sabiéndome deudor de esta bitácora en los últimos meses. Pero creo que tengo disculpa. Al menos para acallar mi propio malestar. Ese que me rasca el estómago de vez en cuando, mientras dedico mi tiempo a menesteres más prosaicos.
Hemos pasado, yo y los míos, por la odisea de construir y habitar nueva vivienda y estoy seguro de que si Homero hubiese programado para Ulises algo cercanamente similar, ¡le habrían sobrado los veintitrés cantos restantes de su poema!
Han sido meses con la cana metida en una caja de cartón almacenada en un sótano. Meses en los que la falta de aire la ha ido debilitando como aquellas plantas que se dejan de regar por olvido y al cabo del tiempo, aunque quisiéramos reparar el daño jarreándolas con más agua de la que hubieran necesitado, somos incapaces de sacar adelante. Ahora, cuando, por fin, saco a esta cana de mi alma de su encierro, a veces olvidado encierro, la veo amarillenta y quebradiza. Macilenta por falta de cuidados. Pero me resisto a verla agonizar aun sintiéndome único responsable de su estado. No quiero que ninguna angustia ahogue lo poco que todavía sigue vivo en ella y me veo llenando el cántaro con el que anegaré de las necesarias aguas hasta el más íntimo recoveco de la caja que la ha guardado, confiando en que aún haya remedio. Voy a revivirla aunque para ello tenga que darle un nuevo espíritu; un nuevo sentido  menos amargo para volver a hacer de ella el baluarte que nunca debió dejar de ser.
Se me han gastado mis semanas santas; he perdido trenes a los que vi pasar mientras era incapaz de abandonar el andén; me hago viejo con nuevas agonías... pero quiero que la cana resurja y, ¡ahora sí!, el compromiso es real. Claramente real y por derroteros diferentes.
Han sido meses de ideas sin plasmar que acabaron por perderse, de una desidia indolente a la que, aunque lo intento, no soy capaz de encontrar una explicación que me convenza. Por ello, porque desconozco las razones, quiero dar un vuelco y renovar todo lo amarillento de mi cana, con la esperanza de que esta poda de invierno sirva para reforzarla a pesar de que, como si de mi primera entrada se tratase, la maldita próstata siga recordándome que habrá partes de mí que nunca podré rejuvenecer.
Y mientras, cuando aún guardo mis tesoros materiales más preciados en precintadas cajas de cartón, me paso cada vez que puedo a visitar a mis amigos de Facebook, me mantengo al día gracias a Twitter, visito páginas y más páginas recomendadas por búsquedas aleatorias en Google y sigo paseándome por los blogs de mis amigos. Blogs que se renuevan con la madura periodicidad que han conseguido a fuerza de días y días. Blogs cada día más lentos en su actualización pero mucho más profundos en sus contenidos. Blogs que se mantienen no a flote, sino pujantes como adolescentes de hormonas efervescentes, aunque hayan alcanzado una edad en la que lo que se dice es mucho menos pero mucho más intenso. Y sí, paseo por todos esos espacios personales que recomiendo, como desde siempre, en la izquierda de mi propia página. O en la derecha, que ya no alcanzo a recordar cómo la dejé tras la última reorganización, ya obsoleta. Y sí, a veces vago por los recuerdos de aquellos otros que sucumbieron a las personales hecatombes de sus dueños, pues mantengo dulces recuerdos de todos y cada uno de ellos. Y descubro nuevas bitácoras cada día. Páginas en las que sus amos analizan el mundo para mantenerme informado, me completan con nuevas exquisiteces culinarias, me mantienen al día en cualquier afición por inimaginable que esta sea, me abren su alma en la poesía de sus palabras, me animan a leer libros virtuales (¡esto sí que es un oxímoron!) recomendándome sus propias lecturas, me muestran la belleza de lo que nos rodea en sus fotografías, me conectan con lo más recóndito, me..., me...
Entonces, ¿están los blogs en decadencia?
Rotundamente, no. Pasarán crisis, físicas o de identidad, pero todos ellos mantienen la llama de sus inicios y se conservan como cuadernos en los que el paso del tiempo lo único que hace es rellenar nuevas páginas. Páginas que siempre tendrán algo que decir.
Seguiré fiel, entonces, a los blogs y a sus autores, mis amigos. Seguiré fiel, entonces, a este blog aunque evolucione, aunque no sea capaz de blanquear completamente lo que un día fue fresco. Porque siempre habrá algo que decir.

lunes, 9 de julio de 2012

¡Ya no sé si debo decir que vuelvo...!

¿Será la entrada en la cincuentena? ¿Será que el quehacer diario me nubla la mente dejándomela casi vacía?
No sé que será, pero lo cierto es que se me seca la fuente y el alma ya no es la única que muestra mis canas. Ahora, el cabello está por momentos más y más poblado de pelos blancos, correspondiendo cada uno de ellos, si hago caso a la tradición, a un disgusto o preocupación. No lo niego, ha sido ésta una época de preocupaciones y disgustos, aunque no creo que tantos como para que el cabello se me esté enblanqueciendo casi por momentos. Son disgustos variados, privados y públicos, que me han tenido ocupado, preocupado y sobreocupado tan a mi pesar como para no venir por aquí durante largas temporadas.
Tenía la sensación de que debía dejarlo en la intimidad del alma, aunque la cana me forzase a traerlo por aquí. Pensaba que ya nadie se asomaba siquiera por alguna de las rendijas que siempre quedan cuando uno cierra los portones y ventanales, salvo comentarios programados invitándome o invitándonos a consumir este o aquel producto milagroso, tanto para la potencia sexual como para la cura de las enfermedades más variopintas; estimulándome o estimulándonos a pasearnos por blogs y páginas virtuales de más que dudoso contenido y siempre redactadas en idiomas más que lejanos de este que intentamos mantener como si nos fuera la vida en ello. En definitiva, que solo me han visitado máquinas, o eso es lo que pensé, durante estos tiempos en los que no he sido capaz de juntar siquiera dos letras para hacer un monosílabo. Pero, después de todo, he caído en la cuenta de que esas visitas mecánicas eran las que dejaban rastro patente pero que todos los días hay otras que pasan para, por si algún acaso, se me ha ocurrido poner aquí algo que pudiera llamarles la atención (cosa que pongo en la más grande de las dudas).
Por todo esto, me decido a continuar la irregularidad de lo mío y me dejo caer hoy por aquí, aprovechando que los agobiantes calores de un despacho mal orientado me aplanan tanto como para dejar de atender no solo lo importante, sino hasta lo urgente, que mañana será otro día.
Pasó la Semana a la que dedico la mayor parte de mis pensamientos encanados y siguió el tiempo como si nada hubiera pasado. Son meses ya los que hace que salieron las procesiones y, no sé siquiera si pesaroso, la decepción es tan grande como para hacer de ella desgana, desinterés o flojedad. Que cada día me veo más lejano de esa Semana Santa o ella está cada vez más alejada de mí.
¿Será el verano? Creo que no. Creo que son motivos mayores, que aún ando analizando, los que me llevan a perder poco a poco la pasión que siempre tuve, aunque me resisto a ello y me obligo, aunque sea de vez en cuando, a preguntar, a charlar o a intentar saber del estado de la situación.
Son  motivos variados que intentaré plasmar por escrito. Motivos secantes o tangentes, que de todo hay, que hacen que uno pierda la poca ilusión que le va quedando. Motivos reales y espurios. Motivos, al fin y a la postre.
Debo reconocer que a nadie interesarán, pero que me servirá para descargar el morral y, una vez vacío, poder limpiar su interior para almacenar mejores motivos. Así, renovaré y podré almacenar nuevos bríos, nuevas impresiones y nuevas decepciones.
A ver si así, se me activa la cana del alma aunque suponga la aparición de nuevas canas en mi cabeza.

viernes, 30 de marzo de 2012

Azahar


En esta Salamanca fría, adusta, enjutamente extremeña, de la Extremadura cantada por Machado, nunca hubo naranjos, que somos más de encina. Pero hoy las calles comienzan a oler de una manera particular.
Desde hoy se mezclarán aromas que han permanecido dormidos desde que los guardáramos la Pascua pasada.
A partir de hoy, cera nueva recién quemada, exóticas resinas de incienso avainillado, sangrientos claveles reventones con la savia rezumando en su tallo, hábitos recién planchados, trenzas de esparto aún húmedo, almas recién bañadas par limpiarlas del polvo acumulado,... todos los olores de la Semana Santa, invadirán hasta el último rincón de todos y cada uno de nosotros.
Desde hoy, sin naranjos, Salamanca se inunda de aromas de azahar.
Este es el milagro de los días santos.

lunes, 26 de marzo de 2012

Cuarenta y cuatro

Cuarenta y cuatro.
Casi el total de minutos que algunos emplean en dar patadas al balón antes del reglamentario descanso. Los tres cuartos de hora que dura una misa de domingo con homilía floreada. Los días penitenciales que van de la Ceniza al Viernes Santo. Los años que he participado en alguna Semana Santa...

Cuarenta y cuatro minutos fueron los que el pasado sábado, en Peñaranda, duró mi primera salida penitencial de este año cofrade. La primera procesión, que realicé sin hábito, sin apenas moverme del sitio, tras un atril y con docena y media de folios entre las manos.
Cuarenta y cuatro minutos de sosiego nervioso en los que pude disfrutar de la Semana Santa como a mí me gusta, desde dentro y sintiéndola, al tiempo, como anónimo espectador. Momentos de emoción al recordar algún nombre, alguna cara, algún día.
Cuarenta y cuatro minutos que se me hicieron suspiro mientras desgranaba mis palabras ante un auditorio callado, en penumbra y atento, haciendo que mis sensaciones venciesen a la inquietud responsable, para sentirme como en el aula cualquiera de esos días en que disfruto contándoles la poca ciencia que sé a mis alumnos.
Cuarenta y cuatro minutos deleitándome, emocionado, con mi primer pregón serio en una Semana Santa seria.
¡Y me parecieron pocos!

viernes, 23 de marzo de 2012

Escribir en papel

¡¡Mecachis!!
Se va a convertir en el modelo de entrada en este blog cada día más abandonado. Vuelvo a disculpar la falta de actividad y eso, como digo, parece ya rutina. Pero ahora tengo excusa. No sé si buena o mala, pero excusa al fin.
En los últimos tiempos, casi desde que escribí mi carta a los Magos, mi cana se ha dedicado a desgranar las pocas palabras que le quedan, las escasas ideas que aún se desprenden de su raiz, para plasmarlas en papel. Sí. Le he sido infiel y con ello a este diario que jamás conoció una cuartilla. No sé si tendré que arrepentirme por esta falta, pero, como diré ante el juez llegado el caso, -¡Me vi obligado!-.
Han sido días, más de los que esta cana amarillenta quisiera, dedicados a sacar la Semana Santa desde mucho antes de que la ceniza se impusiera para inicio de Cuaresma. He sacado cristos y vírgenes, pasos y nazarenos, mucho antes de que, no digo el azahar (que por aquí ni lo olemos), el incienso se adueñe de los aires charros. Me he dedicado a "colaborar" con unos y otros para que mis palabras, mis frases y pensamientos (lástima de que no sean mejores) hayan pasado a engrosar publicaciones y, espero, corazones cofrades de Salamanca y provincia.
Ahora, cuando llega el relajo del final, cuando todas mis palabras ya están en el papel o en la calle, me acuerdo de que aún tengo una cana en el alma que hay que alimentar de vez en cuando. He tirado del "minoxidil" virtual y vuelvo (¡¡ahora ya no pienso comprometerme más!!) para dejar constancia de que seguimos aquí, aunque no sé si ya quedará alguien al otro lado.
Son días, los que ahora se nos vienen, en los que el ajetreo será impedimento para la constancia, pero también generadores de sensaciones, sentimientos y pasiones que espero poder traer para rellenar páginas de este cuaderno de memorias y poder releerlas cuando ya todo haya pasado.
Ahora, mientras repaso mis palabras, esas que pronunciaré mañana frente al público peñarandino, quisiera que hubieran salido desde aquí para que quienes han permanecido fieles tras la pantalla hubieran sido los primeros en saberlas, pero no me consiento esta falta de respeto a los que, ahora en otro entorno menos electrónico, sé que están pendientes de ellas. ¡Ya habrá momento para ello!... si hubiera interés. El resto, las publicadas, ya andan por ahí para pasar de mano en mano.

jueves, 5 de enero de 2012

Noche de Reyes

¡Acabo de encontrar la ilusión perdida!
Ahora mismo, bien de mañana de este día cinco de enero, siento un hormigueo en las tripas como ya no recordaba. Me tiemba el pulso y creo que sé la razón. Este año, en el que la sobreabundancia de preocupaciones ha hecho que olvidase redactar mi tradicional carta a los Magos de Oriente, siento una ilusión especial. No sé si es como la de otros años, pues mi Cana tiene cada vez más problemas de memoria, pero creo que es similar a la que aún soy capaz de recordar de cuando el largo de mis pantalones jamás alcanzaba más allá de unas rodillas siempre tintadas de mercurocromo y todos mis pelos se concentraban en el cénit de mi cabeza. Años aquellos en los que la sorpresa siempre vencía a la practicidad de los Magos y hasta el carbón, que jamás pedí y más de una vez encontré rellenando mis zapatos, era motivo de alegría infantil.
Ahora mismo, con el nudo formado en las tripas, me quiero afanar en escribir una carta de última hora con la seguridad de que llegará a su destino. Porque sé que los Magos de Oriente están tan pendientes de ella como de los otros millones y millones de las que reciben. Agarro papel y pluma, pero no me salen las palabras. Son tantas las cosas que quisiera poner que se agolpan todas en el extremo de la estilográfica y forman un coágulo que no deja fluir la tinta. Deseos de última hora para rellenar todo un año que aún está por desenvolver. ¡Son tantos! Insisto, pero no sale ni una letra mientras todo bulle en la cabeza. Me tomo un vaso de leche, de esa leche que esta noche probarán los Magos, para intentar relajarme, pero no hay manera. El bloqueo es completo. Ya no es que sea incaz de emborronar el papel, es que se me agarrotan los dedos. ¡Maldito ácido úrico!, pienso, quiendo buscar una explicación racional.
He decidido dejarlo por imposible y me marcho a sacar brillo a mis zapatos, que mantener las tradiciones nos ata más a lo nuestro. Cera y bayeta para relajar el alma.

De repente, casi inconsciente, vuelvo al papel y garabateo letras sin conocimiento. Ahora sale de corrido a pesar de la mala caligrafía (¡otra vez como cuando niño!). ¡Ya está! ¡Ya la he terminado! Con la consciencia de regreso, leo lo escrito: "Queridos Reyes Magos: Sé que es tarde pero nada hay imposible para vosotros. Creo que este año he sido bueno y me he portado bien, por lo que quisiera pediros..." y a partir de aquí solo soy capaz de ver borrones ilegibles y palabras sin sentido. Pero no me preocupo. Sé que ellos lo entenderán, pues conocen todos los idiomas, hasta el de los borrones, y que harán todo lo posible por cumplir con mis deseos. Sé también, porque en mi interior también he sido capaz de comprender los garabatos, que lo que pido para mí es poco pues poco necesito y que el resto son deseos. Deseos, seguramente de difícil cumplimiento, para ir cubriendo las páginas de este calendario recién estrenado. Deseos que, a pesar de parecer la recopilación de las frases más tópicas de un concurso de belleza, son sinceros. Deseos infantiles desde mi madurez, porque me resisto a dejar de ser niño, aunque solo sea este día. Porque acabo de recuperar la ilusión y... ¡qué mejor regalo que este!

sábado, 31 de diciembre de 2011

¡2012!

Por un instante, dejo de mirarme la cana, ombligo de mi alma, para mirar a mi alrededor y ver a cuantos me rodean. Como en plaza de mercado, hay de todo tipo y condición. Pues para todos, mis mejores deseos, que aunque lo piense durante el resto, es ahora cuando parece obligado hacerlo público. ¡FELIZ AÑO NUEVO! A ver si a fuerza de repetirlo, alguna vez nos sorprende positivamente. Que no se quede en meros deseos y que veamos cumplidas nuestras esperanzas. ¡Aunque toque trabajar para conseguirlo!

viernes, 23 de diciembre de 2011

¿¡Feliz Navidad!?

¡Pues eso! Que ya está aquí. Como todos los años desde que tengo recuerdos, y posiblemente desde más años atrás, aunque no tengo certeza para confirmarlo, la Navidad está de nuevo llamando a nuestra puertas y, la verdad, no sé si alegrarme.
Desde hace ya unos días, Marisol, la antipática cajera de mi super, Santiago, el quiosquero quisquilloso, Marcelino, quien me sirve ese espantoso café cada mañana, y muchos otros personajes de mi vida diaria, se han puesto de acuerdo, como si les hubieran tocado un resorte oculto, y (seguro que muy a su pesar) me han "deseado" una ¡Feliz Navidad! Como si no supiera que el resto de los días del año, de cada año (salvo el día del resorte, que se repite periódicamente), a Marisol le "arden" las tripas cuando le doy mis cincuenta euritos para pagar la barra de pan o a Marcelino se le enrojecen de cólera hasta los cabellos mientras le pido, cada día y con la mejor de mis sonrisas, mi descafeinado de máquina cortito de café, con leche descremada del tiempo, sacarina y en vaso, que eso de las asas de las tazas no es mi fuerte, pues nunca supe si son para diestros o para siniestros y me hago un lío al tener que decidir si agarrarlas con una mano o la otra.
También compruebo, como cada año por estas fechas, que no puedo quedarme mirando a alguien, siquiera de forma distraída, mientras completo mi paseo diario por las calles salmantinas, pues me arriesgo a recibir de sopetón un inesperado ¡felices fiestas!, lanzado mecánicamente por el desconocido por si un acaso; no sea que yo fuera una de esos "conocidos" a los que jamás se recuerda y tenga la desfachatez de no felicitarme/felicitarse estos días en los que el amor sale de su cascarón y cubre con su almibarado manto cuanto se mueve sobre la superficie terrena. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Pero el colmo de la ironía navideña ha sido cuando esta mañana, como todas las mañanas del día de después del decepcionante día de la lotería, se me viene Torrejón encima, por sorpresa y casi a traición, me planta un abrazo que me deja sin resuello y me espeta sin dejarme capacidad de reacción: ¡Feliz Navidad! ¡Que tengas unas felices fiestas! ¡Ah, y dale un beso a Charo!, mientras yo mascullo el primero de los improperios que se me viene a la cabeza y pongo cara de póker al devolverle los deseos, forzado por una educación que, en estas veces, me gustaría no tener. ¡Torrejón! ¡Faustino Torrejón! ¡El hideputa de Torrejón! Ese al que jamás le dolieron prendas cuando tuvo que pisar mi cabeza para alcanzar el puesto que ocupa; ese que cada día me zancadillea a la menor oportunidad para dejar/dejarse claro que se siente por encima de mí, aunque yo piense lo contrario; ese que, en lugar de saludar, gruñe algo gutural que intenta asemejarse a una frase cuando nos cruzamos por el pasillo; ese, en definitiva, que se olvidó hace tiempo de trabajar para emplear tiempo y esfuerzo en hacerme la vida imposible. ¡Feliz Navidad!, me dice. ¿Feliz Navidad? ¡Anda ya!
En fin. Que se repite la historia. Que tengo que forzarme a sacar la mejor de mis sonrisas y animarme a ser feliz por expreso deseo de los demás. Sin posibilidad de decidir. Sin capacidad de elegir. Y... a comprar regalos inútiles que nadie agradecerá; a templar mis tripas con pantagruélicos banquetes en los que el menos forzado de los asistentes muestra la "sonrisa" del Joker de Batman; a beber esos espumosos de mercadillo que destrozan cualquiera de los conductos orgánicos por los que discurren en el interior de mi cuerpo; a anudarme una corbata obligándome a no poner cara de recién ahorcado; a visitar a esos "amigos" y "familiares" a los que el resto del año intento evitar como si fueran apestados (o lo fuera yo, que puestos a elegir...); a trasnochar en multitudinarios festejos soportando golpes, olores y cogorzas de cientos de "compañeros" a los que se les sube con facilidad el cotillón a la cabeza; a tener los mejores de los deseos para que no se cumplan el año que está por llegar; a sentirme solidario, aunque sea de pacotilla, descargando mi conciencia para el resto del año...
¿¡Feliz Navidad!? Será que hoy me sale el Grinch que llevo dentro o quizá que esta cana que gobierna mis días resuda amargo escepticismo como si fuera brillantina, pero no me creo lo de estas fiestas.
¿¡Feliz Navidad!?, cuando tenemos todo el año para "ejercer de buenos" y lo olvidamos con una intensidad tal que podría ser un claro principio de enfermedad de Alzheimer.
¿¡Feliz Navidad!?... ¡A otro perro con ese hueso!, que bien reza el dicho castellano. O como dijera el misántropo Fernán-Gómez: "¡¡A la mierda!!

jueves, 15 de diciembre de 2011

Retorno

Tres meses... ¡¡Tres meses!! Eso es lo que hace que se me secó la sesera y nada o casi nada ha salido de ella en ese tiempo.
Iba a renovar, otra vez, mi compromiso de mantener este diario al día, pero creo que ya no queda nadie capaz de creer una sola de mis palabras. Sin embargo, ahora, cuando se acerca el tiempo en que se me ablanda la cana, aunque debiera endurecerse con los rigores del clima de esta meseta, se me han ido los dedos al teclado y han comenzado a trabajar por su cuenta, autónomos sumergidos sin cotización.
En estos tres meses podría haber hablado de aquellas cosas que, a mí o a mi mundo, han soplado en mis orejas dejando sensaciones variopintas. Cosas agradables que se quedaron sin publicar en agradecida intimidad. Cosas duras que han resbalado por mis espaldas para caer en el fondo indiferente del paisaje trasero. Cosas y más cosas que por distintas razones no he sido capaz de traer a este almacén de recuerdos.

Hubiera querido analizar con toda enjundia asuntos de calado que, aunque ahora no sea consciente de ello, me afectan más de lo que quisiera. Ibex, prima de riesgo, bajada de salarios, conflictos laborales, EREs diversos... pero, salvo mientras degusto el primero de los cafés, mis neuronas no dan de sí más que para tratar estos temas como si estuvieran contemplando una postal de un recóndito lugar, bonito pero completamente desconocido. Así que dejo esto, por tanto, para expertos "tertulianos" (horrible palabra que se ha cargado a los contertulios de toda la vida) surcadores de ondas.
Hubiera podido tratar aquellas cosas, cosillas, que me ha dado mi día a día. Amigos que se vienen, tertulias (estas de las de verdad) en las que disfruto del tufillo de un brasero imaginario, paseos por paradisíacos parajes que en nada envidian al de la postal anterior (y estos sí que los pateo y los conozco), santitos y cumpleaños, juramentos y gurrumbadas (¡otra vez que me quedé sin ir a Villalpando!), futuro pendiente de una grúa, presente quemándose en la hoguera, mi primera hoguera en la que no es mi casa... Pero, todo se queda en cocimiento de borrajas.
¡Vale! Pues ahora quiero dejar constancia de que no siempre será así, aunque no me comprometa. Aprovecharé los excelentes propósitos que acompañan a las últimas fechas del año para justificar el regreso.
Escribiré en Navidad... y seguiré hasta Ramos.
Y no es una amenaza.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Recuerdos de un verano: La Cana en la playa (y II)

08-08-2011

Gordos.
En mis observaciones playeras, investigación con la vista sin moverme de la butaca, sigo atento a pechos y posaderas para ratificarme en mis conclusiones: escasez de lo uno y diversidad de lo otro. Voluminosa diversidad en los más de los casos. Y, como resultado de datos adyacentes, me fijo en unos y otros, en unas y otras, dándome cuenta de las orondeces que se me pasan por el lado. Cuerpos inmensos que se exhiben por entre las arenas y aguas. Desbordadas panzas que acaparan rayos solares mientras hacen sombra a cuanto se asienta por sus bajos. Redondeces sin lenguaje, o quizá mejor dicho sin acento, pues casi todas se expresan igual, tanto da que vengan del norte o del sur, de levante o de poniente.
Blancos, sonrosados o curtidos por días de exposición, la playa de Chipiona (y, por lo que recuerdo, las otras conocidas) está plagada de gordos. Y no digo pronunciadas barriguitas femeninas resultado del descuido dietético, ni prominentes estómagos cerveceros propios de machos de cuidada bebida. No. Lo que veo son estadísticas, cifras que me hablan de la elevación en la tasa de obesidad. Porque los que pasan a mi lado, son orgullosos cuerpos casi deformes, de muslos tan amplios que deben coordinarse para no entrechocar en sus movimientos, de pechos cuyo volumen se rebosa por las espaldas, de lomos que desbordan la cinturilla del bañador asemejándose más a glúteos superiores, de posaderas que alcanzarían las corvas si no les hicieran tope los desbordados muslos y de papadas colgantes que se rodean por todo lo que en su día debió ser cuello.

Gordos solitarios, gordos en pareja (pareja de gordos) y, lo que más llama mi atención, parejas mixtas en las que solo uno de ellos adolece tal condición (cosa no extraña) mientras el otro, el o ella, luce escultural figura de proporciones casi griegas por lo ajustadas (y esto sí que es chocante).

Pero, en cualquier caso, y como conclusión corolaria al experimento visual, hay un rasgo común a todos ellos que resultaría altamente significativo tras la aplicación del índice adecuado: La sonrisa. Todos ellos pasan por mi lado felizmente despreocupados, luciéndose en la pasarela de arena con caras sonrientes y, seguro, confiadamente ajenos a sentirse observados. Se les nota satisfechos con ellos mismos y carentes de interés por cualquier otra circunstancia. Se muestran en biquini o bañador conscientes, dichosamente conscientes (al menos así lo parece), de sus redondeces.
La playa está llena de gordos felices.

Los pocos ratos que, este año, no he disfrutado del contacto con las arenas, los he pasado torturándome y torturando a mi automóvil en ardua búsqueda de un lugar en el que dejarlo reposar.
Chipiona es un pueblo invadido por utilitarios y, para contrarrestar esta ocupación foránea de quienes venimos allende la Frontera (la de Jerez, se entiende), han "inventado" las puertas de cochera. Cientos de vados invaden las aceras del pueblo. Cientos de rebajes en estas que, con su llamativo color amarillo, advierten al turista de que son huecos impenetrables para él, aunque uno quisiera sentirse ya, en esos momentos, como hijo del pueblo. Cientos de vehículos recorriendo lentamente todas y cada una de las calles de Chipiona, una y otra vez, en busca del espacio suficiente para poder ser ocupado. Pero todos ellos muestran el distintivo local: ¡La banda amarilla! Y los pocos lugares de libre acceso permanecen indefectiblemente rellenos por quienes, les atribuyo, tuvieron algo más de suerte que yo. Pero no les envidio, porque son coches fantasmagóricos, con aspecto de abandono secular, que seguro un día alcanzaron el privilegio de poder estacionar y, desde entonces, permanecen ahí, inmóviles, a pesar de los deseos de abandonar el pueblo que de vez en cuando manifiestan sus propietarios-conductores, muchos de los cuales, estoy seguro, habrán fallecido dejando el coche a su propio albur). Espero que, tras haber alcanzado el privilegio de aparcar en una calle de Chipiona, cuando vuelva a subirme a él para nuestro regreso, éste no se rebele y se niegue a abandonar la plaza conquistada tras tan arduo asedio.
¡Qué difícil es aparcar en Chipiona!


09-08-2011

Esto se acaba. Porque todo pastel tiene su último bocado. Así, habrá que esperar hasta la próxima celebración en la que habrá un nuevo pastel que devorar.
Se acaba y, no sé si por ello, los vientos han cambiado. Del fresco Poniente que nos ha acompañado durante toda la estancia deleitándonos los días, pasamos, el tiempo pasa, a un Levante pesado, caluroso y oscuro. Señal de que lo bueno tiene final.
Fin a esta rutina placentera en la que el no hacer nada se erige en la cuestión del quehacer diario. Ya mañana dejaré de ver el multicolor mar de sombrillas familiares, no habrá más pechos femeninos (que apenas vi) ni culos grandes o pequeños, ni gordos felices orgullosos de serlo (felices, por supuesto).
Carretera y manta dentro de un coche de bélico aspecto, pues en estos días parece que es el único que ha batallado, que se ha arrastrado por campos y trincheras, y se ve ajado, cubierto de polvo y, seguramente, heridas que el mismo polvo sucio que lo cubre impide sean vistas en su superficie.
Adiós a la calma chicha con la mente puesta ya en cajas y cajones, en trabajos temidamente necesarios que nos obligarán a aceptar con crudeza la realidad del mañana más inmediato.
Diría: ¡Volvemos a casa!, pero no puedo. Porque, ahora vuelvo a recordarlo, ya no tenemos casa. Seguimos siendo "homeless" aunque hayamos puesto un paréntesis en Chipiona.


Esta fue la crónica, corta, de lo que sentí en mi Sur. Quizá más simple de lo buscado pero, aunque el cuerpo estuvo allí, la cabeza se dispersó por tantos mundos que solo una pequeña parte prestó atención a lo que allí vivió. Seguro que ahora me arrepiento pero entonces solo fue lo que fue.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Recuerdos de un verano: La Cana en la playa (I)

Sé que llego tarde. Que ahora que termina el verano casi no es momento de hacer la crónica de lo que disfruté para el recuerdo. Pero, fiel a un íntimo compromiso, abriré mi libreta, esa en la que dejé para ahora mis impresiones, y las traeré aquí, a esta alacena en la que todo queda ordenado y sus puertas están siempre entreabiertas para dejar vislumbrar sus anaqueles y lo que en ellos hay. Y haré una transcripción literal, con puntos y comas en el mismo sitio en que quedaron sobre la cuadrícula, en un presente que ahora parecerá añejo pero que me permitirá abrir de nuevo la ventana del recuerdo como si del mismo momento se tratase. Y lo haré por capítulos, uno por día, tal como tenía previsto si hubiese podido hacerlo en su momento virtual.


CHIPIONA =Verano 2011=
04-08-2011

Me va a costar adaptarme a escribir en cuaderno y con bolígrafo, pero esta vez las modernas tecnologías me han vuelto la espalda. Internet no llega hasta el hotel, que no es recóndito, y tendré que hacer mis crónicas de esta manera para transmitirlas en diferido una vez de regreso a casa.

Del viaje poco que contar. Como siempre, primer paso hacia el Sur, con tostada en Mirabel y fonda en Casa Robles, el establecimiento de Sevilla que nos rompe el viaje y nos da ánimos para completar la ruta.

Ahora, primer día chipionero, he salido a explorar. Gente. Mucha gente por las calles. Por las dos calles que ejercen de centro comercial. Tiendas y tienducas rellenan los laterales y, además de sombra, ofrecen sus mercancías a las puertas para hacer parada quienes por allí pasamos.
Vida. Mucha vida. Diferente a la de Sanlúcar. Más pueblo y más vida.
He recorrido calles y plazas intentando fijar en la retina de mi memoria todo aquello que repasaré en los próximos días. Iglesias y mercado. Playa y paseo. Calles y callejones que recorreré con calma veraniega. Observaré y fijaré cada detalle para traerlos a este cuaderno, que desde su principio será de viajes, intentando no perderlos por el camino. Así, al final, quedará un gran poso que pasará a las páginas de un diario que por ahora está cerrado por vacaciones.

Y... ¡niños! Muchos niños inundando las calles de Chipiona. Como en cualquier otro pueblo de Cádiz. Aquí la supervivencia de la población está asegurada.

Leo a don Miguel, sus cuentos, y solo se me ocurre que cada día me envuelve más; que cada día me gustaría más ser como él.
Ahora, cuando la tarde casi se agota, siento que he estado recuperando el tiempo perdido. El ser ocioso se adueña de mí y me recreo en ello. Me preparo para lo que se vendrá, apurando el no hacer nada.
Mientras, imagino la playa atiborrada de ociosos como yo. Pero ociosos dorados tras exponer casi toda su superficie a los penetrantes rayos del Sol. En familia casi todos.
Echaré de menos el galopar de los caballos sobre las arenas atardecidas frente a la marisma.


05-08-2011

Playa. He roto con mi "principio" y he pasado la mañana pisando arena mientras intentaba ponerme en el mundo con la lectura de la prensa diaria. Me he remojado en las aguas que bañan esta playa de Regla superando la aversión que este hecho suele provocarme. Lo cierto es que la brisa, que refrescaba el ambiente, ha hecho llevadera la mañana y así, en la butaquita y a la sombra de una sombrilla, he intercambiado miradas, ora prensa con insignificantes novedades, ora gentes que iban, venían o se quedaban por las cercanías. Gentes locales, de nevera y litro de cerveza, o gentes que, como nosotros, se han llegado hasta aquí con el ánimo cargado y el cuerpo necesitado; deseosos de mar y descanso, de retiro rutinario para dejar aparcada la rutina del día a día. Compañeros de necesidades, porque a todos se nos refleja en el rostro. En una cara que se enrojece por momentos para, así, dar testimonio de nuestro paso por este paraiso, de nuestro descanso.
Reconozco que no echo de menos la cita virtual que me ha marcado cada uno de los días de otros agostos. Que el tacto del bolígrafo, al que nunca llegaré a acostumbrarme, se hace suficiente y que la escritura reposada, sin la necesidad de la inmediatez, relaja las necesidades de lo que, en el fondo y sin llegar a reconocer, solo es algo que quiero para poder recordar en días que sé que perderé la memoria de lo que ahora es fresco por recién hecho.


07-08-2011

Se me agolpa tanta actividad que no me deja un momento para agarrar el bolígrafo. Mañanas de arena, sobre la que ahora escribo, al amparo de un multicolor mar de parasoles. Sombrillas que unen sus copas unas con otras para hacer bosque de sombra que me impide ver el mar, aunque sé que está ahí por su relajante sonido.
Mañanas de relajo en mi butaquita (¡quién me lo iba a decir!) mientras veo y miro, oigo y escucho. Conversaciones para mi intrascendentes a pesar de la profundidad que en ellas ponen quienes las protagonizan. Tertulias de arena, de cervecita y papafritas, para entretener las horas de sol o arreglar el mundo. Que en este Sur que ahora me vive, nunca se sabe.
Y veo mientras miro. Y como ya dije entonces, en este sur familiar apenas hay tetas expuestas al rigor de los rayos solares. Por eso, aunque no sea igual, ahora me da por "calibrar" culos. Posaderas femeninas de variados tamaños y condiciones. Ligeras nalgas flotantes que casi se elevan por sobre las espaldas de sus dueñas o pesados glúteos que tienden a apoyarse sobre la trasera de muslos también amplios. Redondeces que continúan a generosas caderas en curvo recorrido para miradas disimuladas. Traseros solo sutilmente insinuados en la rectitud de cuerpos-estaca, tan apreciados por algunas féminas, básicamente inmaduras por edad, pero poco estimulantes para imaginaciones masculinas, esas que siempre se pierden en la generosidad de las formas aunque cueste hacer pública la confesión.
Culos de soltera y de matrona añosa, cada uno con su atractivo, capaces de sugerir formas y estímulos diferentes según sea el observador. Y yo observo también, aunque también calle.

Se me acumulan las tardes. Dedicadas a la lectura, reflexiva lectura, de los muchos cuentos que me dejó don Miguel, mi Rector, para descubrir una moraleja diferente con cada uno de ellos. Cuentos cortos en extensión pero con una carga de tenso dramatismo que apenas puede ser contenida en tan escasas páginas. Soledades, miserias humanas, conflictos íntimos... para, al final, llegar a feliz conclusión y dejar un poso en el lector, en mí, con el regusto de un buen Pedro Jiménez jerezano o un dulce chacolí, por lo de sus orígenes.
Tardes de visita para el recuerdo. ¡Esas tortillitas de camarón de Casa Balbino! En Sanlúcar la tarde-noche se nos echó encima cargada de salados sudores que habíamos olvidado. Agobio húmedo que se fundía con todos los que pisábamos sus calles. Pero esas tortillitas y el salmorejo de Balbino bien merecen el sudor en la camisa. Y los solomillitos, con sus papas fritas, cebollita pochá y su huevito frito. Y  volver a pasar por la puerta de la Capillita para quedarme "prendao"; y ver cómo la Cuesta de Belén sigue ahí, sin moverse, esperándonos para subirla; y el paseo por la calle y el ambiente veraniego y... Solo nos faltó la procesión de la Patrona. ¡Lástima de fechas!

Y después,... ¡Al Puerto! ¡A los toros! ¡Morante!
Una cita que no por sabida (hace días que teníamos aseguradas unas magníficas localidades) era menos esperada. Porque, como dijo Joselito, "el que no ha visto una corrida de toros en la Plaza del Puerto, nunca ha visto una corrida de toros". Pues allá que nos fuimos, pendientes de Salvador y mediados por Joaquín.
Salvador. El único torero cojo que he conocido, pues la polio no fue capaz de frustrar su ilusión. El único que torea con dos muletas, de las que solo una es de paño. Alguien del que solo puedo decir que es afable al trato y, por lo que me han contado, con una vida cargada no solo de anécdotas aunque estas, como casi siempre, sean lo que más trasciende. Pero sé que su muleta de palo está repleta de experiencia y de cultura, y que su otra muleta, la de percal, le ha permitido codearse con algunas de las mejores figuras del toreo, y eso es, cuando menos, envidiable.

Y Joaquín. El intermediador. El amigo de Salvador. Mi amigo, por el que todo esto, ahora, viene al cuento de mis tardes. El que hizo que los perros danzaran para que nosotros disfrutásemos de una espléndida tarde en la Plaza Real. Hombre sencillo en su culta complejidad, en el que las tradiciones se convierten en hábito diario, haciendo que adquieran la importancia que muchos les hemos quitado. Familia y amigos son su única necesidad y eso hace que los demás aprendamos de él.
Pues sí. Gracias a ellos hemos podido celebrar una tarde de toros de las que cualquier aficionado, cualquiera que hubiese estado allí, recordaremos durante mucho mucho tiempo. Se abrió un tarro de esencias que, al menos para mí, llevaba tanto tiempo cerrado que no alcanzo ni a imaginar cómo eran sus aromas. La sublimación del barroco, sin costales ni parihuelas, anduvo cadenciosa por el albero portuense. Verónicas y medias, naturales de mano tan baja que se arañaban con la arena, derechazos de tan lánguida cadencia que llegaban a retrasar los relojes, ajustadas chicuelinas, banderillas de maestro, artes antiguas rescatadas de la literatura clásica, y sonrisas, muchas sonrisas cómplices con todos y cada uno de los que allí estuvimos. Se "salió" Morante, el de la Puebla del Río, y estuvimos allí para verlo.
También anduvo Manzanares, mano con mano junto al Maestro, pero esa harina es de costal que yo no molí y dejo su historia para cuando pierda la nube que vela los ojos de mi recuerdo. Porque lo de ayer, lo que vimos ayer, lo que vivimos ayer, tiene página propia para cualquier morantista.

Ahora, crecido ya el séptimo día de este agosto chipionero, meciéndome aún en el sueño del Puerto, sigo en mi realidad. Vuelvo a esa playa de arena tan fina que hace misión imposible desprenderla de los entresijos de la piel, de aguas batidas en las que los orines de quienes las disfrutan se diluyen homeopáticamente para entremezclarse con los míos (¡tenía que decirlo!) y formar unidad de lo ya indisoluble. Globalización uréica en las aguas atlánticas. Naturaleza pura.
Playa, digo, a la que voy cogiendo el gusto (¿o será la compañía?) haciendo que olvide otras actividades de las que siempre presumí. Calles e iglesias, tiendas y mercados, gentes y gentes aún esperan mi visita. Mañana saldré en su busca... si no me retienen los bajos del Santuario de la Virgen de Regla. La Virgen de Chipiona.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Dos meses

¡Dos meses! Han pasado más de dos meses ya y es como si no me hubiera movido del sitio. Sigo sentado en la mesa de un despacho que aún huele a vacaciones. A unas vacaciones que me parece no haber tenido aunque el calor siga arreciando en esta Salamanca septembrina.

Sesenta días para haber sentido el Sur como si no lo hubiera sentido nunca; para rellenar cajas con toda una vida y, al tiempo, recuperar muchas cosas que había olvidado; para pisar nuevos suelos y dormir bajo otro techo; para, en fin, haber aprovechado todas y cada una de sus horas sin tiempo siquiera para darme cuenta. ¡Ah!, y para olvidar, sin querer, que había un diario esperándome y un compromiso que ahora intento retomar.

Pasé de sentirme un "okupa" a disfrutar de la calidez del relajante viento de Poniente en la inmensidad de una playa que, bajo el cobijo de la Virgen de Regla, me he atrevido a pisar, sintiéndome uno más de sus hijos.

Allí, asentado entre la Cruz del Mar y el majestuoso faro emblema de la villa, hice posada en la que fortalecer espíritu más que cuerpo, sabiendo lo que debería enfrentar a mi regreso. Y me sirvió, vaya que me sirvió. Sanlúcar y la fugaz visita a Casa Balbino para degustar el encaje de su fritura, El Puerto y una tarde inenarrable en la que el Arte envolvió de verónicas y naturales esta cana de mi alma haciéndole sentir lo que nunca antes había sentido, Jerez y su señorío para hacernos olvidar que agosto es calor, mucha calor... Lástima (o quizá no) que este mundo virtual en el que navego se quedase a las puertas del hotel obligándome a recuperar Moleskine y bolígrafo con los que dejar constancia de mis días de Sur. Quizá, algún día, transcriba aquí lo que quedó en tinta azul, como nuevo capítulo de mi Cana en el Sur, en una maleta o pegada a las finas arenas de esa playa que, a mi pesar, llegué a profanar.

Dos meses para meter toda una vida en cientos de cajas de cartón, para confirmar la amistad solidaria en días de agobiantes temperaturas, para formar un hogar, provisional pero hogar al fin, para sentir la agobiante alegría de los nuevos retos... Porque, a partir de ahora, comienza el mayor de los retos de nuestra vida. Y, como dije hace ya más de dos meses, aun no pretendiendo hacer de esto boletín del día a día, intentaré dejar por aquí lo mejor de esta etapa. Por eso, ahora que ya está casi todo preparado, solo nos queda... ¡empezar!

Compartiré despacho con ladrillos. Mezclaré clases y encofrados. Tendré mi Semana Santa entre planos y azulejos. Y todo ello lo traeré aquí para, al menos, hacer de ello terapia con la que mantener la alegría de una cana que se arruga impresionada por lo que se le viene.
¡Miedo me da!

sábado, 16 de julio de 2011

Noventa años

Cuando, en 1921, hace ahora noventa años, el mundo se encontraba aún recuperándose de la más cruenta de las guerras vividas hasta el momento, los pasos que daba la sociedad en cualquiera de sus caminos, eran dificultosos y lentos aunque, en muchos casos, de trascendencia impresionante.
En España casi todo giraba en torno a las andanzas de Abd-el-Krim y su cábila. Las gentes andaban pendientes del moro y de la respuesta que el ejército español procuraba a sus incursiones. Fue la llamada Guerra de Marruecos en la que el Desastre de Annual, batalla cruenta donde las hubiera, marcó un punto de inflexión definitivo.

Mientras, el resto del mundo quedaba admirado por el juego de un cubanito que, tras vencer a Lasker, se alza con el título mundial de ajedrez. El temperamental habanero Raúl Capablanca se convertirá en el único campeón de ajedrez que diera la isla caribeña.

Seguramente por esos dias, dos jóvenes estudiantes de medicina apellidados Banting y Best también utilizaran parte de su tiempo en este milenario juego de estrategia. Posiblemente dedicaran los descansos de largas jornadas, entre experimento y experimento, a descansar mientras especulaban enfrentados a un tablero. Pero sus nombres jamás destacarían por sus habilidades para mover peones y alfiles, sino que estos quedaran ligados para siempre al descubrimiento de la insulina y, con ello, a la solución de la temida diabetes.

En Salamanca, este 1921, Jesús Sánchez Sánchez, Enrique Esperabé, Isidro Pérez Oliva y Luis Maldonado, lo estrenarán como nuevos senadores del reino, bajo el gobierno de Eduardo Dato, quien morirá victima de atentado terrorista pocos meses después a manos de tres individuos que montaban una motocicleta. ¡Tres en una moto!

Detalles de un año en el que, tal día como hoy, venía al mundo, en un pequeño pueblo del norte de Cáceres quien, con el paso del tiempo, se convertiría en noble militar, fiel esposo y paciente padre. Mi padre.

Hoy, dieciséis de julio, mi padre cumpliría noventa años y no puedo dejar de recordarlo. Porque de esos noventa que hubieran sido, más de cuarenta, que son toda una vida, los pasé junto a él. Aprendiendo aunque no fuera consciente, porque lo que yo aprendí se me impregnó sin palabras, discreta pero firmemente. Educación, principios, maneras de ver la vida y enfrentarla, cosas que jamás me inculcó pero que se me quedaron dentro como si me las hubiera grabado a fuego. Cariños y silencios.
Por eso, aunque el mundo se fije en efemérides guerreras, ajedrecísticas o sanitarias, yo siempre recordaré que 1921 fue el año en que nació mi padre. Y, para mí, en mi egoísmo filial, eso es mucha más efeméride que cualquiera otra.

Por eso, aunque sea ya solo en el recuerdo... ¡Feliz noventa cumpleaños! ¡Felicidades, padre!