¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.


martes, 25 de noviembre de 2008

Bicentenario


Se me acaba este 2008 y es ahora cuando me acuerdo de que celebramos el Bicentenario. Involuntariamente, o quizá no, que no lo sé, es ahora cuando estoy leyendo "El cuarzo rojo de Salamanca" de Luciano González Egido. Fue hace unos días cuando visité la exposición "La nación recobrada. La España de 1808" en la sala de San Eloy. Y es de siempre, que me ronda la memoria ese medallón picado que en nuestra plaza recuerda, aunque sólo sea por el hecho de permanecer tal cual quedó, al Príncipe de la Paz.
Es este busto ausente el que seguramente mejor refleja el periodo vivido en ese final de la primera década del XIX. Un medallón que fue inaugurado en agosto de 1806 y destruido en marzo de 1808. Una alegoría de lo efímero de la gloria y de cómo se puede derribar a alguien (aunque sea simbólicamente) con informaciones interesadas y, seguramente, tergiversadas. Porque estoy seguro de que el pacense Godoy no fue ni tan bueno como él hizo creer, ni tan funesto como lo recuerda la historia. Pero, en aquél momento, cuando los estudiantes pedían armas para plantar cara al francés aliado; cuando el príncipe Fernando intentaba por todos los medios derrocar a su propio padre, el rey Carlos; cuando la casta ibérica era contraste más que suficiente para el enciclopedismo liberal afrancesado, seguramente lo mejor fuese ordenar la destrucción de esa efigie. Y así ha quedado para que recordemos.
Pues, prefiero recordar (y no soy el único) este bicentenario paseando por la plaza de Anaya y contemplar el resultado de un "capricho" de Thiébault, el general francés gobernador de esta ciudad que, con la más que fuerte oposición del cabildo catedralicio, propietario de las casas que rellenaban ese volumen, decidió que el colegio viejo de San Bartolomé necesitaba mejores vistas. Decidió que él mismo necesitaba mejores vistas. En 1811, con la urgencia de una necesidad imperiosa, se formalizó el derribo. El resultado: un espléndido espacio urbano, integrado en el entorno como si hubiese estado allí desde el principio.
¿No es mejor este recuerdo que el del despojo que se mantiene en forma de medallón junto al arco de San Martín?
¡Ah! Pero, entonces,... ¡aún me quedan tres años para recordar el bicentenario!