
De un tiempo acá, mi preocupación por temas que hasta hace no mucho me parecían importantísimos, ha disminuido hasta niveles que a mí mismo me dejan sorprendido. Son muchas las cosas a las que ahora miro con despreocupada indiferencia y creo que he alcanzado un estado de calma sosegada que me permite dormir sin marear mis cada vez más escasas neuronas.
Total placidez. Y, de verdad, lo recomiendo. Como sanación anímica y corporal.
Seguramente las varas de la camisa con la que pretendo vestirme pasen de once, pero hago esta recomendación porque últimamente me llegan comentarios de que algunos ríos bajan revueltos de aguas. De que algunos patios tienen a sus vecinas en pie de guerra, enfundadas en malla de boatiné, tocadas con yelmo de bigudíes y con el mocho en ristre cual adarga quijotesca. De que hay instrumentos que suenan desafinados en la banda y no son capaces de acoplarse ni a ritmo ni a tono.
Pues, a sabiendas de no ser quién, a todos ellos les recomiendo sólo una cosa: humildad. Porque cuando uno alcanza a saber de sus propias limitaciones, las acepta y convive con ellas, es capaz de conseguir un estado de relajación íntima que calma todas las bilis, renueva humores y construye una sonrisa donde antes hubo rictus. Pero, no sólo debe quedar ahí la cosa, y, haciendo caso a la definición académica, no basta con reconocer y reconocerse sino que se debe obrar conforme a ese conocimiento. Sé que es aquí a donde algunos no llegan y comienzan a fallar. Anclados en su prepotente ignorancia no ven más allá de sus propias narices y se quedan anidados en su soberbio orgullo. Desbordados por las circunstancias huyen hacia delante arrasando con todo lo que está a su paso. Sin darse cuenta, o sin querer dársela, de que pisan a quienes no deben y terminan por agigantar su inútil esfera, alejándose cada vez más de la sencillez de la que, en un principio, con seguridad, hicieron gala. Y, además, se alejan de quienes en otros tiempos estuvieron junto a ellos, volviéndoles la espalda sin explicación. Olvidan que están para servir y se sirven. De todo y de todos. Sordos a las voces que suenan atronadoras en su contra.
Practiquemos la humildad. Sin más. Sin ostentación. Sin necesidad de que nos lo recuerden.
Por intentarlo, que no quede. Humildad... y paciencia.