¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Cristo de las Batallas... perdidas

De verdad que lo intento, pero ando tieso como la mojama de atún. Mira que hay movidas por el mundo de las que se podría extraer un comentario y, sin embargo, tengo la mente seca de palabras. No sé si será por el resto de actividades o por mera dejadez, pero no hay nada que llame la atención de mi cana tanto como para que la idea sea retenida y posteriormente desarrollada.

Berlusconi y Chávez andan revolviendo el mundo, uno no queriendo morir y el otro queriendo resucitar. Los norcoreanos mandando misiles al espacio para demostrar su "poderío" mientras se avergüenzan del embarazo de su "primera dama". El frío se adueña de nuestro otoño sin que nadie recuerde el global cambio climático. Nuestro monarca, en prudente silencio, aprendiendo a manejar la superprótesis que lo convierte en "algo" un poco más artificial. El Presidente y su panda tocándonos no ya los genitales, sino el mismísimo forro interno de los mismos con sus decisiones económicas y sociales. Los gobernantes catalanes... a lo suyo, como siempre. Los otros gobernantes... también a lo suyo, corrupción burda incluida, como siempre. Caja Duero, nuestra caja de toda la vida a pesar de los cambios de nombre, intervenida por el estado para ponerse al nivel de la de Madrid. El gobierno municipal... a lo suyo, como siempre. Mi paga extra en el limbo constitucional y mi hipoteca rascando hasta hacer roto en lo más profundo de mis bolsillos.

Le doy vueltas y más vueltas, pero no soy capaz de fijar un asunto cualquiera sobre el que meditar siquiera el tiempo suficiente como para redactar unas frases medianamente inteligibles.
Será porque ahora, cuando ya tengo el olor del mazapán anidando en el alma, se me despierta el voluntario de oenegé que oculto el resto del año y ando más preocupado por sentirme solidario que por venir aquí a contar lo primero que se me venga a la cana (¿no es esto lo que estoy haciendo?). O quizá sea que con cada año se me agría un poco más el señor Scrooge interno y se deja ver con más insistencia en estos días de frías nieblas, coloridas luces en las calles y sonrisas estériles en las caras. O puede que la mezcla de uno y otro haga de mí un raro engendro incapaz de pensar.

No sé que será pero, como casi todos, creo que voy a guardar mi cabeza bajo el ala y, como si esto no fuese conmigo, volver a lo mío de siempre aunque para ello tenga que recuperar el tiempo perdido y retejer flecos ahora abandonados. Porque, al final, siempre nos quedará...
Y es mi Salamanca, la que me envuelve cada vez que la piso, lo que me queda después de todo. Por eso, no alcanzo a comprender cómo se puede hacer lo que se hace, aunque sea con las mejores intenciones... ¡Se me enciende la Cana!

Hacía tiempo que no tenía una mañana de calma como la de ayer. Una mañana de horario relajado en la que poder pasear sin las urgencias de una hora marcada en la agenda. Una mañana para disfrutar de losas y adoquines en calles casi recién estrenadas, para mirar y remirar lo que nunca se borró de mi recuerdo, para contemplar el tranquilo silencio de las naves catedralicias, arropado únicamente por los comentarios en voz baja de algunos turistas despistados admirando contenido y continente.

Como siempre, no sé si para comprobar inconscientemente que nada cambia, vuelvo a la Virgen de la Verdad, a la del Desagravio, a los San Juan y Santa Ana del trascoro,... y al Cristo de las Batallas, ese que, haciendo verdad de la tradición, acompañó a Rodrigo Díaz en sus campañas contra el infiel; ese que se trajo Jerónimo desde la Valencia conquistada para impregnar de santidad catedral tras catedral. Lo miro y remiro con una congoja que atenaza mi Cana. Veo indignado cómo lo han dejado y se me revuelven las entrañas.
¡No puede ser!
¡Lo mismo que hicieron con el estandarte del Príncipe Juan!
¿Cómo es posible que, en aras de un rigor mal entendido o una moda efímera, se haya permitido esta tropelía?
El Cristo del Cid ya no es el mismo. No sé si lo han recuperado o no. No sé si lo han restaurado o no. Lo que sí sé es que ya no es el mismo. Seguro que han conseguido una vuelta a lo más original, pero se han cargado en un instante ochocientos años de historia. Ochocientos años de campañas con el Cide Campeador, de idas y venidas junto al de Perigord, de humos de velas en la oscura Fortis Salmantina, de polvos seculares, de marcas de uso disimuladas por repintes bienintencionados, de salidas en procesión por sucias calles poco urbanizadas, de visitas y rezos de sus escasos devotos, de...  ¡¡Todo eso ha desaparecido!! Ahora, tendrán que pasar otros ocho siglos para que este remozado Cristo recupere la pátina que le dieron todas sus vidas, mientras nos contempla, desnudo de todo, suspendido en un aire ahora impoluto, y al tiempo, deja que veamos toda su vergüenza con la majestad inexpresiva del románico. Y, para mayor dolor, se deja ver junto a un clon, mala copia de sí mismo, que pretende mantener viva la memoria de lo que Él mismo fue. ¡¡Qué desatino!! ¡¡Indignante!!
Se ha exagerado tan intensamente en la recuperación de un original, que lo único que ha quedado es un pedazo de madera despojado de todo lo que fue acumulando durante años y años de vida silenciosa.
Seguro que la fidelidad se ha logrado, pero ¿a qué precio?

Tendré que acostumbrarme a la novedad mientras ruego que despieces y rugatinos dejen de ser la apisonadora que va "recuperando" lo que casi ninguno queremos recuperar. Que preferimos las arrugas de la historia, las "heridas" de los años, la senectud bien llevada a tratamientos reparadores más propios de acaudaladas ancianas en busca de su propia juventud que, al tiempo que recuperan su tersura, están felices por perder su propia historia. Oscura historia.


¡Ahora caigo! No es que se me seque la Cana y me quede sin palabras... ¡Es que estoy en pleno proceso de restauración! Por eso será que con cada día que pasa me veo más vacío y me cuesta sacar lo poco que me queda.

martes, 4 de diciembre de 2012

El Papa en Twitter

Quiero agarrar el rábano por las hojas, tal como muchos andan haciendo por ahí en estos días en tertulias y prensas virtuales.

Me atrevo a comentar, desde la ignorancia, algo que no debiera pasar de ser más que anécdota.

Me subo al carro de la actualidad y comento lo que parece importante, que la subida del número de parados es algo menor a lo que ya nos hicimos poco a poco y que lo de Díaz Ferrán no pasa de grano en un granero de negro trigo.

Benedicto XVI ha decidido, imagino que voluntariamente, escribir titulares de noticias día sí y día también. Y como lo mejor es hacerlo en directo, se sube al carro de las nuevas tecnologías y, como uno más de nosotros, se crea un avatar para mandarnos sus "tuits" sin necesidad de intermediarios. Pontifex es el nombre elegido. A mí me suena a bayeta, aunque imagino que es casi imposible elegir un nombre que suene correcto en los mil y un idiomas en los que será consultado.

Pues bien, a partir de ahora, será @Pontifex directamente quien nos mantenga al día sobre la salud de buey y jumento en los portales navideños. Y eso porque nadie le ha dicho, imagino, que también podía haber justificado documentalmente la ausencia (puestos a quitar) de un pastor que, a calzón bajado, relajaba el vientre junto al pesebre (¿que digo yo si no habría lugar más discreto?). Ese caganer catalán que, desde su exilio, dejó la mejor de sus firmas para recuerdo de siglos.

¿Será @Pontifex quien nos muestre vía tuit los documentos de ciudadanía de los tres Reyes andaluces? Que no bastaba con uno para joder al proletario pueblo de Blas Infante, que ahora les ponen ¡tres! Tres monarcas que se fueron desde Sevilla hasta el culo del mundo para adorar al Mesías... ¡¡Andaluces por el Mundo!!

¿Se atreverá @Pontifex a seguir su exhaustivo estudio de la Historia Sagrada para cambiarnos la Semana Santa? ¿Será capaz?

No sé si es intencionado, pero el ataque a la religiosidad popular, a la manera que hemos tenido de ver los acontecimientos cristianos durante siglos, es patente. Se oficializa lo que muchos hombres de Iglesia han defendido más o menos ardientemente durante tantísimo tiempo. Se propone una forma de ver el Credo más fiel y correcta aunque mucho más árida. Se cargan de un plumazo el romántico encanto de lo popular, que también tiene su importancia.

No obstante, ya estamos advertidos, podemos seguir alentando al recién nacido de nuestros portales con burras y bueyes, que no atenta contra nada. Podemos seguir poniendo camellos como vehículo real aunque en Sevilla lo más parecido sean los coches de caballos. Y, sobre todo, podemos seguir poniendo al cagón catalán junto al pesebre, que eso seguro que es historia, pues quien más quien menos lo ha hecho en el campo alguna vez en su vida.

lunes, 3 de diciembre de 2012

¿Blogs en decadencia?

¿Están los blogs en decadencia?
Las redes sociales suben y bajan, mostrando picos tan agudos como los del Ibex.
El Twitter ha pasado a ser la principal fuente de información y difusión de noticias para quienes hace tiempo dejaron de mancharse las manos con la tinta de un periódico diario.
El teléfono ha dado paso a la mensajería instantánea y quien no envía sus cosas mediante WhatsApp apenas es alguien en este nuevo mundo.
Sin embargo, a mí me sigue gustando escribir lo que me surge en cada momento. Aprovechar una libreta o un trozo de papel para dejar constancia de lo que seguramente a nadie mas que a mí interesará. Leer manoseando el papel de las hojas de un libro mientras aún huelen a imprenta y emborronarlas con un lapicero para recordar lo que en su momento me dijeron cada una de ellas.
Sí. Lo sé. No puedo decir que sea el más adecuado para decir lo que acabo de decir, sabiéndome deudor de esta bitácora en los últimos meses. Pero creo que tengo disculpa. Al menos para acallar mi propio malestar. Ese que me rasca el estómago de vez en cuando, mientras dedico mi tiempo a menesteres más prosaicos.
Hemos pasado, yo y los míos, por la odisea de construir y habitar nueva vivienda y estoy seguro de que si Homero hubiese programado para Ulises algo cercanamente similar, ¡le habrían sobrado los veintitrés cantos restantes de su poema!
Han sido meses con la cana metida en una caja de cartón almacenada en un sótano. Meses en los que la falta de aire la ha ido debilitando como aquellas plantas que se dejan de regar por olvido y al cabo del tiempo, aunque quisiéramos reparar el daño jarreándolas con más agua de la que hubieran necesitado, somos incapaces de sacar adelante. Ahora, cuando, por fin, saco a esta cana de mi alma de su encierro, a veces olvidado encierro, la veo amarillenta y quebradiza. Macilenta por falta de cuidados. Pero me resisto a verla agonizar aun sintiéndome único responsable de su estado. No quiero que ninguna angustia ahogue lo poco que todavía sigue vivo en ella y me veo llenando el cántaro con el que anegaré de las necesarias aguas hasta el más íntimo recoveco de la caja que la ha guardado, confiando en que aún haya remedio. Voy a revivirla aunque para ello tenga que darle un nuevo espíritu; un nuevo sentido  menos amargo para volver a hacer de ella el baluarte que nunca debió dejar de ser.
Se me han gastado mis semanas santas; he perdido trenes a los que vi pasar mientras era incapaz de abandonar el andén; me hago viejo con nuevas agonías... pero quiero que la cana resurja y, ¡ahora sí!, el compromiso es real. Claramente real y por derroteros diferentes.
Han sido meses de ideas sin plasmar que acabaron por perderse, de una desidia indolente a la que, aunque lo intento, no soy capaz de encontrar una explicación que me convenza. Por ello, porque desconozco las razones, quiero dar un vuelco y renovar todo lo amarillento de mi cana, con la esperanza de que esta poda de invierno sirva para reforzarla a pesar de que, como si de mi primera entrada se tratase, la maldita próstata siga recordándome que habrá partes de mí que nunca podré rejuvenecer.
Y mientras, cuando aún guardo mis tesoros materiales más preciados en precintadas cajas de cartón, me paso cada vez que puedo a visitar a mis amigos de Facebook, me mantengo al día gracias a Twitter, visito páginas y más páginas recomendadas por búsquedas aleatorias en Google y sigo paseándome por los blogs de mis amigos. Blogs que se renuevan con la madura periodicidad que han conseguido a fuerza de días y días. Blogs cada día más lentos en su actualización pero mucho más profundos en sus contenidos. Blogs que se mantienen no a flote, sino pujantes como adolescentes de hormonas efervescentes, aunque hayan alcanzado una edad en la que lo que se dice es mucho menos pero mucho más intenso. Y sí, paseo por todos esos espacios personales que recomiendo, como desde siempre, en la izquierda de mi propia página. O en la derecha, que ya no alcanzo a recordar cómo la dejé tras la última reorganización, ya obsoleta. Y sí, a veces vago por los recuerdos de aquellos otros que sucumbieron a las personales hecatombes de sus dueños, pues mantengo dulces recuerdos de todos y cada uno de ellos. Y descubro nuevas bitácoras cada día. Páginas en las que sus amos analizan el mundo para mantenerme informado, me completan con nuevas exquisiteces culinarias, me mantienen al día en cualquier afición por inimaginable que esta sea, me abren su alma en la poesía de sus palabras, me animan a leer libros virtuales (¡esto sí que es un oxímoron!) recomendándome sus propias lecturas, me muestran la belleza de lo que nos rodea en sus fotografías, me conectan con lo más recóndito, me..., me...
Entonces, ¿están los blogs en decadencia?
Rotundamente, no. Pasarán crisis, físicas o de identidad, pero todos ellos mantienen la llama de sus inicios y se conservan como cuadernos en los que el paso del tiempo lo único que hace es rellenar nuevas páginas. Páginas que siempre tendrán algo que decir.
Seguiré fiel, entonces, a los blogs y a sus autores, mis amigos. Seguiré fiel, entonces, a este blog aunque evolucione, aunque no sea capaz de blanquear completamente lo que un día fue fresco. Porque siempre habrá algo que decir.