¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

sábado, 31 de diciembre de 2011

¡2012!

Por un instante, dejo de mirarme la cana, ombligo de mi alma, para mirar a mi alrededor y ver a cuantos me rodean. Como en plaza de mercado, hay de todo tipo y condición. Pues para todos, mis mejores deseos, que aunque lo piense durante el resto, es ahora cuando parece obligado hacerlo público. ¡FELIZ AÑO NUEVO! A ver si a fuerza de repetirlo, alguna vez nos sorprende positivamente. Que no se quede en meros deseos y que veamos cumplidas nuestras esperanzas. ¡Aunque toque trabajar para conseguirlo!

viernes, 23 de diciembre de 2011

¿¡Feliz Navidad!?

¡Pues eso! Que ya está aquí. Como todos los años desde que tengo recuerdos, y posiblemente desde más años atrás, aunque no tengo certeza para confirmarlo, la Navidad está de nuevo llamando a nuestra puertas y, la verdad, no sé si alegrarme.
Desde hace ya unos días, Marisol, la antipática cajera de mi super, Santiago, el quiosquero quisquilloso, Marcelino, quien me sirve ese espantoso café cada mañana, y muchos otros personajes de mi vida diaria, se han puesto de acuerdo, como si les hubieran tocado un resorte oculto, y (seguro que muy a su pesar) me han "deseado" una ¡Feliz Navidad! Como si no supiera que el resto de los días del año, de cada año (salvo el día del resorte, que se repite periódicamente), a Marisol le "arden" las tripas cuando le doy mis cincuenta euritos para pagar la barra de pan o a Marcelino se le enrojecen de cólera hasta los cabellos mientras le pido, cada día y con la mejor de mis sonrisas, mi descafeinado de máquina cortito de café, con leche descremada del tiempo, sacarina y en vaso, que eso de las asas de las tazas no es mi fuerte, pues nunca supe si son para diestros o para siniestros y me hago un lío al tener que decidir si agarrarlas con una mano o la otra.
También compruebo, como cada año por estas fechas, que no puedo quedarme mirando a alguien, siquiera de forma distraída, mientras completo mi paseo diario por las calles salmantinas, pues me arriesgo a recibir de sopetón un inesperado ¡felices fiestas!, lanzado mecánicamente por el desconocido por si un acaso; no sea que yo fuera una de esos "conocidos" a los que jamás se recuerda y tenga la desfachatez de no felicitarme/felicitarse estos días en los que el amor sale de su cascarón y cubre con su almibarado manto cuanto se mueve sobre la superficie terrena. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Pero el colmo de la ironía navideña ha sido cuando esta mañana, como todas las mañanas del día de después del decepcionante día de la lotería, se me viene Torrejón encima, por sorpresa y casi a traición, me planta un abrazo que me deja sin resuello y me espeta sin dejarme capacidad de reacción: ¡Feliz Navidad! ¡Que tengas unas felices fiestas! ¡Ah, y dale un beso a Charo!, mientras yo mascullo el primero de los improperios que se me viene a la cabeza y pongo cara de póker al devolverle los deseos, forzado por una educación que, en estas veces, me gustaría no tener. ¡Torrejón! ¡Faustino Torrejón! ¡El hideputa de Torrejón! Ese al que jamás le dolieron prendas cuando tuvo que pisar mi cabeza para alcanzar el puesto que ocupa; ese que cada día me zancadillea a la menor oportunidad para dejar/dejarse claro que se siente por encima de mí, aunque yo piense lo contrario; ese que, en lugar de saludar, gruñe algo gutural que intenta asemejarse a una frase cuando nos cruzamos por el pasillo; ese, en definitiva, que se olvidó hace tiempo de trabajar para emplear tiempo y esfuerzo en hacerme la vida imposible. ¡Feliz Navidad!, me dice. ¿Feliz Navidad? ¡Anda ya!
En fin. Que se repite la historia. Que tengo que forzarme a sacar la mejor de mis sonrisas y animarme a ser feliz por expreso deseo de los demás. Sin posibilidad de decidir. Sin capacidad de elegir. Y... a comprar regalos inútiles que nadie agradecerá; a templar mis tripas con pantagruélicos banquetes en los que el menos forzado de los asistentes muestra la "sonrisa" del Joker de Batman; a beber esos espumosos de mercadillo que destrozan cualquiera de los conductos orgánicos por los que discurren en el interior de mi cuerpo; a anudarme una corbata obligándome a no poner cara de recién ahorcado; a visitar a esos "amigos" y "familiares" a los que el resto del año intento evitar como si fueran apestados (o lo fuera yo, que puestos a elegir...); a trasnochar en multitudinarios festejos soportando golpes, olores y cogorzas de cientos de "compañeros" a los que se les sube con facilidad el cotillón a la cabeza; a tener los mejores de los deseos para que no se cumplan el año que está por llegar; a sentirme solidario, aunque sea de pacotilla, descargando mi conciencia para el resto del año...
¿¡Feliz Navidad!? Será que hoy me sale el Grinch que llevo dentro o quizá que esta cana que gobierna mis días resuda amargo escepticismo como si fuera brillantina, pero no me creo lo de estas fiestas.
¿¡Feliz Navidad!?, cuando tenemos todo el año para "ejercer de buenos" y lo olvidamos con una intensidad tal que podría ser un claro principio de enfermedad de Alzheimer.
¿¡Feliz Navidad!?... ¡A otro perro con ese hueso!, que bien reza el dicho castellano. O como dijera el misántropo Fernán-Gómez: "¡¡A la mierda!!

jueves, 15 de diciembre de 2011

Retorno

Tres meses... ¡¡Tres meses!! Eso es lo que hace que se me secó la sesera y nada o casi nada ha salido de ella en ese tiempo.
Iba a renovar, otra vez, mi compromiso de mantener este diario al día, pero creo que ya no queda nadie capaz de creer una sola de mis palabras. Sin embargo, ahora, cuando se acerca el tiempo en que se me ablanda la cana, aunque debiera endurecerse con los rigores del clima de esta meseta, se me han ido los dedos al teclado y han comenzado a trabajar por su cuenta, autónomos sumergidos sin cotización.
En estos tres meses podría haber hablado de aquellas cosas que, a mí o a mi mundo, han soplado en mis orejas dejando sensaciones variopintas. Cosas agradables que se quedaron sin publicar en agradecida intimidad. Cosas duras que han resbalado por mis espaldas para caer en el fondo indiferente del paisaje trasero. Cosas y más cosas que por distintas razones no he sido capaz de traer a este almacén de recuerdos.

Hubiera querido analizar con toda enjundia asuntos de calado que, aunque ahora no sea consciente de ello, me afectan más de lo que quisiera. Ibex, prima de riesgo, bajada de salarios, conflictos laborales, EREs diversos... pero, salvo mientras degusto el primero de los cafés, mis neuronas no dan de sí más que para tratar estos temas como si estuvieran contemplando una postal de un recóndito lugar, bonito pero completamente desconocido. Así que dejo esto, por tanto, para expertos "tertulianos" (horrible palabra que se ha cargado a los contertulios de toda la vida) surcadores de ondas.
Hubiera podido tratar aquellas cosas, cosillas, que me ha dado mi día a día. Amigos que se vienen, tertulias (estas de las de verdad) en las que disfruto del tufillo de un brasero imaginario, paseos por paradisíacos parajes que en nada envidian al de la postal anterior (y estos sí que los pateo y los conozco), santitos y cumpleaños, juramentos y gurrumbadas (¡otra vez que me quedé sin ir a Villalpando!), futuro pendiente de una grúa, presente quemándose en la hoguera, mi primera hoguera en la que no es mi casa... Pero, todo se queda en cocimiento de borrajas.
¡Vale! Pues ahora quiero dejar constancia de que no siempre será así, aunque no me comprometa. Aprovecharé los excelentes propósitos que acompañan a las últimas fechas del año para justificar el regreso.
Escribiré en Navidad... y seguiré hasta Ramos.
Y no es una amenaza.