¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

jueves, 7 de octubre de 2010

Rosario...

Ahora recuerdo aquellas tardes de viernes de mi niñez con una nitidez que posiblemente sea síntoma de que mis neuronas se endurecen y sólo dejan espacio para conservar aquello que, por lejano, cada día se nos hace más presente.
Se me viene a la memoria, como si de hoy mismo se tratase, la imagen de sor Carmen, recia cordobesa, hija de la caridad de las de San Vicente de Paul, a la que quiso el destino poner en mis primeros pasos escolares para que forjase en gran medida, moldeando mi ternura infantil, mucho de lo que ahora soy. Y veo a sor Carmen, "chasca" en mano, guiando en el rezo vespertino del Rosario a una recua de chiquillos sentados calladamente en sus pupitres; y nosotros, chavales revestidos de azul babero y cuello duro con la pubertad todavía muy lejana, pues aún no habíamos alcanzado la decena, recitábamos la sarta de avemarías y letanías temerosos en su presencia. Rezábamos sin saber aún bien ningún por qué, pero dejábamos que fuese quedando un pequeño poso que, al menos a mí, serviría como "velo" de futuros caldos en la todavía recién construida barrica de la vida. Y para nosotros, al menos para mí, era todo un orgullo, un privilegio, ser seleccionado para salir a la tarima y oficiar de director, moviendo las gastadas cuentas de madera de ese rosario que siempre quedaba guardado en el cajón de su mesa, de la mesa de sor Carmen, mientras meditaba por qué aquello de los "misterios", recitando sin pensar padrenuestros y avemarías.
Nunca sospeché por entonces que aquello marcaría de alguna manera mi vida. No imaginaba que ese iba a ser el primer peldaño que haría del Rosario una constante recurrente en mi vida.
Será mucho más tarde cuando mi conciencia caiga en la cuenta de mi afinidad, de mi relación vital con ello. Porque, también de forma inconsciente, el paso del tiempo fue haciendo crecer en mis adentros una pasión por ese sur que me embarga cada día con más firmeza, del que no puedo pasar alejado sino esas temporadas que mis otros quehaceres me imponen en esta meseta salmantina. Y, ¡oh coincidencia!, es Nuestra Señora del Rosario la patrona que guía esa ciudad de estrechas callejas y olor decadentemente colonial. Es la Virgen del Rosario la patrona de ese "Cái" que me enamoró desde el primer momento. De nuevo el rosario marca mi cana con ese no sé qué. ¡Feliz coincidencia!
Pero hoy, día marcado para conmemorar su festividad, el día de Nuestra Señora del Rosario, olvido todo lo anterior y mi alma se embarga sólo con ella. Porque, ¿será coincidencia?, es una Rosario la mujer a la que se me unió la vida casi desde el momento en que la pobre sor Carmen me aliviase de pañales infantiles. Es ella la que aceptó estar junto a ese mozo, aún imberbe, recién llegado a su charro futuro. Es ella la mujer con la que he compartido y comparto todo lo que tengo y todo lo que soy desde hace tanto tiempo. La esposa que ha visto cómo he madurado, si alguna vez lo hice, y cómo me crecía esta cana en el alma. Es María del Rosario, ¡feliz coincidencia!, ese eslabón imprescindible en la cadena de mi vida. Cálida primavera en cualquier época. Asiento de la impaciencia en el que me dejo reposar cuando la batalla me vence. Empresa común para el proyecto más importante de una vida.
Hace tiempo que no rezo el rosario, al menos completo, y hace tiempo, menos, bien es cierto, que no piso la gaditana piedra ostionera, pero me doy por satisfecho, más que satisfecho, sabiendo que mis días están permanente llenos del mejor de mis rosarios. ¡Feliz coincidencia! ¡Feliz día! ¡Felicidades, Rosario!