¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Recuerdos del Sur



Aún con Sanlúcar pegado a la cana, ya estoy en casa... y, en cierta medida, lo agradezco. Ahora toca afrontar la cruda realidad de ese grifo que gotea, el césped que creció más de lo normal en nuestra ausencia, esa lámpara que no luce, reparar tal o cual otra cosa que siempre quedó para estos días, en fin, que ahora comienza la otra parte de las vacaciones, pero siempre con algún rato para compartir con los amigos esas cañitas que saben a gloria en las atardecidas y para revolver Salamanca bajo soles de justicia.
Vuelvo con el alma henchida de recuerdos que deberán asentarse poco a poco para ir siendo olvidados también poco a poco, que si no, no quedaría hueco para los futuros. Pero hay algunos que se amarrarán con firmeza extrema a las paredes de la memoria para quedarse ahí, para no perderse y poder aflorar en los primeros momentos cuando recurramos a ellos. Esos serán los mejores.
Porque, a partir de ahora, estos días pasados ya son recuerdos y en ellos se mezclarán caballos en carrera frenética con manzanilla en rama mirando el ocaso en las dunas, paseos de mañanas calurosas con olores de mercado de abastos repleto de voces, Sevilla en ardiente mediodía con Don Fernando de Zúñiga con quien me crucé por sus calles, Medea con chiringuitos playeros, el Santito del convento de la Madre de Dios con los exvotos una oscura pared parroquial. Recuerdos y más recuerdos que tendré que ordenar.
¡Me pongo a ello!

martes, 10 de agosto de 2010

La Cana al Sur: De tapas y otras delicias

Como todo lo que comienza en algún momento tiene su fin, este corto periplo sanluqueño termina casi en estos momentos. Aún nos queda el paso por Sevilla para hacer jornada mañana, pero de lo que se dice Sanlúcar, andamos ahora metiendo en los sacos del recuerdo todo lo que hemos recogido en estos días de playa y paseo, de cervecita y tinto-verano, de tapas y otras delicias. Porque, a diferencia de otros recuerdos, de estas jornadas nos llevamos, entre otras muchas cosas, haber podido disfrutar de lugares en los que la comida se hace arte por mor del tan conocido tapeo andaluz.
Quiero dejar, en estos últimos instantes, memoria de comidas y lugares para poderlos recuperar en cualquier momento de tiempos venideros. ¡Que nunca se sabe!
Sinceramente, en lo gastronómico nos hemos movido por el tipismo, sin apenas salir de las rutas en las que el trasiego de infinidad de pies han dejado una profunda huella para que pueda ser seguida por los noveles visitantes. Así, en Sanlúcar, podemos diferenciar dos zonas (por su separación geográfica más que nada) por las que los visitantes acabamos moviéndonos como auténticos peces por las aguas de la desembocadura del Guadalquivir: El centro y el Bajo de Guía.
Comenzaré por el segundo por ser el que menos hemos visitado y, por tanto, el que menos juego puede dar, aunque puede der mucho juego, vaya que sí. En este antiguo barrio de pescadores (que no sé muy bien lo de antiguo, pues sigue habitado por hombres de mar), es típica la sucesión de terrazas, con sus correspondientes comedores de interior, dispuestas mirando a las dunas de Doñana como si de un mirador se tratase. En todas ellas se pueden gustar los mejores pescados de la zona, excelentes frituras y, cómo no, los exquisitos langostinos de Sanlúcar. De entre todas, es Casa Bigote la que se lleva casi todo el peso de la fama, aunque, como digo, en cualquiera el trato es magnífico y los productos soberbios. Nosotros visitamos  una de ellas, Poma es su nombre, y de todo lo que nos sirvieron, el rape fue lo que marcó al restaurante, aunque las gambas, finísimas, y almejas a la marinera, tampoco desmerecieron lo más mínimo. Pero aquí concluye nuestra visita gastronómica al Bajo de Guía, pues a Casa Bigote ni lo quisimos intentar sabiendo cómo está la demanda y los días en que nos encontramos.
De los bares y tabernas del centro, no voy a decir que los hemos visitado todos pues mentiría, pero no han sido pocos los que hemos probado, unos con más éxito que otros. En esta zona, hay dos plazas que marcan las opciones, al menos para turistas como es nuestro caso: la Plaza del Cabildo y la Plaza de San Roque. En ambas, la oferta de terrazas y locales en los que degustar las famosas tapas es más que suficiente. De la primera de ellas destacan dos sobre el resto. En primer lugar, y llevándose todos nuestros parabienes: Casa Balbino. Las mejores tortillas de camarones que he comido en mi vida. Excelente combinación de masa y crustáceos que más que tortilla parece un encaje en el que todo es armonioso. Tampoco se quedan atrás los langostinos, excelentes al paladar, ni la fritura de cazón, con el mejor adobo que he degustado, suave y sin ese regusto a exceso de vinagre típico de otros adobos, dejando que el pescado sepa a lo que tiene que saber. Excelente Casa Balbino.
Tampoco está mal Taberna Juan, con gran surtido de tapas aunque no con la exquisitez de la anterior. Es recomendable sobre todo cuando en Balbino todas las mesas están ocupadas (cosa harto frecuente) y uno quiere degustar sus tapas sentado, pues la oferta de la barra del primero, agradeciéndose en ocasiones el aire acondicionado, es digna de reyes. De Juan, lo que más me llamó la atención fue la insistente oferta, en varias ocasiones, por parte del camarero para que probásemos el "arrón-paella", cosa que, por supuesto, no hicimos y menos a la vista de los platos que salían de cocina para paladar de incautos.
Por último, aunque la oferta es mayor, visitamos La Barbiana en la que, quizá por el agobiante calor producto del ardiente sol de mediodía que caía a plomo sobre la terraza, no soy capaz de mencionar ninguna tapa destacable. No obstante, La Barbiana es un local recomendado por guías y famosos, por lo que algo tendrá que no supimos ver.
En la Plaza de San Roque, quizá la más tradicional y donde más gentes del lugar hemos visto compartiendo espacio con nosotros, está Casa Juanito, en la que las chacinas y quesos son muy buenos aunque lo más demandado, típico de la casa y de magnífica factura, es lo que llaman "solomillo". Sencilla pero muy agradable combinación de medallones de solomillo de cerdo a la plancha sobre una rebanada de pan y cubiertos por una loncha de jamón, que si fuera ibérico sería un placer, y acompañados por una fritura de pimientos verdes, cebolla y patatas con huevo frito para rematar. Ya digo, sencillo pero contundente y de muy agradable paladar.
En las cercanías, pues se encuentra en una placita lateral a la del Cabildo, estuvimos en el denominado La Pipiola. Local de corte moderno, nada que ver en su decoración con los anteriores, pero con una extensa carta de excelentes tapas. Tostas y montaditos, calientes y fríos, ensaladas y otras ofertas hacen de este lugar un recurso recomendable cuando uno está cansado de frituras y demás platos típicos.
El único restaurante que visitamos, tal como nosotros entendemos un restaurante, fue El Fogón de Mariana, en la calle Ancha esquina a Ruiz de Somavia, al que fuimos atraidos por la decoración, visible a través de los ventanales de lo que es un caserón-palacete típico sanluqueño reconvertido en restaurante y que, hasta hace no mucho, estaba ocupado por una tienda de muebles. Una vez dentro, tuve la sensación de estar comiendo en uno de esos locales franquiciados en los que el envoltorio es precioso pero lo importante, la comida, nada del otro mundo. Así que, si se quiere algo de interior, con decoración más o menos atractiva, se puede visitar, pero nada más. ¡Ah! y el aire acondicionado brillando por su ausencia.
Poco más a destacar en estos días de tortillas de camarón, gambitas y langostinos, choco frito, pescaítos varios y salmorejos. Espero, con esto, poder recordar dónde estuve y a dónde puedo volver. Y si a alguien más le sirve, pues mejor.
¡Ah! También estuvimos en una pizzería. Sí, en Sanlucar. Y no es mala. Da Francesco es su nombre.
Por último, sólo me queda decir que no hay ninguna fotografía pues intento no mezclar aficiones ya que, además, la grasa sale muy mal de las lentes de los objetivos.
Así termina este periodo agosteño en el que me traje la cana al sur para volver a disfrutar de lo que, por conocido, cada día es más atractivo. A partir de ahora, con el alma cargada de las más positivas energías, volveré a lo mío y a los míos... que también se les va echando de menos.
¡Fue un placer!

domingo, 8 de agosto de 2010

La Cana al Sur: Una tarde en las carreras

En vacaciones siempre amanece tarde. No importa lo que haya ocurrido el día anterior para que las sábanas se peguen al cuerpo, con la humedad salada propia del ambiente, impidiendo que nos separemos de ellas antes de que el sol haya conquistado el día y la mañana esté luminosamente avanzada. Seguro por eso, agradezco que las actividades de todo tipo sean vespertinas y dejen que me despeje durante la ya corta mañana sin más actividad que perder el rumbo por calles y callejas.

Y paseando, cargando con el sudor que ni el aire es capaz de arrebatarme, miro, escucho y huelo. Sí, huelo. Porque las calles de Sanlúcar huelen con identidad propia. Pero no esas calles del centro, plagadas de bares y terrazas en las que el ambiente está cargado permanentemente de aromas a fritura y lociones aftersun de paseantes. No. Son aquellas otras en las que rara vez me he cruzado con una cámara ni con cualquiera capaz de portarla. Son calles de bajas casas blancas, luminosas y limpias, en las que huele a ropas recién tendidas, a lejías sanadoras de cualquier mal de suciedad, a gitanillas recién regadas y a puchero. Sanlúcar, sobre todo, huele a puchero. Mezcolanza de aromas a garbanzo con rabo, alubias con oreja o berzas para compañía de cualquier otra cosa. Sorprende cómo en este lugar de costa, estoy seguro, los únicos que nos metemos cazones, acedías, chocos y frituras varias para pasar el día somos los que vemos esto como natural, con los ojos de quien sólo pasará unos días. Pero los sanluqueños, hartos ya de tanto tapeo, prefieren sentarse alrededor de la mesa y, tras una refrescante ensalada, meterse entre pecho y espalda la contundencia de una buena olla con las mejores excelencias de la tierra y de más allá.

Y así, oliendo los laureles y refritos que se prenden a las rejas de cada una de las ventanas por las que paso, se me van estas mañanas que para otros son de arena y playa.

Las tardes, tras obligada lectura que sana mente y recupera alma, más paseo, pero éste ya sólo dentro de lo acotado para habitantes de hoteles y apartamentos, mezcla de gustos y acentos en pieles enrojecidas por los soles de la mañana. Cada día igual en su diferencia. Cada tarde por las mismas calles y con las mismas gentes.
  
Pero hoy, sábado esperado, las cosas cambian. Llegan las famosas carreras de caballos de Sanlúcar. Ciento sesenta y cinco años haciendo correr a los purasangres por las compactadas arenas de una playa en bajamar. Y nosotros, como uno más, hemos querido participar del espectáculo y las hemos disfrutado desde su inicio hasta el final. Hoy, la siesta se ha acortado en favor de algo completamente nuevo para nosotros.

Ya en la playa, público expectante y niños, muchos niños, activos participantes de la fiesta. Porque los niños sanluqueños son parte activa del espectáculo, con su casetitas de apuestas repartidas por toda la playa para que otros niños jueguen a sentirse adultos, inviertan sus céntimos y observen el paso de los caballos con la atención que les requiere la posibilidad de multiplicar su capital.

        

-Cinco céntimos al tres- dice una pequeña de no más de seis años asomándose a la ventanilla de una caja de cartón reconvertida primorosamente en oficina de apuestas. Y del otro lado, otro chaval de casi su misma edad, rellena un boleto con los rasgos temblorosos de las primeras letras, como compromiso de pago en caso de acierto. Y los mayores miramos curiosos la actividad infantil.


Las arenas, como en sábado que es, están repletas de sombrillas, mesas y butacas. Familias enteras que se asomarán a la carrera como disculpa para disfrutar de una merienda digna de reyes. Olores a ajo de empanados y cebollas de tortillas. Nosotros, entre ellos, sin butaca ni tortilla, recorremos la playa en busca de la mejor ubicación. Nadie protesta. Nadie reclama la posesión de un lugar reservado con los vapores de una siesta de rechisol. Ellos saben que esto es lo que hemos venido a buscar y nos dejan. Y nosotros, habitantes de hotel y apartamento, nos mezclamos entre ellos como una parte más del decorado playero.

¡Atentos! ¡Que vienen! ¡Que vienen! ¡¡¡¡Ya están aquí!!!!....  ¡Se acabó!



Los briosos corceles pasan como una exhalación por delante de nuestras narices y, sin apenas tiempo de inmortalizarlos con la cámara, en menos tiempo de lo que se dice un ¡ay!, sólo somos capaces de ver cómo unas ancas poderosas se alejan en lontananza. ¡Se acabó la primera carrera!

Y así las demás. Pero queda el regusto de haber pasado la tarde entre los que se sienten como tú. De haber participado como elemento espectador. De poder decir yo estuve en las carreras de Sanlúcar.
Ya no huele a tortilla. Ahora todos nos recogemos y buscamos otros lugares con otros olores. Volvemos al carril del turista, al reconocible olor de frituras y otros cocimientos.

viernes, 6 de agosto de 2010

La Cana al Sur: Grecia en Sanlúcar por palos flamencos

¡Mira por dónde! He tenido que venirme hasta Sanlúcar para degustar lo que hace no mucho tiempo rechacé en Salamanca. Bueno, no. No es que lo rechazase, así por que sí, sino que allí las horas me duran menos, los tiempos son distintos y la actividad debe ser seleccionada de manera diferente.
Aquí, en la tierra del descanso, donde la luz se filtra por cualquier rincón, los tiempos se pueden alargar sin que pese en la conciencia. El reloj se ralentiza y nos dejamos llevar por la magia, embrujo de patio recién regado para refresco del alma.
Anoche, cuando el sol se acostaba entre las dunas de Doñana, nos fuimos hasta el Auditorio de la Merced, exhuberante horno de bóvedas de cañón que en su día fuese capilla del Palacio de Orleáns, abarrotado de gentes para gustar de la Medea de Manolo Sanlúcar. Dos horas de sensaciones paseándose por la piel para hacer del sudor gotas de rocío. Sones de marcha, de hondura, de zambra; lentos y allegros de lo más flamenco y lo más sinfónico salido de las prodigiosas manos de quien hace magia con seis cuerdas. ¡Digo!

Fué un espectáculo ver al maestro disfrutar de cada momento. Verle dirigir, sin querer, los pasos de la orquesta, charlar con su guitarra o con David, su compañero de instrumento, como si estuviesen en la intimidad de un patio cordobés o en una cueva del Sacromonte. Sentirle disfrutar entre su gente mientras disfrutábamos como si fuéramos su gente. Porque el concierto de anoche, la Medea de Sanlúcar, fué mucho más que música. Fué todo un pueblo entregado a su hijo predilecto. Fué el sentir de Sanlúcar entre las notas de Sanlúcar. Fueron muchas sensaciones y recuerdos, seguro, sudados por todos y cada uno de los que allí estábamos. Fué magnífico, aunque hubiese necesitado más orquesta, otros metales que no hubieran caminado a su aire. Más orquesta para envolver con más magia a esas dos guitarras que, solistas, llegaban a apagar todas sus voces. Eso sí, de una orquesta local, en la que lo que más había era cariño y admiración por el maestro, a la que se le puede perdonar el bollo por el coscarrón, que hizo que por momentos olvidara a los protagonistas para dejarme llevar por las notas de una percusión que me atrapó. Cinco músicos que desde el fondo del escenario consiguieron envolver mi cana, atrapar mi alma, y hacerme perder con sus ritmos poderosos. Fué, sin duda, lo mejor de la orquesta.

Al final, palmas. Minutos y minutos de palmas agradecidas fueron el colofón de la noche. Palmas paisanas para quien se sabía querido y admirado desde antes de salir del camerino. Palmas y más palmas para que el maestro supiera que estaban allí, todos y cada uno de ellos, individualmente, para, entre todos, traerse hasta el auditorio el Picacho y desde él mirar juntos hasta donde el horizonte dejase. Palmas para palabras emocionadas de agradecida sinceridad.
Anoche, ¡mira por dónde!, me llené de Sanlúcar y para ello tuve que venir desde Salamanca. Ahora agradezco haber dejado pasar la Medea de aquel día.

jueves, 5 de agosto de 2010

La Cana al Sur: Iglesias, iglesias... y un castillo

Sorprende al distraído paseante la cantidad de iglesias que pueblan Sanlúcar. Grandes, pequeñas, diocesanas, conventuales, amplias o reducidas, apenas queda calle del barrio alto, el más antiguo de la ciudad, que no tenga su iglesia o convento.
Las he paseado casi todas y todas las vistas me han gustado. Ninguna alcanza a cualquier de nuestras catedrales, siquiera a nuestras iglesias más domésticas, pero estamos hablando de una ciudad pequeña y, por supuesto, sin la secular tradición religiosa que tenemos en Salamanca.
Quizá por curiosa, llama la atención una pequeña iglesita, "La Capillita" la nombran, que no he sido capaz de encontrar en guías ni planos. Se halla en pleno centro y con su propia calle, pasada continuamente por turistas y locales y, sin embargo, completamente desconocida. Al menos en apariencia.

Las más destacadas, grandes naves de muros desconchados y lienzos de diversas facturas sobre ellos, se encuentran expuestas al sol perpetuo de estas tierras y recuerdan más a aquellas de mundos evangelizados allende la mar océana que a las que acostumbran a ver mis ojos en paseos casi diarios por Salamanca. Tardías todas ellas, muestran su propio barroco en altares y retablos a pesar de la escasa luz que las penetra. Naves espaciosas y ambiente húmedo, agobiante, es lo poco que nos dejan ver. Imágenes procesionales en casi todas nos hablan de que aquí, como allí, la Pasión se vive con intensidad, aunque sea solo por unos días. Vírgenes de palio, Cristos y Nazarenos rellenan hornacinas en todas y cada una de ellas. Diecinueve hermandades para poco más de sesenta y cinco mil habitantes constituyen la nómina local y se nota.

                    


      



La O, la Caridad, la Merced, Regina Coeli, la Trinidad, las Carmelitas, San Francisco, San Miguel, el Carmen, Santo Domingo, San Diego, San Miguel, la Madre de Dios,.... Iglesias, capillas y ermitas llenan las calles para gustoso recorrido de quien apenas tiene más que hacer en las mañanas sanluqueñas.



¡Ah! Y un castillo, el llamado "de Santiago", que domina desde la altura toda la desembocadura del Guadalquivir. Feo y reconstruido pero con una historia interesante.

¡Me mata la caló!

miércoles, 4 de agosto de 2010

La Cana al Sur: Gente en Sanlúcar

La verdad es que es una suerte, al menos para mí, no sentir la necesidad de acercarme cada mañana a saludar a las finas arenas que separan mar de tierra adentro. Prefiero pasearlas en las atardecidas, cuando se han retirado pobladores interinos y queda toda su anchura para disfrute de ojos deseosos de espacios infinitos. Así, salvando la obligación de tener que rendir culto a sombras y sombrillas, prefiero callejear, fundirme al recio sol entre encaladas paredes y pasear sin rumbo. Observar lo que se me viene y girarme para ver las espaldas de lo que se me va. Sentir calor y escuchar voces, mezclarme como si fuera uno de ellos aunque siempre con la sensación de ser mirado de reojo, de saberme extranjero. Sensación errónea aunque no pueda quitármela de encima.





Blancas calles de blancas casas al sol de un agosto que no hace sino comenzar cada mañana. Y placitas encantadoras, refrescantes islas cubiertas de sombras para descanso del que pasa. Gentes empleadas en su propio afán, sin mirar a su alrededor, haciendo que calles y casas sigan siendo blancas eternamente.



Gentes que van y vienen, parándose a cada paso para saludar a quienes, como ellos, van y vienen. Mañana de mercado. Y miro a la vendedora de higos, recién cortados de cualquier chumbera, afanándose en pelarlos para deleite de paisanos y echándose unas parrafadas con el abuelo cuando la clientela se ausenta en busca de otras ofertas.
¡Huevos y miel! ¡Huevos gordos a uno ochenta! vocea la anciana mujer intentando convencer a quienes pasan de que lo suyo es de lo mejor, frescos y gordos. Sobre todo gordos. Su voz suena cansada y nadie para a escucharla.
O camarones. Los más frescos y saltarines camarones recién sacados de entre las finas arenas de la desembocadura, o de la bahía que eso da igual, pero camarones al fin y al cabo, removidos para mostrar su viveza y dejados descansar al tiempo que la mujer, cansada de una noche de poco sueño y calores permanentes, deja vencer su cabeza hacia el pecho, cierra los ojos y olvida por un instante que está vendiendo camarones para irse tan lejos como el momento le deje mientras un niño mira.


Caracoles, frutas, verduras, pan y bollos, cestos y esteras, bragas y cremas,... todo se vende a las puertas del mercado. Un viejo mercado como los que uno imagina que son en estas tierras. Decadente pero cumpliendo su servicio. Público pidiendo producto, vendedores voceando precios, turistas de ojos asombrados y yo, atento a todo, queriendo, sin poder, engullirlo todo con mi cámara.


Mezcla de olores infinitos y colores exhuberantes. Gentes que van y vienen. ¡Choco, choco! ¡Choco fresco recién cortado! ¡A la fina gamba! ¡Coquinas, coquinas! Y las gentes van y vienen sin saber que estoy mirando. La mujer asienta su carro y el frutero mira a la cámara. ¡Me veo sorprendido!

Así, gasto la mañana dejando pasar las horas como si fueran minutos.



Y siempre, permanente entre las gentes, el mendigo. Hombre educado que ofrece pañuelos por una voluntad. Se me viene: -¿Una moneda para comer algo?-
Rebusco en el bolsillo y saco un par de monedas. De repente, sin más, el hombre mira mi cámara y exclama: -¡Una D70! Yo tenía una D60 pero hace unos días tres hombres me dieron una paliza y me la quitaron. Hacía fotos a la gente y me ganaba la vida. Bueno, adiós.-
-¡Adiós!-, le digo mientras me da la espalda para seguir con su tarea.
De repente se gira, vuelve a mirar la cámara y me pregunta: -¿De cuántos megapíxeles es?-
-De seis-, le digo, y veo una mueca de decepción en su rostro.
-¡¿Cómo?! ¡Si la mía tenía ocho y era una D60!-
-Es que esta es ya vieja, pero hace buenas fotos- le dije, no sé si como explicación o como disculpa, mientras él me daba la espalda poco convencido.

martes, 3 de agosto de 2010

La Cana al Sur: La Playa

Ayer, renunciando a mi principio de no pisar arenas ni mojarme con aguas que no sean de cañería, estuve en la playa de Sanlúcar, la Playa de la Calzada. Me sorprendí al ver que la arena, fina como la de las mejores, no quemaba. Una arena fresca que no obliga a incómodos equilibrios a cada paso cuando los pies descalzos se asientan sobre ella. Una arena que permite acercarse hasta la orilla plácidamente y sin disgusto. Bueno, no sin disgusto pues la piel sudorosa sigue siendo papel al que se adhieren todos y cada uno de sus granos para incomodidad mía. Y así, sin necesidad de protectoras chanclas, alcancé la orilla para zambullirme en las aguas mezcladas. ¿Zambullirme?... Metros y metros caminando mar adentro y el agua no alcanza más allá de las rodillas. Metros y metros de un agua calma y caliente, sobre todo caliente, como si al caño que la saca le hubieran puesto un puntito rojo equivocadamente. Agua que apenas refresca cuando la penetras. Sorpresa para quien, como yo, la prueba por primera (y última) vez.
El resto es abundar en un tópico. Familias y más familias, grandes o chicas, cargadas de aperos, comestibles o no, para pasar lo que para todos es una agradable jornada. Familias locales que ocupan sus espacios marcándolos con un fuerte ceceo que, a veces, se hace incomprensible para quienes pronunciamos cada una de nuestras palabras con la musical dureza de la meseta. Niños jugando con las arenas y padres sesteando arrullados por las palabras de cualquiera de los comunicadores que acompañan en las mañanas de la radio. Caras desconocidas para jugar a ponerles nombre. ¡Mira, ese se parece a Fulano! ¡Anda, uno clavadito a Mengano! Caras que se nos hacen familiares para con ello conseguir que nos sintamos como en casa, como si estuviésemos paseando por la Plaza o la Rúa, aunque aún no me atrevo a saludarlas y paso junto a ellas fijando la mirada mientras van quedando atrás. Quizá esperando un saludo que, en su cortesía, jamás llegará.
Y encamino mis pasos hacia la sombra protectora de un chiringuito que, ya lo sé, es para mí refugio de guerrero, solaz de cuerpo y descanso de cana entre cervezas fresquitas y más caras a las que seguir poniendo nombre. ¿Estaré desvariando?

lunes, 2 de agosto de 2010

La cana al Sur: Rentrée

Bueno. Pues ya estamos aquí. He liado mi cana a la correa de la cámara de fotos y nos hemos venido a donde, por conocido, siempre estamos a gusto. A donde, por deseado, la sangre se nos dulcifica. Y ahora, nada más aterrizar, sólo me dedico a respirar. A llenar mis pulmones de este aire gustoso, saladamente marino, que me hace supurar todos los restos de lo que he dejado atrás por todos y cada uno de los poros de mi piel. Sudor que despeja mis sentidos al tiempo que relaja esta cana que me vive en el alma y hace que se abra expectante a cuanto la rodea.
No es este el calor de esa Sevilla que en la tarde de un sábado ardiente nos mostraba su cara más agosteña en el final de julio para acogernos cariñosa. Una Triana que a las diez de la mañana ya nos recibía con una entera con jamón, unos churritos y un ardiente café, mientras el termómetro marcaba treinta y siete grados a la sombra de una sombrilla. Una Estrella de misa cofrade y poco más, que no estaba el día como para caminatas, aun con sentido. Pero, en cualquier caso, ¡cómo no vamos a parar en Sevilla!
Este de aquí, donde se juntan las aguas del Guadalquivir con las olas atlánticas, es un calor diferente. Calor de costa, húmedo y salado, que se pega a la piel para crear una costra que protege los adentros, mientras la brisa rodea al cuerpo y evapora sudores y humores.
Aún no he hecho sino mirar. Fijarme atentamente en lo que me rodea, barullos de gentes en la compra del diario, compra callejera junto a las tapias de un viejo mercado de abastos impregnadas de olores a verduras y frutas frescas, a camarón recién traído de la marisma y coquinas que suenan mientras una mano experte hace entrechocar sus valvas para reclamo de compradores.
Aún no he hecho sino recorrer el Bajo de Guía mirando de reojo al Coto, en un atardecer del que espero disfrutar los días que me quedan, viendo cómo el sol es engullido por los pinos de la otra orilla. Paseando entre gentes que regresan cargadas de aperos veraniegos mientras la playa, de fina arena y aguas calmas, se va quedando sola. Terrazas y chiringos con olores a fina gamba y frituras de lo mejor de la Bahía.
Ahora, a partir de ahora, me mezclaré con las calles, recorreré iglesias y conventos, visitaré plazas y jardines, escucharé acentos que nunca sabré imitar y cansaré mis pies en las losas sanluqueñas. Iré a los atardeceres en los que las arenas se convertirán en pista para saciar el galope de caballos y la codicia de apostantes. Degustaré las mejores cervezas acompañadas de lo mejor de cada casa. Disfrutaré de cada momento que viva en las próximas jornadas, que tengo que cargarme de ellos para sacarlos poquito a poco mientras el duro frío salmantino se apodere de cuerpo y cana. Y de ello intentaré dejar constancia en este diario que desde hace tiempo se convirtió en mi Moleskine digital. No será crónica del día sino Libro de Horas para reflejo de unos días a los que intentaré poner nombre. Uno a uno.
Hemos cambiado la estirada placidez de la playa barroseña por este rugir mundano, barullo apetecible para quien, como yo, no gusta de aguas marinas. Y creo que acertamos. Ya veremos.