¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

jueves, 22 de abril de 2010

Más rutina

¡No, no y no! Me niego a consentir que esta vida de orden y trabajo que ahora domina mi cana sea disculpa para no poner nada en este diario.
No quiero que la aparente desidia que se refleja en la falta de continuidad en mis comentarios se haga firme y debilite esta cana ya de por sí sutilmente delicada. No.
Pero, aunque no quiera, las tareas de diario hace tiempo que comenzaron a hacer montón, ocultándose unas a otras en la maraña, y me veo obligado a realizar un desmonte cada día más agobiante para este espíritu malacostumbrado, ocioso de nacimiento y disperso en lo que a la constancia laboral se refiere. Porque, y no digo que no me guste mi trabajo, jamás me gustó trabajar. Esencia adánica que mantienen mis genes en herencia de aquél que siempre se me dijo como el "primer padre" y que, aunque se le torcieran los destinos,  jamás se llegó a acostumbrar a las tareas laborales que marcaron su vida. Eso es lo que me pasa.
Horarios, rutina, esfuerzos, agobios,... y sudores. El sudor de la frente para ganarse el pan.
Y, como me niego a sorber el caldo que rebosa esta taza, pues van y me buscan otra con más líquido. Como no tengo suficiente con lo mío, hay quienes me proponen ampliar mi vida para dejarla en los entresijos del poder cofrade. Hay quienes me postulan como presidenciable llegando incluso a darle curso en prensa, que es curso legal, aunque ni una sola palabra haya salido por mi boca. Pues han sido mis silencios los que me han llevado a recorrer esas calles cofrades que casi se me fueron de las manos y que hicieron a muchos topar con esta cana que llevo en mi alma.
Por fin mis tripas anímicas han conseguido digerir todo aquello. Poco a poco, lenta y continuadamente, todo lo que engullí ha ido desapareciendo, dejando libres los entresijos de mi alma. Y ahora, cuando el vacío hace que los rugidos comiencen a ser audibles por quienes me rodean, con las aguas ocupando el cauce que siempre tuvieron, quiero volver a mis días de calmas chichas y ausencias cofrades. Quiero charlas con amigos alrededor de un café en las que poner orden teórico en el caos práctico que nos invade. Quiero disfrutar de tiempos perdidos, que no por ello mejores. Quiero mis lunes al sol. Quiero elegir y equivocarme.
¿Podré?

lunes, 12 de abril de 2010

De nuevo... lo viejo

¡Buf! ¡Otra vez en la rutina del día a día!
Sí. Después de este periodo en el que la octava de Pascua se transforma, por gracia de las autoridades competentes, en días de recuperador descanso de los cansados días de Pasión, volvemos a las actividades cotidianas. Bueno,... no del todo, pues aún nos queda pasar la barca de orilla a orilla, recuperar la irreverencia abandonada durante la Cuaresma y desequilibrar la dieta por mor de la ingesta desmedida de los abundantes productos que nos ofrece esta tierra, saliendo de su adustez aunque sea sólo por un día.
Ahora, a partir de mañana y con el estómago trabajando todavía en una digestión desacostumbrada, las actividades académicas volverán a ocupar su puesto y esas otras a las que, casi sin querer, dediqué los días pasados, pasaran a ese lugar discreto en el que, escondidas en las entretelas de la cana que intenta gobernarlas, quedarán latentes, con el pulso reducido en primaveral hibernación aunque siempre atentas a lo que acontezca. Serán días, los que ahora se nos vienen encima, de recuperación física (que nunca creemos necesitar) y de reflexión para poner en orden el desbarajuste de ideas, comentarios, charlas, noticias y cuestiones varias que se acumularon durante los días pasados y que la premura o la excitación impidieron su correcta colocación en los estantes que la Cana tiene para ellos. Ahora, entre clase y clase, podré retomar todo aquello que fui acumulando sin apenas prestarle atención y ordenarlo dándole el grado de importancia que se merece. Que yo creo que se merece. Así, poco a poco, volver a ese estado que, por habitual, podemos considerar dentro de la norma y, en la calma chicha de los días de sol, reiniciar un nuevo periodo que ya tiene fecha de caducidad.
Dejaré pasar los días. Dejaré asentar lo vivido para recuperar lo que fue. Porque ahora, cuando ya se ha calentado el sillón de un despacho abandonado durante días y las aulas vuelven a llenarse de densas frases cargadas de conocimiento (¿?), esta cana de mi alma, amparada en la seguridad de lo cotidiano, intentará retomar la actividad, irregular como siempre, y mostrarse como si nada hubiera pasado, como si la cuaresma aún estuviese por llegar. Porque se acaba de abrir de nuevo el ciclo y lo demás ya queda en ese oscuro rincón ocupado por lo pasado. Tiempo al tiempo.

lunes, 5 de abril de 2010

Se cierra el ciclo

Aún están los posos de la pasión haciendo torbellino antes de asentarse calmos en el fondo de mi alma, cuando anda esta cana mía más revuelta que de costumbre. Será que, una vez descansada tras estos días santos de ajetreo callejero, quiere volver a su rutina de siempre. A esa rutina anárquica en la que aparece y desaparece sin seguir un critero concreto pero siempre pendiente de dejar constancia de lo que le ronda por los adentros. Será.
Lo cierto es que ahora, cuando la vida en la calle ha terminado y todo vuelve a su día a día rutinario, comienzan los análisis, reflexiones, evaluaciones y búsqueda de soluciones. Todos, desde el cofrade más reciente hasta las juntas de gobierno más asentadas, se reunirán en distintos lugares, más o menos oficiales, para hacer crítica de lo acontecido en esta semana que acaba de concluir.
Pero no queda más remedio que volver. Hacerse otra vez a la normalidad y esperar. Esperar a que vuelva a completarse el ciclo para que en un año podamos sentirlo como si nada hubiera pasado. Vida cofrade.
Y esta cana mía volverá a ese sendero del que se escapó, vencida por una pasión, para dejarse ver más de lo que jamás hubiera pensado. Han sido días en los que las calles nazarenas han hecho de esta cana algo más que un simple diario irregular. Se han abierto las puertas de la intimidad y lo que siempre fue para unos pocos, ha habido que repartirlo con otros muchos que se pasaron por aquí. Han sido momentos en los que esta cana que manda sobre mi alma ha llegado incluso a engreírse, aunque todo fuese resultado de la falta de costumbre.
Ahora, cuando las cosas vuelven a su estado, esta cana de mi alma seguirá casi solitaria entre la vorágine de la red. Pero, antes de que se olvide de que   hubo unos días en los que se abrieron sus puertas dejando ver sus adentros con la disculpa de pisar la cera de calles cofrades, esta cana agradece las visitas y desea que no hayan sido sólo como paso por andén de estación. Espera haber podido compartir con quienes abrieron estas puertas unos sentimientos, unas locuras y unas sensaciones únicas y mágicas. Gracias por compartirlo. A todos, gracias.
Ahora, si hay quienes quieran seguir... encontrarán un hueco en el mullido fondo en el que se asienta esta cana y serán siempre bienvenidos.
¡Feliz Pascua!