¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

viernes, 26 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca IX: Calle de Meléndez

Me absorbe esta calle. Desde siempre, desde que me siento salmantino, me embarga cada Viernes Santo. Estrechez y balconadas que trasladan a mi cana hasta otras Semanas Santas. Y es el olor. Sobre todo el olor. Porque siempre me olió a sur y nunca supe encontrar una razón. Es esta vieja calle de Sordolodo la Sierpes salmantina y no sé por qué.
Ver el balanceo de un palio, la cera enhiesta en caderas nazarenas mientras el alba apunta contra San Martín, el racheo de pasos sobre los que el Nazareno camina mientras suena una marcha,... y el olor, sobre todo el olor.
Me veo completamente incapaz de describirlo, pero cada Viernes, mientras el sol de la mañana comienza a bañarse en la dorada piedra fregadera, me invade un olor desconocido que me transporta a otras tierras, a otros mundos. El olor a una Pasión mirada con otros ojos. Mirada, sí, porque es un aroma que invade persistente el resto de los sentidos. Y se gusta, se oye, se toca.
Nada más en esta calle que, anodina durante el resto del año, se transforma para recibir en Viernes Santo a nazarenos de verde sangre, dorados bordados y alma encarnada. Se viste de farolillos invisibles y hace carrera para que pasos y cofrades la recorran impregnándose de su aroma. Y ese olor indescriptible, que no quiero decir sevillano, se amalgama con el sobrio carácter de lo charro para hacer de dos uno.
Y eso sólo lo veo, sólo lo huelo, en esta calle de Meléndez que cada Viernes cambia su nombre por el de Sierpes sevillana. Sólo eso, pero es tanto...
Olor a Semana Santa.
¡Imaginaciones mías!

jueves, 25 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca VIII: Calle de Calderón de la Barca

Inicio para que piedades y pasiones se conjuguen y recorran en comunión, desde aquí, las calles cofrades de Salamanca.
Final en que agonías y misericordias se recogen, par con par, en exaltado éxtasis que, saliendo del agotamiento, se convierte en paroxismo nada más atravesar la portada de la Sede. Satisfacción por lo cumplido.
Entretanto, en su sencillez, se ofrece al paso de imágenes y nazarenos para sorprender o sorprenderse en el tope de modernos muros universitarios o con la majestuosa presencia del templo de templos. Tapia de Capilla y Casa de Bedel. Rectorado deshabitado. Recodo o revuelta que exige temple y acierto. Maestría en un giro que impone su propio respeto. Y los que salen o los que entran, quienes vienen o quienes van, enfilan su esquina, su única esquina sabiéndose observados. Pericia en el gobierno y confianza de quienes sin más se dejan guiar.
Y allá arriba, una parra, la siempre presente parra rectoral, como cada Semana Santa, lanza sus zarcillos intentando tocar un palio, dosel de estrellas. Lanza sus zarcillos queriendo abrazar a quien jamás desespera, cuando el tintineo de esquilillas le anuncia su presencia. Pámpanos tiernos que se mecen al compás de una marcha cofrade marcando el ritmo de la Pasión. Y sus retorcidos tallos, añosos y resecos, recogen las titilantes luces que salen en su busca tras iluminar al Cristo sereno que nunca atravesó el claustro del saber en Viernes Santo.
Una esquina y una parra para hacer de ella calle nazarena en la que los escasos fieles que pueblan sus aceras, en la estrechez de la espalda contra la pared, reciben en recogido silencio la secular catequesis.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca VII: Rúa Mayor

Salmantina por antonomasia, nunca será una calle porque jamás dejó de ser la Rúa. Eje vertebrador de la vida de la ciudad en la que comerciantes y artesanos poblaron y aún pueblan sus portales para ofrecer a propios y visitantes lo mejor de sus industrias.
Rúa de San Martín que hilvana en sus losas norte con sur. Rúa de Francos que todos recorren de San Martín a Anaya. De Anaya a San Martín. Imágenes de Pasión que, recorriendola en su sobriedad, se dejan reflejar en vidrios que ocultan artesanas mercancías en la oscuridad de la noche. Sencilla en sus muros, sólo deja divisar la monumentalidad ciudadana en sus horizontes. Torres y espadañas custodiando sus extremos. Torres catedralicias que amparan a los nazarenos incluso en la distancia. Espadañas que reciben a las imágenes sagradas mientras un unicornio, fantástico emblema, se gira sobre su herrumbroso gozne para orar junto a los cansados nazarenos.
Rúa Mayor de fisonomía cambiante. Adaptándose con sencillez al paso de los años para poder tomar el pulso diario a la ciudad sin que esta apenas lo note. Aún están frescos en la memoria aquellos vehículos que los estudiantes sorteábamos en nuestro camino hacia la Universidad. Porque era eso. Camino y Universidad. Sólo eso. Pues en nuestra imberbe inocencia, desconocíamos qué cosa podía ser un campus. ¡Maldito campus del destierro! O, quizá, todo este casco viejo, de mesones y callejas que vivían al amparo de esta Rúa, fuera el verdadero campus en el que vivíamos, de forma casi permanente, modernos capigorrones dedicados a pasear apuntes y carpetas por entre sus muros hasta Anaya o La Merced. Letras y ciencias en oposición perpetua, separadas por la secante de Libreros. Pasión diaria ajena a los tiempos de la Pasión.
Rúa Mayor que cada Semana Santa se transforma en la carrera oficial de una Semana Santa no oficial. En la que se respiran los aromas del pasional incienso entremezclados con los más vulgares olores de fritura y hamburguesa. En la que los fogonazos de quienes insisten en capturar los momentos, bellos momentos de imágenes escoltadas por conchas, torres jesuíticas o relojes catedralicios, deslumbran a santos y sayones, lanzando sobre el paciente público las doloridas sombras de la Pasión. En la que las soleadas mañanas de Domingo de Ramos son más luminosas cuando es recorrida por Jesús a lomos de una borrica, arropado por los más tiernos nazarenos. Nazarenitos que baten doradas palmas en infantil asincronía mientras vuelven sus rostros en busca de un dulce con el que engañar al cansancio. En la que niños y ancianos, en larga tarde de Viernes, tras haberse santiguado cuando el que fue descendido en la mañana se sitúa junto a ellos en sepulcral silencio, admiran absortos la belleza de una Madre que, aun pudorosa, muestra el corazón transido por el dolor de siete dolores. En la que siempre habrá una lagrima anónima surcando una mejilla mientras la Soledad mejor acompañada se despide para recogerse entre los protectores muros catedralicios.
Nazarena de su tiempo, actual en su antigûedad, se transforma cada año para que los cofrades la recorran como si la estrenaran en cada procesión. Tradición.

martes, 23 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca VI: Paseo de las Úrsulas


Punto de encuentro. Rincón cofrade en el que la tradición invita a marcar los comienzos. Cruce de caminos al que vienen las demás para acercarse a la Ermita en la que mora la más anciana.
Empedrado paseo en el que olmos centenarios, heridos hasta desaparecer, fueron mudos testigos de trasiegos cofrades, de Descendimientos y Via-Crucis. Calle o paseo, que nunca supe los porqués, en la que todo en ella es monumento que arropa el paso de cofradías invitando al recogimiento en la disciplina. Silencio que rompen los pajarillos, amigos pajarillos, que se posan sobre la humilde imagen del santo sencillo en el Campo de San Francisco.
Santa María de los Caballeros (¿serían veinticuatro?) se abre al paseo para ofrecer una bienvenida ecuménica a la creencia compartida y sus ancianos muros, hoy rejuvenecidos por el espíritu de nuevos corderos, se alegran cuando resuenan los ecos de marchas cofrades que anuncian la llegada de los peregrinos al final de la jornada. Caminantes penitentes que alegran su rostro, invisible bajo el capuz, cuando, al enfilarla, se saben satisfechos por la labor realizada a punto de culminar. Y las santas mujeres que, olvidando el siglo, entregan sus días a la sosegada oración, afinan el oído y ven en sus almas cómo esas imágenes que pasan ante sus portones, como cada año desde siglos, se unen, como una más, a la razón de su oración. Día a día, año a año, siglo a siglo, en el convento de la Anunciación, todas las monjas saben vivir la semana de Pasión como un cofrade más. Más que muchos cofrades.
Muros de iglesia haciendo una vía de la cruz, un camino de penitencia que conduce al dorado, al refulgente barroco pasional de la Vera Cruz. Surcos nazarenos marcados  en su suelo durante siglos de expiación. Cruzados por Nazarenos y  Crucificados para mostrarnos el camino hacia la Pascua. Sucesión de imágenes enlazadas en pasional secuencia para que entendamos el Misterio.
Y allí, al fondo, oteando el paseo hasta sus orígenes, la cruz. Humilladero de tradición para que cualquiera de nosotros pueda hacerse Nicodemo por un momento. Desenclavo secular en el que se vuelcan todas las tradiciones de la Salamanca pasional. Cruz de humilladero en la que limpiar el polvo de las almas para entrar sin mancha en la más cofrade de las capillas y dejarse invadir por el espíritu de quienes permanecen en vela perpetua.
Punto de partida y llegada. Estación término en la que se recogen cristos y sayones en comunión nazarena. Punto final para que la alegre explosión de júbilo pascual se recoja entre barrocos muros año tras año. ¡Consummatum est!
¡Alegría! Resucitó como dijo.


domingo, 21 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca V: Plaza de las Agustinas

Plaza de paso que no de estancia. Custodiada por la única torre viva del palacio de Monterrey a la que, como él en sus caminares, cuando paso siempre le digo: -¡Aquí estoy! Pero, si al rector le contestaba un -¡Aquí estoy!,  a mí nunca me contesta. Siempre espero su respuesta.
No es lugar de corro pero, todos lo sabemos, durante esa Semana, nuestra Semana, se abarrota de público expectante. Las gentes esperan el paso de los cortejos y cierran a cal y canto sus entradas. Bocas de calle en las que se agolpan los fieles en espera de los nazarenos. Y los pasos, como si fuera la primera vez, se remueven nerviosos haciendo de la misma plaza punto de partida.
Mientras la procesión sigue hacia delante, algunos curiosos, los menos, se mueven inquietos en busca del mejor lugar, de la mejor vista, del momento cofrade. Y se entremezclan con estandartes y cirios, amalgamándose en un todo que, en esta plaza, al menos, se vuelve indisoluble. Se ordenan los pasos y da comienzo el más Santo de los Entierros. El más antiguo de los ritos nazarenos se perpetúa en esta plaza para continuarse por esa Compañía que a todos envuelve mientras sorprende.
Los mármoles del convento se rasgan al paso de la Cruz y la más bella de las imágenes marianas se asoma por entre las rejas de la iglesia para, doliente, ver cómo el Hijo en su Agonía intenta volverle la cara. Y mientras Pedro recoge la espada, Él es prendido sin resistir. ¡Todo está escrito!
Teresa, la santa de Ávila, testigo de todo esto desde la celosía de una cualquiera de las ventanas del frontero palacio, nota que se le encoge el ánimo al ver cómo es azotado quien nada hizo para merecer tamaño castigo; al verle cargar con la cruz para cumplir su destino; al saber que se encamina al Gólgota sin ella poder hacer nada. Sólo mirar. Sólo verle pasar.
No es plaza de asiento y, sin embargo, todos esperan pacientes. Paciencia. Eso es lo que se ve en su divino rostro. Sereno, tras escuchar la peor de las sentencias, mientras camina exhausto por la calle de la Amargura. Resignado cuando empuña el cáliz del dolor. Tranquilo cuando, en su regreso, ha de ser llevado por sus discípulos pues yace inerte y exangüe.
Es plaza de paso, de muchos pasos, porque ahí se vive la Semana Santa y no hay quien, al pasar, no se quede esperando.
Después, cuando todo termina, el silencio sólo es roto por el sonido de una armónica. Notas destempladas, sin melodía, que un pobre hombre sonriente regala a todo el que pasa. Pero el transeúnte, sin detener siquiera la mirada, avanza rápidamente evitando pararse en la plaza.
Los bancos siempre vacíos. Plaza de paso...


sábado, 20 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca IV: Calle de Libreros

Fuiste la Rúa Nueva del medievo. Calle principal de la Helmántica romana. Paso inevitable del norte al sur, camino de propios y extraños. Calle repleta de una sabiduría que, almacenada entre tus muros centenarios, cada Martes Santo dejas salir mientras abres tus puertas al paso de la Luz. Para dejarnos entrar y, revestidos de doctoral, unir palabra y oración en tu dintel. Silencio de cruces bajo la protectora mirada del más querido de los agustinos que en Salamanca vivieron. Silencio cofrade en comunión. Cruz y luz.
Siglos acumulando el poso de imágenes y el paso de fieles. Paso en amaneceres que se subliman junto al incienso que, en vaharadas, envuelve a la Historia. "¡Los jóvenes a los Azotes! ¡Los viejos al Sepulcro!" Cuántas veces han resonado en mi alma estas frases. Cuántas veces he vivido el paso de los pasos por el claustro del Alma Mater. Y, al final, siempre, el Cristo se me queda fuera, esperando, resignado. Cuántas veces echo de menos lo que nunca conocí.
Calle de los Libreros en la que el recogimiento de tus muros hace que la Pasión sea más apasionada. Porque en tus portales, al paso del Cordero, sólo se escucha el silencio. Silencio nazareno en íntima oración. Capas negras y cera enhiesta. Eminencia en sublime virtud acompañando al que sufre azotes. Luz dorada en la noche infinita.
¡Silencio, nazarenos! ¡Estáis en Libreros!
¿Cómo no vas a ser nazarena, si comienzas en La Fe y terminas en la Vera Cruz?

jueves, 18 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca III: Calle de Bordadores


Recorriendo de nuevo aquel suntuoso barrio monumental, que tanto nos había entusiasmado la mañana anterior, y al pasar por la calle de Bohordadores (llamada así porque en ella se hacían los bohordos para los caballerescos juegos de cañas, pero cuyo azulejo dice hoy malamente: "calle de Bordadores"), vimos una antigua casa, triste, bella, cerrada, en cuya primorosa fachada plateresca había un busto, con bonete y capa muy bordada y lujosa, el cual representaba, según pudimos leer, al severissimo Fonseca, patriarcha alejandrino.
- ¿Qué casa será esta? -nos preguntamos.
-Esa es la Casa de las Muertes... -respondió una huevera que pasaba por allí a la sazón. -No llamen ustedes, que ahí no vive nunca nadie.
- ¿Y por qué?
-Porque ahí hubo siete muertes... -replicó la mujer con acento lúgubre.
Nosotros nos miramos muy regocijados, y proseguimos el interrogatorio...
Pero la huevera no sabía más.
                              Pedro A. de Alarcón. "Dos días en Salamanca"

Bohordadores, sí, aunque el tiempo y un azulejo erróneo que perdura por tiempo y tiempo o la plácida comodidad de quienes la debían nombrar, la hayan convertido en aquella otra en la que, ¿por qué no?, pudieran haber vivido aquellos que se dedicaron a bordar con primorosa mano estandartes, banderas, galas y faldones. Doradas oraciones que en las penitentes procesiones lanzan sus brillos hasta alcanzar lo más elevado de la cúpula celeste.
Calle de Bordadores en la que se mezclan presente y pasado, cofradías jóvenes y antañonas, para que don Miguel, el rector eterno, se asome al mirador de su morada para verlas pasar mientras Gombau, el fotógrafo eterno, lo retrata a contraluz.
A veces, cansado de esperar en la ventana, baja hasta donde la calle se ensancha y permanece allí, majestuosamente estático, sobre el pedestal al que le elevó esta ciudad.
Así, bajo los balcones de la imponente Casa de las Muertes, cuya leyenda aún palpita en los oídos de salmantinos y visitantes, un público jaranero espera, quizá sin saberlo, al paso de un hombre muerto. Un hombre que yace en su tránsito a la gloriosa majestad. Y la luz de la luna ilumina el céreo cuerpo al tiempo que manda callar a los que esperan. Se hace el silencio y el nazareno pasa cadencioso moviendo rítmicamente su hachón, pendiente sólo de su propio interior removido por el tremular de las sombras y con el eco de la oración reciente retumbando aún en su alma.


Así, frente a las ventanas de la imponente Casa de las Muertes, cuya leyenda se pierde poco a poco sin remisión, el rector se difumina entremezclado con el pueblo llano para ver el discurrir del más bello barroco en imágenes mientras camina sin prisa hacia la siguiente estación, hacia el paseo de los viejos olmos, o de los jóvenes tilos, que, siempre alineados, darán escolta a Cristo y a los sayones, a la Madre y al amado discípulo, al Crucificado de los huérfanos que sonríe mientras duerme y al Divino Redentor rescatado de barbarie.
Y siempre en domingo, triunfal, con aromas de incienso tardío y clavel reventón, grandes y chicos celebran en ella la última etapa. El paso de un Resucitado que, en majestad, anuncia la llegada de la Pascua. ¡Ahora sí que se ha cumplido!
Calle de Bohordadores de oficio desconocido.
Calle de Bordadores que jamás bordaron.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca II: Rúa Antigua


Quizá por ser continuación de la de la Compañía, sólo por eso, esta pequeña calle, casi insignificante y desconocida, merece el segundo puesto en este recorrido, histórico o romántico, que ya no sé, por las principales calles nazarenas de esta Salamanca que abre sus puertas a la Cuaresma preparándose para la llegada de los momentos más extáticos para cualquier espíritu cofrade.
En ella, en esta antigua Rúa, acaba el sufrido ascenso de quienes transitaron por Compañía y, envueltos por gélidas corrientes que arrecian con frecuencia en su encrucijada, los penitentes no necesitan alzar la vista para contemplar la más vieja historia de esta ciudad. Están entrando en uno de los entornos con más sabor nazareno en cualquier recorrido porcesional salmantino. A un lado los muros jesuíticos, al otro un par de casas. Lo justo para completar la pequeña Rúa. Pequeña en tamaño, pero racheada por tantas y tantas alpargatas cofrades que debe multiplicar su tamaño para acoger a casi todas las hermandades salmantinas. Campana mesetaria que se abre al inicio de la calle cofrade por excelencia. Se mire por donde se mire, es la Rúa Antigua elemento imprescindible en el transitar cofrade.
Y allí, entre sus paredes y paredones, las agudas notas de cornetas y los broncos redobles de tambores aumentan su volumen para anunciar la llegada. La música siempre suena en la Rúa Antigua y quienes hasta ella se acercan la disfrutan como si de la primera vez sa tratase.
Y allí, entre sus muros, los expectantes fieles se arropan unos a otros para contemplar el paso de imágenes que, rompiendo su clausura casi permanente, salen a las calles para cumplir su misión.
Y allí, buscando el abrigo de frios imposibles, se guardarán quienes poco antes disfrutaron de su luz para cargar con su pasión; quienes acompañaron con su cruz a la más sabia de las madres; quienes, entre lágrimas, cubrieron las llagas tumefactas de un cuerpo flagelado.
Y allí, al amparo de las inmensas torres, otros sabrán que aún tienen mucho recorrido por delante. Que la procesión acaba de empezar pero que la pasión es eternamente cíclica. Y ensimismados en su recogimiento, pasarán sobre sus piedras sin apenas caer en la cuenta. Rojos, blancos, verdes, morados o negros. Colores nazarenos que inundarán la escasa calzada mientras el incienso diluye su aroma y la cera se consume entre las manos de quienes asumen su papel protagonista.
Y allí, estudiantes despistados, otros estudiantes, detendrán sus pasos con respeto mientras la doctrina está en la calle y, después, seguirán su camino, calle abajo, hacia los confines del saber. Abandonarán la Rúa Antigua y se irán sabiendo que no sólo de pan vivimos.



martes, 16 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca I: Calle de La Compañía

Debes ser la primera. Tú, calle de la Compañía, cofrade por excelencia, que comienzas Inmaculada y terminas junto al Espíritu Santo, para revolverte sobre ti misma y caer de nuevo hacia tu principio, según que los nazarenos te tomen en ascenso o en bajada, pues toda tú eres cuesta. Que te abres, abajo o arriba, para que quienes te pisamos en penitencia templemos nuestra oración junto a San Isidoro, allá en la vieja Puerta del Sol, o a los pies de la Inmaculada que preside desde el interior marmóreo la plaza de las Agustinas.
Robo las palabras de don Miguel, expresión sublime del misterio: "Escenario secular, en piedra de oro, para el Drama de la Pasión y Acción de Nuestro Señor. Fondo de la historia que no pasa sino queda. Re-creación de generaciones de salmantinos".
Nazarena ya antes de tu bautismo, los primeros en recorrerte en procesión te llamaron de Santa Catalina, aunque, curiosamente, la tradición, no escrita en callejeros, te pusiera el nombre de Tentenecio durante muchos años, pesando sobre ti, seguramente, la misma leyenda que, atribuída al Santo patrón, ahora descansa en aquella otra, también cofrade, que sube a las catedrales desde la Puerta de Anibal.
De Santa Catalina o Tentenecio; de Tentenecio o Compañía, desde tus mismos orígenes fuíste compañera de la cristiana tradición, sufriendo de soledades y silencios. Soledad y Silencio... las únicas cofradías salmantinas que no llegan a pisar tus losas.
Calle de bandos y bandas, en la que sonaron aceros comuneros y resuenan fúnebres notas como si fueran únicas, como si saliesen de los instrumentos sólo para tus muros; aunque estos, generosos con quienes en ellos se resguardan, las dejen rebotar hasta sus oídos mientras admiran el pasar de imágenes y cofrades. Sonidos de viejo y destemplado violín que acompañan a estudiantes mientras se resguardan de fríos aires que llevan a votos y juramentos. Notas de silencio que acompañaron viejas sotanas de clérigos y becas de colegiales, tejas añosas y cofias almidonadas, mística y práctica, mientras la brisa, enfurecida a veces, envolvía a unos y otros con un hálito etéreo.



Calle de siempre, secular e intemporal, en la que el esfuerzo de recorrerte bien merece la recompensa de un beso o de una oración. Y allí, allí mismo, vemos cómo un borrico sobre el que el mismo Salvador se asienta en majestad, te recorre camino del Gólgota, entre infantil jarana, sabiéndose sentenciado a muerte. Un flagelo rompe sus carnes antes incluso de ser prendido. Flor de escarnio por "culos coloraos" y "bocas ratoneras", que desprecian, fieles a su destino, al mismo Dios antes de repartirse su túnica. La clámide al viento, frio y seco de la Compañía, mientras penitentes esperan con dolor su paso en la cruz. Su paso yacente.
Mientras, la Madre sufre callada, dolorosa de corazón atravesado, y espera, junto al pueblo, que el triunfo en un domingo soleado les redima. Piedad en compañía. En la Compañía. En ti, Compañía.

lunes, 15 de febrero de 2010

Calles Nazarenas de Salamanca

Se nos viene ya la Cuaresma.
Se nos echan encima ya los sones de marchas cofrades y andamos raudos a preparar hábitos y capirotes.
Blanqueamos el sentir y nos hacemos nazarenos.
Porque son días de retorno a lo que nunca olvidamos pero que, sabedores de que está ahí, dejamos a un lado el resto del año. Porque hay otras cosas, otras pasiones, otros sentimientos. Pero es ahora, ya en estos momentos, cuando el incienso comienza a invadir los primeros rincones de nuestras almas y aflora el sentir para volvernos más cofrades. Vestimos el día a día de cofrade como el que más y nos echamos a las calles haciendo gala de tradición.
Nos echamos a las calles...
Calles nazarenas de dorados muros en los que las sombras se incrustan atravesadas por la titilante luz de los hachones.
Calles cofrades que nos prestan sus losas para que en ellas derramemos nuestra cera. Gota a gota.
Calles nazarenas que arropan el paso de los pasos entre sus casas cargadas de historia.
Calles nazarenas que se abren a todos cuantos de su apacibilidad quieran gustar.
Calles nazarenas de esta Salamanca secular y mística que se lanza a la vorágine de la Pasión.
Calles nazarenas...

jueves, 11 de febrero de 2010

San Valentín como disculpa

¡Tantos años y no ha pasado ni un segundo!
Todo este tiempo compartido, día a día, y no desfallecemos. Jamás dudé de que sería así, porque todo se asienta sobre la firmeza de una convicción. Y, como siempre, como cuando me ronda un aniversario, tamborilean insistentes en mi mente las palabras de Pablo en su mensaje a los de Corinto: "El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites". Seguramente porque son palabras que me acompañan desde hace mucho tiempo. Tanto que no soy capaz de alcanzar a recordar si algún día fueron desconocidas para mí. O quizá porque sé que hay quienes también han hecho de estas palabras máxima en su vida y, de vez en cuando, al aflojar la tensión de la correa que anima su día a día, dudan de si, en el fondo, deben ser consideradas constantemente. Porque el amor es todo eso, pero a veces se nos muestra excesivamente exigente. A veces necesita una respuesta, quizá inmediata, para poder mantenerse. Porque cuando el ánimo decae, creemos que nuestra entrega a los demás es algo unívoco, sin retorno. Y nos vemos solos. Y esta sensación provoca desesperanza y sentimos la desazón de una falsa pérdida del amor.
Hubo momentos en que pude llegar a creer, ahora sé que equivocadamente, que lo que yo veia como amor no era sino altruismo. Darse sin esperar nada a cambio, como hace una madre con cualquiera de sus hijos o un soldado en el campo de batalla, con una entrega que, de forma inexplicable, alcanza límites irracionales. Pero esto no deja de ser algo simplemente animal. Algo que muchos seres vivos son capaces de ejecutar sin conocimiento y, por tanto, sin esperar nada a cambio. Únicamente por el bien general. ¿Y esto es lo que he llegado a confundir?
¡No! Amor, con mayúscula, es algo que nos distingue del resto de vivientes. El amor es humano, es algo nuestro. Y va más allá del puro altruismo. Porque tiene un sentido mucho más amplio que el propio beneficio natural. Porque va más allá de la satisfacción del grupo. Mucho más allá. Y se pierde la razón al no comprenderlo ni poder explicarlo.
El amor tiene ingredientes que, por espirituales, por caer del lado del alma, me hacen comprender con claridad esas palabras de san Pablo. ¡Y qué razón tienen!
Y hasta creo que soy capaz de entender la mística de Teresa, la santa carmelita, cuando deseaba muerte por amor.

Vivo ya fuera de mí,
Después
que muero de amor;
Porque vivo
en el Señor,
Que me quiso para sí:
Cuando el corazón le di

Puso en él este letrero,
Que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte;
Vida no me seas molesta,
Mira que sólo te resta,
Para ganarte, perderte;
Venga ya la dulce muerte,
El morir venga ligero
Que muero porque no muero.

¿Cómo se puede desear la muerte por amor?
La respuesta está en sus palabras. En esos versos cargados de auténtico amor. De amor auténtico. De amor extático y sufriente. De un amor que se me escapa. Porque el amor al que yo alcanzo, el que yo comprendo, el que yo comparto, se queda mucho más corto. Tiene otro aroma. Y es exigente, aunque san Pablo lo negara. Pero a mí me basta. Porque es una exigencia que, cuando es mutua hasta su respuesta, se transforma en placer. En una sensación de comunión con el otro que nos calma el ánimo y nos transforma. Que me calma y me transforma. Amar y sentirse amado.
Y es una mirada, un gesto, una sonrisa. Sólo eso. ¿Sólo? Suficiente para sentir la complicidad del amor.
Por eso siempre amaremos. Y no dolerá, aunque a veces parezca que nos duele. Porque, incluso sin saberlo, incluso sin quererlo, el amor siempre estará con nosotros. Siempre estará en nosotros. Y daremos testimonio de amor. Siempre, amor. Y, así, por más años que pasen, siempre amaremos. Siempre seremos amados.

lunes, 8 de febrero de 2010

¿Noticias? de Semana Santa

Intento, desde esta distancia que cada día se me hace mayor, ponerme al día en el noticiero cofrade, pues se nos echa encima la Cuaresma, y busco cualquier noticia en prensas oficiales, escritas o habladas, y esas otras "prensas" que circulan por los escasos mentideros por los que me dejo caer.
Reviso y releo pero, no sé si es porque todo anda parado o porque lo que se genera no merece la atención de quienes se dedican a informar, no encuentro referencia alguna a la Semana Santa de Salamanca, sus cofrades y cofradías. Parece mentira que lo que hace sólo unos días bullía informativamente (varias fueron las páginas y comentarios dedicados a estos menesteres), ahora, cuando la efervescencia debiera haber hecho saltar el tapón de la actividad cofrade, esté en el más absoluto de los silencios. ¿No hay nada que merezca la pena? ¿No hay nadie capaz de llamar la atención de los medios?
Confío en que de hoy en adelante la profusión de noticias, espero que buenas en su mayoría, sea cada vez mayor y que quienes intentamos conocer la actualidad cofrade sin necesidad de recurrir a corros o corrillos, estemos al tanto de las novedades en la Salamanca cofrade.
Otra cosa son aquellas "noticias" que, seguramente por una prudencia celosamente entendida, no se verán reflejadas en los medios. Espero que, a pesar de ello, se haga lo necesario por que esas noticias ocultas lleguen a buen puerto. Que prosperen las reuniones preparatorias de los actos conjuntos, que las novedades de hermandades y cofradías puedan ser vistas en la calle en su momento o que, al menos, todo sea tan dentro de lo normal que la noticia sea la ausencia de noticia.

miércoles, 3 de febrero de 2010

¡Están locos estos romanos!

Entro con prisas pues estos son los días en que, por trabajar, encuentro menos tiempo del que necesito. Entro apresurado pero no puedo por menos. Aún con la sonrisa en el rostro, rastro de carcajada anterior, me entero de que una compañía de "romanos", los "armaos" que dicen en mi otra tierra, vendrá a esta nuestra Salamanca para anunciarnos la llegada de la Semana Santa. Invitados por la Junta de Cofradías, los "armats" de la Tarraco más romana viajarán hasta los confines del Imperio en la Lusitania de la Hispania Ulterior, para revisar los miliarios de la Via de la Plata, recoger los diezmos, realizar una deslumbrante parada con gastadores y banda, y volverse a su tierra para disfrutar la gesta.
¿No habrá cosas mejores?
Y, digo yo, si son estos los que nos van a anunciar el inicio de la Semana Santa,... ¿Qué hará el pregonero? ¿Se vestirá de romano y nos largará el discurso desde el balcón del Consistorio?
¿Nuestros imaginativos directivos, que no dirigentes, se vestirán de centuriones para no desentonar o lo harán de lusitanos pastores defensores de la Iberia creyente?
¿Servirá esto para asentar lo que ya en tiempos intentó establecer alguna de nuestras cofradías?
Las preguntas se agolpan atropelladamente intentando liberarse de la neurona que las retiene mientras la sonrisa, que no carcajada, se encarga de que las comisuras de mis labios lleguen a alcanzar los lóbulos de mis orejas.
Además, ¡tengamos cuidado no vayan a ponerse a pasar a cuchillo a todos los santos inocentes!... aunque apenas queden.