¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Estudiar para saber

Tradicionalmente, los españoles nos hemos caracterizado por un palurdo chovinismo lingüístico merced al cual jamás hemos tenido la sensación de necesitar conocer otras lenguas y mucho menos de practicarlas. Seguramente por el aislamiento al que nos hemos visto sometidos en distintos periodos históricos, unido a la supremacía que las Españas ejercieron sobre el orbe, imponiendo sus leyes, religión y lengua, han sido muchas las épocas en las que con el español, antes llamado castellano, se podía recorrer el mundo sin más necesidad. Pero ese mundo, que generalmente se nos quedaba más pequeño de lo que nuestros antepasados presumían, se escapó de nuestras manos hace ya mucho tiempo. Desde el hundimiento del Maine y el posterior conflicto con los Estados Unidos, tras el cual todos regresaron cantando, o quizá desde mucho antes, aunque no quisiera remontarme al desastre de la Armada Invencible, otros idiomas relevaron al castellano en importancia. Francés, inglés y alemán, en distinta medida y por diferentes motivos, fueron relegando a un plano cada vez más irrelevante al castellano en las conversaciones y escritos internacionales.

España, imagino que a la vista de los acontecimientos, hubo de dar su brazo a torcer y, seguramente muy a pesar de los gobernantes del momento, implantar en sus planes académicos el estudio de un segundo idioma. Éste fue, en un principio, el francés, más fino y diplomático, dejando el basto lenguaje propio de los bucaneros de la pérfida Albión para quienes quisieran o pudieran ampliar sus conocimientos de forma no reglada. Esto fue lo que mi generación, muchas de las anteriores y alguna posterior, conocieron mientras cursábamos el bachillerato e incluso la primaria (EGB la llamaron). Pero el peso del idioma que los norteamericanos (casi todos) heredaron de los piratas y corsarios o de estrictos inmigrantes que fueron a ocupar aquellas tierras allende la mar océana, era tan grande que dejó como algo anecdótico el estudio del refinado idioma galo. El inglés pasó a ser obligatorio como segunda lengua para todos los estudiantes españoles (o casi todos). Y esto desde la más tierna infancia. Por eso, como siempre he confiado en el sistema, yo pensaba que el nivel en el conocimiento del idioma inglés había ido en progresivo aumento entre la población joven. Iluso de mí.

En los últimos tiempos, cada vez más dilatados pues no en vano soy cada día más viejo, consciente de que el conocimiento del idioma inglés es casi imprescindible para quienes se forman en las aulas universitarias españolas, realizo la propuesta, casi voluntaria, a mis alumnos de practicar la lectura de diferentes trabajos científicos, generalmente sencillos, publicados en esa lengua. Algo que nunca me pareció pudiese representar dificultad para quienes no sólo han cursado estudios en dicho idioma desde sus principios escolares, sino que se pasan el día solicitándome la elaboración de escritos con los que justificar sus ausencias a la Escuela Oficial de Idiomas, en la que se oficializa el conocimiento en las diferentes lenguas.

Pues bien. Al final, siempre acabo comprobando que la dificultad, única, diría yo, que encuentran estos jóvenes, nunca está en el contenido de los textos que les propongo, generalmente sencillos, sino en el desconocimiento del idioma en que se hallan escritos. ¡No saben inglés! Nada digo de otras lenguas, como francés, alemán o hasta checo, que se quedan en su inopia más profunda. Y, cuando esto ocurre, cuando se quejan de lo arduo de la tarea, suele venirme a la memoria, a esta memoria que cada día anda más pendiente del pasado que del presente, un pequeño poema de Nicolás Fernández de Moratín, quien fuera padre del más conocido Leandro. Y me viene porque, mientras pienso en que el conocimiento de algún idioma ajeno al materno es algo que muchos de nuestros estudiantes, universitarios ellos, debieran fomentar con más ahínco, sé que por ahí fuera, por donde siempre ataron a los perros con longanizas, hasta los más pequeños dominan, con admiración por mi parte, dos o más lenguas extranjeras. Dice el epigrama, de nombre "Saber sin Estudiar":
Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
¡Arte diabólica es!,
dijo, torciendo el mostacho,
que para hablar en gabacho
un fidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal;
¡y aquí lo parla un muchacho!

¿Será que debíamos haber nacido en Francia? ¡No! Directamente debiéramos ser hijos de la Gran Bretaña.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Salamanca en el recuerdo


Ha sido relajantemente provechoso este periodo que me ha tenido fuera de casa mientras esperaba la llegada del otoño.

Después de vivir la intensidad de unas jornadas en los confines de la Tierra, volví mis pasos hasta tierra de morería. A la vista de la Sierra Nevada, he rehecho los caminos de Hernando el Nazareno y he pisado por aquellos lugares que él siempre amó. Esas Alpujarras que le vieron nacer y esa Granada que perdió el Rey Chico. El monte Valparaiso, renombrado después como Sacromonte, los cármenes del Albaicín, la Carrera del Darro y su encuentro con el Xenil, la Alhambra, la Catedral y la Capilla Real.

Con todo ello en la mente se hace más cercana la lectura de esa novela que comencé en tierras de Cádiz y a la que aún no he sido capaz de poner término. Se me van los días y, entre unas cosas y otras, son pocas las páginas que puedo compartir con Hernando. Pero, a pesar de todo, me imagino recorriendo esas calles junto a él o junto a cualquiera que me quiera acompañar, echando de menos a veces al doctor Zúñiga al que ya considero como un compañero más de aventuras, admirado compañero, en esas tierras de la recién formada España.

Recorro Granada pero mi mente pasea por otras calles. Calles andadas una y otra vez para exprimir cada una de sus losas, cada una de sus piedras, cada una de sus sombras. Son las calles de Salamanca las que me envuelven en todo momento. Las que me traen esos recuerdos que se hilvanaron a mi cana por algo que oí, que leí o que vi. Solo débilmente atados a mi memoria. Tan débilmente que tengo que mantenerlos vivos para no olvidarlos.

Historias de tablaje y de mancebía en las que en cualquier momento se cruzan los aceros por la defensa de una dama o del honor. Leyendas de nobles que en nada tienen que envidiar a Gonzalo de Córdoba en su defensa de la plaza tarifeña o de repobladores en tierras recién conquistadas. Vírgenes que son testigo de acuerdos prometidos como si del mismísimo Cristo de la Vega en su ermita toledana se tratase. Santos cristianizando a toda una judería o encarcelados por un quítame allá esas pajas. Cuevas cuya fama dio la vuelta al orbe o pasadizos cuyo secreto es conocido por todos. Zapateros y corregidores disputándose una anguila. Hospitales que no son sino albergue de desahuciados. Historias de conventos, reales o imaginadas. Y personas, Latinas, Tostados, Ciruelos, Maldonados, Monroyes, Manzanos, Albas o Anayas, que hicieron de Salamanca un lugar en el que la Historia no tuvo más remedio que detenerse para ellos.
Tengo que hacérmelo mirar. No sé si es bueno o no, pero me atraen más los hechos remotos que la actualidad que me rodea. Prefiero el XVII a la modernidad.
¿Será malo, doctor?

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Rías Altas

Hemos vuelto al fin de la Tierra.

Improvisadamente, sin anuncio previo, volvimos a recorrer parajes idílicos para recordar que algún día estuvimos allí. Para descubrir que la naturaleza es capaz de sobreponerse a la irresponsabilidad del hombre.

Playas de Carnota, Ézaro, Muros... que un día de no hace mucho vieron cómo el chapapote cubría su esplendor, inundando de negra marea hasta el más pequeño hueco entre sus imponentes rocas, ahora lucen arenas radiantes en las que muchos de quienes en aquellos días mancharon sus blancos monos del aceitoso alquitrán, ahora remojan sus cuerpos como si nada hubiera pasado. Sólo como si nada hubiera pasado.

Playas en las que sólo quedan limpias aguas bañando arenas inmaculadas para que quienes las visitamos dejemos escondida en el fondo del almacén de los recuerdos la desolación que las cubrió.

No sé si la vida ha sido capaz de recuperarse. No sé si en las rocas que ahora se muestran completamente desnudas, hubo tiempos en que anémonas y lapas compartían su espacio con pulpos y cangrejos; si las lechugas de mar, desplazadas cada día más por los sargazos, albergaban pequeños cangrejos en su ahora desnuda superficie; si las navajas y berberechos de sus arenas han emigrado a la bondad de las otras rías o es que nunca llegaron a ocupar estas playas de aguas bravías. No lo sé y quisiera creer que la ausencia de vida en estas costas de la muerte es algo que no viene de aquellos lodos sino que siempre fue así. Quisiera creer que la vida bajo las aguas, allí donde para mí es inaccesible, sigue bullendo como si nada hubiera pasado. Compartiéndose ignorante con los que no alcanzamos sino a remojar los pies en las moribundas olas que alcanzan la arena.

Porque el fin de la Tierra, esa Fisterra que atrae con sus cantos de sirena tanto a peregrinos agotados tras un esfuerzo casi inhumano como a visitantes descansados, no es el fin de la vida. Porque ahora sabemos que no es ahí donde se acaba el Mundo y que hay un más allá que nos permite cerrar el círculo para volver al punto de partida. Porque esta Finis Terrae nos hace empequeñecer ante la inmensa magnitud de lo que nos rodea, obligándonos a recogernos en nosotros mismos a pesar de estar inmersos en un marasmo de gentes. Punta del Mundo que nos empuja a disfrutar de nuestro interior, de esa cana que todos llevamos prendida al alma.

Pero la Tierra no acaba aquí, sino que comienza. Comienza desde el mismo punto en que somos conscientes de que hemos de retomar nuestros pasos para volver sobre ellos, aceptando el final como punto de partida. Origen desde el que todo será visto con otros ojos. Nuevos paisajes que recorrimos ayer; nuevos amigos que nos trajeron hasta aquí para compartir sorprendidos el camino de vuelta; nuevas esperanzas que surgen con el humo de lo que trajimos y prendimos en su hoguera. Así, después de pasar por él, por ese Finisterre que no es sino el extremo de lo que cada uno quiera, comienza una vida nueva. Comienza el principio de lo que se recupera tras quedar anegado por los petróleos de la vida sin que apenas se puedan apreciar sus restos.

Nuevas playas y nuevos espíritus fundiéndose al calor de un inusual sol septembrino. Verde puro y verde esmeralda mezclados para nuestro deleite. Sol Mediterráneo en ese Atlántico que nos ofrece lo mejor de sí mismo, de sus gentes y de sus tierras, para dejarnos compartir el tiempo y permitir que se escape por entre nuestros dedos sin que nuestra conciencia nos recuerde que ha comenzado el periodo en el que será la luz blanca de un tubo fluorescente la única luz que veremos durante los próximos meses.
Sin rastro de negro chapapote.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Examen de septiembre

Este mes de septiembre será el primero desde hace muchísimos años en que no tendré examen.

No puedo presumir de buen estudiante y, por unas cosas o por otras, siempre tuve que recuperar alguna asignatura en este periodo, llamado extraordinario, de cada uno de mis cursos. Después, ya desde el otro lado de la tarima, tampoco fallé ningún año en esta convocatoria, llamada extraordinaria, en la que siempre hubo algún alumno que, por unas cosas o por otras, aparecía por el aula con su bolígrafo en la mano y los restos del verano en la piel intentando arreglar lo que se estropeó en los meses anteriores.

Este curso que ahora termina no me veo apremiado por la confección de preguntas con las que evaluar unos conocimientos; no hay alumnos de última hora tocando a la puerta del despacho con esas dudas tan simples que, en muchos casos, son indicadoras de que el proceso de adquisición personal de conocimientos no ha sido el adecuado, es decir, que no han estudiado y van a ver si pueden retener algo de lo que tú les cuentes (que se supone correcto, que para eso eres el profesor) para intentar volcarlo sobre el papel el día del examen.

Es una sensación extraña, esta de no tener examen, a la que tendré que acostumbrarme pues, según van las cosas, seguramente se repetirá cada curso a partir de ahora. Esta será una de las consecuencias visibles del proceso de cambios que están sufriendo (digo bien, sufriendo) los estudios universitarios en España. Nos han involucrado en una "adaptación" a novedosos sistemas, engendrados en la más antigua de las universidades del mundo occidental, para los que se da por supuesto que serán un auténtico giro copernicano en el fondo y en la forma. Pues bien, en esta última, en la forma, apenas habrá cambios. Mismas infraestructuras, misma plantilla, misma financiación, mismos alumnos... con estos mimbres no creo que sea posible cambiar el cesto, pero, aun así, se han comprometido por nosotros en que esto no es impedimento para que el dicho giro se cumpla. Porque lo que importa es el fondo. Y en el fondo, lo único que importa es la foto, dejando que los de siempre se partan, nos partamos, el pecho intentando cumplir unos objetivos que nos han sido marcados por quienes están viendo la feria desde la valla.

La otra parte del giro, la del fondo, nos pone a la entrada de un camino completamente desconocido para nosotros hasta ahora. Quienes hemos dedicado toda nuestra vida docente a enseñar, ahora debemos dedicarnos a otras cosas, dejando la transmisión del conocimiento en manos de los propios alumnos. Pasamos de educar en conocimientos a educar en competencias, lo que no sé muy bien qué es aunque a partir de este momento se me deba suponer experto. A partir de ahora, la transmisión del conocimiento es lo de menos siempre que el alumno sea capaz de demostrarme que adquirió toda una serie de competencias, establecidas en una lista que es lo más parecido al cajón de un sastre, que yo evaluaré aunque sea completamente incompetente. Porque yo sé cuántos corazones tiene un calamar y soy capaz de contárselo a mis alumnos para que después ellos lleguen a reflejarlo en un examen, pero si, en mi timidez, debo evaluar la capacidad de liderazgo de mis alumnos... algo falla. Porque jamás me prepararon para transmitir mis conocimientos y sólo tras un montón de años de experiencia, creo que puedo decir que estoy capacitado como docente. Pero ahora tendré que ser experto, partiendo de cero, en cuestiones tales que capacidad de expresión oral y escrita, compromiso ético, adaptación a nuevas situaciones, creatividad, liderazgo, reconocimiento a la diversidad y multiculturalidad, iniciativa y espíritu emprendedor, toma de decisiones, razonamiento crítico... porque es lo que tendré que evaluar, mejor dicho, tendremos que evaluar entre todos los docentes que participemos en las enseñanzas. Y no sé si estoy capacitado para ello, aunque espero que, tras un montón de años de experiencia, llegue a adquirir dicha capacidad. Y no sé si es algo que lo den las aulas. Y no sé si, de partida, es algo que necesite un biólogo en el desempeño de su profesión (aunque le venga bien, lógicamente, como cualquier otra circunstancia positiva).

Porque, a partir de ahora, la transmisión del conocimiento pasa a un plano secundario para potenciar el trabajo autónomo del alumno. Se pretende que el alumno se implique con su propio trabajo en el discurrir de las asignaturas, aun a sabiendas que no hay dos alumnos iguales; se quiere que el alumno utilice su tiempo, todo su tiempo, en la adquisición de conocimientos, búsqueda de información, realización de trabajos, preparación de exposiciones... dejándonos a nosotros, los profesores, como meros lazarillos que guíen sus pasos de la mejor manera posible. En fin, que se les acaban los botellones del jueves o, al menos, tendrán que cambiar el lugar y hacerlos en la biblioteca mientras consultan manuales y hacen puestas en común con sus compañeros.

Y nosotros, los docentes, tendremos que hacer imposibles para atender las demandas de cientos de alumnos, cuando el sistema está pensado como "personalizado". Deberemos adaptarnos hasta donde podamos para cumplir los objetivos, para poder disimular lo que hay. Para crear médicos, abogados, ingenieros o filósofos, que sean auténticos líderes con capacidad de adaptarse a situaciones de riesgo sin dejar de lado un fuerte compromiso ético, pero incapaces de saber si el peroné derecho es igual al izquierdo, si el habeas corpus hay que hacerlo en jueves, si al puente aéreo hay que ponerle barandillas o basta con una bionda, o si el giro copernicano sólo es válido en Italia (en Francia sería tour y en España vuelta).

Porque, digamos lo que digamos, está todo inventado. Llevamos siglos adquiriendo y transmitiendo conocimientos y funciona.

Ahora... a ver qué es lo que sale, pero para eso, con el examen de junio vale. Así que, ¡se acabaron los exámenes de septiembre!