¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

lunes, 31 de agosto de 2009

¡El Corte Inglés!

Corría la primavera de 1987, si no me falla la memoria, cosa que cada día ocurre con mayor frecuencia, cuando alguien llamó a la puerta del laboratorio, compartido, que acababa de estrenar junto a mi condición de recién licenciado aspirante a comerme el mundo.
...
-¿Se puede?- Oí que decían desde fuera al tiempo que sonaban los golpes en ella.

-¡Sí, sí!, ¡Adelante!- Contesté.

-Hola. Buenos días. Somos comerciales de El Corte Inglés. No sé si sabrás que estamos recorriendo diferentes centros oficiales de Salamanca para informar de la próxima construcción de uno de nuestros centros y, al tiempo, si te interesa, proporcionarte la tarjeta de compra del centro- me dijeron unos jóvenes trajeados (al menos así los recuerdo), mientras me mostraban los impresos que había que rellenar para solicitar la tarjeta de compra.

-¡Concho!- dije yo. -¡Un Corte Inglés en Salamanca!- volvía a decir, mientras ellos miraban con asentimiento. Con cara de haber escuchado ambas exclamaciones muchas veces esa misma mañana.

-Sí. Se han realizado los estudios de mercado y se ha comprobado que Salamanca reúne las condiciones idóneas- fue su respuesta. Mecánica aunque sin perder la sonrisa. No era la primera vez que la utilizaban. Estaba claro.

-Pues me alegro. Seguro que nos viene bien- y diciendo esto, completé el formulario de solicitud, despidiéndonos con un apretón de manos.

-...¡El Corte Inglés! ¡En Salamanca! ¡Antes que en Valladolid!... Nos vendrá bien- fue todo lo que pensé (o al menos es lo que recuerdo).
...

Durante el año 1988 mi trabajo me obligó a viajar con frecuencia a Valladolid, donde debía permanecer al menos una semana cada vez que la visitaba. En una de aquellas visitas, sería a mediados del año, tuve la oportunidad de "estrenar" el nuevo El Corte Inglés que se había construido en el Paseo de Zorrilla. Era uno más dentro de la cadena de grandes almacenes, pero no era el de Salamanca, estaba claro.

Burgos, León,... ¿¿¡Y el de Salamanca!??

Se volvía a recordar, con más o menos inquina, la historia pasada (más leyenda que historia por lo que he llegado a saber) por la que la empresa fabricante de automóviles Renault tuvo que ir a implantarse a Valladolid debido a la radical oposición de la Iglesia y la Universidad, encabezadas por el obispo Barbado Viejo. Eran los años cuarenta. España despegaba y Salamanca comenzaba a quedarse anclada en La Raya. Ese límite que nos ató siempre al poniente mientras los demás despegaban.

-Bueno, al menos nos darán autovías- decía la gente en los corrillos, como falso consuelo, al ver la mole levantada en la ciudad del Pisuerga.

Al final, nos tuvimos que conformar con el Palacio de Congresos de Castilla y León, que sería, según dijeron, el mayor revulsivo en muchos años para la vida y la economía de la ciudad (¡Coño!, con los pronósticos).

Desde entonces, los rumores sobre la construcción del correspondiente centro de El Corte Inglés en Salamanca, iban y venían con más o menos intensidad según los periodos temporales por los que pasara la ciudad. Así hasta que, en el verano de 2007, se ve con claridad la inminencia del derribo del abandonado cuartel de D. Julián Sánchez "El Charro" y sus dependencias anejas para construir... El Corte Inglés.

En septiembre del año 2007 comenzó el derribo. No había vuelta atrás. Estaba todo firmado y la construcción del centro de El Corte Inglés de Salamanca comenzaba. Algo que la ciudad había esperado durante años se hacía realidad.

Pero el salmantino, por lo que he aprendido, es aficionado a especular, generalmente con pesimismo, sobre los resultados de cualquier proyecto que se intente establecer en esta ciudad. Aunque no le vaya nada en ello. Valga el ejemplo antes mencionado de Fasa y el integrismo diocesano.

Recuerdo el más cercano proceso de construcción de hoteles que se disparó en aquella Salamanca que esperaba como agua de mayo poder poner en práctica su recién inaugurada condición de Capital Europea de la Cultura que ostentaría durante todo 2002.

-¡Esto es lo nunca visto!- decían unos. -¡Adónde vamos a llegar! ¡Se van a arruinar!- comentaban otros. -¡¿Para qué tantos hoteles en Salamanca?! ¡Están locos!...- Como si nos fuera el capital en ello. El nuestro, nuestros ahorrillos de toda la vida.

-¡Allá ellos! Ellos sabrán lo que hacen y, además, arriesgan su dinero; así que...- decía yo, pensando que eso podía ser un buen principio para hacer de Salamanca la ciudad turística que siempre quisimos, a la que pronto debería unirse una buena colección de autovías. (No digo que tuviera que ser algo inmediato. De hecho acabamos de inaugurarlas). Y ahí siguen, recibiendo turistas y, lo que es mejor, sin haber tenido que pedir dinero a los que tanto se preocuparon por su bienestar empresarial.

Bueno, pues, ahora, El Corte Inglés de Salamanca parece ya una realidad. Ayer pasé por lo que supuse sería su parte trasera, después de casi dos años sin haber pisado aquellos parajes, y vi un nuevo edificio terminado completamente. Me sorprendió. Recordé a todos aquellos que se oponen a él como si fuera a ser su ruina. Jubilados o asalariados que opinan sobre el futuro del comercio local como si en él tuvieran arte o parte. Los mismos agoreros que vieron el desastre que se nos venía encima cuando, qué tiempos, comenzó a funcionar en nuestra ciudad su primer gran centro comercial: ¡El PRYCA!

Según aquellos, los pequeños ultramarinos se hundirían. El pequeño comercio acabaría por desaparecer. ¿Y qué ocurrió? ¡Nada! o, como más, que podías encontrarte al tendero de la esquina empujando carros con cogüelmo, repletos de productos en oferta que luego revenderían en su pequeño negocio, con el consiguiente beneficio para ambas empresas.

Después vinieron El Tormes, E.Leclercq, Decatlon, Capuchinos,... y sigue habiendo tiendas de ropa, de electrodomésticos, de deportes, de calzado,... de las de toda la vida. Y muchos seguimos comprando en ellas, aunque también participemos de lo que nos ofrecen estas "grandes superficies". Es así. Es lo mejor. Por eso, no entiendo a los detractores de la apertura de El Corte Inglés. ¡El que no quiera que no vaya! Pero, dejemos que quienes hasta hoy lo hacen siguiendo la ruta de los portugueses hasta Valladolid, tengan la opción de disfrutarlo al lado de casa. Dejemos que quienes tengan pisitos para alquilar en las cercanías, especulen con sus precios. Dejemos que quien pueda, se aproveche de ello. Y los demás, los que ni ganamos ni perdemos, a lo nuestro.

Yo, por lo menos, pienso ir desde el mismo día de su inauguración, que siempre me gustaron las escaleras mecánicas y no las planas rampas para carritos de los supermercados. Y seguro que compro... hasta el capirote de Semana Santa.

martes, 25 de agosto de 2009

Regreso

Se me eriza la cana y siento pinchazos en el estómago.

Creo que la vuelta a la vida diaria es la que me provoca este malestar. Pero no. No me parece tener síndrome postvacacional y, sin embargo, algo me ronda que no me deja estar a gusto.

¿Será que el césped me está pidiendo a gritos el penúltimo corte? ¿Me habré asustado al ver la montaña de cosas por hacer que me espera en el despacho? ¿Me vence la responsabilidad y me asusta lo que se me viene encima?
¡Ojalá lo supiera!

Lo único que sé de cierto es que la cana está tiesa como una escarpia de la que aún no sé que es lo que colgará. Porque de las escarpias siempre cuelga algo. Bueno o malo, pero es lo que les da su utilidad. O, ¿será una escarpia que quedará a la vista, abandonada al paso del tiempo para llenarse de mugriento óxido, sin sentir el peso de cualquier cosa que pudiera pender de ella?

Ahora estoy como un niño recién escolarizado, deseoso de empezar el curso pero temeroso de despegarme de ese verano que he disfrutado y que me envuelve protector. Quiero volver a ver a los amigos de clase pero no quiero desprenderme de los que me proporcionó el verano. Quiero volver a la rutina pero sin abandonar el bienestar de los cálidos días de lecturas aventureras con las que ha disfrutado.

Ahora, cuando este despacho que ha permanecido deshabitado durante estos días de vacación vuelve a retomar la actividad, aunque sólo sea por mi presencia, es cuando me doy cuenta de que quisiera seguir esa otra vida en la que las alternativas pasan por el baño o la tumbona, sin más. Ahora es cuando echaré de menos la camiseta y las chanclas, estandartes del verano que se me escapa sin apenas haberme dado cuenta de que lo tenía a mi disposición.

Ahora, vuelvo a trabajar aunque aún no haya comenzado septiembre. Porque, aunque no lo quiera, es mucho lo que me espera y no puedo abandonarlo.

¡Adiós, Sur de sures!

¡Bienvenida, Bolonia de planes futuros!

¡Adiós, chiringuito playero!

¡Bienvenidos, corticoles!

jueves, 20 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (y 10)

DÍAS 10 Y 11: DOS EN UNO PARA REGRESAR AL FUTURO
Ya escribo estas líneas desde la hosquedad seca de un sofá recalentado en estos días en que nadie se ha ocupado de refrescarlo. Estoy en casa, en mi otra casa. De vuelta y con la esperanza de regresar.

Se acabaron los paseos por las ardientes arenas camino de las saladas aguas y la exposición a un sol justiciero bajo la débil sombra de unos carrizos. Regreso a este futuro que me espera aquí, al norte de mi sur, para comenzar una nueva vida que me recuerde todos los pasados. Vuelvo para esperar confiadamente en que allí me sigan esperando y volver antes de lo que pueda sospechar.

Vuelvo con la piel sin tostar, como queriendo disimular para que nadie se entere de que en aquellas playas está el paraíso. Sólo traigo unos cuantos granos de arena pegados a esta cana que ahora sale de la maleta, rejuvenecida y con ánimos. Dispuesta a afrontar lo que venga.

El día 10 fue el de la despedida. Un hasta pronto a todo lo que sabemos que nos aprecia y que nosotros, recíprocamente, queremos con un amor infantil. Últimos baños para empaparnos de sal y albero. Últimos paseos por entre gentes que sabemos volveremos a ver a nuestro regreso. Últimos momentos en esa noche en la que las estrellas brillan diferente. Últimas caricias de Levante en nuestros rostros.

Día 11: Vuelta a casa. Regreso a esta meseta que también nos espera siempre con los brazos abiertos. Kilómetros de paisajes dorados bajo un sol abrasador dejando que el cansancio de los días de atrás, el cansancio de no haberse cansado, salga poco a poco para restañar el rojizo escozor de pieles expuestas. Enrollar el camino que desenrollamos hace sólo diez días. Recoger y recogernos.

Sevilla nos esperaba, como siempre, con las puertas del cielo abiertas de par en par. Con el sol situado justo en su centro y con las calles rezumando un calor abrasador, un calor como sólo Sevilla sabe. Quizá por eso, porque eran las del cielo las que se abrían, Santa Ana nos cerraba las suyas, impidiéndonos saludar a la Señora de Triana. Pero Ella sabe que estuvimos allí, junto a su verja, llamándola en silencio para que nos mirase a través de una rendija. Seguro que lo hizo.

Lo demás tiene poco que contar. Devorar kilómetros mientras la noche se iba haciendo dueña de todo, para alcanzar el último objetivo. Para llegar a casa con la sensación agridulce de la vuelta. Para ser recibidos a bombo y platillo por quienes nos quieren, aunque a las estelas de colores del cielo se las tragara la oscura noche.

También la Mariseca quiso venir a recibirnos y nos saludaba, enhiesta en su mástil, desde el mayor de los Arapiles, que hasta allí se fue a nuestro encuentro. ¿Será que sabía lo del Giraldillo?

Ahora, a retomar el día a día, dejando que el alma vaya liberando poco a poco todo eso de lo que ahora viene empapada. ¡A ver si dura hasta las próximas vacaciones!

martes, 18 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (9)


DÍA 9: BAJO DE GUÍA
Dicen de este resort vacacional -(¡coño! con el barbarismo)- llamado Costa Ballena que fue capricho personal del presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla -"Pepote"-, quien quiso dejar su firma para la posteridad haciendo de Andalucía la California del sur europeo, igual que hiciera Zaplana en Alicante con su Terra Mítica.

La sociedad pública Empresa Pública del Suelo de Andalucía se encargó de adquirir los terrenos. Cuatrocientas hectáreas que la Casa de Orleans-Borbón poseía en la denominada Punta de la Ballena, enclavada entre los municipios gaditanos de Rota y Chipiona. Allí, la mencionada sociedad, con la intermediación también de promotoras urbanísticas, construyó una completa ciudad de vacaciones en la que prima el diseño marinero, con edificios de apartamentos rodeados de grandes espacios verdes, primorosamente cuidados, con dos grandes lagos conectados por canales, en los que se asienta una pequeña población de aves acuáticas, y, todo ello, circundando a un primoroso campo de golf, que constituye el eje alrededor del cual se creó todo este entramado.

Seguramente este complejo turístico tiene sus detractores, como cualquier otra obra humana, pero creo que, a pesar de su inmensidad, no es agresivo en exceso con el entorno, está diseñado con criterio y sus habitantes lo disfrutan a pesar de la escasez de agua potable que padecen durante este verano motivada, también, por la imprevisión de las distintas autoridades.

Hoy hemos paseado, junto a unos amigos, por este enclave situado en un lugar privilegiado, a tiro de piedra de las marismas de Doñana, en el que las puestas de sol pasan por ser de las más espectaculares de la península. Doy fe.

Pero el paseo sólo sirvió como preámbulo a una noche de solaz en la cercana Sanlúcar. ¡Otra vez Sanlúcar! Allí, en su Bajo de Guía, intentamos, sin éxito, degustar las exquisiteces que ofrecen en Casa Bigote, restaurante en el que hasta las puntas de las servilletas está cargado de sabor marinero y en el que los mariscos y el pescado deleitan el paladar de todos sus comensales. ¡Ingenuos! Todas sus mesas estaban ocupadas con mucha más antelación de la que nosotros podíamos suponer, así que tuvimos que dejarlo para mejor ocasión. Bueno, al menos pudimos tomar unas cervecitas, unas Cruzcampo fresquitas, en su taberna, tan añeja como el restaurante y con sabor mucho más popular.

Tampoco era cuestión de preocuparse, pues todo el Bajo de Guía está orlado de otros pequeños restaurantes, tan marineros como el Bigotes y, estos sí, todos a nuestra disposición. Nos sentamos en uno de ellos, da igual el nombre, en el que los langostinos y las gambitas de la zona, las almejitas a la marinera y un rape sencillamente exquisito centraron nuestra atención durante largo rato.

¡Ah! y todo ello regado por una Manzanilla, en rama, por supuesto, que hacía más sublime cualquiera de los sabores. Nosotros, por nuestra parte, pusimos la conversación. Charla de amigos en la que el trabajo no constituyó el tema central y que disfrutamos animosamente entre plato y plato, haciendo de la velada un momento inolvidable. Porque es inolvidable estar con amigos, con exquisitos manjares y, de vez en cuando, poder perder la mirada hacia las dunas de Doñana con el río Guadalquivir como intermedio y la puesta de sol en un horizonte que casi se podía tocar con solo alargar las manos.

No hacía falta nada más, pero para poder asimilar todo lo ingerido por nuestros sentidos, todo lo gustado, lo visto, lo olido, qué mejor que un paseo al borde del mar, junto a esas arenas sobre las que escasas horas antes habían corrido briosos purasangres en alocada lucha contra el reloj. No sé si en busca del sol para recogerlo antes de su puesta o huyendo de él para no ser arrastrados a su escondrijo, pero siempre corriendo. Una terracita junto a esas arenas y un refresco que permitiera continuar la conversación que se distrajo entre platos. Tiempo relajado para seguir disfrutando con la brisa cambiante refrescando nuestra piel. Tiempo que corría veloz en las manecillas de nuestros relojes y que marcaba, de forma inexorable, el fin de esos momentos.

Una noche digna de este sur que nos acoge.

¿Se puede pedir más?

lunes, 17 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (8)

DÍA 8: DESCANSO
Hoy es domingo, el día del Señor.

He decidido darme un descanso dentro del descanso de todos los días.

Parece que nadie se ha percatado y todos funcionamos como hicimos ayer o como haremos mañana. Porque aquí todos los días son iguales. Tan iguales que hacen que uno pierda el sentido del calendario y olvide el día en el que vive. De eso se trata ¿no?

La misma rutina, comenzada hace ya una semana, es la que nos domina. Sin madrugones, sin sobresaltos, sin despertador que nos diga que hay que asomarse al mundo para producir. Porque aquí, al sur de la vida, todos los días se desperezan siendo domingo, aunque nadie celebre la fiesta. Nada especial que nos recuerde que en este día finaliza ese ritmo hebdomadario que nos gobierna durante el resto de nuestro año.

Al final esto se convierte en un lugar atemporal en el que el ritmo no se altera a pesar de cumplirse el ciclo. Y eso sólo lo sabemos los que estamos aquí, en este aislamiento voluntario que nos envuelve con esta misma misión: hacer que el tiempo pase por nosotros sin que apenas podamos apreciarlo.

Playa y lectura, como si de un martes cualquiera se tratase. No he notado cambio en mi repulsión por la arena ni por el agua salada. He seguido junto a Hernando, que ahora se dice llamar Ibn Hamid, en sus correrías por las Alpujarras en defensa del Islam, a pesar de que ninguno de los dos estemos convencidos. Pero al menos él sabe en el día en el que vive y honra al Señor como le han enseñado. Como Éste se merece.

Hoy es domingo, aunque haya pasado desapercibido.

Será por eso que hoy ando sin saber qué decir.

Será porque no ha habido nada nuevo que decir.

domingo, 16 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (7)

DÍA 7: CARIDAD
Hoy es, posiblemente, el primer día en que altero mi rutina.

Cuando San Roque está ya expectante por salir a la palestra festiva en muchos de los pueblos que rellenan la provincia de Salamanca, el resto, la inmensa mayoría de localidades españolas, anticipa fiestas mayores al celebrar la subida al los cielos de Nuestra Señora. No creo que haya ciudad, pueblo o aldea que no celebre en este medio del mes a la Virgen de Agosto, mostrando el inconsciente rechazo popular a esa aconfesionalidad militante de la que no sólo presumen quienes nos mal gobiernan, sino que intentan imponer por decreto, real o imaginado, a quienes somos mayoría silenciosa y no estamos de acuerdo con sus postulados.

Hoy, en la más o menos cercana localidad de Sanlúcar de Barrameda, el pueblo y todos los que nos quisimos acercar, celebramos en comunión esta festividad. De la Virgen de la Caridad, la llaman, nombre que particulariza la generalidad de ese otro de Agosto en el que se asocian todas las advocaciones del día.

Las gentes nos agolpábamos en sus calles aguantando un calor como hacía tiempo nadie recordaba por los entornos. Todos admirábamos, sorprendidos los que lo hacían por primera vez y orgulloso el resto, esos tapices coloreados que cubren la calle principal. Unos coloridos cuadros que ya el día anterior crearon las manos de los más pequeños con sal coloreada. Sal teñida para formar una alfombra diseñada con cariño y confeccionada con esmero. Sal de la tierra para rendir el más sentido de los homenajes de los sanluqueños a su virgen, a su patrona.

Todos esperábamos el paso de la imagen mientras contemplábamos el colorido suelo...


...y los altares. Altares callejeros dispuestos con esmero cofrade para recibir a su paso a la Reina de los Cielos. Altares de gloria desde las hermandades de pasión.

Caída la tarde, cuando el sol intentaba retirarse para refrescar un poco el ambiente sin lograrlo, se escuchan las primeras notas musicales entreverándose con el tañer de las campanas. ¡La Virgen está saliendo para recorrer las calles!

Todos esperamos para verla sobre sus costaleros rachear esa sal ordenada primorosamente. Todos aguantamos ese calor que sale del suelo y que penetra por nuestros pies para alcanzar hasta el último de nuestros pelos.

Comienza a verse el cortejo.

Representaciones de todas las hermandades locales empiezan a pasar ante nuestros ojos. Banderas y más banderas, acompañadas por todas y cada una de las juntas de gobierno. Varas plateadas, doradas y de madera. Trajes clásicos para soportar un día de verano. Mantillas para acompañar a la Señora. Hasta cuarenta cofradías, penitenciales y de gloria, se disponen en ordenada fila.
Tras ellas, elegantemente ataviados con chaqué y mantilla, el cortejo municipal, escoltado por maceros, y la junta de gobierno de la cofradía titular. Finalmente, la Virgen de la Caridad en su paso de plata, pequeño pero bello, soportada por sus costaleros y acompañada por cantidad de damas cofrades.

Las zapatillas costaleras rachean sobre la salada alfombra, pero los dibujos no se deshacen y continúan casi perfectos tras el paso de la Señora. Delicadeza al caminar para no romper los deseos de todos los sanluqueños manifestados en esa alfombra que hilaron los más pequeños.

Termina la procesión y como impulsados por un resorte de fe o tradición, que aquí se aúnan, los niños se abalanzan al suelo para recoger esa sal que ha sido pisada por la Virgen. Puñados de sal de colores depositados en los recipientes más inverosímiles.

Todos quieren guardar un pedazo de procesión, al menos hasta el año próximo en el que se recomenzará el ciclo. Seguro que más de uno acumula, como preciado tesoro, sus botellitas repletas de salado recuerdo, de todos los años en los que participó en esta fiesta infantil. Preciosa forma de mantener un fe basada en lo simple pero que arraigará con fuerza para mantenerse durante toda la vida. Por mucho que otros quieran imponer sus no creencias.

Noche cerrada en Sanlúcar. La Virgen se recoge mientras nosotros emprendemos el camino de regreso. Otros inician su particular "procesión". El calor aún impregna todo nuestro cuerpo, pero volvemos alegres. Hemos participado en una manifestación de fe. Hemos asistido a la procesión de Nuestra Señora de la Caridad y hemos disfrutado. En todos los sentidos.

sábado, 15 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (6)

DÍA 6: TRANQUILIDAD
¡Imposible!

Va ya por casi el sexto día que me propongo madrugar. Levantarme temprano para ir en busca de un amanecer que supongo idílico. Pero soy incapaz. Llegado el momento, las sábanas me agarran atenazándome para impedir que las abandone. Me quedo envuelto en el sopor de una mañana que adivino ya avanzada y disfruto de mi pereza cambiando, sin pensar, su condición pecaminosa por otra más cercana a la virtud que se le deben suponer a las jornadas de descanso.

Y es que, cuando lo que pretendo es descansar, olvidarme de casi todo y de casi todos mientras dejo que la inactividad atraviese mi piel inundándome por los adentros, me veo incapaz de cambiar los rumbos, a pesar de propuestas más o menos descabelladas. Porque siempre he pensado que hay momentos para todo.

Momentos para agotar piernas y mente con visitas y excursiones a lugares cargados de historia, monumentos, gentes y cosas. Momentos para patear caminos fundiéndose con la naturaleza más exhuberante en lugares recónditos a los que no alcanza la civilización que nos domina. Momentos para que la cultura impregne la cana de cada cuál aprendiendo y disfrutando. Momentos, en fin, para actividades de lo más diverso y difuso con las que cansar el cuerpo y llenar el alma.

Pero cuando vengo a este Sur que me priva de sentidos, lo único que busco es dejar que el tiempo pase sobre mí sin apenas rozarme.

Dejar que los días sean maravillosamente iguales unos a otros, maravillosamente monótonos. Saber que existen unos amaneceres espectaculares que disfrutaré desde la tibieza de una cama en la penumbra permanente. Pensar que hay esperándome pueblos que jamás perdieron su encanto (¡esos pueblos blancos!) pero que sólo visitaré fuera de temporada. Dejar de captar con la retina artificial de una cámara compacta viñedos y toros entre marismas donde se ve la mano de Dios. Abandonarme al dolce far niente y disfrutar de lecturas imposibles, de pensamientos jamás pensados y, sobre todo, de la compañía. De poder estar veinticuatro horas de cada día junto a mi familia, junto a mis chicas, aunque cortas distancias nos separen. Hacer de la familia núcleo sólido para que pueda aguantar los avatares del resto del año. Volar en libertad y dejar volar en libertad... vigilada. Dejar que la nada nos invada, conscientes de que eso ya es mucho.

Así, en este dulce paraíso en el que nadie exige y nada se impone, puedo saltar desde la lejana meseta, una vez resuelto el caso de la Muerte Dulce, hasta las no menos lejanas tierras de morería en la sierra granadina, para intentar descubrir todo lo que se esconde detrás de la Mano de Fátima. Acompañar a Hernando el nazareno y aprender de su propia mano. Ochocientas páginas para abandonarme a la aventura que me propone Ildefonso Falcones. Será éste el único esfuerzo que haga desde hoy hasta el fin de esta gloria.

Me conformaré con las puestas de sol, igual de excelsas.

viernes, 14 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (5)

DÍA 5: TETAS
Es esta playa de la Barrosa, una playa familiar como ya he dicho. Una inmensidad de ocho kilómetros de arenas blancas que te dejan los pies negros, con aguas cambiantes entre el azul mar y el turquesa que en nada deben sentir envidia de aquellas otras que rompen al otro lado de la mar océana y con días de sol que permiten tostar la piel de las gentes más variopintas venidas todas desde el norte. Siempre desde el norte. Más cercano o más lejano, pero siempre norte, que para eso estamos al sur y los que están al sur del sur aún no han descubierto, porque no les han dejado, que a estas playas no se viene en patera; que para eso es mejor disfrutar de las que bañan lo suyo, igual de bonitas y mucho menos peligrosas. Pero ellos no buscan la playa como meta; ellos sólo ven en estas playas el punto de partida de un engaño. ¡Pobres!

Familias, parejas, individuos, se bañan en este paraíso para sacarse de encima este calor, por momentos agobiante, que nos deja el Levante. Un Levante que insiste suave pero que no cesa, moviéndose continuamente hasta dejar agotadas a las dunas que nos bordean.

Soy poco amigo de arenas y aguas marinas, ya lo he dicho. Pero ello no es impedimento para que todos los días me acerque a saludarlas, a pisar su casi incandescente superficie y dejar que la sal alivie las heridas de mi alma. Que el agua salada siempre fue recomendable para úlceras y arañazos. De dentro y de fuera.

En estos cortos viajes a la orilla, me resulta inevitable observar lo que me rodea. Es inevitable mirar caras, cuerpos, formas y detalles. No dejo de ser un típico turista apostado sobre la toalla a la caza de la imagen que impresione mis retinas de forma llamativa. Bien, pues tras estos días de observación, después de recorrer con la mirada los casi ocho kilómetros que me abarcan, tras fijarme detenidamente en todo mi entorno, hay algo que me llama poderosamente la atención: ¡Apenas se ven pechos descubiertos!

Pechos femeninos, por supuesto. Tetas de las de toda la vida. Grandes o pequeñas. Tersas o fláccidas. Orientadas o desorientadas. Blancas o morenas. Estimulantes o inspiradoras de lástima. Lujuriantes o castas... Apenas si, en mis diferentes visitas, he alcanzado a ver media docena de femeninos pechos mostrándose al sol ansiosos de recibir sus rayos. Apenas media docena de pares, uno por mujer, luciéndose orgullosos sin más.

No sé si hasta aquí habrán llegado las recomendaciones del regidor capitalino. Esas órdenes de cubrir cuerpos desnudos por el bien del común. Esas objeciones hacia los que pretenden disfrutar del contacto de la arena en la integridad de sus cuerpos carentes de cualquier impedimento. No. No lo creo.

Es esta una playa familiar, como casi todas. Una playa en la que niños y mayores disfrutan del sol, de la arena, de los juegos, de las carreras, de la libertad. Quizá sea eso. Quizá la familiaridad conduzca hacia el recato. No. No lo creo.

No sé qué será, pero aquí todos tapamos nuestros cuerpos con la seguridad de que cada cual es libre de disfrutar su libertad. Sin reglas ni imposiciones. Todos hacen lo que quieren y en esa capacidad de optar respetan a los que deciden en contrario. Seguramente, si se impusiera como obligatorio el topless, más de una conciencia saltaría en el interior de su dueña retorciéndose contra la norma. Seguramente, si alguno de nuestros gobernantes se diera una vuelta por la playa de la Barrosa y mirara a su alrededor, como yo hago, caería en la cuenta de que gobernar no es imponer y de que el equilibrio social es establece por sí solo, sin necesidad de normas que le obliguen.

En esta playa no hay tetas... y nadie se queja.

jueves, 13 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (4)

DÍA 4: LEVANTE
Creo que para cualquier persona que tenga la mala suerte de no ser de este sur que encandila, el Levante no es más que esa región peninsular, situada junto al Mediterráneo, con playas atestadas de guiris y ancianos en proporciones variables y olas calmadas en aguas más que cálidas. Bullicio y sol a partes iguales.



Levante es también ese club de fútbol que, opuesto al gigante, ha sido desde siempre el elegido por los idealistas, los solitarios, los menos chabacanos, en la ciudad por la que el Turia pasa después de haber regado las huertas. Un equipo al que no se le respeta la antigüedad y queda a los pies del que, quizá por ostentar el nombre de la ciudad, acapara medios, atenciones, afición y resultados.

Pero decir Levante en estas tierras, del Estrecho a la Bahía, es decir mucho. Es decir mucho más. Es decir agua, temporal, fuerza descomunal... quienes lo conocen saben que es así. Un viento que, nacido en el este, en ese otro Levante, llega hasta aquí para cerrarse en banda y hacer disfrutar hasta el éxtasis a los enamorados de la hípica acuática. Esos que, aceptando el barbarismo, denominamos windsurfistas o surfistas a secas y que se han convertido en los dueños de paraísos como Barbate, Los Caños, Bolonia, Zahara o la mismita Tarifa, arrebatándole el puñal de las manos al propio Gran Capitán para hacerse con el gobierno de estas tierras. Bueno, de las tierras y de las aguas.


Es este Levante un aire que en su fuerza variable puede convertirse en viento, vendaval o tormenta según los hados hayan decidido en ese momento. Un viento que obliga a alterar la actividad habitual y que es tan amado como odiado por los lugareños. El viento de las aguas.

Hoy, junto a la orilla, una joven teutona de no más de tres lustros y algo menos de dos quintales, corría ligera tras un colchón hinchable como una leona tras una gacela. Por momentos era la gacela la que, ayudada por el viento, tomaba la delantera y hacía que pareciera inalcanzable. Quiebros, falsas paradas. Casi se le podía ver la sonrisa mientras la leona no cejaba en su intento de darle alcance. Finalmente, la naturaleza, fiel a sí misma, hizo que el destino se cumpliera como siempre se cumple. La niña consiguió, no sin esfuerzo y tras una carrera de más de doscientos metros, alcanzar su objetivo. No perdió su colchón.

Hoy hemos tenido Levante. Viento de Levante. Un Levante moderado que se agarraba a las puntas de las palmeras como queriendo quedarse con nosotros. Un viento de Levante que hacía saltar las arenas de la playa como queriendo arrebatarnos el suelo poco a poco. Muy poco a poco. Grano a grano.












Hoy, desde el chiringuito, he agradecido a Eolo que enviase este Levante para aplacar a Helios en su descarga de rayos. Así, he podido llegar hasta Valladolid junto al doctor Zúñiga, tras resolver esos asesinatos en los que hemos andado inmersos las últimas jornadas. Es más, y sin querer pecar de presuntuoso, creo que llegué antes que él a la solución de los misterios, aunque no quise manifestárselo para no estropearle su final ni dañarle en su propia estima. Sea como sea, he llegado a beber los caldos del Duero junto a él y a Pelayo en la bodega de Félix Lezcano. Ahora, sólo me queda volver a Salamanca para volver a reunirme con él y dar ese paseo, junto a Pelayo y a Carlos que también lo desean. Para volver a sentir en nuestros rostros la fuerza de ese aire que, de forma permanente, cual levante castellano, arrecia a diario azotando inmisericorde desde el viejo Azogue, la Casa del Bedel, al resignado padre Cámara y hasta las cadenas jurisdiccionales de la más Nueva de nuestras Catedrales.

Después, ya en mi sur, ya en la noche cerrada, quise volver a ver los rastros del cometa. Mi mirada se mantuvo fija en el firmamento durante largo rato para ver las lágrimas que todos los agostos nos deja San Lorenzo para recuerdo, pero no fui capaz. ¡Ni un solo deseo pudo salir de mi cana!

miércoles, 12 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (3)

DÍA 3: FAUNA
Hace unos años, para poder distinguir foráneos de locales en los paseos marítimos, sólo había que hacer un mínimo esfuerzo visual. Nada más había que fijarse en estrafalarias calzonas, camisetas deportivas, centradas casi en exclusiva en el deporte rey, tatuajes imposibles, calzados inimaginables y un inmenso vaso de cerveza en la mano. ¡Ese es guiri!

Hoy, en esta España inmersa en su propia globalización, hace falta esperar a que nuestro observado abra la boca, pronuncie unas frases (con una solo tampoco seríamos capaces de obtener resultado) y nos permita adjudicarle categoría de propio o extraño. Hemos copiado formas y hábitos que, como digo hasta hace poco, nos eran tan extraños que podíamos utilizar como criterio clasificador. Ahora, recorrer cualquier calle de una ciudad, costera o no, sólo sirve para apreciar una mezcolanza de razas, gentes, modas, hábitos... que parece hubiéramos deseado desde hace tiempo y que ahora, una vez rotas las barreras pudorosas que nos ataban, asumimos como si fueran nuestros de toda la vida.

Esto es lo que tiene la rutina. Uno se fija en todo y en todos, intentando sacar punta a cualquier observación fuera de lo que, para mí, se escapa de lo habitual.

Son sólo tres días y ya mi calendario se guía únicamente por las cápsulas de Nuclosina que van desapareciendo de su estéril alojamiento. Ya no sé en qué día vivo, pero conozco el número de los gastados por los huecos dejados en los aluminios protectores. Y me entretengo en observar y clasificar. Será que por mucho que quisiera jamás podré dejar a un lado ese espíritu científico que ha llegado a convertirse en profesión.

Por eso, hoy he tomado como punto de referencia las familias veraneantes. Y como puesto-observatorio elegí el comedor. Ese lugar de encuentro al que, como en los reportajes de fauna televisivos, todas las especies acuden para saciar sus necesidades, estableciendo un lugar de reunión único para el observador. Un lugar en el que todos nos espiamos subrepticiamente pero mantenemos la ilusión de que estamos como en casa, haciendo que salgan, generalmente, nuestros instintos más primarios.

Me fijé en la amplia diversidad de estructuras familiares que me rodeaban, admirándome de tanta variedad (uniéndola, inconscientemente, a la globalización de vestuario que protagoniza el primero de mis párrafos).

Hay familias numerosas constituidas únicamente por el matrimonio (o pareja, quizá mas científicamente aséptico). Estas parejas se comportan como si anduvieran aún rodeadas de cachorros, preocupadas constantemente por el resto del clan: recogen alimento como si de una tropa se tratase, continuamente contactan telefónicamente con el resto de los miembros elevando el tono de su voz para que el observador aprecie con claridad la composición de la familia...

En otros casos, lo que me sorprende es la propia composición del núcleo. Y, en este caso, se podrían establecer varias subdivisiones. En algunas, llama la atención la perfecta comunión (al menos aparente) que se establece entre generaciones. Junto a unos padres que podría catalogar como clásicos, con apariencia de mantener un status elevado (podrían ser ejecutivos, médicos de prestigio, arquitectos o abogados de los de bufete rimbombante), se sientan en perfecta armonía unos hijos con estrafalarios peinados, ropas imposibles y cuerpos horadados en los lugares más insospechados. Otras sorprenden por las edades de sus miembros. Padres viejos con hijos apenas recién nacidos; padres jóvenes con hijos que podrían doblarles en edad; Hijos viejos que acompañan a padres más viejos aún; todas en una aparente armonía aunque, en muchos casos, se aprecie en sus caras una resignación perpetua.
Tampoco es extraña la presencia de macrofamilias. Esas que exceden el ámbito mononuclear, incluyendo a miembros de otros órdenes. Parejas jóvenes, con un presente más que asegurado y un par de pequeños vástagos, que aprovechando su posición, se hacen acompañar de los suegros (de el, de ella o de ambos). Ancianos progenitores que se muestran orgullosos de verse superados por sus descendientes y que no dudan en que este orgullo se refleje ampliamente en sus rostros. En otros casos ocurre todo lo contrario; son los padres los que alcanzaron el éxito en su vida y se ven abocados a tener que arrastrar a sus hijos y a los hijos de sus hijos, para que éstos puedan disfrutar de estos periodos vacacionales.

Por último, que no es cuestión de analíticas exhaustivas pues no me encuentro ejerciendo profesionalmente, queda mi propia familia. O las familias que, como la mía, están formadas por varios miembros aunque no lo parezca. Parejas que ven cómo sus hijos, con los espolones apuntando ya la madurez, se dispersan por el entorno, se unen a los hijos de otras parejas similares y se pierden para comenzar a ejercer en solitario. Familias que sólo se reúnen (si acaso) en ese comedor-puesto de observación, pues el resto de la jornada apenas se les puede observar ejerciendo como familia. Es lo que tiene esto de las relaciones. Y yo que me alegro.

A esto es a lo que dedico mis ratos, antes o después de haber acompañado a don Fernando de Zúñiga en su viaje desde Alaejos hasta Balmaseda. En sus visitas a Portugalete y a Bilbao, donde hemos descubierto un nuevo juego de naipes que han comenzado a denominar con el apelativo de "mus". Un juego de honor creado por un muslari tuerto en la taberna a la que le da nombre.

Y no sé que me tiene más absorbido, si la observación de mi entorno más cercano o la posibilidad de resolver crímenes junto a mi "casi" colega, el Vizconde del Castañar.
Es lo que tiene la holganza... que uno no sabe con qué dar.

¿O será que, extrañamente, aquí no hay Cruzcampo y comienzo a desvariar por su falta de consumo?

martes, 11 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (2)

DÍA 2: ASENTÁNDONOS
Ahora sí. Ahora, sacada ya la cana de la maleta, ya puedo decir que estamos instalados y dispuestos a disfrutar.
No sé bien qué sería. La pereza, la galbana o simplemente el cansancio del viaje se han hecho dueños de nosotros y las sábanas se nos han adherido tan íntimamente que han llegado a confundirse con la propia piel. De tal manera que casi llegamos a olvidar el suculento desayuno con que nos tienen obsequiados nuestros hospederos. Hemos llegado por los pelos y así, con calma precipitada, hemos empezado a disfrutar nuestro primer día completo. Seguro que será así a partir de ahora. Así que no podremos echar la culpa a perezas o galbanas. Digamos que, desde hoy, iremos con el reloj retrasado aquí, donde el sol de la tarde hace todo lo posible por no guardarse y se queda en el horizonte iluminándolo todo con su luz rojiza que, por espectacular, nos hace admirarlo con la boca de par en par.
¡Ya! Ya hemos pisado las blancas arenas que miran al sur, cumpliendo así ese compromiso cargado de contrasentido. Porque nunca me gustó el contacto con la arena, ni con el agua de este mar que, sin embargo, me atrae con sus cantos de sirena para que pueda volver a disfrutar de ese amor-odio que me subyuga hasta que puedo cumplirlo. Y ahora, amarrado a su cintura, le canto a la sombra de los pinos, disfruto de su inmensidad y... corro a refugiarme en la protección del chiringuito desde el que observar la gozosa alegría de los demás.
Primera jornada de reconocimiento, también. Vuelta a recorrer lugares recordados. Mirar las caras de los huéspedes buscando, creo que conscientemente, caras conocidas de otras veces, de otros sitios. Y no, no hemos visto costaleros (ni salmantinos, siquiera), que esto no es Rota. Pero, aún así, es como una especie de apuesta íntima por la cual miramos los "morrillos" de todo sospechoso para, en una tarea adivinatoria, adjudicarle su puesto debajo de una trabajadera. ¡Mecachis en estas pasiones!
No. Costaleros no, pero sí hemos visto caras conocidas. Caras que repiten, como nosotros, y nos hacen creer en que nada ha cambiado con el paso del tiempo. Pero nuevas canas, hijos mayores, kilos de felicidad y arrugas en la cara nos recuerdan que el tiempo no pasa en balde y que, aunque somos los mismos, todos tenemos un año más.
Después, como no queriendo olvidar de dónde vengo, me he vuelto a Salamanca. Sí. Pero a la Salamanca del XVII. Me he acomodado junto al doctor Zúñiga en su biblioteca a la sombra de la catedral y, desde allí, sin que él lo sepa, pienso acompañarle. A él y a Pelayo, Leonor, Isabel y otros miembros para, al tiempo que se resuelve el misterio, recordar mi época de jugador de mus. Volver a partidas en las que el engaño, en forma de farol, sea el protagonista de las jugadas. Volver a practicar la "Muerte Dulce" con la que todo jugador sueña como fin casi perfecto de una partida.
Espero que, tras nuestro periplo por las tierras del norte, sea el doctor Zúñiga quien me acompañe a mí por esa Salamanca que adoro y, así, poder redescubrir juntos la calle Desafiadero o poder decirle cuándo y cómo cambió de nombre la calle Sordolodo, pues a pesar de vivir entre ellas, parece que no lo recuerda. Pero también entrar a la catedral y contarnos las historias de la Virgen de la Verdad o de la del Desagravio. O recordar la riada de San Policarpo, o la trágica aventura de la Marquesa de Almarza o las más conocidas del Patrón, de ese santo varón que murió por amores. Pero eso será a nuestra vuelta, como digo.
Mientras, Charo disfruta de la soledad de esa playa llena de gente pero nunca abarrotada. Una playa que Dios puso aquí sólo para ella y para que la absorba por cada poro de su piel en todos y cada uno de los días en que la disfruta. Porque esta Barrosa chiclanera, aunque nadie lo sepa, está aquí para ella y sólo para ella. Por eso, la exprime gozosa en su agradable soledad, rodeada de otros para los que, en sus soledades, seguramente, también fue puesta la playa.
Ahora, sólo nos queda intentar ver llorar a San Lorenzo. Recorrer con los ojos esta noche estrellada de mares infinitos y sonreír. Sonreír mientras cerramos los ojos dejando que el sueño nos invada y apelmace el poso de este día.
Habrá más, pero todos serán únicos.

lunes, 10 de agosto de 2009

Mi cana en una maleta (1)

A.S.
Esta quisiera ser la crónica de un sueño. De unos días en los que, lejos de todo lo que me exaspera durante mi día a día, la tranquilidad de los mares del sur, de ese Atlántico gaditano que nos tiene enamorados desde que nos conocimos, haga que se renueve el vigor de mi cana. Y quiero dejar constancia aquí, por escrito, para mí y para quien quiera acercarse por aquí. Pero sobre todo, lo que quiero es no dejar que las sensaciones se pierdan en mi olvido; poder acercarme a ellas cuando todo haya pasado y volver a disfrutar los momentos como si aún estuviese allí.
(Esta crónica, de un primer día de novedades recuperadas, debió ser puesta aquí, en la red universal, en su momento, pero la propia red no quiso que eso fuese así y, seguro que para obligarme a descansar tras la jornada de automóvil, no me permitió conectarme en el momento en que todo estaba fresco por recién recogido).

DIA 1: LA PARTIDA
Llegó el momento. He cogido mi cana, que es mi vida, y la he metido con todo lo mío en el hatillo para llevarla hasta el confín de la Tierra. Bueno, dos cosas: la primera, el hatillo va en la maleta, para no parecer un buscavidas en el camino; la segunda, que para mí, el confín de la Tierra está allí donde Hércules fue capaz de separar los continentes, en una tierra en la que el aire, siempre con aromas a marisma salada, inunda los sentidos y me hace desplazar hasta donde los sentidos pierden la normalidad y se imbuyen de esa tranquilidad siempre buscada en el deseo.

Sí. Espero poder contarme, desde hoy y hasta su final, este periplo por el Mundo Sur, por las tierras donde la Alegría se une al Tanguillo para formar un todo único e inigualable.

Dejamos la tierra fría, con su cielo plagado de nubes, para recorrer el camino que nos llevaría hasta la misma base del arco iris. Y, ya desde el comienzo, todo se aliaba con nosotros para hacer realidad lo que hasta ese momento no había pasado de simple deseo esperanzado. La neblina nos despedía desde el mismo palacio de los Duques de Béjar y dejaba paso a un sol radiante que sería nuestro compañero el resto del camino.

Cierto es que los primeros pasos sólo destacarán por esas sensaciones íntimas que nos decían que cada vez estábamos más cerca de lo ansiado. Pero, en verdad, el primer momento en que nos sentimos ya fuera de lo nuestro (o en lo nuestro, que nunca se sabe), fue cuando, en el primer alto, tras apenas dos horas desde la partida, aún lejos de la meta, nadie se sorprendía cuando, para acompañar al primer café, pedí: -una entera de jamón con tomate-; y nadie puso cara de extrañeza, pues ya por el alto de Mirabel, aún en la cabeza de Extremadura, todos saben que las tostadas pueden ser enteras o medias y que pueden ir acompañadas de infinidad de rellenos que alegrarán el alma de quienes las degustan. Desde este mismo momento, éramos capaces de oler aromas que, con el avance en kilómetros, irían creciendo en intensidad llegando a llenarnos sin que fuéramos conscientes.

Así hasta la ciudad del Betis. Así hasta que el Giraldillo se acercó para saludarnos a nuestro paso por La Algaba. Que hasta allí quiso llegarse para recibirnos. Y no nos dejó ni un momento mientras caminábamos por unas calles que, no por conocidas, se nos hacían nuevas como siempre. Sé que quiso que la Reina de Triana hubiera estado para saludarnos, pero en estos días, cuando la Pasión está tan lejana, Ella también merece un descanso y, quizá por eso, se encontraba fuera de cobertura. Estaría también de vacaciones.

-¡No preocuparse!- Nos dijo el Giraldillo mientras nos acompañaba al lugar al que sabía queríamos ir para aliviar nuestros estómagos.

-Sabía que como en "Casa Robles" en ningún sitio, y os he reservado ese comedorcito (la Sacristía, creo que le llaman) en el que estaréis como en la gloria- nos decía mientras pasábamos junto a su propia casa, cada día más reluciente y majestuosa.

¡Uf! ¡Qué maravilla!

No voy a hacer relación del surtido gastronómico, pues no es cuestión ahora, a toro pasado, pero no puedo por menos de hablar, para recordarlo en su día, de esas ortiguillas de Chipiona que me hicieron paladear la mismita espuma de las aguas marinas, desde las marismas rocieras hasta las salinas que acompañaron al mismísimo Camarón, ya en el mismo momento en que atravesaron el umbral de mi boca. Ambrosía propia de dioses que, por otro lado, es lo que éramos nosotros en esos momentos.

Fue corta pero intensa. Sevilla no quería dejarnos marchar y, para ello, lo tenía todo dispuesto. Había preparado una tarde en la que una suave brisa disipaba un calor que hubiéramos supuesto agobiador; los gentíos de otras veces eran hoy relajado paseo por calles que fueron camino de la Reina de Triana. Andén del Ayuntamiento, Zaragoza, Puerta de Triana, Reyes Católicos... Pero la ciudad sabía que no podía ser y nos despedía mediada la tarde, consciente de que nuestro destino estaba, esta vez, más abajo, más al sur, junto a la orilla del mar inmenso en playas de fina arena blanca y verde, como nuestros sentidos.

Termino la crónica de esta primera jornada, pues sólo resta dejar para el recuerdo una noche estrellada como sólo las de aquí saben mostrarse. Una noche en la que la brisa nos dejaba adivinar esa inmensidad azul que nos aguarda, sabedora de que le somos fieles y que, como los novios distantes, nos vemos al menos una vez por año. Un océano inmenso que nos recibe tras un año de espera, pero que sabe que tendrá que pasar la noche para la primera de las uniones. Pero eso ya es mañana, así que... dejémoslo por el momento, que mañana será otro día.

Descansemos arrullados por su murmullo.

martes, 4 de agosto de 2009

El hijo del cura

Según el ingenio popular, siempre acertado, a los curas todo el mundo les llama "padre" menos sus hijos que los llaman "tío".
Cuenta "La Stampa" (picar para el enlace), diario italiano sin amarillismo conocido, que el Vaticano anda estudiando la posibilidad de que los presbíteros puedan reconocer a sus descendientes otorgándoles su apellido. Con ello se intenta, todo según el diario turinés, aplacar en lo posible parte de los escándalos que últimamente le salen a la Iglesia por casi todas partes. Sobre todo en países en los que la religión católica no es mayoritaria (olvidémonos de Irlanda) y las costumbres son diferentes a lo que otros consideran tradición. Sobre todo esos escándalos que, al final, se traducen en dinero; en un dinero que en muchos casos han esquilmado las arcas diocesanas... o más.
Ahora, desde que las técnicas moleculares están a disposición del común de los mortales, todos sabemos que con una simple muestra de saliva la ciencia es capaz de realizar pruebas para conocer el ADN y, con ello, establecer paternidades con un elevadísimo grado de fiabilidad. Al menos eso nos dice Grisom en su serie y nosotros lo creemos a pies juntillas (otra cosa es cuando se pone a hablar de bichos, de lo que sé algo más que de ADN, y se le ven las meteduras de pata). Pero, el ADN es el ADN. Y eso no puede fallar. Y si no falla, ahora se podrá afirmar con rotundidad aquél otro chascarrillo según el cual nadie puede decir de este agua no beberé... ni este cura no es mi padre. Sí. Ahora lo que algunos podrán decir es ¡este cura es mi padre!; y podrán llevar su apellido, liberando a la madre de una ¿carga? Pero, sobre todo, se podrán, siempre según "La Stampa", garantizar los derechos «con una especie de contrato civil que no les excluya de la herencia, lo que permitirá que la prole reciba el apellido del sacerdote-papá, a la vez que éste continuaría ejercitando su ministerio». Además los hijos nacidos de relaciones ilegítimas --(¿es que las hay legítimas?)-- heredarían los bienes personales del sacerdote, mientras que los «bienes de beneficios eclesiásticos, propiedad de la Iglesia, seguirían en manos de ésta».
No sé si ésto supone un paso adelante o una vuelta a los orígenes. A esos orígenes a los que algunos, periódicamente, recurren para obtener algún beneficio. Recuerdo ahora aquella moda de los años setenta de los "curas casados", que puso de manifiesto esa vuelta al pasado, al igual que lo hace esto del reconocimiento filial. Porque, aunque imagino que quienes leen estas palabras conocen sobradamente lo que voy a decir, posiblemente haya quienes desconocen que el celibato sacerdotal no siempre fue requisito para ejercer el ministerio, sino que fue siendo recomendado o impuesto con mayor o menor vehemencia a lo largo de los primeros siglos, siendo finalmente en el XVI, tras el Concilio de Trento, cuando la imposición comienza a cumplirse a rajatabla. Antes, desde casi los orígenes, la recomendación más o menos autoritaria existía, pero su cumplimiento era bastante más relajado.
Pero, ¡ya está bien de historia! Ahora lo que interesa es la actualidad. Y ésta nos dice que los hijos heredarán a los padres. ¿Y de las mujeres? ¿Nada de las mujeres? ¿No tienen arte o parte en esto? O es que su parte siempre será la que quede en la oscuridad. Ellas no heredan nada, pero siempre les quedará la salida tradicional. Ésa que dio pie a multitud de chanzas y coplas populares en las que el señor cura siempre tenía un ama que despertaba tales pasiones que, cuando se ponían en boca de copleros de arrabel, hacían que el arrebol marcase desde la frente hasta la barbilla de algunos cándidos semblantes.
Ellas tendrán que esperar a un nuevo impulso de la moda "curas casados"... o seguir ejerciendo ese otro papel.
A ver si Grisom, o la doctora Huesos o, si nos ceñimos a lo patrio, ese José Coronado recogiendo muestras con bastoncillos de algodón del Carrefour, son capaces de hacer análisis moleculares que pongan también eso en evidencia. Igual la Iglesia cede.