¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

jueves, 19 de junio de 2008

Ausente


Miró a su alrededor y no se vió. Buscó su sombra y no la encontró. Se fue de allí sin saber si había estado.
Se perdió entre la muchedumbre, transparente, informe, ausente.
Intentó anclarse pero no pudo. Vano esfuerzo que acabó con él.
Desapareció sin dejar rastro, seguro de no haber vivido nunca.
Alguien preguntó por el presidente y, al ver que no existía, nombraron a uno de ellos.

martes, 17 de junio de 2008

Tertulia

Tuve un amigo. Íntimo. Tanto que fue casi yo o yo pude haber sido él. Que murió sin ver cumplido un deseo. Su deseo.
Enamorado fiel de la tradición, clásico en sus costumbres, casi decimonónico, siempre echó de menos la periodicidad del mullido banco corrido. Añoraba, ahora creo que sé cuanto, el respirar la cargada atmósfera de los salones de cualquier café, tabaco indiano y café oriental, aromas de orujos y tostadas a la francesa, humos absorbidos alrededor de un velador. Y con él otros como él. Gentes amantes de la reunión regular, de la Salamanca cotidiana, de tradiciones, entendidas, a veces, sólo por unos cuantos o quizá no, quién sabe. Conversación sin cuota, sin necesidad de moderador. Palabras que al perderse entre las arañas que iluminasen las largas noches de los miércoles, o los viernes qué más da, diesen la sensación de ser vendajes sanadores de la humanidad más cercana. Frases surgidas en el cálido momento de animación que diesen a conocer a los demás que son más próximas las posturas de lo que se suele interpretar. Diálogos o monólogos, como los que gustaba su admirado don Miguel, entre tazas con los espumosos posos resecos por el paso del tiempo. Horas infinitas que jamás dejasen huella si no fuese la de lo aprendido.
Conversación con fecha. Periódico compromiso con amigos. Intrascendente en su trascendencia. Divino y humano. Eso es lo que quiso y nunca vió cumplido.
Seguro que se perdió en su timidez y no supo buscar donde debía. Seguro que había un sillón esperándole en algún salón, casino entre amigos que nunca llegó a conocer. Y se perdió en brumas nocturnas sin alcanzar a ver la luz del puerto. Y murió sin llegar a saber si algún día, más o menos lejano, hubiese podido compartir tabaco y café con otros contertulios. Nunca supo de la existencia de su añorada tertulia, aunque también es cierto que, seguramente, nunca supo buscarla. Y se equivocó.
Yo tampoco sé de ninguna. De ninguna de las que le gustaban a Luis. Con el ruido en derredor de quienes saben dominar con una ficha y de vidrios entrechocados mientras son puestos a orear. Con gentes amantes de todo y de nada, capaces de opinar sin pontificar, capaces de hablar sin vocear, gustadores de tradición y cofradía. Yo tampoco sé de ninguna y quisiera saber.
Sé que ando equivocado en el calendario. Sé que la tradición viene marcada por el frío y que debe hacerse en el interior, ocultándose del rigor ambiental. Que no es la primavera el mejor momento para acordarse de tertulias. Pero, no creo que se atente contra la costumbre si se conversa en terraza callejera, al arrullo de palomas y chiquillos, viendo pasar a unos y otros mientras pensamos qué será lo próximo que digamos.
Yo tampoco sé de ninguna.

martes, 10 de junio de 2008

La Pedrada

Termino de leer el trabajo, arduo e interesante, de Francisco Morales sobre la Ermita de la Cruz.

Magnífica búsqueda de datos y notas. Excelente exposición centrada en el ingente patrimonio de la Cofradía titular. Un recorrido por muros y nichos que, incluso sin tenerlos presentes, me ha permitido admirar lo conocido y lo desconocido. Porque aún es mucho lo que desconozco. Porque aún es mucho lo que tengo que aprender.

Cifras y letras, maravedíses y ducados, escudos y reales, piedras y madera, y, sobre todo, nombres rescatados de un polvoriento olvido. Nombres de hombres que a través de los siglos hicieron grande lo que ahora es de todos. Porque nadie debe renunciar a tomar como suya la historia de esta Cofradía, de la Semana Santa, de Salamanca.

He visto el Humilladero cubierto y descubierto. He imaginado la capilla de la Dolorosa en sus distintos momentos. He recorrido el empedrado de las calles de mi ciudad junto a imágenes que sólo quedan en los archivos, que ya ni en el recuerdo. He construido y reconstruido hospital, casas y capilla. He acompañado a arquitectos, artesanos, imagineros, canteros, cerrajeros y albañiles en sus trabajos. He vivido cinco siglos de historia junto a nazarenos y disciplinantes. Luz y sangre.

Pero, de todo ello, simple de mí, me quedo con una anécdota. Párrafo de las últimas páginas del extenso texto, analizando el Descendimiento, que recoge la andanza de un chaval. Una travesura.

Dice éste:
Como secuela de la piedad popular, un hecho curioso tuvo lugar en 1754, cuando se hizo frente al pago de 28 reales al cirujano Pedro Mendoza por atender las heridas ocasionadas a un muchacho por el muñidor de la Cofradía, Félix de Olivera, al sorprenderle tirando piedras insistentemente al Mal Ladrón, antes y después de que le quitaran de la Cruz, teniendo que pagar también al amo de la casa en la que el herido estaba de posada, por "el alimento de tres días que parece estuvo en cama", a todo lo cual consintió la Cofradía "mediante las causas justas que exponía y ser para que en lo sucesivo serviese de exemplar a otros y ver si con ello se contenían de cometer semejantes excesos".

Y, así, sin querer, se me ha venido a la cabeza "la pedrada" de don José María, que desde que se la escuché en homilía festiva al padre Maíllo, quedó guardada en la intimidad de mi pequeña semana santa.




La Pedrada
José María Gabriel y Galán

I

Cuando pasa el Nazareno
de la túnica morada,
con la frente ensangrentada,
la mirada del Dios bueno
y la soga al cuello echada,

el pecado me tortura,
las entrañas se me anegan
en torrentes de amargura,
y las lágrimas me ciegan,
y me hiere la ternura…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo he nacido en esos llanos
de la estepa castellana,
donde había unos cristianos
que vivían como hermanos
en república cristiana.

Me enseñaron a rezar,
enseñáronme a sentir
y me enseñaron a amar;
y como amar es sufrir,
también aprendí a llorar.

Cuando esta fecha caía
sobre los pobres lugares,
la vida se entristecía,
cerrábanse los hogares
y el pobre templo se abría.

Y detrás del Nazareno
de la frente coronada,
por aquel de espigas lleno
campo dulce, campo ameno
de la aldea sosegada,

los clamores escuchando
de dolientes Misereres,
iban los hombres rezando,
sollozando las mujeres
y los niños observando…

¡Oh, qué dulce, qué sereno
caminaba el Nazareno
por el campo solitario,
de verdura menos lleno
que de abrojos el Calvario!

¡Cuán süave, cuán paciente
caminaba y cuán doliente
con la cruz al hombro echada,
el dolor sobre la frente
y el amor en la mirada!

Y los hombres, abstraídos,
en hileras extendidos,
iban todos encapados,
con hachones encendidos
y semblantes apagados.

Y enlutadas, apiñadas,
doloridas, angustiadas,
enjugando en las mantillas
las pupilas empañadas
y las húmedas mejillas,

viejecitas y doncellas,
de la imagen por las huellas
santo llanto iban vertiendo…
¡Como aquellas, como aquellas
que a Jesús iban siguiendo!

Y los niños, admirados,
silenciosos, apenados,
presintiendo vagamente
dramas hondos no alcanzados
por el vuelo de la mente,

caminábamos sombríos
junto al dulce Nazareno,
maldiciendo a los Judíos,
«que eran Judas y unos tíos
que mataron al Dios bueno».

II

¡Cuántas veces he llorado
recordando la grandeza
de aquel hecho inusitado
que una sublime nobleza
inspiróle a un pecho honrado!

La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía…!

¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban!
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras las verdes vidrïeras
de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero…

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón la frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?…

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin haber ningún motivo!»

III

Hoy, que con los hombres voy,
viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?

Ciclos que se enredan en mi cana para llevarme al mismo destino. Casualidades. Deliciosas palabras que quedan para siempre.

¿No es una preciosa coincidencia?

domingo, 8 de junio de 2008

Constancia


Creo que ya sé por qué me cuesta tanto escribir últimamente.

Carezco de una línea argumental definida que me aporte ideas y el eclecticismo de que hago gala lo traigo hasta estas páginas dejando que las gobierne. Y así, sin tener las cosas claras, es imposible hacerlo bien.

Pero, por otro lado, ¿qué necesidad tengo de limitarme en lo que yo pueda contar? Prefiero hablar de todo un poco aunque la cosa no sea todo lo homogénea que a muchos gustaría. Rectilíneamente homogénea.

También es cierto que esto es algo que nunca debió suponer obligación y que, aun buscando alcanzar destinos, nunca fue pensado ni para muchos ni para premios. Porque, en definitiva, ¿a quién le pueden interesar mis cosas? ¡A mis amigos! Pues a ellos se las cuento. Eso es lo que me gusta de esto.

Y de entre ellos, alguno habla asiduamente de toros, otra nos cuenta cómo hacer para decorar fotos y sus correspondientes álbumes (lo que los expertos llaman scrapbooking), hay quienes nos cuentan su día a día laboral o también quienes nos mantienen informados de su Semana Santa zamorana o sintieron la suya salmantina. Incluso quien tiene la vida tan organizada como para contárnosla de forma tan atractiva como envidiable. Y yo aquí, con un poco de todo en esta cabeza. Mezclando churras con merinas y dejando que luego se separen por sí solas. ¿Será así todo en mi día a día?

Sé que podría hablar de toros, pero nunca alcanzaría a rebasar el borde inferior del zapato de Jose. Podría hacerlo de Semana Santa aunque cada día conozco menos y me alejo más, no como Alberto o Tomás. Podría contaros cosas de fotografía (no de scrap, que se me escapa, como ya he dicho otras veces y se lo dejo a Marisol), pero ¡anda que no hay buenos fotoblogs por ahí! Y, por supuesto, podría servir este diario para volcar en él mis decepciones laborales, que son mi vida, pero eso ya lo hago en otros foros y no es cuestión de dar aquí una impresión equivocada y poco interesante.

Así que, en esta volubilidad que me absorbe, no sé si seguir como hasta ahora, inconstante en temas y horarios, o marcarme unos objetivos que me encorseten en argumentos y calendario para cumplir unos objetivos casi empresariales. Esta duda está rondando mi cana de un tiempo a esta parte. Esta duda está obligándome, casi compulsivamente, a buscar algo original para esta bitácora. Esta duda me tiene en vilo. Y, al final, no tengo ni idea de cuál será el futuro. ¿Me replanteo una revolución? ¿Abandono? ¿Me dedico a contar idas y venidas de las vicuñas en el altiplano? ¿O mis monótonos desayunos de café y pincho?

No sé cómo hacer para dejar en paz mi conciencia electrónica (que la otra está en calma, a dios gracias).

Seguro que un día de estos me decidiré. Y quien esto lea será el primero en enterarse.

Pero,... a ver si es que no tengo nada que contar ¿?

martes, 3 de junio de 2008

Un abrazo


Llevo días dándole vueltas. No hay momento que no se me pase por la mente la necesidad de hacer algo con esto de la bitácora y... cuando me pongo ante el teclado se me nubla la razón, se me enreda la cana y no me salen las palabras.

Seguramente sea porque me sienta avergonzado por no haber sido sincero. Yo, que siempre he presumido de tener vaguería congénita y de contárselo al mundo con la cabeza bien alta, en los últimos tiempos ando que apenas sé por dónde piso, me vence el cansancio y el agobio laboral es suficiente como para sentir que he mentido. ¡Estoy trabajando! y eso me desborda.

Llevo unos días que no paro de hacer cosas y, como no estoy acostumbrado a ello, se me ha llagado el alma y he tenido que dejar casi todo lo demás de lado para dedicarme a buscar un bálsamo que calmase el prurito o, al menos, mitigase las rojeces. Que uno no está ya para estas primaveradas.

Así que me encuentro agotado, agobiado y falto de tiempo. Pero hoy, cuando llego a casa, veo que hay alguien que me da un abrazo. Llego cansado y me encuentro a Marisol, esperándome con los brazos abiertos para decirme que soy uno de sus favoritos y que por eso quiere abrazarme. Me recrimina, con cariño, por supuesto, que últimamente dejo poco de lo mío por aquí y, a pesar de ello, me premia y me pone entre los suyos. Y yo, que no soy capaz de alcanzar a coordinar más de dos ideas vencido por el agobio laboral, saco fuerzas de la flaqueza que me dan mis más de ochenta kilos y me decido a verter aquí mi alegría agradecida. Porque sentirse abrazado es algo que estimula y alegra.
Me ruboriza pensar que hay quien espera mis palabras para compartirlas conmigo. Aunque, por otro lado, también yo visito ansioso a todos mis amigos en cuanto tengo un momento y disfruto con ellos de sus aficiones, de sus sentimientos y de sus alegrías. Y también echo de menos las novedades cuando pasa el tiempo y no se mueven las páginas de sus corazones. Imagino que es cuestión de rachas y que, ahora que blanquean los gamones por entre las encinas y que las retamas cambian el amarillo por el verdor de las vainas, espero poder visitarme con más frecuencia y, así, responder con los míos a los abrazos amigos.