¡Nunca confiaré en los tintes!
Lo único que consiguen es engañarme mientras los demás siguen viendo mi interior.

miércoles, 30 de abril de 2008

Valencia

Hace días que debería haber escrito esta entrada. Concretamente, ya que se trata de una felicitación, debería haber coincidido con la fecha de celebración. Pero, la verdad es que mi cana sigue dando la lata y hace que el cansancio acumulado me impida tener al día mi agenda virtual. No obstante, estoy convencido de que cada día es una nueva celebración y que, al final, es más importante recordar todos y cada uno de los días, incluyendo por supuesto los que ya han pasado desde el exacto quincuagésimo aniversario.
No voy a remontarme mucho tiempo atrás, pues no podría. Mi primer contacto con José Luis, el que a partir de ahora será José Luis padre para mí, tuvo lugar un día de la primavera de hace unos cuantos años. Casi diría que fue algo casual, producto de una necesidad puntual. Tenía que organizar la cena de clausura de una reunión y alguien, también de grato recuerdo, me sugirió: -¿Por qué no vas al Valencia?- Y siguiendo esa recomendación me acerqué por ese cerrado callejón que, hasta entonces, sólo era para mí la remembranza de trasnochados chocolates y churros con aromas andaluces. En aquél momento, y desde entonces, ví que había contactado con un hombre de bien; con una persona que, dedicada a su negocio, sabía mantener la familiaridad incluso con desconocidos, como era mi caso en aquellos momentos. La cordialidad de ese primer momento dejó un poso que aún permanece en ese fondo de pozo en el que quedan las cosas buenas. En el que acumulamos todo aquello que sabemos que podemos rescatar con sólo asomarnos al brocal. Desde entonces, desde ese primer encuentro, puedo decir que, en mi anonimato, ese restaurante, "el Valencia", pasó a ocupar un lugar de privilegio en mi intimidad gastronómica. Porque, desde aquella primera visita, como si de una amorosa esposa se tratara, fui ganado por el estómago. La excelencia de su cocina, ese trato que me hizo sentir no como en casa, sino como en casa de esa abuela que espera cariñosa cada una de nuestras visitas para agasajarnos con lo mejor de su despensa, y el ambiente de un comedor familiar, me ganaron para siempre. Pero, no sólo fue eso, pues desde la misma entrada, esa entrada que hace dudar a la vista entre la derecha, cargada de exquisiteces que se cuelan por cada una de las pupilas, y la izquierda, fotos y estampas, santos y toreros, esencias de la tradición que más me ha llamado desde mi infancia, desde ese mismo instante, digo, sin necesidad de más parafernalia, me sentí en mi ambiente.

Poco a poco, caña a caña, tapa a tapa, se me abrieron nuevas puertas. Se nos abrieron nuevas puertas, pues no quisiera dejar fuera a los que conmigo comparten ambrosías. Y por esas puertas asomaba la cordialidad. Cordialidad con nombre propio. Cordialidad y simpatía con un nombre: Beatriz. Enmarcada en una sonrisa que, aun viniéndole seguramente de familia, es la prolongación de la afabilidad de José Luis padre. Una sonrisa morena, abundante, amable y sincera. Una sonrisa que, poco a poco, nos dejó entrever algo que sospechábamos. Una sonrisa que nos introdujo en la Basílica de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder traída a Salamanca con albero de la Maestranza en los zancos de sus pasos. Una sonrisa que, con falso enojo, nos habla, porque desde entonces, como si fuera desde siempre, esa sonrisa nos habla, del Gran Poder y de Morante. Y de la Soledad y de la Esperanza y de toros y toreros. Pero, por encima de todo, el Señor y Morante. Otro señor. Una sonrisa que confiadamente nos ha dejado asomarnos a los fogones para descubrir que allí, entre perlas de sudor y perolas humeantes, la sonrisa tiene una extensión. Una prolongación de Beatriz, o de José Luis padre, o de la mixtura de ambos. Allí, uniformado y orgulloso, otro José Luis, el que a partir de ahora será José Luis hijo para mí, ha conseguido rematar la faena. Ha sido esa muleta que plana y por derecho, como se hacen las cosas, nos ha encelado y ha conseguido que nos entregáramos. José Luis hijo que, con manos capaces de poner nazarenos en sus platos, con manos capaces de dibujar sobre negra cartulina ese natural de Morante que nadie como él aprecia, con manos capaces de rezarle al Señor sujetando el mango de una sartén, nos abre su casa para que estemos en ella como en la nuestra.
Y nosotros,... orgullosos de estar allí, de estar con ellos, de compartir su casa y su sonrisa. Porque ambos se unen en una sonrisa que, por única, se nos hace agradablemente inmensa. Y se lo agradecemos.
Ahora, espero a esa tarde de sábado, a cada tarde de sábado, para pasar por ese Callejón de la Bomba a ver a mis amigos. Porque sé que son mis amigos. Porque sé que son nuestros amigos. Y charlar de toros y Semana Santa. De lo nuestro. Y alegrarnos con ellos de sus cincuenta años. Con todos ellos, porque no olvido al resto de una "familia" que, representada en la amabilidad de Belén tras la barra, también forman parte de esa sonrisa. Porque el Restaurante Valencia es ahora como parte de nuestra casa. Porque "Casa Valencia", que así me suena mejor, después de cincuenta años de esfuerzo y trabajo, es, aparte de todo y sobre todo,... una sonrisa. La mejor de las sonrisas.
A todos vosotros. A toda la familia Valencia, desde nuestra sonrisa, ¡felicidades!

Sólo me queda decir: -¡MORANTE!-, para escuchar un inmenso -¡OOOLE!- que saliendo de lo más hondo de un gran corazón, haga retumbar todas las paredes de esta casa.

¡Ah! Y gracias, de corazón.

lunes, 21 de abril de 2008

Marineros y pilotos


Se me escapan las letras por entre los dedos, resbalan sobre el teclado, ya añejo y gastado, y soy incapaz de fijarlas para componer palabras coherentes, frases con sentido que den testimonio de lo que pasa por mi canosa mente.

Siento que me equivoco y que, cuando esto sucede, los afectados son los de siempre. Pero en algún momento tenía que marcar la señal que me separase de barcos y honra, para dedicarme a otros menesteres más prosaicos que, aunque desagradables, me obligan a permanecer atado a la realidad.

Aunque subjetivamente, como todos cuando nos vemos a nosotros mismos al rebuscar con la mirada interior por nuestros rincones, quiero dejar constancia. Hacía tiempo que deseaba dejar constancia, aunque un pudor mal interpretado atenazaba mis dedos impidiéndoles hacerlo.

Con la idea sesgada por la amistad, quiero dejar entre estas palabras mi reconocimiento y admiración por quienes os atrevéis a tomar entre vuestras manos timones de naves que, aun no habiendo llegado a quedar a la deriva, hace tiempo que permanecen al pairo de aires y corrientes. Porque no es fácil, lo sé, decidirse a dar el paso. No es sencillo lanzarse a esta entrega decididamente consciente. Porque sé del compromiso de quienes habéis optado por enfrentar este futuro para poner en rumbo la nave con relevo en el puente.

Sabed que, aun no habiendo embarcado para esta travesía, mis manos están prestas a asir maromas y, desde el anonimato del grumete, sin puesto en cubierta, ayudaros en lo que puedan. Aunque, también sé que no será necesario pues, de capitán a timonel, formáis un equipo capaz de esto y mucho más. Porque tenéis fijado el rumbo y el sextante a punto. Porque conocéis vuestro puerto de destino y, salvo aciaga tormenta o motín a bordo, arribaréis con bien. Porque contáis con una excelente tripulación, de las mejores, que únicamente necesita el estímulo adecuado para ayudar en la travesía.

Es más, estoy seguro de que, bajo el gobierno de capitán y tripulación, esta nave pasará de "holandés errante", castigado a navegar entre oscuras brumas sin poder alcanzar puerto, a fragata que, como si estuviera camino de la isla de Neverland, surcará los cielos al mando de experimentados pilotos. Porque surcará los cielos. Porque sé que volará. ¿Eh, capitán?

Creo que no me confundo si digo que somos muchos los que os apoyamos admiradamente, pero, si me equivocase, pensad que, al menos, tuvisteis el valor de dar el paso. Porque muchos nos vimos incapaces.

Con mi admiración, sólo me queda deciros: ¡Suerte! ¡Adelante!... y buena singladura. Es mi deseo que espero ver cumplido.

martes, 8 de abril de 2008

Francisco y Guillermo

En el siglo XIV, el fraile franciscano inglés Guillermo de Ockham, fiel seguidor de su fundador San Francisco, deja para la posteridad un principio asentado en una frase: Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem, o lo que es lo mismo: En igualdad de condiciones, lo más sencillo será probablemente lo más correcto. Esta es la famosa Navaja de Occam, aplicada frecuentemente por la lógica popular aun desconociendo que se trata de todo un tratado filosófico acerca de la parsimonia. ¿Qué es más lógico que lo sencillo?

San Francisco buscó y defendió la sencillez. Él quería que cada uno de sus hermanos alcanzase esa «santa sencillez, hija de la gracia, hermana de la sabiduría y madre de la justicia». Y conforme a estos sencillos principios organizó su vida de santidad.

Guillermo dió cuerpo a lo que doscientos años antes su fundador había puesto en práctica. Y práctica fácil. ¿Qué más fácil que lo sencillo?

Muchos han sido, a través de los tiempos, los seguidores de Francisco y Guillermo, aun no llegando a saberse como tales seguidores. Pues existe una tendencia natural hacia la sencillez, hacia lo simple, no por elaboración sino por concepto. Porque además, la sencillez aporta sabiduría. Esa sabiduría popular de la que, con el tratamiento adecuado, los pensadores hacen que adquiera estado de ciencia y pase a formar parte de los cuerpos de doctrina.

Pero... hay un mundo al que no se ha asomado aún el filo de esta navaja. Hay un mundo enrevesado y barroco en el que cuanto más elaboradamente retorcida sea la idea más gusta a muchos. Hay un mundo en el que la sencillez es dejada de lado en favor de estéticas recargadas de dudoso gusto.

En este mundo nuestro, en el que todo gira alrededor de una semana, aun siendo la más santa de todas las semanas, el fraile franciscano tendría poco que hacer a no ser que nos pusiera la navaja en el pescuezo de manera amenazadora. Porque lo que más nos gusta es buscar la complejidad, el barroquismo, la inmensidad de las curvas en conjunción con cuestas y pendientes. Porque, ¿para qué hacer algo sencillo si se puede complicar para que sea más llamativo?

Podría poner abundantes ejemplos, pero creo que quien esto lea sabrá encontrarlos de la forma más sencilla. Porque creo que en casi todas y cada una de nuestras cofradías de Semana Santa podríamos encontrar un ejemplo de cómo la navaja de Occam tiene el filo mellado.

Volvamos a lo sencillamente popular. Hagamos que San Francisco se enorgullezca de nosotros.

sábado, 5 de abril de 2008

Octava de Pascua


De domingo a domingo

te vengo a ver.

¡Cuándo será domingo,

para volver!


11 de marzo. Comentario al pregón. ¿Y...?

Más de tres semanas sin poder acercarme a esta ventana para descargar contenido. Para soltar interioridad. Buena y mala. ¡Menuda cuaresma!

¿Qué sería de nosotros sin poder comunicar a los demás nuestros sentimientos?

Recuerdo el unico gran viaje que realicé en soledad. Cuatro meses sin más compañía que mi R-5 y un mapa de carreteras. Cuatro meses de trabajo en tiempos de aprendiz y con tiempo para aprender de otros. En esos días, en esos cuatro meses, no podría precisar cuándo, seguramente al hacer consciente mi inconsciencia, opté por no volver a mirar fachadas, por no admirar la grandiosidad de catedrales y palacios de aquellos lugares por los que pasaba, porque eso me creaba malestar. Y no encontraba razón hasta que un día, absorto contemplando la, seguramente, abadía más espectacular que he visto en mi vida, no tuve con quién comentar la grandeza de lo observado. ¡No había a quién decirle que me emocionaba aquello! No tenía con quien compartir la belleza. Y, así, todo perdió su valor. Y decidí no volver a hacer turismo en el tiempo que me restase.

Quizá un poco drástico, pero es esa necesidad de contacto con los otros, con los cercanos, los íntimos, lo que me llevó a rebelarme contra mi situación. Seguro que me equivoqué, pero no me arrepiento.

Hoy me doy cuenta de que, después de casi un mes sin contactos virtuales, tengo la cana más blanca. Porque no ha sido regada como ella requiere. Porque no he sido capaz de atenderla. Conscientemente incapaz.

Pero, con clara intención de subsanar, me vuelvo a pasar hoy por aquí para dejar de nuevo mi rastro. Para decirme a mí mismo que aún sigo vivo, que todo se supera y que, al final, el camino vuelve a ser tan llano como era antes de comenzar la escalada. Y lo digo por mí, pero valga también el recuerdo en mis frases para todos los fabricantes de sueños que, por motivos ignotos, han caído en desgana, falta de tiempo o aburrimiento. Que sepan todos ellos que otros les echamos de menos y que pasamos por sus puertas y ventanas a diario para oler lo que se cuece en sus cocinas. Y da pena, mucha pena, oler la humedad de la tristeza y la rancia desgana que se adivina. Seguramente por la dedicación a menesteres más prosaicos pero que nunca dan las satisfacciones que proporciona el contacto con los amigos. Pues, aun así, que lo sepan.

No vuelvo porque siempre he estado por aquí. Con el alma ahogada por no poder entrar, pero siempre por aquí. Y por allí, por supuesto. Orgulloso de mi traje académico en Martes de Pasión, iluminado sabiamente por Hijo y Madre. Feliz por cumplir un deseo y por hacerlo en compañía. ¡Qué importante la compañía! Corto transecto para impregnar de solemne colorido universitario la calle estudiantil por excelencia, la calle de los Libreros. Mi calle. Bueno,... una de ellas.

Todo lo demás ha sido como espectador expectante. Ilusionado. Orgulloso de sentirme parte de ello. Aunque sin hábito, yo también he hecho mi procesión. ¡Y con estación de penitencia!

Me he visto partícipe de todas. Desde atrás, en el paso de un portal o resguardado del frio viento a la querencia del alfeizar de una ventana. Pero he participado. Y me gusta. Es otra sensación. Es algo diferente. Pero me ha gustado. Me ha gustado la Semana Santa de Salamanca. Desde su recién parida Borriquilla hasta el glorioso estandarte del Resucitado. He anticipado su llegada, como muchos, recorriendo el camino que va desde la íntima procesión del Cristo de la Buena Muerte en el día de inicio de la Cuaresma, hasta el recorrido que, por su barrio, que es Salamanca, hace la la Virgen de los Dolores en su Viernes. Ese viernes que le quitaron para hacer otoñada pero que muchos aún recordamos como su día y por ello se la pasea. Para que dé su permiso. O no. No es permiso la palabra correcta, sino para avisarnos, con todo su dolor, de lo que viene; para decirnos que comienza la Semana de Pasión. Nuestra semana.

¡Sí! ¡De verdad! Me ha gustado. He visto bueno y malo. He visto bonito y feo. He visto mejorado y mejorable. He visto amigos y... menos amigos.

Pero con todo, sin más, me gusta mi Semana Santa. ¡Y mucho!

Domingo, Lunes, Martes, Miércoles, Jueves, Viernes, Sábado y Domingo. Días en mayúscula. Porque, incluso los que sufrieron, los que no pudieron, los que no se lucieron, estoy seguro de que han vivido esta Semana Santa como única y, a pesar de todo, la han terminado orgullosos de sí mismos. Porque en la calle se hace cofradía, pero en la adversidad se hace hermandad. Y muchos han hecho hermandad. ¡Felicidades!

Cierto es, ya lo dice Lucano, que se hace necesario el replanteamiento. Algunos han comenzado a moverse. Sólo deseo que sea en dirección adecuada. Pues me da miedo.

Ahora sí. Ya pasó. ¡Hermanos, hasta el año que viene! ¡abajo, que es abajo! ¡AHÍ QUEÓ!